EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 48
CAPÍTULO 48 – La huida
En cuanto se hubo restablecido por completo y volvía a sus nuevos sentidos de vampiro, comenzamos a empacar nuestras cosas. Apenas llevamos un ligero equipaje, en comparación a lo que yo estaba acostumbrado. Un par de hatos de ropa, dinero, la mayoría del efectivo que tenía en aquella casa y me pertenecía, nuestras espadas, un par de librillos, papel y una pluma con tinta… Todo lo metimos en un par de sacos y bolsas de cuero y las atamos a los caballos.
Nikolás insistió en ir a su casa a buscar algunas de sus pertenencias, pero incluso con mi reticencia, él se empeñó y salió corriendo en aquella dirección. Me preocupaba dejarlo a solas, recién convertido, probablemente estuviera sediento de sangre, eufórico con sus nuevas habilidades. Temía que no regresase, o peor aún, que lo hiciera habiendo dejado un caos detrás de él. Pero Sebastián me animó a ser complaciente y confiado.
—No ha despertado en un mundo desconocido, como te pasó a ti. –Dijo, posando una mano en mi hombro una vez nos quedamos a solas—. Confía en él, no tendrás a nadie más a partir de ahora. Es importante que le des la libertad que yo te di a ti.
—Siento que tenga que ser todo tan precipitado. –Murmuraba mientras ojeaba por todas partes en busca de algo más que llevarme conmigo. Me llevé un par de libros de historia y alguna novela. Me sentí tentado a llevarme algunos de medicina, pero todo el conocimiento que contenían ya lo había asimilado después de los años. Hurgué por todos los cajones, por todas las estanterías, como una mera excusa para no enfrentar a Sebastián, que me seguía con la mirada.
—¿Iréis a España? –Preguntó, tal vez por haberme arrebatado esa idea de mis pensamientos.
—No, es mejor ir al este. Las cosas andan un poco revueltas con Portugal…
—Las cosas están revuelta siempre en todas partes. –Aquello sonó gracioso pero en verdad era muy triste. Yo asentí y me encogí de hombros. La verdad es que sí deseaba regresar a España, pero sabía que Nikolás quería viajar por el resto de Europa, y ya más adelante me concedería la gracia de poder establecernos en España. Así que sucumbí a sus deseos.
—Iremos seguramente por la costa, Por Marsella…
—Mejor por el interior, id por Avigñon, luego podréis continuar hacia…
—¿Qué más da? –Estallé, en tono bronco. Encontré en mi estudio un estuche de madera de pino lleno de material de escritura, volqué el contenido sobre la mesa y me dirigí hacia el piso inferior, al laboratorio—. ¿Qué más da a dónde vayamos? Seremos invisibles. No nos estableceremos en mucho tiempo. ¿Qué más da? Si hay guerras o piratas, o..? –Suspiré.
Cuando llegué al laboratorio metí varios frasquitos de pomadas, algunos remedios para el estómago bolsitas de infusiones.
—¿Para qué quieres eso…? –Preguntó Sebastián algo contrariado. Yo me encogí de hombros
—Tal vez Nikolás necesite… —Y a media frase me di cuenta de que estaba completamente errado. No estaba más que perdiendo el tiempo y había perdido la noción de la realidad. Aún no era capaz de asimilar lo que había ocurrido la noche anterior. Me llevé la mano a la frente y me retiré el cabello. Dejé la cajita de pino sobre la mesa y me dejé caer en uno de los taburetes. Oí la risita de Sebastián a mi espalda. Era divertida y sincera.
—Te costará asimilarlo. Lo comprendo.
—Siempre lo comprendes todo… —Murmuré, volviendo el rostro para mirlarle—. No seré tan buen compañero como lo has sido tú.
—Eso no lo sabes. –Yo suspiré, apesadumbrado—. ¿Qué quieres que haga con el resto de tus cosas?
—Quédatelas. O hazlas llevar a Amberes. Lo que prefieras.
—La casa de Toledo está deshabitada, por si alguna vez quieres quedarte allí.
—Lo tendré en cuenta. –Suspiré, y él desapareció. Regresó a los minutos, con algo en una de sus manos.
—Podría darte algo mucho más útil y necesario, pero quiero que te lleves esto. –Abrió la palma de su mano y me mostró un pequeño guardapelo de plata, no más grande que una moneda, con una fina cadena de eslabones redondeados. El guardapelo era ovalado, con una inscripción en latín por la parte trasera que narraba: “Mors omnibus dominatur”. La muerte domina a todos.
