EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 59

 CAPÍTULO 59 – El palacio de los ángeles.


No comprendí lo de los ángeles hasta que no estuve dentro. Caí directamente en el patio y allí me encontraron ellos a mí. Cuatro gárgolas angelicales que vertían a través de cántaros redondeados y llenos de musgo una imaginaria riada de agua que aparecería los días de lluvia, desaguando los canales del tejado. Aunque seguramente los canalones llevaban décadas atascado y eso explicaría el estado de pudrición del tejado. A la luz de la luna, aquellas figuras parecían seguirme con la mirada, a punto de extender sus alas hacia el cielo y planear hasta plantarse a mi lado. Pero estaban silenciosos, como entes observadores, testigos de un intruso que acababa de perturbar la paz que les había acompañado durante siglos. Uno de ellos tenía una mejilla carcomida por el verdín, y a otro le faltaba la nariz. Esos detalles les volvieron mucho más inhumanos de lo que imaginaba.

Dos de las cuatro paredes del patio estaban formadas por unos soportales con columnas de imitación clásica, con entramados de hojarasca y lazadas en su capitel. Los pasadizos estaban oscuros, tétricos, y se olía el salitre y la humedad rezumando por las paredes. Llevaba tanto tiempo deshabitado aquello que ese espacio se había convertido en el refugio de animales e insectos. En el alfarje se habían instalado una familia de golondrinas y varios avisperos. Una lagartija correteó por una de las columnas, ascendiendo hasta desaparecer por uno de los recovecos del relieve del capitel.

Otra de las paredes era un alto muro que daba al canal y la tercera formaba parte de la fachada del Palazzo, donde una escalera de mármol pegada al muro ascendía hasta la planta superior. Antes de entrar no me pareció gran cosa. Era un lugar acogedor, parecía hogareño y natural. Creado como a partir de un sueño y puesto en la tierra para el disfrute humano. Pero cuando ascendí hasta la planta superior y entré, y recorrí todas aquellas salas, estuve a punto de marcharme de la ciudad y volver a Amberes, a mi pequeña casita de escombros. Los salones eran inmensos. Las habitaciones espaciosas y frías. Por los cristales rotos entraba el aire y rugía, mientras se perdía por los interminables pasillos. En la parte central una ancha y majestuosa escalera de granito y mármol surcaba los tres pisos de los que se componía el Palazzo. Con decoraciones doradas, con las betas del mármol formando sinuosos dibujos deslucidos por el polvo y el paso del tiempo. Al contemplarla me acordé de Filippo, y me lo imaginé allí colgado, con la soga al cuello y los miembros inertes como un muñeco.

En todas partes del Palazzo la pintura se estaba desprendiendo de las paredes. Si alguna vez había estado pintada con grandes paisajes y angelotes, propios de la Italia del XVI, ya no quedaba nada de eso. Las paredes estaban pulverulentas, la pintura se desprendía en escamas. Los rostro se habían difuminado y los paisajes no eran más que una neblina húmeda. Apenas quedaban dos o tres muebles que estaban para tirar, completamente destrozados por la humedad. Lo único que podía salvarse era un gran espejo que había colgado de una de las habitaciones, que contemplaba, impertérrito, el paso del tiempo sobre su superficie. Y unas cuantas mesas de madera distribuidas aleatoriamente por el salón y el corredor. Una consola, sin valor, y un candelabro de cobre caído en un rincón. No me extrañaría que después de la muerte de Filipo aquella casa hubiera sido saqueada. Si no se habían llevado el espejo es porque estaba bien anclado a la pared, y de forzarlo, se hubieran tirado la casa encima.

Mi estancia favorita, y donde pasé la mayor parte del tiempo que viví allí, eran los corredores cuyos balcones daban al canal. Me imaginaba a Filippo llevando allí a las vivistas para ver y ser vistos por el espectacular paisaje que mostraban del canal. Y el increíble juego de luces que impregnaba el interior, gracias a los rosetones de los arcos bizantinos. El artesonado que cubría aquellos corredores estaba intacto, por suerte, y aunque había que cambiar algunas maderas, me permitió pasar sin temor las horas perdidas allí sentado, o de pie, inclinado sobre la balaustrada de mármol, asomado hacia las profundidades del río.

