EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 58

PARTE 3  

CAPÍTULO 58 – El despertar de un letargo

El letargo y el sopor me acunaron durante décadas. Y llegó un punto de no retorno en el que pensé que me desvanecería como el polvo sobre el suelo de la cripta de aquella casa. Me fundiría con el aire e implosionaría convirtiéndome en el aire que me rodeaba. Pero acabé despertando, resurgiendo de las entrañas del sueño, lentamente, en un denso periodo de reanimación. Tenía el cuerpo pesado y entumecido, pero el ánima comenzaba a llegar a cada extremidad y a cada falange, como si la electricidad que una vez me condujese se abriese nuevamente paso a través de las venas vacías de mi cuerpo. Me incorporé con quejidos y seguido del crujir de mis extremidades. Me desplacé como un muerto que renace a la vida eterna y subí las escaleras de la cripta, completamente aturdido. La cabeza me daba vueltas y un irritante palpitar me estaba perforando la sienes.

Cuando alcancé la planta superior agradecí que fuera de noche y pude desplazarme con tranquilidad por las estancias. Paseé como zombificado durante unos minutos, como si no fuera capaz de recordar el lugar en donde había despertado, creyendo que la noche antes me había empachado de sangre hasta el borde del colapso y estaba pagando las consecuencias. Pero cuando me desplomé sobre la alfombra del salón, a los pies de la mesita, comprobé un cambio sustancial a mi alrededor. La armadura de templario estaba desplomada sobre el suelo, y las piezas se habían esparcido alrededor, como si el alma incorrupta que una vez lo hubiera portado, se hubiese desvanecido, y el traje, por su propio peso, se había descompuesto en partes, que nada tenían que ver con lo que una vez representaran.

Lo miré el tiempo suficiente como para cerciorarme de que la última vez que lo viera, no estaba en ese estado. Al inclinarme sobre las piezas, comprobé que la estructura de metal que una vez lo sujetase, estaba carcomida por el óxido. Apenas quedaban un par de listones enteros de lo que una vez fuera el esqueleto de un hombre muerto. La armadura también había comenzado a mostrar evidentes signos de deterioro y la tela blanca, con la cruz roja del temple, estaba agujereada por las polillas y desgastada por el paso del tiempo. Suspiré, ofendido, porque su dueño la hubiese dejado morir en aquel estado de corrosión y abandono.

Aun con el cuerpo entumecido salí a cazar. Estaba muerto de hambre, sentía que no comía desde hacía semanas, por lo que me pregunté cuánto tiempo llevaba dormido. Jamás había dormido más de unas cuantas semanas seguidas. Puede que un mes o dos. Cuando salí al exterior y el aroma de las flores me sorprendió advertí que estábamos en primavera. Había pasado casi una estación entera durmiendo. ¿Sería abril, o mayo? La nieve se había fundido, el sol había calentado el terreno durante todo el día y estaba seco y algo cálido aun. Apenas acababa de anochecer. Caminé por unos senderos que conducían a la ciudad de Amberes y conseguí toparme con dos hombres que, montados en un carro con una mula, iban de regreso a la ciudad después de haber estado trabajando en el campo. Me miraron con ojos extrañados, con una mueca de espanto y susto. Pero al ver mi rostro aniñado y mi caminar tambaleante se preguntaron si tal vez me había perdido o era un mendigo que buscaba una moneda, o algo de trabajo. Pensé en matarlos pero estaba tan abrumado aún que solo alcancé a saludarles.

—¡Buenas! –Me dijeron, en un acento holandés que ya me resultaba desconocido.

—¿Pueden decirme en qué mes estamos? ¿Es abril o mayo?

—Abril. –Dijo uno, mirando al otro con cierta mueca de curiosidad.

—¿Esto sigue siendo Amberes? –Cuestioné, a lo que la respuesta, en este caso, tardó un poco más en llegar. Se miraron entre ellos con un interrogante naciendo en su expresión y volvieron el rostro hacia mí, con pasmo.

—¡Claro muchacho! Esto siempre ha sido Amberes.

—Está ebrio. –Le dijo el otro, en un murmullo perfectamente audible. Yo me froté la nuca, con un terrible dolor de cervicales.

—¿Y son tan amables, caballeros, de decirme quien gobierna ahora en estas tierras?

—Si te refieres al ducado… los Habsburgo nos gobiernan.

—Que bueno oír ese apellido después de tantos años... –Sonreí.

—Aunque dicen que la Archiduquesa y emperatriz María Teresa I de Habsburgo ha contraído la viruela.

—¿No me digas? –Preguntó el otro en dirección a su compañero. Este asintió.

