EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 60
CAPÍTULO 60 – Un humano, una carta y un invitado.
No pasaron muchos días hasta que volví a saber de esa vampira. Para entonces ya me había hecho a la ciudad, al Palazzo. Comenzaba a considerar que podría pasarme allí los próximos diez años. Si explotaba y estiraba la fantasía de que era el heredero del mago, una creación de sus fantasías de la inmortalidad, incluso puede que veinte. Pero no haría falta tanto. A las doce de la noche, cuando el sol ya se había escondido pero aún se sentía su temperatura sobre las piedras del Palazzo y su olor cálido entrando a raudales por las ventanas, llamaron a la puerta.
Acudí oliendo la sangre humana borboteando por las arterias de un muchacho. Muchos curiosos se acercaban esperando que alguien del servicio les mostrase el interior, a expensas de su amo, pero siempre les sorprendía el dueño del Palazzo, y salían corriendo, despavoridos. Esta vez la sorpresa fue para mí. Al abrir la puerta me encontré con un niño, apenas si tendría doce años, de pie frente a la entrada. Un gondolero le esperaba en el muelle y miraba en nuestra dirección. El muchacho estaba muy bien vestido, con ropas muy elegantes, propias del servicio de un rey. Llevaba una pluma blanca en un cuadriculado sombrero triangular y un pañuelo de algodón con puntillas exageradamente voluminosas colgando del cuello. Las mismas puntillas se repetían en las mangas. Sus zapatos estaban limpios, como si no hubiera pisado el suelo hasta ese mismo momento.
Si no hubiera sido por su expresión profundamente humana, me habría parecido un muñeco. Sus ojos evitaron mirarme pero unas profundas ojeras encuadraban su mirada. Sus manos temblaban, aunque se notaba el esfuerzo que hacía por mantenerse erguido y tenso, como si le hubieran inmovilizado con varillas de hierro. Normalmente los muchachos que hacían de correo no venían tan bien vestidos, él mismo podría haber oficiado una fiesta. Pero tampoco se mostraban atemorizados. A no ser que supiera…
Me extendió una carta. Una invitación, por su aspecto, perfumado con aceite de rosas y lavanda. Con el sello de un grifo coronado y llameante.
—El conde de Gotland os invita a una fiesta que celebra en su Palazzo de Treviso. –Su voz comenzó con fuerza, pero su tono se desvaneció hasta ser un hilillo dulce y avergonzado. Me lanzó una rápida mirada para atender a mi respuesta pero yo no dije nada. Me quedé mirando la misiva con total estupefacción. Pero alcé la mirada y advertí que debajo del pañuelo que cubría su cuello había un ligero amoratamiento, causa de la mordida mal disimulada de un vampiro. Asentí, y quise escabullirme dentro de mi casa, algo confundido, pero el muchacho me detuvo.
—Tenéis que leer la carta, señor…
—La leeré…
—Mi señor me ha indicado que leáis la carta y me deis una respuesta.
Alcé una ceja frente a su insistencia. Mientras le analizaba con mis ojos rompí el lacre y expuse el papel a la luz de la luna. La caligrafía era muy hermosa, la mejor y más cuidada que había visto en muchos años. Y la narración simple y muy explícita.
Me complace saber que otro no muerto como
nosotros habita entre los hermosos canales de Venecia. Nos encantaría, a mí y a
mis compañeros, que nos deleitase con su presencia este sábado, a las dos de la
mañana. Celebro mi ciento ochenta cumpleaños, y no habría mejor regalo que un nuevo
amigo con el que poder conversar y compartir nuestras aventuras y nuestras
historias.
No sea tímido. Nuestra intención es buena,
se lo aseguro. Le doy mi palabra de noble y caballero de que solo deseamos su
conversación y su presencia. Y como muestra de mi buena fe, le entrego a este
muchacho para que sacie sus apetitos y se deleite antes del gran banquete que
ofreceremos. Solo es una pequeña muestra de lo que somos capaces de ofrecerle.
No me falle, amigo mío, le espero en el Palazzo
de Treviso.
Eriksen, conde de Gotland.
Alcé la mirada hacia el mozo y este la apartó, con los ojos temblorosos y el cuerpo rígido como si le fueran a clavar una aguja. Suspiré y miré al gondolero que esperaba, igual que el joven, un funesto final. Estaba a punto de echar el remo al agua cuando yo negué con el rosto, arrugando la nariz.
