EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 66

CAPÍTULO 66 – San Marcos.

 

A causa de la acqua alta, la plaza de San Marcos volvía a inundarse. Era un fenómeno que la gente solía aborrecer porque les dificultaba sus labores habituales, pero que yo apreciaba sobremanera. Me resultaba fascinante contemplar aquella maravillosa causalidad de la naturaleza fundiéndose con lo más glorioso de la humanidad, aunándose para crear una escena fantástica, casi mitológica. La catedral de San Marcos parecía nacer de las propias aguas como el palacio de un dios submarino.

Las pocas luces que quedaban a aquellas horas de la mañana dejaban espacio para que a luna y las estrellas se reflejase en aquellas aguas temblorosas. El reflejo de aquella fachada lobulada se ha quedado grabado en mi memoria como pocas cosas han quedado impresas. Los tonos dorados y azules, aquellas voluminosas cúpulas, temblando bajo las aguas venecianas. A veces me preguntaba cual de los dos monumentos era el verdadero, el que estaba en la superficie o el que permanecía bajo el agua.

—Suponía que te encontraría aquí. –Dijo una voz a mi lado. Miré primero su reflejo plateado acercándose, y el chapoteo de sus botas sobre el agua. Era el dios de aquel palacio, el dueño de aquellas aguas, todo aquel reino sumergido.

—¿Has estado en el Palazzo de los ángeles?

—El palazo del loco. –Dijo él, con una sonrisa. Él tampoco se acostumbraba a llamarlo con su verdadero nombre—. No he entrado. No me ha hecho falta. Cuando he supuesto que no estabas dentro he venido directamente aquí.

—¿Y si no me hubieras hallado aquí? –Alcé los ojos para mirarle. Me sonreía con una expresión avergonzada.

—He de reconocer que entonces no habría sabido por dónde empezar a buscar.

—Me molesta ser tan predecible. –Dije apartándole la mirada y volviendo el rostro de nuevo a la catedral. Esta vez a la que tenía frente a mí. Una gaviota sobrevoló las cruces que se alzaban entre las cúpulas y desapareció en la noche con un graznido.

—¿Qué haces aquí? ¿No te cansas de venir a verla?

—Nunca. No entiendo como eso podría ser posible. –Sonreí—. Pero en verdad estoy esperando a que el canónigo que se mantiene despierto en una de las celdas del interior se vaya a dormir.

—¿Vas a matar a un sacerdote? –Preguntó, en un tono jovial—. No tienes remedio.

—Solo quiero dar un paseo. Nada más.

Ambos nos quedamos durante unos silenciosos minutos contemplando la catedral en aquella noche perlada de estrellas. Cuando ambos sentimos al último de los humanos que ocupaban aquel edificio dormido, nos acercamos a la puerta principal. Yo con el paso firme pero Eriksen siguiéndome como impulsado por la costumbre. Cuando abrí la pesada puerta de madera y la empujé un poco hacia el interior él me miró desde la distancia con gesto contrariado y dubitativo.

—Sígueme. –Le pedí, en el tono más meloso del que fui capaz—. No hay ninguno de tus bebedores de sangre cerca.

Miró detrás de sí con ansiedad. Creo que estaba más temeroso de Dios que de sus propios hermanos, pues aunque estaba seguro de que no creía en su doctrina satánica, tampoco había vivido de otro modo que no fuera respetando esos dogmas. Se apresuró a seguirme, sin embargo, y entró cerrando la pesada puerta tras de sí.

El interior estaba frío, cargado de humedad y con un intenso olor a incienso y sándalo. Apenas un par de velas habían quedado encendidas, a punto de consumirse, y fueron las que guiaron nuestros pasos. Las bóvedas y las cúpulas estabas sumidas en la oscuridad, y todas las pinturas habían quedado consumidas por las sombras, pero para mis ojos aún se mostraban en todo su esplendor, con aquellos fondos dorados, con esos grandes angelotes incensarios. Los iconos estaban erguidos, expectantes, como jueces de un gran tribunal celestial. Creo que allí dentro podía entender el por qué de aquellas normas tan ortodoxas sobre no entrar en edificios sacros, la mirada de un dios, incluso si es en pintura, puede suponer todo un examen de conciencia para aquellos cuya alma no es límpida.

