EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 61

CAPÍTULO 61 – El proceso


Cuando al cena, ese baño de sangre inmisericorde, terminó, las almas de todos aquellos monstruos parecían apaciguadas. La mayoría de ellos se habían hartado y desmelenado lo suficiente como para caer en un estado de sopor y letargo que los dejó reposando sobre las sillas, sobre los sofás o encima de las mesas. La frescura de sus disfraces se había cubierto de sangre y fluidos humanos hasta crear un tremendo desastre. Yo no había podido mover un solo músculo después de que su líder me lanzase tal amenaza. No podía evitar pensar en las salidas que me quedaban. Si conseguía echar a correr, y no era perseguido, con suerte podía estar en Florencia para el amanecer. No me importaba dejarlo todo atrás, el Palazzo, mis muebles y cartas. Incluso el relicario de Sebastián… ¡Sebastián!

Cuando desvié la mirada hacia él, buscando de nuevo en su rostro algo de esa fraternidad y curiosidad que me hubieron recibido solo hallé la insensibilidad de una escultura de mármol. Las pelucas rubias habían caído y yacían muertas como cachorros lacerados por el suelo. Los vestidos habían ido desgarrados. La gran lámpara que había en aquel salón se balanceaba ligeramente. Él miraba todo aquello con ojos fríos, inertes, como si no estuviera atento a nada de lo que estaba sucediendo. Su mente estaba en otro lado, podía saberlo.

En cierto momento debió sentir mi mirada y se volvió como sobresaltado. Como si le hubiese pellizcado o insultado. Pero en sus ojos encontré una sorpresa. En el primer instante no pareció reconocerme. Estaba tan sumamente ausente que no recordaba ni si quiera el lugar en donde se encontraba. Era incapaz de acceder a su mente pero no me hizo falta. Era aquella una falla también muy humana. En un segundo vistazo sí me reconoció, y entonces su sonrisa apreció para ensancharse  y mostrarme sus dientes blanquecinos. Miró alrededor, volviendo al caos que se había desatado y se levantó, recordándose a si mismo su posición como anfitrión de aquella fiesta.

Yo me quedé con aquella mirada desorientada y carente de realidad. Me miraba como un compañero de viaje que despierta de su larga siesta. Me miró con esa expresión de duda y auxilio, esperando que de mí saliese la verdad que buscaba tan desesperadamente en su interior. Aquella mirada no se me iba de la cabeza, incluso cuando soltó un discurso a modo de colofón para aquella matanza. El cuerpo del mozo había desaparecido. Sus restos estaban esparcidos junto a jirones de ropa ensangrentados que Eriksen sorteó con pasos cuidadosos.

Después de ese discurso y habiendo pasado la ensoñación del sopor por el empacho, muchos de aquellos bebedores de sangre volvieron a sus conversación, a sus risas. Se limpiaban con gesto teatral las comisuras de los labios, las mejillas salpicadas. Intentaban encontrar entre el desastre sus pelucas y se empolvaban los rostros sonrosados. Parecían niños jugando a los disfraces. Era lógico, pocos eran de aquella nueva época, con aquellas nuevas modas.

—Y tú… —Me dijo a mí, cuando se volvió en mi dirección, acercándose lentamente a donde yo estaba sentado—. Tú vienes conmigo. Tenemos mucho de lo que hablar.

Estuve a punto de negarme, igual que me había negado beber la sangre del correo. Pero aquello ya no sería tan inteligente y solo demostraría ser un intransigente. Parecía un ser razonable, incluso sumergido en su propio mundo.

Me puse en pie y asentí. Eso le reconfortó hasta el punto de alzar el mentón y asentir, conforme con mi respuesta. Rodeé la mesa y me puse a su lado. Él colocó su mano en mi omóplato y me guió fuera del salón. Para mi desgracia no salimos solos. Su compañera y otros dos vampiros nos siguieron fuera. Sus pasos no resonaban pero podía sentirlos. Eriksen por el contrario no les prestó atención e intentó que yo tampoco lo hiciese. Me habló de algo banal que ahora mismo no recuerdo bien. Su voz sonaba como en otra ala de la casa. Él debía saber que tenía puestos todos mis sentidos en esos pasos que nos seguían, que mis ojos miraban cada posible salida y que todo mi cuerpo estaba tenso, como a punto de saltar si era necesario. Sin embrago su mano sobre mi espalda no era del todo incómoda. Hubiera creído que él era, entre todos, el más inofensivo.

