EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 54

CAPÍTULO 54 – La comunidad de inmortales III


Ciertamente nos montaron un banquete, pero era imaginario. Juntaron en una gran mesa candelabros, cuencos con flores secas, copas vacías… los vimos tan atareados y entusiasmados que parecían niños preparando sus juguetes favoritos para los invitados. Íbamos a representar un teatro, una fingida ceremonia o algo parecido. No todos nos sentamos a la mesa, no había espacio para todos. La mayoría se quedaron sentados por las escaleras, en el suelo, apoyados en las paredes, pero atentos a nosotros. Los que nos sentamos fuimos, Nikolás, la reina, unos cuantos vampiros más y yo. Todos los mayores, los más fuertes. Los que la reina tenía más cerca de sí en aquella jerarquía endogámica.

La pelirroja se había sentado al lado de Nikolás y yo me había sentado al lado de la reina. Ella nos miraba alternativamente. Había risas y jolgorio. Todos parecían haberse olvidado de las anteriores rencillas. Estaban entusiasmados por que les habían dicho que oirían grandes aventuras de bebedores de sangre que habían viajado por todo el continente. Yo estaba algo reticente a contarles nuestras intimidades, pero Nikolás fue mucho más elegante. Sorteó con habilidad todas aquellas circunstancias que nos pudieran poner en un compromiso o que a mí me supusieran una vergüenza o una ofensa. Se limitó a narrar pequeños episodios de nuestras vidas como yo he hecho contigo, pero sus cuentos eran mucho más inocuos y exagerados. Incluso se tomaba la licencia de inventarse cosas, como una tormenta que nos sorprendiera cuando viajábamos por el atlántico, o una noche de pasión que compartimos con una mujer cuando desembarcamos en La Rochelle.

Aquellos vampiros se impresionaban con los detalles más nimios. No les sorprendía tanto el hecho de que hubiésemos conocido a grandes dignatarios o que yo me hubiese codeado con el emperador Carlos V. Les impresionaba que fuéramos capaces de dormir en camas y no tuviésemos ataúdes. O que pudiéramos pasar semanas sin beber sangre. Cuando ellos apenas soportaban un día. También se fascinaron cuando les contamos que sobrevivimos a un incendio en nuestra casa de Burdeos, o que fuéramos capaces de rodearnos de humanos y vivir con ellos sin el deseo de bebernos su sangre.

No me creyeron cuando les dije que me había dedicado muchos años a la medicina, eso se lo tomaron a broma y sugirieron si no había sido tal vez una tapadera para beberme la sangre de mis pacientes. Yo aseguré que jamás me había aprovechado de aquello pero muchos se rieron. No contemplaban aquella posibilidad. Una cosa era convivir con los humanos y otra muy diferente, integrarse en la sociedad y tener un papel activo en ella, sin buscar una retribución para mi propio beneficio como especie vampírica.

La fingida cena se alargó lo suficiente como para que el sol estuviera a punto de salir. La mayoría de ellos empezaron a mostrar signos de cansancio y letargo. Muchos se empezaban a machar a sus propios ataúdes y nosotros nos quedamos allí con la reina y dos o tres bebedores de sangre más. Nikolás parecía entusiasmado con aquella charla. Hacía mucho que no se explayaba tanto con sus historias y estaba agradecido de tener alguien que las escucharse. Sin embrago la reina también empezaba a cabecear y nos miró con algo de cansancio.

—Lo mejor será que paséis el día aquí. –Dijo, cuando dio por finalizado el banquete—. Puedo prestaros un par de ataúdes. Y tal vez mañana queráis escuchar nuestras propias aventuras, es lo más justo. Todos nos hemos quedado boquiabiertos con vuestras historias.

—Eso sería genial. –Dijo Nikolás, pero yo no estaba muy convencido.

—Preferiría que nos prestaseis algún rincón de estas grutas, mejor que un ataúd. –Le indiqué a lo que ella sonrió.

—Bueno, si así lo preferís…

Nos acompañó hasta una habitación vacía. No tenía puerta pero estaba llena de los agujeros propios de una catacumba. Nikolás se sentó en el suelo y la reina desapareció por la entrada. Su sombra se alargó a medida que se alejaba, hasta que se difuminó con el resto de la oscuridad. Apenas nos llegaba la luz de una antorcha lejana. Yo me crucé de brazos y miré alrededor. Aquello estaba lleno de tierra removida, de telarañas, del olor de la humedad y los huesos de muertos a los que habían echado fuera para hacerse sitio ellos.

