EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 50
CAPÍTULO 50 – Hacia el este
Sebastián Cornelissen:
Las costas de Grecia son tan hermosas como
los grabados que teníamos en Amberes. Incluso más. Pero me hubiera gustado
poder apreciarlos a la luz del día. Les falta la calidez y el carácter hogareño
que les confiere el sol a las cosas. Los altos monumentos y mausoleos no son
más que lúgubres edificaciones de piedra corrompida que parten el paisaje con
un carácter espectral. Con el silencio y la oscuridad de la noche parece un
lugar encantado, presa de un embrujo ancestral. La acrópolis es todo un
cementerio en honor a una cultura perdida, que ha quedado parcialmente en el
olvido. El Erecteon con esas mujeres de piedra me ha dado escalofríos. Las he
mirado como si viese a mis antepasadas, mujeres de otra época, de otra
civilización, que aún perduran en el tiempo. Me he preguntado si llegaré a
vivir los mismos años que ellas. ¿Qué pensaran del mundo que han dejado? Creo
que se espantarían. Ha comenzado la guerra de Creta, los otomanos no dan tregua
a la población nativa. ¿Alguna vez volverá el esplendor de esta tierra?
Ojalá estuvieras aquí conmigo. Tal vez con
tus sabios consejos podrías hacerme cambiar de opinión.
Marken van Jasen.
Apenas nos detuvimos un par de años en Grecia. La influencia turca nos resultó desagradable sobre todo para Nikolás, en el que despertaba cierto sentimiento patriótico y en más de una ocasión sus comentarios provocaron altercados con algunos humanos. Los altos impuestos a la sociedad griega nativa los subyugaba y las constantes guerras por territorios creaban la sensación de polvorín. Yo había nacido en una época de terror al turco, cuando Vlad el Empalador los retuvo en los Balcanes, cuando el rey francés vendió a Europa a cambio de poder territorial. Cuando el emperador, mi emperador Carlos, se afanó por colocar a sus parientes más cercanos como piezas de ajedrez para luchar contra el poder turco que se extendía por los países del este.
Pasamos por Estambul y cruzamos el mar negro hasta llegar a Rusia. Los moscovitas habían conquistado toda Siberia aquella primera mitad de siglo y habían llegado a su expansión más extensa desde que se fundase el país. Rusia estaba en una época gloriosa, como más tarde dirían los historiadores. Gobernaba desde hacía décadas Alejo I, el que sería el padre del tan controvertido Pedro I el Grande.
Fue idea mía viajar hasta Moscú. Aunque no conocía el idioma, por el camino me hice con varios libros para aprenderlo y toda la iconografía, heredada del imperio bizantino, me atraía como la miel a una abeja. Deseaba empaparme de aquellos iconos, de todas las figuras, de sus técnicas y colores. Pero también de su gastronomía, de los olores, de las expresiones y la vida. Pero me decepcioné enormemente al llegar. Durante nuestra estancia en Italia y Grecia me habían hablado del gran crecimiento que estaba experimentado el país, pero no era más que una magnificación de una realidad un poco subjetiva. Como todos, el país estaba atravesando una crisis terrible. Estaba fragmentado por una reforma religiosa que dividía al país entre los reformistas y los conservadores de la antigua fe. El monarca, en un intento por establecerse en el poder y contentar a sus súbditos, había concedido muchos beneficios y libertades a la nobleza, a costa del proletariado. Creó una estructura de poder que llevó a sus campesinos a la servidumbre, casi rallando la esclavitud. En un país donde la vida ya de por si es difícil y dura, aquello estaba matando a la población.
Sin embrago, y para mi sorpresa, a Nikolás le fascinaron los paisajes escarpados. La nieve, el frío y el hielo. Yo estaba más o menos acostumbrado, pero él, que había vivido siempre en la costa del mediterráneo, aquello le encantó. Por suerte, y por decisión propia, no fingimos ser peregrinos ni pobres. No me arriesgaría a mezclarme entre aquella servidumbre y que nos confundiesen con esclavos. Me aproveché de mi dieron para fingir una posición en la sociedad y vivir cómodamente el tiempo que estuviésemos allí. Tampoco opté por una casa a las afueras. A las afueras no había más que frío y tundra. Yo podría soportarlo pero a Nikolás lo mataría de tristeza.
Alquilamos una bohardilla en un edificio cuyas vistas daban a la parte trasera de la basílica de san Basilio. Me costó entenderme con la casera, por suerte podía advertir sus pensamientos, pero ella los míos no. Cuatro palabras mal pronunciadas no servían para que ella me comprendiese. Pero al ver un par de reales de oro entendió al instante. Se los entregué, era el pago por un par de meses en aquella estancia. Aunque sabía que le estaba dando de más. Advertirle de nuestra condición excepcional de la piel, nuestra dieta alimenticia y nuestras rutinas nocturnas fue otro cantar. No se enteró de nada y estaba planteándome el matarla y quedarme con el bloque entero de pisos cuando Nikolás intervino y dio por terminada la conversación.