Al contrario de mí, Eriksen caminaba mirando al suelo, pisando con cuidado a través de los charcos de agua los mosaicos de motivos geométricos que se extendían a través de la nave central. De vez en cuando su mirada se topaba con algún ciervo o grifo y se quedaba mirándolo con la misma sorpresa que si se hubiera encontrado con un real de oro. Solo se escuchaban nuestros pasos chapoteando en el agua y el sonido de nuestras respiraciones. Las velas surcaban el aire con estelas grisáceas de hollín con olor a sebo y su brillo se reflejaba débilmente en el agua que nos conducía hasta el altar.

—¿Ves? No ha pasado nada. Dios no ha venido a castigarte por profanar uno de sus templos. –Me devolvió una mirada furiosa, producto de su inseguridad—. Dios no está aquí dentro, no es esta su casa. Esto es producto de los hombres, igual que todas las demás catedrales y basílicas.

—Para ser un hombre de otra época más antigua, tienes una forma de ver las cosas muy propia de estos nuevos siglos de la ilustración.

—Sois vosotros los que os guiais por cánones paganos y supersticiosos. Nada más. –Me encogí de hombros y me senté en uno de los bancos de la parte frontal.

Él se quedó de pie a mi lado, y miró en la misma dirección en que mis ojos se conducían, hacia el retablo, la gran Pala d’Oro que decoraba el altar. Lo miraba sin fijarme realmente en él. Me imaginaba como sería estar allí durante una misa, durante aquellos primeros siglos en que aquella era una basílica bizantina y se cantaban antiguos cánticos del este.

—¿Cómo era?

—¿Hum? –Pregunté, pues su voz me había sacado de mis pensamientos.

—Tu época. ¿Cómo era? ¿Cómo eran entonces las cosas?

—Como ahora. No creo que las cosas cambien demasiado. En un periodo muy corto de tiempo como es la vida humana uno sí puede apreciar mejor los pequeños cambios. Pero cuando has vivido más de trescientos años, todo es siempre lo mismo. Siempre hay nuevos inventos, nuevas tierras por descubrir, el hombre siempre se cree mejor y más listo que sus antepasados, y sin embargo seguimos presos de las mismas tribulaciones. El hambre, el futuro, la muerte…

—El sueño de mi maestro era crear una raza superior, un aquelarre de vampiros muy grande, y bien posicionados, lo suficientemente eficaz como para dominar el mundo. Ese era también mi sueño. –Me miró a través del rabillo del ojo—. Pero parece que tú te conformas con ser una especie en peligro de extinción. Como un leproso que es mejor tener apartado de la sociedad.

—Me siento como Job, abandonado por todo y por todos, incluso por mi dios. Condenado a vivir en la miseria mientras me descompongo y me lamento de mi suerte. –Suspiré—. Pero creo que así es como he sido siempre. No creo que antes de mi conversión mi ánimo hubiera sido diferente.

Estiré mis piernas y crucé un pie sobre otro. Crucé también mis brazos. Eso pareció exasperar a Eriksen que se volvió de espaldas a mí e intentó encontrar algo en aquellos rincones que le llamase la atención. Pero estaba turbado, lleno de pensamientos que alimentaban un fuego en su mete. Era capaz de verlo solo con mirar la angustia que se reflejaba en su mirada.

—El otro día, María estuvo en mi Palazzo. –Dije, algo que hizo a Eriksen relajar los hombros, pero no se dignó a encararme.

—Pensé que no me lo dirías.

—No tengo motivos para ocultártelo. Lo cierto es que su visita no me agradó demasiado.

—¿Qué quería?

—Supongo que solo quería hablar. Estrechar lazos conmigo. O conocerme mejor. Ya sabes, ten más cerca a tus enemigos… —Eso sí lo hizo reaccionar, se giró y se aproximó a mí, inclinando el tronco.

—Está envidiosa de ti. Porque ahora comparto más tiempo contigo y eso la llena de celos.

—Estás equivocado. –Dije, con tiento y severidad—. Está celosa de ti. Porque desearía estar en tu posición, con tu autoridad y conmigo como un nuevo compañero.

Pude ver como palidecía en cuestión de segundos, y toda su expresión se disolvía como si la hubiesen borrado con ácido. Observé, con pasmo, que pasaba del enfado al susto, y del terror al pánico en apenas un suspiro. Consiguió recomponerse pero no había podido evitar que yo apreciase ese cambio en él. Quedó mudo después de aquello. Las revelaciones como aquellas siempre son un gran trago que pasar.

