EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 63

 CAPÍTULO 63 – En la corte de Luis XVI


La noche siguiente recibí la visita de Eriksen, bien pasadas las cinco de la madrugada. Me encontró en el laboratorio, calentando al fuego un poco de manteca para hacer ungüentos. Sentí su presencia colándose a través de la puerta principal. Era un vampiro, pero tenía un recto código de actuación. Nunca entraría por una ventana, como tenía yo por costumbre. Sentí sus pasos atravesar el pasillo y bajar por las escaleras hasta la parte inferior, donde había establecido mi laboratorio. La chimenea iluminaba tenuemente la estancia, para mí era suficiente, y cuando estuvo al otro lado de la puerta, me erguí y le esperé al lado del fuego.

La puerta se abrió y él se asomó dentro buscándome en el interior. Sujetó con su mano el pomo de bronce. No parecía tener intención de permanecer mucho tiempo por la postura que adoptó con su cuerpo. Me miró en la distancia pero después dirigió su atención hacia los estantes que amueblan la habitación. Los botecitos, el olor a flores secas. A romero y tomillo que había puesto a secar. En la manteca había vertido un bol entero de lavanda y empezaba a emanar su aroma por todas partes. Él arrugó la nariz como si todo aquello no fuera con él y se limitó a alzar el mentón, llamando mi atención.

—¿Aquí es donde pasas los días? ¿Entre flores secas y vapores grasientos?

—Cuando tengas mi edad verás como los pasatiempos más mundanos resultan los más llevaderos.

Bufó como única respuesta. Miró de nuevo en derredor y sujetó con más fuerza el pomo, advirtiéndome de que se marchaba de inmediato.

—Está en Versalles. –Dijo, en un tono que más parecía una advertencia que una sugerencia—. Forma parte de la corte de Luis XVI.

Me volví por completo hacia él y eso pareció espantarle lo suficiente como para hacer el amago de cerrar la puerta y marchare, pero se detuvo, al recordar algo. Una advertencia:

—Ve a buscarla si quieres, pero lo que tengas que resolver, resuélvelo allí. No quiero que la traigas a Venecia. Hemos perdonado su vida en una ocasión, pero no habrá una segunda vez.

—Yo…

—Y lo mismo te digo a ti. –Me señaló con el dedo. Tenía un precioso aniño de plata con una gema verde en él—. Más te vale regresar a Venecia, sino, sabré donde encontrarte. ¿Entendido?

—¡Espera! –Le detuve antes de que pudiera cerrar la puerta y nos encontramos en el umbral, yo impidiendo que se marchase y él a punto de soltar el pomo para subir escaleras arriba—. ¿Cómo voy a reconocerla? En Versalles habrá más de un vampiro…

—Ella conocía tu retrato. –Dijo—. Seguro que ella te encuentra antes a ti que tú a ella.

—Partiré mañana mismo. –Dije, y tomé su brazo, obligándole a volverse y mirarme—. Muchas gracias por la información. Por favor, cuida de mi Palazzo y de todas mis cosas. Estaré fuera el menor tiempo que pueda…

La comisura de su labio se alzó ligeramente. Yo sonreí de vuelta.

—Bien. Te estaré vigilando. No se te ocurra engañarme. –Tiró de su brazo y se soltó de mi agarre, desapareciendo escaleras arriba.

Podría haber alquilado un coche para viajar hasta Versalles y cruzar el continente, pero me pareció mucho más adecuado ir por mi cuenta. No pensaba llevarme nada más que lo esencial. Me puse mi ropa de habitual, algo desfasada en el tiempo pero no pensaba mostrarme demasiado frente a nadie. Un pequeño puñal que me escondí en el jubón y el relicario de Sebastián que oculté debajo de la camisa. Me turbaba dejarlo en el Palazzo. Pero no cargué con nada más. No necesitaba ni una sola cosa más. Algo que aprendí en mis innumerables viajes es que aunque me rodease de todo tipo de elementos, reliquias, y objetos, en el tiempo solo me acompañarían un par de prendas y recuerdos.