Apenas quedaban cortinas y solo unas cuantas habitaciones, las que daban al patio, contaban con contraventanas. Estaba claro que de día la casa sería terriblemente luminosa, pero mientras tuviese mi propia libertad no me importaba deambular únicamente por las habitaciones más oscuras. Por suerte la casa, en la parte de las cocinas, contaba con una fría y húmeda bodega, llena de estanterías y muebles podridos. Allí pasé aquella primera noche. Dormí con el temor constante de que de algún modo el canal reventase los muros de la casa y se inundase aquella bodega, igual que se inundan muchas de las casas cada año de la ciudad. El frío me había calado hasta los huesos y cuando desperté me sentí rígido y abotargado. Tenía la cara húmeda, con la mejilla empapa de agua y salitre. No me extrañaba que nadie hubiese querido vivir allí. Toda la casa agonizaba desde lo más profundo de sus entrañas.

Dejé que pasaran unas semanas en las que fui observando cada pequeño defecto del Palazzo. Me aseguré de recordar cada viga podrida, cada tesela faltante en los mosaicos del suelo. El mármol que estaba quebrado, el vidrio roto, la barandilla quebradiza. Estoy seguro de que más de un transeúnte me vio en plena noche deambular por la casa a través de los balcones del canal, pero no me importó. Si creyeron que era un intruso, nadie llamó al corregidor. Cuando llegaron mis pertenencias me aseguré de recibirlas a última hora de la tarde, cuando el sol ya había caído, y las metimos todas dentro del Palazzo, aunque no haría sitio para ellas aun. Para entonces ya había contactado con un arquitecto que unos años antes había hecho unas reparaciones en la iglesia de San Marcos y su nombre había flotado por la ciudad como una gran eminencia. Le escribí para que viniese al Palazzo una vez hubiera caído el sol y se presentó realmente extrañado por mi proposición. Le pedí que le echase un vistazo e hiciese los estudios pertinentes. Por suerte la obra no fue mayor de lo imaginado. Habría que cambiar un par de vigas de madera, reforzar los cimientos y reconstruir partes de la fachada, así como el embarcadero por el que él, torpemente, había accedido a la casa.

Al día siguiente de que me entregase su propuesta y sus informes, me presenté en el Palazzo del gobernador y exigí una entrevista con él. Me dieron largas, advirtiéndome de que debía concertar una cita, que no era propio presentase de esa guisa, y mucho menos a altas horas de la noche. Para entonces ya era verano y el sol duraba muchas horas sobre el firmamento. Sin embrago no me costó mucho convencer al secretario del gobernador de que no era imprescindible hablar con su señoría, sino con aquel hombrecillo con quevedos que me miraba por debajo de unas pobladas cejas blancas. Le extendí mi documentación y mi título como propietario del Palazzo dei Angelli.

No fue hasta que sus ojos recayeron sobre el título de la propiedad que no le dio la importancia que se merecía al encuentro y se puso en pie, tropezando con la pata de la silla, para salir en busca del gobernador. Tardó al menos quince minutos en regresar con él.

—¡Joven Marcos! –Exclamó al verme allí. Ni si quiera me conocía, pero por mi edad y la poca información que le había dado de mí debió intuir que era yo. Me estrechó la mano y apretó sus grandes dedos alrededor de mis falanges. El Dux Paolo Renier era alto, de pecho ancho y fuerte. Su toga cubría una protuberante barriga y su cuello ancho, con una doble papada. Me habló con una voz profunda, algo nerviosa. Con el tono de alguien que está acostumbrado a agradar y ser alagado—. ¿Cómo es que habéis venido tan pronto? No os hacía hasta el año que viene…

—No me gusta ir alargando las cosas. –Murmuré, con un marcado acento español. Él asintió, y mi seriedad le descolocó.

—¿Acabáis de llegar? ¿Ha sido largo el viaje?

