EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 49
CAPÍTULO 49 – Múltiples viajes
Pasadas dos semanas ya habíamos conseguido salir de Francia. Subimos por el camino norte, hasta Aviñón, después Valence, Genoble, y cruzamos la frontera con Italia dirección a Turín. Durante aquellos primeros años desde la conversión de Nikolás, nos movimos únicamente por el norte de Italia, Verona, Milán, Bérgamo, Pavía… No nos establecimos demasiado tiempo en ningún sitio, fueron vacaciones ternas. Cuando nos cansábamos de las vistas de un lugar, nos íbamos a otro, cuando el frío arreciaba en la montaña, bajábamos a localidades más costeras. Éramos una pareja de peregrinos con ínfulas de aventureros.
Desde que hubiéramos salido de Francia, Nikolás se mostró más tranquilo y confiado, y a medida que veía pasar los años y todo seguía como siempre, comenzó a ganar una confianza que antes no poseía. Una confianza plena y sincera, llena de gracia juvenil. Le mostré todos los trucos que un vampiro poseía. La facilidad para colarse en sitios, lo fácil que era fundirse con las sombras. El arte de la seducción, los medios para pasar desapercibido, o todo lo contrario, para que a uno le temiesen.
Nunca le privé de relacionarse con los humanos. Él ambicionaba mostrarse frente a ellos con su nuevo aspecto. Pasábamos horas en las tabernas, íbamos al teatro y a bailes. En Cremona disfrutamos de una fiesta en la plaza mayor con baile y espectáculos. Él bailó con infinidad de acompañantes, bebió de alguno de ellos en la intimidad de alguna callejuela y los devolvió al baile como si no hubiera pasado nada. Yo mismo comenzaba a asombrarme de su talento. Era capaz de mimetizarse con los humanos, de pasar por uno de ellos, incluso si en su mente contenía con gruesas cadenas a una fiera indómita.
Algo que descubrí en aquellos años de nuestro viaje por Italia fue justamente su capacidad para proclamarse el centro de atención sin necesidad de hacer nada. Era capaz de rodearse por todo tipo de personajes, allá donde fuese. Si estábamos en un baile, todos querían bailar con él, si estábamos en una taberna siempre acababa rodeado de curiosos que se acercaban a escuchar sus historias. Le encantaba hacer de narrador de un montón de farsas e imaginarias aventuras. Hablaba de duelos con la espada que había tenido, de noviazgos que se habían perdido en el tiempo. Cualquier cosa era válida, siempre tenía una comitiva dispuesto a escucharle.
En muchas ocasiones, intentaba mezclarme en sus narraciones para no dejarme de lado, pero lo cierto es que yo también me veía fascinado por su presencia. Me gustaba escucharle como al que más, y yo jamás podría aspirar a tener ese carisma.
Fue allí en Cremona donde adquirí un extraño hábito que aún continúo a día de hoy. Y es que, como habíamos conseguido alquilar una habitación en el centro de la ciudad, me permití el lujo de hacerme con algunos papeles y escribí una carta a Sebastián. Apenas un par de líneas que sabía que podrían darle algo de paz y de sosiego. También a mí me lo daría:
Sebastián Cornelissen:
Nikolás está mejorando día a día. Ya pasa
jornadas enteras sin necesitar beber sangre y a veces siento que me aventaja en
muchos aspectos. La mayoría en aquellos que más me recuerdan a ti. ¿Qué hace la
sangre en nosotros? ¿Mejora nuestras mejores cualidades o somos capaces de
transmitirles a nuestras creaciones parte de nosotros mismos? Pienso todos los
días en ti y más ahora que estamos tan cerca de Bolonia. Siento deseos de
escaparme y recorrer sus calles para evocar los momentos que pasamos allí, un
siglo atrás. Pero me aterra regresar y comprobar que no queda nada de lo que
recuerdo.
Tu pupilo, Marken van Jasen.
Después de escribir las cartas, las sellaba con lacre y me las guardaba para mí. No tendría el valor de enviarlas, y tampoco deseaba recibir ninguna de él. Solo quería sacar de mí aquellos pequeños sentimientos, plasmarlos en un papel y almacenarlos por algún rincón. Comencé a acumularlas en una pequeña carpeta de cuero negro en la que también había metido su guardapelo. Llevarlo encima me cargaba de una responsabilidad brutal y temía perderlo o extraviarlo a causa de algún forcejeo con alguna de mis víctimas. Junto a sus cartas estaría resguardado.
