EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 53

CAPÍTULO 53 – La comunidad de inmortales II


Nos llevaron, sin quitarnos los ojos de encima, hasta una línea montañosa con vistas al mar. Era una noche muy húmeda, y la bruma se colaba por cada recoveco que le permitía el escarpado paisaje. Allí, en medio de aquella nada absoluta, una gruta abría su boca en la grieta de una pared rocosa. Cualquiera que hubiera pasado por allí delante ni si quiera lo habría visto. Estaba recordada por las ramas de los eucaliptos y los laureles. Entramos allí siguiendo los pasos de la pelirroja, mientras que el resto nos seguía a nosotros dos. Intentamos no mostrarnos atemorizados ni tensos, aunque en verdad lo estábamos. Yo al menos. Me sentía como un idiota, colándome en la boca del lobo. Nikolás miraba a todas partes con ojos curiosos.

El pasadizo dio paso a una gran sala que se abría en diferentes senderos. Olía algo, a cenizas o madera quemada. Olía a fuego. Las paredes estaban teñidas con la ceniza de las antorchas que de vez en cuando colgaban. Hoy apenas nos habían iluminado el paso, aunque ninguno lo necesitábamos. Nuestros pasos retumbaban por todas partes. Si había una reina vampiro al final de aquellos laberinticos escondrijos, ya nos habría oído llegar. Pero lo cierto es que yo también podía sentirla a ella. No se escondía. No parecía alerta, ni precavida. Era una matriarca exuberante y poderosa, toda su persona abarcaba cada espacio de aquella cueva, hasta el más pequeño rincón, y planeaba por encima de nuestras cabezas como una madre sobre protectora.

Fuimos a parar a lo que ellos consideraban un dormitorio. Dentro de aquella colmena de piedra, era donde habían dispuesto sus ataúdes, uno contra otro, en fila, como nichos dentro de una catacumba. Había alguna antorcha por ahí, que iluminaba los pobres rostros de aquellos a los que habíamos sorprendido despertándose, azuzados por el nuevo sentir de nuestra presencia. Eran como hormigas, recorrían aquellos laberintos como una colmena. Y la reina nos esperaba allí miso, en una habitación aparte, guardiana y protectora de sus hijos. En total habría unos treinta o treinta y cinco. Todos muy jóvenes. Muchos de ellos de apenas un par de décadas de existencia. Y parecían recién sacados de una cripta, después de haber fallecido hacia siglos.

—Siento algo de envidia. –Me dijo Nikolás mientras nos hacían esperar fuera de la sala de la reina, a que ella quisiera recibirnos.

—¿Envidia?

—Te temen a ti, mientras que yo solo les inspiro compasión. –Dijo, algo aturdido.

—Yo estuve en tu lugar hace tiempo. –Dije, mirándole con una sonrisa—. Aprendí a hacer que me temiesen.

—La reina os recibirá. –Dijo la pelirroja, en un tono tan dulce que parecía otra mujer completamente diferente. Era una dama, sirviendo a su señora, la reina. Ese tono ya lo había escuchado antes. Era un tono sumiso y de servidumbre. Qué curioso…

Apareció una mujer morena, con el pelo rizado, algo encrespado. Vestida igual que sus discípulos, con una larga capa negra, con hábito oscuro. No era una monja, tampoco un sacerdote, pero eran claramente alguna clase de culto religioso y monacal. Era alta, más que yo, de talle fino, pero era mayor. Tendría más de cuarenta y cinco años cuando fuera convertida y sin embargo apenas alcanzaba los ciento cincuenta desde ese momento. Era débil, una vampira a medio hacer. Su maestro ya debía ser débil cuando la convirtió, y ella era producto de esa falta de fortaleza. Y sus hijos, todos los que nos rodeaban, eran la consecuencia de que no hubiera tenido una buena educación al respecto. Eran pobres de espíritu, temerosos de Dios. Y ella, siendo un poco más afortunada que el resto, se había hecho con el control. No era de extrañar.

