EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 65

CAPÍTULO 65 – Ofrenda de paz.


Llamé a la puerta del Palazzo de Treviso. Si me había acostumbrado a colarme por las ventanas, en aquello ocasión la situación no era tan permisiva. Me recibió un mayordomo niño, igual que el correo que me había abordado para entregarme la invitación a la fiesta. Por lo que pude comprobar, el poco servicio humano del que disponía aquella mansión se renovaba demasiado a menudo. Me preguntaba cuándo el pueblo de Treviso se daría cuenta de aquello.

—Dile a tu amo que venga a recibirme. –Dije, en un tono jovial. Pero el muchacho no podía hacer sino mirar a la prostituta que colgaba medio desmayada de mi brazo. Estaba borracha, profundamente alcoholizada. La había encontrado vagando sola por la rivera del río y me pareció un lujoso obsequio.

El muchacho, más presa del susto que de la obediencia, salió corriendo al interior y yo me tomé la libertad de meternos dentro del recibidor. Vi bajar por las escaleras a Eriksen, apresurado, mucho más asustado que el pobre chico. Al verme, y ver a la mujer colgando de mi brazo, despidió al mozo con un gesto más de ira que de miedo.

—¿Pero qué diablos…? –Murmuró mientas se acercaba con pasos precavidos. Mirando alrededor, con ojos pasmados.

—Un regalo de conciliación. –Dije, moviendo a la mujer sobre mi agarre—. ¿Qué me dices? La he encontrado según venia y he pensado que tal vez podamos compartirla. Es pronto, sé que aún no te has alimentado esta noche. Yo tampoco lo he hecho…

—¿La has traído hasta aquí? –Preguntó aun con el susto en el cuerpo y llegando a mi lado, para tomarla él mismo del brazo que le colgaba a un lado del cuerpo—. ¿Está inconsciente?

—Borracha. Puede que haya tomado ajenjo.

—¿Cómo la traes aquí así, sin más? –Miró alrededor, pero dentro del Palazzo, no fuera. Parecía más preocupado de que las bestias que pululaban la mansión la oliesen y saliesen a reclamar parte de ese botín que de algún humano me hubiese viso llegar con ella desde fuera—. Vamos, subamos a mi gabinete. Si alguien nos viera…

Subimos con ella por las escaleras y por suerte no nos topamos con nadie. Cuando entramos en la habitación él me quitó todo el peso de la mujer de encima y la cargó sobre sus brazos hasta el sofá. La dejó caer en él y después me miró completamente ofendido. Parecía que le había agraviado profundamente pero yo sonreí.

—Solo quería disculparme. La he traído como una ofrenda de paz. Valoro de verdad tu amistad, y a pesar de todo reconozco que me alaga tu interés por mí. –Aquello le hizo arrugar la nariz pero fue por vergüenza. Se volvió para darme la espalda y se quedó mirando de lejos el cuerpo de la mujer que yacía tumbada sobre el acolchado de plumas. Yo me puse a su lado hasta quedar pegado a él y le di un golpecito con el codo sobre su brazo—. No me ha costado nada traerla. Además, se habría caído al río si no llego a encontrármela. Está completamente ebria.

—¿Es la única forma en que puedes hacerlo? ¿Cuándo no se enteran de nada?

—Sabes que no es cierto. –Dije, ante aquel reproche tan fuera de lugar.

—Entonces es porque quieres que la mantengamos con vida. ¿Se despertará borracha y medio desfallecida en la ribera del río mañana?

—La he traído para que hagas con ella lo que te venga en gana. Eso no me compete a mí. No creas que soy un moralista como lo fue mi maestro. Simplemente me limito a mantener mis propias líneas rojas. Matar no es una de ellas.

Vi como sus dedos golpeaban rítmicamente su antebrazo, pensativo, y cuanto más pensaba, más se elevaba la comisura de su labio, en una divertida sonrisa, pícara y cómplice. Me miró con una chispa de excitación recorriéndole la mirada.