—Márchate con tu amo. –Le dije, a lo que le muchacho dio un respingo lleno de susto. Pero su rostro se volvió lívido cuando le devolví la invitación, golpeándola contra su pecho—. Y dile a tu señor que es de mala educación poner dos imperativos en menos de dos frases. Casi igual de horrible que enviar a un mozo a modo de aperitivo.
Le lancé una horrible mirada al gondolero que rápido aparto los ojos y el mozo tembló hasta el último momento en que cerré la puerta en sus narices. Estuve allí unos segundos esperando a que se diese la vuelta y se marchase pero tardó bastante en hacerlo. Seguro que jamás nadie había rechazado antes una carta de su amo. No me importaba. No iba a ser el mono de feria de un bebedor de sangre aburrido. Nada más ver el cuello del joven pude advertirlo. No habían sido los ortodoxos del norte de España ni los fanáticos alquimistas de Bolonia de lo que Sebastián me había precavido toda la vida, sino de esta clase de no muertos aburridos y poderosos que se creen con derecho de gobernar un mundo mortal, con sus propias reglas inmortales.
Pero no era tanto el temor lo que me espantaba, sino la idea de participar de ello, de verme envuelto en aquel círculo de vampiros sedientos de una víctima para sus encantos. Subí al segundo piso y no me aparté de la balaustrada hasta que el gondolero no hubo desaparecido con el correo. Me pregunté si se desharían de él nada más regresase. Tal vez haber rechazando la invitación le había puesto en un aprieto. Iban a comérselo tarde o temprano, puede que yo solo acelerase el proceso. ¿Qué clase de vida es esa? Un humano, consciente de ser la presa de un monstruo, que se somete a formar parte de esa corte de no muertos en constante temor por su vida. Bajo eterna amenaza. Viendo como sus compañeros humanos fallecen uno tras otro. ¿Estarían bajo alguna manipulación mental? Si era así, ese conde debería ser muy poderoso. Si por el contrario eran nada más que humanos aterrorizados, envueltos en ese mundo de muerte y devoción, que Dios tuviera en descanso sus alamas.
Mi orgullo airado fue desvaneciéndose con el paso de las horas y de los días. Y con cada nuevo atardecer, despertaba con una nueva sensación encontrada. ¿Y si tal vez los ponía en mi contra con aquel desplante? Una cosa era apretarle las tuercas a una vampira renegada, ermitaña de las costas cantábricas y otra muy diferente era ganarme la animadversión de toda una horda de vampiros con ínfulas de nobles. Me planteé si escribirle a aquel conde una carta rechazando educadamente la invitación y disculpándome por el trato hacia el correo. Pero cuando me dispuse a ello ni me salieron las palabras ni conseguí doblegar mi orgullo.
Al tercer día busqué entre los libros de mi biblioteca un mapa de la costa este de la península para situar Treviso en él. Aún tenía muchos mapas y dibujos que enmarcar y colgar y los tenía todos enrollados y envueltos en cartón. Cuando di con uno de ellos lo extendí sobre la mesa del estudio y encontré la ciudad a unas seis horas a pie, dentro de la península. Al norte de Venecia. Un recorrido que a mi velocidad podría cumplir en una hora. Era lógico que no los hubiera percibido, pero no era la distancia que yo debía recorrer la que buscaba, sino la que ellos tardarían en venir a buscarme si se diese la situación. Estaban muy cerca, mucho más de lo imaginado. Y me costaba entender por qué durante aquellos dos años que había estado en Venecia no me había cruzado con ninguno de ellos. Podía imaginármelos como un hormiguero, un panal de abejas todas escondidas en sus colmenas.
No iba a poder permitirme el vivir así, constantemente aterrorizado por si venían en mi búsqueda. Aún tenía recientes, a pesar de los años, el encuentro con Blanca y Fernando, y sus cuerpos calcinándose en las brasas de una lumbre. El frío pavor que sentía Bastian por los inquisidores de Bolonia. El fuego quemando nuestras pertenencias en Borgoña, y el punzante terror que me mantuvo estático por dos noches en las catacumbas de Cantabria. Volvían a mí todos esos momentos y no era capaz de formular una sola resolución más que la de salir corriendo. ¿Dejaría todo atrás? Después de haber estado dos años construyendo aquel Palazzo? ¿Después de haber debido favores y haber recibido tantos regalos? ¿Ahora que comenzaba a creer que podría volver a ser alguien de nuevo, después de tantos años acumulando polvo como un trasto viejo en una casa en ruinas? Me había ilusionado, pensando en poder volver a ejercer, en ser el médico de la nobleza veneciana. Ni si quiera había empezado a mandar encargos para mi laboratorio. ¿De verdad quería hacerlo? ¿O solo deseaba darme la buena vida en Venecia? Estaba lleno de dudas, y como no era capaz de aclarar mis ideas, lo mejor era hacer de nuevo las maletas. ¿A dónde ir? De nuevo a la casa de Amberes. ¿Dónde si no? No me quedaban nada más que esos muros derruidos en el mundo entero. Mi único cobijo. Tal vez Sebastián había vuelto y me esperaba allí, leyendo mis cartas.
