EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 62
CAPÍTULO 62 – Una visita
Recuerdo vagamente los siguientes días. Conseguí llegar al Palazzo antes del amanecer, pero una vez estuve dentro me tambaleé y me arrastré hasta mi ataúd y me metí dentro, presa de un terrible dolor en mi cabeza, con un temblor en todos mis miembros. Pasé aquellos días en un estado semi febril, atontado, presa de un dolor que solo me alcanzaba en plena consciencia y que me turbaba hasta volver a doblegarme en medio de lágrimas y escalofríos. Tenía nauseas cuando pensaba en alimentarme y se me tensaban los miembros cada vez que me planteaba salir del ataúd. Pasaron días, sino semanas, hasta que conseguí encontrar el valor que me hacía falta para volver a la vida. La marea que se había desatado en mi interior parecía apaciguarse poco a poco, pero me había dejado varado en medio de la nada, completamente carente de emoción y ánimo. Aunque hubiera deseado sumirme en un profundo sueño hasta el fin de los tiempos, no creía que eso pudiera servir de nada.
Salí del ataúd e intenté erguirme, pero me limité a sentarme sobre el borde de madera y sujetarme de la tapa. Tenía los dedos fríos, las mejillas pálidas. Aún me temblaba la respiración y el pecho me dolía como si hubiera estado sumergido debajo del agua durante días. La seda y el terciopelo del interior del ataúd me llamaban como si su fragancia y su calidez fuesen un imán para mi piel. Pero me negué a permanecer más tiempo allí, pudriéndome en mis propias lágrimas y cerré de golpe el ataúd. Salí al pasillo y después me asomé a la balaustrada que daba al canal. El aire cálido y veraniego pareció reconfortarme un poco pero no lo suficiente. Mi ánimo seguía moribundo dentro de mi alma, dándose golpes contra las paredes de mi conciencia.
Me hice con una bata de terciopelo carmín para calmar el frío que irradiaba mi piel y recorrí los pasillos y corredores del Palazzo hasta que llegué a mi estudio. Pero antes de entrar en él ya pude divisar la luz de las velas saliendo por los bordes del marco de la puerta. Una luz anaranjada, cálida y parpadeante. Oí pasos dentro. Después el crujir de la madera de algún mueble y el roce de la tela. Ya me imaginaba quién podía ser, pero no pude evitar imaginar que aquella visita inesperada era un fantasma del pasado. Cuando giré el pomo de la puerta y la empujé hacia dentro, Eriksen se volvió en mi dirección, acomodado como estaba sobre un diván. Me miró por encima del respaldo de este y me sonrió con la mayor complicidad.
—¡Qué bien! Al fin despiertas. Pensé que dormirías durante semanas…
No sabía qué preguntarle primero, qué clase de explicaciones pedirle. Opté por fulminarle con la mirada y entrar en mi estudio, dirigiéndome hasta otro diván y dejándome caer, encogiéndome con las piernas sobre el mueble y encendiendo la chimenea con un gesto del mentón. Él tenía un librillo entre las manos y no me quitó la mirada de encima en un solo instante. Me siguió con sus ojos fríos e inquisitivos hasta que el fuego nos iluminó a ambos. Me crucé de brazos y me encogí bajo el cuello de la bata. Él me sonrió, me lanzó una sonrisa sardónica. Sus largos y finos dedos se entretuvieron momentáneamente con el borde de una de las páginas del librillo que tenía en las manos y después lo cerró y lo posó sobre su regazo, de piernas cruzadas.
Se había quitado su traje de fiesta y se había puesto una ropa más adecuada para la caza o el campo. Botas altas, pantalones largos, el chaleco era igual de largo y de color pardo. Y la levita estaba colgando del respaldo del diván. Las mangas de su camisa eran abultadas y ligeramente transparentes. Podía intuir la forma de su brazo debajo de aquella tela.
—He pensado que te pasarías por Treviso, pero como no venias… —Dijo, a modo de excusa para justificar su presencia allí.
—¿Te cuelas en mi casa…?
—Bueno, tú entraste en la mía…
—Tenía una invitación.