—La verdad es que es mejor que una botonera o un anillo de oro. –Señaló con el mentón a la mujer—. Aunque reconozco que las prostitutas no me van demasiado. Prefiero las monjas.

Yo me encogí de hombros.

—¿Y colarme en un monasterio para traerte una novicia? ¿Eso no habría sido otro pecado más con el que encabezar la lista que tengo?

—Sí… supongo que sí. –Se acercó a la mujer y tiró de su brazo para incorporarla, aunque la cabeza de ella se tambaleaba y se caía hacia los lados. Respiraba pesadamente, con un murmullo preocupante. La miró con encanto, como si pudiera ver en ella algo más de lo que realmente había y alzando uno de los brazos de ella lo extendió hacia mí.

—Ven, acompáñame. No vayas a aquedarte sin una sola gota.

El brazo, moreno y sonrosado de la mujer se vislumbraba a través de la manga de su camisa. Me senté a su otro lado y desabotoné su manga. Expuse el antebrazo y mordí con cuidado, llevándome aquella carne a la boca como si temiese causarle un gran desastre. Él me observó tragar unos segundos y después se animó a morder el cuello de la dama. Reconozco que estaba asombrado. Había dejado que bebiese yo primero por si le había tendido una trampa o algo parecido. Por si la hubiera envenenando. ¿Habría significado su muerte? Puede que así fuera. Si la hubiese matado con láudano, tal vez beber su sangre le hubiese producido un terrible daño. Pero el veneno es un arma de mujer y yo prefería otros métodos.

Cuando me separé de su muñeca él aún bebía de su cuello, con los ojos cerrados, con las pestañas rubias apretadas, contraídas sobre sus párpados. Con el ceño fruncido y la nuez de su cuello moviéndose. En esos momentos en los que era más animal que hombre, parecía mucho más humano que de costumbre. Sereno, paciente y concentrado. Sus manos ceñían el talle de la mujer, que ya estaba a punto de fallecer. Las mejillas del vampiro tomaron un poco de color. Cuando la dejó caer a su lado se limpió los labios con el dorso de la mano y me lanzó una mirada de advertencia, enfadado por haberse mostrado tan vulnerable frente a mí.

Pero para mi sorpresa me pellizcó una mejilla y tiró de ella divertido. También a mí me habían subido los colores y se sonrió. Me atrajo hacia él y me besó la frente, dulcemente. Después pasó su nariz por mi cabello y se rió.

—El mejor regalo que me han hecho. ¿Cómo voy a enfadarme contigo?

—Eso lo dices porque estás ebrio de sangre

—Y del ajenjo que esta puta se ha tomado. –Se rió y yo me reí con él.

Cuando salí del gabinete y bajaba por las escaleras me encontré en el rellano entre piso y piso a maría. Parecía que volvía del exterior, ataviada con un fino chal de seda negra y con volantes en tonos carmín. Me sorprendió, pues ella había escuchado mis pasos y me había esperado en ese espacio, con paciencia, con una mirada singular. Cuando llegué a su altura incliné mi rostro a modo de saludo. De haberme caído bien, habría besado el dorso de su mano. Era muy elegante, muy hermosa y parecía más inteligente de lo que aparentaba. No se merecía menos. Sin embargo no deseaba entablar ningún tipo de relación con ella. Pero para entonces debía de haberme oído pulular por su Palazzo demasiado tiempo y su paciencia tenía un límite.

—Hace una buena noche para darse un paseo hasta aquí, ¿verdad? –Preguntó, llena de resentimiento. Yo sonreí y me volví en medio del tramo de escaleras.

—Ya empieza refrescar. Tenemos noviembre a la vuelta de la esquina…

—Sí, dentro de nada será invierno. –Afirmó—. ¿Vendréis también cuando las carreteras estén cubiertas de nieve?

