EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 55

CAPÍTULO 55 – Nueva vida en Salamanca


Sería el año 1723 cuando llegamos a Salamanca. Yo ya le había dicho a Nikolás de mi intención de establecernos en aquella ciudad. Era una pequeña ciudad universitaria, con gran cantidad de gente culta y erudita, que se había ganado el favor del nuevo monarca Borbón por haber luchado en su bando durante la guerra de sucesión. Había gran cantidad de prostíbulos, jóvenes marginales, pilluelos, una gran cantidad de viajeros que recorrían la vía de la plata en trabajos comerciales. Llegamos allí en medio de la noche. Habíamos viajado desde Valladolid a Ávila y desde allí hasta Salamanca. Tomamos el camino del este y llegamos hasta el Tormes. Accedimos a la ciudad por el puente romano que cruzaba el río. La luna se reflejaba en aquellas aguas negras y turbias, agitadas por el viento del otoño. Olía a carbón y a lumbre, de alguna de las casas cercanas. Había unos barquitos amarrados en la orilla, y un gato callejero nos salió al paso, escondiéndose en los densos matorrales de la ribera. También nos sorprendió el olor de la humedad que traían las nubes. Llovería en cualquier momento.

Al contrario que muchas otras ciudades que habíamos conocido, la gente no dormía en las noches. Los estudiantes recorrían las calles de una casa a otra, de una taberna a la siguiente, y a altas horas acababan en los prostíbulos, para levantarse al día siguiente y acudir a las clases como cada día. Pasamos por delante de la fachada de la universidad y después por los jardines de la catedral. Detuve a un estudiante que me salió al paso y le pregunté donde podría encontrar una habitación para un par de noches. Por suerte eran jóvenes avispados, hechos a la vida en aquella ciudad. Encontramos una pensión por la que pagamos por una habitación para aquella primera noche. Pero a pesar de la amenaza de lluvia yo estaba excitadísimo. No podía quedarme allí a descansar. Nikolás se fue por su cuenta y acordamos encontrarnos frente a la iglesia de san Martín a las tres de la mañana.

Me acerqué hasta la universidad. En algunas de las aulas aún había luz, podía sentir a los estudiantes dentro, durante sesiones de estudio, durante clases nocturnas de teología y filosofía. También había profesores de medicina y de derecho. Todo tipo de disciplinas aunadas bajo un mismo techo. Caminé hasta el jardín de Calisto y Melibea y paseé bajo aquella arboleda fisgoneando a jóvenes amantes que se habían acercado hasta allí para darse castos besos bajo las copas de los árboles que empezaban a perder sus hojas. De regreso al centro me topé con la cueva de salamanca, una famosa gruta en la que dicen las leyendas encontrarse el mismo demonio con promesa de enseñar los secretos de la alquimia a aquel que le dé su sombra.

Allí había dos jóvenes borrachos, ebrios como cubas, apoyados en las piedras de granito beige. Hablaban quedamente, y reían, divertidos, de las bromas que se estuvieran contando. Aparecí, engalanado de negro como ellos, como era rigor en un estudiante de aquella época y me acerqué hasta tenerlos de frente. Ellos alzaron los ojos y me sonrieron con jolgorio.

—¿Y tú qué quieres? Se nos ha acabado el vino. –Dijo uno de ellos, el más alto—. ¿Nos traes más?

—Soy el diablo de esta cueva. –Teatralicé, a lo que ellos se desternillaron. Eran hijos de la ilustración que abocaba por consumir el continente en el raciocinio y la falta de superstición. Y estaban borrachos.

—Si eres el diablo de la cueva, haz que aparezca vino en esta tinaja. –Me extendió un pequeño botijo de barro y yo sonreí. Él desistió y se irguió un poco, mirándome mejor dentro de aquella oscuridad.

—¿Eres estudiante de retórica? Puede que te haya visto por la universidad…

—No, no soy estudiante.

—Entonces márchate. –Dijo el otro, haciendo un ademán con su mano, despectivo.

