EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 52

CAPÍTULO 52 – La comunidad de inmortales I


Durante varios años vivimos en ciudades portuarias del norte de España y el este de Francia. Allá donde los barcos nos dejaban, allí donde no hubiera demasiados problemas. Yo esperaba ansioso a que acabase la guerra de sucesión en España que estaba devastando a la población con una guerra fratricida, siempre igual, y que calmase el ambiente en el interior de la península. Borbones y Habsburgo luchaban a capa y espada por quedarse con el reinado del gran imperio hispánico, pero Carlos II había dejado por escrito en su testamento que legaba la corona a Felipe de Anjou. La guerra era una auténtica pérdida de tiempo, a mi punto de ver. Carlos de Austria, removido por lo que él creía que era su deber patriótico y su legítimo derecho, removió cielo y tierra para que un Borbón no se sentase en el trono español. Motivo que a mí me parecía más que legítimo. Incluso neerlandeses y británicos se sumaron a la guerra.

En el 1713 terminó todo, quedando Felipe como Felipe V de España, jurando que miraría solamente por los intereses del imperio Hispánico y dejando a una población nuevamente empobrecida por las múltiples batallas. Por lo menos cumplió su palabra, pese al temor de toda la corte, aunque tan solo hasta que le fueron fieles la cordura y el ánimo.

Fue durante aquella época, pasado 1715 que arribamos en España, en un pequeño pueblo de Asturias, costero y montañoso. Hubiera deseado dirigirnos a Barcelona o Toledo, o Madrid, lugares que ya conocía, pero aunque era capaz de sentirme nuevamente en casa, aquellos parajes me parecían tan desconocidos que no dejé de sentirme intimidado y suspicaz. No eran los paisajes o el clima lo que me escamaba, pero yo era inexperto para advertir el verdadero motivo. No nos detuvimos allí, nuestra intención era penetrar en la meseta así que nos condujimos al sur, hasta Oviedo.

Ambos llevábamos semanas sin probar bocado y los incontables viajes en barco nos habían vuelto aletargados. Sentíamos el cuerpo entumecido y estar de nuevo en tierra firme, adentrándonos poco a poco al interior de un nuevo país, consiguió devolvernos el hambre y el ánimo. Nos quedamos en una pequeña habitación en una posada y cuando se hizo de noche salimos a cazar. Atrás habíamos dejado la Semana Santa, y después de tantos días de restricciones alimenticias, el pueblo llano perdía el control con el alcohol y el jolgorio. Encontramos a la salida de una taberna a dos borrachos que se estaban peleando. Los observamos de lejos. Eran de mediana edad, estaban embozados, con espadas cortas separándose en la distancia. Los aceros brillaban a la luz de las antorchas.

—¿Recuerdas cuando tú eras así? –Le pregunté a Nikolás a mi lado para hacerle rabiar, pero únicamente conseguí sacarle una sonrisa.

—Creo que no he cambiado tanto.

—No estoy de acuerdo. Creo que has moldeado tu carácter.

—¿Tú crees? –Me preguntó, escéptico.

—¿Cuál quieres? ¿El del jubón marrón o el del cinturón rojo?

Cuando se hubieron cansado de lanzar estocadas sin dar con el contrario se separaron por calles diferentes. El honor había sido saldado con aquella muestra de bravuconería. Era una pena que no pudiera haber un segundo enfrentamiento. Seguí al hombre del cinturón rojo y lo acompañé hasta que vi que se acercaba a su casa. Lo llamé, le hice ver que había sido aquel un buen combate y que me había impresionado su habilidad con la espala. Lo dije en un castellano ligeramente extraño, con un acento francés, con un tono ciertamente Italiano. Él levantó la ceja y, suspicaz como todo español, me preguntó si lo que deseaba con aquellos halagos era distraerle para robarle la faltriquera. Yo me reí.

—En verdad deseaba mostrarle mi propia espada. No es gran cosa. –Me quité el cinturón y el extendí la espada envainada en su dirección. Eso le extrañó aún más, pero curioso por la antigüedad del arma, tanto como por mi propia sugerencia, se acercó unos pasos y se asomó al brillo del arma. Era un sable de dos siglos atrás.

—¿De dónde has sacado esa antigualla, mozo?

—Me la regaló el emperador Carlos V de Alemania, el I de España. –El se desternilló y se llevó la mano al pecho—. Cuando le serví como médico…

—¡Vaya tontería, muchacho!

—Cogedla, ved que es muy hermosa de cerca.

El hombre no lo dudó. Asió el cinturón con su mano y con ambas mano ocupadas con sendas espadas, yo me abalancé a él y le mordí el cuello. Rompí sus vértebras con el propio mordisco y el pobre quedó inerte y pesado en mis brazos. Bebí de él hasta dejarlo seco y cuando cayó al suelo recogí mi espada, vacié su faltriquera para que pareciera un robo y volví a la plaza frente a la catedral, donde había quedado con Nikolás. Él ya me esperaba allí, en medio de aquella oscuridad.