✵
En el año 1450 llegamos hasta Génova, y en cuanto supe de un barco que nos llevaría a Roma, nos colamos en él. La travesía duró apenas unos días. Cuando llegamos, ambos nos vimos sorprendidos por la magnificencia de aquella ciudad. Era una ruina hecha metrópolis. Desde el siglo anterior había comenzado a florecer nuevamente de entre sus escombros y se levantaba hermosa e imponente. Pero era a veces un paisaje desolador. Estuve en Roma hace tres años. No tiene nada que ver con lo que era entonces. Otras ciudades de la península habían florecido desde la edad media, pero aquella metrópolis se había quedado estancada en un recuerdo de un imperio ya inexistente. Todo eran ruinas. Ruinas a medio resurgir de la tierra. El coliseo, el circo máximo, el foro, el panteón. Solo unos pocos eruditos viajaban hasta allí para contemplar sus restos, como memoria imborrable de un pasado que se caía a pedazos.
Pasé horas contemplando aquellas megalíticas construcciones ancestrales que aún muertas eran capaces de conmoverme. Yo no era muy diferente a ellas. Aún me quedaban siglos por delante, y aún así no me sentía mucho más vivo que aquel conjunto de pierdas. Si tuvieron un sentido, o una función, ya no importaba. El tiempo las arrastraba allá donde quisieran permanecer, inmutables, y serían testigo de muchas otras épocas, mudas y frías.
Una noche, a la luz de la luna, sorprendí a un hombre que dibujaba un boceto a carboncillo de una de aquellas ruinas. Estaba sentado en una piedra desgastada por el tiempo, de cara al arco de Constantino, lleno de musgo y malas hiervas. Las enredaderas subían por la roca y ocultaban parte del mensaje que había inscrito en el friso. No pude contenerme y me asomé al boceto que estaba realizando. Me sorprendí por la calidad de los detalles con tan pocos trazos. Él hombre me advirtió y se volvió, devolviéndome una sonrisa enmarcada por un bigote oscuro y descuidado, igual que su cabello. Estaba vestido de negro, con una sencilla valona blanca.
—No pretendía molestarle. –Le dije, en un romano más o menos mediocre. Con acento borgoñón y alguna palabra en francés—. Pero no he podido contener mi curiosidad. El trazo está muy logrado.
—Gracias, mozo. –Murmuró en romano, con un clarísimo acento castellano. Sonreí. ¡Cómo no haberlo advertido antes, si estaba vestido a la española!—. Lo cierto es que no es sencillo dibujar sin luz, pero uno siempre está dispuesto a adquirir nuevas habilidades…
—¿Es usted de España? –Le pregunté en castellano, a lo que él dio un respingo y se volvió a mí, mucho más amigable. Como si hubiera reconocido a un viejo amigo en medio de una multitud.
—De Sevilla, ni más ni menos. ¿Y tú?
—De Borgoña. –Suspiré—. Pero he vivido en muchos años en Toledo. –Mentí.
—Que hermosa ciudad. De lo mejor que tenemos en nuestro país. –Me sonrió con galantería y me invitó a sentarme a su lado con un gesto de su mano. Yo acepté la invitación y le observé dibujar.
—¿Pintáis? –Me preguntó.
—No, señor. Soy médico y boticario. –Dije, aunque hacía años que no tocaba un brebaje o una pomada. Él dio un respingo y me miró con renovado interés.
—¿Estáis aquí por estudios?
—De viaje, simplemente por placer. –Señalé la ruina que teníamos delante, como símbolo de mi propia ambición—. Quería descubrir Roma, de la que tanto he leído durante mi vida. Y después iré a Grecia. Tengo ganas de ver sus playas y sus acantilados.
—Un chico afortunado.
—¿A vos os trae aquí el trabajo?
—Sí, el rey de España me ha enviado por un asunto de compra y venta de antigüedades. –Lo dijo con tal desinterés que me dejó helado—. Soy su pintor de cámara.
Quise preguntarle qué rey gobernaba en ese momento en mi querida España, pero aquello le parecería una broma así que asentí y él me devolvió el gesto. Pero cuando me lanzó una segunda mirada, una sonrisa burlona se le escapó de los labios.
—Ya no se llevan esos volantes muchacho. —Lanzó una mirada a mi cuello, y yo puse la mano sobre el cuello de mi camisa para ocultarlo de su vista, algo avergonzado—. Más os valdrá cambiaros de ropa cuando volváis a España. Su majestad Felipe IV tiene normas muy estrictas con el tema de la vestimenta.
