EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 47

 CAPÍTULO 47 – El regalo de despedida


No había podido concentrarme en clase. Me resultaron unas horas tediosas y pesadas como losas de mármol. Sentía una opresión en el pecho que me había acompañado desde el día anterior y durante aquellas horas en la universidad, fue en aumento. Sentía que los minutos no pasaban, que las palabras del profesor se alargaban y estiraban hasta el infinito. Pero cuando sonaron las campanas dando las doce de la noche yo mismo me sumí en un estado de impresión ingenua. No podía creerme que ya fuera la hora, que debiera cumplir mi deber. Había intentado, en vano, buscar una excusa o un medio para libarme de aquello, pero no lo encontraba. En mi mente repetía las palabras que utilizaría, me imaginaba las expresiones que pondría. Me dolía pensar que le arrebataba la vida, que le privaba al mundo de su belleza, de su carácter…

—¿Vienes con nosotros a la taberna?

Negué con el rosto hacia mis compañeros que se desviaban hacia la taberna. Yo tenía cosas que hacer.

—Mañana mejor. Tenemos un paciente ahora…

Me deslicé fuera de la plaza e intenté hallar a Nikolás con todos mis sentidos, pero no estaba en su casa, y tampoco en el palacete del gobernador. No estaba en la taberna, tampoco en ninguna de las demás casas partículas. No andaba por la calle, tampoco en ninguna tienda, de las pocas que aún se mantenían abiertas. Estaba completamente exhausto y angustiado. Si no lo encontraba en ninguna parte, ni si quiera en la prisión, acabaría por perder la poca predisposición para matarlo.

Llegué hasta el río para buscarlo por todas partes. Ni en el puente, ni en la orilla. Me imaginé que se hubiera suicidado y la corriente se lo hubiera llevado lejos. Miré hacia abajo, hacia el agua que discurría lenta y tortuosamente. Con el débil reflejo de la luna en la superficie era imposible distinguir nada allí abajo.

Pero no fue hasta que me alejé del río que no comencé a notar su presencia. Imaginé que me esperaría camuflado en el bosque, como solía hacer antaño. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando me planté delante de la puerta de nuestra casa y oí su voz al otro lado, alegre, charlando animadamente. Apoyé mi frente sobre la puerta y escuché atentamente. Sebastián y él hablaban como viejos amigos, con tranquilidad y confianza, como ninguno de los dos habían hablado conmigo en mucho tiempo. Me sentí momentáneamente en paz. Podría marcharme, pensé, desaparecer para siempre y que ellos continuasen sus vidas sin la carga de mi persona a su lado. Parecían entenderse. Nikolás sonreía, y Sebastián le estaba mostrando unos botecitos de pomadas y ungüentos con suma dedicación.

Cuando entré el sonido de la puerta los sobresaltó a ambos y volvieron su rostro en mi dirección. Yo les devolví una mueca que intentó emular una sonrisa, pero estaba lo suficientemente confundido como para que ellos lo notasen.

—Pensé que te demorarías un poco más. –Dijo mi maestro con algo de pena. Tenía en sus manos unas gasas blancas—. Estaba enseñándole a tu amigo cómo hacer una cataplasma.

—Esto es verdaderamente interesante, y útil. –Dijo Nikolás, casi entusiasmado, mirando el interior de los botecitos. Yo me preguntaba si aquello era alguna especie de sueño macabro o realmente era una fabulosa interpretación, un último acto antes del desenlace.

—¿Qué está pasando aquí? –Pregunté, mirando a mi maestro, que seguramente sabía la respuesta.

—Yo le he ido a buscar. –Se justificó, contradiciendo lo que yo imaginaba, que era que Nikolás se había vuelto a presentar por su cuenta—. La esposa del gobernador me avisó de que lo iban a ir a detener a media noche.