—Y eso que tú eres el de los idiomas. –Dijo, metiéndome dentro de la estancia, arrastrando después nuestro escueto equipaje dentro. Yo lamenté haberle arrastrado hasta esa ciudad de frío y penuria.
—No quiere entenderme. Me entiende perfectamente, pero la bruja esa quiere hacerse la despistada.
El interior del cuarto era excelente. Tenía una cama amplia, una chimenea muy coqueta y unas imágenes devocionales lúgubres y viejas que me parecieron realmente encantadoras. Encendí el fuego con un gesto de la mano y me arrodillé delante de él. No sentía el frío igual que cuando era humano, pero el calor no dejaba de ser reconfortante.
Nikolás se entretuvo cubriendo todas las ventanas a cal y canto. Ni si quiera dejó pasar la luz de la luna.
—Me la comeré antes de irnos de la ciudad. –Prometí, pero él se rió.
—Con los frutos tan dulces que debe tener esta ciudad ¿vas a llevarte a la boca a esa pasa?
—La mataré, al menos. Me ha puesto de los nervios la muy…
Pasamos apenas unos años allí. A pesar de habernos adjudicado el título de nobleza, no estábamos invitados a ningunas de las fiestas. Podríamos habernos colado, mentido y engañado. Pero la situación era peligrosa. Más de lo que hubiera imaginado. Lo peor llegó en el año 67, tuvimos que huir de la ciudad. Estalló una revuelta del campesinado y lo que hasta entonces habían sido revuelta aisladas, ese año todo se desbordó como un río al que sueltan el agua de un embalse.
Nikolás sugirió ir a San Petersburgo, pero me negué en redondo. Volvimos al oeste, por Kiev y después hasta Praga. Pero hasta que salimos de aquel frío pasaron muchos meses. Era pleno invierno y los caminos estaban helados. Tuvimos que dejar los caballos atrás, y nos limitamos a cargar con un escueto petate a la espalda y por caminos más o menos transitables. A velocidad sobrenatural, como es lógico. Y deteniéndonos en pequeñas casas abandonadas donde poder pasar las horas diurnas.
Aquella no fue una mala época. Recuerdo aquel invierno con una calidez casi hogareña. En la frontera con Polonia nos detuvimos en una choza en medio del campo. Encendimos el hogar y me tumbé en el suelo, sobre una manta y el petate como apoyo para la espalda. Escribí a la luz del fuego que había conseguido caldear mis mejillas mientras Nikolás se había sentado en el escalón de la entrada, con la puerta abierta y tocaba un par de notas en el laúd. Estaba solo tañendo las cuerdas, buscando tal vez alguna nueva melodía que se le ocurriese inventar.
—¿Qué te hubiera gustado ser, si hubieras nacido en otro lugar…? –Preguntó—. Si no te hubieses convertido en bebedor de sangre…
—Vaya pregunta… —Dije mientras detenía la pluma con la que estaba escribiéndole una carta a Sebastián.
—¿Qué? Es una pregunta legítima.
—Supongo que lo que yo hubiera querido no importa. Yo era cazador, e iba a seguir siendo cazador porque nací en una familia que se dedicaba a la caza. –Suspiré—. Si hubiera nacido en una familia de tejedores, o en una de pintores… idem...
—Puf, mira que eres pragmático. –Rechistó, torciendo el gesto—. Yo me habría alistado a la guerra. Me hubiera gustado pertenecer a los tercios.
—¿Por qué no te enrolaste cuando aún eras humano? –Pregunté. Él pareció reflexionar la respuesta.
—Es fácil sugerirlo ahora que no somos humanos, que el paso del tiempo no nos aplasta. Pero cuando era humano, nunca pensé que tuviera otra opción.
—Pues eso mismo he dicho yo. –Le reñí. Él volvió la cara y me ignoró.
Yo me acurruqué más cerca del fuego y seguí escribiendo. El sonido de la pluma sobre el papel competía con el de su música. Normalmente tarareaba, pero en aquella ocasión no lo hizo. Parecía sumido en sus pensamientos, mirando el paisaje que se extendía delante de nosotros. Y solo pulsaba las cuerdas para matar el rato.
—¿Siempre será así? Huiremos de los conflictos de los países….
—Es más fácil cuando encuentras un sitio en paz donde establecerte. –Suspiré—. No es sencillo. Tal vez pronto encontremos un buen lugar. ¿Te molesta este estilo de vida?
—No era una crítica. –Dijo, en tono conciliador—. Solo es curiosidad.