Subí a uno de los dormitorios y empecé a guardar todas mis pocas pertenencias que consideraba imprescindibles. Mis cuadernos de notas, el relicario de Sebastián, sus cartas, mi espada, y mis botas. Y debajo de un amasijo de prendas y ropa de cama encontré mi traje negro. El jubón con el cuello de lechuguilla y los pantalones negros y largos, de cazador. Con los botones dorados y el águila bicéfala como insignia. Era el traje con el que Sebastián me había hecho retratar y que me había acompañado tantos años. Estaba algo descartado en las costuras y partes de la tela un poco sobadas. Pero su olor me trajo recuerdos que me hicieron saltar las lágrimas y me quedé mirándolo, intentando recordar si alguna vez me había pertenecido, si yo seguía siendo el mismo. Me recordaba a mí, pero ¿era yo ese muchacho que se escapaba por las noches a devorar ovejas? ¿Era yo el joven indomable y disoluto que enfrentaba toda autoridad? Ahora huía, como un niño asustado. Había ido a Venecia en busca de una nueva vida. ¿Acaso aquellas experiencias no forman parte de la vida misma? Sebastián habría huido, no me cabía la menor duda. Pero yo no era mi maestro.
✵
Cuando en la tarde del sábado comenzaba a anochecer me desperté dentro de mi ataúd y salí al exterior. Había colocado mi sepulcro en una de las habitaciones que daban al patio y había tapiado la ventana para no preocuparme de que entrase nada de luz. La estancia, sin embrago, había sido ricamente decorada. Había reunido allí los mejores candelabros, y también dos pinturas maravillosas, una copia de una Ofelia muerta en sobre el agua y un calvario de época renacentista. Había inciensos, que encendía muy de vez en cuando y cuencos con flores secas y ramilletes de lavanda aún en agua.
Me vestí con las ropas que había rescatado del fondo de un arcón y sentí cierta extraña familiaridad al volver a colarme en ellas, como el abrazo de un viejo amigo o la caricia de un amante. La ropa se ciñó a mi cuerpo como si no hubieran pasado siglos desde la última vez que me la había puesto, y era profundamente satisfactorio, a la par que confuso. ¿Me recordaría quien era yo aquella ropa? Creo que es inevitable que uno, con el paso del tiempo, pierda el sentido de sí mismo. La mortalidad nos permite hacer recuento de nuestras experiencias, volver la mirada atrás y deducir lo que somos en base a nuestra vida completa, pero sabiendo que nos quedaba una inmortalidad por delante y que lo que habíamos vivido podría no ser más que un destello fugaz de toda una existencia, resulta difícil hacer un recuento final de nuestra percepción. Heráclito parecía tenerlo muy claro, no somos los mismos que nos sumergimos ayer en el mismo río. Y el río tampoco es el mismo. Yo me había sumergido tantas veces que había comenzado a fundirme con el agua misma y ya no diferenciaba el río de mi propia persona.
Cuando dieron las dos aún no había salido de casa. Estaba intranquilo y nervioso. Y por qué no decirlo, no deseaba ser puntual después de haber rechazado la invitación. Me puse las botas altas de cazador, de las que Sebastián tanto había renegado por años, y dejé a la vista el crucifijo de oro. Me ceñí a la cintura el cinturón con la espada y esta se meció en mi costado. No solía gustarme mirarme en los espejos pero usé el que encontré en el Palazzo cuando vine a la ciudad para mirarme de arriba abajo. Aún no era capaz de entender como todo había cambiado alrededor del mundo sin mí. Ya supe por qué me había gustado tanto aquel Palazzo y porque no deseaba marcharme de él, porque era de mi época. Era del mundo en que me vio nacer y centro de él aún podía seguir en mi fantasía, en mi estabilidad. Pero allá afuera las cosas no habían parado de cambiar, a una velocidad a la que era muy difícil poder adaptarse.