—Eso dicen…

—¿Entonces el próximo será Habsburgo-Lorena? Que mal suena eso… —Y con una mueca de desagrado espoleó a la mula y el carro prosiguió su camino. Yo los observé avanzar lentamente. Uno de ellos se volvió en mi dirección, recordando que me habían dejado atrás.

—Vuelve a casa, muchacho, y duerme la mona.

Yo me sonreí. Les seguí unos metros hasta que alcancé el carro y me encaramé al remolque. Oyeron mi salto y uno de ellos se volvió. Me lancé a morder su cuello. El chorro de sangre que salió de su yugular asustó tanto a su compañero que se bajó del carro de un brinco y, pasmado por el susto, retrocedió sin darme la espalda. Cuando me separé de mi víctima y encaré al hombre, este tropezó con una piedra del camino y se cayó de culo al suelo. Gateó hacia atrás, sin apartarme la mirada y tartamudeó.

—¡Llévate el dinero! ¡Llévate la mula, no tengo nada más! Pero por el amor de Dios… —Metió su mano en el bolsillo y sacó de él unas cuantas moneditas de cobre. Me las lanzó con la mano temblorosa y hubiera podido ignorarlas si la luna no hubiera imprimado su superficie con un rallo frío y metálico. Sobre la superficie del duit* se podía leer “HOLANDIA 1780”. Detuve la puntera a su lado y me agaché a cogerla.

—¿Pero en qué año estamos, maldita sea? –Pregunté, a lo que el hombre, más compungido que dispuesto a cuestionarme, respondió:

—¡En el año de nuestro señor de 1780, muchacho!

De nuevo esa horrenda sensación de desconexión y desvanecimiento. ¿Dónde quedaba lo conocido? ¿Dónde estaba mi memoria y todo lo que había visto? Se había esfumado. Me había sellado en mi pequeña parcela de memoria durante cincuenta décadas y el mundo había ido cambiando en el exterior, sin mí. Ahora entendía muchas de las cosas que había visto. Cómo los vampiros se vuelven locos… ahora lo entendía. Era imposible sobrevivir a dos o tres de esos cambios a lo largo de la existencia. Le dan a uno ganas de lanzarse al cráter de un volcán.

—Muchas gracias, buen hombre. –Le dije, guardándome la moneda en el bolsillo—. Menuda terrible noticia me acaba de dar. Y yo que recién me estoy despertando.

El hombre pataleó hasta que lo alcancé y le rompí el cuello de un mordisco. No dijo una sola palabra más.

Cuando regresé a casa me invadió una extraña vitalidad. Todos los recuerdos que parecían recientes se me antojaban lejanos. Sebastián, Nikolás, parecían personajes de un sueño que se iba desvaneciendo con los minutos. Aún estaban anclados a mi piel pero prefería ignorarlos, olvidarme de todos aquellos sentimientos, del dolor que un día me causó todo aquello. Habían pasado cincuenta años desde que dejase España, y la vida seguía para todos. Los humanos que nos rodeaban, las guerras y los reyes, todo se había transmutado.

Miré alrededor. La casa se caía a pedazos pero ya no era capaz de sentir pena por ella. Era el esqueleto de un muerto que se había descompuesto y nadie había acudido a proporcionarle un debido entierro. Ya nadie volvería allí, y yo tampoco deseaba permanecer más tiempo entre aquellas paredes. Me iría, a donde fuera. Como el primer día, recorrí las estancias buscando todo aquello que tuviera un poco de valor y que hubiera sobrevivido al paso del tiempo y lo fui metiendo en sacos y arcones. Salvé una décima parte de aquellos libros y cuadernos de medicina que habíamos abandonado al olvido. Parte de mi ropa de tres siglos atrás aún estaba intacta e impertérrita en baúles de madera lacada. Ninguno de los muebles estaba en condiciones de ser trasladado, pero por suerte los arcones habían sobrevivido bien. Acolché uno de ellos y metí en él, de la mejor forma que supe, las piezas de la armadura de caballero templario. Hurgué entre las estanterías de la biblioteca y encontré la cajita que solíamos usar para guardar nuestros ahorros y encontré en ella documentación importante. No solo la propiedad de la casa, y la de otras dependencias. También mi título como propietario de la El Palacio de los Ángeles, en Venecia, que Filippo Alidosi me había regalado como herencia.

Al principio aparté el papeleo a un lado pero después de unos minutos comencé a preguntarme si no sería una idea descabellada. Si aquella propiedad seguía en pie, ¿yo no era acaso el legítimo heredero? Tal vez familiares se hubieran hecho con el palacio y yo no tenía ningún derecho a reclamarla. Tal vez la humedad de Venecia hacía tiempo que se la había llevado. O puede que el paso del tiempo se hubiera encargado de hacerla inhabitable. Me pregunté si sería capaz de demostrar mi derecho sobre ella, y si encontraría a un copista o escribano que me hiciera el trabajo sucio e inventase todo un árbol genealógico que me relacionase con ese tal Marcus Cornelissen al que le habían dado la propiedad. No tenía a donde ir y nada que perder, así que me puse en marcha y posé la mirada sobre aquella gran ciudad museo en que se había empezado a convertir Venecia.

