EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Epílogo
EPÍLOGO.
POV ENTREVISTADORA:
Cuando el vampiro terminaba de contar su historia el cielo había comenzado a clarear. Amanecería en menos de una hora. Yo había pasado la noche anotando frenéticamente aquellas palabras sobre un cuadernillo. Había agotado las páginas, había tenido que recurrir a acotaciones y el reiterado uso de iniciales para poder economizar el tiempo y espacio. Pero aún así cuando él dio por finalizada aquella narrativa yo tenía el brazo extenuado y la mano entumecida. La cabeza me palpitaba, sentía todo el cuerpo inquieto y los ojos enrojecidos por el esfuerzo. Estaba agotada, pero no había podido evitar sumergirme en toda aquella historia como si me hubiese transportado él mismo en el tiempo. Con los olores, los paisajes y los sonidos traídos a aquel reducido espacio que era su anticuario. Sin embrago todo aquello, siendo mucho mejor que cualquier relato que pudiera haberme contado cualquier persona de la comarca acerca de mitos y leyendas folclóricas, seguía siendo solo una historia. Para cuando di por finalizada la entrevista, él alzó la mirada, conservando aún la calma y el temple del inicio y mirándome con ojos penetrantes y una sonrisa algo socarrona, pero también cansada.
Y dijo, con voz melosa…
—Antes de que bajase del piso de arriba, estoy seguro de que te has dado una vuelta por el anticuario. –Con un gesto cortes y teatral alzó su mano y la movió alrededor nuestro—. Me gustaría que lo hicieses de nuevo. Pero en esta ocasión, sería un placer que prestases mucha más atención a cada detalle.
Dudé un instante, lo reconozco. Se había mostrado tan arisco al principio de la noche acerca de tenerme merodeando en el interior de su anticuario que ahora me parecía que me estaba invitado a volver a cometer el mismo pecado. Pero tras un cruce de miradas en el que le pregunté, inquisitivamente, si estaba de acuerdo con ello, asintió y me levanté, posando mi libreta y mi plumilla sobre el escritorio que nos separaba.
Al principio no supe muy bien qué esperaba de mí, o del entorno. Caminaba ciegamente, aún perturbada por todo lo que me había contado, y no veía más que los objetos que nos habían estado rodeando durante toda aquella noche. Pero así era, todos aquellos objetos eran los mismos, no se habían movido de su sitio y seguían siendo iguales.
Sobre la mesita que había cerca del paragüero, al lado de un reloj de la época de Luis XV, escondido bajo su sombra, había un pequeño tablero de ajedrez de estilo renacentista. Con dos imponentes reinas que manejaban el tablero a su juicio, un tablero de corte arabesco, en madera policromada y barnizada. Sentí el impulso de tocar una de aquellas figuritas, pero cuando mi mano llegó a su altura, sentí tanto respeto que solo me atreví a posar las yemas en la esquina del tablero, rematadas con unos adornos de cobre.
Al alzar la mirada, el brillo de la hoja de una espada un poco oxidada cortaba la continuidad de la pared. Estaba colgada de ella, con el mango en forma de cazo hacia la derecha. Se podía distinguir un emblema bajo aquella suciedad y el óxido, un águila bicéfala, rodeada de florituras repujadas en el metal. Había visto muchas reproducciones de ese estilo de armas, pero nunca ninguna en tan mal estado de conservación. El mango de madera parecía estar astillado y el óxido había comenzado a comerse la hoja. Pero la punta se había mantenido afilada.
Me di la
vuelta, sintiendo la penetrante mirada del vampiro sobre mi espalda y rodeé una
mesita central en la que había varios libros apilados, por no haber encontrado
hueco en las distintas estanterías y entre ellos había unos cuantos incunables
de mediados del XV, con los cantos y bordes tan rozados que habían desteñido la
pintura y abierto la piel que los recubría. Debajo de ellos, varias láminas
anatómicas se habían mantenido ocultas. Los retiré con sumo cuidado para descubrir
unas figuras abiertas, despellejadas, con los brazos en cruz y las palmas abiertas,
con textos detallados de los músculos, las articulaciones y los huesos. Otra
más, sobre el cráneo y el rostro. Estaban lisas, aunque conservaban las muescas
de haber permanecido dobladas durante muchos años, como cicatrices sobre el dibujo.