Yo asentí, conforme. Pero estaba francamente decepcionado. Me había privado del juego de la caza, del momento del encuentro. Me estaba poniendo la presa en bandeja, y se quedaría a observar que remataba bien mi trabajo. No… No estaba haciendo eso. Nikolás me miró desde la mesa, mientras jugueteaba inocentemente con uno de los botecitos en sus manos, fingiendo una expresión de naturalidad que no le sentaba nada bien. Habían estado hablando. Habían conversado profundamente de lo que estaba ocurriendo. Y no solo me habían dejado al margen, Sebastián me estaba bloqueando todo intento de leer en su mente.

Dejé la carpeta con apuntes sobre la mesa del laboratorio y los observé alternativamente. Lancé una mirada a mi maestro que pretendía fulminarle.

—¿Todo esto es para facilitarme las cosas? –Pregunté, pero no me contestó, inmediatamente. Puso una mano sobre mi hombro y con ese talante y ese porte caballeresco que tanto le gustaba imitar me condujo fuera del laboratorio. Éramos dos críos a los que un maestro estaba intentando manejar como marionetas. Me detuve en el salón y le enfrenté—. No hacía falta que lo trajeses. ¿No te fías de que vaya a hacer lo que te prometí?

—No es eso. –Me sujetó por los hombros—. Nikolás y yo hemos estado hablando. He hecho lo que debiste hacer hace algún tiempo. Le he hablado de todas las desventajas de nuestra condición. Le he hablado con la verdad. De nuestras limitaciones con el sol, con la comida y con el placer carnal. Le he contado que pocos de nosotros llegan a muy ancianos sin caer en la locura, que la vida que nos espera no es segura y que debemos protegernos incluso de los humanos, que en su fanatismo, siempre pueden llegar a perseguirnos…

Me solté de él, espantado con lo que me estaba sugiriendo. La luz en aquellas estancias nunca había sido más tenue y oscura, los candelabros parecían pequeños espíritus que temblaban con nuestra presencia. Nuestras sombras ascendían por las paredes como espectros demoníacos. Nosotros éramos el mismo aquelarre, conjurando para convertir a un ángel en demonio.

—No puedes estar hablando enserio. No pienso hacerlo. No voy a hacerle lo mismo que me hicieron a mí…

Nikolás apreció por la puerta del laboratorio y se apoyó en el umbral. Me miró con ojos oscuros y media sonrisa apareciendo de entre sus labios. Tenía la expresión de un suicida que está a punto de beberse el veneno. Yo me pasé la mano por el cabello, retirándolo de mi frente.

—¿Te ha hablado de todo? No me digas…. ¿te ha contado que tendrás que matar para comer, casi cada noche desde del día en que te conviertas? ¿Te ha hablado de los remordimientos y de la fuerza de la bestia que tira de ti hacia el desenfreno? Eres joven, no podrás permanecer demasiado tiempo en ninguna parte, y después de haber viajado por todas partes no sentirás arraigo por nada, acabarás como un espectro, vagando por el mundo, alimentándote de las almas de los pobres que te encuentres. La comida ya no tendrá sabor, la compañía de los demás será repugnante y mediocre.

Él asintió, consciente.

—¿Harás esto solo por eludir un delito cometido como humano? Convertirte es desafiar a Dios, y pecar contra sus mandamientos. Somos prófugos de por vida. Nos escodemos del sol, del fuego, de la gente, de otros como nosotros. No descansarás en paz nunca más.

—Lo he comprendido, Marcus. –Dijo él, en el tono más sereno que le había oído nunca. Yo comencé a temblar—. El señor Cornelissen ha sido bastante insistente, ha intentado atemorizarme. Pero ahora soy más consciente. Y nunca antes había estado más convencido.

—No, no lo comprenderás hasta que no sea demasiado tarde… ¡Idiota!

