EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 56
CAPÍTULO 56 – El declive
Después de haber ejercido como boticario durante unos cuantos años y haberme ganado un lugar en aquella maravillosa ciudad llegó una carta del ayuntamiento, ordenando nuestro traslado a otro inmueble. Nos aseguraban una compensación económica, que decir tiene que no costearía todo el dinero perdido, pero nos exhortaban a que abandonásemos el edificio en máximo seis meses. El ayuntamiento planeaba empezar al año siguiente unas obras en el centro de la ciudad para crear una gran plaza mayor, financiada por la familia real como regalo a la ciudad por haber contribuido en su favor a la Guerra de Sucesión. Acudí al ayuntamiento para quejarme de aquella nimia compensación que prometían darnos para compensar el trauma pero el alcalde no parecía dispuesto a soltar un solo real más.
—No lo he ordenado yo, son mandatos de arriba. –La misma excusa que usaban todos los malditos funcionarios para quitarse el marrón de encima—. El rey no ha hablado nada de compensación. Eso ha sido idea de este consistorio. Otros treinta y cinco negocios se verán afectados. Pero dará mucho empleo durante unos cuantos años a todos los que colaboren en las obras para la nueva plaza.
No había nada que hacer. Cuando regresé a casa y le conté a Nikolás lo sucedido, casi pareció aliviado. Recuerdo aquella escena como una quemadura sobre la piel. Se repanchingó en el diván poniendo las manos detrás de a cabeza y los pies sobre la mesita que tenía delante. Se dejó arrellanar por los cojines y chasqueó la lengua.
—¡Qué le vamos a hacer! De todos modos ya era hora. Llevamos muchos años aquí metidos.
—Mañana empezaré a buscar otras viviendas, pero con este imprevisto, muchos propietarios subirán los precios y con la ayuda que nos da el ayuntamiento no sé cómo podremos hacer… tal vez pueda vender alguna de las reliquias que tengo por ahí…
—¿De qué estás hablando? –Preguntó él, volviendo el rostro con el ceño fruncido en mi dirección. Yo alcé una ceja.
—¿De qué estás hablando tú?
—Yo hablaba de marcharnos de la ciudad. No estarás pensando en quedarnos, ¿verdad?
—Pues claro que hablo de quedarnos. –Dije, como si fuese lo más corriente del mundo. Yo mismo no comprendía a qué venía aquella sugerencia por irnos de la ciudad—. Tengo un negocio y mucha gente depende aquí de mí.
No podía creer mis propias palabras. Si no recordaba mal, Sebastián había pronunciado aquella misma frase un siglo antes y yo mismo estaba ahora viviendo aquella misma escena desde otra perspectiva muy diferente. Estuve a punto de morderme la lengua pero Nikolás ya rebatía mi suposición.
—Despierta, mocoso. Llevamos aquí casi cinco años. ¿Cuántos años vienes diciendo que tienes? ¿Veinticinco? ¿Veintiséis? Puede que ahora cuele, pero de aquí a dos o tres años, cuando rondes los treinta, ¿Quién va a creerte?
—Me ha costado mucho abrir mi negocio…
—Y lo admiro. Créeme que te admiro por ello. Pero ya está bien con el jueguecito de enfermero. ¿No te parece?
—¿Jueguecito?
—Entiendo que te guste pasar el tiempo, y de vez en cuando ayudar a algún que otro humano. De verdad que sí. Pero tienes que mirar por ti mismo primero. Si permanecemos mucho tiempo aquí, la gente empezará a sospechar. Además, esto parece un designio mismo de Dios. –Lo dijo con un tono de burla que no me gustó nada—. Es la excusa perfecta para abandonar. No te estás rindiendo, no lo veas así. Las cosas cambian, inexorablemente, y hay veces que hay que saber cuándo abandonar. Podemos volver dentro de veinte o treinta años y ver las obras terminadas. –Me lanzó una mirada suspicaz, intentando comprobar si me había convencido—. Mira, hagamos esto. Despacha a los clientes hasta que se te acaban las reservas del almacén, y después vende el local. Cogemos el dinero de la venta y el de la indemnización y nos largamos de aquí.
Si hubiera tenido más seso, le habría hecho caso. Hubiera seguido su lógica, que no estaba tan errada. Pero odié la forma en que despreció mi labor y mi tiempo invertido en todo aquel negocio.