—Tal vez cuando vuelva a España las normas hayan vuelto a cambiar. –Dije, apenado.
—Sí, puede ser.
Felipe IV, pensé, para mí. ¿Cuántos Felipes habían pasado ya? El segundo era el hijo del emperador al que serví. ¿Tanto tiempo había pasado? Fue una noticia casi brutal. Uno nunca se da cuenta verdaderamente del paso del tiempo hasta que en ciertos momentos a uno le dan un golpe de realidad. Me quedé taciturno, pesando en cómo habría cambiado la España que conocí una vez, hacía más de un siglo. Me pregunté si Toledo seguiría igual, si Barcelona seguiría conservando su carácter.
—¿Cómo está España en estos momentos? ¿Qué noticias podéis contarme?
—Esta última década hemos tenido una crisis tremenda en Castilla, es la única que ha aportado capital para las campañas en el exterior y la gente está extenuada. Ya sabéis lo de Portugal, imagino… Pues ahí andamos, intentando mediar para conservar las alianzas con el territorio… Hace tres años casó el rey con su sobrina, Mariana de Austria, la hija del emperador Fernando III, a ver si esta le da al fin un heredero varón, porque hace cuatro años murió el príncipe Baltasar Carlos, pobre muchacho...
Yo asentía a todo lo que estaba diciendo. Los nombres me sonaban vagamente, pero era capaz de seguirle el hilo. Me empapé de todo lo que quiso contarme, de cómo estaba la situación en los virreinatos que tenían los españoles al otro lado del atlántico, y pasando el pacífico. Me habló de los escritores que estaban en boga por aquella época y de otros pintores que le hacían la competencia en el continente.
Pasada una hora se dio por vencido con su boceto y me señaló la pequeña luna en el firmamento.
—No consigo ver los detalles. Ya estoy mayor, no tengo la vista que tenía antaño.
Yo me asomé a su dibujo y pude apreciar que muchos pequeños recovecos los había emborronado con carboncillo para evitar dibujar los detalles que era incapaz de apreciar. Sonreí, sin embrago, en su dirección.
—No se ponga así, al rey le encantará este boceto. ¿Es para alguna gran pintura?
—Nah, esto no vale nada. –Me lanzó una mirada frustrada y mi sonrisa alivió un poco su aflicción. Con un gesto paternalista firmó el dibujo y me lo extendió, dejándolo sobre mi regazo y poniéndose en pie, con un quejido—. Te lo regalo. De todas formas solo quería matar el tiempo.
Yo me quedé mirando el dibujo, casi embobado.
—Vamos, levanta, mozo. Te invito a una copa de vino…
—Siento tener que declinar su oferta, señor. Pero lo cierto es que tengo una cita ahora, y no puedo faltar. También yo he acudido aquí para matar el tiempo.
El me sonrió
con una mueca pícara y asintió. Estrechó entonces mi mano y se marchó despidiéndose
con un gesto. Yo miré a la luz de las estrellas aquel boceto tan hermoso. Había
firmado con un garabato torpe pero perfectamente ensayado: D D Velázquez 1650.
✵
Esa misma noche Nikolás me esperaba en la terraza de una de las tabernas. Lo oí desde lejos, el tono de su voz era inconfundible. Le había costado, pero se había hecho a las variantes del italiano con más facilidad de la que esperaba. Pero lo cierto es que muchas veces mezclaba palabras en francés y en la lengua d’oc y el resto hacían un esfuerzo por comprenderle. Sobre todo el pueblo llano que nada más sabía la lengua que habían aprendido en su casa. Con gestos, con buenas caras y sonrisas agradables uno era capaz de llegar al fin del mundo. Pero aquella ocasión fue diferente. No estaba contando una de sus historietas, sino que cantaba. Oí una melodía con el tono de su voz desde el final de la calle. Y a medida que me fui aproximando más convencido estaba que aquello era un extraño sueño sacado de alguna loca fantasía de mi inconsciente.
Era una calle estrecha, y la terraza estaba situada en el patio entre dos casas. Había varias mesas, algunas velas, el olor del vino se distinguía desde la mitad de la callejuela. Cuando desemboqué en la plazoleta él me lanzó una expresión gloriosa, llena de júbilo. Estaba sentado en una silla de mimbre mientras sostenía un laúd en sus manos. Era hermoso, de color crema, con un ligero veteado en la madera, con decoraciones en forma de filigranas sobre la caja de resonancia.