Con un gesto de su mano, mi maestro le mandó de regreso al laboratorio, suponiendo que su presencia estaba volviéndome inestable. Yo me dejé caer en el sofá y sentí toda la sangre agolpase en mis sienes. Me palpitaban los oídos, los ojos me lagrimeaban. Estaba a punto de perder el conocimiento. Me llevé las manos a la boca, conteniendo mi alma dentro, que pugnaba por salir en un desesperado deseo por liberarse de todo aquello. Mi maestro se acuclilló delante de mí y me miró profundamente.

—No estoy preparado para hacerlo… —Dije, en un susurro, intentando hacerle entender que no tenía la fuerza necesaria para convertir a nadie. Él sonrió, cándidamente.

—Yo no pienso igual. Tienes el ímpetu y el carácter necesarios para crear un ejército entero si te lo propusieses. Una legión entera de bebedores de sangre. –Apoyó sus manos en mis rodillas y me apretó con fuerza—. Pero jamás te pediría que hicieras algo como esto en contra de tu voluntad.

Se alzó y me besó la mejilla

—Considera esto mi última lección, mi querido muchacho. Y mi regalo de despedida.

Se levantó de mi lado y acudió al laboratorio, donde Nikolás ya le esperaba. Yo le seguí con la mirada, completamente paralizado. Si usó alguna clase de truco mental conmigo, no lo sé, pero puede que su declaración fuera más que suficiente como para dejarme helado en el sitio. Lo vi desaparecer y después el silencio. Olí la sangre de Nikolás. Después un quejido, mínimo, y poco a poco la sangre abandonando su cuerpo. No sé cuánto tiempo estuve allí en medio de aquella soledad, la suficiente como para volverme loco.

Me levanté con paso tembloroso y los ojos húmedos y caminé hasta la puerta del laboratorio. Nikolás me vio aparecer y me lanzo una expresión divertida, jovial. Mi maestro le tenía sujeto por el cuello y la espalda y le mordía sobre la clavícula para beberse su sangre. Asistí a todo aquello como un espectador al que han estafado. Lo iba a convertir para mí. Contrario a todo lo que yo deseaba.

Paulatinamente aprecié como la mirada de Nikolás se iba volviendo más ausente y sus miembros languidecían. El agarre que había mantenido sobre la ropa de mi maestro se soltó y eso llamó la atención de Sebastián. Se detuvo y miró, mientras se limpiaba los labios con la lengua, el estado de su víctima. Lo sostuvo unos segundos con una mano sobre su espalda y observó el rostro, en pleno delirio. Después levantó la mirada hasta encontrarme a su espalda y asegurándose de que estaba observando atentamente, prosiguió.

Apoyó a Nikolás sobre la mesa y aún sujetando su espalda, se mordió la muñeca y vertió un buen chorro de su sangre directamente a sus labios. Con la boca entreabierta y el cuello estirado, la sangre se coló directamente hasta su garganta. Como si fuera un milagro, aquella sangre lo arrancó de la inconsciencia y lo devolvió a nosotros, pero esta vez con una expresión desesperada y voraz. El monstruo nacía en él, igual que una bestia germina de un huevo. Al ver la sangre que se derramaba de sus labios y localizar su origen, sus manos volvieron a la vida y aferró la muñeca de mi maestro para llevársela a los labios. Mordió allí, o más bien, succionó. Mi maestro no mostró un solo signo de dolor o incomodidad. Tenía la mirada clavada en la creación que entre sus brazos tomaba nueva conciencia y nuevo aspecto.

—¿Ya está? –Me oí preguntar, pero él negó con el rostro, algo expectante.

—Lo fácil está hecho. –Dijo.

—¿Cómo que lo fácil?

Nikolás se separó de mi maestro y de su sangre como si le hubiera empezado a quemar en la boca. Dentro de su delirio y flaqueza se resbaló de la mesa y cayó al suelo, agarrándose el pecho con un intenso dolor. Mi maestro, con su costumbre de médico, se acercó al joven y puso el dorso de su mano en la frente que empezaba a perlase de sudor. Después le tomó el pulso y escuchó su respiración. Hiperventilaba. No era capaz de abrir los ojos. Comenzó a retorcerse y a gimotear.