—Llevo aquí unos días. –Mentí—. Y he venido a presentar mi título como propietario, así como un informe para la reforma arquitectónica. Apenas tiene desperfectos en su estructura, la mayoría son estéticos.

—Veo que no os andáis con tonterías. ¿Cómo ha entrado vuestro arquitecto en el Palazzo? ¿Tenéis las llaves de la propiedad?

—Tengo una copia de ellas, sí. –Mentí—. Me las legó mi padre, su antepasado las obtuvo del propio Filipo.

—El Palazzo de los ángeles parece ser efectivamente propiedad del joven. –Dijo el secretario, mirando por encima el papeleo.

—¡El Palazzo de los ángeles! –Exclamó el gobernador mientras se sentaba en un diván que había al lado del escritorio del secretario—. Hacía años que no oía a alguien llamarlo así. Nadie lo llama así por aquí, joven… —Me dijo en tono de advertencia velada.

—¿Y cómo se le conoce?

—La gente prefiere ignorar que ese Palazzo está ahí, si os soy sincero. –Murmuró con un tono de secretismo—. Hay leyendas sobre ese Palazzo. Estoy seguro de que más de un noble ambicioso ha pensado en quedárselo pero por suerte han tenido buenos consejeros. Está maldito. El último hombre que viviera allí, ese Filippo… ¿Filippo Androsi?

—Alidosi. –Le corrigió el secretario. El gobernador movió la mano a modo de apartar ese pequeño equívoco de su recuerdo.

—Alidosi. Todo el mundo lo llama “Il Mago”. Debió ser un hombre excéntrico, que dilapidó toda la fortuna familiar en viajes, libros de ciencias ocultas y en malas amistades. Hasta donde yo sé, y por lo que cuentan las historietas que corren por ahí, era un joven que se dedicó a la vida disoluta y a frecuentar todo tipo de ambientes donde se ejercían prácticas mágicas y poco ortodoxas. He oído contar de todo, desde ritos esotéricos hasta orgías rituales. Quien sabe… ¡estas historias siempre se exageran con los años! Pero cuentan que de la noche a la mañana se volvió loco. El joven, al volver de un viaje en Bolonia, regresó trastornado, diciendo que había encontrado el secreto de la inmortalidad y que había hablado con los ángeles y los demonios. Sabe Dios en qué clase de magia alquímica se metió ese muchacho. A los años se quitó la vida. Y desde entonces ha dejado la maldición de su locura en esa casa. También es conocida como el palacio del loco; Il Palazzo del pazzo, un divertido juego de palabras. ¿No te parece?

Ante mi expresión de aburrimiento, él se sentó mejor en su cómodo sillón y carraspeó, presa de la realidad de mi presencia.

—Solo se lo digo, para que sea consciente de que a partir de hoy será usted el nuevo mago. Espero que no sea también un loco.

—Espero no encontrarme con su espíritu vagando por los pasillos del Palazzo. No me apetece tener compañías de ultratumba. –No pude evitar que se me escapase una sonrisilla. El secretario bajó la mirada al papeleo y el gobernador sonrió también, pero con una mirada analítica, probablemente preguntándose si de verdad yo era quien decía ser, si no sería otro loco con el que la ciudad tuviese que cargar. Un nuevo Casanova que pusiese a la ciudad del revés.

—¿Está casado, el señor, Cornelissen? –Preguntó el gobernador, haciendo un verdadero esfuerzo por recordar mi apellido. Yo sonreí y negué con el rostro.

—No, señor. Y no vengo acompañado. Siento si eso le parece alarmante.

—En absoluto. –Mintió—. Aunque tengo una hija en edad casamentera que tal vez pueda interesarle. Lo cierto es que si promete ser usted un buen ciudadano, conservar su dinero con rigor y no corretear por los tejados de la ciudad en busca de amantes, podría llegar a presentársela.

—Sería un placer, aunque déjeme un tiempo para habituarme al Palazzo y al la ciudad. Así podremos comprobar si me vuelvo un mago o un loco.

