EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 57

CAPÍTULO 57 – Una grave traición

 

Terminó el año. Era una época muy fría, el aire era gélido y había nevado. La ciudad estaba hermosa de blanco, pero cuando pasaban los días y el lodo se fundía con la nieve los caminos se ponían imposibles y todo el mundo se quedaba en sus casas. El ayuntamiento prolongó un mes más el plazo del traslado hasta que las nieves se fundiesen. Yo había estado negociando la compra de una nueva vivienda. En aquellos años como boticario me había dado tiempo a recuperar lo que había invertido y a redoblar mis ahorros. Sumado al dinero que me darían en el ayuntamiento como indemnización podía permitirme algo mejor, pero se habían aprovechado, como tanto temía, de la situación y habían subido los precios de las viviendas. Negocié la compra de un local con un par de habitaciones en la parte superior en la calle perpendicular a la Casa de las Conchas, pero rechazó mi oferta alegando que le habían ofrecido más dinero. Me ofrecieron otro inmueble frente al Palacio de la Salina, pero al enterarse del negocio que iba a trasladar me negó su favor. Dijo que no confiaba en los médicos.

Si hubiera sido por Sebastián, nos habría comprado la Torre Clavero para ambos y habríamos vivido allí como auténticos vampiros de cuento. Yo perdía la esperanza y comencé a hacerme a la idea de que no conseguiría rehacer el negocio y que Nikolás tenía razón y todo aquello era una señal del destino para que abandonase la ciudad y mi profesión. Ya había cumplido un ciclo allí, en aquel papel que tan bien había interpretado. Y era tiempo de cambiarse la máscara. ¿Y a dónde ir? Ya no tenía fuerzas para viajar más, no deseaba conocer nada más del continente, ni de la raza humana. Deseaba meterme en mi ataúd y que el mundo se destruyese y sus restos nos enterrasen a todos. Solía evitar esa clase de pensamientos que a uno podían llegar a volverlo loco, pero a veces no podía evitar pensar que tenía todo el derecho a sentirme nostálgico y melancólico, dada mi condición.

Mirando aquella alta torre me mortifiqué pensando que no había sabido sacar provecho de mi inmortalidad, y nunca lo haría. No tenía el carácter necesario para llegar a ser tan increíble como Sebastián, que se codeaba con reyes y emperadores, ni tan carismático como Nikolás, que podía tener una masa de mortales e inmortales como fieles seguidores de su verborrea. Pudiendo fingir ser un noble de rancio abolengo y hacerme con alguno de los palacetes de aquella ciudad, había decidido abrir un negocio como un hombre llano cualquiera, dedicando mi vida a las labores que a uno le consumen la vida. No había querido sobresalir, pero había querido tener mi propia parcela de intimidad y trabajo.

No sabría decir si me sentía orgullo de lo que había conseguido. En ese momento me cegaba una extraña sensación de responsabilidad que me arrastraba hacia la humildad. Hubiera matado por conservar aquella pequeña parte de mi legado. Pero hoy me arrepiento de todo aquello. De habernos quedado en Salamanca, de haber montado aquel estúpido negocio. Pero sobre todo, de haber dejado a Nikolás de lado, presa de su propia inmortalidad.

Una noche de aquel enero de 1729 se presentó en casa. Habían pasado semanas desde que había vuelto por última vez, llevándose su laúd. Yo estaba preparándome par salir. Hacía poco que había oscurecido, apenas eran las nueve de la noche, y estaba dispuesto a encontrar algún otro establecimiento donde trasladar el negocio, aunque no tuviera casa y me obligase a dormir en el suelo. Estaba abotonándome el jubón, con la capa debajo del brazo, cuando oí la puerta de la tienda abrirse. Habían manipulado la cerradura y reconocí los pasos de Nikolás limpiándose la nieve antes de entrar.

Su regreso fue como un gran peso que se esfumaba de mis hombros, como una bocanada de aire después de haber contenido durante días el aliento. Su olor llegó hasta mí, florar y cálido. Sentirlo de nuevo bajo el mismo techo era reconciliador. Volaron todas mis preocupaciones y rencores. Estaba dispuesto a pedirle perdón, a ponerme de rodillas y pedirle que regresase a mi lado. A obedecerle, a seguirle hasta donde quisiese ir. Dejaríamos el negocio y la ciudad atrás, si es lo que deseaba. Pero que se quedase a mi lado, era todo cuanto el pedía.