Subimos por unas escaleras hasta la planta de arriba y allí nos metimos en un saloncito, en un gabinete oscuro y frío. Se encendieron las luces de las velas nada más entramos pero apenas aportaron calidez. Las cortinas eran oscuras, las mesas de ébano y caoba. Los sofás y butacas estaban forrados de terciopelo granate. Pero lo que más llamó mi atención fueron las pinturas. Una gran colección de bodegones barrocos, llenos de oscurantismo donde apenas podía apreciar la amarillenta corteza de un limón y el pétalo blanco marfil de alguna flor medio marchita. Entré yo primero y ellos me siguieron. Seguían tratándome con respeto incluso si iban a abrirme un proceso inquisitorial. Yo estaba seguro de que aún en el fondo me temían, pero no iban a mostrarse asustados. No eran los locos de las catacumbas cántabras. Eran un aquelarre de vampiros que se habían hecho con el control de una ciudad. No eran ingenuos ni idiotas.

La mano de Eriksen me soltó justo cuando me tenía de pie frente a una chimenea apagada. El se quedó pululando alrededor hasta que se quedó apoyado en el granito oscuro sobre la repisa de la chimenea, mirándome con ojos excitantes. El resto, por el contrario, se distribuyeron a mi espalda por los sofás y butacas. La vampira se sentó con su ancho vestido sobre el sofá, y lo ocupó casi por entero. Los otros dos varones me miraron desde la distancia con una expresión de aprensión y desafío. La mujer seguía inquieta. Pero tenía la extraña sensación de que ninguno de ellos parecía incomodo con mi presencia.

—Pensé que esto era una fiesta, no un proceso. –Dije, forzando una sonrisa incómoda, mientras sentía que me habían rodeado, aunque fuera inconscientemente, y que con su presencia habían bloqueado cada una de mis escapatorias.

—Si le hubiéramos dicho que es un proceso. –Dijo uno de los varones—. No hubierais venido…

—Supongo que es cierto. –Dije, mientras volvía mi mirada hacia Eriksen, deseando hablar con él, no con sus discípulos. Pero él se encogió de hombros, quitándose esa responsabilidad. Sabía que sus compañeros eran tan capaces o más que él de plantarme cara.

—No sois tan ingenuo como para creer que esto era una mera invitación a un baile cortés. –Dijo el otro—. Si hubierais sido así de descuidado toda vuestra vida, no habríais llegado a la edad que tenéis.

—Matando a otros como nosotros es una buena manera de sobrevivir. –Dijo la mujer, con ese tono de reproche y susto que parecía ser su modo habitual de hablar. Yo alcé el mentón, preguntándome cuánto de mi vida sabrían y cómo se habían enterado.

—He vivido honradamente. –Dije, de nuevo volviéndome hacia el escandinavo—. ¿De qué se me acusa, exactamente? ¿Y qué clase de pruebas tenéis contra mí?

—Hay muchas cosas de las que se os culpan. La primera es vuestra edad. Sois demasiado jóvenes, no estáis del todo desarrollado.

Yo alcé una ceja y casi me ruborizo, cosa que le hubiera puesto incómodo.

—Vuestro creador sabía perfectamente que eso estaba prohibido.

—Dudo que lo supiera. –Dije—. Dudo mucho que estuviera en sus cabales cuando me creo. Era un vampiro anciano, loco. Que me abordó justo antes del anochecer y me convirtió, casi como un gesto de venganza contra la humanidad más que como una decisión racional. –Suspiré—. Además, eran otros tiempos…

—Las normas son inmutables. –Dijo uno de los varones.

—¿Se me puede acusar acaso de algo que no es culpa mía y sobre lo que no tengo responsabilidad?

—No. –Dijo la mujer—. Pero vos sois el mismo delito hecho carne. Y el delito debe censurarse.

La miré con gesto desafiante. No me gustaba nada lo que estaba insinuando y me acerqué un paso hacia ella. Gesto que la hizo pegar la espalda contra el respaldo del sofá.

—¿Acaso matar a otro semejante no es un delito también? ¿Así es como se combate el crimen, con más crimen? –Me volví hacia Eriksen—. ¿De qué más se me acusa?

—De matar a dos vampiros, en Toledo. –Cogí aire al oír aquello—. Matarlos y descuartizarlos.

—¿Incluso si fue en defensa propia?

—Nuestras normas y leyes son muy antiguas. –Dijo uno de los hombres—. Ellos debían saber que estaba prohibido matar a los semejantes y no os habrían hecho daño.