Tenía una pequeño cerrojo que al elevarlo revelaba el contenido. En un lado había un mechón rubio cobrizo anudado con una fina cuerda pintada y lacada en rojo. Del otro, una pequeña pintura miniaturizada de la virgen sosteniendo al niño. Una representación muy arcaica, muy sintetizada, con colores que ya se habían desvanecido por el paso del tiempo y el barniz había comenzado a agrietarse y amarillearse. Fruncí el ceño y extendí mi mano en su dirección, con una mueca de confusión.
—Era de mi madre. –Dijo él, con una expresión soñadora—. El cabello era mío. Lo mandó hacer antes de que me fuese a la guerra.
Al comprender el alcance de aquel tesoro empujé el guardapelo en su dirección, casi espantado, pero él cerró sus manos alrededor de la mía y me obligó a conservar aquella joya entre mis dedos. Sonrió, negando con el rostro.
—Está bien, está bien. Para mí ese relicario conserva recuerdos muy amargos, pero desearía que tú lo conservases y le dieses otro significado. Llévalo contigo y recuérdame. No es mucho lo que te pido.
—No puedes darme esto. Es una locura…
—Tú me has permitido conservar tu retrato, permíteme devolverte el favor. Venga, muchacho. No me hagas el feo… —Me arrebató el collar de mis manos y me lo puso alrededor del cuello. Después, a modo de mostrarme cómo debía custodiarlo, estiró el cuello de mi camisa y lo lanzó dentro. Quedó oculto bajo la ropa, pero sentía el frío de la plata contra mi piel. No era reconfortante, suponía una gran responsabilidad, pero supuse que ese era justo el sentimiento que deseaba insuflarme.
Oímos los pasos de Nikolás fuera. Eso nos apremió a recibirle. Cuando salimos estaba metiendo sus pocas pertenencias que había rescatado de su habitación en su equipaje. Apenas unas cartas, su documentación, algo de ropa y un par de puñales que esa noche no portaba consigo. Me sonrió al verme allí en la puerta. Sebastian le había prestado algo de ropa. Ya no usaría más su uniforme. Lo había devuelto a su habitación. Allí lo encontrarían, y todo el mundo pensaría que se había desvanecido y esfumado. Nadie lo buscaría, un problema menos para esta ciudad.
Ver a Nikolás ajustando las correas de los caballos me revolvió el estómago. Era momento de la despedida. Bajé los escalones de la entrada pero Sebastián se quedó apoyado en el marco de la puerta. Pensé que me seguiría, pero se quedó allí. Me agarré el pecho con fuerza.
—Mañana hablaré con el rector, le diré que has tenido que partir de urgencia a Borgoña por un asunto familiar y que no regresarás. –Dijo él, a modo de despedida. Yo asentí.
—Despídeme de la gobernadora. Es una buena mujer.
—Bien, le apenará tu partida.
Yo asentí, y seguía tirándome del jubón a la altura del pecho, muerto de tristeza. Sonreí, pero se me aguaron los ojos.
—Gracias por todo, maestro. Ha sido un placer. Sin ti, no habría sobrevivido un siglo.
—Claro que lo habrías hecho. –Dijo cruzándose de brazos—. Vamos, vete ya. Tu compañero te espera.
Me volví hacia Nikolás que sujetaba la rienda de su caballo, expectante y con una respetuosa expresión de paciencia. Me sonreía queriendo decirme… “no hay prisa, tranquilo”. Pero yo sabía que cuanto más lo alargase, más me costaría. Subí el corto tramo de escaleras y abracé a Sebastián por la cintura. Él se rió, y me retuvo unos segundos con un fuerte abrazo. Después me separó, tajante. Sentí que me daba la fuerza suficiente como para por lo menos subirme al caballo. Después simplemente tendría que dejarme llevar.
—Encontraremos refugio antes del amanecer. –Le dije mientras metía los pies en los estribos.
—No se preocupe, señor Cornelissen, —le dijo Nikolás, despidiéndose con un gesto de su mano—. prometo cuidar de su pupilo con mi vida.
—¡Mas te vale! –Exclamó mi maestro con una sonrisa. Me volví hacia Nikolás que se reía de la velada amenaza de mi maestro. Parecía alborozado y radiante. Presa de la emoción de una gran aventura. Pero cuando me volví hacia la casa, mi maestro ya había desaparecido en el interior. Me devoraban una inmensa cantidad de emociones contradictorias. Hubiera deseado no tener que irme, o de hacerlo, haberlo hecho solo sin la responsabilidad de Nikolás. Pero no solo era algo que necesitaba vivir, cosa que aprendería mucho más tarde, sino que Nikolás sería para mí la compañía más agradable y sincera que hubiera podido tener jamás. Éramos dos vampiros convertidos en plena juventud. Y teníamos el mundo entero para nosotros.