Bajé las escaleras al trote, esperando poder sorprenderlo en la entrada. Pero la sorpresa me la llevé yo. Antes incluso de verle. Le oí susurrar y hablar con alguien. Sentí la presencia de otra criatura a su lado. Otro ser. Cuando doblé el recodo de las escaleras y lo vi, él alzó la mirada y se volvió para encararme, casi parecía haber estado esperando a que yo bajara. Me sonrió, casi con dulzura y pasó su mano por la espalda de su acompañante. Era una mujer. Una preciosa estudiante de perfil marmoleo y de ojos avispados. Me miró ella también y su mirada consiguió detener mis pasos en las escaleras.

Me tuve que sujetar de la pared de la escalera y si hubiera tenido pasamanos, me habría dejado caer sobre él. Lo que estaba viendo no podía ser más que una pesadilla. Una horrible imaginación producto de mi psicosis. No, era real. Había venido acompañada de una muchacha, elegante y preciosa, pero vampírica. Era una de nosotros, pero eso no fue lo que me espantó.

—Marcus… —Murmuró Nikolás, en un intento por hacer que me acercase. Extendió su mano en mi dirección y como no me moví, se volvió hacia la chica que nos miraba alternativamente, tan fascinada como ingenua.

—¿Qué has hecho? –Pregunté, llevándome la mano a la frente.

—Quiero presentarte, esta es Carmina. –La empujó suavemente sobre la espalda para hacerla avanzar pero al atisbar mi mirada de horror decidió que no era lo más adecuado así que dio un paso para interponerse—. Le he explicado lo que somos, y cómo hay que hacer las cosas… como hizo Sebastián conmigo.

Cubrí mis labios con una mano y él se mostró algo receloso.

—Es una buena chica, y es amiga mía. Es de confianza. Ahora que es como nosotros…

—¡La has convertido! –Exclamé, presa de la histeria. Comencé a temblar, como si el frío me hubiese calado hasta los huesos. Sentía la sangre efervescente en mis venas, y todas mis células revolverse contra lo que veía. No creía que aquello fuese real. No quería ni si quiera pensarlo. Se me había desmoronado la realidad como si me hubiesen lanzado un cubo de agua helada.

—¡Baja la voz! –Dijo, intentando aplacar mi espanto con un gesto de sus manos—. Nos oirán en toda la plaza.

Yo me di la vuelta y subí escaleras arriba. Pensaba que escapando de ellos podría libarme. Intentaba, con cada paso, arrancarme esa sensación pegajosa que se me adhería al cuerpo. Pero era imposible. Incluso a solas, de nuevo en el piso de arriba, era incapaz de tomar aire como era debido. El corazón se me saldría del pecho, incluso el resto de órganos se esparcirían por la alfombra. Me metí en el estudio y cerré detrás de mí. Me apoyé en la puerta sintiendo como todas mis ilusiones y fantasías se quebraban como un vidrio.

Me estaba bien empleado, pensé, para mí, me había hecho lo mismo que yo le había hecho a Sebastián. O puede que incluso había sido más considerado, manteniéndome al margen de su amistad y de la conversión que había efectuado. No podía evitar pensar que había sido capaz de ello, siendo tan joven y había sido una conversión exitosa. ¿Cuánto tiempo tenía ella ya? ¿Días, semanas? Había conseguido hacer todo eso sin mí. Me sentía dolido pero orgulloso. Y sin embargo la presencia de aquel nuevo ser de las sombras en mi propia casa era la peor de las traiciones a mi persona.

Los pasos de Nikolás habían seguido los míos y se detuvieron al otro lado de la puerta. Llamó con sus nudillos y apoyó su mano en la puerta.

—¡Oh! Vamos, no me digas que te has enfadado, mocoso…

Ante aquel maldito y repetitivo “mocoso” me puse en pie, abrí la puerta y le enfrenté, empujándole hacia atrás.

—¿Pero se puede saber qué has hecho? ¿Te has vuelto loco? ¡Has convertido a una humana!