Hacía buen tiempo y los caminos no estaban plagados de nieve. Había algún incendio al norte de los Alpes, en la frontera con Francia me encontré con un destacamento que iba a la guerra contra Inglaterra para la independencia de EEUU. En parís las cosas estaban muy revueltas, y solo era cuestión de tiempo que la revolución estallara, y se llevarse consigo las cabezas de la alta nobleza de aquellos que ahora se regodeaban con grandes festejos en Versalles. Después la guillotina se volvería contra sus propios verdugos.  Pero aún quedarían unos cuantos años para todo aquello. Entonces se propagaba el germen de esa revolución. Las calles estaban anegadas de pobreza, de trabadores a los que no les llegaba el suelo para el pan y de pobres mujeres abandonadas a su suerte. Siempre he admirado al pueblo francés porque son capaces de levantarse contra el poder establecido a la primera incomodidad, no como los españoles que tienen que verse con la soga al cuello para darse cuenta de que es hora del cambio.

Todo aquel despliegue de inmundicia e inhumanidad contrastaba enormemente con otro tipo muy diferente de inmundicia e inhumanidad que abarcaba el palacio de Versalles. Esperaba encontrarme a la corte en París pero hacía tiempo que allí no vivía nadie. Toda la clase noble, junto con el rey y la familia real se habían trasladado allí, desde que Luis XIV decidió trasladarse allí con toda su corte. Buena forma de huir de los problemas mundanos. Felipe II lo intentó con el Escorial pero consideró que era una mansión demasiado fría y húmeda para los meses de invierno, y aficionado a la burocracia e imbuido en las guerras, era imposible tomar ese tipo de vida.

Llegué de noche. No me sorprendió la cantidad de trabajadores y nobles que había por todas partes. Ministros, emisarios, cocineras, limpiadores, correos, consejeros, pintores, acomodadores. Había un pequeño país reducido en aquellas paredes tan exuberantes. No fui ingenuo. Era una cantidad inmensa de personal, pero todos se conocían entre ellos y haberme colado sin más habría resultado inútil, aparte de llamativo y problemático. Decidí no dejarme ver la primera noche. Deseaba descansar del largo viaje, bebí la sangre de un joven cazador que me encontré en los alrededores. Me resultó divertido y excitante. Lo encontré volviendo de los parajes reales acompañado de dos perros y un caballo. Había cazado varias perdices que colgaban de una de las correas del caballo y trotaba despreocupado, volviendo por entre los caminos de vuelta antes de que anocheciese. Me encontró observándole, apoyado en un árbol. Cuando me acerqué a él y sujeté las riendas de su caballo, observando su expresión de susto y miedo, no pude evitar reírme por lo cómico de aquella escena. Me pregunté… ¿mi creador me vio igual que yo veo a este joven? ¿Debería acaso convertirlo? Dios tiene un sentido del humor muy amargo. No lo maté. Me dio demasiada pena. Bebí su sangre y lo dejé inconsciente, cubierto con la manta que cubría la silla del caballo, para que no pasase frío por si no despertaba antes del amanecer. Creerá que se cayó del caballo y tuvo una extraña pesadilla. Nada más.

Sin embrago le quité el mosquete Charleville, más elegante que los mosquetes que yo conocí en mi época, el sombrero y la capa. Me cubrí el rostro con la sombra de su ala y caminé por los alrededores del recinto, hasta que me encontré con dos soldados que salían de palacio, en dirección a París.

—Buenas noches, debo preguntarles algo de suma importancia. –Mi francés siempre fue espantoso. Se notaba a la legua que mi acento era más parecido a las lenguas romances como el español o el italiano, pero en una corte como aquella, pocos eran oriundos de Francia.

—Buenas noches, Joven. ¿Qué deseas? El camino al palacio está por allí. –Dijo uno de los solados, señalando el camino por el que venía.

—En verdad deseaba preguntarles… ¿Han estado en palacio?

—Así es…

—Estoy buscando a mi tía, es una mujer que responde al apellido Cornelissen. Alta, esbelta, rubia… —Me di cuenta de que no sabía mucho más de ella y eso iba a dificultar su descripción si me preguntaban sobre ella. Los soldados se miraron entre ellos y con solo una mirada me di cuenta de que no reconocían ni el apellido que les nombré ni la descripción que les hice. Se encogieron de hombros y los dejé marchar. Aquello no iba a ser tan fácil como me creía.

Para cuando amaneció ya le había preguntado a otros dos grupos de personas con las que me encontré, obteniendo siempre la misma respuesta. El joven cazador recuperó su sombrero, su capa y el mosquete. Yo me fui lejos hasta que encontré una chabola abandonada y me quedé allí a pasar las horas diurnas. Debía hallar otro medio de encontrar a esa maldita mujer.