En un lateral inferior se desdibujaba la firma del autor, el taller al que
pertenecía y una fecha: Amberes, 1516.
Pasando de largo me acerqué a la estantería contraria y miré los pequeños objetos que se habían quedado allí olivados, como guardianes de los libros que la estantería contenía. Una figurilla en marfil de una María magdalena suplicante, con una calavera en una mano y el cabello ocultando su cuerpo a modo de vestiduras. Las vetas del marfil recorrían el cuerpo de aquella joven y la base redondeada.
Más adelante, en un pedazo de pared que quedaba libre de tanto mobiliario, había una serie de cuadritos colgados. Pequeños oleos, carboncillos, dibujos a lápiz, y acuarelas. Uno de ellos, unas pequeñas ruinas romanas me llamaron especialmente la razón. Me hizo recordar su viaje a Roma, su tiempo en Italia. Y la firma de aquel estupendo carboncillo terminó por inquietarme: D D Velázquez 1650.
Me temblaron los dedos cuando los acerqué al marco y lo solté del ganchito que lo mantenía en la pared. Lo acerqué, tomándome la libertad de manipularlo a mi gusto, ante la atenta mirada del vampiro, hacia la tenue luz de una de aquellas lamparitas y ver mejor la firma. Era una broma de mal gusto, o una reliquia inconmensurable. Un dibujo de Velázquez desconocido, de valor incalculable, igual que el juego de ajedrez de varios siglos antes, o cualquiera de los objetos que nos rodeaban. Acabé por suspirar y devolver el carboncillo a su sitio, con una mueca de frustración. Él esperaba una respuesta por mi parte, pero yo estaba francamente inquieta.
—Bonita forma de vender estas antiguallas y falsificaciones… —Murmuré, escéptica. Puede que para hacerlo rabiar.
—¿Hum?
—¿Lo hace con todos los clientes que entran aquí? Envuelve de un halo fantástico y misterioso todos estos objetos y los hace pasar por auténticos. Pretende que la historia y los objetos se retroalimenten uno con otro, pero puede que nada tenga valor, ni veracidad. Un tablero de ajedrez no me justifica que viviera en el Toledo del siglo XVI, ni su historia me asegura que ese tablero tenga cuatro o cinco siglos de existencia. Habría que llevar esos objetos con un tasador…
—Mi intención no era hacerle creer nada. –Dijo, sonriente—. Ni convencerle de nada. Me ha pedido una historia, y yo le he contado una historia. Sin embrago, señorita, es libre de creerla o no.
—Supongo que no me dejará llevarme nada de aquí para que un experto…
El sonrió y bajó el rostro, con las mejillas sonrosadas y una leve negación nació en su gesto.
—Me temo que no, aprecio demasiado mis objetos, pero sobre todo, mi anonimato. Si usted confirmase que soy lo que digo ser, me temo que ya no podría dejarla salir de aquí. –Se puso en pie apoyándose con las manos en el escritorio y me hizo retroceder un paso. Olvidaba que seguía siendo un hombre con el que estaba allí atrapada y que, aún joven, seguro que incluso mortal, era más fuerte que yo. Sin embrago no avanzó ni salió de detrás del escritorio. Pretendía despedirme—. Oída mi historia, puedo darle dos opciones. O se marcha con una historia fantástica y me promete no regresar nunca más, o le muestro una última reliquia. Pero ya no podrá salir de aquí sabiendo lo que sabe, y habiendo oído lo que ha oído.
Puso sus manos a la espalda, diligente, galán. Como un mayordomo inmortal. Una estatua más de toda aquella inmaterialidad. Yo tragué en seco. Recuperé mi libreta y… supongo que el lector, con muy buen juicio, supondrá que tomé la primera opción y que por eso estoy libre para poder narrar y distribuir esta historia. Pero me temo que estaba dispuesta a mucho más por saber qué se escondía detrás de aquella fachada de hermetismo.
—¿Qué reliquia?
Como única respuesta volvió a sonreír. Una sonrisa galante, agradable y tímida. Asintió y salió de detrás del escritorio. Se deslizó hacia el fondo del anticuario y antes de girar hacia el corredor de vidrieras, me volvió a mirar, con un gesto apremiante.