—No seas tan crítico. –Dijo Nikolás, estirando sus brazos en un intento por desentumecer el cuerpo—. En peores sitios hemos dormido.

—Siento que tenga que ser así, te prometo que nos estableceremos en un buen lugar, y te compraré un ataúd para que puedas dormir como es debido.

—¿Ahora voy a tener que dormir en un ataúd? –Preguntó. Nunca lo había hecho.

—Solo si quieres…

—¿Crees que lo que nos cuenten mañana será tan divertido como lo que le hemos narrado nosotros esta noche? –Preguntó, mientras se quitaba la capa y la ponía a modo de almohada. Al tumbarse se puso las manos bajo la cabeza y me miró, socarrón.

—No lo sé. No creo que tengan mucho que contarnos. Supongo que nos hablarán de su credo, de sus normas.

—Ven, acuéstate a mi lado.

En vez de acostarme, me senté con la espalda en la pared a la altura de su pecho y él me miró con curiosidad.

—¿No vas a dormir?

—No. –Murmuré. Me había sentado de cara a la entrada. Me crucé de bazos y apoyé la cabeza en la pared.

—Bueno. Si quieres dormir, puedes despertarme y yo haré la guardia. Será como en mis tiempos trabajando para el gobernador…

Al poco de decir aquello se quedó dormido. Como un niño. Se hizo una bola vuelto hacia mí y se desvaneció hacia el sueño. Fue una noche larga, pero no pude cerrar los ojos. Podía sentir a todas aquellas criaturas de la noche dormitar en sus ataúdes. Todas sin excepción necesitaban aquel sueño, que les arrastraba hasta la inconsciencia. Todos y cada uno. No podrían haberse quedado despiertos, parecían haber sido conducidos por sus instintos.

A eso de las seis ya empezaban a reanimarse. Nikolás fue el segundo o el tercero. Abrió los ojos, me lanzó una mirada curiosa y al verme allí como si nada, y se preguntó si habría dormido toda la noche o solo unos minutos. Yo no me había movido y él sin embargo se frotaba los ojos, aturdido por el sueño y por haber despertado en un lugar desconocido. Se incorporó y se acercó hasta besarme en la mejilla. No era un beso de buenos días, no acostumbraba a aquello, era más como una disculpa por haberme tenido en vela mientras él dormía plácidamente.

—Verdaderamente estás preocupado. –Dijo.

—No sé cómo puedes dormirte así sin más.

—Porque a tu lado me siento seguro. –Aquello me dejó sonrojado.

Cuando sentí que la mayoría de los vampiros se habían despertado y merodeaban por los corredores nosotros mismo salimos a su encuentro. Muchos de ellos se estaban alistando para salir a cazar. Como advertimos el día anterior, salían en manadas, como animales que necesitan la protección de otros para su alimentación. La reina por el contrario no salió con ellos. Nos recibió y nos dio las buenas noches invitándonos a que la acompañásemos en su rutina de cuidados. Se peinó el pelo, se hizo un par de trenzas y su hija pelirroja las acomodó sobre su cabeza en una corona trenzada. Se lavó el rostro con agua con pétalos de rosa marchitos.

Cuando pasó una hora algunos de sus hijos trajeron algunas víctimas inconscientes. Las habían golpeado y estrangulado. Presenciamos como tras un breve ritual esotérico y pagano, lleno de contradicciones religiosas y morales, degollaban a las víctimas y vertían su sangre en cántaros de barro. Asistimos a aquellos impasibles, porque nadie éramos para juzgar sus métodos. Me acordé de Sebastián y me pregunté que habría hecho o dicho él. Si era capaz de mantener la compostura frente a astrónomos e inquisidores que querían diseccionarlo como a un insecto, no creo que hubiera dicho nada al respecto. Pero me pareció que todos allí esperaban que interviniésemos o al menos mostramos desagrado. Pensaron que nuestra vida y moral era superior, pero lo cierto es que aquella no era peor forma que la que usábamos nosotros.

