EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 45
CAPÍTULO 45 – Sangre y besos
Aquel último sábado del mes de febrero el gobernador dio una fiesta por el bautizo de su sobrino. Después de haber pasado el invierno y gracias a su buena salud, ya habían decidido concederle la gracia del bautismo y con aquella excusa, pues habría servido cualquier otra, el gobernador reunió a sus amigos y conocidos y preparó una contundente cena donde corrían el vino y la cerveza. Con la excusa de atender a un paciente, y tan solo por librarse del incomodo momento del banquete, mi maestro no se presentó hasta pasada la media noche. Estaba poniéndose una capa sobre el cuello cuando yo bajé de mis estancias y me presenté delante de él. Estaba engalanado con mi taje negro de botones dorados, con el cuello blanco almidonado y el cabello peinado, recogido en una pequeña boina negra con una pluma, como solía hacer en los tiempos de finales del siglo XVI.
Se me quedó mirando con una mezcla de contrariedad y fascinación, como si se hubiese presentado ante él un ángel, o el mismo Mefistófeles, con la propuesta de una aventura.
—¿Vendrás conmigo? –Preguntó, aunque me costó mucho esfuerzo no desalentarlo.
—Hace mucho que no voy a una de esas fiestas.
—Ah. –Pareció advertir en mi mente—. Ya entiendo. Esta noche tu amiguito trabaja en el servicio nocturno.
—Ambos tenemos a alguien esperándonos. ¿No?
Él no dijo nada. Suspiró y terminó de atarse la capa sobre los hombros. Yo alcancé mi sobretodo negro y me lo abotoné. Incluso entonces, parecía un poco ilusionado por tenerme a su lado. Después de tantas semanas de habernos ignorado y alejado el uno del otro, había cierta candidez en su mirada. Montamos en un carruaje que había andado el gobernador a buscarnos y dentro de aquel espacio oscuro y busqué en mi mente alguna palabra que dirigirle algo que comentarle, cualquier cosa que rompiese el silencio. Grité en mi mente porque fuese él quien me dirigiese la palabra. Pero se sonrió ante aquella desesperación por mi parte.
—Si no hubiera sido yo, maldeciría a quién te ha educado, muchacho.
—Es un poco atrevido adjudicarte por entero mi educación. –Advertí—. Me encontraste ya mayorcito.
Me lanzó una mirada suspicaz.
—Puedes vanagloriarte de mi instrucción, de mi profesión, incluso de mis modales… pero…
—Cállate. –Me espetó, con hartazgo—. No quiero oírte.
Aquello me dejó en silencio el resto del viaje, como si me hubiera vuelto a abofetear. Si me hubiera recostado en él o le hubiera dirigido una palabra amable, me habría recogido en sus brazos, pero yo no estaba hecho para eso. Era irreverente y había empezado a pagarme con la misma moneda.
Cuando llegamos al palacete se bajó primero y yo le seguí como si fuera una mascota. Sin interactuar con él pero sin alejarme más de dos pasos. Cuando hablaba con alguien me detenía a su lado y miraba a cualquier otro lugar. Si conseguían dar conmigo y me dirigían la palabra, Sebastián me incluía en la conversación con total naturalidad. Yo respondía con agrado y buena cara. Pero en verdad todo aquello me mataba por dentro.
Conseguimos dar con el gobernador que se afanaba en intentar convencer a un conocido suyo, rival político y al parecer familiar por parte de su esposa, de unas nuevas medidas para los desagües de la ciudad. Parece que estaba deseando salir de aquel atolladero y cuando mi maestro se acercó a él se levantó, dejando con la palabra en la boca a su adversario y estrechó la mano de su médico. Ambos se dirigieron rituales halagos sobre la fiesta, sobre la decoración, sobre los nuevos bálsamos que mi maestro le había dado, sobre su cuidado con el nuevo miembro de la familia. Mi maestro se disculpó por haber llegado tarde, como era costumbre, pero para mi sorpresa me usó como excusa:
—Mi sobrino ha derramado toda una olla de manteca caliente por el laboratorio y nos hemos quedado limpiando hasta ahora. Por suerte la manteca estaba perfumada con lavanda y romero, sino, oleríamos a cerdo durante días.
Yo me ruboricé hasta las orejas y le lancé una mirada fulminante. Él me reprendió frunciendo los labios con gesto severo. Pero haciendo gala de su mejor actuación, posó una mano sobre mi hombro, a modo de ver que en verdad me perdonaba por mi falta.