—Vamos, acompáñeme.
Qué forma tan dulce y amale de conducirme a la muerte, pensé. Le habría seguido a la guerra, al fin de los tiempos si me lo hubiera pedido con aquella claridad. Era la promesa de protección y el compromiso de su compañía lo que resultaban tan atractivos. Supe ver lo que Sebastián o Nikolás habían advertido tan fascinante en él. Esa predisposición caballeresca, el espíritu servil y la compañía eterna. El inmortal compromiso.
Seguí sus pasos y agradecí que él me adelantase. Caminó a través de los colores que las vidrieras revelaban sobre el suelo y subió los peldaños de la escalera con tiento, con pausa. Con elegancia mística. Le seguí temblando, aferrada con fuerza a mi cuaderno que ya no volvió a anotar nada más por aquella noche. Mis dedos se ponían blancos aferrados al mango de la plumilla. Solo oía mi respiración acelerada. Él la oiría también. Densa, pesada. Temblorosa.
El piso de arriba estaba completamente a oscuras, polvoriento, las vigas de madera estaban a la vista con las paredes encaladas y unas cuantas telarañas aportando el peso de todos aquellos años. Las ventanas tapiadas o cubiertas con maderos. Tuve que tantear la pared con una mano mientras hacía un esfuerzo por seguir el sonido de sus pasos entre las sombras. No avanzamos demasiado, aquella casona no era tan grande. Se detuvo frente a un haz de luz que salía de una de las habitaciones y la puerta se abrió con su gesto. Volví a verle. Su silueta volvía a dibujarse con nitidez y colorido, tanto como era posible, en aquel pasillo frío y cargado de polvo.
Reveló una estancia dorada, iluminada con candelabros y lamparillas de aceite. Me invitó a pasar y no me atreví. Me quedé asomada a aquella puerta que era un pasaje a otro mundo. Un pequeño santuario. La habitación mortuoria de un gran faraón. Dos tapices rotos y desdibujados colgaban a lo largo de la habitación, el incienso revoloteaba encendido por toda la habitación y salía de ella como una neblina dulzona y floral. Sobre una gran alfombra oriental un ataúd de madera oscura se recortaba en medio de aquella estancia, lugar donde descansaba el muerto a quien iban dirigidas todas aquellas ofrendas y libaciones. Estaba abierto, mostrando un interior de terciopelo rojo, con una fina tela carmín y un almohadón oscuro como únicos acompañantes del vampiro. Las decoraciones doradas, los relieves florares en la madera. Hacían juego con los motivos de la alfombra, mientras que los tapices mostraban escenas de batallas medievales, de caballeros recubiertos de una armadura, que se enfrentan llegando a juntar las puntas de sus lanzas.
El vampiro estaba a mi lado, sujetando la puerta, pero se me había quedado mirando con algo de devoción y cariño al comprobar que no me había atrevido a dar un solo paso dentro. No había sido el ataúd lo que me había mantenido fuera, ni tampoco el asfixiante humo de los inciensos o las velas. Era la armadura templaría que se erguía a la cabecera del ataúd, recompuesta, limpia, recosida y con ambas manos sujetando una espada, a modo de guardián eterno de aquella sepultura inmortal.
Al principio me pareció una estancia hermosa, llena de calidez y simbolismo, pero cuanto más tiempo mirábamos el interior de aquella habitación, más tenía la sensación de que me atraparía. Tal vez por eso no me atreví a entrar por completo. Si la puerta se cerraba a mi espalda, no habría vuelto a abrirse. Es por eso que retrocedí, dejando al vampiro apoyado en el umbral de la puerta, vuelto el rostro hacia el interior con la mirada clavada en aquella armadura.
—Reconozco que, de entre todas las antigüedades, la armadura es lo más hermoso que tienes… —Murmuré pegando mi espalda contra la pared contraria del pasillo. Él se volvió a mí, lentamente, y vi su perfil recortado por aquella calidez hermosa.
—¿Qué hago ahora contigo? –Preguntó, y casi sentí que me hablaba como a uno de sus personajes de esa apasionante historia que me había narrado. Yo sonreí, presa del pánico.
