EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 69

CAPÍTULO 69 – Adiós Venecia.


Me adentré en el Palazzo. Sus innumerables pasillos jamás me habían parecido tan fríos y ajenos a mi propia persona. Si antes me había podido creer como una más de sus innumerables reliquias de piedra, ahora ni si quiera deseaba respirar el aire que contenían aquellas habitaciones, denso y húmedo. Echaba de menos la casa que me había encontrado al llegar, con el papel pintado desprendido, con la pintura desconchada y pulverulenta. Las rejas oxidadas y el pasamanos roto. Debía haberla dejado como estaba, solo había perdido el tiempo allí.

Sentí unos pasos al final del pasillo. María se había despertado. Me había sentido y había saltado del ataúd, tambaleándose, aún presa del sueño a causa de la luz exterior. Apareció envuelta en mi batín, con el cabello recogido en un moño desordenado, con varios mechones cayendo a través de su frente y rostro, mechones caobas y ondulados. Sus ojos estaban adormilados, sus manos se aferraban a la tela del batín en un rictus de susto y vergüenza. Alzó la mirada para encontrarse conmigo al fondo del corredor y evitó avanzar hasta mi encuentro porque un haz de luz vespertina se colaba por las ventanas del corredor. Me reconoció, a pesar de la distancia y la oscuridad pero aún así estaba algo temblorosa.

—Marcus… —Murmuró, con un ligero tono a pregunta pero después de mirarme al rostro soltó un suspiro de alivio y alzó el mentón con gracia—. Eres tú. Oí un ruido y pensé…

De repente miró hacia el exterior y su vista se fijó en las finas las líneas anaranjadas que cruzaban el suelo de piedra que nos separaba. Frunció el ceño con tal sutileza que apenas lo percibí.

—¿Acabas de llegar? ¿Vienes del exterior?

—Sí. –Murmuré acercándome a ella y atravesé aquella luz hasta estar a unos pasos de su persona. Cuando me tuvo a su lado, su sonrisa se volvió incontenible y me preguntó con una mirada llena de entusiasmo…

—¿Está hecho? ¿Has…?

—Sí. Ya está hecho. –Suspiré. Mi tono era mucho más cansado de lo que pretendía pero ella era todo ánimo y exaltación. Parecía temblar de excitación, intentando contener toda la alegría que florecía en ella y estallaba como fuegos artificiales. Sus ojos salían de la ensoñación y brillaban, radiantes. El color volvía a sus mejillas. Soltó el batín, que había estado sujetando con fuerza y se aproximó hasta mí para envolverme en un fuerte y cálido abrazo.

—Me has salvado… amigo mío. –Murmuró, presa del entusiasmo—. Me has hecho un gran regalo. ¡Qué feliz estoy, no puedo creerlo! ¡Y yo que tanto te temía…!

—No había motivo para… —Comencé a decir pero ella se separó de mí nuevamente con su precioso ceño fruncido. El olor de su perfume, y el de su piel, se alejaron de mí como una bocanada de aliento gélido que nos alejó. Miraba su mano. La mano que había envuelto mi espalda. Estaba cubierta de una fina capa de hollín. A la luz de aquel atardecer sus yemas y parte de su palma se habían vuelto grisáceas, sucias. Removió sus dedos sobre su palma y alzó la mirada con desconcierto. Solo tuvo que olerme, que mirarme a los ojos y advertir que el fuego aún brillaba en mi mirada, en el ardor de mis mejillas.

—¿Qué ha pasado…? —Yo no contesté, no deseaba hacerlo. Me alejé de ella y me desabotoné la capa que dejé caer en el primer rincón que hallé. Después me conduje hasta el estudio y sobre el escritorio posé la máscara, a lo que ella volvió a recuperar la voz tras el primer momento de susto—. ¿Qué has hecho? ¡Dime! ¡Contéstame! ¿Qué ha ocurrido?

Alcé la mirada para verla, lleno de rabia.