Creo que no tardó ni un minuto en verse envuelto en su propia angustia y se separó de mi lado. Caminó a lo lago de la basílica hasta que dejé de oír el chapoteo de sus zapatos contra el agua. Me arrepentí de haber sido tan directo con él pero era lo que debía ser. Me puse en pie y seguí el sonido de su respiración hasta un rincón detrás de un gran pilar en la nave lateral. Estaba apoyado en la fría pared con los brazos cruzados, encogido en sí mismo, con el mentón pegado al pecho, con una pesada respiración producto de su enfado. Cuando me acerqué a él en aquel espacio oscuro y silencioso alzó la mirada como un animal rabioso, a punto de saltarme encima para matarme. Pero en verdad no era rabia, sino pavor. Estaba aterrorizado. Lleno de espanto y desesperación.

—Eres el único en el que puedo confiar. –Murmuró, con ojos pálidos y temblorosos—. Ni si quiera María es ya alguien de confianza.

—Ella es fiel al dogma de las tinieblas. Es mucho más creyente que tú, y que los demás.

—Eso es justamente lo que me preocupa, sería capaz de matarme si considera que no soy digno de mi lugar. Y ahora ya lo piensa, estoy seguro de ello. No se atrevería, pero… —Dudó, unos segundos, no del todo convencido de su negativa.

—Eres mucho más fuerte que ella.

—Pero es más inteligente que yo. Puede dar con el medio de acabar conmigo. Si los pusiese a todos en contra…

—No creo que los demás deseen someterse a un dogma tan rígido como el que ella representa.

—No, puede que no. Pero tampoco desean a un líder débil y voluble. Ella los convencerá de que me has… —Se quedó con la frase a medias, pero yo pude intuir lo que quería decir.

—De que te he influenciado para mal…

—Sí. –Alzó de nuevo la mirada, estaba vez con un ruego en su expresión—. Ven este sábado a cenar con nosotros. Te lo ruego. No deseo que me dejes a solas con ellos. No podré mantenerles la mirada un solo instante si ella está ahí.

—Creo que no te he revelado nada que no intuyeses tú. –Dije, con media sonrisa.

—Es una idea que me ha barruntado ya algún tiempo. –Murmuró, alzando la comisura de su labio, aún temblorosa—. Pero oírlo de viva voz es aterrador.

—Iré. No te dejaré solo.

El banquete, como lo llamaban ellos, no fue tan espectacular como aquella ocasión en que me invitaron por primera vez. Ya había acompañado más veces en aquellos últimos meses a Eriksen a la mesa. Pero era extraño verme disfrutar de aquello con evidente placer. Habían sustituido el vino por sangre y la comida por flores secas y hierbas aromáticas. Las mesas parecían los escenarios perfectos para un bodegón de naturalezas muertas. Lo único vivo allí eran dos músicos que tocaban el laúd y un par de camareros que seguían vertiendo el líquido rojizo en las copas de los invitados, totalmente convencidos de aquel elixir ni tenía el aspecto ni el color del vino. Si no eran demasiado ingenuos, se darían cuenta de que eran el postre de aquella fiesta.

Debo reconocer que disfruté mucho de aquella noche. Las luces estaban bajas, las conversaciones y las risas eran agradables, y la música de laúd me transportaba a otro tiempo. Puede que lo hubieran hecho a posta, que supieran que esos ritmos y ese sonido me harían sentir como en casa.

María iba y venía por el salón, sentándose de un lado a otro. Acompañada de unos y de otros. Iba, salía, desaparecía, volvía a regresar. Parecía el alma de la fiesta, atraída por cualquiera, llamada por todos a su lado. Pude observar un gran cambio desde la primera vez que la conocí, rodeada de los suyos, y sabiendo que su compañero tenía la atención posada en mí, era capaz de desenvolverse como si gobernase entre aquellas cuatro paredes. Los conocía a todos, era la madre, la hermana mayor de todos ellos, y una persona influyente en aquellas ciudades de alrededor. Lo que no parecía saber era que a pesar de todo Eriksen no le quitaba la vista de encima. La seguía con una mirada perturbada y temerosa, consciente de que se había conseguido ganar el afecto y la simpatía de todos sus discípulos, con una atención personalizada y un carácter fuerte.