—Pero son cosas que pasan, incluso yo a veces me dejo caer algún cacharro…
—Con lo cara que está la manteca. –Dijo el gobernador, chasqueando la lengua y mirándome con desaprobación. Eso fue la gota que coló el vaso de mi paciencia. Me quité la mano de mi maestro de encima con un gesto de desprecio y me di la vuelta, alejándome de ellos. Había tenido suficiente por aquella noche. Oí la risa de mi maestro a lo lejos.
—Es joven, siempre tiene el carácter revuelto.
Me vi tentado de coger una de las jarras de cristal que había sobre las mesas y lanzársela, y que el estruendo del vidrio roto silenciase toda aquella sala. Pero me contuve. Después de haber dado rienda suelta a mi ira, no habría tenido freno.
Salí al corredor y busqué un modo de quedarme a solas. Algunos me llamaban, pronunciaban mi nombre con sorpresa o ilusión, pero ignoré todos los llamados. Debieron percibir que estaba enfurecido y se limitaron a dejarme marchar. Tampoco me habrían seguido aunque hubiesen querido. Se creían demasiado como para seguir a un aprendiz de médico y suplicar por su presencia. Se ofendieron y regodearon en mi desprecio.
Logré dar con un corredor medio a oscuras y vacío. Daba a las estancias de las mujeres, así que no habría demasiados intrusos por aquella zona. Un pequeño ventanal tenía un asiento de piedra donde las damas solían sentarse y mirar al exterior. Daba al jardín, desde donde entraba la luz de las antorchas. Me senté allí y apoyé mi brazo en la ventana. Después mi mejillas sobre el antebrazo y miré al exterior. El fuego de las antorchas bailaba con el ligero viento que se había dejado caer aquella noche. La arboleda era espesa y la fuente que había en medio de aquel laberinto de arbustos estaba cubierta de verdín y excrementos de paloma. El agua estaba sucia y llena de hojarasca. Hasta la llegada de la primavera no la limpiarían. Entonces se llenaría de pétalos y mariposas.
—Te he encontrado. –Dijo una voz al fondo del corredor. Yo volteé el rostro para ver a Nikolás vestido con su uniforme, con la mano sobre el pomo de su espada y el sombrero calado. Parecía un juguete. Un pequeño soldadito descarriado. Cuando a día de hoy me viene el recuerdo de aquella imagen suya, me arrepiento profundamente de lo que sucedió. Las cosas deberían haber quedado así. Él con su vida y yo con la mía. Debía haberlo esquivado incluso si eso me mataba por dentro. Otro tipo de muerte nos esperaba a ambos.
—¿Me estabas buscando? –Pregunté, sonriéndole, haciéndome el tonto.
—Desde que me han dicho que has llegado, sí.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Uno se entera de todo. –Se encogió de hombros y se apoyó en la pared enfrente de mí. Yo me crucé de brazos y alcé una ceja—. Pensé que estarías con tu maestro, pero no te he encontrado. Te he buscado en el jardín, en junto con la esposa del gobernador… —Miró alrededor—. ¿Acaso te estabas escondiendo?
—Odio las multitudes. Así que sí, supongo que me estaba escondiendo.
—¿Para qué has venido si odias las multitudes? –Preguntó, coqueto, casi divertido con las ideas que surgían en su mente.
—Para poder verte. –Reconocí, y me costó menos de lo que imaginaba. Él se sorprendió de aquella declaración, pero se libró rápidamente del pasmo.
—¿Y cómo pretendías encontrarme si te escondes aquí?
—Confiaba en que tú me encontrarías a mí. Supuse que te enterarías de que había venido. –Aquello lo dejó herido en su orgullo. Yo sonreí—. Es divertido verte en tu puesto de trabajo. Pareces más responsable de lo que realmente eres.
—Ah, es decir, que has venido a comprobar que me comporto… ¿no es eso?
—No precisamente. –Suspiré y miré al exterior. Un grupo de tres personas caminaba alrededor de la fuente y hablan animadamente.
—Pues ya me tienes aquí.
Yo le miré y asentí. Sí, ya estaba ahí. Había acudido a mi presencia como un cachorro ante la llamada de su dueño. Estaba alborozado y radiante, en busca de mi atención y mi presencia. Me levanté del asiento donde estaba y caminé por el corredor bajo su atenta mirada. Cuando doblé la esquina él se despegó de la pared y me siguió a paso ágil. Observé las puertas a mi alrededor, dormitorios, vestidores, cámaras de reunión, gabinetes. Me detuve delante de una de las puertas y puse mi mano en el pomo. Estaba cerrada. Nikolás llegó a mi lado y sonrió divertido.
