EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 67
CAPÍTULO 67 – Mascarada en Navidad.
Había varios carruajes aparcados justo frente a la puerta del Palazzo. De ellos bajaban, pasada ya la media noche, un grupo de vampiros, ataviados con sus disfraces. La mayoría, acostumbrados a los bailes de máscaras venecianos se habían hecho con los trajes típicos de los carnavales, con esas máscaras de narices alargadas, llamadas “médicos de la peste” pero terriblemente ornamentadas y brillantes. Con el tipo bauta, oscuras y de mandíbula prominentes, de corte rectangular. Las mujeres más atrevidas se habían animado a añadir orejas de gato a las suyas, otras mucho más elegantes se habían colocado en los ojos una fina tira de seda oscura como todo medio de cubrir su rostro. Pero la más usada era la columbina, que cubría únicamente la parte superior del rostro.
Hombres y mujeres se habían animado a portar todo tipo de disfraces, desde atuendos de arlequín, ángeles alados con grandes faldas abombadas. Los más discretos se habían conformado con portar una máscara neutra, pero los más extravagantes se habían colocado sus inmensas pelucas almidonadas y sobre ellas se ceñían sus tocados, como las cigüeñas sobre su propio nido.
Los camareros y sirvientes, por el contrario, estaban obligados a llevar una moreta, una máscara típica femenina que no tenía boca, y se sujetaba al rostro mordiendo un botón que estaba cosido en la parte interior de la máscara. Eso los mantendría lo suficientemente discretos y entretenidos como para cumplir bien su función.
Me paseé alrededor del salón deleitándome con toda aquella variedad de creatividad y diseño. Había un diablillo rojizo y un corsario de otro siglo. También un rey medieval, ataviado con una gruesa capa de piel y pelo. También una reina egipcia y una emperatriz bizantina, llenas de joyería y sedas relucientes.
Al contrario de lo que esperaba, Eriksen estaba vestido muy discretamente, con un traje blanco con todo tipo de bordados y decoraciones en dorado, con un sombrero de tres puntas blanco y unas botas beige. Bebía de su copa de sangre con la máscara de nariz alargada reposando en la mesa. No debía ser cómodo beber con aquella protuberancia. La máscara era también blanca, con unas decoraciones en dorado y el borde de los ojos delineados en negro. Al acercarme más advertí que iba vestido de militar. Con varias condecoraciones doradas sobre el uniforme y una banda cruzándole el pecho.
Cuando me planté frente a él no necesitó rebuscar en mi mente para poder reconocerme, tampoco lo presintió o lo intuyó. No era difícil advertir que era yo el que se escondía debajo de aquellas ropas negras, de altas botas de caza, cubierto con una gruesa capa oscura. La máscara negra que portaba se ocultaba bajo las sombras de mi capucha. Al retirarla para dejar al descubierto mi cabello él se sonrió y me lanzó una mirada de fingida sorpresa.
—Me había hecho ilusiones con verte vestido de alguna otra manera…
—¿Me has reconocido?
—Te reconocería en cualquier parte. ¿Solo tienes ese par de botas? ¿Y la gorguera? ¿La has teñido de negro?
—Es la de los domingos. –Dije, con una sonrisa.
—Oye… Pero tu máscara no está bien. –Dijo y alargó la mano hacia mí. Yo no lo estaba viendo pero lo intuía, era capaz de sentirlo. Me deshice de la máscara y se la entregué a lo que él la puso delante de su rostro e intentó ver a través de ella sin conseguirlo. Después pulsó los ojos de aquel rostro inerte y se extrañó.
—No tiene los agujeros de los ojos perforados.
Era una máscara de estilo volto, pero con dos protuberancias a cada lado de la frente a modo de cuernos. Aún así no parecía disgustarle aquel detalle.
—Es una barata que he encontrado por ahí. De cualquier modo no voy a ponérmela toda la noche. –La rescaté de sus manos y me senté a su lado en la mesa. Él se relajó y se volteó a mí con una ceja en alto.
—¿Vas de un diablo?
—De Satanás.
—¿Así es como imaginas que el demonio debe ser? –Chasqueó la lengua—. No vayas diciendo que te has disfrazado de Lucifer por ahí, alguno puede sentirse ofendido y no habrá servido de nada que te integre en este aquelarre.