Después sacaron los cuerpos fuera y los enterraron. Eso sí que me conmovió. Para mi sorpresa mostraron más respeto con sus cuerpos de lo que nosotros solíamos hacer. Aquella sangre la vertieron en jarras y después la sirvieron en copas de plata. Nos sirvieron dos a nosotros y yo me negué beber de ella. Nikolás no se mostró tan escéptico y aceptó la suya.

—Es de mala educación no beber cuando te están invitando tan amablemente. –Dijo la pelirroja que se había quedado con la copa que iba destinada a mí de la mano. Yo me encogí de hombros.

—Vosotros tenéis vuestros hábitos y yo tengo los míos.

—¿Es por la víctima o por la copa? –Preguntó la reina, más curiosa que ofendida.

—Es por vosotros. No beberé sangre que no haya cazado yo mismo.

La reina pareció comprender, asintiendo con un ademán casi regio. Nikolás por el contrario vació la copa de vino y me lanzó una mirada que quería decir “la sangre es sangre, no te pongas quisquilloso”. Pero sabía que eso me daba igual. Solo quería hacerlos rabiar.

Cuando todos los bebedores de sangre regresaron a las grutas, después de haberse alimentado, se reunieron de nuevo en torno a la mesa. Esta vez éramos nosotros los oyentes. Nosotros debíamos asistir a sus narraciones. Pero no hubo demasiado que contar. Muchos de ellos apenas tenían un par de años de vida, y ninguno nos habló de su época humana. Parecían haberla olvidado, como muertos que no saben que han sido vivos alguna vez y se dedican a vagar lúgubremente por la eternidad.

La pelirroja tomó rápidamente la palabra, hablándonos de las ventajas de aquella vida que llevaban, porque ella sí había conocido a otros bebedores de sangre que se habían puesto en peligro y los habían atrapado y matado unos humanos. Nos contó aquello como si fuera el mito mismo de la creación, de la expulsión del paraíso, o de la condena de Prometeo. Ella era, de entre todos, la más anciana, y de las primeras creaciones de la reina. Y se tomaba la libertad de creerse su súbdita más cercana, la heredera, y en ausencia de la reina, su representante. Nos contó como dos de los suyos, que habían elegido el camino del pecado y la aventura, se habían marchado del culto y habían vivido un tiempo entre humanos, añorando la vida que tenían y arrepentidos de haberse convertido. Pero al ser descubiertos, los capturaron y los expusieron al sol, para demostrar que eran demonios de la noche.

—Murieron agónicamente. El sol es Dios, que nos condena a las sombras, porque se arrepiente de su creación, igual que a Lucifer y a todo su séquito. Exponerse a la luz del sol es enfrentarse a Dios mismo. Y la condena de Dios cae sobre nosotros como un dedo llameante. Como la espada del arcángel Miguel.

Yo rodé los ojos y Nikolás asintió, como hechizado por ese discurso bíblico. Qué sabría él del sol, nada. Yo mismo había experimentado en mis propias carnes ese aliento de Dios. Pero él no tenía nada de lo que estremecerse.

—¿Te parece que miento? –Me preguntó la pelirroja, llena de odio—. Tus provocaciones hacia Dios tienen un límite, muchacho. Los lugares de culto son sagrados y profanarlos con nuestra presencia es como exponerse al sol. Solo que con una consecuencia retardada. Dios nos encuentra a todos y nos vuelve locos. Se mete en nosotros y nos arrastra al fuego o a su luz por haber quebrantado los mandatos divinos del culto de la sombras.

Yo fruncí el ceño y arrugué la nariz. Nikolás habló primero para evitar que yo discutiese aquello.

—Cuéntanos más cosas. ¿Qué hay de vuestros rituales? ¿Tenéis otros aparte del que hemos presenciado antes?

Yo no podía soportar aquello. Pasadas unas horas había escuchado suficientes tonterías. Me levanté y me dirigí a algún lugar apartado de las grutas. Deseaba tranquilidad y silencio. Había estado demasiado tiempo rodeado de aquellos y no estaba acostumbrado a escuchar tantas tonterías juntas. La reina me encontró apoyado en una pared, con los brazos cruzados, con los ojos cerrados, pensativo. Me indicó que la siguiese y acabamos en su estancia privada. Ella se sentó en el tocador y se retocó el peinado. Yo la miraba enfadado.

