EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 64
CAPÍTULO 64 – Memento Mori
Regresé a Venecia cuando ya era Septiembre. El Palazzo estaba tal como lo había dejado y recorrí aquellos pasillos lleno de angustia y temor. Nunca me habían parecido tan fríos y carentes de vida. Todas las pinturas, los relojes y las alfombras no eran más que polvo que se había quedado acumulado a mi alrededor. Portando bajo el brazo los últimos pensamientos de Sebastián, me sentía cargado con todo el peso de su persona, como si transportase sus cenizas en una urna funeraria. Llegué al estudio y coloqué la caja en uno de los estantes más vacíos y metí dentro el relicario que había llevado conmigo al cuello. Durante todo el trayecto me había prometido que lo leería nada más llegar, todo de corrido. Pero cuando me encontré en casa ya no deseaba hacerlo. Estaba embebido en mi propia pena y leer aquellos diarios sería como retorcer el puñal clavado sobre mi pecho. Pasaría algún tiempo hasta que recurriese a sus palabras a modo de consuelo.
✵
Encontré a Eriksen sentado frente a la chimenea de su gabinete. Todo estaba a oscuras, el Palazzo estaba en silencio. Apenas media docena de vampiros pululaban por allí. María estaba siendo entretenida por todos de sus compañeros en otra sala y la noche estaba ya muy avanzada. Todos habían bebido, estaban somnolientos y jugaban a un entretenido juego de cartas. Eriksen por el contrario se había recluido en sus estancias más privadas y miraba al fuego con la mente hundida en sus pensamientos. Se volvió en mi dirección cuando saltaba el marco de la ventana para colarme dentro. Alcé la mirada y él se volvió sobre el sofá asustado, y al reconocerme, entusiasmado. Salté al interior y vino hasta mí para estrecharme en un abrazo. Me sorprendió hasta el punto en que no pude evitar quedarme rígido unos segundos. Pero su contacto y el calor de su cuerpo fueron mucho más reconfortante de lo que hubiera esperado. Le devolví el gesto apoyando mi mejilla sobre su clavícula y pasando mi mano a través de su espalda.
—¡Has vuelto! –Dijo, casi sin poder creérselo.
—Te dije que lo haría. Te di mi palabra. ¿No es cierto? –Cuando nos separamos le miré con cierta inquina. ¿Acaso no me había creído?—. ¿Ya me habías dado por perdido?
—Debes ser más idiota de lo que imaginaba, de estar en tu pellejo yo no habría regresado. –Me sonrió y yo le sonreí—. Vamos, ven al fuego. Y cuéntame qué ha ocurrido. ¿La encontraste? Imagino que sí…
—Estaba en Versalles, es cierto. Es la amante de un marqués. Muy propio de ella.
—A mi no me pareció una oportunista. –Dijo encogiéndose de hombros, con toda naturalidad, como si la vida de aquella mujer no hubiera estado en sus manos—. Espera… ¿Tú la conocías ya?
—Sí. La conocimos mi maestro y yo en Montpellier. Era la esposa del gobernador. Debió convertirla cuando yo me marché.
Me dejé caer en el diván, pero él no se sentó. Se quedó apoyado del marco de la chimenea, mirándome con ojos soñadores y expectantes.
—¿En qué pensabas cuando he aparecido?
—¿Qué importan mis pensamientos? No intentes disuadirme de tu historia. ¿Qué te digo? ¿Te contó como los encontramos?
—No ha querido darme muchos detalles. Se siente culpable por lo ocurrido. Volvieron a Francia por capricho de ella.
—Ah… —Dijo, en tono pensativo—. ¿A tu maestro no le gustaba Francia?
—A mi maestro le gustaba cualquier lugar que tuviera buena gente, trabajo que cumplir y sitios de interés que visitar.
—¿Por qué crees que la convirtió? ¿Precisamente a ella?
—Porque no soportaba estar solo. Simplemente eso. Por eso me aguantó a mí durante más de un siglo, con todos mis defectos.
—¿Le gustaba ese rol de iniciado?
—Le gustaba ser paternal, amantísimo, le gustaba ser el pater familias de una reducida comunidad de malditos. Simplemente eso. O puede que fuera algo mucho más mundano y es que para sus labores de médico necesitaba ayudantes. Y nadie podría ofrecerle mejor ayuda que un semejante.
—Qué pena. Que vida más triste. Con los placeres que puede darte una vida eterna y la malgastaba en labores manuales. Igual que haces tú.