—No quiero irme. Esta ciudad me gusta, me gusta su gente.
—Te gusta este pasatiempo. Puedes abrir un negocio en cualquier otro lado. Siempre hablas de Toledo, vayamos a Toledo y allí puedes abrir otra botica, con el dinero que saquemos de la venta de…
—No tengo por qué hacer lo que tú quieras. –Dije, en un tono firme y serio. Él se volvió a mí con gesto ofendido—. Si quieres marcharte, puedes hacerlo. Haz lo que quieras, yo me quedo.
Se levantó del diván y se acercó a mí, me miró desafiante y sonrió.
—Tal vez lo haga, mocoso.
Y tras decir eso, pasó por mi lado y desapareció escaleras abajo.
Estaba cansado de viajar, de dormir en cuevas y edificios abandonados. De arroparme con la capa y usar mi brazo como almohada. Y ahora que me había hecho a la nueva estabilidad estaba sugiriendo que volviéramos al camino, que nos marchásemos dejando todo aquello atrás. Puede que fuera en parte un materialista, pero me había hecho a mi nuevo escritorio. Tenía una centena de libros por toda la casa. ¿Todo aquello también se quedaría atrás? Estaba cansado de ir dejando retazos de mí por todas partes, temía que algún día no quedase nada más de mí con consistencia. Tenía razón en cuanto a la edad, pero aún podríamos quedarnos unos años más. Nadie notaria nada. Pero estaba equivocado. Había algo peor que nuestra apariencia con lo que teníamos que lidiar.
Puede que ante mi negativa de marcharnos, o por un impulso suicida de Nikolás como acto de rebeldía, empezó a dejar cadáveres por las calles. Había sido cuidadoso hasta entonces. Había ocultado bien los cuerpos, los había lanzado al río o los había dejado en un estado en que pareciera una muerte natural. Pero comenzó a despreocuparse. Me llegaron las primeras noticias a través de una clienta de mi botica. Cuando le estaba entregando un par de botes de pomada de sebo ella alzó los ojos, era una anciana, llena de arrugas y pelo cano, recogido bajo un pañuelo oscuro.
—¿Te has enterado, mozo, del cuerpo que han encontrado en el Patio de Escuelas, frente a la fachada de la universidad?
—No, no he oído nada. –Aquello no era inusual. Era habitual que entre estudiantes hubiera peleas y algunas veces los altercados o robos, o asaltos, acabasen en tragedia. Pero en aquella ocasión, la anciana parecía escarmentada.
—Dicen que le han atacado unas fieras. Tenía el cuello desgarrado. Como si le hubiese abierto la garganta un lobo. –Se santiguó—. O un demonio. ¡Dios me perdone!
Yo asentí. La señora se marchó, pero al rato no tardó en llegar otra clienta con el mismo cuento, y después otro cliente más. Cuando Nikolás llegó a casa a eso de las cinco de la madrugada, dispuesto a meterse dentro del ataúd y caer rendido por el sueño, yo le encaré y le pregunté qué sabia del chico que habían encontrado en el Patio de Escuelas. No se avergonzó en absoluto cuando dijo:
—El pobre quiso gritar. Menos mal que le arranqué la tráquea.
Y sin más se metió dentro de su ataúd, cerró la tapa y se quedó dormido. Yo me quedé pasmado con la naturalidad con la que me estaba provocando. No me engañaba con aquella fachada descuidada.
Aquello se repitió durante meses. Todas las semanas encontraban algún cadáver. Ya fuera en el rio, en los jardines de la catedral, tirado por alguna calle… la mayoría con lesiones provocadas por algún brusco enfrentamiento, pero todos desangrados y muertos. Comenzó a correr la idea de que un monstruo o un loco andaba suelto y los oriundos de la ciudad empezaron a imponerse un toque de queda que afectó a mi negocio. Ninguno salía una vez había anochecido y yo me privaba de sus compras que eran tan necesarias. Los estudiantes estaban hechos de otra pasta. Eran tan adictos al vino y la juerga que pasaron por alto todas las precauciones posibles. Un día aparecía una prostituta muerta en su cama, otro día un estudiante flotando en el rio. Era cuestión de tiempo que las autoridades abriesen una investigación.