—Dejarme marchar, así podré contar tu historia. –Él sonrió—. O tal vez pueda volver en otra ocasión. Tengo muchas preguntas que hacer aún, y ya se hace de día…
—Aquí no llega el sol. –Dio un paso hacia mí y se me borró la sonrisa. Sentí que se me erizaba el vello de la nuca y de los brazos y un frío sudor inundaba mis axilas y mi espalda baja. Antes de poder pensar en algunas palabras más, o en otra excusa, él ya estaba sobre mí y me asió del brazo. Mi libreta se cayó y la acompañó la plumilla que rodó unos metros, oscureciendo el suelo de madera con una fea mancha de tinta azul. Para cuando quise interponer las manos entre ambos ya tenía sus labios pegados a mi cuello y sentí su aliento cogiendo una bocanada de aire antes de morderme. Yo así entre mis manos su camisa pero noté en mis yemas el tacto de un objeto duro, robusto y frío. Tiré de él hasta quedarme con él en las manos y noté como el muchacho se separaba, bajando el rostro hasta que sus ojos se fijaron en aquello que se había posado en mis manos temblorosas.
Un pequeño guardapelo de plata, ovalado, no más grande que una moneda, con una fina cadena de eslabones redondeados. Tenía una inscripción en latín por la parte trasera que no me dio tiempo a leer. Tenía un pequeño cerrojo que no me atreví a abrir y su interior permaneció oculto porque antes de de plantearme la idea de desvelar su contenido, la mano del vampiro cayó sobre la mía para arrebatármelo.
Cuando alcé la mirada el muchacho había perdido toda su altivez y gallardía. Volvía a ser el muchacho corrompido y perturbado que se había pasado la vida intentando derrotar. Cuando volvió a mirarme ya no deseaba hacerme ningún mal, y sin embrago hasta entonces no había demostrado sentir verdadera incomodidad o rabia por mi persona. Me devolvió una mueca de puro odio y se separó un paso de mí guardando el guardapelo en el bolsillo del pantalón. Cualquier lugar hubiera bastado si lo apartaba de mi vista. No fueron las pinturas, o el ajedrez lo que me convencieron de toda su autenticidad, sino aquel intento por ocultar la pieza más antigua de la que disponía, por una turbación puramente personal.
—No me has contado nada de él… —Me aventuré a sugerir—. Su infancia, o su conversión… solo has…
—Él no solía hablar de su vida. –Dijo, alzando el mentón.
—Cien años dan para mucho…
—Pero tú me has pedido que te cuente mi historia, no la suya.
Hubo un silencio que pareció profundo y denso. Él movía su mano en el interior del bolsillo, seguramente pasando las yemas por aquel pequeño guardapelo que escondía de mí. Pero también meditando. Calculando sus posibilidades. Puede que simplemente haciéndome pasar un mal rato. Yo aún tenía el corazón desbocado y las piernas temblorosas
Un gran suspiro rompió el silencio y bajó los hombros con un gesto de abatimiento.
—Vamos, tengo algo que tal vez te interese…
Bajó de nuevo al anticuario. Yo recogí mi libreta y la plumilla y le seguí sintiéndome nuevamente aliviada. Ver el sol amenazando con salir de nuevo me produjo una profunda satisfacción pero me di cuenta que no era más ingenua que los vampiros a los que él había encerrado y asesinado.
Cuando llegamos a la tienda se volvió a esconder detrás del mostrado y rebuscó en uno de los cajones. Sacó de él una caja forrada de cuero negro. Le habían puesto remaches de metal en los vértices pero todos los cantos estaban rozados, machacados. Con la piel levantada y en algunos puntos se veía la madera del interior. Me lo extendió. Estaba cerrado pero la abrió para mí. Una serie de cuadernillos en cuero negro, pardo y marrón se alineaban en una pequeña biblioteca personal. Sus diarios. Los diarios de Sebastián. No hizo falta que me lo dijese. Los había descrito en su historia con tal detalle que supe lo que contenía aquella caja sin haberme mostrado aún el interior.
—Son apenas unas notas de su extensa vida. No tienen mucho valor. Pero si lo deseas, puedes tomarlas prestado.
