EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 70
CAPÍTULO 70 – Hasta el presente.
Dejé Venecia unos días después y me llevé conmigo apenas un par de enseres, los pocos con los que había llegado a aquella ciudad de ensueño. O de pesadilla. Doné el Palazzo al gobierno de Venecia y todo lo que contenía en su interior. El gobernador me aseguró que quedaría intacta por si alguien deseaba su compra pero estoy seguro de que arrampló con todas las pinturas, alfombras y tapices. Me despedí de los ángeles que custodiaban el patio, me di un festín con los presos que había en las cárceles subterráneas y le prometí al gobernador que volvería a visitarle algunos años después, pero el hombre murió en febrero del 1789, así que supongo que no me echó en cara que nunca más volviese allí.
Regresé a Amberes, como único refugio seguro que albergaba en mi memoria, esta vez desesperanzado y horriblemente abatido, sabiendo que yo era el único guardián de aquellos restos. La casa se había caído. Cuando me planté frente a lo que debió ser la puerta de entrada, no había más que escombros. De lo que alguna vez fue un hogar ahora era la madriguera de zorros y nido de escarabajos. Alguno de los muros había quedado medio en pie, pero el tejado se había derrumbado. La madera se había terminado de pudrir y alguien había reutilizado las tejas y algunos sillares. No quedaba nada de las ventanas o los muebles. Era el cementerio ideal para los recuerdos.
Me di la vuelta nada más llegué. No podría pasar la noche allí si quiera, y no deseaba hacerlo. Me refugié una temporada en un hostal de Amberes hasta que en el 93 se puso la cosa muy fea en Francia. Los aires de revolución invadieron toda Europa, se extendió una nueva ola de pensamiento liberal, bélico y autoritario que se fundió en las mentes de los insensatos. Napoleón comenzó a ganar batallas, a engañar monarcas. Para el año en que se coronó emperador yo ya estaba refugiado en las montañas cántabras. Regresé a las cuevas y catacumbas que pertenecieron a aquel aquelarre que encontramos Nikolás y yo muchos años antes, pero allí no quedaba nadie. Me pregunté durante muchos días qué habría sido de ellos, qué les habría ocurrido o si acaso regresarían. No lo hicieron. Me quedé allí durante muchos años, viviendo en aquella soledad impuesta, a modo de ermitaño que se recluye para encontrar el perfecto estado de conexión con su fe.
Pasó la guerra de independencia, y se sucedieron las épocas sin que yo realmente participase de ellas. Fernando dejó el reino a su hija la segunda Isabel, y ella a su hijo Alfonso XII. Y este a su hijo, Alfonso XIII. Fue durante su reinado, a principios de este nuestro siglo XX, que abrí este anticuario.
La idea surgió en mí por mi progresiva afición a relacionarme con los nobles que habían vuelto de las Américas, enriquecidos, y se habían instalado con todo lujo de comodidades en pequeñas localidades norteñas como Comillas. Aquellos círculos, cultos y exóticos me fascinaron de la misma manera en que a mi maestro le encantaba entrar en las librerías de todas las nuevas ciudades que descubría, con un profundo afán intelectual y curioso. Volver a imbuirme de toda aquella vida humana me resultó pesado y hasta cierto punto difícil. Las costumbres, los hábitos, incluso el lenguaje habían cambiado mucho aquellos últimos siglos desde que visitase España por primera vez. Siempre podía decir que era extranjero, y era cierto, pero nunca me hicieron de menos por ello. Ellos también habían sido extranjeros en las Américas y sabían lo que era estar fuera del hogar.
En aquellos círculos se movían grandes artistas como Gaudí, al servicio de aquellos adinerados compradores. Pero a mí me fascinaban todas las curiosidades que traían consigo, y que el propio siglo les había proporcionado. El teléfono siempre me ha fascinado, los coches a motor, el avión y la radio, los avances médicos como las vacunas y la penicilina. Era aquel un mundo tan cambiante y rígido, tan frío e industrializado que me resultaba ajeno. Viví aquellos años como un fantasma que había pasado demasiado tiempo muerto y quiere fingir que está vivo de nuevo. Mi fascinación no fue suficiente como para procurarme un lugar en aquella nueva era. Supe que estaba condenado. No tenía la fuerza suficiente como para empezar de nuevo.
Me embobaba mirando las hermosas lámparas orientales que traían de china, o los antiguos mapas de navegación españoles cuando viajaban por el pacífico. Los muebles de la época de Luis XV eran lo que más llamaba mi atención mientras que aparatos como el gramófono o las máquinas de escribir solo tomaban prestada una pequeña parte de mi curiosidad. Rápido me aburrían. Mientras que un reloj del siglo XVI me traía mucho más recuerdo y evocaba a mi memoria cientos de anécdotas que debía guardarme para mí mismo y me regodeaba en mi propia tristeza. Hasta la medicina y la botánica comenzaron a resultarme ajenas. Llevaba tanto tiempo sin leer o conocer los nuevos avances médicos que había pasado por alto todo un siglo de nuevas técnicas y descubrimientos.
Durante aquellos primeros años del siglo, incluso mientras duró la primera guerra mundial, me dediqué a hacerme con todos los objetos que pude. Jarrones chinos, pinturas que robaban o se perdían. Relojes de bolsillo, escritorios, consolas, tapices, cualquier cosa que me evocase a otros tiempos. Pero jamás tuve la intención de vender nada. Esto ha sido desde entonces mi tumba, mi pirámide personal. Aquí me enclaustro, junto con las ofrendas que el tiempo ha tenido a bien ofrecerme, y aquí me muero, poco a poco y solitariamente. Las guerras mundiales terminaron, la dictadura y la posguerra, después la democracia. Aquí en estos pueblos tan alejados de la vida urbana apenas se sienten los cambios, y desde hace unas décadas las nuevas generaciones han preferido hacer vida en las grandes ciudades, abandonando estos rincones del país a su suerte.
Si he sobrevivido tantas décadas aquí es porque hace más de cincuenta años que esto se mantiene con una fina capa de polvo, con el cartel de cerrado en la cristalera y con las luces apagadas. El estado pregunta a veces, esto sigue teniendo un propietario, así que mientras no haya cambios, seguirá siendo mi lugar de enterramiento. Donde paso los días entre el letargo y el recuerdo, alimentándome de turistas insensatos como tú que se atreven a entrar aquí, o salen de madrugada al monte y cazan algún que otro animalillo. Hace mucho tiempo que no tengo el hambre voraz de mi juventud. Hace algún tiempo cumplí mis quinientos años como criatura inmortal. Tal vez mi maestro habría considerado, dado mis hábitos de vida, que ya he cruzado el umbral de la locura, pero nunca he estado más consciente de la realidad como lo estoy ahora. La vida me ha ganado la jugada, y en vez de enfrentarla, perdiendo la cabeza en la batalla, he aceptado mi derrota. No sirvo para ser médico, tampoco para ser el compañero o el amante de nadie. Mucho menos para fingir ser noble o sibarita. No soy un espíritu renacentista. Mi alma se ha quedado en la oscuridad de la época medieval, en aquellos bosques de borgoña, perdido durante aquella eterna ventisca de nieve.
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