Tuve que enfrentar aquello una noche de octubre, cuando el plazo del traslado terminaba en unos meses. No estaba dispuesto a que las amenazas veladas de Nikolás me forzasen a hacer lo que él quisiera. Ya era suficiente con tener que soportar que de vez en cuando se metiese en problemas con los ciudadanos y a mí me tocase disculparme en su representación. Pero que alentase a las autoridades contra nosotros a causa de los cadáveres, eso no.
Iba a salir por la puerta del negocio, antes de la hora de la apertura, pero yo le corté el paso. Se quedó petrificado ante mi presencia allí, cruzada de brazos.
—Voy a salir. –Dijo, lleno de autoridad. Yo negué con el rostro.
—No hasta que hablemos. –Suspiré.
—Hablemos. ¿Quieres que hablemos del tiempo o de las últimas noticias políticas? ¿Sabes que el rey ha…?
—No me hagas esto, ¿sí? –Murmuré—. Vamos, hablemos enserio. ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué estás causando tantos problemas? ¿Es una venganza contra mí?
—Que avispado, mocoso. –Vino hasta mí y me rozo la nariz con su dedo índice, con una sonrisa endiablada—. Eres muy listo. Ya sabía yo que eras un ratoncillo de biblioteca. Vamos, anda, déjame salir.
Hizo el amago de tomar el pomo de la puerta y abrirla pero yo cerré de golpe y me interpuse de nuevo. No volvió a intentarlo. Dio un paso atrás y se retiró.
—¿Qué? ¿Me va a tocar salir por la ventana…?
—Haz el favor de tomarte esto enserio. ¿Quieres meternos en un lio? ¿Y si supieran que eres tú? ¿Y si alguien te viese, maldita sea, Nikolás? Nos vas a condenar a los dos.
—La solución es muy fácil…
—Te comportas como un crío. No pienso marcharme, es mi decisión, pero eso no te da derecho a cogerte una rabieta y comerte a cada persona con la que te cruces de esta ciudad.
—Si quieres que me marche por mi cuenta, se valiente y pídemelo.
—No pienso pedirte algo que no deseo. Me encantaría que te quedases conmigo, aunque fueran unos años más. Aquí, en esta casa…
—Esta casa tiene los días contados. ¡El mudo entero tiene los días contados! ¿Es que eres tan inocente? Somos eternos, veremos el mundo caer y volver a levantarse incontables veces y no podemos hacer nada por evitarlo. No podemos detenernos en el tiempo por mucho que nos duela. La vida continúa, ¡vamos, Marcus! Te creía más consciente…
—No estoy hablando de eso. –Fruncí el ceño—. Hablo de la insensatez que estás cometiendo. ¿Vas a matar a una persona cada noche? ¿Vas a dejarla expuesta para que la vean todos? ¿Un día aparecerá un cadáver en la puerta de nuestra casa? Te has pasado de la ralla, lo sabes, ¿verdad?
Avancé un paso, pero él lo retrocedió. Eso me sorprendió. Cuando era humano nunca me habría tenido miedo, no de aquella manera. Me miraba desafiante, serio y confiado, pero cuando avancé un paso más, él volvió a retroceder otro.
—¿Vas a golpearme? –Preguntó, con algo de rencor. Yo alcé las cejas, sorprendido.
—No.
—Entonces déjame marchar.
—No. –Negué—. No hasta que me prometas que no habrá más cuerpos.
—No voy a prometerte nada. Voy a hacer lo que me venga en gana, igual que haces tú.
Yo me hice a un lado y le abrí la puerta, dejándole vía libre.
—Si va a ser así, márchate, pero no vuelvas por aquí. No quiero hacerme cargo de tus muertos.
Él se sintió tan herido que no pudo evitar acercarse hasta mí, cerrar la puerta de golpe y encararme con las cejas fruncidas.