Cuando salió de aquella habitación nos buscó con la mirada, y al encontrarnos, sus ojos me dijeron lo que su débil mente no era capaz de transmitir y su cuerpo no dejó traslucir. Estaba asustada. No solo no le había gustado que nos adentrásemos en sus catacumbas sino que tampoco le hacía especial gracia que nosotros no nos sintiéramos acobardados por la presencia de sus hijos alrededor. Al devolverle la mirada, ella intentó recomponerse y se irguió, sonrió y nos volvió el rostro, con gesto teatral que iba más dirigido a sus súbditos que a nosotros. Se desplazó por aquella estancia seguida del movimiento de su capa. Nikolás la miraba fascinado, pero en verdad no estaba más sorprendido que yo al contemplarla. Era increíble el poder que tenía sobre sus creaciones, que agachaban la cabeza al verla pasar. Se había convertido en una reina, con su propio séquito de leales criaturas.

—Bienvenidos a mi hogar. Mi querida hija me ha dicho que os habéis conocido en la ciudad de Oviedo. ¿Qué hacéis por estas tierras, tan alejadas de vuestra tierra natal?

—Vamos camino al sur. –Dije, en tono firme. No iba a mostrarle la misma deferencia que los demás.

—¿Buscáis un lugar donde estableceros?

—No. –Mentí, ella no podría leerme el pensamiento. No era tan aventajada. Nikolás nos miraba alternativamente. De nuevo el maldito interrogatorio. Si había esperado un convite y un cálido recibimiento, me había engañado—. De momento solo viajamos para conocer nuevos paisajes y nuevas gentes…

—También me ha dicho mi hija que habéis visitado una iglesia. ¿Acaso no teméis la represalia de Dios por perturbar sus lugares sagrados? –Su tono de reprimenda me recordó al de mi madre. Con ese gesto despectivo en la mirada, con la nariz afilada volviéndose hacia las sombras, con una mueca de decepción.

—Dios viaja conmigo desde que nací. –Me saqué la cadenita de oro que ocultaba debajo del jubón y muchos de los presentes se espantaron y retorcieron, como presa de un hechizo. Igual que si les hubieran expuesto a la luz del sol. Yo me quedé pasmado, pero Nikolás soltó una carcajada, divertido con todo aquel teatrillo.

La madre, por el contrario, temía más la reacción de sus hijos que nuestro atrevimiento. Pareció espantada de mostrarme con tanta naturalidad frente a ella. Estaba decepcionada. No era fuerte pero tampoco ingenua. Había deseado que yo y mi compañero nos hubiéramos atemorizado ante ella, pero al descubrir que no teníamos motivos para ello, resultaba que éramos más una amenaza para su culto que una posible alianza.

—¡Basta! ¡Basta! –Exclamó ella, haciendo que sus hijos calmasen su histeria. Muchos de ellos estaban retorcidamente locos. Los había enloquecido aquel encierro en aquellas catacumbas. La idea de que eran espectros, durante décadas. Eso los había vuelto locos. Dios cuidase de Sebastián por haberme devuelto a la vida evitando que yo mismo me convirtiese en algo parecido—. Es solo un pedazo de oro. Y en manos de un vampiro ya está corrupto. Nada puede haceros…

Sus palabras lograron calmar a sus criaturas, pero cuando se volvió hacia nosotros, miró despectivamente a Nikolás quien se había reído de la reacción de sus hijos. Este se mofó de ella, lanzándole una mirada desafiante.

—Se te morirán uno o dos a la década. –La chinchó—. Son histéricos e inestables. No sobrevivirían solos en la superficie. Por eso van en grupos. ¿Verdad?

Me sorprendió la clarividencia que a veces mostraba Nikolás. Para mi sorpresa había echado sal en la herida y la reina se volvió a nosotros con gesto iracundo, pero no dijo nada— se limito a esperar la reacción de sus hijos, la cual no hubo, por si debía volverlos a retener. Para cuando se hubo deshecho de parte de su enfado, se acercó a nosotros y nos miró con gesto paternal.

—¿Es que acaso no teméis las fuerzas superiores de los astros y los dioses? Nosotros, criaturas, ya no pertenecemos al mundo de los vivos. –Hizo el amago de coger mi mano, y en un tono maternalita, dio un par de palmaditas sobre el dorso. Pero mi mano le dijo más de lo que ella esperaba averiguar. No estaba del todo ciega a mis pensamientos. Al tocarme, pudo advertir mi edad, mi conocimiento, mi vida en un solo vistazo. Vio en mí una época que ella nunca había conocido, y advirtió que no tenía una sola pizca de miedo. Sin embargo no soltó mi mano. Se mantuvo pegada a ella hasta volverse incómodo.

