EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 51
CAPÍTULO 51 – Masacre en Burdeos
Cruzamos Suiza y nos internamos de nuevo en Francia. Mi compañero ya extrañaba el idioma, las costumbres, incluso el olor de la comida y el vino, aunque no podía consumirlos. Cruzamos el país y nuestra intención era llegar a España. Pero en 1701 estalló la guerra de sucesión, a causa de la muerte de Carlos II sin heredero al trono y no llegamos a cruzar la frontera. Era verano. Burdeos nos quedaba cerca y Nikolás pensó que era buena idea quedarnos allí por un tiempo. Yo no me negué. Era mejor que nada. Además estaba entusiasmado por volver a oír su lengua. Aunque muchas de las personas hablaban el aquitano, otros también entendían la lengua d’oc y el francés, que comenzaba a extenderse desde la capital para dejar de ser una lengua únicamente de la clase gobernante.
Era un gran siglo para la ciudad. Comenzaba a escalar puestos como lugar de riqueza y comercio. Era el segundo puerto más frecuentado del país y estaba a punto de convertirse en el primero. Nosotros fuimos testigos de aquel auge de personas y comerciantes, de los extranjeros que llegaban, de los pescadores que Vivian en el puerto. Como no teníamos pensado movernos de allí en un tiempo compramos una casa con vistas al Garona, estaba cansado de dármelas de aventurero y peregrino y me pareció una buena idea volver al papel de jovencito y adinerado estudiante. Nikolás no estaba conforme con aquello, odiaba la vida de fingimientos y restricciones. Yo no le impuse nada pero le pareció adecuado hacer el papel de mi sirviente. Casi se desternillaba al sugerirlo.
—Te limpiaré los zapatos y haré de cochero personal.
Solo lo hacía por fastidiarme. Lo cierto es que su papel se limitó a la apariencia. Si nos preguntaban, o si alguien se interesaba, se limitaba a dirigirse a mí como su señor y a pedirme a mí que diese las explicaciones pertinentes. Si nos hubiéramos parecido más, habría preferido hacer el papel de hermano mayor. Pero no iba a engañar a nadie. Sin embargo, pocas veces tuvimos que dar excusas de ningún tipo. Vivíamos aislados de todos. Yo también me limitaba a las apariencias.
Habían vuelto los pantalones cortos, con medias blancas y zapatos de tacón. Y la valona que se hubiera llevado entonces empezaba a perder presencia, y Francia comenzaba a marcar la moda de los pañuelos y las chorreras. Qué cosa más horrenda. Sin embargo no me quedó de otra que comprarme un traje negro, con un jubón largo como los que se llevaban entonces, y un fino pañuelo blanco que limitaba a envolver mi cuello. Nikolás por el contrario se hizo con todo un vestuario del momento. Cuando me miró rodó los ojos.
—¿Vestirás siempre a la española? Ni si quiera eres español.
—Tampoco somos humanos y no paramos de fingir…
Su rol de sirviente duró menos de lo que esperaba. Hizo su vida aparte de mí enseguida. Cuando llegó el buen tiempo salía a las tabernas, se divertía entreteniendo con la música de su laúd, le encantaba aprender canciones nuevas y bailar durante toda la noche como un bufón. Yo también aprovechaba mi tiempo para conocer la ciudad, para adentrarme en las bibliotecas de los monasterios y conventos. Pasaba muchas horas en la catedral de San Andrés, merodeando por sus muros en medio de la noche, con o sin permiso del clérigo, admirando sus vidrieras y sus pilares. Me gustaba imaginarme a Leonor de Aquitania en el día de su boda, aunque de la catedral románica original ya no quedaba nada. Los retablos comenzaban a ser más extravagantes, llenos de florituras, con pinturas dramáticas, controversiales. ¿Dónde quedaban mis iconos? ¿Dónde estaban esos rostros hieráticos, solemnes? ¿Esas deidades inmisericordes?
Hubiera sido mejor no habernos quedado en aquella ciudad, o haber podido disfrutar de ella en otras condiciones. Veníamos de muchas décadas de libertad, de viajes, de una vida nómada y sin compromisos. En aquel momento deseábamos descansar de todo aquello, establecernos, como fuera. Hacer una vida en aquella ciudad, aunque fuera durante unos cuantos años. Pero habíamos adquirido unos horribles hábitos de impunidad y libertinaje.