—No nieva mucho aquí en Venecia. Aunque si lo hace, es difícil que cuaje mucho tiempo. –Ella arrugó los labios en un gesto de rabia por seguirle el juego e ignorar su insinuación—. Aunque yo no vengo por los caminos. Atravieso el bosque.

—¿Venís por el bosque? –Eso si la sorprendió, no supe decir si para bien o para mal.

—Me resulta más cómodo. –Sonreí—. Aunque si mi presencia en el Palazzo os perturba, solo tenéis que decírmelo y no regresaré más.

Ella se quedó helada. Si mis palabras iban en serio, solo tenía que pronunciar una sola negativa. Pero sabía que no era mi voluntad la única que reinaba en la situación. Si Eriksen se enteraba de que ella me negaba el acceso al Palazzo, la pondría en una situación difícil. Era la compañera del líder, pero no era su emperatriz, solo una súbdita más. La favorita, pero solo una más.

Como única respuesta me apartó el rostro y miró hacia las escaleras. Yo sonreí.

—Buenas noches, que pase una agradable velada. Me vuelvo a mi Palazzo. Es usted tan bienvenida como su maestro a mi hogar.

Eso sí que la dejó descolocada. De nuevo la ponía en una situación difícil. De sobra sabía que Eriksen se enfadaría si ella se presentaba en mi Palazzo. Yo era un títere, pero en manos de su maestro, y si tiraba de mis hilos solo provocaría al titiritero, nada más. Asintió y me despidió con un gesto de su mentón.

Cuando salí al exterior pude sentir varios ojos mirándome a través de las ventanas de los salones y las habitaciones. A veces ocurría, pero en aquella ocasión había muchos más. Habían olido la sangre. Sabían que habíamos cenado dentro del Palazzo sin invitar a nadie. Puede que aquello superase con mucho todas las provocaciones que yo había llevado a cavo en aquel sitio. Eso me hizo sentir revitalizado. Me marché de allí con una cálida sensación de haber dado un paso correcto en la dirección indicada.

Sentí la presencia del vampiro antes de que entrase en el Palazzo. Ya me había acostumbrado a su olor, a su forma entera en mi mapa mental. Podía oírlo, no había disimulado sus pasos en absoluto. Yo sin embrago no me atreví a recibirlo. Esperé, pacientemente hasta que quisiera hacer acto de presencia. Me daba curiosidad saber cómo accedería al Palazzo. Su mano temblaba. Estaba enguantada en un fino guante de terciopelo granate. Lo sentí desde aquella distancia. Pude verlo en mi mente con la misma claridad con la que podría haberlo visto en la realidad. Sus dedos asieron el aro de la aldaba y titubeó antes de que el sonido del metal contra el metal retumbase por todo el Palazzo.

Me levanté de mi escritorio antes de que el sonido llegase hasta mi habitación y cerré la tapa del libro que estaba leyendo, con el oído agudizado. El sonido de la aldaba retumbó por cada pasillo y cada habitación. Vacío de personal e invitado como estaba el Palazzo no era de extrañar que hasta en los rincones más recónditos se hubiese oído el sonido del llamado. Esperé unos segundos. No iba a darle el placer de tenerme impaciente al otro lado de la puerta. Volvió a golpear una segunda vez y ya por una cuestión de cortesía no le hice esperar más tiempo.

Llegué hasta la puerta principal y abrí despacio, observando como el rostro de la hermosa mujer se transformaba de inquietud a sorpresa, y de sorpresa a soberbia en unos segundos. Apenas perceptibles.

—Buenas noches. –Le dije a María, que ante el sonido de mi voz alzó el mentón y su naricilla cortó el air entre los dos.

—Buenas noches. ¿Me abres la puerta personalmente tú? –Preguntó mirando al interior con una expresión de búsqueda y curiosidad.