Los meses siguientes fueron pasando con normalidad. Envié cartas a todo el que pude para informarme de la situación en que se encontraba Venecia. Para cuando desperté, bien podría habérsela tragado por fin el mar. Pero no, gobernaba en ella el Dux Paolo Renier, al que escribí directamente para contarle la situación en la que me encontraba. Mi padre había fallecido recientemente y  me había legado las escrituras de un antiguo palacio del siglo XV, cuyo original propietario se lo había regalado a uno de nuestros antepasados. Intenté no adornar demasiado la historia para no caer en equívocos o en fantasías demasiado irreales para ser creíbles. Me limité a contar lo que sabia y a consultarle si estaba aún en pie y habitable. Pues mi intención era trasladarme de inmediato. No quería darle la oportunidad de que se fijase en una vivienda abandonada que él mismo pudiera usar en su tiempo de recreo. Si no lo estaba haciendo ya. Y en el caso de que ya estuviera habitada, deseaba enterarme de quienes eran los nuevos propietarios.

La misiva llegó a finales de mayo, cuando yo ya había conseguido hacerme con un falso árbol genealógico, nueva documentación, nuevo nombre y ropa de la época. Tenía todo en arcones y cajas, listos para el viaje.


Caballero Marcos Cornelissen.

Me alegra conocer al heredero de la propiedad de Il Palazzo degli Angeli, aunque aquí nadie lo llame así. Le encantará saber que nadie reside en la propiedad, pues lleva abandonada desde tiempos del último propietario vivo, el heredero de la familia Alidosi. También le agradará la noticia de que aquí se ha acogido con gran alborozo que un joven adinerado quiera residir en nuestra estupenda ciudad, pero siento comunicarle que tal vez su ilusión se vea truncada al ver el aspecto que presenta hoy en día el Palazzo. La humedad es una lacra que soportamos como buenamente podemos aquí, en Venecia, y sin reparaciones y mantenimiento, es normal que las edificaciones se desmoronen como terrones de azúcar.

Antes de instalarse, le recomiendo que envíe por delante a unos arquitectos o expertos aparejadores que puedan darle noticia del estado en el que el edificio se encuentra, por si tuviera que reformarlo antes de su traslado. Pero si decidiera venir usted mismo, le recibiremos con los brazos abiertos y le facilitaremos los recursos que necesite. Aunque le advierto que tendrá que acreditar frente a la notaría que es usted quien dice ser y que verdaderamente posee las escrituras de la propiedad…

[…]


Nunca he sido de delegar en otros mi trabajo, pero era cierto que de arquitectura e ingeniería yo no tenía la menor idea, a pesar de todo no era capaz de distinguir a simple vista si un edificio se desmoronaría o no. sin embrago no estaba convencido de que al gobernador le gustase del todo la idea de que yo me instalase allí de buenas a primeras, así que envié todo mi equipaje y los pocos enseres que deseaba rescatar de las ruinas de aquella casa y marché por mi cuenta. No sin antes rescatar todas mis cartas que había escrito para Sebastián durante aquellos últimos años y esconderlas dentro del maletín donde estaba todo el papeleo y algo del dinero, por si en algún momento regresaba. Le dejé una escueta nota, anudada a la cinta de raso con la que empaqueté todas las cartas.

 

Querido Sebastián. He pasado aquí una temporada. He esperado por si aparecías, pero no has regresado en todo este tiempo. Espero que estés bien. Me he llevado todo a Venecia, donde deseo pasar una temporada. La casa está a punto de caerse. Espero que llegues aquí antes de que se convierta en un montón de escombros. Muchos besos de tu querido Marken.

Pdta. Te he escrito muchas cartas estos años. Espero que las leas, maestro.

 

Hice el camino a pie. Recorriendo como solía todos los caminos secundarios y desviándome por los senderos montañosos. Alimentándome de campesinos, de animales salvajes y ganado que iba saliendo a mi encuentro. Crucé el continente por la frontera entre Francia y el imperio Germánico. Los Alpes fue el trayecto más dificultoso pero una vez cruzada la cadena montañosa y en terreno austriaco, todo fue mucho más sencillo. Llegué a Venecia en el verano de ese mismo año, meses antes de que mis pertenencias si quiera hubieran llegado a Suiza.