Nikolás tenía sus fiestas y yo tenía las mías. Dándomelas de joven señorito adinerado me colaba en todas las celebraciones y convites. Aparecía por allí y llamaba la atención de uno o dos de los presentes. Hablábamos, me contaban sus historias, me hablaban de las colonias que tenían en el nuevo mundo, de los alimentos que estaban llegando, de los nuevos inventos que se habían fabricado. Me preguntaban si conocía al rey sol, yo le decía que venía de muy lejos que no sabía nada de aquello. Que mis viajes me habían mantenido asilado. Todo aquel misticismo les hipnotizaba y siempre me apartaba con uno de ellos para beber su sangre sin que pudieran pensar en ello. Aunque mi técnica no era depurada, y con el paso de los meses, y los años, advertí que algunos de ellos recordaban aquellos momentos como si fueran presa del encanto de un brujo, que les obligaba a participar de un rito herético.
Nikolás, por el contrario, se jactaba de su fuera y su presencia para arrebatarle la vida a todo hombre medianamente malvado con el que se cruzaba. Obraba con impunidad, con total arbitrariedad. Un hombre que pegase a su mujer, un adolescente ladronzuelo, prostitutas, alcohólicos, cualquier excusa era buena si se presentaba la oportunidad. Pocas eran las ocasiones en que cazábamos juntos, pero cuando lo hacíamos, solíamos colarnos de improviso en la casa de algún pobre individuo y bebíamos su sangre. Cuando amanecía y sus familiares le encontraban, siempre lo achacaban a la peste o a alguna enfermedad. El médico lo encontraba vacío de sangre pero sin marcas. Era inexplicable, pero lo médicos de entonces se inventaban cualquier excusa para no decir “no lo sé” y que cundiese el pánico. Supongo que ahora sigue siendo igual.
A los dos años de habernos instalado, una mortal epidemia asolaba la ciudad. El pánico había cundido ya no por falta de explicaciones de médicos y curanderos, sino por la total ausencia de síntomas. Los que morían se habían acostado en perfectas condiciones, y quienes morían, siempre presentaban el mismo aspecto marmoleo y desangrado. Cuando los médicos comenzaron a perder credibilidad, fueron los curas y sacerdotes los que tomaron la batuta y acusaron a las gentes de Burdeos de haber estado infectadas por algo peor que una enfermedad: el pecado. El balance de los humores y las sangrías dieron paso a las misas y las procesiones.
Nikolás experimentaba, aún en su juventud, un hambre voraz. Yo podía abstenerme durante semanas. Pero no deseaba adecuarme a esa dieta. Tener a Nikolás a mi lado me había malcriado en una larga lista de malos hábitos y verle a él disfrutar de los placeres de la sangre siempre me animaba a seguirle, o a guiarle, por todo tipo de perversidades y desmanes.
Perdimos el control a finales de 1705. En una fiesta, durante el otoño de ese mismo año, conocí a una muchacha, hija de un gobernador inglés que estaba en la ciudad después de su retiro laboral. Era muy hermosa, de veinte años, con el cabello moreno, de rostro anguloso y labios rosáceos. Era tan alta como yo, o incluso puede que un poco más, nunca la vi sin sus zapatos con tacón.
Me gustó nada más verla, parecía la perfecta compañía de un hombre rendido a la vida. Estaba risueña, siempre con la mirada atenta y precisa. Con gestos y ademanes dulces pero sinceros. Estaba llena de algarabía, pero al mismo tiempo parecía ser capaz de comprender la más profunda de las tristezas. Me abordó en uno de los bailes que se celebraban en un palacete a las afueras.
—No nos hemos visto antes. –Dijo ella, entusiasmada por mantener una conversación conmigo. Le había dicho lo mismo a otros a los que había interceptado. Y era cierto, no podía ser de otra manera, solo llevaba varios meses en la ciudad.
—Sois nueva en la ciudad. –Dije, sin demasiados rodeos. Deseaba llevármela aparte, ceñir su estrecho talle con mis manos y morderle el cuello.
