EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 68
CAPÍTULO 68 – Fuego y nieve.
Nunca me había quedado hasta tan tarde. Aquel descontrol me pareció exagerado y de todo punto excesivo. Las copas caían al suelo, los cadáveres habían quedado arrinconados bajo las mesas, o habían servido como inertes parejas de bailes macabros. Los vidrios rotos, las cortinas arrancadas, los tapices manchados. Eriksen debía de gastarse una suma considerarle de dinero solo en reparar todos aquellos gastos. Que infamia y qué pérdida de sentido común. Pero me sumé a la fiesta. Canté antiguas canciones junto con ellos. Bailé aquellos bailes que no veía en años. Besé a un par de mujeres que me ofrecieron sus labios como recompensa tras un gran espectáculo.
Las risas desmedidas inundaban las estancias. Se bebían entre ellos, y ciegos por aquella vorágine endogámica de sangre y pasión se desgañitaban, presa de la histeria colectiva que iba en aumento con el paso de las horas. Eriksen no me quitaba los ojos de encima, como un poderoso demiurgo que acaba de soltar en su universo a un nuevo elemento que podría ser la causa del equilibrio o del caos más absoluto. Esperaba que me sublimara con ellos, pero al mismo tiempo esperaba una reacción contraria, un enfrentamiento o un cambio de paradigma, algo que le hiciera ver que yo no era como todos los demás, que no formaba parte de aquella ecuación. Sin embrago se tranquilizó al verme disfrutar de aquellos placeres perversos y de las risas y el estruendo. Reí como nunca había hecho y conté viejas anécdotas, para no verme tan lejano a ellos.
A las mujeres les fascinó cuando les hablé de la elegancia de Isabel de Portugal, a la que conocí en la corte de su esposo Carlos V en España. De su cabello y de cómo se lo trenzaba. De su talle, de su cuello, tan afamado por los pintores. A los caballeros les describí las justas que había presenciado cuando yo apenas era un niño en Borgoña, en la corte del conde al que servíamos. Habíamos proveído de caza a aquella multitud y presenciamos de lejos el choque brutal de aquellos dos hombres de hierro a caballo. Eso desagradó a unos cuantos vampiros, que en vez de fascinarse, se lamentaron de ser tan jóvenes y no haber podido presenciar algo como aquello, una práctica arcaica, perdida en el tiempo.
Mientras hablábamos de todo aquello comencé a ser consciente de que la fiesta se había reducido a un par de pequeños grupos dispersos de vampiros que aún permanecían en pie, rodeando el candor de una vela y con copas de sangre vacías y acumuladas en alguna esquina de la mesa. Nuestra única compañía era el sopor y la fatiga. El resto se habían desplazado hasta sus ataúdes y dormían plácidamente con la primera luz rosácea que vaticinaba el amanecer.
—Creo que podemos dar por finalizada la fiesta. –Dijo Eriksen, mirándome con gesto satisfecho. Estaba repanchingado en una silla, y me había escuchado con todo el placer que era capaz de mostrar. Pero ya era hora de volver a nuestra oscuridad, que todo nuestro cuerpo reclamaba. Posó una mano sobre mi hombro, alentándome a seguirle. El resto fueron estirándose, bostezando y recogiéndose de sus asientos. Así mi máscara y lo seguí, a paso lento y cansado—. Espero que te hayas divertido.
—Me lo he pasado como nunca antes, lo prometo. –Dije, sonriente, aún presa del entusiasmo por tan larga charla—. Es liberador encontrarse en un ambiente como este. Pasarse la vida rodeado de humanos es una vida encorsetada.
—Eso es lo que he intentado explicarte. –Suspiró, terriblemente complacido con mis palabras—. Nuestra naturaleza no es la misma que la de ellos, nuestros instintos y nuestras necesidades deben encontrar una satisfacción, un canal por donde fluir. Y esto es lo que yo proporciono a todas estas gentes. Mi gente… —Me apretó contra él—. Y ahora tú también formas parte de esto. Estoy encantado.
—Se me ha hecho tan tarde… Ni si quiera me he dado cuenta de que está a punto de amanecer. ¿Todos se quedan a dormir?
—No eres al único que se le ha hecho tarde. Tengo lugar para todos aquí en mi Palazzo. Todos se han hecho con un hueco en mi casa para estas ocasiones. Tendremos que buscarte un lugar adecuado para ti, pero mientras tanto…
Me condujo a los sótanos, e íbamos precedidos del grupo de vampiros con los que habíamos pasado las últimas horas de la noche. Me acompañó, sujetando un candelabro con un par de velas encendidas, hasta los dos ataúdes que reposaban al fondo, el suyo y el de María al verlo le lanzó una mirada precavida y se limitó a apretar los labios. Después, extendiendo su mano, señaló su propio ataúd.