—Denegaste la invitación. Por lo tanto ya no tenías derecho a presentarte.
Suspiré y le aparté la mirada. No había forma de hablar con él sin que desease tener la razón. La calidez del fuego parecía insuflar algo de color en mis mejillas.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Me he estado pasando estos últimos días. Eso es todo. –Movió su pierna de arriba abajo, al ritmo de sus palabras—. Es más de media noche. –Aclaró—. ¿Siempre te levantas tan tarde?
Como no contesté, insistió.
—Hace dos noches se presentaron el gobernador con su esposa. Tuve que atenderlos. –Eso me hizo dar un respingo—. Les dije que no podían visitarte, que estabas enfermo y que yo era un conocido tuyo que se había quedado cuidando de ti. Te mandan recuerdos y te desean una pronta recuperación. –Incluso con todo, su resolución no me pareció incorrecta—. Propusieron traer aquí a una o dos personas de su servicio persona para que te atendiesen, pero les dije que yo había traído a dos sirvientes conmigo. Me conocen, bueno, más o menos. Han oído hablar de mí y de mi Palazzo en Treviso.
—El sonido de tu voz me taladra los tímpanos. –Dije, frunciendo el ceño y cerrando los ojos.
Eso le dejó en silencio unos segundos, sopesado lo que yo realmente había querido decir con aquello. Si era una provocación o si realmente yo no estaba en mis cabales.
—Has estado esperado a que despertase. Bien, ya estoy despierto. ¿Qué quieres de mí? –Hice un puchero con los labios—. ¿Te has ofendido porque no he vuelto corriendo a Treviso, a pedirte explicaciones? ¿Buscando tu compañía y tu consuelo? –Sonrió, pero fue apenas una mueca amarga, llena de resentimiento.
—Sí, supongo que esperaba encontrarte al día siguiente en la puerta de mi Palazzo. Pero como no ha sido así, he temido que hubieras podido cometer una locura.
Sonreí y negué con el rostro. Se me escapó una risilla y él me fulminó con la mirada. No pude evitar recordar el dolor que produce la luz del sol sobre mi piel. Sobre mis ojos. El recuerdo de Nikolás me golpeó, acompañado momentáneamente de su aroma y del sonido de su voz. Me reía, pero no estaba tan lejos de la realidad aquella sugerencia.
—Te ahorraría el trabajo. –Murmuré, pero él chasqueó la lengua.
—Nah, no creo que me estuvieras haciendo un favor. Y de querer matarte, disfrutaría enormemente haciéndolo yo mismo. Privarme de ese placer sería una ofensa personal.
—Sé lo que quieres de mí. –Dije, en un tono más serio de lo que ambos nos esperábamos. Se quedó quieto, esperando que le diese una explicación pero no se la di. Mi mirada fue suficiente confirmación de que no me había pasado desapercibido nada de lo que había visto en su fiesta. Su profunda confusión, su ego desmedido, la necesidad de vivir una danza macabra el resto de su existencia, y al mismo tiempo, la curiosidad y la incomprensión. Era un pájaro enjaulado que sabe que puede echar a volar cuando lo desee, pero los barrotes son demasiado intimidatorios. Y sabe que hay halconees como él ahí fuera.
Me apartó la mirada y la dirigió al fuego. Después se levantó y palmeó el libro sobre su mano unos segundos hasta que recordó de dónde lo había sustraído y lo devolvió al mismo estante. Miró alrededor, los libros abiertos sobre la mesa, una esfera planetaria en un rincón, una pequeña escultura de bronce de un David victorioso sobre la cabeza de un inmenso Goliat.
—¿Qué sabes de nuestra especie? –Me preguntó, dándome la espalda, apoyado con su hombro en una de las estanterías, mirando fijamente una pequeña figurilla de marfil de una María magdalena, en postura orante, con el cabello largo y ondulado cayendo por su espalda.