Pero ella en vez de mostrarse sorprendida por mi atrevimiento se avergonzó de mis palabras.
—Sí, ¿tanto se me nota? Apenas he cruzado un par de palabras aún.
—Llevo unos cuantos años aquí. –Dije—. Y si os hubiera visto antes, no me habría olvidado de vuestro recuerdo. Incluso sin veros, creo que podría haberos sentido por la ciudad, como un perfume que se extiende por una habitación.
Cogí su mano y besé el dorso de esta. Me contuve para no clavar mis dientes en sus falanges. Olían a agave.
Hablamos durante al menos dos horas en las que ella no cejaba de averiguar lo posible de mí. Quien era mi familia, a qué me dedicaba, si tenía aspiraciones militares o políticas. Mi nombre, mis apellidos, mi edad, todo lo que le contesté fueron respuestas inventadas. De cualquier manera no me importa. Hacía tiempo que no conseguía una presa tan deliciosa. La gente había comenzado a evitarme, ya no me rodeaban como antaño, se habían distanciado porque comenzaban a creerse las invenciones de algunas de mis victimas sobre seducción y ritualidad herética. Ella, al ser nueva, no había sido advertida de los rumores. No aún.
Cuando paseábamos por el jardín, con la excusa del viento que comenzaba a soplar a aquellas horas, la aparté a un rincón y la cubrí con mi capa, gesto que aproveché para besar su cuello y morder su piel. Bebí de ella hasta que quedó atontada y sonriente, como drogada. La devolví al interior del palacio y le dejé mi capa, con la excusa de que nos volviésemos a encontrar para que me la devolviese.
Volvimos a coincidir en algunas de las fiestas que se celebraron durante el invierno. Ella iba siempre enfundada en grueso trajes con forro de armiño, con gruesas faldas de terciopelo, estaba cálida y sonrosada. La sangre que se acumulaba en sus mejillas a causa del frío era deliciosa. Jamás me devolvió la capa. Siempre la usábamos como excusa para vernos una vez más, pero nunca regresaba con ella. Me pidió la dirección de mi casa para que pudiera escribirme, pero no se la di nunca. Le dije que cortejarse por carta era algo que yo aborrecía, porque se perdía la naturalidad de la presencia y la pasión del contacto. Ella no lo entendió.
Debió usar los contactos de su padre para averiguar dónde me alojaba yo y una noche, ya sabiendo que mi vida era básicamente nocturna, se presentó ella sola en la puerta de mi casa. Aquello era una locura. Ya me extrañó ver detenerse debajo de la puerta de mi casa un carruaje, pero cuando la vi salir de él, me pregunté si realmente esa joven estaba cuerda. Pensé que se limitaría a dejar ella misma una carta. Pero al contrario, de lo que imaginaba llegó hasta la puerta y golpeó la aldaba hasta que despertó a Nikolás y este se asomó a mi lado en la ventana. Eran apenas las doce. Toda una temeridad.
—¿Voy a abrir? –Preguntó, extrañado.
—Ve. –Suspiré—. Puede que hoy no tenga que salir a cazar…
Nikolás salió del salón y bajó las escaleras hasta la entrada. Oí el sonido de la puerta y la luz del interior iluminó el cuerpo de la joven. Hubo un breve intercambio de palabras. La muchacha le mostró mi capa, que traía doblada bajo el brazo. Nikolás hizo el amago de coger mi capa pero ella retrocedió.
—Se la entregaré personalmente. –Dijo ella.
—¿No es inadecuado que una muchacha de su alcurnia esté a solas con un joven en una casa, a estas horas de la noche?
—¿Está solo, el caballero?
—A excepción del señor y de mí, no hay nadie más en la casa.
—¿Y sus padres?
—No viven aquí. –Nikolás intentaba deshacerse de ella, bastantes problemas tendríamos si se enterasen de que la habíamos acogido aunque fuera solo por un rato.
—¿Y el resto del servicio?
—¿Soy el único servicio que el señor necesita?
—Entonces déjame pasar. –Dijo ella empujando a Nikolás a un lado y entrando al interior de la casa. Yo suspiré y me senté en el sofá. Me froté los ojos. Estaba empezando a cansarme de ella, de su platónica insistencia en conocerme. Me preguntaba como Sebastián era capaz de hacer todo aquello sin terribles quebraderos de cabeza.
