EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 46
CAPÍTULO 46 – La súplica del condenado
Oímos sus pasos mucho antes de que llegase a la puerta. Ambos estábamos en el laboratorio, lavando el material médico ensangrentado después de haber atendido a un paciente que se había fracturado un brazo. Llevé mis manos a un trapo para secaras y esperé pacientemente. Sebastián por el contrario se quedó estático mientras introducida las afiladas navajas en su estuche. Ambos mirando hacia la puerta de entrada, expectantes.
Después los golpes, fuertes y sonoros que retumbaron por toda la casa. Sentí el pánico adueñarse de mí igual que si el mismo Dios estuviera aporreando mi puerta. Me agarré el pecho mientras acudía a su llamada, e incluso entonces los golpes no se detenían. Sentía el corazón saltar dentro de mi pecho con cada porrazo.
Cuando abrí la puerta Nikolás estaba al otro lado, con el rostro descompuesto, pálido y cetrino. Con los ojos llorosos. Todo su cuerpo estaba temblando. Parecía histérico. Entró incluso cuando yo no le dije que lo hiciera. Me hizo a un lado y miró detrás de él, temiendo que alguien le hubiera seguido. Cerró una vez estuvo dentro, y me alcanzó con la mirada. Me sujetó de los brazos, y me acercó a él, parar susurrar:
—Me han incriminado. –Yo agarré las mangas de su jubón y lo contuve a mi lado—. Me vieron ir con esos dos hombres hacia el río. La policía ha estado esta mañana en mi casa. Y mientras se aclare la investigación, me han suspendido de mi puesto de trabajo. –Me soltó como si sus manos le quemasen y se alejó de mí hacia el laboratorio. Sebastián estaba en la puerta y lo dejó entrar. Estaba azorado, e inquieto.
—¿Te han suspendido de forma temporal?
—¿Y qué más da eso? –Exclamó, volviéndose en mi dirección y frunciendo el ceño—. Van a condenarme. Estoy seguro de ello.
—La policía estuvo en tu casa. ¿No? ¿Qué ha pasado?
—Me han interrogado. Me han amenazado. Les he jurado y perjurado que yo no los maté ni nada. Que es cierto, me encontraron de regreso a mi casa aquella noche y que me apalearon. Me llevaron al río y allí me dejaron tirado. Les dije que por eso mismo al día siguiente tuve que llevar mi uniforme a arreglar porque estaba sucio y descosido. Pero que al ser dos contra uno, yo no tuve oportunidad de defenderme. Que ellos se marcharon cuando me dieron por inconsciente y que no volví a verlos.
Hablaba atropelladamente, pero con la mente serena, a pleno rendimiento. Era capaz de ver que sus ojos no se enfocaban en nada, aún reviviendo el recuerdo como si tuviera a los inspectores delante.
—Han mirado por todas partes, entre mis pertenencias, detrás de cada mueble. No han encontrado nada.
—Si no han encontrado nada, entonces no tiene de qué preocuparte.
—¿Qué hiciste con ellos? ¿Dónde están? –Su pregunta me dejó estático. Desvié la mirada a Sebastián que negaba con una expresión de rotundidad. Yo suspiré.
—Es mejor que no lo sepas. O de lo contrario puede que sí estés en un aprieto.
—Ya estoy en un aprieto. Si no encuentran a nadie más culpable o implicado yo mismo cargaré con la culpa.
—Es que no hay nadie más implicado. –Le dije, en tono severo y él abrió los ojos con desesperanza. Se apoyó en la mesa, mirándome y bajó los hombros, completamente derrotado.
—El inspector no me ha creído una sola palabra. –Dijo—. Y no lo hará. Incluso si baja el mismo ángel Rafael y se lo confiesa. Y es justo, lo comprendo. Con mi historial, tampoco yo me lo creería. Y la verdad es que no les importa. Si no consiguen resolver el caso, me culparán, porque me lo merezco, por todo lo que ha ocurrido estos años. Se tomarán la justicia considerando que así pago todo lo que el gobernador ha estado encubriendo…
Bastian nos miraba alternativamente mientras se limpiaba las manos en un paño. Parecía pensativo pero decepcionado. Parecía estar asistiendo a un vaticinio que ya hubiera anunciado.