—No somos criaturas humanas. –Dije, intentando entablar con ella un debate que sabía que tenía perdido, porque con el fanatismo no se podía dialogar—. Pero nosotros elegimos vivir entre humanos. Y no hay nada de malo en ello. Es una decisión nuestra y sabemos que es una apuesta arriesgada, pero hemos aprendido a…

—¡Eso nos pone en peligro a todas las criaturas de la noche! –Exclamó, soltándome la mano—. Si se descubriera nuestra existencia, ¿acaso no crees que nos darían caza?

—Desde luego. Pero los humanos ya saben que existimos. No somos desconocidos. Los grandes eruditos del esoterismo y la magia saben de nuestra existencia, y de muchas otras criaturas, y las buscan inalcanzablemente. Es cuestión de tiempo que den con alguno de nosotros. Pero no por eso vamos a vivir presos en unas catacumbas, como cadáveres en vida.

Para sorpresa de ella, y también de nosotros, algunas de sus criaturas, menos fanáticas, nos miraron con ojos atentos y expectantes. Parecían esperanzados con mis palabras. Fascinados y asombrados.

—Estaba rezando en una iglesia. –Dijo la pelirroja a su espalda. Ella se volvió ligeramente escuchando sus palabras con atención. Pero ya lo sabía, ella ya se lo había dicho. Era para comunicárselo al resto.

—¿Es eso cierto?

—Así es. –Afirmó Nikolás. Yo asentí.

—No deberían quedarse con nosotros. –Dijo de nuevo la pelirroja, sin embrago hubo voces que la contradijeron.

—¿Por qué no? Podrían enseñarnos muchas cosas.

—¡Deben quedarse! Afuera el mundo es muy cruel, y podrían matarlos.

—¿Y si se van y les dicen a los humanos dónde estamos?

—Deben pertenecer al culto. Es su naturaleza…

Todo aquel debate, donde nos estaban dejando de lado, parecía haberse convertido en un grupo de voces disonantes que luchaban entre ellas por ver quien tenía la idea más aterradora y apocalíptica.

—Pensé que nos ofrecerían algo de beber y nos presentarían con pompa y jolgorio. –Murmuró Nikolás a mi lado, a lo que la reina también lo oyó y sacó una sonrisa avergonzada.

—Mis muchachos os han traído no como invitados sino como hermanos y semejantes. Quiero consideraros como primos lejanos, ya que somos el mismo tipo de criatura.

—En ese caso esperaría algo mucho mejor. Tal vez una cama caliente donde dormir y tal vez algo de dinero prestado…

La reina se rió y me pareció que forzaba su sonrisa para parecer agradable, dada la ridícula discusión que se estaba formando a su espalda.

—¿Qué es de vuestro maestro? ¿Quién os convirtió?

Cansado de aquel interrogatorio le lancé una mirada suspicaz.

—¿Ya  ti? ¿Quién te creó a ti? ¿Cómo te llamas? No te has presentado como es debido. Y no esperes que te tratemos con la misma devoción y servidumbre que hacen tus hijos. Nosotros no te tenemos por ninguna reina. Yo he conocido a reinas antes, reinas de verdad. Y no voy a manchar su memoria tratando a una criatura como tú de tal guisa.

Mis palabras consiguieron enmudecer la discusión. Aquello hizo que se volvieran hacia mí con gesto severo y desafiante, como animales a los que han pegado con un palo. Estaban azuzados y ofendidos. Yo me erguí y fruncí los labios. No pensaba retirarlo y si querían venir a por mí, estaba dispuesto a pelear. La mujer fue mucho más inteligente.