—¿Eso les dices, para justificar que son una especie débil y quebradiza? ¿Qué Dios los castiga por sus actos?

—Eso es lo que es. –Aseguró, con un tono tajante—. Dios está en todas partes, y puede meterse en nuestra alma, y comprobar si somos puros o no. si seguimos los ritos, si no nos saltamos las normas de este culto, estamos protegidos por el dios de las tinieblas. Pero en cuanto nos salimos del sendero, Dios nos encuentra y nos fulmina con su…

—Basta de sandeces. Estoy mayorcito para reconocer a una farsante en cuanto la veo. –La señalé con el dedo—. Ni si quiera tú te crees esas tonterías. Muchos de tus hijos tampoco, pero no tienen a dónde ir o cómo enfrentarte, así que te siguen ciegamente porque son lo único que conocen. Otros están atemorizados de lo que se encuentra fuera. Te has creado una buena iglesia aquí dentro. Les atemorizas con tus cuentos del apocalipsis y les aseguras que Dios puede verlos y fulminarlos en cuanto se desvíen del camino. Y no hay mejor ejemplo que ver a sus propios hermanos consumidos por su autodestrucción para corroborar que es cierto.

Ella no dijo nada. Me miró a través del espejo y me fulminó con una expresión de amenaza.

—Ha sido un error traerte aquí. Mis hijos han creído que tienen oportunidad de convertirte, pero me temo que te han subestimado.

—No me han subestimado. Muchos se sienten envidiosos de mi libertad.

—No hay libertad que valga. No eres más libre que nosotros. –Suspiró—. Todos estamos atados a las mismas limitaciones. Puedes volar, correr más rápido que nosotros, incluso leer la mente. Pero cuando sale el sol, todos nos escondemos como ratas en nuestras madrigueras. Y cuando aprieta el hambre, debemos matar para vivir. No hay libertad.

—Soy más libre que vosotros, porque yo no me obligó a someterme a nadie.

—Ninguno de mis hijos está sometido a mí. Están aquí porque soy su madre, y me quieren. Si algunos de ellos quisieran marcharse, son libres de hacerlo. Pero al menos conocen las consecuencias. No seré yo quien se las imponga, pero saben que Dios les vigila de cerca.

—Los tienes subyugados con el miedo. Están atados con cadenas invisibles.

—Todos llevamos nuestras propias cadenas.

Agucé el oído para sentir la presencia de Nikolás en el salón. Parecía entretenido y divertido. Escuchaba atentamente un relato que le estaban narrando. Asegurándome de que estaba bien volví a encarar a la reina.

—Tu amigo estará bien. –Dijo, atenta a mis gestos—. Y estaría bien, si lo dejases aquí.

Yo abrí los ojos con sorpresa. Me estaba proponiendo que abandonase a Nikolás al cuidado de ellos. Que lo entregase al culto. Yo apreté los labios.

—Es un chico fuerte y listo. Cuidaríamos de él, y el cuidaría de nosotros. Necesita la disciplina que nosotros podemos mostrarle y…

Solté una carcajada que le hizo fruncir el ceño.

—Nikolás no acepta disciplina ninguna.

—Tal vez tú no haya sabido meterle en vereda, pero con nosotros puede encontrar la estabilidad y la compañía que tanto anhela. Estoy segura de que has sido un buen compañero, pero ir de un lado a otro a causa de vuestra juventud es una vida dura y dolorosa. Dejando constantemente atrás todo aquello con lo que nos encaprichamos. Sé lo que se siente.

Yo la fulminé con la mirada. Ella, sabiendo que había tocado una fibra sensible, sonrió. Pero con gesto maternal.

—Mis hijos le aprecian. Parecen haberse encariñado con él. Podría mostrarnos infinidad de cosas. Le encanta exhibirse, mostrarse sin pudor. No como tú, que guardas todos tus secretos como sI fueses una estatua.

—No lo dejaré aquí para que lo adoréis como a una reliquia perdida.

—Me temo que eso no es decisión tuya. ¿No abogabas tanto por la libertad? Supongo que tu compañero disfrutará de los mismos privilegios. Si le preguntásemos, tendría que elegir él con quién quedarse. ¿No?

Asentí, no muy convencido de sus palabras. Me mordí el carrillo y acto seguido sonreí en sU dirección.