—Ya conozco tu opinión al respecto.
—Tú sin embrago no necesitas ayudantes…
—No. Yo no soy médico aunque podría ejercer. Me he limitado a labores de boticario más como un pasatiempo que como un verdadero compromiso con la humanidad. Si mi maestro hubiera sido carpintero, puede que me entretuviese con pequeñas tallas, y si hubiera sido astrologo, tal vez contando estrellas…
—¿Y por qué no te buscas otro pasatiempo? Supongo que es una manera de conectar con el recuerdo…
—¿Cómo era tu maestro?
—¿Qué te dijo ella de mí? ¿De nosotros? –Ignoró mi pregunta y me lanzó una mirada de advertencia. Estaba poniéndome líneas rojas pero yo no tenía el derecho a poner límites para él.
—Dijo que estaba loco por volver aquí. Y que me anduviese con ojo. Que después de lo que le ocurrió a Sebastián, yo tenía aún más papeletas para ser vuestro sacrificio ritual del sabbat.
Se rió y soltó una carcajada muy espontanea.
—¿Eso dijo?
—No, lo he adornado con mi propia jerga.
—Supongo que quedó escarmentada. ¿Qué te dijo de mí?
—No me dijo nada. Que eras peligroso, que me anduviese con ojo. Nada más. No le he dado demasiado tiempo para que me hablase. No tenía nada interesante que decir y como ya la conocía, no tenía interés por indagar más en ello.
—Pareces decepcionado.
—Lo estoy, reconozco que no imaginaba que su capricho por esa mujer hubiese llegado al extremo de convertirla. ¿No había nadie mejor? –Me pasé la mano por los ojos, negando mientras chasqueaba la lengua—. Que decepcionante. Y pensar que Nikolás salió tan bien y esta mujer parece medio humana…
—No te lamentes. No todos somos iguales dentro de nuestra condición. –Dio un respingo—. Tengo que devolverte esto. –Se fue hasta una de las mesas, medio ocultas por la oscuridad del cuarto y rescató el cuadernillo que yo le había dado semanas antes. Me lo dio con cuidado pero después hizo un mohín con los labios, arrugando la nariz—. No me ha esclarecido nada.
—Es una pena, lo lamento. –Ojeé el interior. Estaba tal como lo recordaba.
—No lo lamentes. Supongo que cada hombre tiene su libro sagrado. Tú tienes tus estudios de medicina y yo tengo mi mitología. Espero que podamos coexistir.
—La fe y la ciencia no están reñidos. No en mi humilde opinión. Cada uno busca un medio de entender el entorno.
—Pero esos estudios parecen tan claros… —Musitó—. Que no dejan espacio a la fe. No dejan espacio a la mitología. Parece escribir verdades categóricas.
—Bueno, que nos quemamos bajo el sol es una verdad indiscutible. Puedes intentar desmentirlo… —Ambos nos reímos. El se sentó en el sofá a mi lado y miró de nuevo el fuego con algo de melancolía.
—Dado que no puedes decirme de dónde venimos... ¿Puedes decirme a dónde vamos?
—¿A dónde vamos? –Pregunté. Era algo en lo que yo nunca había pensado.
—Los humanos viven con la certeza de que morirán y viven toda su vida rodeados de esa idea. Yo nací en medio de esa vorágine barroca del memento mori. ¡Mira a tu alrededor! Las vanitas, el tempus fugit, carpe diem. Todo alegorías de esa espesa nueve de realidad que nos condena a la muerte.
Tenía razón, todas las pinturas, las esculturas que nos rodeaban. Eran bodegones, calaveras, ángeles sosteniendo curiosos relojes de arena. Los pétalos marchitos, la fruta podrida. Pero nosotros no. nosotros seriamos imperecederos.
—¿Qué hay de eso para nosotros? Lo hemos superado. No hay Memento mori para nosotros, compañero. Somos ángeles, criaturas mitológicas que viven eternamente y no se rigen ni por el tiempo ni por la enfermedad. –Se puso las manos sobre el pecho—. Si esto es alguna clase de peste, bendita sea. Nos conserva tan bien como si fuésemos de mármol.
Yo miré alrededor. Un ángel me miraba directamente mientras su mano se extendía a lo largo de una mesa de viandas pasadas, de calaveras de ojos profundos. La caza muerta, las liebres colgando, destripadas…
—Pero… ¿qué hay después?
—¿Hablas del cielo y el infierno? –Pregunté—. ¿Qué es de nuestra alma cuando morimos?