—Si quieres quedarte unos días aquí, mientras se calman las cosas… —Sugerí, y él miró de soslayo a mi maestro, completamente atemorizado ante la presencia de Sebastián a nuestro lado.
Yo alcancé su brazo y lo saqué del laboratorio. Llegamos al saloncito y le pedí sentase en el sofá. Pero aguantó apenas unos segundos. Estaba terriblemente intranquilo. Se paseó por entre los muebles, se asomó a las ventanas con preocupación. Con una sensación persecutoria que no le abandonaba. Yo me senté allí donde lo había dejado a él y le observé ir y venir.
—Ya sé cómo funcionan estas cosas, Marcus. —Murmuraba, azorado—. Hoy me han interrogado y me han revuelto la casa en busca de pruebas. Mañana me detendrán, y pasaré una semana en el calabozo. Como no van a encontrar una pista mejor, la gente se va a revolver en el pueblo. Van a exigir una cabeza, incluso si es la de un turco. Me condenarán y después me mataran. Me avisarán de un momento a otro. ¿Sabes? He visto como lo hacen. Vienen a tu celda y te dicen: mañana te cuelgan. –Se agarró el cuello, presa del espanto—. Y tú, como un idiota, has estado una semana volviéndote loco en esa celda, seguro de que solo van a darte un escarmiento a ver si consiguen que confieses algo mejor.
—Siempre puedes huir… —Murmuré, pero él se rió.
—Han puesto vigilancia por todas partes. Es más, seguramente hayan venido siguiéndome. –Volvió a asomarse al exterior sin encontrar nada relevante en aquella oscuridad—. Y si me escapo, ¿qué? Me pondrán en busca y captura, y yo mismo estaré dando la impresión de ser culpable. No habrá espera ni juicio. Me ahorcarán allá donde me encuentren.
Me lanzó una mirada acusadora desde aquella ventana donde estaba mirando.
—Además, ¿A dónde voy a ir? ¿Cómo me voy a marchar? No tengo a donde ir, ni conocidos ni familiares. No tengo un caballo o un carruaje. Apenas tengo más que un par de reales ahorrados.
Apoyó la frente en el frío cristal y suspiro. Su aliento empañó el vidrio mientras cerraba los ojos, presa de la desesperación.
—¿Cuánto necesitas? –Pregunté, mientras me levantaba y acudía hacia las escaleras—. Tengo algo de dinero en efectivo aquí.
Él me siguió. Con el rostro descompuesto y una mueca de ironía en la mirada. Llegamos hasta mi estudio y saqué una cajita de madera oculta detrás de unos libros en un estante. Era una caja de pino barnizada en tonos ocres. La llave estaba entre las páginas de un libro. La alcancé y abrir la caja. Estaba repleta de reales de oro, aparte de otra documentación personal. Me hice con un saquito de oro y empecé a llenarlo de reales de oro.
—Con cincuenta reales de oro podrás salir del país y vivir en lo que encuentres…
—¡No quiero tu maldito dinero! –Exclamó, haciéndome levantar la vista con susto. Las monedas se quedaron colgando en mis manos y perdí la cuenta de las que había acabado metiendo en el saquito de cuero. Se acercó a la mesa y cerró la caja de pino con estrépito—. No quiero dinero, no quiero limosnas. ¿Te crees que con dinero se solucionan los problemas? ¿Y después qué? ¿Pasaré el resto de mi vida huyendo?
—Parece que me culpas a mí de todo. –Dije, posando el saco de monedas sobre la mesa—. ¿Es eso? Sientes que estás en este lio por mi culpa.
—No… —Murmuró, agachando la cabeza—. No… no es eso…
—Pues parece que me lo estés echando en cara. Parece que has venido aquí a buscar responsables. ¿Quieres que vaya a la prisión y le confiese al inspector lo que ocurrió? ¿Quieres que todo el pueblo sepa lo que soy? ¿O qué prueben a ver si son capaces de romperme el cuello con una soga? Podríamos pasarnos años viendo como mi cuerpo cuelga de la cuerda sin que pueda morir…
—No tendrías que haberme salvado… —Murmuró, negando con el rostro, abatido. Se le escapó aquello de entre los labios como si hubiera estado pugnando por salir.