Yo no deseaba prolongar aquello más de lo necesario. Me acerqué al primero y lo sujeté con mis manos. Mordí su cuello y bebí toda su sangre bajo la atenta mirada de su compañero que observó aquello algo confundido. No sabía lo que estaba pasando. Era un beso de muerte. Cuando el muchacho cayó de mis manos, ya inerte, sí que se puso en pie de un salto y se espantó. No llegó a salir del recinto. Lo agarré con fuerza del brazo y bebí de su antebrazo mientras él me empujaba con su mano sobre el hombro. No gritó, para mi sorpresa. El sopor de la muerte le llegó rápido y placentero. Desfalleció en mis brazos y lo dejé caer sobre aquel suelo embarrado. El cántaro de vino vacío que había quedado ahí tirado con ellos sería la mejor excusa para considerar que habían muerto de coma etílico.

A las tres de la mañana llegué a la escalerilla de la iglesia de san Martín. Esperé varios minutos hasta que Nikolás apareció y se me acercó lleno de júbilo.

—Esta ciudad es maravillosa. Tiene un montón de gente joven. Hay tabernas increíbles, y la tuna sigue tocando por ahí en algún bar. ¿La oyes? Aquí no duerme nadie…

—Nos quedaremos aquí un tiempo. Todo el que nos permita nuestra edad.

Compramos una casa cerca de la iglesia de san Martín, en una calle perpendicular a la principal. No nos pusieron demasiados problemas. Yo falsifiqué todo tipo de documentos, con la colaboración de un copista sobornado, para tener todos los papeles en regla. Me puse más edad de la que tenía y un título como boticario por la universidad de Montpellier. Nikolás adoptó el apellido de mi maestro y ambos nos hicimos pasar por hermanos Cornelissen. Habíamos heredado un dinero de nuestro padre al fallecer e íbamos a montar una botica. Al hombre que le compramos la propiedad eso le traía sin cuidado. Después de mirar varias propiedades nos quedamos con aquella porque disponía de todas las necesidades que precisábamos.

La planta baja estaba dividida en dos partes, la primera para montar un pequeño negocio cara al público y un segundo espacio cerrado y con una única ventanita a modo de ventilación que usaríamos como laboratorio, cocina y almacén. La primera planta era el hogar, con un saloncito que amueblaríamos a modo de recibidor y lugar para reunir a las vistas y dos pequeñas habitaciones, una de ellas, la que daba al exterior la usaría yo de estudio y biblioteca y la otra, que no tenía ventanas, como dormitorio. La última plata era una bohardilla diminuta y apolillada. El propietario nos aconsejó que trabajásemos y viviésemos en la planta baja y que alquilásemos las otras dos plantas para ganamos un dinero. Yo me negué, estaba acostumbrado a tener más libertad de espacio en mi propia casa y le había pagado generosamente por toda la propiedad. Él se encogió de hombros.

—Muchos estudiantes pagarían por vivir en esa bohardilla.

Lo cierto es que no era solo una manía personal. Tener inquilinos no casaba con nuestro estilo de vida inmortal.

La casa no traía muebles ni nada por el estilo, nos hicimos con todo tipo de mobiliario hasta que se nos agotaron los ahorros. Compré un diván de madera oscura y terciopelo negro, y una mesita de té. Un par de estanterías y un escritorio. Varios arcones llenos de agujeros de carcoma para nuestra ropa y dos ataúdes. Uno de madera de nogal y otro de caoba. Pensaba llenar la estancia de velas, inciensos y palo santo. Como me había enseñado mi maestro. Pero hasta entonces la visión de dos ataúdes en aquella habitación oscura y lúgubre era, para mi desgracia, bastante tenebrosa. Nikolás se asomó dentro y miró los dos féretros colocados el uno al lado del otro. Se inclinó para abrir uno de ellos. Estaban forrados de seda y algodón.

—¿Qué te ha dicho el carpintero? –Me preguntó, con una mueca sonriente.

—Le he dicho que era para mis padres. No ha preguntado nada. No habría sido muy elegante por su parte.

—Son muy bonitos. –Dijo, no del todo convencido—. ¿Tendré que dormir en ellos?