—¿Por qué él sí y yo no? No me quieres aquí. ¿No es cierto?

—Sabes perfectamente por qué. Contigo aquí, se pone en duda mi autoridad, constantemente. Eres mayor que yo, más fuerte. No puedo competir contigo. Y tú no te adaptarás a mis normas. Serás una esquirla en el ojo, contantemente. Tendrías que matarme, y tomar mi lugar. O hacerte a un lado y marcharte. No hay espacio para alguien como tú aquí. Aunque reconozco… —dijo con tono más amable—: que tu compañía es francamente estimulante, mucho más que la de mis hijos. Tú eres la reliquia. Eres como uno de los personajes de los que hablan nuestras mitologías. El joven incorrupto que ha sobrevivido a base de la esencia de los humanos, colándose entre ellos como la muerte misma, sin ser descubierto. Me hubiera gustado conocer a tu maestro.

—Le habrías repugnado. –Le dije, a lo que ella volvió a arrugar el ceño.

—Quiero a Nikolás con nosotros. –Aquello era tajante—. Si promete someterse al culto, tiene un lugar entre los nuestros. Y tú deberás aceptar su decisión.

—Bien. –Asentí, conforme—. Ve a proponérselo. No me interpondré.

Ella se regodeó en su victoria. Terminó de ajustarse la corona de trenzas sobre la cabeza y se pellizcó las mejillas, en un vano intento de sacarse algo de color. Se lo habría visto hacer a su señora cuando fuera humana, que pena que quisiera ser su reflejo. Era una mujer imponente, seguro que tendría otras virtudes que ser la sombra de una ficción.

Cuando llegó hasta el salón yo la seguí y me mantuve aparte. Ella se acercó a la mesa donde Nikolás exponía animadamente cómo había aprendido a tocar el laúd y lo mucho que lo echaban en falta desde el incendio en Burdeos, cuando la reina se sentó a su vera y le pasó la mano por el hombro, recorriendo su brazo hasta la muñeca. Dejó sus manos sobre la de él y este la miró directamente a los ojos. La mujer pelirroja, que le acompañaba en su otro costado imitó el gesto de su madre y terminó su seducción con un beso sobre el dorso de aquella mano rosácea y cálida. Yo me crucé de brazos y me quedé apoyado en la pared, al otro extremo de la estancia.

—Veo que te llevas bien con mis hijos. –Le dijo la reina, con un tono compasivo—. Y a mis hijos les encantas. Estás lleno de vitalidad, algo que aquí hace mucha falta.

—Me encantan las historias, y me encanta tener público para que escuchen mis aventuras.

—Eres todo un narrador. –Dijo la pelirroja, a lo que Nikolás se sonrojó. La miró, y al hacerlo, me encontró al fondo de la estancia. Me miró con curiosidad, pero al devolverle la mirada atisbó mis pensamientos.

—Aquí podrías pasarte las noches contando todas tus aventuras, que seguro que son unas cuantas.

—Creo que las he contado todas, no he tenido una vida tan larga. –Se disculpó él.

—Seguro que tienes mucho más por contarnos. –Advirtió la pelirroja—. Podrías hablarnos de tu creador, o de tu vida humana. De las mujeres con las que has estado, de los hombres a los que serviste como soldado. Podrías hacerte con un laúd y cantarnos canciones que ambienten nuestras tristes noches.

Rodeado de aquellos espectros cubiertos con túnicas negras parecía un ángel siendo arrastrado hacia las sombras. Era la única luz en toda aquella sala, y yo comprendía perfectamente porque querían quedarse con él, por el mismo motivo por el que yo me había enamorado de él, por el que lo había arrastrado conmigo en esta eterna peregrinación. Yo no era muy diferente a ellos, nos movían los mismos astros.

—¡Un nuevo laúd! La verdad es que la idea me seduce. ¡Tendré que comprarme uno nuevo!

Ya me estaba imaginando regresando a Montpellier y llorando en el regazo de Sebastián pidiéndole disculpas. “Me lo han quitado una panda de fanáticos satánicos”

—Podríamos comprártelo. –Dijo la reina—. Quédate con nosotros, una temporada.

—¡Oh! No, no, de eso nada. –Me miró de nuevo algo avergonzado—. Mi compañero no se adaptaría bien a vuestros hábitos.