—Iban a hacerlo. –Fruncí el ceño—. Además. ¿Quién os ha nombrado jueces? ¿Quiénes os creéis para impartir justicia y hacer valer unas normas tan antiguas? Yo no me rijo por esas normas.

—Cuidado con lo que decís, joven. –Dijo uno de los varones—. Esas palabras pueden ser aún más condenatorias que cualquier otro delito.

Fruncí los labios. Eriksen cambió su peso de una pierna a otra mientras esbozaba una sonrisa, presenciando aquel debate.

—Las primeras décadas de mi vida viví sin maestro que me enseñase esas leyes sagradas. –Intenté justificarme, aunque aquella excusa me sabía agria en la boca—. Cuando supe de ciertas limitaciones para los nuestros, yo ya…

—Eso no justifica nada. Vuestros actos son posteriores a vuestra debida instrucción. ¿No es cierto? –Dijo Eriksen, haciéndome dar un respingo. Le fulminé con la mirada y él sonrió.

—¿Qué más? –Pregunté—. ¿De qué más se me acusa?

—De causa el caos en una abadía de benedictinos en el año 1676, provocando la muerte de uno de ellos. De sacrilegio por frecuentar conventos, iglesias y ermitas, de portar símbolos religiosos y profesar la fe católica. De Traición por vivir entre humanos y no formar parte de ninguna comunidad de vampiros. Y lo peor de todo, no compartir la sangre vampírica con ningún mortal. ¿Has creado alguna criatura durante todos estos años de vida?

Aquello era demasiado. ¿Cómo era posible que supieran todo aquello si no me habían leído al mente? ¿O acaso sí lo habían hecho? Yo me mordí el interior el carrillo mientras pensaba en una excusa pero Eriksen se adelantó.

—Sí, muchos aquí sabemos cómo obtener la información que necesitamos. Son las ventajas de vivir en comunidad. De crear aliados y conocidos. Hemos castigado a otros por mucho menos de lo que se os acusa a vos. Pero vamos a ser indulgentes.

—No necesito indulgencia. No me considero culpable de ningún delito. E vivido una vida ordinaria, como la de cualquiera. ¿O acaso vosotros estáis limpios de conciencia? Lo que he presenciado abajo no ha sido más que una matanza cruel, desmedida e innecesaria. El entretenimiento de criaturas débiles con ínfulas de gran nobleza.

Eriksen esbozó una gran sonrisa, como si por primera vez sintiese el tirón de un rival que le encara. Pero fue María la que contestó.

—Hay nobleza en nuestra sangre. Soy la hija del marqués de **, y muchos de nosotros pertenecemos a la gran élite florentina, veneciana y napolitana…

—La nobleza debe responder ante una serie de valores morales. –Le espeté—. Y en vuestra sangre no queda nada de ese honor medieval. Solo ponzoña.

—¿Acaso tú no bebes sangre de tus victimas? ¿No las matas?

—Lo hago. –Dije—. Pero procuro no causarles dolor ni sufrimiento.

—¿Qué importa, si van a morir igual? ¿Qué recordará su alma una vez hayan muerto? ¿Qué queda de ellos cuando te has bebido hasta la última gota de sangre? Si sufren o si no lo hacen… Ya estarán en el cielo.

—No es por el ama de ellos, sino por la mía. Por mi alma, mi conciencia… uno acaba muerto por dentro si se pasa siglos y siglos oyendo el agónico grito de una vida tras otra.

Aquello lo dejó en una profunda reflexión, pero los otros dos varones no quisieron escuchar aquello.

—No tenemos alma. –Atajaron—. No tenemos ningún compromiso con Dios desde el momento en que fuimos concebidos como criaturas vampíricas. No sentimos pena ni lástima por las vidas que segamos.

—Eso no es por vuestra conversión. Debieron ser ustedes humanos horribles antes de ser transformados. Y culpan y se justifican con la sangre vampírica para cometer toda clase de tropelías. Sé lo que digo. Yo también lo hacía. –Me dirigí a Eriksen—. Yo también me creía inmune al dolor y en el derecho a poseer cada vida humana que me encontraba. Pero es solo una fantasía. No tenemos el derecho ni si quiera de nuestra propia existencia. Dios puede quitárnosla, así, —chasqueé los dedos—, el sol, el fuego, somos igual de mortales que cualquier humano, solo que con ciertas condiciones.

Él esbozó una mueca sonriente, casi escéptica.