—No es algo tan grave. No es como si hubiese diezmado la población de España entera…

—¿Por qué lo has hecho? –La pregunta me salió sola, aunque no estaba muy seguro de que quisiera saber el motivo y viendo la duda en mi mirada, él se contuvo en darme una respuesta. Torció el gesto y me miró con los ojos entrecerrados, preguntándose, seguramente, si debía decirme la verdad hiriente o darme alguna vaga contestación filosófica—. ¿Y ahora, qué?

Tampoco quería que me contestase a eso. Lo cierto es que no quería saber nada. Ni de él, ni de ella. Ya no.

—Podrías al menos habérmelo contado antes. Hubiera podido…

—¿Qué? –Exclamó, abriendo los ojos y ampliando una sonrisa de sorpresa, llena de reproche—. ¿Podrías haberme ayudado? ¿En qué? Eres un cobarde. Ni si quiera quisiste convertirme a mí, y jamás me diste de tu sangre. ¡A mí! Que te he tenido siempre como tu hermano. ¿Ahora vas a decirme que me habrías ayudado a convertir a Carmina? No, de eso nada. No voy a tragarme eso.

—No te quise convertir porque esta no es una vida digna, no hay nada de bueno en ella. Si hubiese podido elegir, jamás habría pedido esto.

—Pero yo te lo supliqué. –Él se acercó a mí y puso sus manos sobre mis antebrazos. Me apretó con fuerza, con todo el resentimiento que había acumulado desde entonces—. Yo te lo supliqué, porque era esto o la muerte en la horca. ¿No eres capaz de ver más allá de tu egoísmo?

—¿Y tú? Has convertido a una muchacha. La has condenado para el resto de su vida a una vida eterna, llena de peligros y restricciones. De muerte y culpabilidad. ¿Cargarás con su conciencia, como yo he cargado con la tuya?

—Tú no has cargado con nada más que con tu santurronería.

—Hubieras podido pedirme consejo… —Murmuré, temiendo que Carmina pudiera oírnos desde el piso de abajo—. Hubieras podido al menos consultármelo.

—Me habrías dicho que era una insensatez. –Me espetó.

—Lo habría hecho, pero al menos habría sentido que formaba parte de la decisión.

—No necesito que formes parte de nada. –Me soltó hacia atrás y me empujó contra la pared. Retrocedió un paso, observándome con ojos inyectados en sangre y una sonrisa endiablada. La misma con que la primera vez me apuntase con su espada, retándome a un duelo. Lleno de un enfado que le cegaba el juicio.

A mí me invadió el pánico. Me agarré el jubón a la altura del pecho mientras le apartaba la mirada. No era capaz de contemplar aquello que lo estaba consumiendo. Era un dolor tan profundo que me hacía temblar. Recordaba las palabras de Sebastián. “Un día te arrepentirás de esto, un día lo mirarás, y me odiarás a mí por haberlo convertido”. No. Me odiaba a mi mismo por haberme dejado cautivar por él. Por haberle mostrado lo que era, por haberle llevado por medio mundo y haberle arrastrado conmigo a la locura de la que ahora estaba hecho. ¿Cómo sería capaz de retomar mi realidad sin él? Me estaba abandonando.

—Si vas a marcharte con ella, por favor, no quiero saberlo. Simplemente desaparece. Llévatela lejos y no me reproches nada más. –Dije aquello con el último hilo de voz que me quedaba, con el rostro inclinado hacia abajo, con la mente abotargada.

—¿Irme yo? –Preguntó, alzando una ceja, con un tono tan serio que me hizo contener el aliento—. ¿A dónde? Yo tengo mis amigos, tengo una nueva compañera. Y tengo una vida y una reputación entre esta gente.

—Pensé…

—¿Qué quería marcharme? Te di tu oportunidad. Y te encabezonaste en mantener el negocio, en quedarte en la ciudad. Pues ahora soy yo el que quiere quedarse. Construiré aquí una comunidad de vampiros. Convertiré a una decena o una docena de vampiros y dominaremos la ciudad, la gobernaremos como una élite poderosa que…

Me tapé los oídos. No quise oír aquello. Todo lo que le había contado, todas las precauciones que le había enseñado, no servirían de nada. Yo mismo había propiciado aquello y me lo estaba soltando con la intención de martirizarme. Si era verdad o mentira, no quise averiguarlo. Cerré los ojos y esperé a que acabase. Cuando lo hizo, levante la mirada, desafiante.