—Venid a mis aposentos privados, ahí podremos hablar más tranquilamente, y podré hablaros de mí, si es lo que deseáis. A cambio de que me habléis de vosotros…

Señaló con su brazo extendido el camino y nosotros la seguimos hasta su habitación. Era una sección de aquellas catacumbas con un poco más de encanto. Había cortinajes rojos por las paredes. Un gran espejo sobre un viejo y ajado tocador de madera. Un ropero, con varias túnicas, un gran diván con el terciopelo roto y sucio. Parecía que se lo habían pasado pipa una familia de ratas royendo la tela y la madera. Y un ataúd, de madera de roble barnizada y con una inscripción en latín puesta a posteriori: Sanguis est anima.

Había candelabros con velas blancas por toda la estancia. Era luminoso a pesar de todo, era cálida y agradable y no me habría importado pasar allí una temporada si no estuvieran todos aquellos fanáticos con nosotros. Nikolás se miró en el espejo, divertido y se recolocó el cabello. Yo observé como ella se desplazaba hasta el diván y se dejaba caer y ponía los pies sobre el resto del sofá. Si se creía una clase de princesa oriental o cortesana asiática, estaba profundamente psicotizada. Tenía un encanto natural que no pasaba desapercibido. Era esbelta, de rasgos finos, y en un traje de aquella época, habría estado encantadora. Pero sus intentos de mostrarse más de lo que era la dejaban en peor lugar. Nikolás se sentó en el asiento del tocador y yo me quedé de pie a su lado.

—Disculpad a mis hijos, son bastante espontáneos.

—Están dementes. –Dijo Nikolás, apoyándose en el tocador.

—Solo están asustados, no están acostumbrados a ver otras criaturas como ellos que no pertenezcan al culto de las tinieblas.

—Deberían salir más de casa. –Dije, a lo que ella esbozó una sonrisa.

—El mundo ahí fuera es cruel y no está hecho para nosotros. Estamos muertos, y como muertos debemos vivir.

—No. Los muertos no hablan, no piensan. No necesitan alimentarse. Somos criaturas de la noche, pero eso no nos hace menos humanos.

—Si los humanos de verdad nos encontrasen, ¿sabes lo que harían con nosotros?

—Lo sé de primera mano. –Asentí— Pero te aseguro que no nos tratarían peor que a herejes, hechiceros, alquimistas, estafadores, violadores o magnicidas. Los humanos se matan entre ellos de las peores maneras, y nosotros solo hemos cometido el pecado de caer en la herejía de la propia natura. Voluntaria o involuntariamente. –Miré a Nikolás que me devolvía una expresión de admiración—. Jugamos con reglas diferentes a la de los humanos, pero eso no nos impide seguir viviendo entre ellos.

—Tu maestro ha debido inculcarte una fe muy herética. –Dijo ella, pero ambos nos volvimos en su dirección con una mueca de enfado en el rostro. Nuestro maestro no debía ser mencionado por sus labios. Ella captó aquella amenaza velada al instante y apartó la mirada, con una sonrisa de disculpa—. ¿Siembre habéis vivido así?

—Sí, y sentimos decirte que no vamos a profesar vuestra fe. –Dijo Nikolás, que la miraba con una sonrisa peligrosa—. Nos encanta nuestra vida tal como está.

Yo me acerqué al ataúd. La inscripción había sido tallada en la propia madera con un puñal o una uña bien afilada. Las letras eran unas más grandes que otras. Había cera salpicada por todas partes. El lugar no era tan bonito como parecía al principio.

—¿De dónde sois? Me tenéis fascinada. No he conocido a ninguno como nosotros que haya sobrevivido tanto tiempo viviendo entre humanos.

—Somos de muy lejos, como tú has dicho. –Dije.

—Ah, ya veo. No vais a decirme nada…

—¿Por qué deberíamos?

—Os hemos invitado a nuestro hogar. A nuestro escondite. Hemos confiado en vosotros y parece que no vais a confiar en nosotros.

—No confío en vosotros. Pero os doy mi palabra de que no os haremos nada.

Ella se rió, para mi sorpresa. Parecía que le había hecho mucha gracia mi sugerencia y casi se le saltan las lágrimas. Nikolás se rió también, gesto que le hizo a ella enmudecer.

—¿Crees que no podríamos mataros a todos? –Preguntó él, con una mueca dulce y agradable. Llena de gozo. Ella se espantó pero no dijo nada. Se quedó como una estatuilla de piedra, mirándonos alternativamente.