—Sí. Puede dormir en el que quieras.

—El de madera rojiza me gusta más. –Dijo, señalando con el mentón el ataúd de madera de caoba. Ambos tenían una cruz tallada en la superficie de la tapadera y unas bisagras de bronce repujado.

—Si prefieres una cama…

—Podré adaptarme. –Dijo, encogiéndose de hombros.

Pero cuando llegó el amanecer y se me empezaban a cerrar los ojos fui el primero en irme a descansar. Me metí dentro de mi ataúd y me tumbé de lado. Era una sensación extraña, después de décadas sin dormir en uno de ellos era como reconciliase con un viejo hábito maligno y artificial. La seda me recogió el cuerpo y no pude evitar pensar en Sebastián, y en su cálido abrazo que me acompañaba cada noche. A través de la madera pude oír a Nikolás acercarse a su ataúd, abrirlo y asomarse dentro. Lo oí refunfuñar y chasquear la lengua. Se metió dentro y cerró la tapa. Pero apenas tardó unos minutos en volver a saltar afuera y merodear alrededor. Yo estaba punto de reírme cuando se acercó a mi ataúd y abrió la tapa, descubriéndome con un ojo abierto en su dirección.

—¿Hay espacio ahí para mí? –Preguntó, señalando con la mirada el interior de mi ataúd.

Yo sonreí y me hice a un lado mientras él se inclinaba dentro y se acomodaba a mi lado. Cerró la tapa con cuidado y me estrechó entre sus brazos. A los segundos, suspiró, casi aliviado.

—Tal vez con que hubieras comprado uno, era suficiente…

—Mi maestro me compró uno a mí cuando me acogió, y era decisión mía si usarlo o no. si no quisieras dormir conmigo, tendrías la opción de ir a tu ataúd.

En lo que más dinero nos gastamos fue en todo el material para la botica. Por suerte la tienda estaba diseñada con un mostrador que no había que comprar y con una vitrina para el escaparate. Compramos una estantería que montamos entre los dos y la pusimos detrás del mostrador. Después nos hicimos con una gran mesa para el laboratorio y bastantes estantes de madera que colgamos por todas partes. Una gran ventaja de aquella propiedad es que el sol nunca daba en la fachada, y después de poner gruesos cortinajes en la cristalera, no entraba una sola gota de luz. No era necesario que limitase mi trabajo a horas exclusivamente nocturnas, aunque debía regirme por mis propios horarios.

Contacté con varios especieros, con artesanos del entorno y con algunos comerciantes que pasaban por la ciudad para hacerme con toda la materia prima que iba a necesitar. Fui al ayuntamiento, a última hora de la tarde en aquel invierno gélido de la meseta y me saqué la licencia como boticario. El funcionario que me atendió se quedó bastante escéptico al comprobar que sería yo quien llevase el negocio y no un hermano mayor o un padre. Le dije que tenía la formación suficiente y que había trabajado varios años como boticario en Francia. No pudo ponerme ninguna pega, aunque me amenazó con que debía llevar todo el papeleo al día porque recibiría inspecciones periódicas. La maldita burocracia que empezaba a emanar como le peste. Doscientos años antes habría sido mucho más sencillo. Por desgracia trescientos años después la cosa se pondría imposible.

No fue hasta un año después que no pudimos abrir el negocio. Entre el tiempo que tardamos en hacernos con toda la materia prima, recuperar de mi memoria perdida todas las recetas que había aprendido de Sebastián, comprar toda la herramienta y utilería del laboratorio,  la acumulación de stock para poder comenzar con las ventas… al final no fue hasta finales del 1724 que no estuvimos abiertos al público, y aún así, con nuestro particular horario, tuvimos problemas desde el primer momento. La primera inspección nos llegó alertados de que nuestros horarios incumplían la normativa que que regulaba la apertura de negocios.

Le extendí al inspector un volante médico que explicaba mi condición médica que no me permitiría exponerme a la luz del sol, y por tanto, una excepción expedida por el ayuntamiento que me permitía regentar el negocio a altas horas de la noche.