Salí pasadas las tres. Crucé el mar y llegué al continente. Recorrí los caminos principales hasta legar a Treviso y cuando vi la ciudad de lejos, subido en una colina, no me costó adivinar cuál era el Palazzo donde se estaba celebrando la fiesta. Un estupendo Palazzo renacentista, de tres pisos de altura, largo y ancho como una montaña. Denso y monumental. Todas las ventanas estaban abiertas, con las cortinas descorridas y la luz del interior iluminado toda la fachada. Alrededor, el resto construcciones estaban en penumbra, probablemente las casas de los pocos humanos que quedasen en el entrono, subyugados a esa pequeña corte de vampiros.
Aparecí en la puerta del Palazzo, para sorpresa de los dos guardias que custodiaban la entrada con más temor que celo. Para ellos surgí de las sombras del jardín que rodeaba la casa y me deslicé por su costado completamente en silencio. Ellos me miraron, me siguieron con la mirada pero no se atrevieron a decir ni hacer nada. Parecían estatuas de mármol, colocadas como dos leones imperturbables en la entrada de un castillo, pero con bozal y cadenas. Debían haberme detenido, estaba seguro, o haberme pedido la invitación. Pero no se atrevieron. Si desearon detenerme, no movieron un solo dedo.
Abrí la puerta del Palazzo y seguí el recorrido que la música había creado para guiarme hasta el salón de baile. No había nadie por los corredores o las habitaciones. El Palazzo olía a guiso, a verduras salteadas y a champán. No fue muy diferente a entrar en las estancias del emperador Carlos V, pero faltaba vitalidad en las habitaciones. Faltaba inquietud y humanidad. Las cortinas parecían un decorador, y los muebles y pinturas no eran usados u observados. Todo, igual que mi Palazzo, era un escenario donde desarrollar la comedia que era nuestra vida inmortal.
El sonido de mis botas comenzó a difuminarse, porque la orquesta de cuerda era cada vez más fuerte. Igual que el sonido de voces, de gritos. El entrechocar de copas y las risas y los golpes. El salón estaba cerrado, con la puerta de madera de roble, gruesa y pesada, cerrada con llave, cubierta con un cortinaje rojo. No era para que nadie entrase, sino para que los pocos humanos que se habían congregado ahí dentro, presa de las amenazas y encantos de los vampiros, no pudiesen huir cuando se desatase el caos. Estaba seguro de ello, podía sentir la sangre efervescente de los bebedores de sangre más sedientos.
No hizo falta más que un toque de mi mano sobre la puerta para que todos los engranajes cediesen y la puerta se abriese, con un pesado gruñido propio de los siglos acumulados en los goznes. El silencio que se produjo tras mi entrada fue todo lo contrario a lo que esperaba. Después de haber abierta la puerta, la estancia estaba mucho más silenciosa que antes, como si hubiese interpuesto una vitrina de vidrio entre ellos y yo. Incluso la orquesta de cuerda se quedó muda y rígida. Los músicos miraron a todas partes, presa del silencio de sus amos, temiendo alentar su rabia y violencia si continuaban con la música.
Los rostros de todos aquellos vampiros se volvieron en mi dirección como monstruos alentados por sus impulsos más primarios. Como lobos ante el sonido de una quebradiza rama o la oveja que huele en el aire el pelaje de un carnívoro. Sus ojos de miradas inmortales recayeron en mí. Habría más de cien o ciento cincuenta vampiros allí. Era un autentico banquete. El baile se detuvo y los bebedores de sangre se retiraron, junto con el silencio que les proponía la nueva música. Se aparataron a medida que me vieron caminar y se escondieron unos detrás de otros, asustados. Hubiera creído que iba a ser yo el intimidado. Tantos inmortales contra mí, tantos bebedores de sangre, bestias experimentadas en este nuevo siglo, mirándome con recelo y odio. Con sorpresa y pasmo. Pero para mi sorpresa eran ellos los que se apartaban y se retiraban a sus asientos. Los que se miraban entre ellos llenos de estupor y temor. Algunos de ellos se atrevieron a reírse de mi ropa, o de la espada que colgaba de mi cinto, pues nada les haría a ellos. Oí las carcajadas de algunos valientes que estaban más locos que cuerdos. También la sonrisa de quienes habían deseado mi presencia. Pero sobre todo advertí murmullos, quejidos de sorpresa. Muchos de ellos rabiaban de indignación, encorsetados en sus rigurosos modales cortesanos.