—En nuestra especie no nos matamos entre nosotros. –Dijo ella, con un hilo de voz, como si aquel mantra lo tuviera grabado a fuego en su lengua. Ya había oído eso antes—. ¿Acaso vosotros…?

—No he dicho que vayamos a hacerlo. –Adelantó Nikolás—. He dicho que podríamos. Y nosotros, vuelvo a decirlo, no seguimos vuestros dogmas y vuestras costumbres. No pertenecemos a vuestro culto.

—Hay normas que están por encima de nuestro culto, normas muy antiguas, básicas de la existencia de nuestra especie. Matar a uno de los nuestros significa ser un traidor a la especie. A la propia raza. Ahí se demuestra toda esa influencia que los humanos han ejercido sobre vosotros. Ahora matáis a los vuestros, como hacen ellos…

—¿Acaso no tendríamos el derecho a defendernos? –Pregunté, con una ceja en alto. Ella se volvió a mí con temor.

—Ninguna criatura de las sombras se enfrenta a otra. No si sabe lo que le conviene.

—Tendrías que salir más de esta cueva. –Miré alrededor—. Hay criaturas como nosotros que no atienden a razones. Criaturas que se jactan de su fuerza y de su poder para dominar a otras. Te sorprendería lo que uno se encuentra por ahí.

—A ti también te faltan conocimientos básicos de esta existencia de ultratumba. –Dijo Nikolás, sonriendo—. Nuestra sangre tiene unos límites en la capacidad de creación. Si te dedicas a crear dos o tres vampiros al año, es lógico que tu fuerza se vea mermada y las creaciones fruto de esos ritos sean cada vez más débiles de cuerpo y espíritu. Seguro que se mueren algunas de tus creaciones antes de completar la transmutación. Seguro que algunos se arrojan al fuego, y otros se exponen al sol. Pasados cinco años, empiezan a perder la razón, pasados diez, se vuelven inestables y locos. Y los que sobreviven a los veinte o treinta años se aletargan y se mueren de inanición.

Sus palabras la espantaron.

—Pero sigues haciéndolo porque necesitas una corte que te adore, hijos que te hagan compañía. Un sequito que te admire como a una madre dadora de vida. Podemos mostrarte de lo que somos capaces, pero no podemos enseñártelo. Por eso nos has admitido aquí, ¿verdad? Para que mostremos nuestras habilidades. Pero no hay nada que hacer con la materia prima que representas. También a ti te crearon débil y limitada. Tu maestro no era diferente a ti. ¿Verdad?

—Basta. –Murmuró ella, algo agobiada. Parecía un ratoncillo contra la pared. Bajó los pies del diván y se sentí de frente. Ya no nos engañaría con poses de reina bizantina.

—No hay mucho que contar de lo que fuimos como humanos. –Dije, intentando desviar el tema—. Yo nací a mediados del siglo XV, y mi compañero a principios del XVII. Éramos personas sencillas, con vidas sencillas que se toparon con un vampiro. Yo no elegí lo que soy pero mi compañero sí. Y ambos hemos intentado vivir la vida lo mejor que sabemos.

—Hay mucho más que eso. –Advirtió ella, frunciendo el ceño—. Yo...

—No hace falta que nos cuentes nada. –Se adelantó Nikolás—. Sabemos qué eres, lo que fuiste, en qué época naciste. Eres de mediados del XVI, fuiste dama de alguna gran señora, siempre viviendo a la sombra de su figura y riqueza. Te topaste con un vampiro, como nos ocurre a todos, te fascinó su culto y su modus vivendi y te convirtió. Puede que te subyugase, o puede que te sedujese. Qué más da. Y mataste a tu señora. Sí, podemos sentirlo. Seguro que fuiste la hija predilecta de ese gran monarca de las tinieblas. Y con el paso del tiempo, viendo tu potencial, o tal vez temiendo que fueses una competencia para él, te liberó para que formases tu propio culto. ¿Me he equivocado en algo?