—No hacemos ruidos ni molestamos a nadie. Tampoco trabajamos en el laboratorio con productos que generen olores desagradables. Solo tenemos la tienda abierta al público, de nueve de la noche a cuatro de la mañana. El horario en el que podemos trabajar.

El inspector se fue refunfuñando, seguro de que podría pillarnos en alguna otra infracción. Nunca supe si era su afán por multarnos y sacarnos dinero o por nuestra apariencia de extranjeros. Lo cierto es que a lo largo del primer año antes de abrir al público se pasó un par de veces por el negocio para comprobar que nuestros contratos con los comerciantes fueran legales y que la materia prima que comprásemos estuviera dentro de la normativa.

Durante los meses de verano me dediqué a recrear todas las recetas que conocía. Hice pomadas, jabones, apósitos, aceites, tintes, mezclas de hierbas para infusiones, confites, incluso algunos perfumes. Nikolás solía ayudarme a veces, sobre todo en momentos en que necesitaba la colaboración expresa de un ayudante, aunque por lo general me dejaba a mi aire, sumido en mis propios pensamientos dentro de aquel laboratorio durante las horas de la noche. Yo también lo agradecía. Me gustaba reconciliarme con mis hábitos del pasado a través de aquellos artes alquímicos. El olor de la cera caliente al fuego, el del romero y el tomillo hundido en aceite. El de la lavanda y la manzanilla. Comprendí entonces por qué Sebastián dedicaba tantas y largas hora a esas tareas. Todos aquellos olores y texturas le devolvían la humanidad perdida que se desbordaba en cada muerte y en cada nuevo siglo que pasaba. Entre tanto viaje y tanta sangre, algo de vida quedaba en aquellas flores y en aquellos ungüentos.

Cuando estuve a punto de abrir el negocio al público contacté con todos los médicos y profesionales de la salud que había en la ciudad para promocionarles mis productos, para que me enviasen a mí a sus pacientes que necesitasen de cualquier medicamento o remedio natural. No necesité usar mis artificios vampíricos con ellos. De entre todos los boticarios de la ciudad, yo era un soplo de aire renovador. El más veterano estaba a punto de cerrar su negocio porque ya apenas podía levantarse de la cama por la vejez y el otro tenía la fama de estafar a sus clientes con precios excesivos y productos de baja calidad.

Los horarios de mi botica molestaron a muchos pero la mayoría no pusieron inconvenientes. Supieron de mi enfermedad y se adaptaron con diligencia. Yo no estaba haciendo nada de aquello por dinero. Tal vez si hubiésemos vivido de él, si lo hubiésemos necesitado de la misma manera en que lo necesitan los humanos, me habría esforzado por abrir durante el día, pero aunque nos habíamos quedado sin la mayor parte de nuestros ahorros, no gastábamos apenas en nada más que el negocio. Y al año ya estaba dando beneficios. Si hacía todo aquello era porque yo mismo lo necesitaba. Añoraba un trabajo manual con el que encasillar las horas muertas del día, añoraba los olores y los viejos hábitos. Echaba en falta una casa caliente donde volver después de una sesión de caza. Incluso una labor para la que entregarme. No me hubiera importado dedicarme a hacer botijos si se me hubiese dado bien la alfarería o a ser sastre, si se me hubieran dado bien las artes de confección.

Y hablando de moda, Salamanca era una ciudad de eruditos y estudiantes pero yo no era ninguno de ellos. Y vestir siempre con jubones de botones dorados habría sido demasiado para mis clientes. Comenzamos a vestir de forma más casual, como vestía el pueblo llano de aquella provincia. Pantalones pardos, camisas sueltas, jubones de lana gruesa y cinturón de cuero. Aunque la mayor parte del día me la pasaba en camisa cubierto con un delantal de algodón oscuro. A Nikolás no le gustó ese cambio en mí. Me dijo que me veía aburrido, como el resto de toda aquella gente. Yo rodé los ojos.