La flauta sonó una semana después. Me había atrevido a entrar en el palacio un par de veces, a altas horas de la mañana, cuando pensé que todo el mundo descansaba y podría pasear e indagar en paz, pero me equivocaba. El palacio nunca dormía. Los escribas estaban toda la noche en los despachos y los cocineros se levantaban a las cuatro de la mañana para encender los fuegos y poner ollas a calentar. Era imposible pasar desapercibido mucho tiempo y yo ya no sabía a quién preguntar. Cada vez se me hacía más complicado hacerme entender y la mayoría de los que abordaba no eran más que sirvientes que nada tenían que ver con la corte.

Una noche de finales de agosto detuve a un secretario que paseaba por el palacio, con cara de cansancio, cargando con una pesada carpeta de cuero llena de papeles. Me miró de arriba abajo con aspecto de extrañeza pero parecía tan abatido que no consiguió formarse una idea demasiado concreta de mí.

—¿Cornelissen? –Preguntó pensativo, y estaba a punto de poner esa misma cara de extrañeza e incredulidad que todos solían mostrar cuando me aventuré a decir…

—Es una mujer que puede parecer exótica. No de físico sino de carácter. Tiene una enfermedad de la piel, y no se puede exponer a la luz del sol. Tiene por tanto hábitos nocturnos. Y también una dieta muy estricta, recomendada por su médico…

Aquello le iluminó la mirada. Me sentí terriblemente reconfortado. Estaba convencido de que había dicho demasiado pero parecía tener a alguien en mente.

—Sí, sí. Creo que sé de quién me habláis. Pero lo de Cornelissen… Debe ser su apellido de soltera. Es la querida del marqués de Guisa. La pasea por todas las fiestas a las que va. –Dijo el secretario con tono de burla.

—¿Dónde puedo encontrarla…?

—Eso ya no sé decírtelo... –Se encogió de hombros. De nuevo el abatimiento—. Pero este 23 se celebra el cumpleaños del rey. Y habrá un gran banquete al que está invitado el marqués. Estoy seguro de que ella vendrá con él. Pero dudo que podáis asistir sin tener una invitación... Por cierto… ¿quién sois?

Para cuando quiso interrogarme yo ya me había marchado y me había fundido con las sombras del pasillo. Ya no me importaba ni como se llamase ni con quien se quisiera acompañar. Vendría a ese baile y yo estaba decidido a encontrarme con ella. Pero como siempre, mi vida estaba llena de malas decisiones.

Llegó la noche. Los majestuosos carruajes se detenían a las puertas del palacio, donde incluso los caballos iban engalanados. Jamás había visto tal derroche de lujos y extravagancia. La ropa estaba tan recargada que parecían esculturas vivientes, y los anchos de las faldas procuraban una imagen tan retorcida de las mujeres que me hubiera gustado prenderles fuego a ver cómo intentaban deshacerse de ellos. Los tocados eran obras de arte que se habían colocado sobre la cabeza como un modo de mostrar lo ridículos que pueden resultar la ignorancia con el terrible sentido de la estética. Barcos, naves disecadas. Plumas grandes como caballos. Las pelucas se retorcían con bucles infinitos. Si este era el delirio que los vampiros de Treviso intentaban emular, estaban a años luz de conseguirlo. Pero el horror del interior era mucho más estrambótico que toda aquella gama de disfraces, con sus lunares falos, con el saturado aire cargado de talco. Nada más entrar me llegó el fétido aroma de los orinales y las escupideras que adornaban las esquinas de las habitaciones. El sudor, la comida que se portaba en bandejas por todas partes. El champan derramado. Los pastelillos que se habían caído al suelo y eran presa de los pisotones de los invitados.

Me colé entre ellos sin apenas ser visto. Me tomaron por un criado o un bufón, pues mi aspecto no era muy diferente. Yo era la sombra de todas aquellas estatuillas de yeso. Intenté usar todos mis sentidos para encontrarla, un vampiro entre toda aquella gente. Era ya de madrugada y no habría podido llegar antes. Y si se demoraba, le llegaría el alba. Debía estar dentro, pero era una criatura tan débil y común que me resultaba imposible dar con ella. Me comenzaron a tragar todos los remordimientos que había tenido retenidos todos los días anteriores. Me pregunté si tal vez no se presentaba. Tal vez esa noche se había ido a cazar. Si era discípula de Sebastián habría aprendido de él que lo mejor era cazar dentro de la corte, rodeado de testigos.