—No podemos guerrear. Tampoco arriesgarnos a ser atacados. Lo comprendes, ¿verdad?
—Sí. –Asintió—. Pero reconozco que siento un poco de pena cada vez que nos marchamos de un lugar. Cuando siento que al fin estoy conociendo a su gente, que me impregno de sus dialectos y de sus olores, tenemos que marcharnos.
—Siempre podemos volver… —Dije, apesadumbrado, pero alegre por ser comprendido. A mí me resultaba igual de doloroso.
—Pero puede que dentro de cien años ya no sea igual.
—Sí, es algo a lo que nos arriesgamos.
—¿Cómo estará Montpellier ahora?
—No creo que en 20 años la cosa haya cambiado mucho.
—Puede que no… —Pensó y después se volvió a mí, lleno de júbilo—. ¿Cómo estará el gobernador? ¿Habrá engordado tanto como para explotar al fin?
—Seguro que sí. –Dije, sonriendo.
—Ojalá ese cabrón halla reventado. –Volvió a pulsar las cuerdas, esta vez mirando fijamente sus dedos.
—Ya era mayor. Tal vez esté muerto. –Él no dijo nada. Pero me había escuchado y se quedó pensativo. Volvió a mirar a lo lejos, sumido en sus pensamientos y pulsaba las cuerdas al azar, sin sentido. Parecía completamente abstraído. El sonido comenzaba a irritarme y no pude por menos que llamarle la atención—. Si sigues tocando así de mal, acabarás despertando a los muertos.
Me contestó casi como un acto reflejo:
—Tal vez así tenga un público decente.
No pude evitarlo, rápidamente me lleve la mano a la boca para contener una carcajada pero esta evitó cualquier limitación. Me reí hasta que se me saltaron las lágrimas. Era una tontería, pero me había hecho tanta gracia el tono tan despectivo con que me lo había dicho que no pude por menos que reírme. Cuando se me pasó a la risa él me miraba pasmado desde la puerta. Conmovido por el sonido de mi risa, puede que casi fascinado.
Lo vi levantarse, cerrar detrás de sí y dejar el laúd apartado para tumbarse sobre mí y hundir el rostro en mi cuello. Me obligó a apartar la pluma y los papeles a un lado. Me apretó contra él y frotó su rostro con los volantes del cuello de mi camisa.
—Durmamos. –Murmuró, escondido en mi pecho.
—Aún es pronto. –Dije, frunciendo el ceño. El fuego crepitaba y el ulular del viento en el exterior era espeluznante.
—Entonces déjame dormir a mí. Tú puedes seguir escribiendo. –Se arrellanó a mi lado y apoyó su cabeza en mi pecho.
—No voy a escribir más. –Murmuré, presa de su encanto.
—Entonces háblame. Cuéntame una historia, o lee algo para mí. Quiero oír tu voz, por favor.
—Eso sí puedo hacerlo. –Dije mientras recogía uno de los libros que traía conmigo y le narraba una de las historias que contenía. Seguro que ya se la sabía. Se la había narrado en un par de ocasiones pero no le importaba. Aunque fingía dormir, miraba atento las páginas del libro. Estaba en latín, pero aunque no lo entendía seguía con la mirada mi lectura. Se detenía en las ilustraciones, suspiraba con cada nuevo giro de la historia. Suerte que se lo estaba traduciendo.
Antes del amanecer había caído rendido en mis brazos. Ojalá hubiéramos podido seguir así por siempre.
✵
En el año 76 llegamos a Baviera. Era primavera, las flores habían empezado a geminar y allá donde calentaba el sol rezumaba un olor dulzón y cálido, aunque nosotros solo apreciábamos la fragancia que habían dejado durante el día. Ataviados con nuestros petates a la espalda y el laúd, encontramos en medio del paisaje montañoso una inmensa abadía. Un par de las ventanas estaban iluminadas como pequeñas luciérnagas en un paisaje de piedra. El resto estaba en una quietud latente. A medida que nos fuimos aproximando por los caminos de tierra que conducían hasta las entradas de la abadía más nos llamaba la atención aquella colmena de hombres benedictinos.
—Podríamos pasar aquí el día. –Dijo Nikolás, con un tono ciertamente extraño.
—No me gusta lo que se te está pasando por la cabeza. –Dije, aunque reconozco que no era del todo cierto. Estábamos apartados del mundo, con un enjambre de religiosos dulces y humildes dormiditos en sus camas.
Nikolás se asomó al interior de la abadía a través de una pequeña puerta de barrotes de hierro que daba al huerto y a los jardines. Me asomé a su lado. Habían comenzado horadar el terreno para las próximas cosechas y habían dejado las herramientas de trabajo en un cubo de madera cerca del terreno excavado. Había altos robles rodeando las inmediaciones. La tapia que rodeaba el edificio era alta, pero nada que no pudiéramos escalar.