Llegó al salón y al cruzar la puerta se topó conmigo y dio un respingo. Me lanzó una mirada de susto, pero después sonrió, coqueta. Nikolás entró detrás de ella, irritado. Tenía el ceño fruncido y los labios apretados, cuando me miró, lo hizo con hastío. Parecía querer decirme… “déjame matarla, por favor”. Yo suspiré.
—¿Qué haces aquí? –Le pregunté. Pretendía que mi tono fuera tajante, pero ella se lo tomó como un desafío.
—He venido a traerte la capa. Y a dar por terminada nuestra amistad.
—¿A sí? –Pregunté. Ella lanzó la capa sobre el sofá a mi lado y asintió.
—Me han contado las cosas tan horribles que hacéis con vuestras amistades. Los engaños y los embrujos. Yo misma he sido presa de ellos. Y ya no voy a colaborar más con vos.
—¿Y por qué no?
—Es inmoral, y un pecado…
—También lo es estar aquí, a estas horas de la noche. –Apuntó Nikolás, que se había quedado a un lado, cruzado de brazos.
Ella lo ignoró, al fin y al cabo era el servicio, aunque no pudo evitar ruborizarse por sus palabras.
—Dado que no me habéis permitido conocer vuestra dirección no he podido enviaros ninguna misiva…
—Sin embargo, aquí estáis…
—Una vez la he averiguado, he creído necesario venir yo misma… —Se le desmontaban las excusas. En verdad había venido a otra cosa, y tanto Nikolás como yo lo sabíamos, pero esperamos pacientemente.
—Bien. Daré por finalizada nuestra amistad, si es lo que deseáis…
—¿Así de simple?
—Así de simple lo habéis expuesto vos…
—¡No! No es nada simple. ¿Acaso no vais a defenderos de las horribles acusaciones que os hacen?
—No. Son todas ciertas. –Suspiré—. Oigáis lo que oigáis de mí, os aseguro que la verdad es mucho más terrible.
—¡Pero no puede ser! –Y corrió a sentarse a mi lado. Me cogió una de las manos y la estrechó entre sus dedos. Estaba con los ojos lloroso y el pulso acelerado—. Decidme que esa gente miente, que no sois un mal hombre.
Como no dije nada, y miré a Nikolás, con una mueca de auxilio, él se desternilló, como única ayuda. Ella le lanzó una mirada terrible.
—Es mejor que os vayáis. –Murmuré—. Aquí no pintáis nada. Es cierto, soy un hombre horrible y solo os he utilizado…
—¿Y vuestras palabras de amor? ¿Y todo lo que me habéis dicho?
—Mentiras. Os he mentido con mi nombre, con mi origen, con mi edad, con todo. Soy un hombre horrible. Abandonadme. –Tiré de su mano lejos de mí pero ella se soltó y me estrechó entre sus brazos, pasando sus manos por mi cuello.
—No haré caso de las cosas tan horribles que dicen de vos. Ahora lo veo claro, sois un incomprendido. ¡Estas horribles personas de Burdeos os tienen envidia por vuestra belleza y vuestro talento, y solo os desean el mal!
Nikolás seguía riéndose.
—Mi padre tiene mucho dinero, y vos también. Vayámonos lejos. ¿Cuál es vuestra tierra? ¿A dónde os gustaría viajar? Vayámonos juntos.
Nikolás dejó de reírse al instante y le clavó una mirada asesina. Llena de horror y espanto.
—¿Irnos? –Pregunté, terriblemente sorprendido—. ¿Vuestro padre no os lo permitiría?