—Nada. Lo mismo que tú. Lo mismo que cualquiera. –Pareció decepcionarle mi respuesta pero no dijo nada—. Pensé que tenías las cosas claras. –Murmuré con un rin tin tín que le crispó—. ¿O acaso no somos creaciones del diablo? ¿No somos sus hijos? En la fe no hay lugar para cuestionarse nada…
—Te he preguntado porque quiero saber qué es lo que piensas tú. No propongo cuestionar mis propias creencias.
Se volvió hacia mí y se paseó por delante de la chimenea. Yo rodé los ojos y me dieron ganas de darme la vuelta y quedarme dormido en el diván.
—Yo no sé nada. Aunque te sorprenda, sigo siendo muy joven. Trescientos años pueden parecerte un abismo, pero incluso mi maestro no tenía claro… —Sentí como se me cortaban las palabras. Negué con el rostro deshaciéndome de toda clase de pensamientos terribles y bajé los pies del diván, apoyándome en mis rodillas con los codos—. Mi maestro era médico. A él le convirtieron bajo la certeza de que era una antigua magia alquímica la que le estaban entregando. Y se pasó la vida estudiando con el fin de hallar nuestro origen, y puede que también una cura, si fuera posible. Nos estudió como enfermos, como la consecuencia de una infección o una mutación. Nada más. No había en su mente espacio para mitología o dogmas. Así me instruyeron y así es como pienso. Si Dios o el diablo han tenido algo que ver, créeme que me da igual. No me importa. Quien me convirtió estaba seguro de que me estaba maldiciendo, yo estoy cansado de preguntarme qué soy o cual es mi lugar en la existencia.
—¡Una enfermedad! –Exclamó él, lleno de pasmo. Parecía haberme dejado de escuchar hacía mucho rato—. Nosotros no somos el resultado de una infección o una enfermedad. Las enfermedades te retienen en cama, te debilitan, pero nosotros hemos duplicado nuestra fuerza y nuestra velocidad. Hemos adquirido, los más afortunados de nosotros, dones increíbles que de otra manera hubiera sido imposible tener.
—Pero nos quema la luz del sol, que antaño no nos hacía nada en absoluto, y nos vemos obligados a beber sangre tan a menudo como sea posible para mantenernos con vida.
—Eso solo reafirma la idea de la sierpe del diablo. El sol es el mismo Dios y no podemos exponernos a su presencia igual que hacen los íncubos y los súcubos. Y nuestra alimentación a base de sangre es la misma que la del resto de criaturas malignas. –Yo cerré los ojos al escuchar eso. No estaba dispuesto a sostener un debate, simplemente intentaba convencerme de que sus ideas eran las correctas. Lo cierto es que a mí no me importaba nada de aquello pero él parecía seriamente afectado—. Pobre tu maestro, pasó siglos de su existencia buscando una cura para algo que no tiene remedio. Desperdició años y años metido en un lavatorio.
—Hizo lo que quiso con su vida, igual que haces tú, o hago yo. Sin molestar a nadie, sin meterse en la vida de los demás.
—¿No quieres saber cómo lo matamos…? –Aquella pregunta fue el colmo de mi paciencia. Me puse en pie y me dirigí hacia la puerta del estudio. Que se quedase allí si lo deseaba. Que revolviese por todas partes buscando las respuestas que ansiaba. Yo no iba a darle esa satisfacción.
Me fui hasta la entrada del Palazzo y me deshice de la bata y me puse una capa oscura. Tenía sed, estaba enfadado y deseaba alejarme lo más posible de él. No era capaz de pensar con claridad si lo tenía cerca. Mis sentimientos encontrados luchaban entre sí. En una pelea eterna entre matarlo, o rendirme a su culto y que ellos me despedazasen.
Salí a la oscura Venecia, con esa pestilencia húmeda y cálida propia del verano. Caminé por los puentes de los canales hasta el palacio ducal y me sumergí por el interior de los pasadizos del palacio de las prisiones. Bajé las escaleras oscuras, sorteé al guardia que hacia el turno de la madrugada ocultándome entre las sombras del rellano y bajé hasta la última planta. El olor era pestilente, la luz no llegaba, era imposible, estábamos bajo los canales. La peor prisión que tenía Europa, me habían dicho, húmeda y fría hasta la muerte. Con ratas como peros de grandes, con toda clase de putrefacción creciendo entre los sillares de las paredes.