—Será mejor que por esta noche duermas conmigo, hasta que consiga traerte uno para ti solo. Espero que no…
Pero yo me reí.
—Si a ti no te importa, yo no tengo inconveniente.
Iluminó el interior de terciopelo oscuro y las sombras brillaron con reflejos azulados. Dejó el candelabro a un lado y a su vera posamos las máscaras, como último recuerdo de aquella noche de fiesta.
Él se metió primero y después me hizo hueco a su lado. Que sensación tan extraña me invadió en ese momento, como un hábito común que se ha transmutado en algo horrendo y desagradable. Malsano, infecto. Me tumbé a su lado y me recosté en el hueco que su brazo dejaba al rodearme los hombros. Cerró sobre nosotros la tapa de ataúd y nos sumió en las más profundas sombras. No tardó en quedarse dormido, con su mejilla posada sobre mi frente y sus dedos cerrados sobre la capa. Estaba cómodo, quieto y silencioso. Su respiración era apenas perceptible. Desde fuera entraba el sonido de los pasos, del frote de los vestidos y las capas. Algunos tacones, alguna risa ahogada, intimidada por el silencio de aquella cripta. El chirrido de los goznes de los ataúdes, la madera al entrechocar. Y después, la quietud más absoluta inimaginable.
Fueron aquellas las horas más largas de toda mi existencia. Sentía el cabello de Eriksen entre mis dedos, el tacto de su ropa en mis labios y su olor inundándome. No veía el momento de abandonar aquel ataúd, pero cuando el sol estaba en lo más alto de su curvatura celeste y cada uno de los vampiros que había en aquel Palazzo se había sumido en un profundo sueño, mientras yo había estado resistiéndome al mío, me deshice del abrazo de Eriksen y me erguí dentro de aquel pequeño espacio, abriendo poco a poco la tapadera del ataúd, mientras no le perdía la mirada de encima. Saqué primero un pie afuera y después el siguiente, cerrando detrás de mí y dejándole en aquel pequeño espacio solamente para él.
Miré a mi alrededor con la mirada del cazador que desea estar solo en la quietud del bosque pero que sabe que de forma inevitable, al menos una docena de ojos pueden estar viéndole en la inmensidad del espacio. Sin embargo, en aquel lugar solo había muertos, muertos conscientes, pero todos, presa del sopor que les provoca a los nuestros durante el día. Podría haberme quedado allí durante unas horas más, admirando ese silencio inmortal, que es una extraña sensación crepuscular, demasiado divina para comprenderse, pero tan densa y palpable que podía notarla pegándose sobre mi piel. Era igual que estar dentro del avispero siendo un gran intruso, a la espera de que alguno de los zánganos posase los ojos sobre mí y advirtiese que yo no estaba allí por casualidad.
Rescaté el candelabro de velas apagadas del suelo junto con mi máscara y me encaminé fuera de aquellos sótanos infestados de vampiros. Ascendí hasta la planta baja y me cubrí con la capa para cruzar por el corredor, una de las ventanas del salón estaba iluminando parcialmente el pasillo, pues parte de las corinas habían sido arrancadas. Llegué hasta el piso superior y volví a sumirme en la oscuridad de los corredores. Mis pasos resonaban con un estruendo impropio de aquellas habitaciones, acostumbradas a ver desfilar grupos de vampiros a todas horas. Pero cuando me adentré en el gabinete privado de Eriksen me sentí mucho más inquieto. El peso de las paredes y su presencia en cada pequeño objetivo de la habitación me cortaban el aliento.
Que lúgubre eran aquellas pinturas y todos esos muebles sin su presencia para armonizarlos. Sin el fuego encendido para inspirarles algo de calidez. La casa entera estaba en un estado petrificado entre la vida y la muerte. En su despacho hallé mi retrato. La luz del día se clocaba tímidamente a través de los cortinajes y parecía que mi rostro salía de entre aquellas sombras oscurecidas por el viejo barniz y la negrura del fondo. Me resultaba imposible creer que aquel chico era yo mismo, y sin embrago no tenía ninguna duda de que en algún momento yo me había parecido a él, esos aires de grandeza, esa mirada directa y juvenil. Me pregunté, por un segundo, qué habría sido de de ese tomo de botánica que tenía en mis manos, y del taller que enmarcaba como fondo mi retrato. Las manos que pintaron aquello ya estaban muertas. Yo también lo estaba cuando posé. El retrato de un muerto. A los muertos hay que enterrarlos.
Encendí las dos velas que quedaban en el candelabro y mi rostro se iluminó con una condescendía rubicunda, devolviéndome el color sobre aquel oleo. Me lo llevaría conmigo a mi Palazzo, pensé, era mío, era de mi maestro. Él lo hizo para sí mismo y se lo habían arrebatado. Pero no deseaba llevármelo. Y verme reflejado en él cada día. En mi rostro, en la felicidad y el brillo de mis ojos aparecía inevitablemente su presencia. Aún lo recordaba tras el pintor, dándole indicaciones o mirándome con una sonrisa, alentándome a sonreír también.