—¿Cómo se ha dado? –Preguntó, siempre solía hacerlo como una forma de decir… “¿está todo bien?”

—Sin problema.

La noche era estupenda. Era fresca y húmeda, pero muy agradable. Ya se notaba el buen tiempo del final de la primavera y las lluvias habían dado un ligero respiro por aquella noche. Las antorchas de los edificios oficiales iluminaban levemente el paso, porque apenas había luna. La gente estaba empezando a volver a sus hogares después de unas grandes y copiosas cenas y de litros de vino y cerveza. Al día siguiente seria domingo, era una gran noche para el descontrol. Sin embrago, después de haberme saciado de sangre después de muchos días sin beber una sola gota, y sintiéndome de nuevo en España, estaba melancólico y emocional.

Me quedé observando la alta torre gótica de la catedral y suspiré lentamente. Las puertas estaban abiertas, dispuestos a recibir cualquier alma peregrina. Nikolás leyó en mi mente antes de que yo siquiera pudiera sugerírmelo a mí mismo. Me preguntó si deseaba entrar. Si quería que entrase con él.

Entramos en la catedral. Era oscura, fría, llena de humedades. Las pocas pinturas que aún se conservaban estaban pulverulentas y  pálidas. Los cálidos muros estaban llenos de moho, y las vigas de los artesonados se habían comenzado a pudrir. Pero era tan acogedora como cualquier otra iglesia. Un Cristo de mediados del XVI se presentaba allí colgado con expresión seria y austera. La talla era mediocre, en comparación con lo que había conocido en Italia o con lo que llegaría a ver en Salamanca o Valladolid, pero la iglesia no precisaba de nada más.

Para sorpresa de Nikolás, que me siguió unos pasos más atrás, me senté en uno de los bancos y crucé las manos sobre mi regazo, en gesto orante. Mi compañero se quedó de pie, unos pasos por detrás, expectante. Recuerdo vagamente lo que pensé entonces. Agradecí a Dios por haberme concedido la inmortalidad, aunque no estaba seguro de haber sido concedido con ninguna gracia. Le pedí que cuidase de Sebastián, allá donde estuviese y que cuidase de nosotros dos, allá donde fuéramos. Le agradecí haberme traído de vuelta a España y frenar la guerra de sucesión que se había llevado a cabo en el país. El resto del tiempo que estuve allí observé el pobre retablo detrás del Cristo, y un par de tallas de santos que había por las naves laterales. El chisporroteo de las antorchas y las velas sobre nosotros. Y el olor de los inciensos mezclados con la humedad y el salitre que rezumaban las piedras.

Cuando me levanté del banco encontré a Nikolás de brazos cruzados mirando hacia el altar. Preferí no indagar en sus pensamientos para mantenerlos en privado, aunque me hubiera gustado saber qué clase de ideas se le pasaban por la mente frente a una capilla como aquella. Cuando llegué a su altura pasó el brazo por mis hombros y me acercó a él para plantarme un beso en la sien.

—Vaya pensamientos que te atormentan, mocoso… —Murmuró, lleno de candor.

—Odio que te metas en mi mente. –Dije—. Era una conversación privada con Dios.

—No he podido resistirme. Me alegra ver que no le has pedido a Dios que te libre de mí.

—¡Librarme de ti! –Exclamé, en un murmullo silencioso—. Vaya cosas tienes…

Salimos riendo de la catedral para toparnos con aquello que nos había venido persiguiendo desde que pusimos un pie en la costa asturiana. Ese presentimiento de mal augurio, de pesadez y angustia: Cinco vampiros nos esperaban en aquella plazoleta, ataviados con largas capas y gruesos hábitos negros de espesa lana.   

Nikolás se detuvo el primero, alertado por la presencia de estos, y su agarre sobre mi hombro se volvió tenso y posesivo. Sin embrago, y para mi sorpresa, se dirigió a ellos el primero, antes de que yo me plantease si quiera prestarles atención. Abrió su otro brazo, en señal de fraternidad y reencuentro.

—¡Pero mira qué tenemos aquí!

Él era joven para comprender que aunque se mostrase amigable aquellos que teníamos delante eran vampiros como él, y como yo, y habían advertido de sobra cómo se intensificaba el agarre en mi hombro y cómo sus ojos vagaban de uno a otro con cautela y temor. Un humano habría sido engañado, pero estábamos con semejantes.