—No queremos tus sermones. –Dijo María—. No estás aquí para intentar convencernos de nada. Nuestras normas son anteriores a ti, a tu creador y a todos nosotros. Y deben seguirse.

—¿Por qué? –Pregunté—. ¿Qué tienen esas leyes que…?

Ella me cortó:

—Son las que procuran la paz entre los de nuestra especie. Deben seguirse porque aseguran nuestra permanencia, y nuestra eternidad. Nos resguardan en un marco de seguridad y nos permiten desarrollar nuestros dones con seguridad.

—¿Qué tiene de malo que yo lleve un crucifijo al cuello? ¿En qué te impide eso a ti hacer lo que te venga en gana?

—Es un símil religioso que aboga por nuestra destrucción. Somos hijos del diablo y ese crucifijo nos desafía a un combate eterno.

—Todos somos criaturas de Dios. ¿O acaso fuimos creados sin su permiso?

—Pues claro que sí. –Dijo uno de los varones, a lo que yo alcé una ceja—. Somos hijos de Satanás.

—Dios sabe perfectamente lo que hace Satanás. Incluso aquí en la tierra. Si crea descendencia o no, es todo parte del plan divino. –Me pasé la mano por los ojos, cansado el debate teológico—. Además, de dónde habéis sacado eso de que somos hijos de Satanás. ¿Qué pruebas hay de eso? ¿Este no es el siglo de la luz, de la razón y la ciencia? ¿Qué pruebas aportáis para respaldar eso?

—Eso es algo que se sabe. –Dijo Eriksen, con tono serio y condescendiente—. Lo sabía mi creador, y lo sabia el creador de este. Es una historia que se sabe…

—No lo sabe nadie. –Dije—. Me he pasado tres siglos buscando en las bibliotecas más remotas de este continente algún indicio que respalde esa teoría, o cualquier otra. Pero solo hay conjeturas. Ni si quiera mi maestro… —Me mordí el labio, no quería ni si quiera mentarlo delante de ellos. No se lo merecían—. No conozco a nadie que pueda saber, a ciencia cierta, nuestro origen. Igual que los humanos conjeturan sobre el suyo propio.

—¿Y tú qué propones? –Me preguntó Eriksen, en tono curioso, pero otro de los varones no dejó que respondiese.

—Si no vas a unirte a nosotros, tendrás que ser juzgado.

—¿Y a qué condena me enfreno? ¿Vais a matarme? –Le pregunté, desafiante. Estaba a punto de lanzarme sobre él, con la sangre hirviendo en mis venas, cuando María estalló en carcajadas.

—¡No somos unos barbaros! No mataríamos a otro de los nuestros, como hicieras tú. Eso es un delito.

—Pero el sol… —Murmuró Eriksen, a mi espalda. Yo me volví con gesto severo y le escruté con una mueca de recelo—. El sol puede hacerlo.

—¿Retenerme hasta que salga el sol? ¿Exponerme a él?

—Tenemos nuestros medios. –Dijo María, inclinándose hacia mí—. Pero siempre hay lugar para el arrepentimiento. La vida de un vampiro es muy larga y siempre se pueden cometer errores. Todos los cometemos al principio. Pero encontramos el camino para rectificar.

—Ya, pero tendría que someter a las leyes. –Advertí—. Y formar parte de este aquelarre…

—Muy listo… —Dijo ella.

Yo apreté mis dientes con fuerza. Estaba seguro de que acabaría rompiéndome alguna muela si no aflojaba la presión. Tragué en seco y alcé el mentón con orgullo. No estaba dispuesto a complacerles. No quería agachar la cabeza y mucho menos ser intimidado por sus amenazas. Deseaban matarme, que lo intentasen. Los dejaría malheridos para cuando pudieran acabar conmigo. Ellos pudieron percibir mi tensión y mi rechazo y se levantaron de sus asientos con intención de abalanzase contra mí. Solo habían estado tanteando el terreno. Ninguno tenía la intención de convencerme. Solo habían hecho tiempo para dejarse seducir por su propio teatro. Pero me matarían y beberían mi sangre, de la que estaban tan sedientos. Para cuando dieron un paso en mi dirección, Eriksen puso su mano sobre mi hombro y me acercó a él. Yo me quedé helado, como una estatua. Había olvidado que estaba justo a mi espalda.  Pero su gesto los hizo detenerse.

—Dejadnos solos. –Murmuró, mirándoles por encima de mi hombro. No vi su expresión pero debió ser suficientemente aterradora como para quitárselos de encima—. Yo hablaré con él.