—Deja de hacer el imbécil, Marcus. –Me sujetó por los hombros y me zarandeó—. Tú, el gran cazador, el asesino de pastores y ovejas, ¿te acobardas por un par de cuerpos en el río? No intentes imponerme la moral que tanto te espanta. ¡Ven conmigo a cazar! Hagámoslo como solíamos hacerlo antes. ¿Cuánto hace que no bebes? ¡Vamos, volvamos a los bosques, que tanto extrañas! ¿Acaso te has aburguesado? –Se rió de mí con una carcajada mientras me tenía sujeto por los hombros pero yo le empujé y me soltó como si mi contacto le quemase, evitando que me lanzase encima de él. Levantó las manos a modo de poner paz entre ambos y se alejó un paso—. No quiero pelear
—Vaya, ¿ahora no quieres pelear? Te has pasado la vida haciéndolo. Cuando me conociste, ahora con esta pobre gente. Siempre estás metido en líos en las tabernas…
—No quiero pelear contigo. –Aquellas palabras me dejaron algo confundido. Era evidente que quería enfrentarme, que deseaba imponer su criterio a la fuerza pero parecía retraído.
—No vas a cambiar de opinión, y yo tampoco. Vete, y márchate hasta que al menos te dignes a disculparte por lo que ha estado haciendo.
Él suspiró y se dio por vencido. Dejando caer los hombros se acercó a la puerta y la abrió, pero se quedó a punto de cruzar cuando se volvió a mí con gesto de resentimiento.
—Ya no somos humanos. Es inútil llevar una vida de fingimientos. Está bien dárselas de humano, de vez en cuando, pero aferrarse a la mentira es perder el sentido de uno mismo.
—¿Algo más? –Pregunté, deseando que se marchase.
—Sebastián me advirtió de esto. Me dijo que era un equilibrio complicado. Hay que saber cuándo marcharse y cuando quedarse, y que hay que tener siempre presente que somos inmortales, y nuestros tiempos no son los mismo que los del resto de los humanos seguro que a ti también te lo dijo.
Oír el nombre de Sebastián en sus labios me retorció el pecho.
—¿Algo más de lo que te advirtiera?
—Me previno contra ti. Para que no peleásemos. –Yo alcé los ojos en su dirección y sonreí con sarcasmo.
—¿Nos quería felices y comiendo perdices?
—Me previno porque me aseguró que yo no podría contigo. En ninguna circunstancia.
—Está claro, soy mayor que tú.
Aquello le hizo negar con el rostro.
—Sebastián me lo contó todo. Tu habilidad para pasar grandes temporadas sin beber sangre. Incluso si yo me sacio cada noche, no tengo nada que hacer contra ti. Pero él me confesó que también temía no poder hacerte frente. Incluso a pesar de su edad, temía tu fuerza. Por eso los últimos años evitó el enfrentamiento contigo. Porque estaba seguro de que podrías matarle si te excedías.
Oír aquellas palabras me hizo hervir la sangre. Apreté los dientes y le fulminé con la mirada.
—Lárgate.
—Sebastián no es exclusivamente tuyo. Es mi creador, y aunque no quieras oírlo, me puso sobre aviso de muchas cosas. Esta era una de ellas.
Sin decir nada más se volvió hacia el exterior y cerró la puerta tras de sí. Aquellas palabras me rondaron toda la noche, y el resto de días que le precedieron. Él no volvió en semanas. Y aquella soledad en la que me dejó era la más desgarradora que había sentido nunca, porque me había dejado acompañado de los demonios que más me perturbaban y del veneno que había soltado por su boca.
✵
No apareció por muchos días. Tantos que empecé a pensar que se había ido de la ciudad. Para mi sorpresa de vez en cuando lo sentía rondando la casa o los alrededores. La ciudad no era muy grande y si me esforzaba, podía encontrarlo solo con el poder de mi mente, aunque eso seguramente hubiera significado que él me sintiese buscándole. En alguna ocasión era inevitable, lo notaba rondando el bloque, o quedándose en la puerta de la iglesia de san Martín, esperando a alguien o a que pasase alguna víctima. Odiaba que cazase tan cerca de casa, pero era un buen punto para pillar desprevenido a cualquiera.
Había dejado todas sus cosas dentro de la casa y no las había venido a buscar. Ni su laúd, ni se había cambiado de ropa, ni su documentación. Nada. Ni si quiera un par de monedas para invitar a sus conocidos a unas copas de vino. Seguro que robaba a los que mataba y con esas monedas se costeaba la amistad de sus admiradores. Seguro que le pedía el laúd a algún tuno, seguro que se codeaba con lo peor de aquella ciudad.