✵
Mi idea era llegar a Nimes antes del amanecer, pero resultó imposible. De haber estado yo solo, y espoleando al caballo hasta dejarlo exhausto, no habrá habido problema. Incluso yendo a pie, a mi velocidad, es probable que hubiera llegado en cuestión de una hora u hora y media. Pero cargábamos con dos caballos y un neófito. A eso de las tres de la mañana comenzaba a sentirse hambriento y exhausto. Había estado controlándose desde que despertó. Había bebido la noche antes bastante sangre de Sebastián como para hartarse, pero era un recién converso, y necesitaba saciarse rápidamente y de forma voraz. Yo lo comprendía. Y antes de que se dejase llevar por sus propios instintos, hicimos un alto en el camino.
Nos detuvimos en Gallargues-le-Montueux, a las afueras. Encontramos una casa abandonada. Aún conservaba las herramientas de algún labrador que hubiera trabajado aquellos terrenos. Metimos a los caballos en la cuadra y salimos al exterior. Era una noche estupenda, con las estrellas iluminando el firmamento. Estaba deseando enseñarle todos mis conocimientos y enseñanzas. Pero estaba atemorizado por si su indulgencia era una resistencia tenaz a mi esfuerzo. Comenzaba a comprender a Sebastián desde un cariz completamente distinto.
—¿Debemos ir a la ciudad?
—¿Prefieres que busquemos alguna liebre que cazar? Por esta zona no hay mucho más. Además es invierno aun, será difícil por una temporada tener algo que llevarse a la boca.
—¿Y qué pasa si no encontramos a nadie? –Preguntó mientras seguíamos el camino hasta la ciudad.
—En ese caso, te dejaré beber de mí. –Se emocionó como si le hubiese prometido un gran regalo—. Solo si no encontramos nada. No te hagas ilusiones.
Llegamos a la ciudad. Era pequeña, coqueta y silenciosa. Todos estaban durmiendo. Apenas nos cruzamos con nadie durante minutos en que nos paseamos por las calles centrales de la parte más antigua.
—No debemos alimentarnos de cualquiera. –Le dije, y aunque me escuchaba atento, le vi fruncir el ceño—. Mi maestro me puso unas condiciones. Yo te pondré las mías. Nada de matar personas inocentes. Nada de torturar o jugar… no somos animales. Si puedes beber su sangre sin que se den cuenta, mejor, pero eso es algo que ni si quiera yo soy capaz de conseguir siempre. Si vas a matar, que sean ladrones, estafadores, asesinos…
—¿Y si no encuentro ninguno?
—Entonces tendrás que cazar palomas o liebres. –Le miré fulminándole con la mirada—. Si no, alguna oveja, alguna cabra… —Sacó la lengua, asqueado—. No seas remilgado, cuando verdaderamente tengas hambre, cualquier cosa será suficiente.
Nos cruzamos con un par de personas. Un borracho que volvía tambaleándose a casa, una anciana que tiraba el contenido de su orinal a la acera, incluso un hombre que regresaba cargado con un poco de leña a la espalda. Pero el resto dormían plácidamente en sus camas. Al pasar nos miraban desconfiados, como se mira a dos extraños bien vestidos que pasean en una noche de invierno a las tres y media de la mañana. Nikolás entrelazó su brazo con el mío y me apretó contra él.
—Tal vez si fingiésemos que estamos borrachos no nos mirarían así.
—Tal vez. –Reí—. ¿Puedes sentirlos? ¿Sientes a las personas en sus hogares?
—Puedo sentirlos. –Dijo, aguzando el oído y volviendo el rostro de un lado a otro.
—¿Puedes distinguirlos?
—Más o menos… No nítidamente.
—Bien. –Asentí. Me fascinaba comprobar cómo era capaz de mimetizarse con sus nuevas habilidades con tanta naturalidad—. Para ser tu primera noche vayamos a lo sencillo. Buscaremos alguien a quien matar. En otra ocasión te mostraré como ser algo más sibilino.
Llegamos hasta la puerta de un burdel, atraídos por el escándalo que se había formado dentro. Se oyeron gritos, y el sonido de copas y platos cayendo y rompiéndose. Nos asomamos a la calle y vimos como tres mujeres y el dueño de burdel echaban a patadas a uno de los clientes. Yo sonreí en dirección a Nikolás y este me devolvió la mirada, divertido.
—¿Este? –Preguntó. Yo le sonreí.
—¿Puedes meterte en su mente? ¿Eres capaz de advertir sus pensamientos?