Pero con suerte habría alguna víctima más interesante que el resto. Un hombre adulto, algo fornido, había sido recién encarcelado apenas llevaría allí un día. Intento de asalto a un Palazzo al otro lado del puente de los suspiros. Mala idea. Había sido pillado infraganti matando a sus propietarios. Abrí la puerta de la celda, y para su sorpresa me colé dentro. Empezó a pedir explicaciones. Me llamó por un nombre equívoco, se pensaba que era otra persona. Entre la oscuridad y el delirio acabó por ponerse en pie y cuando lo alcancé, mordí su cuello hasta que dejó de moverse. Bebí su sangre con fruición y lo dejé allí tirado. Al día siguiente echarían la culpa de su muerte a la peste, al frío o a la humedad. Puede que a la mano divina de Dios que había librado a Venecia de un terrible criminal.
Pero cuando me di la vuelta, una silueta se recortaba en el umbral de la puerta. Delgada y esbelta, apoyada en el quicio con una sonrisa en los labios, con ojos curiosos y adivinatorios. Me asustó y se rió de mi respingo.
—¿Así es como lo haces? ¿Esto es lo que consideras digno? –Miró alrededor con una mueca de repugnancia. Su acento había sido muy notorio esa vez. Parecía arrastrar las erres.
—No he dicho que sea digno. –Murmuré, irguiéndome del todo y encarándole—. Pero es mi forma de vivir. Y no tienes derecho a cambiarla.
—Ahora sí que me das pena. Pensé que tendrías unos medios más exquisitos, más refinados. Veo que te conformas con vulgares criminales. Incluso eres benevolente y les das una muerte rápida. Habrá pesando que eres la misma parca, que viene a llevárselo.
—Olvídame. –Murmuré y pasé por su lado, empujándole para que me dejase espacio.
Subimos las escaleras y cuando llegamos a la superficie y salimos al canal, él aun me seguía. Parecía mi sombra, una sombra de cabello rubio y largo que se iluminaba con destellos plateados a la luz de la luna. Me detuve en medio de un puente y me volví en su dirección. Se detuvo al verme y alzó la mirada, inquisitivo.
—¿No tienes un Palazzo que atender? ¿No tienes una corte que espera a su conde? Estarán muy aburridos sin su anfitrión.
—Podrán sobrevivir una noche sin mí. –Dijo con una sonrisa pero yo era capaz de ver la amenaza velada debajo de su compañía. Sabía que me estaba vigilando, sin descaro. Que me analizaba, me observaba y aprendía de mí. ¿Estaba esperando algo? No lo sabía. Pero sí que podía incluso adivinar que tal vez le divirtiese, en el fondo, la presencia de un nuevo vampiro en su entorno y le gustase pasar tiempo a mi lado. Tal vez sentía por mí ese tipo de curiosidad que solo los villanos entienden, una curiosidad fría y distante, llena de apasionados arrebatos de violencia e insumisión.
Y pensar que Sebastián me tenía por un hombre cruel…
—Demos un paseo. –Dijo él, volviendo a tomar el control de la conversación. Se adelantó a mí en el puente pero yo no le seguí.
—Me vuelvo al Palazzo. No me sigas más.
Di media vuelta y volví a mi Palazzo corriendo por los tejados. Me colé por el balcón que daba al canal, y al darme la vuelta esperé unos segundos. Después un minuto entero, pero para mi sorpresa no me siguió. El resto de horas durante aquella noche me las pasé imaginado ruidos extraños en el Palazzo, oyendo pasos y voces. Pero no eran más que mi inseguridad y mi desvelo. Él no apareció de nuevo, el desplante había sido humillación suficiente por una noche.