Mis existencias habían comenzado a agotarse y mis clientes lo sabían. Pasadas las dos de la mañana nadie venia a buscar nada a no ser que fuese una urgencia, y solamente me quedaban algunas especias, algunas flores secas y algo de cera de abeja. En el laboratorio no había mucho que hacer, después de todo, así que aquellos días y dolido por la ausencia de Nikolás, me quedaba en el salón o en el estudio. Escribí cartas para Sebastián que nunca enviaba y rellenaba concienzudamente mis cuadernos con las últimas recetas o actualizaba los libros de cuentas.
Un fuerte golpe me sobresaltó mientras estaba en el escritorio, inclinado sobre un libro. La presencia de Nikolás inundó toda la casa y yo me puse en pie para recibirle. Había golpeado la puerta de la tienda al entrar y subía las escaleras con pasos firmes y secos. Me asomé al salón y lo vi aparecer con el rostro contraído en una mueca de enfado que se borró al verme y pasó a una expresión de suficiencia y coraje.
Yo dije nada. Le observé como si fuera la primera vez que le veía. Tenía las mejillas sonrosadas y los labios manchados de sangre. Aún goteaba por su barbilla un hilo de sangre que había manchado el pecho de su jubón. Solo esperaba que no se le hubiera ocurrido dejar de nuevo el cadáver a la vista, y mucho menos alrededor de la casa. La sangre que le caía por el labio era aún reciente, estaba cálida. Todo él estaba ardiendo, como febril. Estaba borracho de sangre.
—Si vienes a por el laúd... –Murmuré, pero él sonrió, divertido solamente por el tono de mi voz. Me hizo fruncir el ceño mientras lo veía acercarse. Estaba muy cambiado desde la última vez que lo había visto. Volvía a ser el Nikolás pendenciero que se jacta de atemorizar a sus semejantes.
—Te he dejado una pila de cadáveres en la entrada. –Dijo, pero yo sabía que mentía. Apreté los labios—. Todos sabrán que eres tú el monstruo.
—¿Yo el monstruo? –Murmuré, con un suspiro—. Más vale que no sea verdad...
—Vamos mocoso, ¿no crees que sea capaz? –Estiró su mano y alcanzó mi antebrazo. Tiró de mí hacia él y yo intenté no ceder. Acabó por avanzar un par pasos hasta que se pegó a mí y con su otra mano sujetó mi camisa—. ¿Me has echado de menos estos días?
—La casa ha estado muy tranquila, sin tu maldita música… —Mis palabras le hicieron arrugar la nariz, pero sonrió. Esperaba ese enfrentamiento y disfrutó de mi represalia.
—Yo si te he echado en falta. Tus malditos sermones, y tu asquerosa manía de mirarme con odio. –Su mano tiró del cuello de mi camisa haciendo que se saltasen los botones. Su nariz ya rozaba mi clavícula cuando interpuse mi mano sobre su boca. Estaba espantado ante lo que estaba haciendo. Desde que nos habíamos conocido, nunca le había permitido nada semejante. Intenté zafarme pero sus manos me asieron la cintura y me apretaron contra él. Sin embargo mi mano en su boca parecía haberle puesto freno. O eso creía. Mordió mi mano, y no conseguí apartarla a tiempo. Sus dientes se clavaron en mi un instante y cuando la retiré se abalanzó contra mí.
Forcejeamos en el suelo, tiramos un candelabro apagado y mi espalda topó con la alfombra. Él parecía divertido a pesar de que se evidenciaba que tenía menos fuerza. Jugaba a buscarme las cosquillas. Si no me mordía la mano, hacía el amago de morderme el antebrazo. Si le sujetaba la muñeca, él desvía su rostro hacia ella y abría sus labios, mostrándome sus dientes afilados. Estaban ensangrentados, ahora de mi propia sangre. Estaba íntimamente asustado. Si alguna tuve sobre él alguna autoridad, la había perdido por completo. Mi fuerza no le importaba, tampoco mi pasmo. Solo le divertía saber que me estaba asustando. Cuando sus dientes alcanzaban mi carne, no me herían demasiado. Solo juagaba conmigo. Clavaba sus dientes el tiempo suficiente como para permitirme dar un respingo y apartar la mano. Si hubiera querido, me habría arrancado un dedo, pero solo me provocaba.
Conseguí poner ambas manos sobre su pecho para interponer cierta distancia entre ambos y se relamió los labios. Me sonrió, ladino y yo le atravesé con la mirada.