Hablamos durante un buen rato mientras me acompañaba fuera de su Palazzo. Me entretuvo mostrándome esculturas, pinturas y tapices. Algunas alfombras y ciertas vasijas que decían ser romanas y griegas, de la época de los emperadores. Yo solo veía como entre sus explicaciones de arte y cultura, colaba preguntas indiscretas que buscaban conocerme más a fondo, infiltrádnosle en mi memoria con un lento avance, como el de una larva carcomiendo la madera.

Le dije que había sido estudiante de medicina, y deseaba ser médico como mi padre lo fuera en su momento. Le había ayudado en su consulta durante toda mi infancia así que tenía bastante experiencia en el asunto. Pero no me había graduado y no había podido ejercer porque mi padre murió antes de que terminase mi examen de graduación y yo había estado un año convaleciente. Aquella nueva vida en Venecia seria un respiro para mi estado. No había conocido a mi madre, que había muerto en el parto, y mi padre había sido médico de grandes hombres ilustres en Amberes y Francia, con lo que no nos faltaba de comer. Además, mi madre nos había legado una pequeña fortuna, por ser la hija menor de un conde. Eso le bastó para dejar el interrogatorio. Pero lo cierto es que yo no tenía demasiado dinero y cuando me encontré a solas con aquellos pasillos y aquellas habitaciones vacías, mudas y frías, no sabía de dónde iba a sacar todo lo necesario para volver a darle algo de vida.

Pedí, por mediación del gobernador, varios créditos para poder rehabilitar el Palazzo. La obra fue mínima. En menos de un año estaba terminada. Los cimientos reforzados, y todos los pilares y columnas defectuosos, cambiados. Arreglamos la entrada y alquilé una góndola para moverme a placer, así como a mis trabajadores e invitados. Durante aquel otoño e invierno la casa permaneció en pausa, llena de obreros y visitas oportunas que deseaban fisgonear al nuevo inquilino del Palazzo que siempre estaba ausente y que pagaba regularmente sin dejarse apenas ver.

En mayo de 1781, cuando aún no hacía un año que estaba en Venecia el gobernador me dijo que había conseguido hacerme un hueco en el examen de graduación de medicina de la universidad. Y que si deseaba graduarme, tenía la oportunidad. Al principio me pareció una idea descabellada, por lo absurdo del fraude. Después me pareció una terrible pérdida de tiempo, porque hacía muchos años que ni si quiera tocaba un bisturí o realizaba un ungüento. Por no hablar de que desconocía por completo los últimos avances de la materia. Pero tras hablar con el decano y explicarle mis dudas, me dijo que no pasaba nada si no aprobaba el examen. Tal vez suspender me animase a reincorporarme a las clases y empezar el último curso de nuevo.

Para sorpresa de todos, incluido de mí, aprobé el examen de graduación y presenté, a modo de trabajo de fin de grado, un estudio que había hecho muchos años antes sobre los efectos de los diferentes ungüentos dependiendo de su composición en todo tipo de dolencias de la piel. Conseguí rescatarlo del fondo de un arcón con libros, de lo poco que había conseguido traerme de Amberes. Me dieron el título de medicina, y aunque nadie esperaba que fuese a ejercer, me llenó de orgullo que no fuera una falsificación, como la mayoría de la documentación que venia acompañándome desde el siglo XVI.

En el otoño de ese año ya habían terminado las obras y el resto me lo guardé para mí. Yo mismo deseaba dotarlo de alma. Ellos habían reconstruido el cuerpo, pero la tarea de insuflarle vida me la quedé toda para mí. Una vez hubieron limpiado todo el verdín del exterior, restaurado los vidrios de las ventanas, y limpiado los canalones y reacondicionado el tejado, la casa podía tomarse las cosas con calma. Limpié todo el interior hasta que los mármoles y los mosaicos relucieron. Compré candelabros y lámparas y alumbré las estancias, borrándoles la oscuridad a la que ya había comenzado a acostumbrarme. Compré densos cortinajes de terciopelo rojo y dorado, demasiado medievales para la época, pero muy propios de una casa como aquella. No iba a dar grandes fiestas y no iba a habitar todas las estancias del Palazzo. Así que me limité a mandar tallar una gran estantería para uno de los salones, que haría las veces de biblioteca y de estudio. Compré el material necesario para tener un taller y un laboratorio en las plantas bajas, hábito que deseaba reanudar para matar el tiempo. Pasé horas pintando las paredes de las habitaciones y los pasillos. Deseando que surgiese en mí el espíritu artístico necesario para evocar las imágenes de varios angelotes y dioses romanos con los que acompañar las estancias, pero no conseguí extraer de mí ni una sola gota de talento artístico. Me conformé con darles una capa nueva de estuco, y pintar paredes y molduras de yeso a placer. Lo cierto es que me entristeció borrar aquella alma decadente y trágica. La pintura cayéndose y dejando el estuco blanco y mohoso de debajo tenía cierto carácter noble.