Él cantaba, o lo intentaba, mientras otro hombre le enseñaba dónde poner los dedos y cómo pulsar las cuerdas. Unos minutos después era capaz de sacarle algo de sonido al instrumento y junto con su voz, amenizó toda aquella velada. Cuando terminó, todos le aplaudieron y él enrojeció como un crío, lleno de vergüenza y al mismo tiempo de pasión. No fue hasta ese momento que no volvió su atención a mí y se acercó, exultante.
—¡Marcus! –Exclamó, envolviéndome en un abrazo—. Vamos, ven. Siéntate aquí conmigo. ¿Qué traes ahí?
—Un dibujo que me ha dado un pintor. –Dije mientras desenvolvía el papel y se lo mostraba. Alabó la pintura y después me miró expectante, esperando que yo alabes su música. Solo sonreí, divertido—. Quien te ha visto y quién te ve…
—¿Qué quieres decir con eso? –Preguntó, llevando la mano a una copa medio vacía de vino, fingiendo que bebía.
—Cantando, a la luz de las velas, en una noche veraniega en Roma. Sonriente, sobrio…
—¿Acaso no estás complacido? –Me preguntó, en tono de reproche. Yo sonreí.
—Todo lo contrario. Estoy encantado.
El laúd se lo devolvió a su dueño, y este entonó una preciosa melodía, mucho mejor practicada y ensayada. Para mi sorpresa observé como Nikolás prestaba atención y ponía todos sus sentidos en comprender el ritmo, los tonos y las notas. En como los dedos del hombre describirían la música con un lenguaje desconocido. A mí todo aquello me parecía un arte tan ajeno y complejo como la pintura. Era una técnica desconocida, una alquimia hermética. Pero Nikolás parecía hipnotizado.
Durante las siguientes noches siguió acudiendo a esa taberna, y se sentaba a esperar a ese grupo de personas, al hombre del laúd especialmente, y compartían charlas y recuerdos. Y vino que él no bebía. Y compartían el laúd. Lo tocaban juntos, él le enseñaba, le mostró muchas canciones. A lo largo de aquel verano él aprendió a tocar el instrumento. Murmuraba las canciones que había aprendido durante toda la noche. Cuando íbamos a cazar, antes de dormir, cuando paseaba… pero con la llegada del otoño aquellas salidas empezaron a esparcirse en el tiempo y durante el invierno pocos eran los hombres que iban a la taberna. El frío los recluía a todos en las casas, y a nosotros también. Aunque él seguía yendo por allí, pensado que tal vez podría volver a encontrarlos.
Nosotros habíamos alquilado una habitación en una planta alta en uno de aquellos viejos edificios del centro de la ciudad. Esperé durante dos horas a que llegase de haberse alimentado y cuando cruzó la puerta le abordé, con una sonrisa traviesa.
—¿A qué viene esa cara? –Me preguntó, más temeroso que divertido. Yo me encogí de hombros.
—Te he comprado algo…
—¿A mí? –Preguntó, escéptico. Parecía sentir que no se merecía aquello. Lo preguntó con un tono más de lástima que de expectación. Yo asentí.
Acudí al dormitorio donde lo había guardado y salí al saloncito con él en las manos. Era un laúd, con su funda de cuero y una correa para que lo llevase colgado allá donde quisiera. Se lo extendí y abrí la tapa para que pudiera apreciarlo mejor. No se parecía al de su amigo, la madera tenía un acabado más oscuro, y tenía decoraciones en marfil. Pero la filigrana era igual, con un estilo arabesco y la caja de resonancia tenía el mismo tamaño.
Saltó de alegría al verlo. Lo cogió entre sus manos y rápidamente encontró un lugar donde sentarse y pulsar las cuerdas. El sonido era armonioso y agradable. Pero él no parecía conforme y se dedicó a ajustar la tensión de las cuerdas durante unos segundos. Casi parecía que se había olvidado de mí cuando de repente alzó la mirada y me encontró allí, aún sujetando la funda y con una mueca de expectación.
—¿Y bien? ¿Te gusta?
—¡Pero como no me va a gustar! –Se levantó, dejando el laúd apoyado en el diván y me levantó en brazos—. ¡Es estupendo! Muchas gracias, hermano.
—Bueno, bueno. No hay de qué. Me alegro de que te guste.
—Ahora tendrás que soportarme con el laúd todo el día. ¿Estás seguro de que ha sido buena idea?
—No hagas que me arrepienta tan pronto…
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