EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 44

CAPÍTULO 44 – Cuentos y espadas


Tenía las ventanas y contraventanas cerradas a cal y canto. No hacía mucho que lo había visto llegar a casa pero supuse que no tardaría en irse a acostar. Era tarde y hacía un viento terrible. Era lógico que no quisiera helarse de frío en su propio cuarto. Me planteé subir hasta la puerta de su casa y llamar, pero no deseaba ser tan servicial.

Había encendido una vela porque salía una luz tenue por entre las rendijas de las contraventanas de madera. Pero no duraría mucho tiempo encendida. Esperé hasta que la apagase y abrí las contraventanas y después las propias ventanas. Miré alrededor asegurándome de que no había nadie fisgoneando y con el uniforme doblado y bajo el brazo, me encarame a la fachada y trepé hasta llegar a la ventana de un salto. Al encaramarme sobre el quicio casi choco de frente con él que se había acercado, alarmado, a volver a cerrar las ventanas.

El susto que se llevó fue mortal. Retrocedió espantado, con el rostro paralizado y los ojos como platos. Las manos le templaron y estuvo a punto de chocar con el pie de su cama y caer al suelo. Por suerte se recompuso al reconocerme y salté al interior, riéndome de su sorpresa. Aún no dijo nada, se me quedó mirando con gesto de susto durante un rato. Opté por dejarle el uniforme roblado sobre la cama mientras él me rodeaba para acercarse a la ventana y mirar fuera. Se asomó esperando encontrar una escalera o algo parecido, pero al no dar con nada, miró a todas partes esperando que nadie hubiese presenciado aquello.

—Pensarán que eres un demonio nocturno, que se cuela en la casa de la gente. –Murmuraba mientras cerraba de nuevo las contraventanas y posteriormente las ventanas. Nos quedamos en la más completa oscuridad. Lo vi tantear con sus manos los muebles hasta dar con la vela para volver a encenderla. Apenas nos iluminaba un par de facciones pero pareció ser suficiente.

—Lo he lavado y zurcido. –Le dije, señalándole la casaca—. Tenías un par de desgarrones.

—Gracias, no tenías por qué. –Dijo, cogiéndolo y extendiéndolo delante de sí para observarlo mejor.

—¿Te han dicho algo?

—Un compañero que está haciendo el turno de noche me ha estado prestando el suyo. Nos cambiábamos cuando uno entraba y otro salía.

—Bien.

—Aunque sí que mi superior se ha dado cuenta y le he tenido que decir que lo he llevado a remendar.

—Bueno. –Asentí y él volvió a doblarlo y lo dejó encima de un taburete que parecía hacer las veces de mesilla de noche.

—Podías haber llamado a la puerta.

—Tendría que haber lidiado con la casera, y quería ahorrármelo.

Él estaba aún con unos pantalones negros de vestir y una camisa blanca, pero se había quitado las botas. Me encantaba verlo en aquel ambiente, con aquella vestimenta tan despreocupada. Parecía estar mucho más cómodo que con la indumentaria de soldadito ceñida al cuerpo. Se desenvolvía con más soltura, con algo más de vergüenza y de naturalidad. Después me miró y al ver que le estaba persiguiendo con la mirada se ruborizó.

—¿Cómo está tu mano? –Preguntó, más preocupado que curioso. Yo me quité el guante y se la extendí. La observó con suavidad y sonrió fascinado—. Está como nueva.

—Han pasado dos días. Se me curó casi al poco de marcharte tú.

—Eso es increíble. Realmente eres inmortal.

—Yo no he dicho que lo sea. Puedo morir, claro que sí. Si me expongo al sol, o me hieren lo suficiente como para que no pueda recuperarme…

—Debemos ser como hormigas para vosotros. ¿No? ¿Podrías aplastarme con una sola mano? –Apretó su puño delante de mí, pero yo le aparté la mirada.

—Podría, pero no sois hormigas, ni mucho menos. Vivimos como humanos, éramos humanos antes de ser lo que somos. Podría ir matando a todo el que me encuentre e ir sembrando el pánico en la ciudad. Una ciudad tras otra, pero no somos infalibles. Por el día debemos dormir, y es cuando más desprotegidos estamos. Cualquiera, como tú hiciste, puede descorrer una cortina y abrasarnos.