—Hueles a aceite de lámparas, a hollín y…

—Han muerto. –Aclaré.

—¿Han muerto? ¿Cómo que han muerto? ¡Quienes! ¿Todos?

—Eso espero. –Me senté en el escritorio. Delante de mí tenía unos bocetos a carboncillo que yo no había hecho. Ella se había entretenido durante la noche en hacer aquellos dibujos, unos vagos bocetos de jarrones y estuches. De naturalezas muertas, tomando como modelos los pequeños enseres que tenía en el estudio.

Ella tardó algún tiempo en procesarlo, era de esperar. Miró a todas partes, se tambaleó y se sujetó de la consola que había cerca de la puerta. Pasó su mano por su frente, después por su cabello. Luego por su cuello, ahogada con la propia idea. Cuanto más lo pensaba, menos era capaz de encontrar ahora su lugar en aquella nueva realidad. Podía verlo en la creciente desesperación de su mirada.

—Pero… ¿Pero qué has hecho? –Su tono insolente de regañina maternal me puso los pelos de punta. No le respondí. Fruncí el ceño en su dirección y esperé que mi mirada fuese suficiente para controlarla—. ¿Has quemado el Palazzo? ¿Con todos ellos dentro?

—Tal vez se haya escapado alguno. –Dije, dando golpecitos con el índice sobre la mesa—. No estoy seguro.

—¿Escapado? ¿A dónde? ¡Es de día! ¿Les has tendido una trampa?

—Te lo dije, no eres tan tonta como te haces ver…

—¿Cómo has venido hasta aquí? ¿Y tú como has salido del Palazzo sin convertirte en cenizas?

—Pero sigues siendo mucho más ingenua que yo. Tus dogmas y todos tus juicios religiosos te han limitado el conocimiento. Toda enfermedad tiene sus remedios y sus paliativos. Es solo cuestión de dar con ellos. El sol no es Dios, y de serlo, le profeso una profunda devoción. Temerlo es solo…

Ella tiró el contenido de mi escritorio. Pumas y tinteros salieron por los aires. Pero tras el estruendo y quedándose mirando el desastre se hundió profundamente en su miseria. Sintió sus miembros pesados, su cabeza aún embotada por el sueño. Se deslizó como una sombra hasta el sofá frente a la chimenea y se hundió en él, llorando temblorosamente. Enfadada podría resultar mucho más interesante que cuando fingía devoción o cariño.

La dejé llorar allí mientras observaba la tinta formar una gran mancha negra sobre la alfombra oriental del suelo. El rojo y el amarillo se iban tiñendo con una espesa y oscura densidad nocturna. Nadie limpiaría esa mancha jamás.

—Qué será de mí ahora. –Murmuró, aún llorando, alzando el rostro para que yo pudiera oírla bien. Se lo preguntó a la oscuridad que comenzaba a envolvernos. El frío iba colándose por cada rincón de la estancia.

El fuego se encendió de golpe haciéndola dar un respingo tal que en su rostro se reflejó el rostro de un animal asustado, cuando ha visto al cazador y se encuentra acorralado. El fuego iluminó sus facciones con una calidez igual que la que había envuelto a sus hermanos hasta reducirlos a cenizas. Pero al observar que solo los maderos de la chimenea iban a prender, ella pudo al fin respirar.

—¿Qué haré yo? –Preguntó de nuevo, esta vez más calmada—. ¿Qué voy a hacer ahora, sin ellos?

—No los necesitas para nada. –Suspiré—. Podrás crear tu propia comunidad. Solo necesitas tu fe…

Ella pensó que me burlaba y me lanzó una mirada de advertencia pero yo me recliné sobre el asiento y cruce mis manos sobre mis piernas.

—Pero ellos… eran tan buenos conmigo…

—Porque tú lo eras con ellos.

—¿Por qué has tenido que hacerlo? Eran mi familia… Solo tenías que matar a Eriksen. Solo a él. Ellos te habrían apoyado. ¿Qué se te ha pasado por la cabeza?

—Muchas cosas.