✵
Pasaron los días. Mi ánimo no mejoraba pero había comenzado a darle vueltas a la cabeza. Estaba atrapado allí. Si intentaba salir de Venecia me encontraría, estaba seguro de ello. Pero al mismo tiempo no deseaba ir a ninguna parte. Era extraño, pero el miedo que hubiera podido tenerles había desaparecido. No porque considerase que su líder no era tan estoico como se había hecho retratar. Sino porque que me matasen me traía sin cuidado. Sin embrago ellos sabían mucho más de lo que decían. Iban a disfrutar durante algún tiempo de sus acciones. Se regodearían de haber conseguido matar a mi maestro para torturarme. Iban a causarme pavor con sus apariciones, con sus amenazas y avisos. Había salido en un par de ocasiones de casa y no me había pasado desapercibido que había vampiros observándome, siguiéndome. Rodeando el Palazzo a altas horas de la mañana asegurándose de que estaba dentro o de si salía y regresaba. Intentaba preguntarme, ¿qué habría hecho Sebastián en esta situación? Era más sibilino de lo que yo era, pero no hallaba la solución. Advertir al gobernador sobre lo ocurrido no crearía sino el caos y ¿qué excusa ponerle? ¿Qué tenía él que ver con Trípoli? En medio de mis sueños recordaba, casi como un acto sacramental, el momento en que quemamos los cadáveres de Blanca y Fernando. Aquel silencio, el chisporroteo de las ascuas y el humo negro saliendo de aquellos miembros. Recuerdo su mirada pétrea y su perfil recortado por la humareda. Y penar que aquello era lo que nos había condenado…
Nikolás no habría dudado un solo momento. Me habría sacado a toda velocidad de la ciudad. Me habría arrancado de aquella casa, de todos aquellos momentos y habríamos salido de la península en un par de días. Si nos hubieran perseguido, los habríamos matado. Y sumado más cadenas a nuestros pecados. Pero ninguno de ellos estaba a mi lado y no lo estarían nunca más. Debía arreglármelas solo. Porque si creían que iba a seguirles el juego estaban equivocados.
Unos días después, justo cuando el sol estaba a punto de ponerse, me cubrí bien con una capa, y embozado como buenamente pude, me lancé al camino. Imaginé que estaban aún todos dormidos y cuando llegué a Treviso, el Palazzo estaba en silencio y a oscuras. Parecía que no quedaban recuerdos de toda aquella fiesta que se había celebrado unas semanas antes. Era espeluznante pasear por los corredores de aquella mansión mientras sentía la presencia de todos aquellos vampiros dormidos, con sus almas latentes, en los sótanos de aquel Palazzo. Era como un pozo de caimanes ocultos.
Me deslicé escaleras abajo hasta que llegué a los sótanos. Habían creado una hermosa cripta, con un par de docenas de ataúdes dispuestos uno tras otro. El espacio estaba igualmente decorado con densos cortinajes, con pinturas y candelabros. Allí no había ni la mitad de vampiros que se encontraban en el banquete aquel día. Muchos de ellos habrían sido llamados como lo fui yo. Estaba seguro de que la mayoría vivían en sus propias mansiones, con sus propios familiares y amigos. Que horrible idea la de esos vampiros integrados que se regodean de su posición para hacer crueldades como aquellas. Si desaparecieron un par de músicos, vírgenes y muchachos al mes… ¿a nadie le importaba? Dios santo…
En las diferentes estancias y recovecos había diferentes ataúdes, pero conseguí encontrar dos de ellos más aislados. De una madera gruesa y barnizada. Con una pintura recargada en la propia pared haciendo de marco teatral. Los féretros estaban terriblemente bien trabajados. Uno de ellos tenía flores talladas en los cantos y el otro una enredadera con hojas puntiagudas.
Me dirigí al primero de ellos y abrí la tapa con cuidado. Las bisagras chirriaron ligeramente y descubrí a la tenue luz de alguna vela lejana el rostro dulce y rubicundo de María. Su cabello estaba desperdigado por el almohadón de terciopelo y sus ojos se movían debajo de sus párpados, de largas pestañas caobas. Sus labios eran finos, suaves, y su nariz puntiaguda y fina. Era un retrato realmente encomiable. Habría sido una mujer muy hermosa en la corte de Carlos V, mucho más que sus hermanas o su esposa. Me senté en el borde del ataúd y puse mi mano sobre el encaje que abullonaba el borde de su escote. Tenía un cuello demasiado hermoso como para cubrirlo con una gorguera.