Ella se había quedado pálida como la tiza. Yo observé con deleite como la expresión de Nikolás era calmada y segura, y sus palabras habían conseguido infundir gran temor en aquella reina vampírica. Jamás había visto a nadie que la sangre vampírica pudiese moldear tan elegantemente. Se había obrado un verdadero milagro en aquel muchacho que se dedicaba, borracho, a dar estocadas en plena noche.

—Lo que yo fuera, ya no importa. –Se defendió ella, airada—. Los reyes también son una vez niños y los ricos fueron alguna vez pobres.

—No. –Suspiré—. Los reyes nacen herederos y los ricos por lo general heredan sus fortunas. Pero no hay nada de lo que avergonzarse, yo era cazador en mi vida humana y Nikolás era soldado. La diferencia es que nosotros no nos las damos de sacerdotes de un credo. No necesitamos criaturas que nos adoren.

—Tampoco normas que seguir. Eso mismo es lo que hace la libertad, que…

—Tenemos nuestras propias normas. –Cortó Nikolás, algo casado de aquella matraca—. No somos unos libertinos y unos pendencieros. –Casi me río con aquella declaración—. No matamos sin criterio y no nos exponemos frente a las multitudes, mostrando nuestros dones. Bien podríamos ganarnos la vida con trucos de magia con nuestras habilidades. Leyendo mentes o levitando objetos. Pero…

Ella se levantó de golpe. Estaba fascinada por lo que había escuchado. Levitar objetos, leer mentes. Sabía que éramos fuertes, eso podría sentirlo cualquiera, pero aquellas palabras la dejaron profundamente subyugada. Se sentó, poco a poco, advirtiendo que nos habíamos quedado estupefactos al ver su reacción, y volvió a la calma más absoluta. Nikolás y yo nos miramos con algo de sorpresa y recelo, pero ella le quitó importancia al gesto, moviendo su mano como si espantase una mosca.

—Tenéis que contarme todas vuestras aventuras. Tenéis razón. No hemos sido demasiado hospitalarios. Mandaré que os traigan una víctima para vosotros, y os mostraré como la matamos, siguiendo los pasos de nuestro ritual… y…

—No necesitamos sangre. Nos hemos alimentado en cuanto ha caído la noche. –Dije, por temor a presenciar alguna clase de tortura pagana.

Ella asintió, sin embrago juntó sus manos dando una palmada.

—Es menester que nos contéis vuestros viajes, y vuestras aventuras. Mis hijos estarán encantados de escucharlas. No temáis, están ávidos de conocimiento, igual que yo. Y como no hemos salido de esta cueva por tanto tiempo, no sabemos lo que hay afuera. ¿Dónde habéis estado, en Francia? ¿En Italia?

—Sí. –Asentí. Ella asintió y se levantó con intención de salir del cuarto y preparar una gran reunión, pero yo la detuve con mis palabras—. ¿No temes que tus hijos quieran abandonarte si les relato nuestras aventuras? No todo el mundo se resistiría a participar de ellas. Tal vez siembre en ellos la semilla de la curiosidad. Y se den cuenta de que hay otras formas de vivir, aparte de esta…

—Preferiría que vuestros relatos fueran imparciales. –Dijo, sonriente— . Seguro que no todo han sido bailes y empachos de sangre…

—No, no siempre ha sido así.

—Tal vez pueda extraer una moraleja moral que me convenga de todas vuestras desventuras…

Salió afuera y empezó a dar órdenes y mandatos. Nikolás y yo nos quedamos allí en silencio, mirándonos de forma cómplice y curiosa. Podría habérmelo dicho mentalmente, pero murmuró:

—¿Has visto como ha saltado?

—Este sitio no me gusta un pelo. Deberíamos marcharnos, antes de que nos busquemos un problema con ellos…

Nikolás se arrellanó más sobre el tocador y me miró, desafiante.

—No seas tan aburrido. No pasará nada. Quedémonos un rato más. Me encanta esta gente, me hacen mucha gracia. Son como insectos en una colmena. Si les tapásemos la entrada, se morirían aquí dentro.

—Eres un demente. –Murmuré—. Si pasase algo, no te lo perdonaré.

—Bah, ya estás siendo melodramático.





⬅ Capítulo 52                                          Capítulo 54 ➡

⬅ Índice de capítulos

Comentarios

Entradas populares