Las pequeñas lamparitas de aceite con vidrieras de colores alumbraban con temblorosa incandescencia nuestro alrededor. Sentado al lado del líder, no podía sentirme más desplazado. Éramos dos apestados dentro de aquella comunidad, dos herejes que se estaban ahogando en su propia miseria. Podríamos habernos marchado de allí y nadie habría notado nuestra ausencia. La mayoría estaban cegados por la bebida, absortos en sus conversaciones, ausentes de todo lo demás. Yo bebí de mi copa y sin preguntarme de donde habría salido aquella sangre, degusté el cálido aliento de la vida que aquel elixir transmitía a mi cuerpo. Eriksen no había probado su bebida pero no dejaba de toquetear la copa, golpeando nerviosamente la uña sobre la superficie de vidrio. El sonidito comenzaba a sacarme de mis casillas pero entonces dijo:

—La deuda que tenías con el banco de Venecia, ha quedado saldada.

—¿Cómo? –Pregunté, volviendo el rostro en su dirección con estupor—. ¿Qué has dicho?

—He pagado la deuda. Te dije que tenía contactos con los directivos del banco. Ya no le debes nada.

—¿Por qué has hecho eso? –Sonreí—. Pensé que preferías verme atado a esta ciudad, así no podría abandonarla tan a la ligera…

—Podrías haberlo hecho igual, no creo que te hubiese importado demasiado dejar una cosa así atrás...

—¿Entonces?

Él alzó el mentón y miró a otra parte, no parecía querer darme explicaciones, sin embargo se encogió de hombros.

—Has demostrado ser un buen amigo, alguien en quien confiar. Y solo quería mostrar mi gratitud. Es todo.

—Era una gran deuda… —Solté, con un suspiro, como si me hubiese quitado un gran peso de encima. Pero él se limitó a encogerse de hombros nuevamente.

—¿Qué más da? Considéralo un regalo.

—¿Qué te han dicho? ¿No les ha parecido extraño?

—Les he dicho que el dinero era tuyo, que yo solo hacia las gestiones de intermediario. Nada más.

—¿Y no te han preguntado la procedencia del dinero?

—A mi no me preguntan nada. –Sonrió, pero su expresión risueña se deshizo al volver a fijar la mirada en María, al fondo de la sala, sentada con unos compañeros, hablando animadamente—. ¿Qué opinas?

—Puede que lo mismo que tú. –Dije, mientras suspiraba y le indicaba a uno de los camareros que me sirviese un poco más de sangre. Mientras vertía el líquido, Eriksen se quedó mirando al humano como si fuese un extraño que acaba de entrar en su hogar. Lo miró de arriba abajo, casi asustado, y no consiguió despegar su mirada de él hasta que no se hubo marchado.

—¿Y qué es lo que yo opino?

—Crees que ya no pintas nada aquí. –Suspire—. Que ella se ha ganado toda la simpatía de tus seguidores.

—No son mis seguidores. –Recalcó—. Son los seguidores de la fe de las tinieblas.

—Pero ya no la representas, no tanto como ella…

Ambos la miramos. Si no era demasiado ignórate, debía haberlo sentido, ambas miradas recayendo sobre su nuca, después sobre su perfil. El cabello recogido, el cuello esbelto.

—Deberías volver a tomar el control de este aquelarre. –Murmuré, acercando mi copa a los labios y bebiendo un poco, ligeramente—. O si no, será demasiado tarde.

—¿No lo es ya? –Preguntó, casi esperanzado.

—Yo no diría que sea tarde. Pero es ahora o nunca. Debes restaurar tu poder sobre esta gente. Ella se está aprovechando de tus fallos.

—Tú eres uno de esos fallos. –Dijo, con una mirada inquisitiva y volviéndose a mí con desparpajo—. Dejarte con vida es uno de mis peores errores.

—Sí, así es. Pero eso ya no tiene remedio. Todo lo contrario. ¿Me quieres con vida? Pues tal vez pueda resultarte útil. –Aquello lo dije alzando una ceja, con una mueca divertida.

No dijo nada por unos segundos, valoró mi insinuación, mi predisposición. Miró a María a lo lejos y después se volvió al frente, con valentía. Parecía que había dado con el resorte que le permitiría seguir como hasta ahora: yo. O puede que se regocijase de que su simpatía y sus favores para conmigo le hubiesen retribuido en su beneficio. Tras unos segundos, en que volvía a tamborilear con los dedos sobre el vidrio de la copa, me miró por el rabillo de su ojo y me sonrió.

—¿Tienes algo en mente?