—Tu compañero está de acuerdo en dejarte aquí si tú lo deseases. –Dijo la reina, a lo que Nikolás perdió la sonrisa y me miró con ojos expectantes, con una mueca indescriptible. Yo fruncí los labios—. Él quiere continuar con su vida de nómada, pero nosotros te abrimos las puertas de nuestra casa y deseamos que te quedes con nosotros. Todo el tiempo que desees. Solo tendrías que participar de nuestros rituales, y vestirte como nosotros. No tiene ninguna complicación.

La reina me lanzó una mirada cruel, llena de convicción.

—No te va mucho eso de ir a iglesias y llevar cruces. ¿Verdad? Eso es cosa del santurrón de tu compañero. Tú podrías ser mi compañero a partir de ahora. Tú y yo seríamos el terror de estas montañas. Tendríamos toda esta legión de bestias de la noche a nuestros pies.

Miraron alrededor. Todos los vampiros allí reunidos estaban dispuestos a someterse a la voluntad de su creadora, incluso si eso significaba besar los pasos de un forastero. Muchos estaban encantados de aquello, Nikolás había conseguido seducirlos con sus artes, con sus palabras. Pensé que eso solo ocurría con los humanos, pero al parecer con los monstruos como nosotros funcionaba de la misma manera.

Nikolás los miró a todos, alternativamente y por su mente pasaron cientos de ideas, de imágenes.

—Todos queremos que te quedes. –Repitió la pelirroja—. Tu compañero se ha cansado de llevarte con él. –Mintió. Nikolás me miró por encima de ella y atisbó la verdad en mis ojos. Si me abandonaba, me partiría el alma, pero estaba dispuesto a dejarlo atrás si lo deseaba.

Entonces Nikolás miró directamente a la reina, y con una convulsión que nos sorprendió a  todos, se cubrió la boca y al segundo estalló en carcajadas. Yo respiré aliviado.

—¡Quedarme aquí! –Rió con fuerza—. Y gobernar sobre los cadáveres. ¡Pero qué tontería!

La reina me lanzó una mirada de espanto y sorpresa y yo le sonreí desde la distancia. Probablemente era la primera vez que me veía sonreír y aquello la asustó aún más. La risa de Nikolás inundó cada pequeño rincón de aquellas catacumbas, haciendo temblar cada uno de nuestros miembros. Yo mismo me sentí aterrorizado por aquella risa que parecía la de un loco. Pero disfruté sintiendo como me inundaba.

—¡Estáis completamente locos! No dejaré a mi hermano por una panda de lunáticos monacales.

Muchos de aquellos se volvieron locos al escucharle. Se habían sentido tan fascinados por él que no soportaron su rechazo. Gritaron y se desgañitaron. Se tiraron de las túnicas, de los cabellos. La reina se incorporó temiendo el caos que se avecinaba y apartó de si a Nikolás. Intentó poner orden en aquellos que se revolvían sin logarlo del todo.  Nikolás se levantó de su asiento, soltando a la mujer pelirroja que le tenía agarrado del brazo y acudió a mi lado, caminando con suficiencia. Con una sonrisa endiablada.

—¡Dejarme atrás! –Me reprochó—. Que noble…

—Supuse que no te quedarías aquí. De milagro soportas mi santurronería. –Dije, escogiendo la palabra que la reina había utilizado. Él se rió y se quedó a mi lado viendo el caos que se extendía por aquellas mentes interconectadas. La reina los aplacó con un par de gritos y los que se habían vuelto frenéticos los mandó al interior de su ataúdes. Faltaba menos una hora para el amanecer y el cansancio ya hacia mella en sus mentes.

La reina se volvió a nosotros con gesto derrotado.

—Os permitiré dormir aquí esta noche. Está a punto de amanecer. Mañana a primera hora, marchaos.

—Bien. –Dijimos a la vez y nos alejamos en dirección al rincón donde habíamos dormido la noche anterior. Una vez a solas, yo me senté de nuevo contra la pared, de cara a la entrada y con los brazos sobre las rodillas. Él se acuclilló delante de mí y me sonrió con gesto bobalicón.

—Eres adorable, mocoso.

No dije nada. Le aparté la mirada y viendo mi sonrojo y él me estrujó una de las mejillas con sus dedos.