Antes de darme cuenta ya era conocido en la ciudad. El joven médico que había heredado el Palazzo del loco. El gobernador hizo correr la voz de que me encontrarían siempre después de la puesta de sol, pues sufría una rara condición en la piel que me impedía salir de día. Eso motivó a todos a conocerme. Temían, o puede que les ilusionase la idea, de que yo fuese el heredero de la locura del antiguo mago que una vez vivió en ese mismo Palazzo. Puede que la reencarnación o la figura fantasmal de su persona. No les decepcioné. Yo mismo parecía un espíritu de otro tiempo y como no quedaban retratos de Filippo por ninguna parte, yo debía ser todo lo que satisfacía sus expectativas.

Joven, pálido, serio y comedido. Siempre vestido de negro, de una moda que ya no estaba en boga más que por los jueces o los muertos. No contrataba sirvientes, no contrataba cocineros o ayudantes. Durante las horas nocturnas aquella casa era mía y yo era suyo. Merodeaba por aquellas estancias durante horas y ellos podían verme. Veían mi sombra vagar de un lado a otro siempre que tenía las cortinas corridas. Pues me gustaba, sobre todo en las noches de verano, abrir los ventanales y dejar que el calor húmedo de la ciudad entrase y se esparciera por las habitaciones. Perfumaba las estancias con inciensos de jazmín y me retrotraía a la cripta de Amberes. Me daba largos baños de agua tibia con rosas y me acordaba de mi maestro, de las frías noches en los bosques de Flandes. A veces me gustaba tumbarme en alguna de las alfombras que me había comprado y pensar en Toledo. Aún le escribía cartas a Sebastián, y las iba amontonando por ahí, pensando que ojalá algún día viese aquella estupenda casa. La reconstruía con la idea de que un día regresase a mi lado y la mirase, maravillado, y me dijese… que buen trabajo has hecho aquí, muchacho…

Empecé a recibir formalmente a invitados a partir de aquel invierno de 1781. Para mi sorpresa, y tras un par de visitas por aquella casa, muchos de los nuevos conocidos comenzaron a hacerme regalos. Yo estaba seguro de que ninguno de ellos lo hacía de buena fe y no esperando nada a cambio. Un joven médico que parece tener dinero suficiente como para rehabilitar un Palazzo, siempre es un buen partido, y una buena oportunidad de negocio. Pero aunque debiera haberlo hecho, no hice feo a ninguno de los regalos que me trajeron. Unos me traían un lienzo con un precioso paisaje y una bonita escena bucólica. Otro me regaló un escritorio de pie. El decano me regaló una colección de libros de medicina y filosofía. El cardenal me entregó una pequeña talla de madera de una crucifixión. Todo el mundo parecía querer implicarse en la reconstrucción de aquel pequeño universo. Pero había algo más detrás de todo aquello. Todos querían ser parte de la fábula de un hombre loco. Un mago que conoce el secreto de la inmortalidad y después muere. Y al mismo tiempo, pretendían eliminar ese embrujo con su colaboración. Asegurarse de que todo quedaba en el pasado, que habían contribuido para quitarse ese espina clavada, esa lacra que temían haber contraído.