Volví a ponerme la máscara sobre el rostro, atándomela a la parte de atrás de la cabeza. Le miré con aquellos ojos cegados y él me devolvió una sonrisa divertida. Me imitó, se puso su propia máscara sobre el rostro y apuntó con su nariz en mi dirección, casi rozándola con mi mejilla.
—Diré que soy un diablillo a secas, supongo.
—Aunque podrías ser el gran dios de las tinieblas. –Murmuró, mientras señalaba a uno de los sirvientes para que me llenase una copa vacía—. Si tuvieras ambición podrías sustituirme con facilidad.
—Prefiero verme como la deidad inerte a la que se adora. –Dije, riendo pero él se cruzó de brazos.
—Tienes carácter y no necesitas demasiado para imponer autoridad. Pero te falta la predisposición. –Se inclinó para mirarme más de cerca, él solo miraba un rostro inerte, sin alma, pero yo era capaz de sentir su asiento chocando con el cuero de mi máscara—. Tal vez si vives lo suficiente puedas quedarte con mi lugar. Porque yo dudo que viva más que tú.
Aquello me entristeció mucho más de lo que hubiera podido admitir. Un vampiro que ve acercarse su propia muerte es muy lamentable, pero tomárselo con aquella resignación era lo enternecedor. Hubiera jurado que hablaba como un anciano que desea dejar una gran herencia a su descendencia, pero ni era mayor que yo ni deseaba nada de lo que él poseía y por un segundo deseé que no fuera conmigo con quien estuviera hablando. Tal vez, si en mi lugar hubiera estado María, las cosas hubieran sido diferentes. Tal vez el carácter de ambos y la relación que se tenían, pudiera reforzarse. Pero eso no ocurriría. Porque María no tenía paciencia para esperar la muerte de Eriksen y este no viviría en paz sus años de espera.
Sonreí mientras me decía aquello y alcé mi máscara para beber de la sangre que se acumulaba en la copa de cristal. Estaba tibia.
—Creo que iré a dar una vuelta, a hablar con mis nuevos hermanos. Tal vez así pueda conocerlos un poco mejor…
—Esa es una gran idea. –Dijo, entusiasmado, complacido de verme con aquella predisposición. Se levantó a la par que lo hice yo como si me debiese algún respeto y me dejó pasar por su lado.
Me quité la máscara y paseé alrededor. Habían contratado una pequeña orquesta que amenazaba la velada con música de violines y un clavicordio. Incluso ellos se habían tenido que poner las morenetas. Al contrario de lo que imaginaba muchos de los allí presentes me detuvieron, la mayoría para darme la bienvenida, para darme la enhorabuena, para estrecharme la mano y agradecerme que hubiese dejado de lado las costumbres paganas y heréticas. Yo sonreí agradecido y me animé a indagar más sobre ellos. Pero una de ellas, una joven vampira y su compañero me detuvieron para condenar que me inmiscuyer en aquella gran familia.
—Eres el único que no tiene nuestra sangre. ¿Dejarás que bebamos de ti? –Aquella pregunta me resultó tan grosera como fuera de lugar. Era una muchacha de aspecto cansado, aburrido, y aunque su disfraz de aspecto oriental dejaba ver de ella más de lo que me hubiese gustado, en su mente había una cerrazón inimaginable. Parecía enfadada y ofendida. Su compañero quiso detenerla y puso su mano sobre su hombro.
—Déjalo estar, si Eriksen no tiene nada que decir al respecto…
—¿Y María? –Preguntó ella, mirando a su compañero con ojos expectantes—. ¿A ella le ha parecido bien? –Me preguntó esta vez a mí.
—Sí, ella está de acuerdo. Es más. Es por ella que deseo estar en esta familia. Ella me encontró, y ella me ha acogido con los brazos abiertos.
Mis declaraciones fueron más de lo que ella esperaba escuchar así que se quedó muda unos segundos. No dijo nada más, no por lo menos mientras yo estuve delante. Apenas recuerdo su rostro, pero sí recuerdo oír como murmuraba a su compañero:
—Nos traerá problemas. Ya viste lo que pasó con el otro…
Encontré a María en el segundo piso, asomada a una balaustrada que daba al jardín. Observaba con ojos fríos y el aliento saliendo en forma de pequeñas nubes de vaho, una escena bucólica, de dos vampiros paseando e intimando a lo largo de los caminos que los arbustos trazaban en el jardín. Me acerqué a ella, que no se asustó, y me asomé igual que ella estaba, mirando hacia el jardín. Me apoyé en la balaustrada y le di la espalda al exterior. Ella me miró intrigada.