Cansado de dar vueltas y temeroso de que me fuese de allí con las manos vacías detuve a un sirviente por el brazo y le pregunté:

—¿El marqués de Guisa?

—En el gran salón. Hablando con el hermano del rey.

Eso era como no decirme nada. El gran salón era inmenso, estaba lleno de gente y yo no concia el aspecto ni del rey ni de ninguno de sus hermanos. Aún así me apresuré a llegar a las puertas del gran salón. Temía que alguien me viese, y me interrogase. Pero no había otra alternativa. Era incapaz de dar con ella de otro modo. Y por decirlo sin tapujos, rodeados de toda aquella cantidad de personas no se atrevería a montar una escena en caso de que desconfiase de mí.

Llegué a las puertas del gran salón y…. allí la vi. La vi no porque presintiese que era un vampiro, sino porque era el único rostro de todo aquel salón que podía reconocer. Verla era como dar el salto a un sueño. Una luz en medio de la oscuridad. Y esa luz se produjo con una chispa incendiaria. Estaba hermosa, con un increíble recogido empolvado, con el rostro lleno de falso rubor rosáceo. Con los labios pintados y turgentes, brillantes, igual que sus ojos. Estaba radiante, llena de júbilo. Inclinada sobre el hombro de un caballero, poniendo ojos tiernos y haciendo carantoñas. Se desternilló ante la broma que le hizo un invitado y acto seguido alguien colocó una margarita en su escote. Ella soltó un grito virginal y después se rió hasta doblarse sobre la mesa.

Fue entonces cuando me vio. Para ese momento todo mi cuerpo ardía en deseos de desenmascararla. Comprendí, fugazmente, todo aquel aquelarre de Eriksen, el festín, la sangre y el desmembramiento. Los gritos de dolor. La vorágine de violencia y crueldad. Si me la hubieran puesto a ella como víctima ritual, no hubiera podido negarme.

Pero ella vio la ira y el odio en mi mirada. Y toda la palidez de su rostro no pudo cubrir el disgusto y el horror que comenzó a marcar cada mueca de su expresión. Me vio allí de pie, al fondo de la sala y supo que yo no era un amigo de un tiempo pasado, sino el ángel vengativo que viene a saldar una deuda. El fantasma de un cadáver que ha dejado por el camino.

Miró a su acompañante unos segundos y después en derredor, asegurándose de que estaba protegida y camuflada con su entorno. Creyendo que no me atrevería a ponerla en evidencia. Y se sonrió. Con esa confianza se sintió segura y me lanzó una mueca sonriente, sardónica. Avancé hacia ella con paso decidido, con una mirada histérica, con el rostro descompuesto. No podía aún creérmelo. Todo el tiempo que había contenido mi enfado, ella lo pagaría. Verme apartar a camareros e invitados la puso en guardia y tensó todo su cuerpo, y al verme a unos metros, se puso de pie, como buenamente pudo, tropezando con los bajos del vestido, impedida por el ancho del armazón de su falda.

Cuando pensó que se libraría de mí tomé su antebrazo con mi mano y la detuve. Se volvió llena de terror y me miró a través de la mesa. Su acompañante se había vuelto hacia nosotros y nos miraba con incredulidad. Estuvo a punto de ponerse en pie también pero ella se soltó de mí, de un tirón.

—Marcus… —Murmuró, llamándome con ese tono mezcla de lástima y autoridad. Casi la noté suplicante. Pero de repente pareció compadecerse—. Muchacho, querido…

—¿Dónde está? –Pregunté, lleno de nervios y enfado. Volví a asirla del antebrazo y esta vez no se me escaparía. Hice la mesa a un lado y ella intentó retroceder, asustada—. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué estás tú aquí? ¿A ti? –Le Pregunté—. ¿Te convirtió a ti, la esposa del gobernador?

Ella miró alrededor, asustada, temiendo que mi presencia y mis palabras pudiesen provocar un escándalo en su nueva vida. En su estatus y su reputación. Pero a mí me traía sin cuidado.

—¡Contéstame!