Frente a mí, sentado en una gran mesa, presidia la fiesta el conde. Supe que era él porque era el único que se levantó a mi encuentro. El resto procuró sentarse, alejarse y esconderse. Pero el conde fue el único que se levantó y abrió uno de sus brazos en señal de bienvenida, dándome permiso para aproximarme, aunque yo ya lo había hecho, más pronto de lo que él había advertido mi presencia. Caminé entre sus discípulos como un ente venido de otro mundo pues no me parecía nada a ellos. Ni si quiera a él. Todos eran presa de aquellos últimos tiempos. Iban maquillados, con esos colores paliduchos y esas pelucas blancuzcas, llenas talco y carmín que tanto gustaban entonces. Las faldas de las mujeres chocaban entre ellas, se abombaban y plegaban como abanicos torpes e incómodos. Ellos mostraban falsas mejillas rubicundas, falsas palideces, cabellos recogidos en extraños bucles maniatados con almidón y laca. Si les parecí un caballero del Medievo, no dijeron nada. Si me presenté como un crío de otra época, eso explicaría sus risas y burlas.
Eriksen. Su cabello era rubio, casi blanco. Largo y liso como una cascada plateada que caía por su hombro y detrás de su oreja. Sus rasgos eran afilados, sus ojos fríos y claros. Era alto, esbelto, con una cintura estrecha, con los brazos delgados, los dedos alargados. Parecía mucho más larguirucho con esas largas levitas que se llevaban entonces. Con esas cataratas de puntillas cayendo por el pecho. Me sonrió desde la distancia y en su mejilla se formó una arruga propia de la delgadez que endurecía aún más sus rasgos. Al aproximarme aún más advertí que sus labios eran un poco carnosos y su nariz redondeada. Para pronunciar aún más su apariencia marmolea había escogido colores pastel para su traje, blanco, beige y azul celeste. La mayoría de ellos portaban colores similares, que destacarían aún más cuando estuvieran cubiertos de sangre.
Cuando llegué a su altura advertí fascinación en su mirada, un brillo propio de la excitación y la sorpresa. Me miró de arriba abajo sin ningún descaro, aunque yo debía de haber hecho lo mismo, y su sonrisa se iba prolongando a medida que parecía gustarle lo que apreciaba. Me volví hacía su compañera de mesa. Era la mujer que me había encontrado en la plaza san Marcos, y aún así, rodeada de sus compañeros, y bajo el ala de su maestro, estaba aún compungida y acobardada. Después de lanzarle una mirada con una ligera inclinación de cabeza a modo de saludo, me volví hacia el resto de monstruos que me rodeaban. Todos ellos estaban con sus rostros vueltos hacia mí y por primera vez la conmoción de emociones que revoloteaban en mi interior pareció apaciguarse y una conclusión floreció en mi mente. Yo era el mayor de todos ellos. Por más de doscientos años. Habían sido creaciones recientes, todos neófitos de las últimas décadas. La mayoría aún conservaban su familia humana, su linaje por alguna parte de la península. Me reconocí en ellos cuando conocí a Sebastián. El temor por un ser como yo, de otra época que, contra todo pronóstico, había sobrevivido hasta el presente.
—Buenas noches. –La voz de Eriksen me sacó de mi ensoñación. Su tono era seco y con la voz arrastrada. Me habló en veneciano, pero estaba claro que esa no era su lengua natal—. Por como despreciasteis a mi correo supuse que no vendríais.
Aunque todo su cuerpo indicaba que le agradaba mi presencia allí y que deseaba que fuese parte de aquel banquete, sus palabras y su tono sonaron más a reprimenda que otra cosa. Yo mismo apreté la mandíbula intentando contener un reproche pero él se me adelantó.
—Mi compañera María os encontró en la plaza de San Marcos, y vino corriendo a advertirme. Un joven vampiro… –Era la primera vez que yo oía ese término—. Adinerado y solitario, había adquirido el Palazzo de los ángeles. No creáis que no he pensado en hacerme con ese Palazzo en más de una ocasión. Aunque los salones son más pequeños que estos, son mucho más hermosos. Y Venecia tiene un encanto incomparable. ¿No creéis?
Yo no dije nada, miré de nuevo alrededor viendo como los bebedores de sangre volvían a congregarse, un poco más tranquilos, en grupos para observar con detenimiento todo lo que ocurría. ¿Yo les parecí realmente una amenaza? Cuando unos días antes había pensado en hacer las maletas y marcharme de allí con el rabo entre las piernas. Intenté cerrar mi mente a ellos, pero poco tenía que esconderles.