—Me temo que apenas tengo servicio. A veces viene alguien a limpiar, y tengo un mozo que me hace de correo, pero por la noche el Palazzo está totalmente vacío para mi propio disfrute.

—¿Qué clase de disfrute hallas en la soledad? –Preguntó, con una ceja en alto.

—Supongo que por el hábito…

Aquello cortó la conversación como si fuera un cuchillo. Ella se preguntó si darse la vuelta. Era como un libro abierto, miraba por encima de su hombro, hacia las profundidades del canal y se cuestionó si estaba haciendo lo correcto, y recordando que estaba allí por mero egoísmo. Para ponernos a prueba a mí, a Eriksen, pero sobre todo a sí misma. Viendo que la tensión creciente era culpa mía, di un paso atrás y dejé la entrada libre.

—Pasa, por favor. Eres bienvenida.

—Sí, gracias… —Murmuró mientras se levantaba el bajo del vestido y pasaba dentro. Se había vestido con una sencillez pasmosa para lo que había visto de ella y de sus compañeros. El vestido era verde, con un armazón apenas perceptible, con el talle ceñido y el cuello redondeando, cubierto con una capa de pelo granate. Algunos de aquellos mechones acariciaban sus mejillas, y se fundían con el sonrojo que ella portaba. Era muy elegante, digna hija de un noble. No entendía  que cupiera en aquella dama tan sutil y distinguida una fanática directora de un teatro de monstruos snobs e infantiles.

Se quedó allí en la entrada, mirando las escaleras que subían hasta el piso superior. Miró los mosaicos de figuras geométricas que bañaban los suelos y las variadas reliquias que salpicaban el corredor. Una ánfora griega, un busto romano. Un animalillo de bronce mozárabe. Pero en aquella oscuridad, no era un palacio lleno de tesoros, sino una tumba faraónica abandonada en el tiempo. No pudo ocultarme sus pensamientos y tampoco lo intentó. Cuando cerré la puerta y me dirigió una mirada, pude verlo reflejado en su expresión, en cada uno de sus ángulos faciales.

—Un Palazzo tan hermoso, y sin invitados ni personal. Sin fiestas ni banquetes. Qué desperdicio de espacio.

—Todas las maravillas de este Palazzo no pueden compararse contigo. Desde que vivo aquí, eres lo mejor que han acogido estas paredes. –Señalé las escaleras ante su profundo pasmo y le indiqué que subiésemos a las habitaciones superiores—. Tengo el fuego escondido en mi estudio. Vayamos allí, es lo más acogedor de este lugar. El resto no son más que pasadizos fríos y silenciosos.

Ella no se mi movió un solo milímetro.

—Aunque si prefieres que paseemos por los corredores y te muestre las habitaciones del Palazzo, estaré encantado de hacer de anfitrión.

—No te pega el papel de señor de un Palazzo. —Al decir aquello, con claro tono de crítica, yo no pude evitar sonreír.

—No, tienes razón. No estoy hecho para esta vida. Supongo que he intentado engañarme. –Miré alrededor—. Creí que tal vez me lo merecía. Que dada mi edad, mi experiencia y todas mis vivencias me merecía el derecho a poseer algo mío, algo de gran valor. Pero supongo que nunca he dejado de ser un muchacho pobre de las montañas de Borgoña. Si acaso con ínfulas de erudito o de marqués…

—Bueno, el Palazzo es tuyo. ¿No? En herencia. Supongo que no pueden quitarte ese derecho. –Ella acabó por seguir mis pasos escaleras arriba, satisfaciendo su curiosidad con cada pequeño detalle que encontraba por el camino. El mármol del pasamanos, los labrados marcos de madera de los lienzos…

—Lo que encontré era un esqueleto de mármol medieval en ruinas. Eso es lo que aún veo cuando paseo por los pasillos, y eso es lo que debía haber conservado. Creo que tenía más valor antes. Y si te soy sincero, creo que encajaba más con mi carácter.