Llegué bien entrada la noche, cuando apenas había un par de comensales sentados dentro de alguna lúgubre taberna y alguna pareja apresurada caminando por los puentes sobre los canales para llegar cuanto antes a casa. Vi algún borracho inclinarse hacia el borde del canal para vomitar y las ventanas de algunos prostíbulos abiertas, dejando salir los sonidos del jolgorio que se estaba produciendo en el interior. No conocía la ciudad, y apenas había personas que me pudieran indicar a dónde ir o cómo se llegaba a mi destino. En la entrada de un convento, una monja cerraba la puerta después de que dos de sus compañeras hubieran entrado con dos cántaros de agua pero yo detuve a la monja que se asustó y dio un paso atrás como si el mismísimo diablo la hubiese sorprendido.

—Disculpe, hermana. Soy extranjero y…

—¡No, no! No acogemos a extranjeros… —Dijo ella, apresurándose de nuevo a tomar el control de la puerta y empujarla para cerrarla. Su fuerza no era nada contra la mía y ella pareció notarlo, pues la puerta parecía haberse quedado estática, por mucho peso que pusiese sobre ella. Yo le sonreí con dulzura, toda la que era capaz después de haber recorrido el continente entero a pie.

—Dígame, hermana, donde puedo encontrar Il Palazzo degli Angeli. –Le pregunté en Italiano, a lo que ella dio un respingo algo más confiada. Señaló una calle frente a la entrada del convento. Lo hizo con un dedo pequeño, hinchado y rígido.

—Por allí, joven. Por allí, hacia el rio de la Madonetta. –El rio de la Madonetta recorría toda la isla, eso no me ayudaba en absoluto. Sin embrago, viendo mi expresión de perplejidad, y temiendo que no me fuese a ir si no obtenía nada mejor, dibujó unos arcos con su mano—. Ve hacia el mercado. Sube hasta el río. Desde allí verás al otro lado del agua la fachada del Palazzo. Tiene arcos. Muchos arcos en su fachada.

—Gracias, hermana. Dios la bendiga.

Ella, atemorizada, se despidió con un gesto del mentón y cerró la puerta del convento haciendo el signo de la cruz sobre su pecho mientras cruzaba todas las cerraduras y llaves.

A medida que fui descendiendo hacia el mercado, se hacía cada vez más difícil desplazarse. Apenas había aceras por las que moverse y a cada rato había un canal que cortaba el paso. Era tarde, aunque había gondoleros que seguían trabajando, pero no tenía ganas de confiar en uno de ellos a aquellas horas. Subí hasta los tejados de los edificios y me trasladé a través de ellos hasta que divisé el mercado. Seguí hacia el norte y llegué al río de la Madonetta. Me asomé a su interior, pero la luna aún estaba escondida y no podía verme reflejado en sus aguas. Mucho menos a aquella altura. Corría una brisa húmeda y con un olor a agua estancada que era muy desagradable. Oí risas a los lejos, y vi pasar un gondolero que iba en busca de alguien. O que hacia su recorrido nocturno con naturalidad.

Frente a mí se extendía la fachada que me había indicado la monja. Ahí estaba, mi Palazzo. Era muy hermoso, increíblemente anacrónico. Su exterior de mármol blanco contrastaba con el verdín y el musgo que le había ido comiendo por todas partes. Las humedades grisáceas subían a través de la fachada desde el suelo, que estaba al nivel del agua. No había otra forma de llegar, si no era en góndola. Tenía tres pisos, todos decorados con arcos bizantinos, con balaustres de mármol y elementos decorativos propios de un siglo que me había visto nacer. Entre los balaustres, se entrelazaban elementos en forma de cruces y rosetones. Las ventanas estaban la mayoría rotas, con los vidrios partidos. La madera de la entrada, que sobresalía al río a modo de puente entre la góndola y el soportal, estaba podrida y caída. Pero el resto del edificio parecía solido, en pie. El tejado sí que parecía algo maltratado y uno de los balcones estaban a punto de desprenderse de la fachada. En su parte derecha había un pequeño jardín, propiedad de la casa, con una escalera en mármol y granito que descendía desde los últimos pisos hasta ese pequeño oasis.

Para mi sorpresa era más que capaz de imaginarme allí viviendo. Incluso con todas las reformas que tendría que afrontar. Me ilusionaba. Deseaba hacerlo. Ahora tenía una oportunidad de vivir por mí mismo, sin arrastrar la moral de un compañero o de subyugarme a unos dictámenes autoritarios.


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*El duit fue una moneda de cobre de bajo valor emitida principalmente por las provincias de la República de los Siete Países Bajos Unidos y su Compañía Holandesa de las Indias Orientales durante los siglos XVII y XVIII.

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