—Hay muchas habitaciones vacáis. –Dijo él, fijando la vista en las ventanas que daban al patio. Yo seguí su mirada, presa de la emoción.
No debimos hacer aquello. Tal vez tanto tiempo juntos, huyendo de cualquier clase de circunstancia nos había vuelto ingenuos y temerarios. Tal vez ser demasiado jóvenes y estando a solas, nos malogró. Yo no había tenido antes la oportunidad de dejarme llevar por un atrevimiento como aquel. Pero sería injusto decir que me dejé arrastrar. Yo era el mayor, y debí ser yo quien le pusiera freno. Pero no quise.
Entramos en la abadía y nos colamos por aquellos pasillos fríos y oscuros hasta una de las habitaciones más altas del edificio. Teníamos una pequeña ventanita sobre un techo inclinado que daba al huerto. Rápidamente la cubrimos con una de nuestras capas y nos echamos a dormir. Antes del amanecer me levanté, un sonido metálico me sobresaltó. Me asomé al exterior para descubrir a un hombrecillo, ataviado con su hábito negro y con una capucha en forma puntiaguda, continuando los surcos que había dejado el día anterior sin terminar.
—Está a punto de salir el sol. –Murmuró Nikolás, dándose la vuelta en el colchón—. Ven a la cama.
Yo lo miré. Un pequeño crucifijo de madera colgaba sobre la cabecera de la cama. Era el único objeto a parte de la cama que había en aquella habitación. En aquella celda. Entonces no me lo imaginaba, pero todo aquello era una terrible calamidad para nosotros. Un pecado para los de nuestra especie como ningún otro podría imaginarse. No sería el único que cometiéramos. Yo cargaba con toda una serie de condenas a mi espalda. Pero en ese momento, visto con los ojos de entonces, me pareció muy reconfortante pensar que Dios nos ampararía incuso en nuestro sueño inmortal.
—¿Qué estás mirando? –Preguntó, volviendo el rostro hacia mí.
—Sí que son madrugadores estos benedictinos. Ha salido a arar el huerto.
Nikolás bufó.
—Solo espero que no entren aquí de día.
Sin embrago la idea de Nikolás no era simplemente pasar unas noches inadvertidos, escondidos como ratas en aquel convento. Se había comportado con obediencia y diligencia hasta ese momento, pero su espíritu juvenil y su malicia renacían en él. Ahora que se sentía seguro en sus nuevas habilidades, que veía como el paso del tiempo no le afectaba en absoluto y estaba por encima de la propia especie humana, se creía con el derecho de poder burlarse de ella. Un poco de diversión, me dijo, dentro de toda la miseria que hay en el mundo y que veremos a lo largo de nuestra vida.
Cuando anochecía, aún en aquella época del año lo hacía a temprana hora, los benedictinos estaban cenando. Habíamos dormido ya las suficientes noches allí como para habernos hecho a su rutinas y sus costumbres. Cenaban un caldo de verduras, unas conservas y un poco de pan que ellos mismos habían horneado. Después, tras innumerables oraciones se sumían en un silencio sepulcral y cada uno se aventuraba al interior de sus celdas para descansar, hasta que la hora del rezo los despertase nuevamente y se incorporasen a sus quehaceres diarios.
La primera noche no pude resistirme y me adentré en la biblioteca. Había tres o cuatro mesas donde dos escribas trabajaban en la copia de sus textos. Había archivos y documentos de épocas anteriores a lo inmigrado. Textos de filosofía, beatos castellanos, documentos históricos de gran relevancia. Me pasé la mayor parte de la noche ojeando todo lo que estuvo a mi alcance sin llegar verdaderamente a sentirme satisfecho. Nikolás por el contrario recorrió la abadía de arriba abajo, memorizó los pasillos, el número de habitaciones, la distancia de un lado a otro del convento. Y se atrevió a corretear por los tejados y los corredores. Me encontró con la nariz metida en uno de los beatos.
—Fantasma de biblioteca. –Dijo, haciéndome dar un respingo. Apareció a mi lado y miró la iluminación de un dragón de siete cabezas expulsando fuego por la boca—. Algunos de los monjes ya se han levantado…
Pasamos una semana explorando la abadía. Pero con el paso de los días, comenzamos a ser más atrevidos y descuidados. Merodeábamos incluso cuando los monjes nos se habían acotado aún y hacíamos tiempo rondando por los pasillos incluso cuando estaban todos reunidos en la primera hora de oración. Esos malditos monjes vivían incluso en horas nocturnas, apenas dormían cinco horas. Nikolás se hizo con un par de hábitos y me sugirió una locura.
—Pasaremos inadvertidos. –Dijo, con la voz cargada de emoción. Lo que quería no era libertad, sino caminar por el filo de la navaja. Yo sonreí, a mi pesar. Porque también lo deseaba.