—No, muchacho. Hablo de nuestra eternidad. Si no morimos, si nunca nos toca el sol o el fuego… ¿Qué? ¿Qué se espera de nosotros en este mundo? ¿Acaso no tenemos un periodo de caducidad? Los he visto que se arrojan al fuego, incapaces de soportar el paso del tiempo, pero yo ya he superado esa edad en la que algunos de mis compañeros se han suicidado. Los que llegan a los doscientos años parecen haber adoptado una filosofía de vida que les mantiene a flote, lejos de la locura. Pero incluso entonces no pueden evitar hacerse esta clase de preguntas. ¿Y tú? ¿Cómo has vivido tantos años? ¿Y tu maestro? Ha sido el vampiro más anciano que he conocido y parecía mucho más cuerdo que la mayoría de los que estamos aquí. ¿Por qué? Qué le mantenía a él con cordura y al resto no. ¿Y tú? –Me apretó el brazo con su mano, como medio de palpar mi carne—. Pareces recién convertido. ¿Estaré yo así a los trescientos años? ¿Y a los quinientos? ¿Habrá vampiros de mil años? Si es así… ¿Siguen siendo igual que cuando fueron creados? ¿Y si llega un punto en que también para nosotros el tiempo comienza una cuenta atrás? Puedo imaginarlo, nuestra piel convirtiéndose en polvo, nuestra mente abotargada.
—¿Qué opinaba tu creador de todo esto?
Aquello lo hizo levantarse como por un resorte y se paseó por la estancia unos segundos.
—¡Mi maestro! Mi maestro no opinaba nada. No tenía opinión. Jamás me atrevería a preguntarle semejantes cosas. Para él éramos inmortales, criaturas del diablo que solo podían ajustar cuentas con Dios frente al sol y al fuego. Quienes se quitaban la vida, eran débiles indignos de los dones de la oscuridad. Y quienes sobrevivíamos, debíamos representar un papel como dignos hijos de Satanás. Sus dogmas, y sus creencias, eran los lemas de nuestra especie. Nada más.
—¿Dónde está ahora, tu maestro?
Entonces le vi fruncir el ceño con una expresión casi de disgusto. Pero se borró al instante. Alzo el mentón, su perfil se recortó por la luz del fuego y sonrió al decir:
—Yo lo maté. Me creó para eso. Y cuando llegó el momento, lo sustituí como líder de este aquelarre.
—Supongo que ese es el final que te espera a ti también. ¿No? –Pregunté, intentando hacerle entrar en razón—. ¿O acaso no pretendes continuar con la tradición de tu maestro?
—Yo no soy mi creador. –Dijo, despectivamente—. Su final no tiene por qué ser igual que el mío.
—¿Y tus seguidores? ¿No esperarán que hagas lo propio?
—Nadie queda ya de esa época. –Con un suspiro volvió a la chimenea y me lanzó una mirada apenada—. Nadie ha quedado de entonces. Solo yo.
✵
Los siguientes meses pasé mucho tiempo con él. No solo iba a visitarle a su Palazzo, también él se presentaba en mi hogar y me rebuscaba por las estancias, con la complicidad de que yo escuchaba sus pasos ir y venir, hasta que daba conmigo y me acompañaba como un viejo amigo que venía de visita. Él estaría acostumbrado a ese tipo de actividades. Me imaginaba que no era la única persona en su agenda a la que solía complacer con su compañía. Entre los nobles era lo habitual, con tantos tratos de favor y tanta dependencia social… Yo inclusive tenía por costumbre hacerlo, hasta que supe sobre la muerte de Sebastián. Desde entonces me había recluido en mi Palazzo y apenas concedía cenas o permitía visitas. Todas aquellas mascaradas me resultaban horribles y ficticias. Como un mal sueño del que deseaba despertar cuanto antes.
Durante horas me imbuía en mi silencio, rodeado de mi soledad, en medio de la oscuridad que resultaba tan agradable. Contemplando en silencio todo el entorno que me rodeaba, obnubilado por mis propios pensamientos. Aterido de frío en las noches más frescas y abriendo las ventanas para que entrase la brisa veraniega los días de verano.
Eriksen solía presentarse pasadas las dos de la mañana, cuando ya se había alimentado, cuando había satisfecho todas sus necesidades de líder de una comunidad de vampiros y hallaba el momento para escabullirse. Una noche de aquellas, en las que se había acomodado en un rincón de mi estudio mientras yo garabateaba unas letras, me surgió una curiosidad.
—¿Tus compañeros saben que vienes aquí?