—Es la mejor forma para integrarnos. Incluso tú te vistes a la moda de esta época…

—Supongo que me he acostumbrado a verte como un caballero, no como un artesano.

Mi primer error fue mudarnos a Salamanca, donde la caza era tan prolífica como los borrachos, las tabernas y las prostitutas. Donde la vida nocturna era la distracción perfecta para que Nikolás volviese a sus hábitos pendencieros de antaño. El segundo error fue montar un negocio. Haber comprado una vivienda no era nada del otro mundo, pero sumirme en mis propias labores, dejando de lado a Nikolás, creó un caldo de cultivo perfecto para darle la libertad que no necesitaba, y privarme a mí del conocimiento de sus quehaceres. No es que necesitase un vigilante, pero tal vez se sintió abandonado, o puede que demasiado distanciado de mí. Muchas noches me suplicó que cerrase la tienda y le acompañase a alguna taberna, para pasar el tiempo juntos. Muchas noches ni si quiera me alimentaba. En una ocasión pasaron dos semanas desde que no bebía sangre cuando Nikolás apareció por la puerta del laboratorio, unos minutos antes del amanecer, y se me quedó mirando desde la distancia con una expresión llena de recelo.

—¿Cuánto hace que no bebes?

—Puede que unos días.

—Más de dos semanas. –Dijo él, a lo que me pareció que su pregunta solo había sido para ponerme a prueba. Yo desvié la mirada de mis labores, tenía un frasquito con tinte en la mano, y le lancé una ojeada inquisitiva.

—¿Y qué tiene? No es como si hubiera salido de aquí…

—Tal vez te vendría bien un poco de aire…

—Mañana iremos juntos a cazar. –Dije, mientras volvía a mi labor. Pero eso no ocurrió. Al día siguiente llegaron varios pacientes con diversas dolencias y me retuvieron en la tienda la mayor parte de la noche.

Cuando Nikolás regresó, venia saciado y empachado de beber sangre. Había arrojado a dos víctimas al río y se regodeó al pasar a mi lado con una mirada de suficiencia y rechazo.

—Te dejaré beber de mí si lo deseas. –Murmuró acercándose a mí yo lo ignoré, preparando un paquetito con varias mezclas de infusiones.

Otra noche, en pleno verano, apareció por la tienda con un nuevo laúd. Llegó lleno de alegría y recochineo. Me lo restregó por las narices y se puso a cantar, sentado sobre la mesa del taller. Yo le miraba y le sonreía, aunque eso solo el alentó a desvelarme que se lo había comprado a un tuno con el dinero de la caja de aquel mes. Yo asentí, consciente. Sabía que había cogido el dinero. Él sin embrago se quedó impasible y dejó de tocar las cuerdas.

—¿Acaso no te molesta?

—Querías un laúd. ¿Acaso lo has comprado para molestarme?

No contestó a aquello. Yo me sonreí, porque parecía un crío intentando hacerme refunfuñar, pero lo cierto es que solo quería llamar mi atención y rescatarme de aquella vida monacal a la que me había entregado. Cuando no pasaba las horas en el taller, lo hacía en mi estudio, en la planta superior. Y era durante aquellas horas en las que él aprovechaba para sentarse en el diván en la sala contigua y tocaba durante horas, hasta que algún vecino cercano salía a la ventana a gritar que detuviésemos la música. Yo me reía entonces, y Nikolás salía a la ventana y se enzarzaba en una dura discusión con quien le hubiese increpado.

Los años pasaron de esa guisa, con Nikolás viviendo una vida nocturna de jolgorio, sangre y música mientras yo me centraba en mis experimentos en el laboratorio. Disfrutaba de tenerle lejos, no voy a negarlo, pero al mismo tiempo agradecía cada noche que al amanecer regresaba a casa y dormía a mi lado en el ataúd, reconciliándose de nuevo conmigo y yo con él, en un abrazo inmortal. Pero aquella paz que de vez en cuando se tensionaba estaba abocada a la autodestrucción. Bien me lo había advertido Sebastián pero no fue algo que me tomase por sorpresa. Todo se torció a finales de aquella década, en 1728.




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