El ataúd que estaba justo a mi lado se abrió con un sonido lento y escandaloso dentro de aquel silencio mortal. El rostro de Eriksen se alzó en medio del sueño y el sopo, pero no intenté ocultar mi presencia. El abotargamiento duró unos instantes. Cuando descubrió mi figura sentada a un metro de él, con mi mano dentro del ataúd de su compañera se tensó como un animal rabioso y se sujetó de ambos lados del féretro. Sus dedos largos y finos se retorcieron sobre la madera. Yo le sonreí con ternura.
—Al fin despiertas. –Murmuré, intentando que mi voz no despertase a María—. Ya pensé que dormirías durante semanas…
—No seas vengativo. –Me dijo frunciendo el ceño. En algún lugar del sótano sonó la puerta de otro ataúd. Ambos miramos en aquella dirección pero rápido sentí el pecho del María bajo mi mano moverse con otra respiración. Volví los ojos hacia ella y ella me devolvía una mirada más que sorprendida, completamente aterrorizada. Aterrorizada de que me hubiese colado en el Palazzo a aquellas horas, de que mi mano estuviera sobre su esternón sin que nadie hiciera nada por evitarlo. De que Eriksen se hubiese mantenido dentro de su ataúd, sin defenderla. ¿Acaso estaba en peligro? Comenzaba a cuestionarse si ralamente yo era una amenaza seria. Si su líder no me había separado aún la cabeza del cuerpo era porque no merecía la pena.
No pensó por mucho más tiempo. Cuando mis dedos rodearon su cuello y después ascendieron a su sien. Su mente se desvaneció como una nube de humo movida por el viento. Quedó inerte, dormida e inconsciente. Por lo menos durante unos minutos más. Eriksen había observado aquello con una mezcla de admiración y miedo. Pero yo me volví hacia él y me incliné en su dirección.
—Tal vez acepte ahora ese paseo del que hablabas. La noche está despejada y hay luna llena.
—No sé cómo te has atrevido a entrar aquí así, sin más. Pero no pienso ir a ningún lado. No van a dejarte salir con vida de aquí.
Le regalé un puchero y me encogí de hombros.
—Hacedme lo que os venga en gana. —Otro golpe desde algún punto del sótano. Eriksen se irguió y miró a lo lejos de aquella oscuridad.
—Eres un loco suicida. –Murmuró y saltó fuera del ataúd, cerrándolo a su paso y agarrándome del brazo con fuerza. Ya estaba, pensé, van a desmembrarme y lanzarme al fuego. No voy a pensarlo más. Ya está, aquí está el final.
Tiró de mí fuera del sótano y hacia las escaleras. Subimos a la planta baja y después a la primera planta, donde tenía su gabinete. Me metió allí con un empujón y cerró detrás de sí. Cosa que daba igual tratándose de vampiros. Pero pareció darnos unos segundos de intimidad y tranquilidad. El sonido del cerrojo nos dejó a ambos en aquella habitación. Él estaba ofendido, enfadado. Yo procuré disimular mi nerviosismo y recorrí la habitación con la mirada. Me senté en el diván donde aquel día se hubo sentado su compañera y me dejé caer con un suspiro. Él rodeó el mueble con los ojos llenos de enfado, con una mueca de estupefacción.
—No son modos de presentarse. Eres un maldito…
—He traído algo que tal vez pueda interesarte. –Dije, haciendo que su tensión se relajase un poco. Metí mi mano dentro de mi jubón y extraje un cuaderno de notas. Era de Sebastián, de las pocas cosas que me había traído de Amberes. Se lo extendí. Era un cuadernillo forrado en cuero negro. De entre sus páginas colgaba una cuerdecilla negra con una borla de hilo a modo de marcapáginas.
—¿Qué es esto? –Preguntó, arrancándomelo de la mano—. ¿Un libro de medicina? –Abrió sus páginas y ojeó el interior con poco interés.