—Ahora mismo está confuso, nervioso, y con el orgullo herido. No puedo leer su mente pero advierto sus emociones.
Salimos de nuestro escondite y seguimos los pasos de ese hombre que iba calle abajo, murmurando insultos, rodeándose de su capa por culpa del frío y dando trompicones, a causa del alcohol que había ingerido y de la rabia que le consumía.
—Pues yo te digo lo que piensa: “Le he pagado veinte francos, a la puta. Podría habérmela chupado por menos. Qué lástima que me hayan pillado antes de poder estrangularla del todo”.
Nikolás se sorprendió, no tanto de mis palabras como de mi capacidad. Yo me encogí de hombros. Llegamos hasta una calle estrecha, apenas iluminada. El hombre ya sabía que le estábamos siguiendo, o por lo menos, que nos dirigíamos en la misma dirección. Al rato supuso que éramos matones del prostíbulo. Pero decidió ignorarnos. Éramos dos contra uno. Aunque eso en verdad daba igual. Cuando el hombre se disponía a cruzar el callejón yo puse mi mano sobre el hombro de Nikolás y él me miró, con ojos atentos.
—Adelante, es todo tuyo. –Dije, sonriente—. Que no grite, no queremos que nos atrapen infraganti.
—¿Algún consejo? –Me preguntó, algo indeciso.
—Cuando el corazón deje de bombear, detente. Ya estará muerto.
Le di un empujón sobre la espalda y salió corriendo. Atrapó al hombre como una sombra que se alza desde el suelo. Puso su mano en la boca de aquel y le miró unos segundos a los ojos, recreándose en el susto y el miedo. Debí suponer que lo haría, era un gesto que yo evitaba realizar. Pero él se vanaglorió de su presa. Cuando el hombre gritó, su voz no llegó a ningún lado. Nikolás le mordió el cuello y bebió de su sangre hasta dejarlo inerte en sus brazos. Después me lanzó una mirada de auxilio. ¿Qué hacer con él?
Me acerqué y me mordí el pulgar. Cuando una gota de mi sangre manó, la pasé por la herida que había en su cuello. La mordedura sanó al instante.
—La próxima vez muérdete la lengua, y lame la herida. Se cerrará y no dejarás rastro del crimen.
Después de aquello depositó el cuerpo en el suelo y nos quedamos mirando el resultado de su primera experiencia como bebedor de sangre. Le vi, allí todo resuelto y aliviado y me sentí muy orgulloso. Y hasta cierto punto envidioso, porque yo me había criado en aquella nueva vida como un animal por más de cincuenta años, luchando con una bestia que se atemorizaba de cada sonido y que se alimentaba como un monstruo, mientas que él en su primera noche era capaz de mostrar mucha más soltura que yo en mis mejores días. Estaba, además, sonriente y satisfecho. Si no perdía el control, sería un excelente vampiro.
Los pasos de unos gendarmes nos sobresaltaron. Venían en nuestra dirección, alertados por el prostíbulo de un intento de asesinato. Nikolás se espantó pero yo sonreí y tiré de su brazo.
—Vámonos, volvamos a la casa. Por esta noche hemos terminado.
Corrimos, llenos de jolgorio y adrenalina. Si no hubiera sido de madrugada habríamos gritado y reído. Pero nos contuvimos para poder pasar desapercibidos. Comencé a experimentar una alegría y una libertad que no había conocido. Habiendo vivido bajo la estricta y rígida normativa moral de Sebastián, era la primera vez que yo dictaba lo que estaba bien y mal, y quien tenía el control moral. Y estar acompañado de un semejante que me igualaba en voracidad y hambre, igual que en picardía y malicia, era liberador y reconfortante.
Al llegar a la casa, Nikolás desató su alegría y recorrió la estancia, desvencijada y abandonada lleno de entusiasmo. Rememoraba lo acontecido, removía su legua por su paladar, asombrado de la vitalidad que le confería la sangre. Era lo suficientemente aventajado como para apreciar los cambios que la sangre generaba en él. Sentía sus mejillas más cálidas, sus dedos más sensibles. El entumecimiento y el agotamiento propios del hambre desaparecían y era capaz incluso de notar su cambio de humor. Aún así yo seguía muy sorprendido de que el hambre no le hubiera vuelto loco. Es cierto que había ingerido sangre hacia menos de veinticuatro horas, y que yo siempre contenía mi sed durante días incluso semanas con tal de no verme envuelto en el asesinato. Era injusto para él que le comparase conmigo, pero era inevitable.