Los tres asintieron y con un gesto reverencial se alejaron y salieron del gabinete, cerrando detrás de ellos. Yo suspiré a medida que el agarre de Eriksen se aflojaba sobre mi hombro. Pasó por mi lado y me escrutó con la mirada, observando mi reacción ante lo sucedido. Quería saber si estaba atemorizado, o excitado. O si aún deseaba enfrentarme a él. Pero notó mi incomodidad y mi ofensa y pareció decepcionado.

—Ya veo que no tienes una opinión muy buena de mí. –Se encogió de hombros—. Ni del tipo de vida que llevamos aquí. Pero eso no es culpa tuya. Tampoco mía. Si no tus medievales concepciones de Dios, de la vida y de la eternidad que te hacen ver las cosas con ese cariz rígido y encorsetado. –Diciendo esto pasó por mi lado y se dejó caer en uno de los sofás, despreocupado. Yo me apoyé en una de las columnas que enmarcaban la chimenea y me crucé de brazos. A pesar de todo, él parecía el más razonable de todos.

—Puede que viva encorsetado, pero no obligo a nadie a seguir mis dogmas. Tú, sin embrago, pareces el más fanático, obligándome a dejar mis normas atrás, para adoptar las tuyas.

—No son las mías. –Dijo, con insistencia y enfado—. Ya te lo he dicho, yo no he inventado ninguna de esas normas. Me han sido legadas, igual que a todos. ¿No creerás que todos estos vampiros que viven aquí conmigo son creaciones mías? Estaría hecho un trapo si fuera así. Los he ido encontrado a lo largo de mi vida. Que a tus ojos, puede parecer una pequeña fracción de tiempo, pero ha sido suficiente como para hacerme un nombre, una comunidad, y seguir fielmente las normas de mi creador. Esto es lo que él quería…

—¿Y es lo que tú quieres?

—Por supuesto. –Dijo, al principio con convicción pero después alzó la mirada, temiendo que se le hubiese escapado parte de la duda y me hubiera llegado a mí. Yo solté aire por la nariz, haciéndome pequeño en aquel rincón. Él meditó unos segundos en silencio.

—No has conocido otra forma de vida…

—Tú sí. Y has elegido vivir como un renegado. Ejerciendo una profesión, dando banquetes para humanos… ¿no sientes vergüenza?

—No siento vergüenza nunca. –Dije, frucimiento el ceño—. ¿Qué tiene de malo? Una vez fuimos humanos también.

—Estás engañado. Vives en un engaño. Yo solo interpretó un papel hasta que llega el final del último acto y se desvela la realidad. –Hizo un ademán teatral y yo negué con el rostro.

—La máscara que yo me pongo no es muy diferente a la que los humanos se ponen entre ellos. Todos aparentamos, a todos nos gusta fingir que somos lo que no somos. Lo hacíamos cuando éramos humanos, y seguimos haciéndolo ahora. Tú lo haces conmigo, y yo lo hago contigo. Es imposible deshacerse de la máscara por completo. Es un medio, solo un medio de conseguir un fin.

Ante mis palabras me miró con cierto estupor. Frunció el ceño y se dejó caer sobre el respaldo del sofá. Miró a otra parte. Parecía pensativo pero puede que no pensase en lo que yo le estaba diciendo.

—Eres una rara avis. –Dijo, entre dientes—. Y me fastidia que seas tú el que nos mire a los demás con ese gesto de incomodidad.

—No he conocido a muchos como nosotros a lo largo de mi vida, he de confesarlo. –Miré hacia las puntas de mis botas. Estaban ligeramente manchadas de barro—. He pasado muchos años de mi vida viviendo en un letargo de sueño y sed. Viviendo entre ruinas, en ermitas abandonadas, en pleno bosque. Cazando como un animal. Hibernando durante estaciones… —Cuando alcé la mirada encontré su expresión de fascinación, atenta y enfocada en mí—. Y las veces que he podido vivir en sociedad, ha sido siempre entre humanos.

Creo que esperaba que dijese algo más, porque se quedó expectante. Cuando cruzamos una mirada de espera y silencio, él acabó por apartarla.

—Esa no es forma de vivir. Viendo morir aquellos de los que te encaprichas… con tu aspecto te habrá resultado difícil. ¿Cuánto tiempo pensabas quedarte aquí en Venecia? Cinco años, como mucho, imagino.