Ni si quiera me atreví a tocarlos. No delante de él.
—Tendrás que buscarte a un buen traductor. Los primeros tomos están en sajón. Después va intercalando el latín con el francés y acaba escribiendo en español.
—¿Los has leído? –Pregunté, pues él aún no me había confirmado ese hecho.
—Los he ojeado.
—Seguro que los has leído y podrías narrármelos tan bien como tu propia historia. –Aquello no le sentó tan bien como hubiera esperado. Frunció su ceño y por lo que sabía de él, podía llegar a imaginar lo que se le pasaba por la mente, así que cerré la tapa de aquella caja y puse una mano encima, llena de adrenalina—. ¿Entonces puedo llevármela…?
—Sí. Pero tendrás que devolvérmela. Y no pienses en engañarme. –Dijo, en un tono que daba por finalizada toda aquella larga jornada nocturna. Se sentó en el escritorio dejándose caer, casi abatido. Fatigado o puede que decepcionado y arrepentido—. Te encontraré si es necesario. De eso no te quepa duda.
Asentí. Asentí dos o tres veces. No encontré las palabras de agradecimiento necesarias. Él tampoco las deseaba. Me echó de allí con un gesto de su mano, como si espantase una mosca y yo retrocedí cargada con aquella caja. Pero antes de salir, le dije, en tono de broma:
—Publicaré su historia.
A lo que él contestó con una sonrisa repleta de desinterés y escepticismo.
—Haz lo que quieras. Ni si quiera tú me has creído del todo…
Lo que recuerdo después está un poco borroso. Una vez salí de la tienda me abandonó el miedo y la tensión y mi cuerpo se llenó de adrenalina. Como una inyección directa a mis piernas. Eché a correr lejos de allí, y cuanto más me alejaba menos creíble me parecía todo lo que me había contado y toda aquella aura de terror que me había absorbido. Pero el peso de aquellos libros sobre mis manos me recordaba que había sucedido de verdad. Aún me acompañaban el olor de los inciensos y la densidad del polvo que había estado respirado toda la noche. El sol salió por la línea del horizonte, y aún se ocultaba bajo los tejados de las casas. Pero con aquella tenue luz anaranjada corrí atravesando el pueblo hasta llegar a mi coche. No tuve tiempo de pensar en lo que estaba haciendo. Tiré la caja en el asiento del copiloto y arranqué, saliendo de allí a toda velocidad. El cuerpo me pedía escapar de todo aquello que había estado a punto de acabar conmigo, o puede que al menos con mi cordura.
Cuando había dejado el pueblo atrás paré en la primera zona despejada que encontré, saliendo al arcén y levantando una densa nube de polvo tras de mí. Mi primera intención había sido llegar a casa para poder ojear con más tranquilidad aquellos diarios pero desde que habíamos salido del pueblo me habían estado llamado, como almas capturadas en un relicario. Puse la caja sobre mis piernas y la abrí. Los libros emitían un olor húmedo y amaderado. Con las manos temblorosas cogí uno de ellos y lo abrí por la mitad. La caligrafía era exquisita, demasiado rocambolesca para ser legible al primer vistazo. Cuando advertí a reconocer un par de letras pude leer algunas palabras pero estaban en un francés que escapaban a mi conocimiento. Demasiado técnico, o puede que demasiado antiguo.
El sol había salido por entero. Se había posado al fin sobre la línea del horizonte y me golpeó en el rostro con calidez hasta hacer que mi mejilla se sonrojase. El mismo sol que había sido testigo de la conversión de tantos vampiros, y la causa de su muerte. El mismo sol que nos había visto nacer a todos. No podía entender cómo un vampiro no puede ver al sol como su deidad más absoluta, si todo lo que tiene que ver con él se lo debe al sol. A su colaboración o a su complicidad. Sonreí pensando que con el sol en aquella posición y altura yo estaba a salvo, y podría pedirle a mi cuerpo que calmase esos nervios que sentía a flor de piel. Pero si la historia del Vampiro Marken me había demostrado algo es que incluso un vampiro puede burlar al sol cuando le consume la venganza.
⬅ Capítulo 70 Postdata (FIN) ➡



Comentarios
Publicar un comentario