Estaba distraído. Tenía en sus manos una pequeña esfera planetaria y la hacia girar sobre la palma de su mano contemplando las pequeñas criaturas mitológicas que aparecían en sus aguas profundas.
—¿Qué quieres decir?
—¿Saben que me visitas? ¿Saben que yo voy a verte de vez en cuando…?
—¿Preguntas si les parece mal que te cueles en el Palazzo? Pues la verdad es que María sigue resentida por lo de aquella vez pero…
—No te he preguntado eso. –Dije, en un tono divertido—. Siempre esquivas mis preguntas. Quiero saber si a ellos les parece bien que vengas aquí. Que pases tiempo conmigo. –Me volví hacia él, con la pluma en una mano y la otra apoyada en el reposabrazos de la silla—. Eso es lo que quiero saber. Nada más.
—Sí. –Murmuró como si no fuese de tanta importancia—. Saben que vengo aquí. No son idiotas, y a pesar de que yo sea su líder, no puedo evitar que tengan un criterio propio. Lo saben. Si les parece bien o mal, ya no lo sé. Pero tampoco me importa demasiado...
—Como líder, imagino que harás lo que te venga en gana…
Él no dijo nada. Ignoró mis palabras y fingió no escucharme. Encajó la pequeña esfera planetaria en su estructura metálica y la dio vueltas mientras la miraba detenidamente.
—¿Has estado en el nuevo mundo? –Preguntó, curioso.
—No. Me han sugerido ir, pero no me llama la curiosidad. Debe ser un mundo igual que este. Con el mismo tipo de personas, con las mismas malas conciencias, con los mismos pecadores…
—¿Te da miedo el mar?
—No. He viajado mucho en barco. Pero reconozco que no es lo más placentero del mundo. Aunque es mejor que ir en coche…
—¿Conoces los países escandinavos? De donde yo soy…
—No. No he viajado tan al norte.
—Me gusta mucho más el Mediterráneo. –Dijo, pensativo—. Aquel lugar donde yo nací son tierras frías, sin mucha posibilidad de subsistencia. Los veranos son tristes, pero los inviernos son terriblemente aterradores. Por eso los vikingos iban en busca de tierras mejores, más fértiles y agradables para la vida. Dios sabe que quien sobrevive en esos lugares está hecho de otra pasta.
De perfil, vuelto hacia la nada, con el cabello cayéndole sobre el hombro, liso, como una cascada plateada, podía parecer incluso angelical. Con esa expresión perpetua de duda y confusión. De curiosidad desmedida.
—Yo si conocí Borgoña.
—Hace mucho tiempo que no visito mi tierra natal. –Dije, encogiéndome de hombros.
—No tiene nada de especial. –Se encogió de hombros—. No tiene el encanto que tienen algunas otras ciudades como París, Venecia o Roma…
Fruncí los labios pero él no vio ese gesto. Sin embrago se dejó caer en el sofá y el hilo de sus pensamiento se retrotrajo hasta unos minutos antes. Parecía que había estado rumiando una respuesta mejor para mis preguntas.
—No, no les parece bien que venga a verte. Sin embargo no me dicen nada al respecto.
—Creen que si deberías pasar tanto tiempo conmigo, por lo menos yo debería involúcrame con todos vosotros, en las ceremonias, en los banquetes…
—Sí, eso es. Pero incluso entonces tampoco estarían satisfechos. Ese papel de invitado perpetuo tampoco es cómodo para ellos. Después querrán que te unas a nosotros como uno más y después querrán que participes en los sacrificios y que encuentres un lugar entre nuestra peculiar jerarquía.
—Pero tú no quieres eso. –Aventuré mientras él me buscaba con su mirada, encontrándome a través del rabillo de sus ojos.
—No, la verdad es que no quiero obligarte a participar de nuestras ceremonias…
—Por lo que pude apreciar el día que nos conocimos, parecías convencido de que si no encontraba mi sitio entre vosotros, no tenía derecho a seguir con vida…
Se volvió a mí como si le hubiese pinchado y después se sorprendió al verme sonriendo con dulzura.
—Las cosas han cambiado. ¿Vale?
—¿En qué? –Como no me respondió me levanté, dejando la pluma en el escritorio y me senté a su lado, cruzándome de piernas y apoyando mi brazo en el respaldo del sofá. Le miré intensamente, directamente, hasta hacerlo sentir intimidado y avergonzado. Mi cercanía o mi mirada le hicieron levantarse y huir de mí, como si fuera un apestado. Rodeó la habitación y fingió distraerse con los lomos de los libros de una estantería cualquiera.