—Sí, no ha sido una vida demasiado sedentaria.

—¿Tanto esfuerzo por reconstruir una vida? ¿Para qué?

—En algo tendré que ocupar mis años. ¿No crees? Además...

—¿Cómo piensas pagar los prestamos que has pedido al banco de Venecia? –Preguntó, alzando una ceja. Yo me encogí de hombros.

—Ejerciendo mi profesión, o… ya veré. Eso no es asunto tuyo.

—Sí lo es. Tengo acciones en ese banco. No me gustaría que mi estilo de vida se vea afectado por…

—Soy un caballero. –Dije, aunque él estuvo a punto de reírse—. Siempre pago mis deudas. No soy un ladrón. Y no pensaba irme de aquí dejando esto…

—Vale... vale… —Murmuró, levantando las manos, viendo que mi tono de voz se tornaba a la defensiva.

Suspiré con cansancio. La adrenalina y la tensión comenzaban a abandonar mi cuerpo y empezaba a sentirme exhausto. Me pasé las manos por la frente y apreté los labios.

—Ojalá tu compañera no me hubiera encontrado frente a San marcos. Fue un descuido por mi parte, pero parecía tan…. asustada… —Mi tono fue de tal complicidad que él se inclinó en mi dirección y esbozo una mueca de pena.

—No te encontró por casualidad. Te estaba buscando.

—La edad me ha vuelto descuidado. –Dije, intentando comprender lo que estaba diciendo.

—De eso nada. –Sonrió—. Llevo muchos años buscándote.

—No es un misterio que un joven extraño y noctámbulo vive en el Palazzo de los ángeles.

Se levantó de golpe y me hizo tensar todos mis miembros. Se aproximó y puso sus manos sobre mis hombros. Con los ojos radiantes, con unas sonrisa llena de entusiasmo. Su cabello rozó mi pecho y me sobrecogió el aroma a violetas y pino que emanaba de él.

—Desde principios de siglo te vengo buscando. Has sido como un fantasma errante, un ídolo. Corren leyendas sobre ti. ¿Cómo si no he podido averiguar todo lo que sé? Desde el primer momento en que supe de su existencia, no he parado de buscarte.

—¿Quién te habló de mí? No soy ningún personaje mitológico para que profeses esa adoración. –Me quité sus manos de encima con un gesto acompañado de una mueca de repugnancia. Estaba comenzando a cuestionarme si no estaría loco.

—Tal vez tú puedas enseñarnos a todos nosotros los secretos de nuestra existencia. –Como si mi rechazo no hubiera significado nada para él, volvió a colocar su mano sobre mi hombro y sus largos dedos rodearon mi nuca. Tiró de mí lejos de la chimenea y me condujo a una sala contigua. Un estudio, todo forrado de madera, con estanterías con un fuerte olor a barniz. Con cuadros oscuros, con pequeñas esculturas en mármol y ónice. Yo no le perdía la mirada de encima, pues empezaba a asustarme—. Eres de los vampiros más viejos que conozco, tal vez tú sepas más de nosotros que yo mismo. Y me muero de ganas por saber qué clase de secretos esconde nuestra natura.

—Yo no sé…

—Tú maestro no quiso decirnos nada. –Con la fuerza de su mano me giró y me mostró la pintura que había permanecido a mi espalda. Verme en aquel espejo de los años me hizo palidecer. Era yo mismo, mi retrato creado en Florencia hacía siglos. Allí estaba. Después de tantos años pensando que estaría decorando alguna habitación de la casa de Sebastián, ahumado con inciensos e iluminado con velas, como me prometió, me encuentra a mí en aquella remota ciudad de Treviso. Tan lejos de su dueño.

Sentí la mano de Eriksen soltarme. Ya no importaba, me había quedado clavado al suelo. hipnotizado por el susto y la sorpresa. Verlo era como reencontrarme con un viejo amigo. Era como verme en un espejo que reflejaba la imagen de otro tiempo. ¡Pero que imbécil había sido, me había puesto la misma ropa con la que había sido retratado! Les acababa de regalar un espectáculo de lo más melodramático. Pero… ¿Qué hacía esa pintura ahí? ¿Cómo la había conseguido? ¿Qué había pasado?