—Está cerrada. –Dijo—. Es el saloncito privado de la gobernadora.
Apreté mi yema sobre la madera de la puerta, envolviendo la cerradura con mis dedos y los engranajes sonaron como si hubiese aplicado la fuerza de una llave en su interior. El pomo se giró y la puerta se abrió con un ligero empujón de mis dedos. Nikolás no dijo nada, se quedó petrificado, como quien acaba de presenciar un brillante truco de magia. Yo no estaba para darle explicaciones o alentar su pasmo.
Tiré del cuello de su camisa y lo acerqué a mis labios. Apreté mi boca sobre su cuello con un ardiente beso y nos introduje a ambos en la oscuridad de aquel salón. Tiré de él con desesperación y hambre. Y él se dejó arrastra profundamente asombrado. Sentí su respiración entrecortada y sus manos temblorosas, dubitativas y confusas. Cerré detrás de él y lo apoyé en la pared contigua a la puerta. El sonido de su espada chocando con la pared era estimulante, igual que el de su respiración
En aquella completa oscuridad él era mucho más vulnerable de lo que había imaginado, y yo era capaz de verlo y sentirlo como si nos rodeasen doscientas antorchas. Estaba con los ojos abiertos, desorbitados, con los labios apretados. Me miraba, sin verme. Conseguí abrir por completo los botones de su jubón y quitar el lazo de su camisa, junto con la valona. Expuse sus clavículas y él tembló bajo mi tacto. Estaba cálido y olía a miel. Le atraje hacia mí con una mano en su nuca y mordí su cuello. Se dejó hacer porque no deseaba resistirse, pero también porque había algo de temor en su mente. Temía que si se resistía, no valiese para nada su resistencia, así que no se opuso a mis dientes. Bebí de su sangre sin derramar una sola gota, por el bien de ambos.
Mis manos, llenas de ardiente curiosidad vagaron por su cuerpo, primero por el interior de su camisa hasta rozar su pecho y después por fuera de su ropa, apreciando el contorno de su cintura y la forma de sus caderas.
—Ya basta. –Dijo, posando sus manos en mis hombros, más atemorizado de mis manos que de mis dientes.
Me separé de él pero solo para empujarlo y tirarlo al suelo. Se cayó torpemente, temiendo tropezar con alguno de los muebles. Pero cuando llegó al suelo se protegió con sus manos en alto, no pudiendo verme en aquella oscuridad. Me senté sobre él, y cogí uno de aquellos brazos. Tiré de su manga hacia abajo y mordí su muñeca, allí donde las venas se ven a través de la piel. Gimió por el dolor y la sorpresa, y ese gemido me llenó de gozo y adrenalina. Bebí dos grandes sorbos de su sangre y me separé de su muñeca. El sonido de mis labios despegándose de su piel, rebañando las gotas que caían por sus dedos, le hizo sonreír en medio de aquella oscuridad. Le vi sonreír con los ojos entrecerrados y la boca entreabierta.
—Puedes verme en la oscuridad, ¿no es cierto?
—Es cierto. –Dije, lo que le hizo reír de nuevo, pero esta vez a causa del susto. Se había colocado muy bien en el papel de la presa doliente. Me sonrió, sabiendo que yo lo vería, y se mordió el labio inferior.
—No es justo…
—No, supongo que no.
—Dame la gracia de alguna ventaja… —Suplicó mientras alzaba las manos para buscar mi cuerpo, mi torso y después mi cuello. Se quedaron allí, con sus pulgares rozando mis mejillas y su mirada, cegada, fingiendo observarme.
—¿Suplicando piedad? No es propio de ti.
Se incorporó aún con mi cuerpo sobre el suyo y mientras una mano se quedaba en mi cuello la otra vagó por mi muslo, que rodeaba su costado. Ya no necesitó verme. Apoyó su nariz sobre la mía y me apegó a él hasta que nuestros pechos chocaron. Besó mis mejillas, y después mi barbilla. Sus besos eran delicados, mucho más de lo que hubiera podido imaginar. Rozó su piel con la mía, sus mejillas contra las mías, su frente contra mi barbilla. Pretendía rendirme con mimos y besos.
—¿Puedo probar mi sangre? –Preguntó, lleno de ternura, pero con una latente perversidad en su petición. Me temblaron los labios cuando le dije que sí, que lo hiciera.