—Eres como una gota de agua. –Dijo ella, haciéndome sonreír—. Claro como una gota de agua. ¿No te guardas un solo pensamiento para ti mismo?

—Me guardo muchos. –Murmuré—. Pero supongo que no estás acostumbrada a que se hable con claridad.

—¿Lo dices por Eriksen?

Llegamos a la planta de arriba y me hice con un pequeño candelabro que había encima de una consola. Las velas se encendieron nada más levantarlo de la superficie de madera y ella las miró con sorpresa. La conduje por un corredor oscuro y en tinieblas. La niebla entraba por las balaustradas.

—Sí, supongo que lo digo por él.

—Podrías decirlo por cualquiera de nosotros.

—Vivir en comunidad es lo que tiene, uno acaba aprendiendo a reprimir sus sentimientos para evitar ser pasto de la turba. El pensamiento colmena se alimenta de uno hasta que se acaba por perder toda identidad y eso solo conduce a la alienación del individuo.

Ella no dijo nada pero yo me volví hacia su figura en aquella oscuridad bañada por la niebla del canal.

—Tu comunidad vampírica tiene los días contados. Sois más animales que individuos y cuando estás con ellos, no eres mejor que los demás. Aquí, ahora, puedo verte como realmente eres.

—¿Y cómo soy?

Temió mi respuesta.

—Clara, como una gota de agua…

Llegamos al estudio y sus ojos brillaron con la calidez que desprendía. La chimenea y los candelabros estaban encendidos. La luz de estos se reflejaba en los mapas y los dibujos que había colgados en las paredes. En la madera de las estanterías y en los lomos de los libros. Se acercó despreocupadamente a observar cada pequeño detalle. Se detuvo en una lámina anatómica de las que conseguimos en Amberes. Después en un mapa de la península ibérica. Había una pequeña ilustración en acuarela de un conejito y un grabado de carácter erótico que había conseguido allí en Venecia y estaban muy de moda.

—Lo de marqués sí que te viene grande, pero yo no diría que no seas un erudito. Solo alguien así puede encontrarle el valor a estas cosas. –Señaló con la mirada un pequeño estuche con material médico que tenía expuesto en una mesita, regalo del rector de la universidad de Montpellier—. A no ser que sea más afán de coleccionismo que gusto por estas cosas...

—Nunca he llegado a usarlos, pero ejercí como médico una temporada. –Suspiré, apoyándome en el escritorio y cruzándome de brazos—. No puedo evitar que me interesen esas cosas. Igual que la historia y el arte. Aunque puede que para este último tenga el gusto anticuado. Me parecen mucho más hermosos los retratos bizantinos y flamencos medievales que las fantasías tan recargadas que se llevan ahora.

—No me negarás que el realismo y la perspectiva han mejorado considerablemente.

—Pero se ha perdido la presencia de los personajes.

Ella sonrió. Recorrió la estancia con la mirada y con un gesto me pidió permiso para deshacerse de la capa de pelo y la dejó sobre el diván, cerca de la chimenea.

—Estás en tu casa. –Dije, mientras la seguía con la mirada. Recorrió la estancia en un paseo sinuoso y pensativo. Miró con detenimiento cada tomo, cada papel. De vez en cuando me lanzaba escuetas miradas para observar si estaba conforme con aquel despliegue de curiosidad. Yo sonreí.

—¿Has leído todos estos libros?

—He tenido tiempo para leerlos todos y muchos más.

—Lo imagino. ¿Tu familia era pobre?

—Éramos cazadores. No teníamos mucho dinero, lo justo para mantenernos con vida.

—Eso es muy triste…

—¿Por qué? –Supuse que ella jamás se habría podido imaginar una vida parecida—. La mayoría del mundo vive así.

—Eso no lo hace menos triste. –Alzó el mentón—. Por suerte yo no he tenido que malvivir.