Era extrañamente cómodo. Con la capucha puesta, con las manos metidas entre nuestras largas y anchas mangas, y con una expresión estoica y el rostro cabizbajo, pasábamos inadvertidos. Éramos como sombras, deslizándonos entre ellos como fantasmas. Lo habríamos logrado igual sin el hábito, pero este le confería además una teatralidad que a Nikolás le encantaba.
El juego se salió de control un mes después de nuestra llegada. Nikolás y yo nos retroalimentamos con perversas ideas y maliciosas sugerencias. Estábamos rabiosos con ellos, con su vida monacal, con su tranquilidad, con su mortalidad. Con aquella insufrible manía de ponerse a trabajar en el huerto desde las cinco de la mañana. Debía haber detenido a Nikolás, pero yo más que él deseaba que pusiese patas arriba aquella abadía.
Una noche, aprovechándose de su velocidad, llegó hasta la puerta del dormitorio del abad y golpeó con furia la madera, provocando un estruendo espantoso que incluso a mí me heló la sangre. Podría haber derribado la puerta si lo hubiese querido. Salió corriendo de vuelta a mi encuentro, chocó conmigo y ambos subimos corriendo las escaleras que daban a las celdas de las bohardillas. Oímos las voces del abad, presas del pánico y la ofensa. Gritó tanto que todos los monjes salieron a su encuentro. Oímos aquellas discusiones desde nuestra habitación, muertos de risa. Volvíamos a ser dos adolescentes haciendo travesuras. Cosa que ninguno de los dos se había podido permitir hasta ese momento.
Ya nadie pudo dormir aquella noche, porque fueron muchos los que escucharon el estruendo, pero nadie confesaba haber sido el causante. Claramente el abad pensó que habría sido alguno de los más jóvenes, que presa de su edad, se había tomado la licencia de hacerle aquella jugarreta. Pero como no pudo acusar a nadie de aquello se limitó a prometer una severa reprimenda para quien resultase ser el culpable si aquello se repetía.
Dejamos pasar aquella noche en calma. Nuestra idea no era darles una noche de pesadilla, sino convertir aquella abadía en un cuento de terror. Unas noches después, presa de nuestra hambre, acudimos a la habitación de uno de los monjes. Nos colamos en su interior. No arrodillamos a los pies de la cama y cubiertos con el hábito de aquellos benedictinos, despertamos al monje. Era de mediana edad, con el rostro pálido, los ojos castaños y los labios sonrosados. Con nuestros nosotros cubiertos y en medio de aquella oscuridad debíamos parecerle espectros, porque cuando abrió los ojos y entrevió nuestras siluetas, se espantó y a punto estuvo de soltar un alarido, pero Nikolás fue más rápido y le cubrió los labios. Yo mordí de su muñeca y él su cuello. Ambos bebimos de él hasta dejarlo al borde del delirio. Cuando estaba en la fina línea entre el desmayo y la conciencia, lo abandonamos allí en su camastro.
Al día siguiente recordaba todo lo que había ocurrido y se lo contó al abad en acto de confesión. Era aún de madrugada, no pudo aguantarse la vergüenza y el temor. Estaba pálido, con el rostro descompuesto por el espanto. El abad el escuchó con calma pero se limitó a culpar a una pesadilla, causado por el revuelo de unas noches antes. El monje, no del todo convencido, acabó por darle la razón al abad.
—Estoy exhausto, como si los íncubos me hubiesen robado el hálito.
—Has pasado una mala noche, eso es todo. Tal vez estés febril. ¿Será posible que te hayas resfriado?
Unas semanas después el ánimo había decaído en todos los integrantes de la abadía. La mayoría de ellos juraba y perjuraba haber percibido extraños fenómenos que ocurrían durante las horas nocturnas. Uno decía oír la música de un laúd. Otro que había visto a un hombre con el hábito benedictino correteando por los tejados de la abadía. Uno de los copistas aseguraba que le estaban moviendo los libros de sitio y que habían usado sus plumas. Como es lógico, la histeria corrió más rápido que la peste. Comenzaron a imaginarse cosas que no ocurrían realmente. Uno decía haber visto a un lobo negro colarse por el huerto hacia el interior del edificio, otro que una mujer en un vestido blanco esperaba en la capilla, sentada, rezando, en uno de los bancos. Uno de los más jóvenes aseguraba que cuando recogía agua del pozo, había salido sangre, en vez de agua y al tirarla al suelo, habíase vuelto agua otra vez. Nikolás y yo nos mirábamos escépticos.
El abad, al principio se tomó todo aquello como una posible broma de algún gracioso que se hubiera colado en la abadía. Revisó las habitaciones, buscó por todas partes. Por suerte no nos encontró en nuestro escondite, sino, habría resultado en una tragedia. Pero dándose por burlado, el abad volvió a sus quehaceres.