—Tus santurronerías me encantan. –Estirándome de la mejilla me besó en los labios y se desplomó frente a mí, poniendo su brazo como almohadón—. ¿Volverás a quedarte despierto?

—Sí.

—¿No tendrás sueño? Te caerías rendido en cuanto salga el sol…

—No, no te preocupes.

—No sé cómo puedes hacerlo. Quedarte despierto o dormir por días… es algo que me pone nervioso…

Yo estiré las piernas y él aprovechó aquello para acercarse a mi regazo y tumbarse sobre mis piernas. Le recogí con los brazos y quedamos así recostados hasta que salió el sol. Él se quedó dormido en mi regazo y yo cerré los ojos lleno de nerviosismo y consciencia. Estaba deseando que volviera a ser de noche para salir de allí. Comenzaba a arrepentirme de habernos quedado. Tal vez si hubiéramos salido corriendo nos habría dado tiempo a encontrar alguna otra cueva donde refugiarnos hasta que volviera a meterse el sol.

Para mi sorpresa no todos se habían metido en sus ataúdes como la noche antes. Lo achaqué al brote de histeria que se había extendido por aquellas catacumbas como la peste, pero no era cierto. Aquellos más problemáticos ya se habían ido a dormir. La reina y cuatro o cinco de sus hijos se habían quedado despiertos y hablan entre ellos en un tono quedo y angustiado.

Agucé el oído, pero hasta que no se comenzaron a acercar, no los pude entender.

—No deben irse solos. Deberían quedarse con nosotros. No podemos permitir que vayan por ahí y les digan dónde estamos a otros como nosotros.

—El joven puede quedarse, pero al otro debemos… ¡Hay que matarlo!

—Debemos matarlos a los dos.

—Yo quiero que el joven se quede. Es un gran bebedor de sangre. Podrá adaptarse al...

—Ya lo has oído. Se ha reído de nosotros. Nos ha insultado. Ha renegado de nuestra madre. Además, no es de los nuestros, aunque seamos hijos de la noche. No ha bebido de la sangre de la reina.

—Pues que beba. Ella le dará su sangre.

—No necesita su sangre. –Dijo otro, en tono preocupado—. Y el otro tampoco. No necesitan nada de nosotros. Por eso se han reído. Debemos demostrarles que somos más que ellos. Que no nos merecemos sus burlas.

—El mayor ha pasado la noche anterior despierto. Lo he notado. ¡Seguro que está agotado! No podrá con nosotros.

—¿La reina lo permitirá?

—La reina me ha dado orden de que acabemos con ellos. Son un problema. No deben salir de aquí con vida.

—¡Vayamos ahora! Antes de que a nosotros también nos venza el sueño.

Yo no podía creerme lo que estaba escuchando. Era como las voces de un sueño que traspasasen los sentidos. Tenía los ojos cerrados y me sumía en una extraña somnolencia, pero para cuando los pasos se acercaron y sus sombras se desdibujaban por las paredes de las grutas yo ya tenía los ojos como platos, mirando directamente a la entrada de aquella ratonera en donde nos habíamos encerrado. Agarré con fuerza a Nikolás y lo apreté contra mi pecho, hincando mis dedos en su ropa.

El primero en aparecer por la puerta fue un hombre, embozado en su capa, que al ver el brillo de mis ojos clavados en él en medio de aquella oscuridad se detuvo de golpe, como si se le hubieran pegado los pies al suelo. El resto que quisieron sobrepasarle miraron su rostro y palidecieron, igual que él. Me encontraron despierto, con el cuerpo completamente tensionado, con la mandíbula apretada y los ojos clavados en ellos, en gesto amenazante. Sabían que los había escuchado, y que no estaba dispuesto a dejarme matar. Mucho menos a que matasen a mi compañero, que sí estaba dormido.

Ninguno de ellos se atrevió a traspasar la puerta. Se quedaron allí acobardados al final de aquel corredor y me miraban como si no se atraviesen a entrar en la jaula de una bestia que deben matar. Entre ellos no había ningún valiente, todos, incluso la pelirroja, me miraba de lejos con espanto y horror. Incluso con asco y odio. Si querían matarme, que entraran. Que se atreviesen. No contarían más historias, nunca más.