El gobernador mismo vino a cenar en varias ocasiones. Era para el único que contrataba un servicio y preparaba una cena. Él, al principio constreñido, se avergonzaba de comer en mi presencia sin verme a mí alimentarme. Le aseguré que estaba más que acostumbrado pues sufría de dolencias estomacales y mi dieta era muy estricta. Para darle le gusto y borrar parte de su vergüenza, fingía que bebía de una copa de vino y que me llevaba miguitas de pan a la boca. Era todo un arte que había aprendido a manejar. Él llegó a acostumbrarse y degustaba las cenas con placer y fruición. En alguna ocasión, maravillado con lo que había hecho de aquel Palazzo en ruinas, me preguntó qué pensaba hacer cuando acabase de rehabilitarlo.

—Supongo que pagar las deudas de los créditos. –Dije, algo avergonzado, pero él se rió.

—Espero que entre sus dolencias estomacales y su enfermedad de la piel, no nos deje demasiado pronto.

—No se preocupe. –Le dije, con una sonrisa mientras sostenía la copa de vino junto a mis labios—. Pasarán muchos años antes de que yo me muera.

Aun no había decidido cómo iba a pagar todo aquel dinero que debía y cómo iba a poder devolver todos los favores que me habían otorgado todas aquellas gentes de Venecia. Deseaban que hiciera fiestas, bailes, estupendos banquetes, pero mi ánimo seguía siendo melancólico. Ninguno de ellos comprendía que únicamente había invertido mi tiempo en decorar el panteón donde deseaba descansar durante la eternidad. Había tallado mi propio féretro con la intención de crear un lugar de paz y descanso.

Pero todos esos problemas desaparecerían. Darían igual los pagos, el dinero y las visitas. Aún no sabía a dónde había ido a parar. No lo supe hasta la primavera de 1782.

Una noche en la que aún refrescaba, la plaza de san marcos se había inundado y yo paseaba por aquellas calles encharcadas con mis botas altas y una capa corta hasta tener delante de mí la fachada de la catedral. A pesar del temor que me inundó la primera vez, aprendí a apreciar el reflejo de la luna sobre aquellas aguas plateadas y el sonido del chapoteo con el movimiento de mis pasos. Los detalles de la catedral eran mucho más hermosos cuanto el agua más se ondulaba y hacía de aquella creación una obra magnífica.

Primero la sentí a mi lado, y después a mi espalda. Sentí el paso de un vampiro a lo lejos y después algo más cerca. Era joven, pero estaba nerviosa. Muy nerviosa. Me había visto y todo su corazón se había desbocado. El cuerpo le rabiaba de terror e inquietud. Una presa habría sido más inteligente y habría hecho caso a su impulso por salir corriendo. Todo su cuerpo rabiaba de dolor. Pero era mucho más ingenua y contra todos sus nervios no me quitó la vista de encima. Podía sentirla taladrándome la nuca.

Pensé en apiadarme de ella. ¿Estaría sola? No, desde luego que no lo estaba. ¿Quería que me acercase yo? ¿Iba a venir ella? Cuando me volteé y la sorprendí con mi mirada, pareció asustada de que hubiera podido advertirla. Era muy hermosa, con los labios rojos, los ojos almendrados y oscuros. Igual que su cabello. Era alta, esbelta, e iba cubierta de una capa con el cuello forrado de pelo y el cabello oscuro recogido en un moño con una elegante peineta en forma de pavo real, perlado y con esmeraldas. Sus manos estaban enguantadas, pero nerviosas y se retorcían una contra la otra. Sus ojos se llenaron de lágrimas, como si se hubiese encontrado con un viejo amigo, pero en verdad yo no la conocía. Y por mucho que intenté adentrarme en su mente, ella no me dejó. Percibió mi intento y al sentirse tan avasallada se dio media vuelta y salió corriendo. La sentí ir muy lejos hasta casi desaparecer de mis sentidos. Tendría que haberme ido de aquella isla esa misma noche. O haberla seguido, y haberla matado antes de que llegase junto a su maestro. Puede que todas las opciones me hubieran traído al mismo lugar donde estoy hoy. Ya da igual. No sirve de nada pensar en eso, de todas formas me limité a volver a mi Palazzo y esperar el alba entre las paredes de madera de mi féretro.




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