—No contaría con su aprobación, es cierto, pero tampoco hay que pedírsela. Vayámonos. ¡Os amo! ¡Os adoro! Hacedme vuestra, y llevadme a donde queráis, lejos de esta ciudad…
—Bueno, ya basta. Habéis presenciado muchas obras de Shakespeare, me temo. –Dijo Nikolás, y acercándose a ella la cogió por el brazo y la levantó de un tirón del sofá. Se soltó de mí, con lo que sentí gran alivió, y Nikolás la encaró, enfadado—. Ya es suficiente. Es tarde, vete a tu casa…
—¡Quítame las manos de encima! ¿Cómo te atreves, mozo? –Ella se soltó de su agarre y en un inesperado arrebato le dio una bofetada que a él no le hizo el menor daño pero que quedó plasmada en su semblante. Yo los miré, tamborileando los dedos sobre mi pierna—. ¡Dile a tu sirviente que se largue de aquí! No tiene porque presenciar esto…
Nikolás me miró con los ojos echando chispas. Yo cerré los ojos.
—Llévatela, Nikolás. No quiero verla más aquí.
Ella se quedó pasmada por mi respuesta, y de nuevo bajo las manos de Nikolás, se mostró indefensa y atemorizada. Nikolás la arrastró fuera, pero ella seguía insultándolo.
—¡Criado impertinente! ¡Eres un maldito pervertido! ¡No me toques! Haré que te castiguen. Si tu amo no te pone límites… ¡Marcus! ¡Marcus, quítamelo de encima! ¡Dile que me suelte!
Estaba dando unas voces tremendas. Me tapé uno de los oídos para no sentir como retumbaba su voz dentro de mi cabeza. Nikolás le cubrió la boca con una de las manos para arrastrarla hacia fuera pero yo solo podía sentir la rabia dentro de mí. Y con cada grito y golpe, sentía como se esfumaba mi paciencia. Nikolás estaba realmente ofendido y enfadado. No le gustó que llegase a esos límites con ella, y mucho menos tener que encargarse él de echarla fuera. Por eso el di el gusto de atormentarla.
¡Mátala! –Grité dentro de su mente—. Mátala si gustas, destrózala. Hazla pedazos. Pero hazlo aquí, delante de mí.
Se detuvo en seco cuando estaba a punto de cruzar la puerta del salón y se volvió a mí lleno de pasmo. Me miró con una interrogación en su rostro, pero en sus labios afloraba una siniestra sonrisa.
—¿Quieres que la mate? No parece una mala chica, solo una imbécil. –Sus palabras dejaron a la pobre muchacha pálida y petrificada. Yo me encogí de hombros. Ella me miró con ojos suplicantes.
—Iba a robar el dinero de su familia…
—Pero no lo ha hecho… —Nikolás se burlaba de mí. Había matado personas mucho más inocentes que ella.
—Si no te vez capaz…
La provocación fue suficiente. Las manos que antes cubrían la boca de la joven rodearon su cuello y la levantaron a pulso haciéndola gimotear por el dolor y la falta de aire. Sus piececillos se movían frenéticos sin poder tocar el suelo. Intentó arañarle, revolverse, pero nada surtió. Nikolás abrió su boca y le mostró los colmillos, y con un gemido de hambre y voracidad se acercó a ella, para arrancarle media cara de un mordisco. Ella interpuso sus manos. Le mordió los dedos, las palmas y las muñecas. Ella lanzó manotazos al aire. Pero Nikolás se reía, divertido con aquella lucha tan desigual. Acabó tirándola al suelo e inmovilizándola. El armazón de su falda crujió cuando él se abalanzó sobre las telas y mordió sus brazos, sus pechos, descubrió un muslo a través de la tela desgarrada y mordió allí también. La muchacha se había desmayado del dolor. Pero no despertaría más. Él se la comió allí mismo, delante de mí. Arrancó pedazos de carne de sus manos y de su rostro y se los comió solo por darme el placer de observarle.
Cuando terminó se incorporó, tambaleante, medio ebrio y se acercó a donde yo estaba sentado y me miró desde aquella altura y me sonrió, ladino.
—Tú te deshaces del cuerpo, mocoso…
—Si no estás empachado, mata también al cochero. –Dije, mirando de soslayo hacia la ventana—. Mejor que no sepan que ha estado aquí.
—¿Me como también al caballo? –Preguntó, burlón, en tono de reproche.
—El caballo lo necesitaremos. El coche también. –Me puse en pie y me alejé hacia la puerta del dormitorio. Rescaté una manta y la tiré sobre el cuerpo de la chica. Tendría que envolverla para poder transportarla.
—Tú vas a necesitarlo, no yo.