La reina llegó al sentir como sus hijos gritaban internamente por auxilio. Se acercó a ellos, estupefacta por verlos pegados a la pared sin poder reaccionar y miró dentro de nuestro escondite, encontrándome con la misma expresión que les había dirigido a ellos. Ella sería la primera en morir si alguno se atrevía a cruzar la entrada.

Para entonces Nikolás, asustado por la presión que mis manos ejercían sobre su cuerpo y el sonido de mi corazón desbocado, abrió los ojos llenos de somnolencia y alzó la mirada hasta encontrarme, pero después siguió la dirección de mis ojos y encontró a aquel aquelarre maligno arremolinado en la entrada de nuestra celda.  Su pasmo y decepción fue mayor que su miedo. Los miró extrañado y ofendido. Se irguió un poco y pegó su espalda a mi pecho, en gesto protector. Con ambos despiertos, nada había que hacer. La reina nos dio la espalda y le pidió a sus hijos que se marchasen, que no había nada que hacer. Yo temblé de pies a cabeza.

—Mantenlos lejos de nosotros. –Le dijo Nikolás a la Reina cuando solo quedaba esta a la entrada de nuestro refugio—. No queremos problemas, pero os mataremos a todos si hace falta.

—Te hemos dado una oportunidad para…

—Se acabaron las monsergas. –La detuvo él, con tono autoritario y tajante. Estaba claro que si no salíamos corriendo era porque el sol estaba aún alto. Ya no comulgábamos con su amistad, no después de habernos amenazado—. Quítate de mi vista. Cuando anochezca nos marcharemos y nos volveréis a saber de nosotros. Te damos nuestra palabra. Hasta entonces, no vuelvas a aparecer por aquí.

Ella asintió y con una expresión de rendición desapareció por el corredor.

Nikolás se volvió hacia mí. Estaba claro que ya no podríamos pegar ojo en todo el día, pero él no parecía preocupado por eso. Me miró con el ceño fruncido y los labios apretados.

—¿No pensabas despertarme?

—Habría podido con ellos yo solo. –Eso no le justificaba su ofensa.

—Estás mal de la cabeza.

—Ven aquí. –Murmuré, abriendo los brazos en su dirección y él se derrumbó sobre mi pecho, sin apartar la mirada de la entrada. Ambos nos quedamos así hasta que anocheció.

Cuando el sol se había ocultado por el horizonte nos pusimos en pie y recorrimos los corredores cruzándonos con algunos bebedores de sangre madrugadores. La reina nos esperaba a la entrada de la gruta y nos miró mientras salimos al exterior. No pensaba decir nada, solo cuidaba de que nos marchásemos sin causar ningún tipo de altercado. Nikolás se volvió cuando ya nos habíamos alejado unos cuantos metros para asegurarse de que no nos seguían, pero no lo hicieron.

—Me dan algo de pena. –Dijo de repente cuando volvimos a Oviedo, a nuestra habitación. Nunca me había sentido tan contento de regresar a una mugrienta habitación de posada.

—A mi también. Nunca saldrán de ahí. Y apenas les quedan un par de años de vida a la mayoría de ellos.

—Tal vez ellos piensen lo mismo de nosotros. Qué pena, dos muchachos que no pueden quedarse en ningún lado, que solo se tienen el uno al otro, y van como nómadas por el mundo.

—Cada uno elige su vida, dentro de las posibilidades que Dios le pone delante.

—Tú también eres un fanático como ellos, a tu manera… pero un fanático de tus ideas.

—No me conoces lo suficiente. Antes de conocer a Sebastián yo pensaba muy diferente a como lo hago ahora, y puede que dentro de trescientos años, piense de otro modo… el fanatismo no permite esa clase de evolución.

Me dejé caer sobre el jergón y me hundí en él cubriéndome con mis propios brazos.

—Voy a dormir ahora. –Murmuré—. Mañana seguiremos con el viaje al sur.

—En algo tenían razón. —Le oí decir cuando yo ya estaba a punto de sumirme en el sueño—. Debería comprarme otro laúd. Lo echo en falta…

—Te compraré otro laúd. –Murmuré adormilado. Sentí el peso de su capa sobre mi cuerpo y me hice una bola debajo. Me quedé dormido con el sonido de su risa de fondo.





⬅ Capítulo 53                                          Capítulo 55 ➡

⬅ Índice de capítulos

Comentarios

Entradas populares