—Disculpe, caballero. –Murmuró el hermano del rey, que se había puesto en pie, asustado por el escándalo y porque alguien pudiera fastidiar la celebración del rey—. Deje a la dama tranquila. Si tiene alguna cuita personal con ella, no es necesario que use…

Tiré de ella, arrastrándola a través de la sala. Ella se resistió pero no pudo moverme lo más mínimo. Se dejó caer al suelo, como un peso muerto, pero aún así yo la arrastré, haciendo que el armazón de su falda se doblara y crujiese bajo el peso de ella. El tul y la seda se mancharon con el vino derramado y la nata de los pastales que había por el suelo. Se le cayó el sombrero y me lanzó una mirada llena de ira y rencor. Para entonces ya todo el mundo estaba mirándonos, y el marqués de Guisa se había levantando y estaba punto de darnos alcance cuando salimos al exterior del salón y la solté. Ella salió corriendo a través de los pasillos hasta la salida, creyendo que podría huir de mí, que era más veloz o ágil. Que el conocimiento del palacio y de los alrededores el serviría de algo.

Le di alcance a las afueras de los jardines, donde los arbustos se fundían con el bosque del contorno. Volví a tomarla del brazo la tiré al suelo. Su cabello se soltó, sus rizos cayeron como una cascada rubia por el jardín, apelmazada por el talco. El maquillaje no cubría las finas arugas que aparecían entre las cejas y a cada lado de las comisuras. Y con aquel espanto pintado en la faz, sus arrugas se acentuaron aún más. Intentó deshacerse de mi agarre, incluso lanzándome bocados al aire.

—Deberías estar muerta. –Le dije, con toda la calma que fue capaz de emitir, intentando sujetar sus muñecas para que no se revolviese.

—No vas a matarme. –Dijo, con los dientes apretados, pero no muy segura de sus palabras… su mente era un libro abierto para mí, débil y asustada como estaba, pude fundirme con la profundidad de sus pensamientos. Verdaderamente me temía.

—¿Qué te hace pensar que no lo haré?

—Será algo de lo que te arrepientas toda la vida. Sebastián me creó, ¿acaso no respetarás su decisión?

—¡Está muerto! –Grité, haciéndola petrificarse como una estatua—. Está muerto y lo que yo haga o diga ya no le incumbe. ¡No se te ocurra decir su nombre! No en mi presencia. Te creó y tú lo dejaste morir.

—No lo dejé morir… —Murmuró, y sentí que volvían a ella todos esos recuerdos—. Me apartaron de su lado, me engañaron y después lo mataron. Para cuando lo hicieron yo ya no pude hacer nada… ¿entiendes? Me dejaron con vida porque yo no representaba una amenaza.

Apreté con la fuerza sus muñecas.

—Nos topamos con ellos saliendo de España, pasando los Pirineos. Ya sabes cómo era Sebastián, siempre creía que podía convencer hasta al mismo diablo de pasarse al buen bando y…

—¿Buen bando? ¿Qué bando es ese? Era un ingenuo. –Dije, rabioso—. Tendría que haber sido más inteligente, y haber tenido la boca calladita. Casi hace que nos maten en Bolonia, y al final ha conseguido lo que buscaba.

—Pero… —Frunció ella el ceño—. ¿Cómo lo has sabido? ¿Y cómo me has encontrado?

Solté sus manos y me senté en su cadera. Ella me miró desde aquella distancia con el rostro compungido, lleno de duda. Yo tomé una bocanada de aire.

—Eriksen. El me ha dicho donde encontrarte… —Mis palabras le produjeron tan horror que se retorció debajo de mí. Sus dedos se hundieren en la tierra húmeda y me miró espantada. Ahora sí que me veía como lo que era, un dios de la muerte.

—¡Tienes que huir! ¡Van a matarte a ti también! ¿O es que acaso no te das cuenta de que ellos, seguramente sepan…?

—Sí, lo saben todo. Saben lo que soy, y saben lo he hecho. –Su rostro era afilado, su nariz bonita y sus ojos cristalinos. Pero el pánico que se desdibujaba en ella afeaban toda su expresión.

—¿Te han dejado con vida? ¿Dónde están? ¿Dónde los has encontrado? ¿Están aquí? –Quiso erguirse, pero no pudo—.

—En Venecia.

—Dios santo… —Tembló y después se desplomó sobre el pasto. Yo suspiré

—¿Qué ocurrió?

—¿Qué haces aquí? ¿Por qué te envía?

—He venido por mi cuenta. Quería saber quién era la misteriosa mujer con la que le encontraron y…

—Sabes que ellos le mataron… ¿y los has dejado con vida? —Aquella pregunta iba seguida de un tono lleno de reproche y dolor. Yo mismo fruncí el ceño ante esas palabras y la señalé con el dedo.