—Tienes menos de cien años. Si te exprimes así, con suerte alguna de tus criaturas sobrevivirá para ver el próximo siglo.

Él no dijo nada, se metió dentro de mi estudio y al salir me lanzó mi cuaderno de cuero con las cartas de Sebastián y el guardapelo. Después se agachó y recogió mi capa y mi espada. Todo me lo lanzó y yo lo fui recogiendo. Yo le miré con una interrogación en la mirada.

—Yo no me iré de la ciudad. Pero tú sí. Lárgate de aquí, ya no quiero verte nunca más. 

¿Toda mi vida cabía en un par de objetos? ¿No me permitiría llevarme nada? ¿No tendría un gesto de despedida? ¿Una palabra amable? Por lo que le había dado, por el tiempo que habíamos compartido. ¿De dónde nacía ese odio? ¿Era verdad que las criaturas que engendrara Sebastián siempre acaban así? Me odiaba, y estaba en su derecho. Pero… ¿por qué tenía que echarme así de su vida?

—Aquí ya no pintas nada, mocoso. Ni tu negocio ni tu persona. Ni siquiera yo te necesito. Márchate de aquí.

Cuando aún lo recuerdo, es como una espina que tengo clavada, infectada, y que por mucho que intento sacarla, siempre se hunde un poco más. Tengo vívida esa escena en mi memoria. El temblor en mis manos, las lágrimas que afloraban de mis ojos. El calor en mi rostro. Su mirada como el fuego, quemándome la piel. Su persona, como un ente supremo, un demiurgo condenatorio, expulsándome de su lado, de la ciudad, de su vida. Me sentí desnudo, completamente vulnerable. Había sido capaz de vencerme, sin necesidad de enfrentarme. Me había derrotado con una facilidad pasmosa.

—¡Vete! –Gritó, sacándome de mi ensoñación—. ¡Márchate!

Yo no pude aguantar más allí. No después de que aquellas palabras fuesen como bofetadas. Salí corriendo de la estancia y bajé las escaleras. Si hubiera tenido el temperamento de mi juventud, tal vez me hubiera llevado por delante a Carmina y la hubiera despezado, con el único placer de verle a él herido, tanto como estaba yo. Pero me urgía salir de allí mucho más que entretenerme a vengarme. Deseaba desaparecer, poner tierra de por medio, alejarme y cortar los hilos que aún nos unían. Estaba profundamente abochornado y conmovido. Me puse la capa por encima y me coloqué la espada a la cintura. Y eché a correr hacia el este. Todo lo rápido que me dieron las piernas. E incluso entonces, antes de salir de la ciudad, aún pensaba que él podría haberse arrepentido y en un último momento de desespero, me habría seguido para pedirme disculpas. Pero cuando me detuve sobre una colina, divisando la ciudad nevada que se extendía en la llanura, esperé, y esperé durante una hora, pero no apareció.

Dejarle allí me dolió mucho menos que el hecho de que él me hubiese expulsado de su vida. Había demostrado ser capaz de sobrevivir, de crear compañeros, de desenvolverse en un mundo humano, mucho mejor de lo que había hecho yo. ¿Viviría muchos años más? No lo sé, no volví a verlo. Si había enloquecido y se había creado un ejército vampírico, nunca lo supe, nunca tuve noticias de nada parecido. Cuando pienso en él lo hago con una punzada de dolor y evito siempre en lo posible acordarme de aquellos últimos días. Intento evocar los mejores momentos. Su humanidad, los días en Montpellier, su rubor natural, su sonrisa espontanea, la forma en que se desenvolvía con la espada. Sus paseos por el palacio del gobernador. Su mirada profunda y azul, llena de curiosidad y recelo. Ese tono de voz desafiante. Pero al final la memoria siempre me devuelve a Salamanca. Sus gritos. Su determinación titánica. Y el amargor me consume como un veneno al que yo mismo he sucumbido.