La ternura desapareció y la delicadeza dio paso a la voracidad. Cuando besó mis labios me sentí transportado a otro espacio, a otro mundo, puede que al mismo infierno si es que existía y yo tenía permiso para entrar. Pero su lengua no se hizo esperar, exploró mis labios, después mi cavidad y cuando nuestras lenguas se encontraron sentí una ola de deseo atravesarme y partirme en dos. Robó la poca sangre que me quedaba de él en mi boca y cuando se separó paladeó su propio sabor. Agradecí que no pudiera verme, porque habría enrojecido como un chiquillo.
Incluso en su papel de víctima, había vencido a la bestia. Me había cautivado igual que a cualquier muchacha del servicio, me había embaucado y no había tenido arrestos a negarme. Yo no era mejor que las amantes que se fornicaba en estas habitaciones. Y él podía darse por victorioso, había domado a una bestia, la más peligrosa que se encontraría jamás. ¿Cómo habíamos llegado a esto? No iba a soltarme un rollo autodestructivo en ese momento. Aquello era todo lo que yo había buscado desde el momento en que lo conocí.
—Espero que estés saciado. –Dijo, dejándose caer sobre la alfombra del suelo—. Creo que esta vez te has pasado. Me da vueltas todo, y eso que no veo nada.
Yo tragué en seco. Estaba a un par de tragos más de quedarse inconsciente. Y unos pocos más y estaría muerto. Sería sencillo, fácil. Hoy me arrepiento de no haber acabado con él. Era lo mejor que hubiera podido hacer por él, y por mí.
—¿Cómo te sientes?
—Como si estuviera borracho. Me pitan los oídos… —Se llevó las manos a los oídos. Efectivamente estaba al borde de la inconsciencia. Suspiré.
—Vamos, tiene que darte el aire.
Me levanté de él y lo ayudé a incorporarse. Cuando salimos del cuarto estaba pálido, cetrino, con los ojos llorosos y la mirada ausente. Caminaba erguido pero con el paso inseguro. Volvimos al asiento de piedra donde nos habíamos encontrado y lo senté allí. Lo dejé con la cabeza reposando en su antebrazo, apoyado en el quicio de la venta y abrí la cristalera. El frío aire golpeó su rostro y revolvió su cabello. En unos segundos pareció recobrar un poco de color en sus mejillas. Puede que al recordar lo que había sucedido, el rubor le delatase. Yo me senté delante de él y lo observé con detenimiento. Tenía los ojos cerrados, disfrutaba de la brisa como si fuera un revitalizante. Evitó mirarme todo aquel tiempo, lleno de vergüenza. O puede que se arrepintiese de lo ocurrido.
—¿Estas mejor? –Le pregunté al rato. Él se limitó a asentir con un quejido. Aún tenía el jubón desabotonado y la ropa hecha un desastre. Pero en su expresión había una calma y un disfrute que jamás había visto en él.
—Me estarán echando en falta –Dijo, algo preocupado.
—No te preocupes. No me iré hasta que no te recompongas.
—Que muerte más dulce… —Pensó, en alto—. Sería como quedarse dormido. ¿Verdad?
—Supongo. –Dije, mientras él gemía, complacido con la idea.
—Sientes pena de tus víctimas ¿verdad? –Yo no contesté—. Sí, seguro que sí. Tienes un buen corazón. Pues no sientas pena por ellas. Tienen una muerte mejor que la que tendremos la mayoría. Eres un ángel de la muerte, compasivo pero justo.
Me horrorizaron sus palabras. Eran duras declaraciones de un demente. Yo resoplé y le aparté la mirada. Era un ingenuo. No sabía lo que estaba diciendo. Me apené por él. Sí, tal vez tenía un buen corazón al fin y al cabo.
—Tu compañero debe estar esperándote. –Dijo, de repente, irguiéndose un poco. Había recobrado el color.
—Ve a la cocina. Come algo, diles que yo te lo he recomendado. Te ha dado un desmayo y necesitas meter algo al estómago.
Se rió de mis palabras.
—Pensarán que me he emborrachado y que tengo que meter algo en el buche para que se me pase la moña.
—¿Te acompaño entonces?
—Estará bien si simplemente voy y cojo algo. Nadie dirá nada.
Se puso en pie, y para mi sorpresa parecía de nuevo sereno. Yo le imité y volvimos al corredor pero él se quedó estático cuando el camino se bifurcaba y debía bajar las escaleras en dirección a las cocinas. Yo volvía al salón principal.