—¿Qué le pasa? ¿Qué le está ocurriendo?

—Se está muriendo. –Dijo, en un tono tan calmo que me espantó—. Como hacemos todos.

—¿Qué debemos hacer nosotros?

—Nada, solamente esperar a que pase. Eso es todo.

—¿Cuánto tardará? –Supe que mis preguntas comenzaban a irritarle, pero se volvió a mí aún con la mente serena.

—Eso depende. Cada caso es diferente. Puede… que no sobreviva. No todos sobreviven al cambio.

Asentí y me recosté en el marco de la puerta. Ni si quiera se me había ocurrido que alguien no pudiera superar la transición. Me había pasado los últimos siglos alardeando de ser algo que de lo que en esencia casi desconocía por completo. Sebastián se quedó al lado del cuerpo tendido de Nikolás un buen rato, viendo como el muchacho se desgañitaba y se retorcía de dolor. En cierto momento Sebastián le desabotonó la manga de la camisa y le mordió de nuevo, sacándole parte de la sangre que tenía dentro. Lo hizo de una forma tan serena que me horrorizó. No le quitó el ojo de encima, pendiente en todo momento de las reacciones que el muchacho presentaba. Yo hubiera sido incapaz de mantener la calma como él lo hizo.

Los espasmos y el dolor se mitigaron y de nuevo Nikolás presentaba esa expresión drogada y atontada. Bastian separó sus labios del mordisco y alcanzó un bisturí de la mesa del laboratorio. Se hizo un profundo corte en la palma, y convirtiendo su mano en un muño vertió las gotas que resbalaban de sus dedos hacia la boca de Nikolás. El joven bebió aquello como si le insuflase vida nuevamente.

Repitió ese proceso otras tres veces, hasta que el cambio era irreversible, y él, exhausto, se dejó caer sobre la pata de la mesa y exhalaba grandes bocanadas de aire, rendido ante su propia pérdida de sangre.

—¿Debo continuar yo? –Pregunté, acercándome e inclinándome a su lado. Él negó con el rostro, sin poder pronunciar si quiera una negativa y se limitó a observar el joven que lloraba y se garraba el vientre como si quisiese arrancarse las tripas que le quemaban desde dentro.

—A estas alturas pensé que se habría desmayado de dolor. –Dijo Bastian—. Es fuerte, sobrevivirá al cambio.

—Bien. –Asentí y me arrodille al lado de Nikolás. Tenía el cabello húmedo y pegado a la frete, las manos blancas de haber apretado sus dedos con fuerza. Goteaba sangre de sus labios y sus ojos veían y me miraban con la conciencia de un monstruo que se siente atrapado. Ya estaba empezando a arrepentirme de todo aquello.

—No puedo verle así. –Murmuré—. ¿Cuándo parará?

—No lo sé. –Dijo—. Dale tiempo.

Antes de que pudiese replicar nada, Nikolás se incorporó y vomitó la poca comida que tenía el estómago. Puse una mano en su espalda y sentí las contracciones de todos su músculos pugnando por expulsar lo último humano que le quedase dentro del cuerpo. El resto se empezaba a pudrir y a convertir en mármol y piedra.

Después de vomitar pareció exhausto y se dejó caer en el suelo a mi lado. Mi maestro lo observó todo con ojos inteligentes y avispados. Me sonrió y asintió con calma. Se apretaba la muñeca de donde le había dado de beber, y respiraba con dificultad.

—Amanecerá en un par de horas. –Dijo—. ¿Podrías encargarte de él mientras yo limpio esto?

—Sí, por supuesto.