—Vamos. –Dije, levantándola y cargándola sobre mis brazos—. Tenemos que ir a enterrarla.
Tomar aquellas precauciones no sirvió de nada. Una amiga muy cercana a ella, que había hecho las veces de confidente, sabía que esa noche iba a venir a nuestra casa. La desaparición del cochero tampoco pasó desapercibida. No hay que ser muy inteligente para averiguar lo que había ocurrido. En menos de una semana teníamos a la policía detrás. Vinieron a vernos y nos hicieran unas cuantas preguntas que no llevaron a ningún lado. Que si la muchacha había estado allí, que si nosotros la habíamos invitado a pasar o la habíamos hecho llamar. ¿Alguna visita aquel día? ¿Última vez que habíamos hablado con ella?
No confesamos, pero tampoco pasó desapercibido que el estado en que vivíamos era curioso. Nikolás no era mi sirviente, tuve que reconocerlo, era un amigo que me acompañaba en mis viajes y que al no ser de clase noble se ganaba su fortuna siendo complaciente con mis cuidados. La fortuna que tenía procedía de una herencia de mi tío, que había fallecido. Y mis estudios como médico jamás prosperaron. Así estaban las cosas. Pero a cuantos más testigos y conocidos interrogaban, más sospechosas eran nuestras declaraciones. Unos dijeron que veníamos de Roma, otros de España, alguno llegó a decir que yo era hijo ilegítimo del zar de Rusia. Esa clase de mentiras solía contar para encandilar a mis victimas. Después llegaron a oídos de los inspectores nuestras prácticas heréticas. No solo las mías, también las de Nikolás. Sus trifulcas en los bares, sus duelos…
Pero sobre todo el rastro de cadáveres que íbamos dejando detrás de nosotros. La policía no tuvo tiempo de detenernos. Cuando ya pensábamos en hacer las maletas y marcharnos de la ciudad, el pueblo se cobró su propia justicia.
Recuerdo despertar aturdido, con una terrible sensación en el cuerpo. La cama estaba revuelta, con las sábanas desperdigadas y Nikolás yacía a mi lado, hecho un ovillo, con la nariz pegada a la almohada. Me levanté aturdido y me puse la camisa, los pantalones y las botas. Para entonces me alarmó el olor a humo. A fuego. Cuando quise darme cuenta, una ligera neblina gris se colaba por debajo de la puerta del dormitorio. Sentí mi cuerpo estremecerse y llenarse de pavor, como el agua que se desborda de un tanque.
Salí del dormitorio y seguí la estela del humo. Legaba hasta el salón, que estaba en llamas. Alguien había arrojado una lámpara de aceite encendida a través de una de las ventanas, rompiendo consigo el cristal, para incendiar la casa. Me asomé fuera, un grupo de hombres y mujeres gritaban, victoriosos, para que muriésemos. Para que huyésemos si es que estábamos vivos de aquella ciudad, y regresásemos al infierno del que habíamos salido. Eran seres supersticiosos que se santiguaron con espanto cuando me vieron aparecer por la ventana.
Pero el fuego era inmisericorde y veloz. En un instante trepó por las cortinas y por el papel pintado de las paredes. Fundió los lienzos que colgaban por el salón y prendieron el sofá. Salí corriendo de allí hacia la habitación y me lancé sobre la cama, zarandeando a Nikolás. Apenas acababa de esconderse el sol.
—¡La casa está en llamas, Nikolás! –Dije mientras tiraba de él fuera de la cama. Él se despertó, al principio enfadado y confuso, pero al oírme gritar, él mismo puso todos sus sentidos en el entorno y miró a todas partes, viendo como el humo había creado un velo entre ambos.
Saltó de la cama y se asomó al salón que ya estaba prácticamente devorado por las llamas. El aire era asfixiante, incluso para nosotros. La salida hacia la calle estaba bloqueada por el fuego. No éramos inmortales, ambos lo sabíamos, pero yo no paraba de recordar a Fernando y a Blanca, consumidos por el fuego como la ceniza de un incienso. Si el fuego nos tocaba, no seríamos más que polvo que se desvanecería. No habría nada de nosotros más que cenizas.