—Son unas transcripciones que hice de un conjunto de experimentos que hizo mi maestro en sus primeros años de médico. –Alzó la mirada curioso—. Experimentos sobre su nueva forma. Él y un compañero con el que viajó por el continente, experimentó en ambos. Quemaduras al sol, reflejos de la luz solar sobre la piel, alimentos indigeribles, qué efectos tienen los diferentes tipos de sangre dependiendo de su procedencia…
Ante aquellas explicaciones observó el cuaderno con nuevos ojos, con una mueca renovada. Parecía confundido más que agradecido.
—No necesito esto. –Me lo devolvió, lanzándomelo sobre el regazo. Yo fruncí los labios—. No hay nada de eso que yo no sepa. Tengo ciento ochenta años. ¿Crees que no he sabido lo que es quemarse con el sol? ¿No he averiguado por mi mismo que la sangre de una rata es mucho menos nutritiva que la de una joven en sus veinte años?
—Aquí se habla también de los peligros de crear a vampiros con demasiada frecuencia, y de la diferencia entre la fortaleza de unos vampiros y otros. Los bebedores de sangre no son todos iguales. Su fortaleza depende de la de la sangre de su creador y del propio humano como matriz. –Eriksen alzó una ceja, inquisitiva y yo continué—. También de la locura del vampiro, como lo llamaba a él, cuando se sobrepasan ciertos años. Y de la predisposición de algunos tipos de vampiros más débiles a caer más prontamente en esa locura. Habla de los tiempos de sanación, de los remedios que los vampiros deben usar para sanar quemaduras o mordiscos de otros vampiros…
—Tu maestro te enseñó todas esas tonterías, ¿y no te dijo que matar a otros de tu especie es un pecado? ¿Qué adorar a Dios no está permitido?
—Sí, me lo dijo. –Suspiré—. Me dijo todo eso también. Me dijo que había cierto grupo de inmortales que se aprovechan de sus dones para crear comunidades de inquisidores que persiguen a todos los demás que no comulgan con sus ideas. Que se integran en la sociedad y la pervierten con sus prácticas brutales y asesinas.
Se acercó a mí y me arrancó el cuadernillo de las manos.
—Supongo que esperas que acepte esto y a cambio te diga algo acerca de lo que ocurrió. ¿No es eso?
—No era esa mi intención. Solo pretendía ilustrarte. Me preguntaste sobre nuestro origen. No puedo contestarte a eso. Pero este cuaderno recoge todo tipo de información acerca de nuestra especie. Toda la que mi maestro pudo estudiar y transcribir.
—Si mis compañeros saben que te has presentado aquí con esto, les estas dando otra excusa más para… —Movió el cuadernillo en el aire. No iba a devolvérmelo. No por el momento.
—Pues será mejor que lo ocultes si pretendes leerlo… —Sonreí y él me devolvió una mueca divertida.
—Espero que esto no sea lo último que queda de tu maestro. –Murmuró, con fingida pena—. Me entristecería arrebatarle un objeto tan preciado.
—No te preocupes por eso. No es lo único que tengo de él. Y sus estudios, por otra parte, me los sé de memoria. No es su letra la que está ahí escrita, sino la mía. Transcribí muchos de sus estudios. Antes de tenerme a mí, su biblioteca era un caos de apuntes y anotaciones. –Debí decirlo con un tono soñador y lastimero porque me apartó la mirada y la dirigió a alaguna parte de la sala, lejos de mí. Miró entonces el cuadernillo y murmuró:
—No creo que encuentre nada interesante aquí dentro.
—No importa. Si ese es el caso, no pierdes nada por intentarlo.
Con un gesto de su mentón me señaló la puerta, cansado.
—Vete, antes de que terminen de despertar y te encuentren aquí.
Yo asentí, conforme. De nuevo estaba perdonándome la vida, o alargando mi condena. Me puse en pie pero antes de salir por la puerta no pude evitar recordar la última vez que estuve allí. Su voz, el sonido de sus palabras distorsionadas por mi cuajo de lágrimas. Vino a mi mente un detalle que hasta entonces había mantenido oculto en mi inconsciente. Fruncí los labios y con la mano en el pomo de la puerta me volví en su dirección.