Lo vi levantarse a duras penas, apoyándose a ratos en la mesa y tirando de sí mismo hacia alguna palangana para llenarla de agua del exterior. Yo procuré levantar el cuerpo de Nikolás, pasando su brazo por encima de mis hombros, arrástralo conmigo hasta la planta superior. Lo llevé al dormitorio y lo tumbé sobre la alfombra. Encendí la chimenea y el fuego iluminó sus cabellos dorados y sus mejillas que habían empezado a perder el color. Estaba inconsciente, dormido, en una especie de letargo mortal. Bajé a buscar un lavamanos y lo llené con agua limpia. Subí con un par de toallas y me dispuse a desnudarlo y lavarlo.

Su piel estaba fría, como la de un muerto, y a ratos yo mismo me espantaba de aquello. Era imposible negar que aquel Nikolás no era el mismo del siempre. Se había obrado un cambio, pero era difícil explicar en qué se podía apreciar. Pude que su olor, su tacto, o puede que algo más que era permeable a mi sentidos más humanos pero mi alma de vampiro sí distinguía.

Cuando le quité la parte de arriba lavé su pecho y sus labios. Después sus mejillas y su frente perlada de sudor. Bastian había procurado ocultar sus mordiscos y ya no quedaban marcas. Pero sí sangre seca que hubiera resbalado de sus labios. Respiraba con dificultad, y a pesar de que limpiaba el sudor que manaba de su piel, volvía a aparecer. Estaba ardiendo, tenía el aspecto febril de un enfermo  apunto de fallecer. Cuando bajé su barbilla al limpiar su mentón, descubrí los colmillos que sobresalían por debajo del resto de sus dientes. Aquellos caninos le conferían un aspecto de fiera dormida que me llenó de terror. Los ignoré y seguí quitándole las botas y después los pantalones. Se había orinado encima.

Una vez estuvo limpio lo metí en la cama y le cubrí con las sábanas. No sabía qué hacer de él. La espera para que recuperase la conciencia podría tardar horas o incluso días. Intentaba retrotraerme a mi propia conversión y no era capaz de recordar las cosas con detalle. Recuerdo haberme desmayado a causa del dolor por mi pierna rota y del pánico por aquel hombre enloquecido vertiendo su sangre en mi boca. Recuerdo despertar en medio de la noche, presa del susto y el frío, y encontrar como única compañía a mi caballo muerto. Supuse que me convirtieron justo antes del anochecer, en aquel día nublado. Y no pude haber sobrevivido a un día bajo el sol. ¿Mi conversión duró unas horas? ¿Nikolás despertaría justo al amanecer? Mejor sería que durmiese toda el día aquí, y después… ¿Tendría que enseñarle a cazar? ¿Estaba yo dispuesto a hacer de su maestro? ¿Y si no me otorgaba jamás ese título? Ni si quiera podría justificarme en que yo le había convertido…

Pasada una hora, en la que había estado cambiando un paño húmedo de su frente por otro, apareció Sebastián por la puerta. Estaba más sereno y recompuesto. Casi aliviado.

—¿Cómo esta? –Preguntó.

—Descansa. –Dije—. Pero parece que tiene fiebre.

—Eso es normal. Déjalo estar. Con suerte dormirá todo el día.

—Me quedaré aquí con él, hasta que despierte.

—Necesito hablarte, Marken… —Se apartó de la puerta para indicarme que le siguiera pero sin quitarme la mirada de encima. Yo me levanté de la cama donde había estado sentado y le seguí. Estábamos exhaustos, abatidos, descorazonados. Podía sentir que se respiraba una tensión mortecina. Como la que precede a una muerte, o a una arriesgada operación. A un rito en el que habíamos jugado con el diablo.

Ambos nos condujimos a mi estudio y él se sentó en el diván. Se dejó caer con un suspiro y apoyó sus brazos sobre sus piernas. Tenía las mangas manchadas de sangre y el rostro deshecho.