—Si venís a reprenderme, no os lo recomiendo. –Dijo, en un tono un poco más severo.
Parecía joven, pero debieron convertirlo pasados los veinticinco. Era todo un adulto, y en su tono y sus gestos se notaba que estaba acostumbrado a tratar con otros bebedor de sangre. La mayoría de los que estaban a nuestro alrededor habían sido convertidos por él, y sus creaciones habían convertido a otros ellos mismos. Creando toda una comunidad endogámica de vampiros mediocres y propensos a la locura. Creo que advirtió mi pensamiento porque miró alrededor y después me devolvió la mirada con una sonrisa.
—No son mis hijos, aunque haya convertido a muchos ellos. Soy el mayor de todos pero eso no me hace el padre.
—No. –Murmuré—. Un padre mira por el bien de sus hijos, y les muestra el camino recto. Solo has creado más criaturas para tener una corte inmortal que te acompañe, como a un rey.
El sonido de mi voz le dejó por unos minutos en pausa, lleno de pensamientos inquietos. Algunas risas se oyeron al fono de la sala y los músicos parecían haber recobrado el ánimo y volvieron a colocar los arcos sobre las cueras de sus instrumentos.
—Pensé que rechazabais mi invitación. Y me acusasteis de maleducado por obligaros a venir. Pero vos os habéis presentado después de no haber querido aceptar mi invitación. ¡Tarde, además! ¿Eso no es también maleducado por vuestra parte?
—Terriblemente. –Asentí y le lancé una sonrisa que espera que dijese. “y me da absolutamente igual”. Eso pareció contentarse y asintió. Señaló un lugar vacío as su derecha y me indicó que tomase asintió.
—Acompañadme, por favor. Ya que habéis venido hasta aquí, y es un honor para mí tener a un invitado como vos, os ruego que disfrutéis de la comida, la bebida y la compañía…
Dude unos instantes, pero dado que había llegado hasta allí, no me quedó otro remedio. Me senté a su lado y él se sentó después de mí, asegurándose de que me encontraba cómodo y conforme. La música volvió a su tono original y los vampiros alrededor comenzaron a hablar entre ellos, algunos aún lanzado curiosas miradas en mi dirección. María parecía que había sellado sus labios y de vez en cuando lanzaba terribles miradas alrededor, presa de un miedo que yo no entendía. Eriksen, sin embargo, parecía un muchacho al que le habían regalado un juguete nuevo. No tardó en volverse en mi dirección para observar mis expresiones con cada nueva cosa en la que recaían mis ojos.
Había bandejas de comida sobre las mesas, pero ninguno de ellos probaba bocado. Y habían escanciado vino por todas las copas, pero ni si quiera fingían beber. Era un decorado ideal preparado para los músicos, los sirvientes y los guardias que había aposentados en el salón. Pero ninguno de ellos parecía ingenuo.
—Sabéis mi nombre, pero yo he debido averiguar e vuestro. ¿Es Marcos, como os hacéis llamar?
—Así es. –Asentí—. Cornelissen.
—Marcos Cornelissen… —Paladeó, intentando ver como mi nombre sonaba en su propia voz—. Nombre español y apellido holandés. ¿A qué se debe?
—Ni es mi nombre ni es mi apellido. No nací con ninguno de los dos. –Le lancé una mirada que intentaba ponerle un freno—. Pero así es como me hago llamar.
—Eriksen tampoco es mi nombre real. Aunque sí es cierto que durante un tiempo fui conde de Gotland. Erik era como se llamaba mi maestro. Y porto su nombre en su honor. –Me lanzó una mirada indescifrable, llena de una complicidad que yo debía estar obligado a comprender, pero que no alcancé a entender—. Mi verdadero nombre no se lo digo más que a las personas de mi estricta confianza.
—¿Sois escandinavo? –Pregunté, con un tono más amigable que inquisitivo.
—Mi familia era de Suecia. Gotland es una pequeña isla sueca, en el báltico. –Me lanzó una mirada llena de gracia y entusiasmo, pero cargada de dignidad. Su cabello llagó hasta mí en una cascada plateada, olía a agujas de pino y nieve fría—. Seguro que te has encontrado con muchos vampiros que se hacen llamar caballeros, condes y marqueses y solo se han colgado el título para darse importancia.
—Vampiros… —Dije, murmurando la palabra mientras arrugaba el ceño.