 Para dar fin a esta temporada de mi vida solo diré que no volví a verle. Nadie ha sabido hablarme de él desde entonces, ni he vuelto a encontrarle. Fui a Salamanca hace unos años, pero de lo que fue, no queda nada más que una reminiscencia arquitectónica. Él ya no está allí ni hay leyendas de vampiros que vagasen por la ciudad. Otros como yo que he ido conociendo no saben nada de un tal Nikolás. Puede que sobreviviera, que se cambiara el nombre, que adoptase otra actitud, otros compañeros. Pero lo más probable es que la locura le llevase a la autodestrucción. Ya lo hacía siendo humano, volverle vampiro solo prologó su final. O eso me he acostumbrado a pensar.

Cuando pienso en la advertencia de Sebastián, no puedo sino rebatirle. Agradecí profundamente que fuera creación suya y no mía, porque de haber sido hijo mío, no habría sobrevivido a su rechazo. Me habría matado que se volviese contra mí. Así que desde ese momento, si antes no estaba seguro, me convencí de que nunca crearía a nadie. Jamás. No nacerían vampiros de mi sangre, si podía evitarlo. Y hasta el día de hoy, así ha sido. Porque no podría soportar condenar a alguien, y condenarme con él, a esta miserable existencia.

Verme de nuevo en los caminos, sin compañero, sin profesión y sin objetivo me supuso un gran trauma. Durante días vagué por los senderos hasta Ávila y después hasta Toledo. Pero no había nada allí que me interesase. Sin embargo pasear por aquella ciudad me trajo recuerdos de mi vida allí, un siglo atrás, con Sebastián. Sería demasiado humillante volver a sus brazos tras mi huida frustrada. Pero no tenía a nadie más en aquel inmenso mundo.

Tal vez fuera con el rabo entre las piernas y la cabeza baja, pero deseaba reencontrarme con él, como fuera. Sin embargo, ¿a dónde ir? Salí de España para conducirme a Montpellier, el último lugar donde lo había visto. Llegue en el año 1730. Para mi decepción, la casa estaba habitada pero por una familia de burgueses humanos. Vendedores, comerciantes, no me quedé para averiguarlo. No había rastro de él en toda la ciudad. Nadie de los que vivieran seguía con vida. Muchas de las casas habían sido reformadas y parte de las antiguas barriadas se habían derribado para dar paso a grandes avenidas. Yo mismo me extrañé de caminar por aquellas ciudades. Así que me fui en menos de una luna.

No me quedó otro remedio que regresar a Amberes. Y cuanto más lo pensaba, más me preguntaba qué habría sido de él. ¿Estaría sirviendo a algún gran monarca? ¿Habría abierto una consulta en alguna gran ciudad? De vez en cuando preguntaba por él. Un gran y afamado médico, de ojos azules, de pelo cobrizo. Alto, gallardo, con porte caballeresco. Las pocas pistas que me daban no llegaban a ninguna parte. Me sentí como un hijo abandonado por su padre, que intentara buscar el camino de regreso a casa.

Cuando me interné por los bosques de las afueras de Amberes me sorprendió recordar aquellos olores, la intensidad del follaje. Era el otoño de 1732. Me planté frente a la casa para descubrir un habitáculo abandonado y un poco destartalado. Los ladrillos estaban llenos de verdín y musgo. En los jardines y en los alrededores las malas hierbas se habían hecho con el terreno. Parte del tejado se había desmoronado, las tejas se habían venido abajo y seguramente una de las habitaciones de la planta alta estaba destartalada y carcomida. Me dio mucha pena ver aquella casa que había sido nuestro hogar tanto tiempo, convertida en la consecuencia del paso de los siglos. Era principios del siglo XVI cuando acudí allí por primera vez. Santo Dios, hacia dos siglos de aquello. Crucé la puerta con el aliento contenido, con las manos temblorosas. El casa era un fantasma de lo que alguna vez fue. Estaba fría, oscura, con humedades recorriendo las paredes, con polvo acumulado en cada mueble.

Me quedé al menos media hora allí en la entrada, quieto, como una estatua, intentando atreverme a dar un par de pasos adentro, obligándome a no recordar cómo era aquella casa en aquellos tiempos lejanos. Porque entonces saldría corriendo. El salón estaba inerte, como muerto en el tiempo. Uno de los cristales estaba roto, algún ave se habría colado dentro. Pero de eso hacía ya mucho. No había un solo ser vivo en aquella casa aparte de algún insecto o alguna lagartija que se preparase para el frío invierno. No quedaba nada de vida. Nada que indicase que viviese nadie ahí. Y eso era lo más perturbador. Algún libro abierto, alguna taza o copa por ahí colocada. La encontré tal como la habíamos dejado cuando nos marchamos hacia Montpellier.