—Cuando despierte, y os hayáis alimentado, lo ideal será que os marchéis… —Me mordí el labio inferior—. Es lo que ambos deseáis. Y será una buena resolución para todo esto. Os ayudaré en lo posible. Podéis llevaros el carro y los dos caballos. O podéis iros a pie. Como queráis. Tienes dinero ahorrado, podrás ir a Amberes a buscar el resto de tu fortuna. Y tus pertenencias, las haré enviar allá donde me digas.

Se inclinó y se cubrió el rostro con las manos. Le vi tomar dos grandes bocanadas de aire y romper a llorar. Sus hombros sufrieron un par de espasmos antes de que yo me inclinase sobre él y le rodease el cuello con mis brazos. No dudó en recogerme en un abrazo y apretarme contra él. Tan fuerte y tan humano que pensé que se fundiría conmigo.

—Gracias por lo que has hecho por mí, maestro. Gracias por dármelo, por salvarlo para mí… —Cada palabra era una vuelta más a la soga que apretaba mi cuello—. Te prometo que cuidaré de él. A partir de ahora seré responsable, sabré mantenerlo a ralla. Te prometo que…

—No me prometas nada. –Murmuró, con su rostro escondido en mi pecho—. Lo único que tienes que hacer es ser feliz. Es lo único que no he podido enseñarte. Si con él puedes lograrlo, por mí está bien.

Besé su frente y su coronilla. Le cubrí de besos y metí mi nariz en su cabello, oliendo su perfume. Era un refugio para mí, un hogar que estaba abandonando y dejando atrás. Lo estreché contra mí, con toda la fuerza que tenía, hundí mis dedos en su ropa hasta hacerme daño. No era capaz de pronunciar una sola palabra. El sacrificio que había hecho por mí era mucho más de lo que yo hubiera podido hacer por él. Estaba totalmente fuera de mis límites de cordura y razón. Me amaba tanto como para haberse saltado todas sus barreras morales. No habría palabras que le pudieran honrar más que mi eterna devoción.

—Solo te pido que no te olvides de mí. Por favor…

—¡Pero cómo iba a hacer eso!

—Pensaré en ti cada día de mi inmortalidad. Echaré en falta tu ayuda en el taller, y tu calor en mi féretro. Tu presencia pululando por la casa. Tus arrebatos, tu mirada. Ya las echo en falta y aún no te he dejado marchar… —Me apretó aún más y sorbió sus lágrimas con los dientes apretados.

—Tenemos la eternidad para volver a encontrarnos. –Dije, en un vano intento por consolarle, pero a él se le escapó una triste risa.

—Me odiarías por lo que he hecho. No hoy, o mañana. Puede que no dentro de unos años. Pero cuando hayas convivido el tiempo suficiente con Nikolás empezarás a pensar que te he maldecido. Estoy seguro de ello.

Cogí su rostro en mis manos y besé sus labios, empapados en lágrimas de sangre. Eso le hizo brotar aún más lágrimas.

—¿Maldecirme tú? Si solo has querido lo mejor para mí. Desde el momento en que te cruzarse conmigo.

—Me arrepentí muchas veces de haberte acogido. –Reconoció con el ceño fruncido—. Siempre he pensado que te merecías algo mejor que esta vida de humildad y trabajo. Quise pintártela como una vida digna y tranquila, pero tú tienes más carácter, más fuerza y más valor que yo. Y merecías algo mucho más adecuado a tus expectativas.

—Me mata que digas eso. –Murmuré sobre su mejilla. Mi tono le hizo calmarse y sumirse conmigo en aquel espacio de silencio y oscuridad.

—Me arrepentía, porque era capaz de advertir cada vez que deseabas irte y desaparecer. Y dejarme atrás. Nunca dije nada, pero siempre he sabido que has anhelado la vida libre desde que te acogí. Has vivido en una prisión de la que siempre has podido escapar pero en la que te he retenido egoístamente a mi lado con lágrimas y mimos.