Acerqué las velas sobre el lienzo y las llamas lamieron las sucesivas capas de barniz y pintura hasta que penetraron sobre la tela y después el fuego se extendió por sí mismo a través de la pintura, alentado por los oleos y la madera. Vi desaparecer mi reflejo como debió haber sucedido hace mucho tiempo. Debían haberme matado en aquel helado bosque al norte de borgoña, pero me habían condenado a una muerte perpetua, de constante renacimiento. Me despedí de aquel recuerdo que quedaba como testigo de un yo de otra época y cuando la mirada del oleo desapareció me sentí mucho más liberado.
Después de que el lienzo se consumiese, las llamas se extendieron por el marco dorado y después escalaron hasta los muebles adyacentes. El lino en llamas caía sobre una consola de caoba e incendió las sedas que había puestas sobre esta. Yo recorrí la estancia posando el candelabro en las cortinas, los divanes, los lienzos y todo lo que estuviera al alcance de las velas y fuese combustible. Bajé hasta el salón y prendí fuego a las cortinas, los manteles y los tapices. En las cocinas encontré un par de bidones de aceite para lámparas y arrastré uno de ellos hasta el sótano. Al llegar hasta el final de las escaleras lo derribé y la madera se quebró esparciendo el líquido a metros de distancia. El humo comenzaba a descender desde las plantas superiores y llenó la habitación de una densa neblina. El aceite se había ido transportando por los pequeños caminos que formaban los sillares del suelo, llegando a metros de distancia, debajo de los ataúdes, colándose por las rendijas más recónditas.
Lancé el candelabro y este prendió en cuestión de segundos todo el mar de aceite que se había expandido como una red invisible. En menos de un minuto los ataúdes ardían como grandes ciscos de madera, y se carbonizaban como maderos en una chimenea. Ante aquel calor abrasador los vampiros que dormían dentro se levantaban, abrasados y fritos, febriles y enloquecidos. Cuando saltaban fuera de sus ataúdes y se encontraban con el mar de fuego que les rodeaba gritaban y se revolvían como animalillos atrapados. Algunos más hábiles conseguían saltar por encima de las llamas y sortearme para salir del sótano pero se encontraban con un segundo piso pasto de las llamas.
Tenía que irme ya, pero no podía evitar quedarme unos segundos más. Alargar un poco más aquella dulzura. Aquel deleite. Esperé, y esperé. Y entonces lo vi. Advertí a verlo abrir su ataúd, con un gran golpe y asomarse al exterior. Me encontró al final de aquel sótano, a media escalera con los ojos clavados en él. Me lanzó una mirada subyugada, apresada por el pánico. Miró al fuego como si estuviera en una extraña pesadilla y salió de su ataúd arrastrándose entre toses y temblores para dar con el ataúd cerrado de su compañera. Quiso rescatarla de aquella muerte segura pero al abrir la tapadera encontró el ataúd intacto, vacío y frío.
Entonces sí que me buscó con la mirada, cargado con todo el odio que alguien es capaz de transmitir. Sonreí, encantado con aquella visión y después para mis adentros. Si encontraba el modo de sobrevivir a todo aquello, que me buscase. Porque disfrutaría nuevamente de acabar con su vida y con todo lo que amaba. Me puse la máscara frente a su expresión pasmada y me cubrí con la capa.
Subí las escaleras del sótano y regresé a la plata baja. Allí se desataba el verdadero caos. Era una ratonera. Si huían del fuego se encontrarían con el sol del exterior, y si se quedaban dentro, se calcinarían. Algunos, los primeros locos, preferían salir y ante la mirada impactada de todos se deshacían en cenizas tras una combustión espontánea. La mayoría preferirían buscar un rincón a salvo del fugo dentro del Palazzo, pero se encontraban presa de las nubes de humo y del caos que se generaba poco a poco.
Miré toda aquella indecisión que se había generado en torno a la puerta del Palazzo, la indecisión pintada en sus rostros, la locura que nace ante la inminente muerte. Lo saboreé. Era dulce. Era salado y picante. Mi padre me enseño a poner trampas en el bosque. Casi había olvidado la sensación de victoria sobre la primera presa. Aquí estaba de nuevo. Esa superioridad intelectual, la forma en que uno tiene de sobrevivir ante la brutalidad del frío y del hambre. Incluso si el fuego me alcanzaba dentro de aquel Palazzo, no me importaba. Disfruté de aquello como si fuera la verdadera fiesta, toda en mi honor. Con sus gritos, con el pánico y el dolor. Era música.