—¿Crees que soy un semidiós? ¿Crees que no les tengo ningún miedo? También yo soy de carne y hueso y pueden jugármela.

—¿Y qué culpa tengo yo de lo ocurrido? Sebastián era mayorcito para saber donde se metía. Es más, les debo la vida, por no haberme matado como a él. No tengo responsabilidad en lo que ocurrió. –Miré detrás de mí, al palacio que se extendía en el horizonte—. Me he buscado la vida como cualquiera, muchacho. –Me dijo, de nuevo con ese tono irreverente. Casi no me acordaba de su voz.

—Sebastián no debería haberte convertido. Solo eres una busca vidas. ¿El gobernador no era suficiente para ti? Querías tener al médico intelectual…

—¿Y tú? ¿No tenías suficiente con el médico intelectual? Tuviste que fugarte con el soldadito conflictivo…

Los colores se me subieron a las mejillas y estuve a punto de hundir mis dedos en su cuello si no me hubiera lanzado una mirada de súplica.

—Si quieres un consejo, vete de Venecia. Ahora que puedes, déjalo todo atrás. No sé qué intereses tendrás allí pero no merecen la pena. ¡Quédate aquí! ¡No! Mejor márchate lejos. No quiero tener ningún problema…

Entrecerré los ojos. Después de todo lo que había pasado no iba a darme explicaciones, ni tampoco iba a disculparse. Me había hecho a la idea de encontrar a una compañera abandonada, temerosa, que me recibiera con los brazos abiertos. Yo le estaba trayendo la misma peste que se llevó a su creador y maestro. Me miraba con ese asco con el que se mira a un leproso.

—Me he recorrido el continente para buscarte. ¿Es lo único que vas a decirme?

—¿Esperas que te de una explicación? ¿Acaso te debo algo? Fui yo quien estaba con él, a quien dejó sola.

—¿Lo viste morir? ¿Cómo ocurrió? ¿Sufrió? –Las preguntas se me acumulaban en los labios pero ella no era capaz de contestar a nada de eso.

—Me enseñaron sus huesos hechos cenizas. –Fue todo lo que pudo decir. Yo solté un gran suspiro y contuve las lágrimas.

—Te odié desde el momento en que te vi. –Murmuré—. Y me gustaría ser benevolente, y en memoria de Sebastián, perdonarte la vida. Pero no puedo… De verdad que deseo borrar del mundo toda parte de él que una quede con vida…

Me agaché para morderle el rostro pero ella me lanzó una mirada suspicaz.

—Te propongo un trato. ¿Qué te parece? –Sorprendentemente no estaba tan aterrorizada como imaginara. Vi en sus ojos una chispa de lucidez. Más de la que tenía yo. Esperé en silencio, muy cerca mi rostro del de ella, esperando su propuesta—. Tengo algo de Sebastián que tal vez quieras quedarte. A cambio de mi vida…

Apreté los dientes con fuerza. Ella estaba completamente convencida de que no podría hacerle daño si me prometa algo tan jugoso como aquello. Ni si quiera dudé. Asentí y me levanté de ella. Se puso en pie con dificultad y para cuando se irguió, y miró por encima de mi hombro, salían de palacio varios ayudas de cámara en nuestra búsqueda, alertados por el marqués y el hermano del rey.

Sentí como tiraba de mi brazo hacia el camino de regreso al palacio. Caminamos así hasta que nos encontramos frente a las puertas y ella demandó su carruaje. El marqués salió a recibirla y a pedirle explicaciones de lo ocurrido, del espectáculo y de mi presencia. Pero ella no dijo nada. Ya era demasiado tarde como para intentar arreglar las cosas, ella lo sabía. También sabía que toda aquella familia tenía los días contados y su tiempo con ellos ya estaba en el descuento. Se subió al carruaje y yo la seguí hacia el interior. Nos sentamos enfrentados y el cochero nos llevó fuera de los jardines del palacio.

El camino fue lento, lleno de baches y silencio. Ya no estaba acostumbrado a moverme a ese ritmo, no podía soportar la lentitud del desplazamiento pero ella no podría aguantar la carrera tanto tiempo. Estuvimos allí metidos dos horas hasta que llegamos a las afueras de Paris, una hermosa urbanización de aquel tiempo, destinada a residencias de nobles y burgueses. Bajamos del carro y fue recibida por el mayordomo que le abrió la puerta y nos acompañó dentro.

—La señora llega pronto. ¿No viene con el marqués? Se le ha estropeado el peinado. ¿Ha ocurrido algo?