—Otras dificultades habrás tenido. –Torcí el gesto—. Puedo imaginármelo. No hace falta que me lo digas. ¿Hija de un marqués, dijiste? Supongo que hija única. Tu padre intentó buscar un buen pretendiente que no dilapidase su herencia y te obligó a casarte con un vejestorio. Por suerte Eriksen te encontró a tiempo y su oferta te pareció mucho más liberadora. Te convirtió, mataste a tus padres, y tú solita heredaste toda la fortuna. Ya no tienes que casarte. Ni preocuparte por la descendencia. Serás eternamente la marquesa de **.

Ella alzó una ceja mientras apartaba el rostro, pareció ofendida.

—No era un vejestorio, pero era igualmente desagradable. Tanto a la vista como a los demás sentidos.

Eso me hizo reír y aquello al ofendió aún más.

—Pero no maté a mis padres. Ellos… al ver en lo que me había convertido… —Rodó los ojos—. Creyeron que su hija que ahora la poseía el diablo, era una maldición para ellos, un castigo divino. Y remediaron su situación con un pecado aún más grave, el suicidio.

—¿Qué explicación diste a las autoridades?

—Se los encontró una sirvienta, y habían sido tan amables como para dejar una carta de despedida. No tuve que dar ninguna explicación. Además, Eriksen era conocido del gobernador e intermedió por mí. Me tomó bajo su protección y se casó conmigo. –Rodó los ojos—. Cosas de papeleo, para acallar rumores…

—¿Cuánto hace de eso? ¿Diez? ¿Veinte años?

—Treinta. Ahora tengo unos cincuenta y pocos… —Lo dijo algo avergonzada. Me miró y pareció leer mi mente cuando dijo—: Ya apenas hago acto de presencia en público. Paso la mayor parte de mi tiempo en el Palazzo de Treviso y apenas piso mis propiedades por miedo a que mis sirvientes me reconozcan y comiencen a sospechar… ya sabes. –Me señaló con el mentón—. Tú sabes bien de lo que hablo.

—Te comprendo. Supongo que no te queda mucho tiempo aquí en Venecia. ¿Y a Eriksen? Seguro que dentro de poco os tenéis que marchar.

—No creo que quiera hacerlo. Le gusta mucho este Palazzo y está cansado de viajar. Creo que su idea es quedarse aquí todo el tiempo que le permitan, incluso si llega a convertirse en una especie de personaje mitológico. De esos que todo el pueblo teme y el temor se hereda de generación en generación. Cada nueva estirpe le conocerá tal como la anterior.

—Oh, no. No. De eso nada. –Reí—. Esos no son sus deseos. Sino los tuyos.

Alzó el mentón como si le hubiesen pellizcado y yo sonreí con una mueca de cordialidad.

—No intentes ocultarme nada. Eriksen no puede leer tu mente porque es tu creador, y entre vosotros sois hermanos de sangre. Pero yo no soy nada tuyo y para mí, tú si eres transparente.

Algo dolida miró la capa de pelo que había dejado en el sofá y dudó en si quedarse o marcharse, ofendida. Se sintió, por un momento, como atrapada en una gran trampa, pero yo negué con el rostro.

—Por favor, no pienses que tengo nada en tu contra. Siéntate al fuego. No puedo ofrecerte vino o comida, pero si lo deseas puedo…

—Tampoco te sienta bien el papel de anfitrión. Incluso si es en un pequeño despacho como este. –Pero diciendo esto se dejó caer el sofá frete al fuego y lo miró sintiendo como coloreaba sus mejillas.

—Me acostumbré a pasar desapercibido, y dejar que fueran otros los que tomasen la palabra. Así ha sido siempre. –Suspiré y me senté en el reposabrazos—. Pero ahora estoy solo y me toca ejercer de anfitrión, aunque no me guste.

—Creo que por eso le gustas tanto a Eriksen, porque os complementáis muy bien. Él es el centro de atención y tú la mente pensante. ¡La mente! Lo que le falta a veces…

—Tiene carácter.