—Así nos llaman ahora. Es una cosa moderna, de los últimos estudios de medicina experimental y esotérica. Ya ves… —miró alrededor—. En mis tiempos éramos íncubos, o bebedores de sangre.
Qué tiempos… —quise decir—. Ciento ochenta años no significaban nada.
—Los humanos son humanos. Eso lo saben todos. Pero, ¿qué somos nosotros? He oído tantas nomenclaturas a lo largo de mi vida que he acabado por llegar a la conclusión de que ni si quiera nosotros mismo sabemos lo que somos, por eso nos llamamos de mil maneras.
Dijo aquello de una forma un poco atropellada, tembloroso. Y cuando acabó me miró, esperando encontrar en mí el mismo afán de búsqueda, el mismo entusiasmo. Pero solo le aparté el rostro. No solo era un noble pretencioso y lleno de ambiciones, también estaba lleno de dudas acerca de si mismo. ¿Y quién de nosotros no? Aunque yo hacía mucho tiempo que había dejado esas dudas aparte. Ni en todos los estudios de Sebastián ni en las bibliotecas de Moscú, Atenas, o Roma encontré nada que pudiera darnos una respuesta. Incluso los humanos habían comenzado a cuestionarse su propia existencia. ¿Qué podríamos esperar nosotros?
—¿De dónde sois vos? ¿De España?
—De Borgoña.
—¡Oh! Casi hubiera jurado que erais italiano. Habláis bien el veneciano. Y os habéis integrado bien con las gentes de aquí. He sabido que os han hecho muchos regalos, y habéis pedido un gran crédito al banco de Venecia. –Toda aquella información, saliendo de sus labios, tenía un toque de amenaza velada. Le mire con gesto severo pero él se dejó caer en su silla y con una sonrisa sardónica le quito importancia—. No esperaríais que invitara a un desconocido a mi casa sin haber averiguado algo de él antes. Eso sería imprudente.
—Estoy de acuerdo. –Asentí.
—Y me temo que he averiguado más de vos de lo que hubiera querido. –Aquello sí que me heló la sangre.
—¿Eso qué quiere decir?
Se levantó de su asiento e hizo una señal con el brazo.
—¡Qué traigan el postre!
Varios de los vampiros se pusieron en pie, solo unos cuantos de ellos, tres o cuatro, engalanados como el resto pero por la expresión de sus rostros, con una tarea que les había sido encomendada y cumplían, con el consentimiento de los demás. Desaparecieron por la puerta del salón. El ambiente se volvió mucho más caótico. Podía sentir los corazones de aquellos monstruos desbocarse, igual que el de los músicos y los camareros. Las miradas inquietas, las manos temblorosas. La música seguía sonando con un cariz mucho más irregular. Hubiera jurado que dos de los violinistas solo fingían frotar las cuerdas.
En menos de un minuto, los vampiros volvían, cada uno de ellos arrastrando una víctima mortal entre sus manos. Dos mujeres, un barón y, sin llegar a sorprenderme del todo, el mozo que me había llevado la invitación a la fiesta unos días antes. Todos estaban parcialmente desnudos, con los paños menores desgarrados, manchados y cubiertos de barro y sangre. Una de las mujeres presentaba terribles mordeduras en la cara interna de uno de sus muslos y el muchacho había sido apalizado. Al reconocerme, al levantar la vista y advertirme al fondo de la sala, hacia donde le dirigían, casi pude notar cierta mirada de reproche y odio. Pero tal vez viese mi compasión y pidió que me apiadase con un gemido desgarrador.
—¡Estas son nuestras ofrendas de esta noche! –Gritó y alzó las manos, pretendiendo llamar la atención de los bebedores de sangre que comenzaban a rodearnos, a colocarse en torno a esas víctimas. Con gesto teatral puso su mano elegantemente sobre su estómago y rodeó la mesa donde estábamos. Se paseó unos segundos por aquellas losas de piedra y lanzaba miradas a sus súbditos. Si hubiera tenido una calavera en la mano habría sido ideal para que pronunciase el discurso de Hamlet—. Somos los herederos de las delicias de Satanás, criaturas perfectas, hechas a semejanza del mismísimo diablo. Y honramos su creación con estas libiaciones de sangre que sacrificaremos en su nombre.
Me lanzó una mirada, llena de entusiasmo.