—Las cosas cambian, no hay que pensar demasiado en eso. ¿O acaso en tus trescientos años no te has dado cuenta? ¿Hum?
—Claro que me he dado cuenta. Me preocupa que algunos de tus compañeros se tomen la libertad de venir aquí, igual que haces tú, solo por imitarte…
—¡Ellos no harían eso!
—No estés tan seguro. Cuando los súbditos ven titubear a su líder suelen zambullirse por entero en los mismos pecados que él.
—No vendrán aquí. –Aseguró, tajante y queriendo dar por finalizada la conversación.
—Bien, te creo. Pero si consideras que es un riesgo que yo me presenté en Treviso…
—No lo es tampoco. En absoluto. En mi Palazzo mando yo, y soy el único que tendría que ponerte freno. Punto. –Hizo un gesto con su mano cortando el aire, para no seguir hablando de ello. Cogió una figurilla de un busto masculino y lo observó unos segundos. Rascó con la uña algo en su superficie. Estaba perdiendo el tiempo, fingiendo pasar el rato solo por estar aquí, conmigo, teniéndome a su lado, hablando, pero sin conseguir ralamente llegar a ninguna parte. Solo porque me había considerado su igual y nadie en su corte de vampiros podría ponerse a su nivel.
—Si alguno de ellos te importunase, siempre podrías decírmelo. ¿Vale?
—¿Para ponerlos en su lugar? Estarían en su derecho de tomarla conmigo. Además, sé defenderme solito. –Me puse en pie y volví al escritorio. Él me siguió con la mirada.
—Ya lo hicieron con tu maestro, me lo arrebataron a mí también. –Me quedé estático unos segundos, escuchando con atención—. Era un hombre muy inteligente y culto. Sus ideas eran novedosas a pesar de tener varios siglos a sus espaldas. Quería que formase parte de nosotros, claro que sí. Pero había cometido terribles acciones contra sus semejantes y se enfrentó a mis hermanos. Estos no lo perdonaron. Yo quería dejarlo con vida, aunque no me creas. Estás en tu derecho de no creerme. Pero te prometo que intenté mediar entre ellos. Pero mi voz no es omnipotente. Me encorsetaron bajo mis propias normas y me obligaron a ceder ante su insistencia. –Lo oí desplomarse sobre el sofá—. Hecha la ley, hecha la trama. Cuantas más leyes se pone una sociedad, menos civilizada es. ¿No es eso lo que se dice?
Tragué en seco y hundí la pluma en el tintero.
—Incluso con sus pecados y su estilo de vida, era el más civilizado de todos nosotros. Y eso es imperdonable para monstruos como nosotros. Un diablo que quiere creerse un ángel. No tenía derecho a fingir ser mejor de lo que su naturaleza le impone. Eso le condenó, nada más.
Partí la punta de la pluma contra el papel. La tinta salpicó y formo un reguero bajo la cánula.
—Demonios creyéndose titanes. –Murmuré—. Jueces, ángeles justicieros. ¿Quiénes sois vosotros para impartir justicia? ¿Los reyes de una especie? ¿Emperadores de un mundo? Apenas acabáis de nacer… Dios santo.
Me volví hacia él y me miró con ojos atentos.
—Ahora no me vengas con disculpas vagas. No me sirven de nada. Lo que habéis hecho es un crimen. Un crimen contra vuestra propia natura. –Iba a decir algo pero lo detuve con un gesto de la mano—. No me importa el método que usaran o la excusa con la que vayas a exculparlos. Lo matasteis, vuestras manos están manchadas de sangre como las de todos. Pero vuestro crimen es mucho más atroz que el del resto. Matasteis a quien pudiera haber sido vuestro padre, o vuestro creador. Y no os parasteis a pensar en eso…
Se puso en pie, y se alisó el chaleco a la altura del pecho, y después del vientre. Había dado por finalizado aquel intercambio de ideas. Su rostro mostraba todo el enfado contenido y la rabia por haber arruinado mi humor, y por ende el suyo.
—He aprendido de mis errores. –Dijo, a modo de despedida—. Y no dejaré que te pase lo mismo a ti. Aunque espero que tú no seas tan inconsciente como tu maestro, o no podré hacer nada por salvarte.
Con aquella amenaza se marchó y yo me quedé allí, rabioso y lleno de espanto. Apretando con fuerza la pluma hasta que se partió entre mis dedos.
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