Había allí tres mujeres y dos hombres, convertidos durante su treintena, a excepción de una de las mujeres, que apenas llegaría a los veinte años. Era la más acobardada. Para sorpresa de ambos, estaban asustados, con los ojos sorprendidos, con el gesto descompuesto. Parecía que observaban, horrorizados, a dos monstruos peores que ellos mismos. Como si se estuvieran reflejando por primera vez en unos espejos. Sin embargo no parecían dispuestos a atacarnos. Eran todos muy jóvenes, no tanto como Nikolás, pero ninguno superaba los cien años de existencia.

Al principio lo que me pareció mera casualidad acabó por llamar mi atención. Estaban vestidos con túnicas y sayos de un color marrón oscuro, de lana negra, con ropas ajadas y monacales. Parecían una secta, un club clandestino de monjes vampíricos. O unos vulgares frailes que se pudren dentro de las paredes húmedas de un convento.

—¡Cuánto tiempo sin ver a unos semejantes! –Continuó Nikolás, intentando borrarles con palabras amables aquella expresión de recelo. Nos aproximamos un poco pero ellos no se movieron. Parecían estatuas de bronce.

Detuve a Nikolás cuando estuvo a cinco pasos de ellos. Era suficiente. Estaban atemorizados de nosotros. Y yo comenzaba a preocuparme. Jamás había visto tantos vampiros juntos, unidos por un vínculo fraternal, como aquel. La muchacha se escondió detrás de una de sus superiores. Los hombres se miraron entre ellos. ¿Eran aquellos los vampiros de los que Sebastián había intentado prevenirme? ¿Su fanatismo se ocultaba debajo de aquella noble expresión de pasmo?

—Buenas noches. –Dijo la mayor de ellos, la mujer detrás de la que se escondía la muchacha. Su tono fue severo, como la reprimenda de una madre—. Nosotros también hacia mucho que no veíamos unos semejantes.

—Nos habéis seguido desde que llegamos a la costa. –Dije, para sorpresa de ellos, que se miraron unos a otros con preocupación. Nikolás se sonrió, advirtiendo que los había descubierto y ellos se avergonzaban.

—Si nos habéis sentido, ¿por qué no huis?

—¿Huir? –Preguntó Nikolás, sonriente—. No somos prófugos.

Ellos se miraron y murmuraron unas palabas inconexas. No eran capaces de leerse la mente. Eran todos hijos del mismo creador. Aquella no era la respuesta que esperaban. Deberíamos temerles, o eso había creído. Pero ese será el quid de la cuestión, no les temíamos y eso les aterraba. ¿Teníamos motivos para temerles?

—No pretendemos quedarnos aquí. –Dije, en tono mediador—. Nos marcharemos en un par de días, cuando recompongamos fuerzas para el viaje.

Volvieron a mirarse entre ellos. Yo comenzaba a inquietarme. No nos estaban tratando como iguales, sino como otro tipo de especie. Otra clase de monstruo. Nikolás lo percibió en mis pensamientos y se acercó más a mí, rodeándome con su brazo.

—Os invitaríamos a pasar la noche en nuestra habitación, para charlar y conocernos, pero es apenas una bohardilla, no cabríamos todos.

—¿A dónde vais? –Preguntó la mayor de ellos. Yo miré a Nikolás. Este respondió por los dos.

—A donde nos lleve la vida. Venimos viajando por el continente. Entre guerras y revoluciones uno no puede estar tranquilo en ningún lado. ¡Vaya siglo este!

Miré a la mujer que me había hablado. Era pelirroja, con el cabello trenzado y recogido en una cofia de redecilla. Era simple y de hilo gris. Con los ojos claros atentos y sinceros. Con el rostro hierático. Era alta, más que yo. Al mirarla y colarme en su mente advertí los recovecos y laberínticos pasillos de unas grutas rocosas. Un altar, una matriarca que dirige a sus hijos. Las túnicas negras como sombras por aquellos pasillos de piedra. Ella advirtió mi presencia en su mente y rápido dio un respingo. Yo fijé la mirada en ella, desafiante.

—¡Estaban ahí dentro! –Murmuró la muchacha, que más se comportaba como una cría, tirando de la túnica de su señora. Los ojos de la niña señalaron la catedral y yo me volví. Aún se veía algo de luz saliendo a través de la pesada puerta de madera. Me lamenté de aquello y contuve un gesto de arrepentimiento. Nikolás ya había oído de mis labios toda la ficticia mitología que Sebastián me había inculcado sobre nuestras limitaciones morales como bebedores de sangre. Sonrió, candoroso, ante aquellos desconocidos y se encogió de hombros.

—¿Qué tiene de malo? Cuando era humano no me perdía la misa de los domingos. Mi madre me habría dado una buena… —Mintió.

—Ese es un lugar de culto para humanos. Nosotros ya no lo somos. –Dijo uno de los varones. Yo rodé los ojos. Tenía la paciencia justa para ignorarlos y volverme a nuestra habitación, pero Nikolás fue más prudente. Aquellos eran cinco, pero seguramente su comunidad superaría los veinte o treinta.