—Tiene genio, pero le tiembla la mano cuando se trata de autoridad.

—¿Lo dices por Sebastián? –Pregunté. Ella apretó los labios.

—Y por ti también. No puede ser el líder de un culto si va a saltarse sus propias normas a placer. Por capricho personal…

—Supongo que justamente porque es el líder puede hacer lo que le venga en gana…

—Ni si quiera los reyes o emperadores hacen siempre lo que quieren.

Aquello pudo haber sonado como un dicho o un consejo de un hombre sabio, pero pude intuir en su tono un verdadero vestigio de amenaza y coraje, que precedido de un frío silencio, se volvió autoridad.

—Todos los reyes tienen consejeros, y verdugos.

Ella intuyó la duda en mis palabras y se volvió a mí con gesto constreñido.

—Somos una comunidad, y lo quiera o no, yo soy su compañera. Y las decisiones que tome, son responsabilidad de todos.

—El día que me conociste parecías asustada. Pero no de mí, sino de lo que mi presencia podría suponer para tu comunidad.

—Supuse que romperías los esquemas.

—Ya no hace falta que te muestres asustada. No me trago el cuento. –Suspiré, y sonreí en su dirección con una mueca cómplice—. Eres Lady Macbeth en tu particular obra de teatro.

 —El papel de Malcom, hijo del rey que viene a por su venganza, te queda grande, muchacho. –Ella se levantó, precipitadamente y con gesto agresivo.

—No, tienes razón. Macbeth habría tenido el valor de cobrarse la vida de mi maestro, pero fuiste tú. Tú lo mataste. ¿No es cierto?

—Yo ordené hacerlo, sí, cuando él dudó.

—¿Cómo murió?

—Lo consumió el sol. Esparcimos sus cenizas con un ritual apropiado para un vampiro de su edad y valor.

—Un vampiro de su edad y de su valor merecía otro tipo de trato. –Dije, apretando los dientes, intentado contener el vuelco que había dado mi estómago. Podía imaginarme el terrible dolor que había sentido, y sin embrago gritaba internamente para deshacerme de esos pensamientos, que regresaban a mí como alfileres que se me clavaban en la piel.

—Un vampiro de su edad debía haber sabido que hay cosas que no se pueden tolerar. Es imprescindible por el bien de la convivencia de los de nuestra especie…

—De verdad te has creído los dogmas, ¿no es cierto?

—Toda vida se fundamenta por unas leyes exactas y precisas. Incluso las hormigas o las aves tienen sus propios medios de mantener el orden y el equilibrio. El lobo que no puede seguir el ritmo se abandona al camino, y el simio díscolo es asesinado por el grupo. 

—Justificar la muerte de un semejante usando la ciencia es moralmente reprochable. Y cínico.

—¿Cómo justificáis vosotros la muere de dos vampiros en Toledo, si no es por salvaguardar vuestra propia supervivencia? ¿Eso no es ciencia? ¿No es naturaleza?

—Llegar al límite no es lo mismo que ejercer la justicia ciegamente.

—Pero…

—¡Nada justifica su muerte! La muerte de un buen hombre. Vivió toda su vida deseando ser mejor, ser un buen ser, fuera lo que fuera… —Apreté los puños y tragué en seco. Ella parecía menos aterrorizada de mí entonces que el día en que me encontró en San Marcos.

—¿Por qué lo abandonaste, si lo apreciabas tanto? –Me preguntó, más cautivada por mi arrojo que por mis palabras.

Estuve a punto de que se me saltaran las lágrimas.

—Yo qué sé. –Suspiré—. Pero no hay nada de lo que me arrepienta más.

—Os hubiéramos encontrado igual...

—Entonces no habría muerto solo. Le habría dado mis brazos para que se cobijase del sol el tiempo suficiente como para dejarme marchar primero.





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