—Nada, no ha ocurrido nada, Philip. –Con un gesto de la mano lo despachó—. Déjanos solos. Enciende la chimenea y los candelabros y márchate.

El hombre, mayor y algo ciego, se dirigió por todas las estancias encendiendo las luces con sumo cuidado, lleno de rigor servicial. Me echó una rápida ojeada cuando pasó por mi lado y yo le devolví una expresión de pocos amigos. Helena esperó pacientemente sentada en un tocador a que el mayordomo terminase su tarea mientras se deshacía de las pocas horquillas que se habían quedado enganchas en su cabello. Yo miraba alrededor estupefacto. La casa me parecía llena de exuberancia y decoración innecesaria. Las molduras de escayola estaban recargadas de frutos y hojas, los muebles tenían un aspecto retorcido y orgánico muy desagradable. El olor a perfume era terrible. Aún podía sentir el olor de los orinales del palacio atascado en la garganta. De lejos atisbé a ver sus piernas. Las piernas de Helena. Estaban enfundadas en unas medias blancas muy finas, y sus tobillos eran redondeados y elegantes, gráciles. El vestido estaba estropeado, el armazón roto. Me miró a través del espejo con una mueca de curiosidad.

—¿Qué es lo que he venido a buscar? –Pregunté. No deseaba permanecer más tiempo a su lado. Sentía que si llegaba a intimar más con ella, acabaría perdonándola en mi recuerdo.

—Estás tal cómo te recuerdo. –Dijo, en un tono de ensoñación. Mientras me miraba a través del reflejo del espejo del tocador—. Aún parece que estoy viendo tu retrato en la pared.

—Tú has cambiado mucho. –Dije—. Parecías tener más tesón y aplomo siendo humana.

—¿Tú crees? –Me preguntó.

—Pero no es culpa tuya. Es la sangre de Sebastián. Después de convertir a Nikolás no debieron quedarle fuerzas para ti.

Ella se rió a pesar de que mis palabras fueron una clara crítica ofensiva. Sin embargo se levantó y fue hasta un arcón que reposaba a los pies de su cama. Se arrodilló y sacó un par de sabanas y unas fundas de almohada. Debajo de ello, una caja de madera, forrada de cuero negro descansaba al fondo del baúl. Lo miró como si se asomase a un hondo pozo y me dejó que fuera yo quien lo sacase. Ella me miró con algo de pena.

—¿Lo reconoces?

—Sí. –Suspiré, abatido y con el corazón apretujado en mi pecho—. Son sus diarios.

—No se separaba de ellos. Era odioso. Siempre teníamos que disponer bien nuestros viajes porque no le gustaba dejar nada atrás. Pero esto, en concreto, lo llevaba siempre consigo.

—¿Cómo tienes tú esto?

—Cuando Eriksen y sus compañeros me dejaron libre, volví a la residencia donde estábamos e hice las maletas. Esto fue de lo poco que me llevé conmigo. No me hubiera perdonado el dejarlo atrás. —Señaló la caja con un gesto del mentón—. Vamos, muchacho, cógelo y llevártelo. Yo ya los he leído hasta memorizarlos y supongo que ya no tienen nada más que decirme.

Me incliné y saqué la caja del arcón. Era una caja un poco pesada, ya la conocía. La abrí y descubrí el conjunto de cuadernillos forrados de cuero negro que tanto había visto en otra época. Eran sus diarios personales. En los que escribía a veces. En donde había narrado toda su vida desde que dejase a su familia de Inglaterra para alistarse a las cruzadas. Yo no los había leído. Eran los únicos documentos que él nunca me había pedido transcribir o copiar. Pero me asaltó el recuerdo de mi maestro inclinado sobre uno de esos cuadernillos, pegado a ellos con aspecto de monje copista.

—Llévatelos. –Repitió, sacándome de mi ensoñación—. Si los quieres… claro…

—Es una cruz. –Dije

—¿Hum?

—Una cruz con la que me cargas. No te vale con haber pasado sus últimos momentos con él sino que ahora me legas su conciencia. Para mí. ¿Qué hago yo con esto? ¿Quieres que me vuelva loco leyéndolos? Tuve que vivir con él un siglo. ¿Crees que hay algo aquí que pueda interesarme?