—Mi fe sigue siendo la misma. A pesar de que me alimento de otras cosas…

—Tú puedes ser tan ingenuo como para creerte eso. –Le dijo la mujer pelirroja—. Pero tu compañero es más listo, y sabio. Y mayor. Y seguro que sabe que ha estado obrando mal…

Nikolás me miró, apretando los labios con un gesto de “¿qué se te ocurre?”

—Vosotros también podéis entrar si lo deseáis. No saldréis envueltos en llamas ni nada parecido. –Dije, con una sonrisa, pero ellos se miraron.

—Pertenecemos al culto de las sombras. –Dijo ella, altiva—. Y nosotros no profanamos lugares santos. Tenemos nuestra propia fe y nuestro propio credo. Y tú deberías pertenecer a él, por lo que eres.

—Me da que estos no han visto otros vampiros más que a sus propios miembros. –Le dije a Nikolás, los suficientemente alto como para que ellos lo oyese. Se ofendieron, pero a Nikolás le hizo mucha gracia.  

—¡Lleva una cruz de oro al cuello! –Exclamó la muchacha—. Puedo verla.

De nuevo rodé los ojos.

—¿Vuestro creador no os advirtió de estas leyes?

—No. –Dije yo mientras me encogía de hombros. Nikolás imitó mi gesto—. Nuestros creadores nos abandonaron a la vida. O a la muerte, según quiera verse. Y hemos sobrevivido lo mejor que hemos podido. –Mentí—. Y nunca hemos tenido ningún problema. No adoramos a dioses o demonios de las sombras, ni pertenecemos a ningún culto o credo.

—No lo necesitamos. –Apuntó Nikolás—. Nos basta con tener un poco de sangre que beber de vez en cuando, bonitos paisajes que contemplar, y la compañía del otro. –Me estrechó aún mas contra él, en un gesto juguetón, pero yo fruncí los labios. Es indescriptible la forma en que nos miraban. Supongo que de la misma forma en que un humano miraría a un extraterrestre si aterrizase uno en medio de la tierra. Con una curiosidad desafiante y un recelo aterrador.

—Deberíamos llevarlos con la madre. –Dijo uno de ellos, lleno de ilusión.

—¿Crees que le gustará que metamos a dos forasteros en nuestra casa? ¿Después de haber visto cómo se comportan?

Ahora era el turno de ellos para hablar de nosotros sin tenernos en cuenta. Yo miré a Nikolás, que parecía excitado.

—Tal vez pueda convertirlos a la fe de la sombras.

—¡Eso sería ideal!

—Dos bebedores de sangre descarriados que devolvemos al redil.

—¿Crees que nos ofrecerán una cena antes de la ceremonia? –Preguntó Nikolás, en tono burlón—. ¿O nos bautizarán en esta satánica fe a pelo?

—No son hermanos nuestros. –Dijo la más pequeña, ignorando el comentario de Nikolás—. No pueden ser de la misma fe.

—Se les puede enseñar…

—A Madre no le gustará que nos presentemos con ellos…

—¡Y si nos desterrase! –Exclamó la pequeña, tirando de la túnica de su protectora. Esta nos miró a ambos, alternativamente, intentando tomar una buena decisión. Yo le devolví la mirada, desafiante, intentando hacerle entender que nada de lo que ella planease me importaba, yo no iría a ningún lado por la fuerza.

—Tal vez quieran conocer a la madre. –Dijo ella, advirtiendo mi amenaza, usando un tono más conciliador. Me sonrió, para mi sorpresa, y yo arrugué la nariz en su dirección, chasqueando la lengua.

—¿Está muy lejos vuestra madre? Nos gustaría estar en nuestras camas para el amanecer…

—¡Duermen en camas! –Exclamó esta vez uno de los caballeros, en tono casi burlón. Yo alcé una ceja y tiré del brazo de Nikolás.

—Vámonos. Si van a llevarnos con su creadora para burlarse, mejor no ir con ellos.

—Estoy segura de que la madre puede mostraros infinidad de cosas de vuestro propio mundo, de los seres en que nos hemos convertido. Seguro que tiene muchos secretos que desvelaros… —Tentó la pelirroja. Yo dudé, pero Nikolás parecía escéptico. En la mente de todos ellos, su creadora era una diosa que albergaba un sinfín de habilidades y trucos. Y creían que a mí me importaba.

—Nosotros también sabemos muchas cosas. –Dijo Nikolás, altivo y fanfarrón—. ¿No será eso lo que quiere la madre, que le revelemos nuestros propios trucos?

—Estoy seguro de que se puede establecer un intercambio de conocimientos más que favorable para todos. –Dijo uno de los hombres y miró a la pelirroja con ojos divertidos.

—Vamos, los llevaremos con ella, si es que accedéis a acompañarnos…




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