Yo le aparté la mirada, no deseaba tener que contestar a eso, mucho menos darle la razón, algo que le habría encantado. Sin embrago en aquel momento no pude evitar hacer lo que hice. Suspiré.
—Tal vez no tendría que haberlos matado a ellos…
—Eso ya no se puede arreglar. –Suspiró—. Pero aún puedes redimirte.
—¿Qué me redimida?
Y entonces, hizo lo último que esperaba de él, lo último que hubiera deseado que ocurriese. Se acercó a mí y me sujetó los brazos con fuerza, toda la que tenía, para retenerme a su lado.
—Hazlo, mátame. –Me pidió. Yo sentí que se me retorcían las tripas—. Ya sabes cómo, solo hazlo y termina con todo esto. No me importa.
Intenté deshacerme de su agarre, pero su mirada me contenía a su lado. Una mirada llena de súplica y desesperación.
—Nadie podrá darme una muerte más dulce y tranquila. Estoy deseándolo, lo deseo desde hace muchos años. –Mientras yo retrocedía, espantado, él cayó de rodillas delante de mí y se agarró al borde de mi jubón. Su voz se quebraba por momentos—. No sientas pena por mí, te lo ruego. De todas formas si no hubiera sido por ti, probablemente ya estaría muerto. Así que no te compadezcas.
Me solté de su agarre y me llevé las manos al rostro, cabiéndome la boca evitando que viese mi expresión de horror.
—Por favor… es una súplica. –Dijo, con los ojos llenos de lágrimas, viendo como se le escapaba la posibilidad de entre las manos—. Haré lo que me pidas, te dejaré beber toda mi sangre. De lo contrario me matarán tarde o temprano. ¿No lo ves? Te suplico que me libres de todo esto, por favor. Es lo mejor para ambos. Para mí que me liberas de este tormento, y para ti, que te evitas un problema si te ves involucrado. Seguro que es lo que tu maestro quiere. He visto como me mira. Estoy seguro de que ya te ha pedido que lo hagas. ¿No es cierto?
Se me escaparon las lágrimas.
—No soy un dios de la muerte. –Dije, pero él pareció aliviado de oírme hablar al fin—. Y no me estaría haciendo un favor. No podría vivir conmigo mismo después de hacerlo. ¿Es que no lo entiendes? Sería capaz de cualquier cosa por verte con vida, incluso arriesgar mi propio secreto y el de mi maestro, y ¿ahora me pides que te mate? ¿Es que no sabes lo que me estás pidiendo?
—¿Acaso eres tan egoísta que no puede ver que yo pierdo mucho más en esta súplica? –Frunció el ceño.
—No. Eres tú el egoísta. Me harás vivir toda la eternidad con este arrepentimiento. La eternidad entera.
—Si lo que tienes es un problema con mi muerte, entonces... –Dijo, inclinándose hacia delante, casi a modo de súplica—. …entonces conviérteme.
Aquello fue demasiado. Fue como si me hubiese golpeado en el rostro. Me alejé de él dando gritos.
—¡Fuera! ¡Fuera de mi casa! ¡Vete! ¡No quiero volver a oírte decir algo parecido! –Él bajó las escaleras detrás de mí, atemorizado. Me seguía con la mirada, esperanzado de que acabase por templar mis nervios y me replantease su propuesta. Pero no fue así. Le alcancé por la pechera y lo arrastré hasta la entrada. Sebastián salió del laboratorio para ver aquella escena y se quedó pasmado. Abrí la puerta y lo arrojé al exterior, completamente fuera de mí. Cayó por las escaleras de la entrada hasta dar con la espalda en el suelo de tierra. Cerré de un portazo y me quedé allí plantado. En mi mente se había desatado un terrible debate entre la voracidad y la poca humanidad que aun albergaba. Lo había arrastrado y lanzado fuera, porque si lo seguía escuchando era capaz de ceder a su petición.