Por mucho que no quisiera escuchar todo aquello, me obligué a no detenerle. Era la última vez que me hablaba. Era su forma de despedirse, de desahogarse de todo lo que le había estado consumiendo los últimos tiempos. Puede que desde el principio. Habría sido egoísta no escucharle. Se lo debía. Una última clase de conciencia. Un último sermón. La última misa.

—Lo harás bien. –Me dijo, como un padre a un hijo—. Lo harás bien porque te he enseñado todo lo que sé. Te he dado todo de mí. No es mucho. Pero confío en que sepas aplicarlo con cabeza. Si alguna vez tienes que recurrir a mí, no dudes en buscarme. Estaré pendiente de tus pensamientos. No habrá nada en el mundo que me detenga si tengo que ir a buscarte. ¿Entendido?

Sonreí ante aquello. Si nos separaba un continente, o un océano, no habría manera de saber de él. Si salía de la ciudad, difícilmente podría hablarle a la distancia. Pero me reconfortó saber que estaría para mí, que no me odiaba después de todo.

—Claro que no te odio. —Murmuró, con una sonrisa y besó mis mejillas con fuerza.

—Tendrás mi retrato para recordarme. –Sonreí—. Ya podrás desempolvarlo y colgarlo donde te plazca sin que me avergüence.

—Siempre habrá velas iluminando tu rostro. –Dijo, orgulloso—. E inciensos perfumando el cuarto. Dios mío, como te echaré de menos, mi niño…

Nos quedamos dormidos en aquel diván cuando el sol despuntó por el horizonte. Dormí profundamente pero con una angustia palpitante en el pecho. Sentí todo el cansancio y el pesar arrastrándome a través de los sueños, zarandeado por las pesadillas. Me sumí en una especie de hipnosis durante las horas del día y cuando desperté lo hice sobresaltado y tembloroso. Sebastián se había incorporado a mi lado, también alarmado por algo. Yo mismo empecé a percibir aquella nueva sensación que se despertaba en mis sentidos. Nikolás, se había despertado en la habitación contigua. La noche ya había llegado nuevamente y la luna se alzaba en el cielo, entrando a través de las pequeñas rendijas de las ventanas. Las velas se habían apagado, todo en la casa estaba en silencio, pero el rumor de una nueva vida inmortal rugía como un monstruo enjaulado.

Saltamos del diván y corrimos a la habitación de al lado. Cuando abrí la puerta y me asomé al interior, nuestras miradas se encontraron en aquella oscuridad. Sus ojos azules nunca habían sido tan hermosos como hasta entonces, me deslumbraron con su calidez y sinceridad. Con su alborozo y aturdimiento. Me reconocieron y por primera vez podía dar gracias de aquel cambio que se había obrado en él. Siempre había pensado que convertirlo malograría su presencia, pero estaba profundamente equivocado. Había engrandeció su carácter, su esencia había quedado intacta, y su ánimo y su gallardía se habían triplicado. Me miró desafiante, divertido, lleno de júbilo. Se llevó la mano al pecho, comprobando por si mismo la transformación que se había dado y me devolvía la mirada lleno de gracia y agradecimiento.

Yo solté el aire, aliviado. Él me sonrió con una amplia sonrisa de dientes afilados. Entonces ya lo sabía, pero no quise verlo: habíamos creado un monstruo. Porque al contrario de mí, él ya sabía lo que era antes de serlo, y su mente humana le seguiría allá donde fuera el monstruo. La cuestión estaba aun por darse, si el humano era más fuerte que la bestia o al contrario, y esta podría ocultarse tras la máscara humana para obrar sus matanzas.

—Bienvenido al nuevo mundo. –Dijo mi maestro con tono solemne. Yo sonreí.

—¿Cómo te encuentras?

Apenas se pensó la respuesta.

—Mejor que nunca. Jamás me había sentido tan vivo como ahora.





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