Con todas aquellas cuestiones comenzaban a imaginar escenarios en mi mente, de lo más terrible posibles. Sentí las mejillas ardiendo. La sangre comenzaba a bullirme en las venas y todo lo que podía imaginar era horrible. Esa pintura no debía estar allí, y todo a mi alrededor comenzaba a dar vueltas. Mis manos sudaban. La garganta se me había secado. Los mataría a todos si había ocurrido lo que…

—¿De dónde...? –Comencé a preguntar con un hilo de voz, pero Eriksen solo rió a mi espalda. Reía con un tono de complicidad y vergüenza. Como un niño que va a confesar que ha hecho algo terrible, pero de lo que no se arrepiente.

Sentí un impulso febril cuando murmuró:

—Tuvimos que deshacernos de él. Igual que tú, ha vivido una vida llena de pecado e inmoralidad para los de su especie. Él era el verdadero culpable de tu comportamiento, lo entiendo. ¿Es acaso el alumno culpable de las decisiones de su maestro? –Me tiré de la gorguera para no sentir como me apretaba el cuello—. No quiso sumarse a nuestra comunidad y tampoco deseaba revelarnos los secretos de nuestra creación. Lo matamos.

Aquello ya lo escuché a duras penas, a través de un horrible pitido que me perforaba los tímpanos. Me llevé la mano a la boca para contener mi aliento, o mi alma, que pugnaba por escaparse de mi interior. Me daba vueltas todo y sentía los miembros entumecerse, al borde del colapso. Debía haberme ido de Venecia cuando tuve tiempo. O haberlos provocado hasta que me hubiesen matado. Debían haberme matado. No sobreviviría a aquella realidad. No podía vivir en un mundo donde mi maestro había desaparecido. Era una visión horrible, la de una deidad que se cae, una estrella que deja de brillar. Mi sol, mi luna. El mundo ya no giraría en torno a nada. Estaba varado en medio del mismo espacio, esperando al final de los días.

Si aquello era verdad…

—¿Lo habéis matado…?

—No tuvimos otro remedio. No era nuestra intención. –Dijo en un tono ciertamente hipócrita y cínico—. Pero se puso violento, las cosas se salieron de control y tuvimos que… —Cuando alzó la mirada y me encontró, con el rostro desencajado y vuelto hacia él advirtió que tal vez había hablado demasiado. Estábamos a solas, yo estaba completamente desquiciado. Sentía como se me tensaban cada uno de los nervios de mi cuerpo y él reaccionaba en contraposición, descruzando los brazos y encarándome.

Me volví hacía la pintura. Y sentí pena hacia ese pobre chico que me miraba. Era ingenuo, noble y feliz. El libro de botánica en mis manos, la mirada fija, sincera, aún recordaba cómo me miraba Sebastián mientras posaba. Su expresión divertida, las muecas que procuraba hacer para provocarme la risa. Era capaz de recordar el olor a linaza y trementina del taller. Cerré los ojos con fuerza. Se me escaparon dos gruesas lágrimas, que me hubiera gustado poder retener pero no tuve el valor de negarle en conocimiento de su muerte, a mi maestro. Me habían matado, yo lo sabía bien. La poca humanidad que hubiera dentro de mí, y que Sebastián había plantado y germinado se marchitaba a pasos agigantados como si me hubiesen incendiado por dentro.

Me cubrí el rostro y lloré unos segundos, despidiéndome de mi mismo, de mis anhelos y mis esperanzas. Tenía muchas preguntas que hacerle, ¿cómo había ocurrido? ¿Cuándo? ¿Qué demonios…? Pero no quería saberlo. No tenía el valor de enfrentar la verdad. Mucho más que no estaba seguro de si no me estaba mintiendo. ¿Acaso me estaba engañando? Pero aquel cuadro… —Volví a alzar la mirada.

—Lo encontramos en su casa. –Dijo, como desvelando el misterio—. Estaba rodeado de velas y de ofrendas florales. Al principio pensé que tal vez había sido algún hijo fallecido, o el recuerdo de algún antiguo compañero. Pero en su mirada se desveló todo. Cuando le pregunté quién era el muchacho del cuadro y si seguía con vida, me dijo que no. supe que me mentía. Era un gran mentiroso, tu maestro. Después de un par de golpes su mente se volvió débil y pude verte a través de su recuerdo. Desde entonces te estoy buscando.

—¿Para qué…? –Pregunté, lleno de espanto.

—¡Para que formes parte de mi familia, por supuesto! –Me volví hacia él—. ¿Para qué si no? Eres una criatura extraordinaria. Tú solo podrías haber acabado con todos los humanos que teníamos en la fiesta de hoy.