—¿Qué te crees que estás haciendo? –Le pregunté—. ¿No has tenido bastante sangre por hoy?
—No voy a quitarte la poca que te queda. –Dijo, casi en tono de insulto. Despreciando la sangre que albergaba mi cuerpo. No había bebido desde antes de que él se fuera. Yo suspiré, se me enrojecieron las mejillas y le aparté la mirada. Hice el amago de levantarme pero no me dejó.
—Te dije que no volvieras si no era para disculparte. –Murmuré—. Y esto no me parece una disculpa.
—No tengo nada de lo que disculparme. Lo he meditado bien. Además volveré a marcharme. Solo he venido a molestarte.
Pensar que no se quedaría me entristeció más de lo que imaginaba. Deseaba que se quedase conmigo, que pasase la noche a mi lado. Incluso si estaba enfadado. También yo lo estaba, pero no me importaba.
—¿Has acabado ya?
—Aun no hemos empezado. –Lo vi desabotonarse la camisa y el jubón y se inclinó hacia mí. Yo palidecí y me erguí. Él me puso la mano en la nuca y me acercó el rostro a su cuello. Yo volví el gesto pero él asió con fuerza mi cuello. Rocé mi nariz con su piel, y mis labios contra su manzana de Adán—. ¿No te acuerdas cuando bebiste de mí la primera vez? ¿Recuerdas esa sensación? Yo si la recuerdo. Vamos, Marcus, bebe de mí, como hiciste antes de convertirme.
Mi garganta quemaba ante la idea de su sangre en mi boca. Todo mi cuerpo temblaba ante el recuerdo. Comencé a suspirar sobre su piel y él se relajó sobre mí. Todo su cuerpo clamaba porque le obedeciese, se entregaba a mí con devoción. Sujeté con fuerza su jubón y lo atraje a mí. Clavé mis dientes en su piel y él gimió haciéndome dar un vuelco al corazón. La sangre fluyó sobre mi lengua cálida y dulce. Como la miel. Espesa y suave. Sentí el latido de su corazón en mis labios, y también el mío, acompasándose al suyo.
Cuando creyó que era suficiente me apartó delicadamente con un pequeño tirón en el brazo. Me dejé caer y volví a tumbarme sobe la alfombra. Tenía la respiración entrecortada y un cosquilleo me invadió el cuerpo. Sentía la sangre calentado cada fibra de mi ser, su vitalidad reviviendo cada molécula. Me sentí en éxtasis, hasta el punto en que yo mismo le extendí mi mano hacia sus labios y rocé el mentón con mis dedos. Asió mi mano con las dos suyas y mordió la carne justo debajo del meñique. Bebió de mí mucho más delicadamente de lo que yo había hecho con él. Me miró a los ojos mientras lo hacía, recreándose en mis reacciones. Sus dientes eran afilados y su mordedura dolorosa, pero sentir como sus manos me sujetaban a él era tan placentero que no pensé ni un solo segundo en apartarle la mano. Hacía mucho tiempo que no sentía los dientes de otro bebedor de sangre en mí. Era un dolor conocido, casi ansiado. Me reencontré con esa punzada de malestar como con un viejo amigo.
Alcancé una de sus manos, cálidas y suaves y me la acerqué al rostro para calentar mis mejillas con su tacto. Para oler su perfume y sentir su presencia más cerca de mí. Sus dedos acariciaron mi piel y escondí allí en su palma mi rostro. Besé su piel, sus yemas. Cuando se separó de mí pasó la lengua por mi palma y rápidamente cicatrizó su mordisco. Se inclinó y me besó la línea de la mandíbula.
—Quédate. –Me oí decir, en un murmullo. Pero él negó con el rostro y los labios apretados.
—No, no voy a disculparme, así que no voy a quedarme.
Sin más, rescató el laúd que estaba en la entrada al salón y salió, bajando las escaleras. Oí el sonido de la puerta y sentí su presencia alejarse. Ojalá no hubiera regresado. La casa quedó mucho más solitaria que antes de su presencia. Y yo me deshice en lágrimas por haberle suplicado que se quedase a mi lado y que aquello no le hubiese conmovido.
⬅ Capítulo 55 Capítulo 57 ➡



.png)

Comentarios
Publicar un comentario