Yo procuré sellar todas las ventanas y agujeros que hubiera por las paredes y el techo. Aún quedaban dos horas para el amanecer, pero eso debía hacerse. Le pedí que me escuchase, que prestase atención. Era importante asegurarse siempre un buen escondite, y si debíamos dormir en una casa abandonada como aquella, que tomásemos todas las precauciones posibles. Atrancamos la puerta, para evitar sorpresas durante el día. Cerramos las ventanas y las cubrimos con nuestras capas. Rellené de paja y escombros los agujeros del techo y las paredes y aún así nos refugiamos en una pequeña esquina de la casa.
Extendí una manta en el suelo y puse uno de nuestros petates con ropa bajo mi cabeza, a modo de almohada. Me apenaba no poder dale nada mejor, teniendo el dinero del que disponíamos. Pero los primeros días, hasta que me asegurase de que podía controlar su apetito, estaríamos lo más lejos de los humanos. A él no parecía importarle. Se mostró agradecido simplemente por mi compañía.
—¿Tú no tomarás sangre? –Me preguntó, sentándose a mi lado.
—Ahora no la necesito. –Dije, cruzándome de brazos y suspirando. El me miró de arriba abajo y esbozó una sonrisa traviesa.
—¿Quieres beber de mí?
—No. –Negué—. Tú necesitas la sangre que acabas de tomar.
Lo sabía, pero se divertía torturándome. Se sentó con la espalda en la pared y pasó mis piernas por encima de su regazo. Sus manos se posaron en mis rodillas y muslos.
—Me alegra ver lo bien que te adaptas a todo esto. –Dije, intentando que mis palabras sonasen serias—. Me siento orgulloso.
Sus mejillas se enrojecieron de vergüenza. No dijo nada por unos segundos pero alternaba miradas con sonrisas traviesas. Aún podía seguir leyendo en su mente, y estaba haciendo una incansable búsqueda por encontrar el modo de hacerme rabiar y castigarme por aquello que había dicho. Pero se perdía en los laberintos de emociones que le embargaban. Me sorprendí a mi mismo siendo víctima de su curiosidad, él estaba intentando desengranar mis pensamientos.
—Verdaderamente estas orgulloso. –Dijo, sonriente, pero en mi mismo encontró la clave para chincharme—. Pero también sientes envidia. ¿De qué?
—No sabes lo afortunado que eres, por haber tenido voz y voto en esta decisión, y por haber sido instruido antes de convertirte. –Soné como Sebastián, y me arrepentí al instante de haber dicho aquello. Sonaba condescendiente y viejo. Él asintió, consciente. Me alegró ver que no era un malagradecido como sí hubiera sido yo.
—¿Debería empezar a llamarte maestro? –Me preguntó, con una sonrisa malvada. Estaba claro que no pensaba hacerlo, solo lo preguntó para hacerme enfadar. Yo arrugué la nariz.
—Ni se te ocurra. –Rió, divertido—. Me conformo con que me tengas como a un hermano, incluso si no somos de la misma sangre o no nos haya creado el mismo ser.
—Hermano, entonces. –Dijo, en tono conciliador.
Aproximándose el amanecer se sintió cansado y abotagado. Se dejó caer a mi lado y apoyó su cabeza en el petate de ropa. Se me quedó mirando en medio de aquella oscuridad con una expresión casi devocional. Yo apreté en mi mano el guardapelo que Sebastián me había dado e hice algo que llevaba décadas sin hacer. Recé una oración. No sabía si me estaba permitido o si era algo que realmente no fuera a ser más perjudicial que beneficiosa. Pero le pedí a Dios que lo mantuviese a salvo y que no le dejase pensar mucho en mí para que estuviese triste el menor tiempo posible. ¿Estaríamos lo suficientemente lejos como para no poder comunicarnos? No lo probé, si era capaz de seguir conectado a él, aunque fuera de aquel modo, correría a su encuentro.
—¿Seguro que no quieres beber de mí? –Me preguntó, con una voz cálida y en susurros a mi lado. Sus ojos estaban apenados y aunque intentó fingir picardía, era evidente que había conseguido transmitirle mi angustia.
Yo negué sonriendo.
—Estás frío. –Dijo, posando el dorso de su mano en mi mejilla. Su mano estaba cálida, era casi humana.
—Shh. Duérmete. –Murmuré y cogí ambas manos entre las mías y me las puse en las mejillas. Su olor, qué dulzura—. Mañana beberemos juntos.
Hundí mi rostro en sus manos pero él no se resistió a abrazarme y apoyar mi rostro en su pecho. Me quedé dormido allí, con el aroma de Sebastián impregnando su ropa y el suyo propio, que se desprendía por cada poro de su piel.
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