—¿Cómo voy a…?

—Había pensado en dejarte mi Palazzo. –Aquello la dejó muda un instante. Me miró directamente esperando ver si estaba engañándola pero yo la miré con seriedad. Entonces paseó su mirada por todo el lugar, fascinada.

—¿Cómo?

—Mi Palazzo. Ya no lo quiero para nada. No quiero quedarme aquí, en Venecia. Quiero regresar a España, o a donde sea. No me interesa seguir aquí más tiempo. Esta ciudad no me ha traído más que dolor.

—¿Hablas enserio?

—Había pensado que podrías establecerte aquí. Te lo dejaría todo. Los cuadros, las esculturas, los muebles. Apenas me llevaré un par de cosas. Solo un par. El resto, podrían ser para ti. Estaba seguro de que los aceptarías. Aquí podrías montar tus bailes, y tus fiestas, así alguien podría aprovechar este Palazzo mejor de lo que yo he hecho. En mis manos, no serviría de nada. Se quedaría de nuevo congelado en el tiempo como estoy yo desde hace siglos.

—Eso… eso sería… —Murmuraba, irguiéndose en el sofá, con los ojos clavados en mí llenos de ilusión. Yo me levanté hasta donde se encontraba ella y cogí una de sus manos. La acerqué a mi rostro. Estaba fría.

—Podrías crear tu propia familia desde cero, ser la matriarca de una nueva comunidad de vampiros. Lo había pensado desde que nos conocimos. Te veía paseando por mis pasillos, durmiendo en mis habitaciones, tu persona es mucho más digna que la mía para estos gabinetes y salones. Conmigo envejecen a un ritmo acelerado. Pero contigo, los candelabros volverían a brillar y las pinturas recobrarían su color.

Enrojeció como una muchacha, y sus ojos brillaron, virginalmente. Llena de entusiasmo, extasiada.

—Oh, Markus…

—Iba a dejártelo todo. Pero… entonces supe que fuiste tú quien lo mató.

Su mano se tensó en la mía y yo cerré los ojos para sentir el tacto de sus nudillos sobre mis mejillas. Cuando al fin alcé la mirada ella se había encogido en el sofá y me miraba con la expresión hierática de quien no sabe cómo reaccionar.

—No creas que los he matado por ti. Tampoco por Sebastián. Los he matado porque deseaba hacerlo. Por placer. Porque deseaba deshacerme de ellos como si se tratasen de una plaga. –Quiso soltarse de mí pero yo agarré al vuelo su muñeca y la apreté entre mis dedos—. Por invitarme a su fiesta y amenazar mi vida con falsas y terribles acusaciones. Por conservar una pintura que no le pertenece. He matado a Eriksen porque se creía mejor que yo, incluso cuando era evidente que su vida no valía nada. Fundamentaba todo su poder en su ejército de vampiros lunáticos y enfermos, pero ni si quiera ellos le apreciaban. Y aún así, mantuvo una constante amenaza sobre mí con el fin de controlarme. Creyendo que necesitaría agachar la cabeza para salvar mi vida.

Alcé el mentón. Ella imitó mi gesto casi como un acto reflejo.

—Si ha conseguido salir del Palazzo con vida, más vale que en lo que le reste de inmortalidad no tenga el valor de volver a cruzarse conmigo, ni con nadie a quien yo mínimamente aprecie. Porque le llevaré personalmente al infierno.

—Pero yo… —Murmuró, y elevó la comisura de su labio, en un peligroso intento por ablandarme—. Yo te aprecio y jamás he deseado…

—¿Vas a mentirme, a mí? –Pregunté y acerqué de nuevo su mano a mí. Volví el antebrazo para mostrar su cara interna y atisbé las venas que surcaban su carne bajo su piel—. A ti voy a matarte porque fuiste tú quien ha acabado con su vida. Tú me lo arrebataste. Se lo arrebatarse a Dios y al mundo.