—¿No vale su conciencia más que mi vida? –Preguntó, enfadada—. Me culpas a mí de su muerte. –Dijo—. Pero sé que no lo crees de veras. Solo habla tu remordimiento por dejarle solo. Por marcharte con ese soldadito desquiciado. Tú te fuiste a vivir aventuras pero fui yo la que se quedó con él, quien le consoló cuando te marchaste. Lloró por ti durante años. Soñaba contigo. Se lamentaba cada día de haberte dejado ir. Y cada día se preguntaba ¿dónde estarías o qué estarías haciendo? En sus mejores momentos fantaseaba con que estarías visitando ciudades hermosas como Viena o Praga, pero a veces entraba en una terrible espiral de desesperación, imaginándose terribles consecuencias de tu temeridad e impudencia. Te imaginaba atrapado por inquisidores, o por vampiros más inteligentes o más fuertes. O muerto, a manos de tu propio compañero de viaje. Hablaba con tu retrato mientras yo escuchaba, me contaba vuestras historias mientras yo le escuchaba. Se lamentaba y lloriqueaba, y yo solo estaba ahí, escuchándole. No puedes hacerte una idea de lo que sentí, durante mucho tiempo. Volvimos a Amberes antes del cambio de siglo pensando que tal vez podrías estar por ahí, pero la decepción fue tal que ni si quiera pasamos la noche en aquella casa. Fuimos a España. Estuvimos en Toledo y nos pilló la guerra. No salimos de allí hasta que no terminó. Él ejerció de médico auxiliar para el rey Felipe y yo hice de ayudante una época. Pero no podía soportar toda aquella sangre, la inmundicia, el horror. Cuando todo terminó salimos de allí, buscando para mí un mejor ambiente. Deseábamos regresar al sur de Francia, el clima que yo conocía, con el que me había criado, pero el maldito Eriksen nos encontró.

—¿Qué ocurrió?

—¿Quieres saberlo? –Señaló de nuevo con el mentón la caja que tenía en las manos—. Ahí está escrito. He añadido alguna cosa al final. Pensé que me haría bien escribir como hacía él, que aclararía mis pensamientos. Pero no hizo sino enturbiarlos. Después leí todas sus memorias. Y entonces me convencí de que no había sido digna de manchar con mis pensamientos sus crónicas.

Cerré la caja y me la puse bajo el brazo, pensativo. Ella aún seguía arrodillada en el suelo, con el rostro vuelto hacia mí, observándome con una mueca de inquietud.

—¿Vas a volver a Venencia?

—Sí. Tengo que volver.

—Eres más listo que eso. Ve a Amberes. O coge un barco aquí en la Rochelle y márchate al nuevo mundo. En Nueva Orleans…

—Si lo hubiera visto morir, como tú… —Murmuré, apretando los dientes—, no habría tenido el valor de huir dejándolos con vida.

—Tú mismo sabes que no soy rival para el más escuálido de ellos. Me habrían descuartizado si me hubiese…

—Una muerte rápida, y dulce. Mejor que la que debió tener él.

Mis palabras terminaron por enmudecerla. Se apoyó con la espalda en la pata de la cama y me miró herida e irritada. Pero no dijo absolutamente nada.

—¿Y ahora qué? ¿Te quedarás aquí en París siendo la amante de un cualquiera? Una misteriosa y exótica mujer.

—¿Estas proponiéndome ir contigo a Venecia? –Preguntó con una media sonrisa escéptica.

—No, no aun. No puedo llevarte conmigo. Pero tal vez pueda venir a buscarte cuando todo termine.

—¿Qué quieres decir? –Entonces volví a ver el miedo en sus ojos—. No puedes enfrentar a Eriksen. Es una locura.

—No hará falta. Un cazador sabe esperar.

Me di media vuelta pero ella me detuvo.

—No voy a estar aquí cuando vengas a por mí. Te engañarán como me han engañado a mí. Te manipularán y los traerás sobre mí, como una enfermedad. –Se puso en pie y devolvió las mantas y sábanas al interior del arcón con descuido—. Me marcho de aquí, inmediatamente. Si saben que estoy aquí, puede que ya sea tarde.

—Te deseo suerte. –Murmuré, en el tono más sereno que pude y ella levantó los ojos para mirarme, apartando un sutil velo que cubría sus ojos.

—Tal vez no debas leer los diarios de Sebastián. –Dijo, con un hilo de voz, a modo de recomendación—. No es muy benévolo cuando se trata de hablar de ti.

Eso me hizo reír y ella esbozó media sonrisa.

—No esperaba menos de él.





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