—¿De qué vienes vestido?
—De diablillo. –Dije mientras mostraba la máscara a la luz de la luna. Ella se sonrió pero me apartó el rostro.
—¿Y tú?
—Yo no he traído un disfraz. –Murmuró—. No pretendo quedarme mucho tiempo en esta fiesta.
—¿Estás ofendida porque Eriksen me haya sumado como miembro de vuestra religión?
—Lo que me ofende es que te creas tan humilde como para haber aceptado.
Me hizo sonreír. No se le escapaba una y ella volvió a girar el rostro para apartarse de mí. No deseaba hablarme y tampoco contemplarme. Pero sobre todo, odiaba que le hubiese robado aquel momento de intimidad. De reflexión.
—¿A dónde pretendes ir? ¿No te gusta la fiesta? Es de las mejores mascaradas que he visto…
—Márchate. No deseo hablar contigo.
—Pero yo contigo sí. Si he aceptado esta propuesta es porque deseo estar más cerca de ti. No por él...
Entonces sí que me miró. Primero de reojo, expectante, y después volvió el cuerpo entero, presa de la sorpresa. Tal vez más de la sinceridad que de mi intención.
—No soy una niña. –Dijo—. Sé que eso puede no ser conveniente para mí.
—¿A qué te refieres?
—Hay algo que no entiendo. Él te propone ser parte de nuestra comunidad y tú aceptas. ¿Por qué? ¡Ah! –Se sorprendió de repente, y miró a la lejanía con el rostro compungido—. Ya lo entiendo. La deuda del banco de Venecia. La ha saldado y ahora espera que hagas algo por él. Imagino que sumarte a esta comunidad solo es el contexto, ¿no es así? En verdad él te ha pedido que te acerques a mí. –Se pasó la mano por la frente—. No debería haber ido a tu Palazzo, fue un error. Él lo supo, y ahora te envía a ti.
Señaló la máscara que reposaba en mis manos.
—Muy adecuado, el ángel de la muerte que viene a saldar una deuda. ¿El no se atreve a hacerlo por sí mismo?
—No se te escapa ni un solo detalle. –Suspiré, y aquella confirmación le valió un escalofrío. Pero tembló de verdad cuando me vio sonreír.
—Imaginé que esto iba a acabar así tarde o temprano. Es casi poético que seas tú. ¿No?
—¿Y qué opinas?
—No opino nada. –Arrugó la nariz—. No quiero saber nada. Me ha tomado como una rival, y no tiene el valor de enfrentarme por él mismo. No se merece el puesto que tiene, no se merece el lugar en donde está. Todos lo saben. Todos me apoyan a mí y saben que yo tengo razón. No importa que me mates, si no soy yo, otra cabeza sobresaldrá de entre la multitud para plantarle frente. Así debe ser. –Me miró profundamente, con una mirada cargada de odio y temor—. Pero ahora te tiene a ti, como verdugo personal para segar toda mala hierba que se interponga en su camino, para tener las manos limpias y la conciencia tranquila. Esa había sido yo hasta ahora. ¿Cuánto tiempo tardarás en ser tú quien le plante cara? ¿Hum?
Yo no dije nada. Me quedé observando el interior de la habitación que se desdibujaba tras la cristalera. Había un par de lamparitas de aceite encendidas y daban un aspecto cálido y colorido a aquella estancia. Había comenzado a nevar. El aire frío y lleno de copos de nieve se colaba hacia el interior de la estancia. En poco tiempo habría comenzado a cuajar y todo el terreno se volvería un bosque blanco e invernal.
—Eres más inteligente que él. De eso no cabe duda.
—No estés tan seguro.
—Estoy seguro. –Dije, y metí la mano dentro del bolsillo de mis pantalones. Ella se acurrucó un poco mejor en su abrigo de piel—. También yo creo que eres tú quien debería estar a la cabeza de este aquelarre.
Ella se rió, sarcásticamente.
—Pero… —Intuyó.
—No hay ningún pero. Me conoces mejor que él. ¿De verdad crees que he aceptado entrar en este culto de las sombras por gusto? ¿O por convicción? No necesito aquelarres o festines de víctimas suplicantes para llevar una vida placentera.