Oía en el exterior al agente gritar por auxilio, si el incendio se extendía a otras casas, cientos de manzanas podrían envolverse en llamas. Pero yo solo podía pensar en que nuestra casa se quemaba, hasta los cimientos. Me quedé paralizado mirando el fuego, sintiendo el calor de este en la piel, y arrepintiéndome de nuestro actos, que nos habían condenado a aquello. Tal vez lo merecíamos. No éramos mejor que todo lo que habíamos estado intentando destruir.
Nikolás tiró de mí hasta la sala contigua al salón, a la que ya habían alcanzado las llamas y se acercó a la ventana. Al abrirla, con intención de que saltásemos hacia afuera, un disparo nos sorprendió a ambos, clavándose en el marco de madera. Retrocedimos asustados. No permitirían que saliésemos. Estábamos atrapados. Pero Nikolás no se rindió. De nuevo tiró de mí hacia el interior y usando toda su velocidad nos arrastró, cubriéndose con el jubón, a través del salón a una velocidad de vértigo. Alcanzamos la puerta y bajamos corriendo las escaleras. En vez de salir por la puerta principal fuimos por las cocinas y salimos por la puerta trasera que daba a un callejón. El abrigo que había usado de escudo se había chamuscado, y su rostro estaba cubierto de cenizas y polvo.
Por un impulso irracional nos detuvimos allí y volvimos el rostro hacia las llamaradas que salían por las ventanas. El incendio había alcanzado el dormitorio. Me sentí como la esposa de Lot, que se convierte en sal al volver el rostro y ver su ciudad destruida por las llamas. Comprendí su impulso y su desesperación. El pánico y el dolor por la pérdida. Pero aún más por la culpabilidad de lo acaecido. Nos quedamos unos segundos allí petrificados, verdaderamente convertidos en sal, hasta que Nikolás soltó su mano de mi brazo y regresó corriendo al interior de la casa, envuelta en llamas. Mi grito no le detuvo.
—¡No entres ahí!
No sirvió de nada. Ya había desaparecido dentro y me quedé allí paralizado, sin saber qué hacer o qué estaba ocurriendo. ¿Había vuelto dentro para morir? ¿Para hacerse el héroe? ¿Estaba tentando su suerte o simplemente probando mis nervios?
Pasaron unos largos segundos hasta que lo vi salir de entre las llamas, envuelto en neblina y humo. Se apartaba las cenizas de la cara y tosía roncamente. Se llevó las manos a los ojos para limpiarlos de las lágrimas que se habían acumulado y cuando llegó a mi lado estaba a punto de recibir mi reprimenda cuando me extendió mi estuche de cuero negro, con apuntes, mis cartas para Sebastián y su guardapelo. Me lo extendió casi con ritualidad, con las dos manos sobre el envoltorio, con una mirada llena de candor y compromiso. Me temblaron las manos cuando lo recibí y estuve a punto de llorar si el miedo no me hubiera tenido atenazado.
—No… tengo palabras… —Murmuré mientras me estrechaba contra el pecho el estuche y él me envolvió con un abrazo, a modo de protección.
—Vamos, vámonos de aquí. Ya hemos destruido esta ciudad.
Nos montamos en el primer barco que salía aquella noche, colándonos como polizones entre una multitud de marineros que surcaban el golfo de Vizcaya en busca de pesca. En un camarote abandonado, que usaban como almacén de cajas rotas y podridas nos escondimos aquella próxima semana, llenos de espanto y desasosiego. No me separé de Nikolás en ningún momento, me agarraba a su brazo y apoyaba mi rostro en su pecho siempre que me lo permitía. Estaba terriblemente agradecido de que hubiéramos salido de aquello sin ningún daño.
—No tendrías que haber vuelto a entrar. –Le dije, el primer día de navegación—. Si te hubiera perdido, no habría merecido la pena…
—Sé lo mucho que aprecias esas cartas, y ese guardapelo. –Dijo, suspirando—. Si no lo hubiera intentado, no me lo habría perdonado.
—Estoy en deuda contigo. –Reconocí, aunque él se ofendió.
—Soy yo el que ha intentado saldar viejas deudas, hermano. No se te ocurra pensar que esto es algo que me tengas que devolver.



.png)

Comentarios
Publicar un comentario