Tiré de su brazo y todo su cuerpo cedió. Mordí si cuello y ella dio un alarido. Sus manos intentaron separarme de ella pero su fuerza era mínima comparada con la mía. En otro tiempo, hubiera sido rival para mí pero entonces, y cegado por el odio y la ira, la apreté contra mí hasta sentir que sus huesos estaban al límite de su flexibilidad. Se revolvió desesperada, gritó llena de terror. Me separé cuando sentí que había bebido lo suficiente y ella se dejó caer sobre el diván, pero encontrándose aún con vida se revolvió y tomó consecuencia rápidamente. Se incorporó, saltó del sofá hasta caer sobre la alfombra y se arrastró hacia la puerta, irguiéndose y tropezando con el largo del batín. Consiguió salir del estudio y yo alcancé mi máscara para perseguirla. Los últimos rallos de sol se colaban por las ventas de los corredores y ella corría tambaleándose, tropezando y esquivando como podía aquel haz de luz. Uno de ellos rayos alcanzó su tobillo y cayó el suelo soltando el más terrible alarido que había escuchado de una inmortal. La quemadura se extendió rápidamente hasta la pantorrilla y allí se detuvo, volatilizando parte de su piel. Yo la seguí, cubierto el rostro con mi máscara demoniaca y ella alzó los ojos para verme avanzar. Atravesé los destellos de luz sin problemas y ella se arrastró sin atreverse a darme la espalda unos cuantos metros. Balbuceó, sonrió y se le escapó alguna que otra lágrima.

En un desesperado intento por conservar la vida alzó una mano y exclamó:

—Ya está bien. Ya vale. Me has asustado, está bien. Lo siento. Siento lo que ocurrió. –Cuando me tuvo frente a ella tembló y su sonrisa se desvaneció—. Matar… matar a otros vampiros es… es…

—¿Te atreverás a decirme eso? –Pregunté, torciendo el gesto—. ¿Justamente tú?

—Lo que has hecho… —Murmuró—. Te perseguirá siempre…

—Siempre. –Aseguré—. Pero no temas por ti. Tienes razón. –Me agaché hasta sujetar su tobillo y sentí como se le erizaba el vello de toda su piel—. No seré yo quien te mate.

Tiré de ella hacia atrás y atendiendo a mi gesto se revolvió bajo mi mano. Se volvió de cara al suelo e hincó las uñas en la madera, marcando surcos y líneas a medida que resbalaba por ella. Lloriqueó, se revolvió y tembló. Intentó patearme pero su otra pierna estaba ennegrecida, con la piel colgando de su músculo. Si dijo algo más, no se le entendió.

Cuando sobrepasé el haz de luz ella soltó un grito aterrador y cuando expuse su pierna al sol ella se ahogó en su propia agonía. Tiré aún más, y el sol lamió su muslo y después sus manos que intentaron cubrir su cuerpo, inútilmente. La arrastré por aquel suelo cálido hasta que el sol se coló por cada resquicio de su ropa y cubrió de besos ardientes cada parte de su piel. Le arranqué mi batín y después las mangas de su camisa. Cuando el sol cayó de pleno sobre su rostro no hubo salvación. La piel se fundió y se elevó en el aire como la ceniza de una brasa. Los gritos cesaron, y su cuerpo aun se retorció unos segundos antes de quedarse inerte y petrificada sobre aquel último rallo de sol. La solté, y lo que había en mis manos se consumió en cenizas hasta formar un bloque que cayó sobre el suelo, esparciéndose y levantando una ligera nubecilla de polvo.

Cuando me levanté la máscara el sol se disipaba, y las cenizas se elevaban con una suave brisa invernal que corría por el pasillo. Su ropa se había vaciado, y en algunos puntos aún conversaba el volumen en un cuerpo que segundos antes había estado ahí. Las cenizas conservaban su forma, y su cabello rojizo había desaparecido como el humo. Sacudí mi batín de todo resto de su forma etérea y lo lancé a ese montón de miseria que alguna vez había sido una hermosa mujer, joven e ingenua. 




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