Me apoyé con la frente en la puerta y escuché como desde el otro lado él se levantaba se limpiaba la ropa del polvo y a la tierra y caminaba con paso lánguido y tembloroso de vuelta a la ciudad. Cuando el sonido de sus botas hubo desaparecido al fin me dejé resbalar aún con el rostro pegado a la madera hasta que mis rodillas tocaron el suelo. Sentía una fuerte opresión en el pecho, muy parecida al momento en que conocí a Sebastián. Toda aquella adrenalina contenida, el deseo de arrancarme la piel a tiras para robarle el placer a él de hacerlo por sí mismo.
Miré de reojo a Sebastián que estaba apoyado en el quicio de la puerta del laboratorio, con una mirada inquisitiva. En otro momento, hace mucho tiempo, habría acudido a mí para abrazarme y consolarme, pero había aprendido la lección. En mi estado era mejor no acercarse demasiado, o acabaría pagándolo con él. Aunque lo cierto es que me moría de ganas por un poco de su compasión.
—Lo he oído todo. –Dijo, de manera que no me haría relatárselo. Asentí y suspiré. Tenía un nudo en la garganta que no me dejaría hablar por un rato. Al contrario de lo que imaginaba, en vez de volverse al laboratorio, se acercó al sofá del salón y se sentó, aún con la mirada puesta en mí. Yo le miré con desprecio, lleno de rencor y pesadumbre. Estaba alegre y alborozado, porque Nikolás mismo me había suplicado lo que él deseaba que hiciera.
Yo me senté con la espalda apoyada en la puerta y le miré con lágrimas cayendo por el rostro.
—¿Qué esperabas que ocurriera? –Me preguntó, con una pierna cruzada sobre la otra. Con el rostro apoyado en su mano—. Después de salvarle la vida y matar a dos hombres en una ciudad como esta. No estamos en París, o en Roma. Aquí la gente se conoce…
—No sé que esperaba. No lo sé, Sebastián. Esperaba que él viviera. Esperaba que esos dos hombres sufrieran. Quería verlos aterrorizados ante mí. Eso es todo.
—¿Y ahora? –Preguntó—. ¿Qué harás?
Negué con el rostro, como única respuesta. No deseaba hacer nada. No quería tener nada que ver. Quería desvanecerme, y que cada uno cargase con la parte que le tocaba. Ya cargaría yo con mi propia conciencia.
—No puedo hacerlo. –Murmuré, apretando los dientes—. No voy a matarlo.
—Es la mejor solución. Muerto el perro, se acabó la rabia.
Me levanté, furioso. Me dirigí hacia él y sentí como su expresión altanera y dogmática de desvanecía. Cuando me tuvo enfrente, de pie ante él y con los puños apretados, todo su cuerpo se tensó, dispuesto a saltar sobre mí si era necesario. Pero yo no iba a ponerle la mano encima.
—No puedo… ¡No puedo hacerlo!
—¿Ahora te muestras tan dispuesto a perdonar vidas?
—¡Oh! Sebastián… no me hagas esto… —Caí derrotado a su lado en el sofá y me apoyé en el reposabrazos. Él me miró apenado, compadeciéndose—. Hablemos por una vez enserio. Te lo ruego. Sin peleas, sin echar nada en cara. Eres mi maestro, lo serás siempre. Dime, ¿qué debo hacer?
—Nunca atiendes a mis sugerencias.
—Siempre atiendo a ellas. Pero en esta ocasión… yo… —Me mordí el labio—. Hazlo tú.
—¿Yo? –Exclamó, sorprendido. Estaba más que extrañado.
—Sí, hazlo tú. Yo no puedo. No puedo. Sé que es lo correcto, es lo mejor para todos pero no puedo. No podría vivir con ello.
Durante unos segundos no dijo nada. Me quedé allí tumbado, con el rostro entre mis brazos, haciendo lo posible por calmar el remolino en que se habían convertido mis tripas. Después habló con calma. Con ese tono sincero, casi angelical.