—Y en honor a nuestro invitado, que ha viajado durante siglos por la tierra de Dios en su forma inmortal, como la nuestra, y que enriquecerá esta familia con sus conocimientos, y su sangre…
Se acercó al mozo y dejó caer su mano sobre su pescuezo como la garra de un halcón sobre su presa. Lo levantó del suelo y lo arrastró hasta postrarlo de nuevo delante de nuestra mesa. Sentí un nudo en el estómago, tan apretado y ardiente que creí que echaría las tripas con una sola palabra que pronunciase. El pobre me miraba, aún con la mano de su amo sobre su nuca y mientras sus labios temblaban y sus ojos me suplicaban el perdón y la misericordia, su captor sonreía con malicia, con una rabia y un placer que me encogieron el corazón.
Eriksen alzó la mirada en mi dirección, igual que un domador espera el momento en que el león acepte el pedazo de carne que se le ofrece. Pero yo le fulminé con una mirada que esperaba que fuese como un hierro al rojo atravesándole el cráneo. Viendo mi duda y mi reticencia, puede que mi vergüenza, se volvió hacia el resto de los presentes.
—¡Que dé comienzo al banquete, amigos míos!
Todos se volvieron bestias. Cuando antes se habían abanicado con delicadeza y se contoneaban con ademanes femeninos, ahora solo había colmillos y gritos. Risas y aullidos. Habían estado reprimidos dentro de disfraces infantiles, jugando a ser humanos consigo mismos, y con los demás. Las tres víctimas que habían sido ofrecidas para el sacrificio desaparecieron debajo de una maraña de brazos y seda pálida. Y la sangre no tardó en brotar y salpicar. Pero ni si quiera los músicos y camareros se libraron de aquel festín. Quienes no habían llegado a tiempo a capturar a los sacrificados, se lanzaron a por los violinistas y los coperos. La puerta era demasiado pesada, estaba demasiado lejos. Ninguno consiguió escapar de aquella orgía. Eché de menos la música. Los sonidos guturales y los gritos desgarradores eran espeluznantes.
Eriksen levantó a pulso al joven y lo hizo ponerse de puntillas. Me miró a través de él, de su cabello revuelto y manchado de sangre. Me sonrió desde aquella distancia como si estuviera tentando mi sangre. Creyendo que me estaba conteniendo. No necesitó palabras para intentar convencerme. Yo apreté la mandíbula y enseñé mis colmillos, pero no en dirección al joven, sino a él. Si mi mirada no había sido negativa suficiente, aquel gesto le convenció para no seguir insistiendo.
—Es una pena. —Suspiró lleno de decepción—. Esperaba que pudiéramos entablar una buena amistad. Incluso si no deseabais formar parte de mi corte. Pero me temo que va a ser imposible. Has incumplido demasiadas de nuestras leyes. Pero eso seguro que ya lo sabes.
Alcé la mirada con duda en el rostro.
—Dado que rechazas mi amistad, vas a tener que ser juzgado.
—¿Juzgado?
—Eres muy joven, demasiado. Has jugado mucho tiempo a ser humano. Has entrado en conventos, has provocado el caos en una abadía, y has matado a tus semejantes. La peor de las traiciones. –Sonrió con una afilada mueca siniestra, llena de ponzoña—. ¿Tu maestro Sebastián no te enseñó nada de eso?
Sentí un frío mortal invadiéndome la espalda hasta las axilas. Su nombre, pronunciado desde sus labios me resultó tan horrible como el veneno.
Él no me dio una oportunidad más. Alzó al joven entre sus brazos y le mordió el cuello, no para matarle, sino para causarle el peor de los dolores. Bebió de él unos instantes y después lo arrojó al piso donde no tardó en ser víctima de la sed y la avaricia de sus captores. Gritó durante unos segundos con una fuerza y un terror que me hicieron darme cuenta de que habría sido mejor haberlo matado yo mismo. No se habría enterado de nada, no lo hubiera permitido. Pero sus gritos no se comparaban a mis propias cavilaciones. A mi dolor y mi rigidez. El nombre de Sebastián aún flotaba en el aire, aún palpitaba en mis oídos. ¿Habría sido tan descuidado como para dejar que se metiese en mi mente sin darme cuenta de ello?
Eriksen, saciado con mi estupor, rodeó la mesa con andares cansados y se dejó caer en la silla a mi lado. Se volvió hacia mí y yo sentí su mirada clavada en mi rostro, fría y afilada como una cuchilla.
—¿Todo esto te espanta? –Le oí decir, como a través de un vidrio sellado—. Pues no has visto ni una décima parte de lo que somos capaces de hacer.
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