—Supongo que no habría mayor logro que convertir a un hereje como yo en uno de los vuestros. –Eso le hizo palidecer—. Así podré estar aquí, más cerca de ti, y de ella. Estaré a tu lado, y sabrán que has conseguido convertir al vampiro más poderoso que sus ojos hayan visto.

Volvió a mirar al frente, estupefacto. No podía creerse lo que estaba escuchando. Yo sin embrago había pensado en ello durante mucho tiempo. Me había prometido no cometer el mismo error que Sebastián.

—¿Estás hablando enserio?

—Ella ya no será la segunda al mando, seré yo. Bajará en la escala social, y yo, desde dentro, te ayudaré a recuperar el control de tus súbditos. –Se le escapaba una sonrisa de esperanza—. Y estaré cerca de ti para protegerte si fuera necesario. No se atrevería a hacerte nada si sabe que tiene que vérselas conmigo.

Cuando volvió su mirada hacia mí supe que no me había creído del todo, pero que deseaba hacerlo. Era su única salida, y la mejor decisión que podía tomar. Solo necesitaba una palabra suya para no llevarlo a acabo, pero rechazando todas sus sospechas y desesperado por su situación se puso en pie y dio un par de palmadas para robar la atención de todos los presentes.

—Me siento congratulado con todos vosotros, porque hayáis venido esta fría noche a mi fiesta. A pesar de los camino helados y del clima, que no es tan adecuado como debiera. Pero espero que las chimeneas os consuelen y el calor de la bebida os reconforte. –Alzó su copa en el aire y se paseó alrededor de la mesa. Vi como otros lo imitaban y asían sus copas en el aire, María también, esperando un brindis que no llegaba.

—¿Es la hora del banquete? –Preguntó alguien a lo lejos, haciendo reír a unos cuantos. Sentí las mentes impacientarse.

—Es unos segundos, cuando todos le demos la bienvenida a nuestro nuevo integrante, de esta nuestra comunidad de vampiros, bajo las normas y leyes de la antigua religión de la sombras.

Se acercó a uno de los músicos y le sujetó los hombros. Su gesto y su amabilidad eran tan grandes que el músico simplemente se dejó llevar a lo largo de la sala hasta unos metros cerca de nuestra mesa, donde yo aún estaba sentado. El hombre sujetaba su laúd con nerviosismo y expectación. Tal vez llego a creer que se trataba de él a quien estaban invitando a su club fanático y mortal. Pero cuando Eriksen estiró el brazo y me señaló, todos los presentes suspiraron de sorpresa y alivio. Algunos de ellos se revolvieron en sus asientos. María se levantó, poco a poco, buscándome con la mirada a través de los invitados. Pero yo solo tenía ojos para el pobre hombre que Eriksen me estaba ofreciendo como tributo. De nuevo bajo aquella presión, en aquella pesadilla. Pero esta vez no solo era una prueba de fe, también de confianza. Me estaba pidiendo que le demostrase que estaba dispuesto a dejar mi orgullo aparte, igual que todas mis creencias. O por lo menos, que tuviera el control para dejarlas a un lado en apariencia, frente a la galería.

Me puse en pie y sentí como la expresión del vampiro se relajaba, me entregó al hombre, empujándolo con su mano desde su nuca. El hombre dio un par de pasos torpes y asió el mástil de su laúd con fuerza, contra su pecho. Nervioso, acongojado y confundido. Los camareros temblaron, los vampiros se revolvieron en sus asientos. Dios sabe que era mejor así, si lo rechazaba de nuevo, ya no podría retráctame.

Con mi mano aparté el laúd del espacio que no separaba y sostuve su hombro con fuerza. El hombre tembló, sonrió tímidamente y miró a Eriksen a su espalda, más asustado de él que de mí. Craso error. Aproveché ese segundo para morder su cuello y partirlo con un mordisco. El sonido de sus huesos quebrándose, junto con la tráquea y la carne le pusieron a más de uno el vello de punta. Bebí toda su sangre y el cuerpo acabó desplomado sobre el suelo, con un tembleque en los dedos y un hilillo de sangre brotando del mordisco que había surgido en su cuello. Comenzaron los gritos, las persecuciones. Los camareros tiraron copas y bandejas y se apresuraron a esquivar a los vampiros que intentaban apresarlos entre sus manos. El otro músico se desmayó y fue presa fácil de la sed de sus amos.