—Yo no voy a hacerlo. No porque no esté en mi natura. Es porque no me corresponde a mí cargar con esta muerte. Me has hecho cargar con muchas cosas, y te dije que no más, Marcus.
Me incorporé y asentí. Tenía toda la razón en decirme aquello y lo comprendía. Pero era incapaz de ver más allá de lo que estaban imponiéndome. Yo mismo no era capaz de imaginarme matándolo. Me había convencido durante tanto tiempo de que le amaba que no podía verme quitándole la vida, mucho menos de una forma tan simple y sincera.
—Te ha… pedido que lo conviertas. –Murmuró, volviendo el rostro en mi dirección. Yo asentí. Y al volverlo a recordar negué con el rostro, intentando sacármelo de la cabeza—. Imaginé que no tardaría en pedírtelo.
—¿Por qué dices eso?
—Es lógico. –Se encogió de hombros—. Le has mostrado lo que eres, se lo has presentado en bandeja. Es normal que lo vea como una alternativa a todos sus problemas. Ser fuerte, eternamente joven, vivir sin preocupaciones, yendo y viniendo a placer.
—No creas que no le he mostrado las desventajas de nuestra condición.
—No, no todas. No le has hablado como un maestro hablaría a un alumno. Solo se lo has mostrado más goloso de lo que es. Incluso yo me habría sentido tentado de pedírtelo.
Escondí el rostro en mis manos.
—No pienso hacerlo. Sería una locura, es un humano temerario y conflicto. Como bebedor de sangre sería indomable.
—Seguramente. –Asintió, me alegraba estar de acuerdo con él en algo. Pero entonces me sorprendió preguntando—: Pero entonces si no lo conviertes y tampoco lo matas… ¿qué harás? Presenciarás su muerte en el cadalso. Le has ofrecido dinero para irse, pero no va a huir. Es más consciente que tú de la situación. Si lo ponen en busca y captura no habrá una sola noche que duerma sin temor. –Tragué en seco—. A veces, muchacho, tenemos que elegir entre la opción que menos nos duela. No la que más nos agrade. ¿Quieres salir corriendo, y esconderte en el bosque otra década? Hazlo, vuelve cuando desees. Pero eso no te enfrentará al problema. Pasarás el resto de tu vida pensando que podrías haber hecho algo mejor, o algo más.
—No puedo convertirlo. –Dije, apesadumbrado—. Ningún humano se merece lo que somos. Lo sabes tan bien como yo. Podría discutirlo con él, hacerle ver las múltiples injusticias y desventajas de ser lo que somos, pero en su desesperación, aceptaría cualquier cosa, incluso un pacto con el diablo. Además, no veo el sentido de convertirle. ¿Le librará eso de su condena?
—Me preocupa más dejar a un humano que conoce nuestro secreto en manos de los torturadores de la prisión. Siendo un bebedor de sangre, podría marcharse lejos, hasta el otro lado del mundo si lo desea, y no necesitará ganarse la vida para sobrevivir. Sobrevivirá a todo, eternamente. O hasta que se tope con alguien más fuerte que él.
—No. –Dije, sintiendo como se me escapaba aquello de entre los labios—. Si lo convirtiese, me quedaría a su lado. No lo dejaría solo. Es mi responsabilidad cuidar de él, el tiempo suficiente como para asegurarme de que conoce todo lo que hay que saber de su nueva vida.
Alcé la mirada para mirar a Sebastián y me sorprendió con una expresión de orgullo paternal. Posó una mano sobre mi hombro y apretó sus dedos allí, pero al contrario de lo que solía ser, esta vez su contacto era agradable y cálido. Como un gran abrigo de consuelo. Pero yo me sentí abatido.
—No lo convertiré. No es una buena idea. ¿Y si se arrepiente, después de haber sido convertido?
—Él cuenta con la ventaja de preguntar lo que quiera antes de su conversión. A ti ni si quiera te preguntaron. –Dijo, a modo de recordatorio.