A los muebles se los estaba comiendo la carcoma. Muchos de ellos se caían a pedazos por la humedad. Algunas de las baldas de las estanterías habían cedido y se habían caído junto con los libros que soportaban. La mayoría de ellos estaban en pésimas condiciones, húmedos, fríos, con las hojas amarillentas, otros presa de las termitas. La mayoría se caían a pedazos, con las tapas sueltas, la cola que los unía se estaba pudriendo y cuarteando y las hojas se te quedaban en las manos. Los muebles se habían quedado anticuados, y la decoración parecía de otro tiempo. Los tapices medio descolgados, las lámparas de aceite oxidadas.

El laboratorio estaba más o menos intacto, aunque la mayoría de los pocos productos que habíamos dejado se habían echado a perder. El aceite estaba rancio y las hierbas no eran más que polvo. No había mucho más allí. Las habitaciones del servicio estaban completamente destartaladas. En estas sí que se notaba el paso del tiempo. Parte del tejado se había caído en una de las habitaciones y tanto animales como vegetación habían estado viviendo allí por décadas. Preferí no seguir recorriendo aquella inmunda mansión, pero me detuve en la cocina y miré hacia las escaleras que bajaban a la cripta. No me haría falsas ilusiones, no era tan ingenuo, pero por un momento me asaltó la idea de que Sebastián pudiera encontrarse allí abajo, durmiendo plácidamente en su ataúd de mármol.

No me había costado tanto bajar allí antes. Pero lo hice con una punzada en el estómago. Me asomé al interior de la oscura cripta. No quedaba allí nada de lo que alguna vez fue. No había ni si quiera reminiscencias de los inciensos o las velas. Era nada más que un espacio vacío lleno de humedad, sal y telarañas. Quedaban un par de candelabros derribados y algunos incensarios vacíos. Volví arriba y me planteé si encender algunas luces, pero la idea rápido me disuadió. No verán aquellas estancias luz alguna. Ya no hacía falta fingir. Yo estaba tan muerto como aquellas paredes, nada había en mí que necesitase la luz de un hogar o de una lamparita. Nada.

Salí al exterior y me fui de caza. Conocía aquellos bosques como la palma de mi mano y todos los caminos y olores volvieron a mí con naturalidad. Recorrí los senderos hasta dar con un par de lobos a los que maté. Me descubrí en mi propia voracidad, a la que hacía tiempo que no recurría. Después di con un ciervo y después con un jabalí. Si me hubiera cruzado con algún pastor me lo habría bebido también, pero era muy tarde, y la luna no era apenas perceptible.

Cuando volví a la casa lo hice dando tumbos, tambaleándome, regodeándome en mi propia tristeza. Me desmoroné allí mismo, en el salón, hincando las rodillas al lado de la armadura de templario que aún se había mantenido erguida en su esqueleto metálico. Parecía lo único capaz de perdurar en el tiempo. Me abracé a sus glebas y lloré en silencio hasta que me quedé traspuesto. Desperté cuando el sol estaba a punto de entrar por la ventana rota y por primera vez me pregunté si no sería mejor esperar a su encuentro. Deseaba que me alcanzase, aunque no estaba seguro de poder soportarlo con estoicismo. Disfruté de esa luz previa al amanecer, de esa reminiscencia violácea del cielo y pensé que tal vez no era mal momento, ni mal lugar para morir. Tal vez era mejor si todo acababa aquí.

Pero cuando el sol estaba por salir, el valor me abandonó, me puse en pie y bajé hasta la cripta. Una vez allí toda fuerza salió de mi cuerpo y me dejé caer, presa del sueño. Un sueño que duró días, y semanas. Puede que meses. Toda aquella casa se convirtió en mi sepulcro, y si se caía encima de mí y me sepultaba, qué más daba. Sin lápida, sin un epitafio: Aquí yace Marken Van Jasen, el inmortal que duerme porque no supo morir.





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