Nuestros juegos continuaron un mes más. Robábamos los cirios que usaban en la capilla y los sembrábamos en el jardín, como flores de cera que hubieran sido colocadas para un ritual. Animados por la idea de la sangre en el pozo cogimos uno de los barriles de vino y los vertimos en el mismo. Interrumpíamos sus rezos de primera hora abriendo y cerrando de golpe las puertas de las celdas, haciendo que se espantaran. Y de madrugada, cuando la luna era lo único que iluminaba los corredores, nos colábamos en las diferentes habitaciones y los asustábamos y bebíamos de su sangre hasta dejarlos desfallecidos. El abad no encontraba respuesta para todo aquello pero se limitó a poner a vigilantes que hicieran rondas durante toda la noche, convencido de que alguien, si no era del convento, pues algún foráneo, estaba gastándoles una broma pesada.
Los mayores hacían las rondas solos, pero los más jóvenes las hacían en pareja, suponíamos que para que no se despistasen o no tuviesen miedo. Pero dejar a dos muchachos a nuestro alcance, en medio de aquellas noches, era un plato demasiado jugoso como para despreciarlo.
Nos encontraron al cruzar una de las esquinas de los corredores que rodeaban el patio interior. Fuimos su reflejo, ataviados también con el hábito negro, encapuchados, con las manos metidas en las mangas. Se quedaron quietos, como estatuas. Nos separaba un pasillo entero pero ellos pusieron el alto nada más vernos. Ellos eran los únicos haciendo la ronda por aquella ala de la abadía, así que aquellos dos que se habían topado en su camino no podían ser otros que los impostores, o los demonios. El mayor de ellos, fue más atrevido.
—¿Quién va? ¿Quiénes sois? Descubrid el rostro. –Dijo a la vez que él se bajaba la capucha. Pero nosotros no imitamos el gesto. Eso le espantó. El más joven tiró de la manga del otro para salir corriendo en la dirección contraria. Temíamos que diesen algún alarido. Que pudieran despertar al resto, pero se habían quedado petrificados.
Hubiéramos podido convencerles de que nos siguieran, haberles mostrado el rostro y haberles pedido que se acercasen. Si hubiésemos querido, probamente los habríamos inducido a saltar por una de las ventanas. Pero nos limitamos a disfrutar de su miedo. El espanto que les causaba nuestra presencia y nuestro silencio era delicioso. Pero cuando salimos corriendo en su dirección, eso sí acabó por aterrorizarles. Los alcanzamos antes de que doblasen la esquina, y forcejeamos. Tiramos de ellos hacia las escaleras que bajaban al patío, lejos de las habitaciones de los demás monjes. Nikolás hacia un gran esfuerzo por no reírse, aunque estaba disfrutando. Yo por el contrario me mordía el labio inferior, conteniéndome para no clavarle los dientes.
No llegamos al último tramo de escaleras. En el descansillo los mordimos. Estaban resistiéndose demasiado, dificultándonos avanzar. Nikolás mordió al muchacho mientras lo sostenía en un abrazo aún de pie. Yo había forcejeado con el mío y habíamos caído al pie de las escaleras. Su cabeza colgaba desde el primer escalón hacia abajo. El cuello expuesto me supuso una imagen terriblemente hipnótica. Sus ojos me miraron con espanto y miedo. Murmuraba una oración mientras me observaba. Una oración para espantar demonios, para pedirle perdón a Dios. Pedirle misericordia. Tal vez pensaba que iba a morir.
Clavé mis dientes en su garganta y bebí de su sangre. Estaba llena de adrenalina y pavor. Todo su cuerpo se contrajo, sus manos me agarraron el hábito y tiraron de mí, esperando poder encontrar fuerza dentro de su miedo. Gimió al sentir como su sangre salía de su cuerpo. Era deliciosa esa sensación de impunidad. Éramos dos ángeles de la muerte llevándonos a pobres humanos con nosotros. Éramos los enviados de Dios para robarnos almas de forma inmisericorde y arbitraria. Hacía muchos años que no podía disfrutar de mi mismo de aquella manera. Me había acostumbrado a pensar que no era mejor que ellos, que debía seguir unas estrictas normas de convivencia por la paz de todos. ¿Pero qué más daba? El mundo avanzaba, no eran más que motas de polvo en un inmenso tiempo que no se detiene. Mordí su cuello hasta que la carne se desgarró. Para entonces ya estaba muerto.
Me separé de él para observarle. Había quedado tirado allí con el cuello expuesto, con el rostro sereno y pálido.
—Lo has matado… —Exclamó Nikolás a mi espalda, entre sorprendido y excitado. Pero sobre todo ofendido. Le había tenido encorsetado en los mismos principios con los que yo me había criado y ahora veía a su maestro saltarse toda esa absurda normativa. Él aún tenía en sus brazos al muchacho desmayado al que había dejado inconsciente.