—Es un humano peligroso, lo será aún más de bebedor de sangre…
—¿Qué nos hace adecuados para ser convertidos? ¿Eras tú más digno que él para ser bebedor de sangre? ¿Lo era yo? ¿Tenías tú más derecho que él a vivir una vida humana? A mí me engañaron, pero tú no tuviste la opción ni de retroceder. Él tiene la puerta abierta para acceder a ello…
—Por eso mismo. Ninguno de los dos tenemos la opción de arrepentirnos, mientras que él podrá decir que ha tomado una mala decisión. Me lo echará en cara. Me dirá que fui un monstruo, y que creé otro monstruo.
—Lo sé. –Dijo mi maestro, asintiendo. Él había pasado por eso, y era justo lo que yo temía que me ocurriese. No pudo rebatirme aquello. Él aún cargaba con aquel dolor cuatrocientos años después. Yo no deseaba lidiar con aquella carga.
—No pienso privarlo de una vida humana. No quiero verlo ocultarse del sol cada día. Le estaré arrebatando la oportunidad de encontrar a una buena mujer que le dé hijos, con la que establezca una familia.
—Despierta Marken. –Dijo, a modo de sentencia—. Lo condenarán a la orca. No tendrá nada de eso ya. Te ha pedido una muerte mejor de la que le espera, y tú se la has negado. Ni si quiera yo me habría atrevido a tanto. ¿Lo amas? ¿Tanto como para negarle una última gracia?
—Lo amo de un modo egoísta y superficial. Si tiene que morir, que no sea en mis manos. –Apreté los dientes—. Ya me da igual. Me ha roto el corazón pidiéndome que lo mate, como si yo tuviera la frialdad como para hacerlo y seguir adelante como si nada. No cree que sea mejor que un monstruo al que invocar cuando considera oportuno.
—Verdaderamente tienes un debate interno que te está matando. –Dijo, asombrado de mí y de mis declaraciones. Me levanté, inquieto y él me miró con los ojos atentos y una expresión de sorpresa—. ¿Te divides entre la responsabilidad y la pasión?
—Me divido entre tú y él. ¿Es que no te has dado cuenta hasta ahora?
Observé cómo sus ojos se movían inquietos y su nuez se movía de arriba abajo, queriendo decir algo sin encontrar las palabras.
—Si estuviera tan seguro de que me sigues queriendo a tu lado, no dudaría en hacer lo correcto, pero temo ser una carga demasiado grande como para que puedas seguir lidiando conmigo algún tiempo más. –Me agarré el pecho, conteniendo el llanto—. He dejado que esto llegue demasiado lejos. He causado muchos problemas, lo reconozco, pero esto debe ser un punto de inflexión, para ambos. He estado haciéndome el tonto, pero me he cansado de ignorar que te he puesto en una situación demasiado comprometedora. Me he acostumbrado a ser un malcriado, a que me concedas todo lo que estaba a tu alcance. Pero yo no te he dado nada. Nada, hasta el día de hoy. Más que problemas.
Ocultó su boca con los dedos, con la mirada fija en mí.
—Me he vanagloriado de ser tu aprendiz, de ser un caballero, pero solo he sido todo lo que temía, un niño en un contenedor eterno. Por una vez, voy a hacer las cosas bien. Lo mataré. Sé que es lo que deseas que haga, y sé que es lo que corresponde. Lo dejaré por ahí, y ya lo encontrarán. Todo quedará terminado. No nos pondrá en peligro a ninguno. Y después, me marcharé. No podré volver a estar a tu lado después de esto. Pero será lo mejor para ambos. Sé que ya es hora de que haga mi vida por otro lado.
Esperé unos segundos a que dijese algo, cualquier cosa. Pero solo me atravesaba con una mirada cargada de profundidad. Estaba paralizado como una estatua, con las mejillas sonrosadas, con los dedos finos y las uñas blancas. Con las pestañas rubias y los ojos azules, tan hermosos como siempre. Yo estaba a punto de romperme por dentro. Pero me recompuse mostrándole una sonrisa confiada y me acerqué a coger su mano.
—Te doy mi palabra. Mañana todo quedará terminado. Cuando salga de clase lo buscaré, y terminaré con él. Lo prometo. –Besé el dorso de su mano, gesto que le conmovió y asintió con los labios apretados.


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