Yo aún tenía el mástil de laúd sujeto entre mis dedos. Era un laúd hermoso, de madera clara, con una filigrana de estilo oriental en el centro del tambor. Se había roto una cuerda por la presión ejercida por mis dedos pero su brillo a la luz de las velas me llevó a otra parte, a otro lugar. Sentí el frío de la estepa rusa en mis mejillas, la sonrisa de Nikolás a través de sus cabellos, la canción que se formaba en sus labios durante aquellas noches. Interminables. El calor del hogar, el sonido de sus botas caminando a mi lado. Su aliento y su presencia. Como un ente fantasmal que me hubiese venido a visitar desde las sombras en donde se encontrase. Se disipó como el aire cuando sentí la mano de Eriksen sobre mi hombro.

—Ya te has convertido al culto, joven Marcus. –Sonrió—. Ahora eres uno de los nuestros. Espero que dures muchos años más junto a nosotros.

—¿Puedo quedármelo? –Pregunté alzando el laúd en mi mano. El se sintió contrariado pero no le quedó más remedio que encogerse de hombros.

—Pues claro, haz lo que desees con ello. –Tiró de mí de nuevo a la mesa—. ¡Vamos! Esta noche es para la celebración. Todos te acogerán con los brazos abiertos, estoy seguro de ello. ¡En la noche del solsticio de invierno haremos una fiesta de navidad con disfraces! Esa será tu ocasión de conocerlos a todos, de integrarte. Estoy seguro de que contigo aquí todo saldrá a pedir de boca.

Llegué al Palazzo cuando estaba a punto de amanecer. Mis pasos resonaron por aquel espacio vacío, frío y solitario. Húmedo y perfumado. Cargué con el laúd durante todo el camino y cuando llegué al Palazzo lo arrastré por todos los pasillos hasta que me detuve frente a la armadura medieval de Sebastián. Coloqué el instrumento a sus pies, como una ofrenda a un antiguo dios de metal, una ofrenda de paz, de comunión. Como un tributo y una libación. O como un ramo de flores sobre una tumba. Le hablé a aquel ente vacío, como si hablase conmigo mismo, pidiéndole perdón, suplicando su misericordia. Aún tenía la boca impregnada de sangre y el cuerpo ansioso y tembloroso. Lo acusé al frío pero cuanto más tiempo pasaba, más intranquilo estaba. Pero en el fondo, solo había paz. En mi interior, en lo más profundo de mí, había una calma doliente y densa.

Me imaginé a mi mismo en aquel traje de templario, pero no me quedaría ajustado. La espalda era ancha, las glebas demasiado altas. Y jamás habría encontrado el valor y el coraje de profanar aquella armadura con mi cuerpo. Incluso si me hubiera entrado como un guante. Cogí el brazo de la armadura, y sostuve su mano enguantada con fuerza, y me pregunté si todo aquello era lo correcto. Pero en vez de encontrar una respuesta acudieron a  mi mente todos mis peores recuerdos. La calidez de las velas iluminando su cabello rojizo, la expresión de su sonrisa arrugando sus comisuras, y sus ojos, fríos y gélidos escondiéndose en una risueña expresión burlesca. El perfil de su nariz, y la seriedad de su faz con mi mano sobre su mejilla. Coloqué el guante metálico, frío y sin vida sobre mi rostro, y suspiré con fuerza. Tenía la costumbre de llevarse a la mejilla los botes de pomadas y los emplastos calientes para sentir su temperatura, para comprobar que se habían enfriado, o que aún estaban templados. Solía hacerlo con un gesto de profunda reflexión, con los labios apretados, y las cejas fruncidas. Imité su gesto, lo mejor que pude.

Intenté esforzarme por traerlo de vuelta, sentir su calidez y la dulzura de sus labios, y sus sabios consejos. El tono de su voz. Quise evocarlo frente a mí, como si volviera a estar de pie, delante de mí, reprendiéndome. Quise que me sujetase con fuerza, que me agarrase los brazos, me zarandease, me hiciese despertar de la pesadilla en que me había sumergido. Pero no era una pesadilla, era el último de los círculos del infierno, gélido y lleno de muerte. El diablo me esperaba al final de aquel camino, con su cuerpo monstruoso, con sus garras afiladas. Aquel diablo que aparecía en el manuscrito medieval que me mostraron en aquella reunión de alquimistas e inquisidores. Con sus ojos rasgados, con los miembros retorcidos y la sonrisa de dientes puntiagudos y amenazantes. ¡Sus ojos! ¡Sus ojos estaban rasgados! Lo habían cegado… ¡El diablo estaba ciego!





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