—¿Entonces? ¿Te ha obligado?
—Te lo he dicho. He ingresado por ti, para estar cerca de ti.
—¿De mi? –Y ante aquella pregunta posé una de mis manos sobre la suya. Apreté con fuerza aquella mano sobre el granito de la balaustrada y ella giró su muñeca para apretar sus dedos en mis falanges. Tenía las yemas frías y húmedas.
—Si estuvieras en su lugar, y me tuvieras a tu servicio, ¿qué me pedirías?
—¿Hablas enserio, Marcus?
—Completamente enserio, María. Quiero que te quedes con lo que mereces. Además, tengo una deuda personal con él, pues siendo líder de este aquelarre mató a mi maestro y…
Ella no se esperó a que terminase de hablar, se acercó a mí y soltándome la mano me agarró la ropa a la altura del pecho y murmuró.
—Mátale. Hazlo, hazlo esta noche. Tienes que acabar con él.
Asentí, bajando el rostro con la mayor humildad que era capaz de mostrar frente a ella. Su perfume me embriagó unos segundos, era dulce y meloso. Sus manos estaban impregnadas en él. Ella suspiró, tan aliviada que me llegó a los labios toda la calidez de su interior. Apoyó ligeramente su frente sobre la mía hasta que el sonidito de un tintineo la hizo despertar de su estupor. Saqué del bolsillo de mi pantalón las llaves de mi Palazzo y se las entregué. Le hice cerrar los dedos sobre ellas.
—Pasa la noche y el día en mi Palazzo, yo iré a buscarte cuando todo haya terminado. No desearía que te pasase nada malo… mi señora…
Asió las llaves con angustia y desesperación. Pero también con incredulidad. Sus labios rosados se posaron en mi mejilla como un suave beso cortés, casi maternal. Sonreí y ella se despidió de mí con un gesto de su mano mientras entraba de nuevo en el interior del Palazzo y se escapaba de allí. Yo tardé todavía unos segundos en volver adentro. La nieve se había empezado a acumular sobre los matorrales y en las losas de granito más frías. Aún era la una y media, de la mañana. Sería una noche muy larga.
Cuando llegué de nuevo al lado de Eriksen lo encontré hablando con unos discípulos que despachó para volver a posar su atención sobre mí.
—¿Y bien?
—Muchos de tus subordinados me han acogido bien. La mayoría están encantados con mi presencia en el Palazzo. Ya se habían acostumbrado a ella, de cierta manera, pero verme tan integrado les ha dado un respiro.
—¿Ves? Te lo dije. Te acostumbrarás a esto antes de lo que te imaginas. No somos tan salvajes como tu maestro pensaba. Es más, aquí tenemos nuestra propia forma de entender la civilización. ¿Qué dices? ¿Crees que María se hará a un lado?
—Sí. He hablado con ella. No le ha entusiasmado la idea pero creo que conmigo aquí no se atreverá a hacer nada extraño.
—Bien, me alegro de que sea así. –Levantó su copa—. Brindemos, tú y yo, por el gran futuro que te espera en esta nueva fe de las tinieblas.
El sonido de nuestras copas reverberó unos segundos y después él añadió.
—Pero ya nada de entrar en basílicas o catedrales… eh. ¿Entendido? Hay que guardar las apariencias.
—Prometido.
Bebimos de aquella sangre que se había quedado fría y tenía un regusto amargo. Sonreí a pesar de todo porque no podía evitar sentirme eufórico e inquieto.
—De verdad te veo bien esta noche. —Dijo—. Muy sonriente.
—Estoy feliz de estar aquí, contigo, y con tus hermanos de fe.
—También son los tuyos. —Apuntó—. Estamos todos muy contentos de tener a alguien fuerte y sabio a nuestro lado.
—No siempre he sido fuerte, o sabio. –Dije, mientras la máscara cegada me devolvía una mirada vacía desde la mesa—. He cometido mis errores y he tenido mis debilidades, como todos.
Él se limitó a mover una mano en el aire quitándole importancia pero yo volví a sonreír, presa del recuerdo.
—Una vez miré al sol, y me quedé ciego durante días. –Su reacción fue inesperada. Detuvo su copa a mitad de camino hacia sus labios y desvió la mirada lentamente, como si le hubiese revelado un terrible secreto—. Pero aprendí la lección, que no te quepa duda. Son de esas cosas que no se olvidan.
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