Cuando alzó los ojos para mirarme, su ofensa desapareció y me miró con espanto y pena. Supo que había perdido el control y no lo había hecho de forma consciente. Temió por mí, por mi conciencia y mi alama. Y después miró a su víctima que despertaría para encontrarse con un compañero muerto del que hacerse cargo. Lo soltó allí en el suelo y salimos corriendo de nuevo a la habitación. Me limpié los labios y la barbilla con la manga de mi jubón mientras me sentaba en una esquina de la celda. Él estaba turbado. No me sermonearía. Pero sí que me lanzaba miradas llenas de confusión.
—¿Qué ha ocurrido? –Quiso saber, más preocupado que otra cosa. Yo me limité a encogerme de hombros—. ¿Por qué lo has hecho?
—Déjame. –Murmuré poniéndome en pie y apartándole. Me asomé a la ventana. Estaba temeroso por si empezaban a encender luces a causa del escándalo. Me preguntaba cuanto faltaría para que el siguiente turno de las rondas los descubriese. Apenas unos minutos, seguro…
—¿Has perdido el control? ¿Tú, Marcus el magnánimo? –Se rió de mí, buscando que le diese una explicación—. ¿Marcus el incorruptible?
—No te engañes. –Le dije, arrugando la nariz en su dirección—. Que te haya dicho cómo comportarte no significa que yo siempre pueda hacerlo.
—¿Pueda? Eso es que se te ha ido de las manos. –Aclaró por fin, dejándose caer en la cama y cruzándose de brazos. Parecía que daba por zanjado el tema, pero a los segundos, cuando comenzamos a oír las campanas de alerta, miró en dirección a la puerta y suspiró.
—Tendremos que marcharnos. La has liado buena, mocoso…
No me llamaba mocoso desde hacía décadas. Acababa de perder toda mi credibilidad delante de él.
—Bueno, se acabó la diversión. –Se incorporó y empezó a hacer su petate, pero yo le detuve con una mirada.
—Quiero quedarme. Quiero ver qué pasa.
—No te fustigues. –Dijo, haciéndome dar un vuelco al estómago. Eran las palabras de Sebastián en sus labios—. No ha sido para tanto. No tienes por qué quedarte a contemplar lo que ocurra. ¿Vas a hacerte ahora el santo? ¿Quieres ver como buscan responsables…? ¿No pretenderás presentarte ahí y confesar? Eres capaz de eso.
—No, no haré esa tontería. –Dije, volviendo a mirar por la ventana. En el huerto comenzaron a reflejarse las luces de las celdas. Se oían los gritos y los murmullos de toda la abadía. Se estaban despertando. Habían descubierto los cuerpos. Uno de ellos estaba vivo.
Los siguientes días fueron extraños. Se dio la voz de alarma en toda la abadía y se recluyó a todos los monjes en sus celdas, no solo por su seguridad, también para abrir una investigación de lo ocurrido. Había un cadáver que no presentaba marcas de agresión y un muchacho que vagamente recordaba lo que había ocurrido. Me quedé despierto un día y escuché a lo lejos su confesión.
—Hacíamos la ronda por el corredor del patio. Eran las dos o las tres de la mañana. No lo recuerdo bien. Nos topamos con dos monjes. No, eran demonios. Dos demonios, vestidos con nuestros hábitos. Parecía un espejo. Estaban allí, al final del corredor, como nosotros dos. Dios sabe que les pedimos que se descubrieran los rostros pero no lo hicieron. Así que, llenos de pavor, salimos corriendo. Nos alcanzaron en menos de un segundo. Antes de darnos cuenta los teníamos encima. Nos cubrieron boca para que no gritásemos. Nos arrastraron hacia las escaleras. Y después, ya no recuerdo mucho más. Sentí un fuerte mareo, y unos brazos alrededor del cuerpo. Sentí que mi alma se elevaba hacia el cielo, como si muriese. Pero al tiempo desperté, con los gritos de mis hermanos, que estaban asustados, y llorando. *** estaba muerto a mi lado. No recuerdo nada más.
La confesión que le sacaron no fue suficiente. Y nadie más había visto u oído nada. Pero después de meses de perturbación el abad había tenido suficiente. Tuvo que hacer llamar a un superior de la iglesia para contarle lo sucedido. Craso error. Si hubiera sido por él, habrían enterrado al joven en el jardín y nadie habría tenido que inmiscuirse. Pero muchos de sus monjes estaban aterrados y le amenazaron con poner ellos mismos el grito en el cielo si no recurría a superiores que esclarecieran lo ocurrido.