—¿Tan horrible era la imagen que mi maestro tenía de mí? –Pregunté con una sonrisa, mientras las lágrimas caían de mis ojos.

—Más terrible de lo que puedas llegar a imaginar.

Le aparté la mirada y me tambaleé hasta la repisa donde reposaba el lienzo. Me apoyé en la madera y hundí el rostro en mi brazo. Qué importaban las ciudades que habían caído en la guerra, o las poblaciones diezmadas. Este era verdaderamente el tipo de cosas que un vampiro es incapaz de soportar. No me importaba si los países se perdían en el recuerdo y los monumentos como el coliseo se convertían en cenizas. Todo esto uno llega a asumirlo pero todas las esperanzas que yo mismo me había insuflado se estaban desvaneciendo. ¿Cuando había ocurrido todo eso? Eso era lo doloroso. Siempre creí que si le ocurría algo a Sebastián, yo podría haberlo sabido, y sentido a través del espacio de los continentes. Pero ni si quiera me había enterado. Se había muerto y yo había seguido con mi vida. Con mis vanidades, con mis ilusiones.

El sonido de la puerta al abrirse me sobresaltó. Pensé que venían más vampiros para acabar ahora conmigo, pero me sorprendí al ver a Eriksen sujetar el pomo y mostrar una expresión sumisa y pacífica.

—Vamos, te acompañóo a la salida. A no ser que prefieras pasar el día aquí, es mejor que regreses ahora.

Me erguí y le encaré. ¿Acababa de matarme y ahora pensaba que iba a irme a casa sin hacer nada? ¿Sin decir nada? Estaba loco si pensaba que iba a dejarlos con vida. Después de lo que habían hecho con Sebastián. ¿Pero…? ¿Qué habían hecho? No iba a darme más explicaciones y su mente era una puerta cerrada para mí. Aquello estaba por volverme demente.

No dije nada. Pasé por su lado dirigiéndole una mirada de curiosidad y desconfianza. Me acompañó a través del gabinete y me abrió el puerto que daba al corredor. Después caminó a mi lado, siempre un paso por delante de mí hasta la salida. Aquel recorrido fue mucho más aterrador que el de vuelta. Oía y sentía a los demás miembros del clan detrás de cada esquina, en cada habitación. Muchos de ellos no se escondían y se habían quedado por los pasillos escrutando nuestro paso. Todos nos miraban con una mezcla de burla y descaro. Sabían que me había mostrado el cuadro. Ahora comprendía sus expresiones del principio. Estaban viendo la imagen real de un retrato que llevaban décadas persiguiendo.

Las miradas de esas criaturas se me clavaban como agujas sobre el cuerpo. De vez en cuando Eriksen miraba en mi dirección para asegurarse de que seguía allí con él y cuando alcanzamos la puerta principal se detuvo en el umbral. Pasé por su lado y después me volví, antes de bajar las escaleras de la entrada. Aun estaba esperando que se lanzase contra mí, que me matase. En el fondo lo deseaba.

—Piensa en mi oferta. –Me dijo, viendo que no estaba seguro de que me dejase marchar. Era terriblemente intuitivo incluso sino no le dejaba penetrar en mi mente—. Piensa en lo que te he contado esta noche.

—¿No tienes miedo de dejarme marchar? –Pregunté, alzando una ceja.

—Te he encontrado después de tanto tiempo. Tengo la eternidad entera para volver a encontrarte. –Sonrió, pero lo que realmente quería decir era: “Aun hay muchas preguntas que quieres hacerme, y solo yo voy a darte las respuestas… así que volverás…”

Asentí, conforme con su palabra. Estaba atrapado con él incluso si me dejaba regresar a mi casa. Los vampiros comenzaban a asomarse a las balaustradas y ventanales del Palazzo. Sentí como regresaba a mí el enfado y aparté el rostro del la fachada. Bajé los peldaños aún con las piernas temblorosas y salí corriendo para adentrarme por los caminos que rodeaban Treviso. Cuando las piernas me fallaron caí de bruces contra el sueño y me agarré de la arena y la vegetación del terreno. Me tendí allí y hundí mi nariz en la hierba y lloré aplacando mis gemidos mientras mordía la manga de mi traje. Solo pensaba en que ojalá me alcancé el sol antes de llegar. Porque si me dejaba con vida, Dios sabe que tendría una existencia miserable y no tendía el valor de acabar con ella.




⬅ Capítulo 60                                         Capítulo 62 ➡

⬅ Índice de capítulos

Comentarios

Entradas populares