—Una cosa… —Murmuré—. Cuando estuve aquí y me dijiste que habíais matado a mi maestro… —Apreté los labios—. ¿Dijiste que estaba con una mujer? ¿Estaba acompañado de una bebedora de sangre?
—Así es. –Dijo, alzando la mirada y volviendo a llenar su expresión de la divertida esencia del juego macabro que había establecido conmigo.
—¿Quién era? ¿Cómo era?
—¿No sabes quién era esa mujer? –Me preguntó, igual de ignorante que yo.
—No. No lo dejé con nadie. Cuando me separé de él…
—Era una mujer alta, mayor. Rubia y de más o menos su edad. –Eso no me decía nada. Desde que lo dejase a mediados del XVII hasta que se encontrase con Eriksen a principios del XVIII había tenido tiempo de encontrar otra compañera inmortal.
—Era creación suya.
—¡Creación suya! –Dije, y mi sorpresa le llenó de curiosidad.
—Sí. La había convertido él. Una pobre mujer con evidentes encantos femeninos. Con una inteligencia afilada.
—¿Dónde los abordasteis?
—Salían de España hacia el sur de Francia, en dirección a Marsella. Recorrieron la costa francesa y los alcanzamos antes de que llegasen a los andes.
—Que importa ya. –Me pasé la mano por la frente y me despedí de todas aquellas ideas—. Los matasteis. ¿Qué más da dónde?
—A tu maestro sí. –Dijo, con un tono juguetón que me puso los pelos de punta—. Pero a su compañera no. Ni si quiera sé cómo se llama de verdad. Adoptó su apellido como si fuese su esposa.
—¿La dejasteis con vida?
—Claro, ella no era nuestro objetivo.
—¿Dónde está? ¿Qué es de ella? ¿Está aquí entre vosotros?
—No. –Tajó con un claro no, rotundo y serio—. No admitiríamos a nadie como ella. Estaba completamente alienada por las enseñanzas de su compañero.
—¿La dejaste marchar?
—Qué remedio…
—¿Dónde está?
—¿Para qué quieres saberlo? –Me preguntó, alzando una ceja.
—Tengo que verla. Saber cómo está. La habéis dejado sola, con solo medio siglo de inmortalidad. Podría haberse descarriado o muerto…
—No está muerta. –Dijo, dando por finalizada la conversación, dándome la espalda y sentándose en el diván. Abrió el cuadernillo que le había dado por una página aleatoria y observó los dibujos que había allí esbozados—. Además, han pasado setenta años desde entonces. Ha rehecho su vida.
En un par de pasos alcancé a rodear el diván y me senté a su lado, sujetando su antebrazo con fuerza. Me acerqué a él y él se mantuvo firme y rígido como una estatua.
—¿Dónde está? Lo sabes. Sabes dónde encontrarla. Dímelo.
—¿Te irás con ella? –Preguntó, y en su tono advertí cierto miedo. Tal vez algo de inquina y traición. Yo suspiré, era imposible sacarle nada por las buenas. Incliné mi rostro y apoyé mi frente en su hombro.
—Te lo suplico. Tal vez ella pueda decirme algo… necesito saber si Sebastián me había perdonado por dejarle…
Cerró el cuaderno de golpe y se incorporó. Me dejó allí en el diván mientras se escondía el cuadernillo en el bolsillo del chaleco y me señalaba de nuevo la puerta con el mentón, esta vez con un gesto mucho más carente de paciencia.
—Amenazas a mi compañera y esperas que me ablande con tus súplicas. No, no funciona así…
Yo asentí, lo comprendía, era capaz de ponerme en su lugar. Recogí mi capa y me marché, sintiendo como se agolpaban lo pensamientos en mi mente. Era incapaz de reaccionar. Había una bebedora de sangre que había compartido los últimos años de Sebastián por ahí, perdida en el mundo, y no podría encontrarla sino era con la ayuda de Eriksen.
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