Se mandó hacer rezos continuos. Siempre había varios monjes rezando en la capilla para ahuyentar al maligno. Y se tomaron otras medidas más paganas y esotéricas. Se esparció sal por las habitaciones. Se llenaron los corredores con crucifijos. Se paseó una estatuilla de Cristo por los pasillos, rodeado de inciensos, agua bendita y oraciones. Nosotros presenciábamos todo aquello desde nuestra clandestinidad.
Una semana después llegó un cardenal acompañado de dos inquisidores. Venían con intención de acallar todo tipo de rumores y sospechas. Se había extendido la idea de que aquella abadía estaba dominada por un demonio poderoso e inquieto que se había divertido a costa de los pobres benedictinos. Pero cuando la sangre llega hasta el río, es para tomárselo enserio. Uno de los benedictinos que se había hecho cargo del cuerpo le mostró al cardenal que no había signos de violencia, pero que extrañamente, cuando quiso extraer la sangre del cuerpo para embalsamarlo, no quedaba apenas una sola gota.
Le contaron todo lo que había estado ocurriendo desde hacía un mes. El vino en el pozo, las velas en el huerto, el sonido del laúd. Los testigos que habían visto a los íncubos en sus dormitorios dieron las declaraciones pertinentes. Pero el tiempo, el delirio y el sueño les habían trastocado la memoria. Algunos dijeron que tenían alas de buitres, otros que tenían pezuñas por pies. Uno de ellos aseguró que eran dos mujeres. Otro que eran dos ángeles.
Pero al muchacho que dejamos con vida lo interrogaron hasta la extenuación. Él sin embrago, tal vez por tener fresco el acontecimiento, repetía la misma declaración una y otra vez, sin cambiar los detalles o sin equivocarse. Sin embargo el cardenal parecía extrañado.
—¿Cómo eran?
—¿Cómo que cómo eran? –Preguntaba el muchacho.
—Su aspecto. Sus caras. ¿Tenían alas? ¿Tenían manos con garras? ¿Pezuñas? ¿Hocico? ¿Tenían cuernos, ojos inyectados en sangre…?
—No… no les vi bien la cara. Era de noche. Estábamos en las escaleras, no había mucha luz…
—¿No viste que tuviesen rabo o cuernos?
—No. No vi rabo, ni cuernos, ni cola ni alas, ni pezuñas. No tenían ni garras, ni patas de carnero. Parecían hombres. Tenían manos, manos humanas. Me taparon la boca. Estaban enguantadas. En cuero negro. Pero eran manos con cinco dedos. Su altura era como la mía. Uno era más alto que otro. Eso es todo lo que puedo decir.
—¿Lo has matado tú?
Aquella pregunta dejó al muchacho escandalizado.
—¿Cómo?
—¿Eres tú el graciosillo que anda gastando bromas y asustando a tus hermanos?
—¡Desde luego que no!
Por mucho que me cueste admitirlo, ocurrió lo que tanto temía. No le creyeron. Así que para comprobar que él había sido el culpable de todo lo ocurrido lo encerraron en su celda durante varios días. Nosotros, atemorizados por lo que estaba pasando no continuamos con las bromas. Lo que conllevó a que considerasen que aquel joven era el artífice de todos esos meses de terror. Una noche lo sacaron de su celda. En el patio ya tenían montada la pira. Lo ataron, incluso entre alaridos y lágrimas.
Nosotros lo observamos desde los tejados, espantados. Prendieron fuego a la pira de maderos y comenzaron a arder. Se oyeron los rezos, las misas por su alama. Porque expulsase al demonio que lo había corrompido hasta el punto de matar a uno de sus hermanos. Como no se explicaban su muerte, y tampoco todo lo ocurrido durante aquellas semanas, creyeron que matándolo solucionaba el problema. Tal vez como un medio de sacar la mala hierba de raíz, o puede que como sacrificio humano para Dios, para pedir que intercediera por ellos.
Nikolás se sintió terriblemente arrepentido por lo que habíamos causado. En inicio había sido culpa suya, pero yo debía haberlo detenido, y no haberme excedido con el muchacho. Ahora su compañero gritaba y lloraba, presa de las llamas. Moría en plena agonía mientras nosotros dos lo observábamos todo. Podríamos haber intervenido para salvarlo, estaba claro que si nos presentábamos allí delante de ellos, él tendría una oportunidad. Pero ¿qué habría sido de nosotros?
Cuando miré a Nikolás tenía la expresión corrupta y asustada. Tenía los dientes apretados, las manos temblorosas. Era la primera vez que veía a alguien ser quemado vivo. No lo era para mí. Suspiré y me lo llevé de allí. Bajamos del tejado, saltamos la tapia y nos internamos de nuevo en los bosques, de camino al oeste. Ya se acabaron las gamberradas. Era suficiente para los dos. Habíamos aprendido la lección.
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