Sentí una mano tirando de mi capa y cuando me volví y alcé mi máscara, encontré a Eriksen apoyándose en la columna a mi lado, con el brazo y el hombro calcinados, con el cabello echando humo y la cara parcialmente chamuscada. Me agarraba en un intento por llamar mi atención, no tanto por retenerme a su lado. Me volví con una amplia sonrisa y él alzó los ojos con una mueca de dolor.
—Nos has matado… a todos…. Maldito… —Murmuraba, pesadamente. El cuello se le había quemado y la piel se había contraído como le plástico—. María… ¿te la has llevado?
—Se ha ido. –Dije, y con un gesto de mi brazo me solté de él. El caos que había a nuestro alrededor desapareció durante unos segundos. Me miró con sus ojos claros y el rostro desfigurado por el horror. Más por la traición que por la propia muerte.
—¿Pero qué has hecho…? –Miró alrededor, vagamente, no advirtiendo más que una densa nube de humo—. Te has encerrado tú también aquí.
Un fuerte crujido reverberó por todo el Palazzo. Las vigas de madera aguantarían pero si estaban podridas no tardarían en ceder. Alcé la mirada al techo y después le miré a él, que se apoyaba en el pilar sin fuerza, tristemente abatido. Me reí. Reí de él y me reí de la cara que puso.
—Nunca me ha quemado el fuego. –Dije—. Pero sí me ha tocado el sol y puedo asegurarte que eso no volverá a suceder.
—¡Vas a morir aquí, con nosotros!
—Esta es vuestra tumba. –Escupí con palabras llenas de ira—. Pero no la mía. Dale recuerdos a Satanás cuando mueras, espero que todos estos años a su servicio te procuren un buen castigo.
Me alejé de él aunque intentó agarrarme la capa nuevamente, casi apenado.
—¡No salgas! ¡No te vayas, Marken!
Atravesé como pude todo el gentío de vampiros que se arremolinaban en la entrada, llena de humo y ascuas, y me abalancé sobre la puerta, gesto que hizo retroceder a la mayoría de los que estaban alrededor. El sol dio de lleno sobre el recibidor, sobre la alfombra y sobre mí. Salí al exterior nevado. Mis botas se hundieron unos centímetros sobre aquella alfombra blanca y brillante, que el sol golpeaba con una fuerza inusitada, reflejando todos sus rallos sobre aquel mar de nieve. Di un par de pasos más y después otros tantos. Sentí mi cuerpo ligero, ágil, fuerte. Y para mi sorpresa el frío era tal que apenas podía notar la calidez del sol sobre mis ropas. Menos aun sobre mi rostro, que había cubierto con la máscara y la cabeza con la capucha de la capa. Me volví en dirección a aquellos vampiros que se había quedado refugiados en la poca oscuridad que aún les proporciona la entrada del Palazzo y solo se percibía el humo saliendo como una catarata por la puerta. Sin embrago era capaz de sentí, de nuevo como si estuviese en medio del bosque, una docena de ojos atravesándome con una mirada perturbadora y amenazante. Me vieron como lo que era, el cazador que les había dado caza, el intruso que había devastado la colmena. Ahora sí, me veían como lo que yo era: el vampiro que ha aprendido a controlar el fuego y a convivir con el sol.
Que se calcinen, pensé, que se quemen vivos todos. Y que todas sus almas se sumen a la lista de vampiros que he matado, que dentro de doscientos años otros fanáticos de otra época se atreva a juzgarme, y volveré a demostrarles que Marken Cornelissen no se rige por las normas de ninguna sociedad.
Allí de pie en la nieve debí parecer un espectro. Un espectro que vieron retomar el camino y desaparecer por el bosque nevado. A los pocos minutos escuché desde aquella distancia un gran estruendo. La casa debió ceder y parte del Palazzo se derrumbó. El fuego, por lo que supe a los días, se había extendido por toda la propiedad, llegando a quemar parte del jardín y algunas casas colindantes del servicio. No encontraron cuerpos dentro, solo cenizas. Y ataúdes. Muchos ataúdes calcinados.
El día en que me convirtieron no se parecía nada a ese. El bosque estaba nevado, sí, con una densa capa de nieve acolchada. Pero aquel día brillaba el sol y estaba radiante en cada reflejo que emitía aquella nieve aterciopelada. Regresé a mi Palazzo cuando era media tarde. Había conseguido llegar intacto, cruzando todo el camino de horas a pie sin inmutarme. Sin dolor, y sin peligro. Ciego ante la vida pero con todos mis demás sentidos agudizados. Cuando puse un pie dentro de la casa me desplomé con la espalda sobre la puerta. Lo que había hecho había sido una locura y una inconsciencia. Había bailado por el filo de la navaja pero qué bien había bailado. Sin salirme del compás.
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