—Mañana tendré también el turno de la noche. Pero el lunes vuelvo a estar solo por las mañanas.
—Hum. –Asentí.
—¿Vendrás a verme entrenar?
—No. El lunes estaré ocupado. –Se decepcionó de mi negativa y su orgullo volvía a raudales, como un manantial al que le vuelven a drenar agua.
—En ese caso ya nos veremos por ahí…
Se dio la vuelta y se marchó hacia las cocinas yo me aseguré de estar limpio e impecable, sin una sola gota de sangre en los labios, o en la ropa, y reaparecí en el salón. Mi maestro estaba sentado solo, delante de una copa de licor a medio beber, o a medio llenar, y una silla vacía a su lado reclamaba por mi presencia. Me senté allí, alborozado, con las mejillas llenas y sonrosadas. No era un secreto lo que había hecho, él podía leer en mí sin necesidad de adentrarse en mi mente.
—Dejad que os sirva, maestro. Que os quedáis sin licor en la copa. –Murmuré mientras alcanzaba una jarra de vino y vertía parte de su contenido en la copa, llenándola hasta el borde. Eso le irritó sobremanera. Sabia lo difícil que resultaba aparentar que uno bebe sin beber de verdad. Y con una copa hasta el borde, tenía que buscar el modo de vaciarla.
Sin embargo, para no darme esa satisfacción apartó la copa de su lado y la alejó de nosotros. Yo hice un mohín. Estaba serio, como una estatua, estoico pero con una maldad latente. Era una hermosa adelfa blanca, marmolea pero venenosa.
—Incluso cuando intentas imitar mi modo de alimentarte, perviertes el método.
Sonreí, sus palabras intentaban herirme pero me hicieron mucha gracia.
—Creo que así me resulta mucho más excitante. Cuando son conscientes del peligro al que se enfrentan pero acaban subyugándose y accediendo.
—Eres tú el que está subyugado a él. –Me advirtió, con tono de mofa. Yo lo ignoré, no queriendo darle la oportunidad de humillarme con palabras de reproche paternal.
—¿Dónde está tu querida gobernadora? ¿No ha aparecido?
—Sí, hemos hablado. –Dijo, estoico, pero una leve arruga en su ceño indicaba una profunda decepción. Casi como si estuviera rumiando un mal pensamiento. Yo me alerté. Era capaz de ver a través de él y supe que algo terrible estaba ocurriendo. En otro tiempo le hubiera pedido que me lo revelase. Pero ya no. Dejé que fuera él el que decidiese soltarlo. Y lo hizo, muy a mi pesar—. Han abierto una investigación por los dos desaparecidos. –Me lanzó una mirada de advertencia—. Hay dos testigos. Quienes los vieron con vida por última vez. Han declarado que iban de camino al río, arrastrando consigo a Nikolás.
Sentí como la sangre se me subía a los oídos y me palpitaban.
—Él es inocente.
—Es sospechoso. –Me corrigió, con tono severo—. Y el único con motivos para deshacerse de ellos.
—Él no sabe dónde están los cuerpos.
—Eso no importa. –Suspiró—. Mañana lo interrogarán. Si no hallan otro culpable o una excusa que justifique su desaparición, tu amiguito estará envuelto en un buen lío. –Me miró con ojos llameantes—. Y nosotros dos también. Porque si confiesa alguna clase de locura, como la que tú y yo sabemos, ¿qué? ¿Qué haremos entonces?
No dije nada. Me había quedado de piedra, con la sangre burbujeando dentro de mis venas. Con el calor de mis mejillas abrasando toda mi cara. Cada parte de mi ser gritaba de odio y rabia, pero no era capaz de articular una sola palabra. El dolor por la situación de Nikolás, sumado al odio que mi maestro estaba sintiendo por mí fueron demasiado. Cuando mi maestro se hartó de aquella fiesta nos arrastró hasta el carruaje y cuando emprendimos el camino de regreso a casa, y solo en medio de aquella oscuridad, ya no logré contener mis lágrimas y rompí en llanto. Me agaché y cubrí mi rostro con las manos. Lloré durante varios minutos mientras sentía mi cuerpo despedazarse por la impotencia y el arrepentimiento. Pero sobre todo por la sugerencia velada de mi maestro para que solucionase el problema de la manera más limpia: que matase a Nikolás, para libarnos de esa pesada carga que suponía su responsabilidad.
.gif)


Comentarios
Publicar un comentario