Vi la culpabilidad reflejada unos segundos en su rostro y después pasó a un mutismo que me conmovió. Pensaba en lo que le había dicho y asentía, de vez en cuando, queriendo aprender de mí como si fuese un animal exótico o una nueva raza de humano. Se sentó en la cama, delante de mí y me miró desde aquella distancia, observándome entre las sombras de su habitación.

—¿Sientes frío? ¿Calor?

—Siento frío y calor, pero no me afecta de la misma manera. Lo siento, pero no me molesta.

—¿Tenías familia, antes de ser así?

—Sí. Tenía un padre, una madre y una hermana pequeña. Mi padre era el cazador de un conde, en Borgoña. Yo aprendí el oficio.

—¿Qué pasó con ellos?

—No lo sé. Me convertí a los diecisiete, cuando me di cuenta de que podía poner en peligro a mi familia, hui de ellos.

—Me dijiste que eras huérfano. –Me espetó.

—Y lo soy. Mis padres murieron. Hace décadas…

—Sí, supongo que sí. –Se inclinó—. ¿Quién más lo sabe?

—Nadie más. Solo tú.

—¿Solo yo? Eso no puede ser verdad. –Se emocionó, como si le hubiese regalado un tesoro—. ¿Nadie más lo sabe?

—No es algo que se deba contar. Piensa en lo que podrían hacernos. A mi maestro y a mí. Somos amigos del gobernador, entramos en sus salas privadas, cuidamos de la salud de su familia. Si supiera que nos alimentamos de sangre y que somos medio monstruos… —Negué con el rostro, no quería ni si quiera pensarlo—. Nos apresarían y nos llevarían al cadalso. No quieras imaginar la hoguera que harían para nosotros.

—Sois más fuertes que todo este pueblo.

—Yo no estaría tan seguro. Incluso un lobo parece peligroso cuando te lo encuentras en medio del bosque, pero rodeado de una horda de cazadores, es una presa fácil.

Me acerqué y me acuclillé frente a él, soltando un suspiro.

—No sabes lo que significa para mí haberte revelado esto. No sabes lo que supone, lo que he arriesgado. Así que prométeme que no se lo dirás a nadie. Prométeme que no lo usarás en nuestra contra.

—No haría nada parecido. –Dijo, casi ofendido—. Te debo la vida. –Me puso las manos sobre los hombros, apretando con sus dedos mi carne a modo de transferirme su palabra—. Nunca haría nada parecido.

Su mente estaba límpida de todo tipo de sospecha y malversación. Era una declaración sincera y humilde. Suspiré aliviado y él me empujó hacia sí para estrecharme en un abrazo dulce y sincero.

—Oh vamos, no seas tan dramático. Pareces un alma en pena. –Cuando me separé de él, estaba tan cerca que pensé que me ruborizaría, pero no me dio tiempo. Me soltó y se alejó, arrastrándose por la cama—. Ven, vamos, ven aquí. Cuéntame cosas de tu pasado.

Yo me quedé allí arrodillado a los pies de su cama. Con los brazos extendidos sobre el colchón, preguntándome si sería tan ingenuo como para seguirle, como para contarle toda mi vida, si de cualquier forma, puede que no me creyese. Asentí. Me quité las botas y el jubón. Seguí el camino que él había tomado y me senté delante de él.

—¿Quieres que te cuente una historia para coger el sueño? –Le pregunté mientras me acomodaba entre las sábanas. El choclón era extremadamente blando y tenía nudos. La lana hacía tiempo que no se varaba. Él sonrió.

—No, cuéntame alguna aventura. ¿Cómo conociste al señor Cornelissen? ¿De verdad no sois familia? ¿Cuál es tu apellido entonces? ¡Espera! No, mejor cuéntame cómo te convertiste. ¿Dolió? ¿Cómo fue?

Yo suspiré, terriblemente apabullado por sus preguntas y él se rió de sí mismo.

—¡Oh, vamos, mocoso! Dime, si el señor Cornelissen no te convirtió, ¿quién fue? ¿Fue una mujer hermosa? ¡Oh! ¿Has conocido a alguna mujer como tú?

—Sí. –Suspiré y él se emocionó hasta extremos inimaginables—. Pero no quieras saber qué pasó. –Suspiré y él me agarró de los antebrazos.

—¿Puedes volar? ¿Cómo has entrado en mi habitación? ¿De un salto? –Me apretó las manos sobre mis antebrazos—. Espera, —Acercó su rostro a mí, y murmuró en tono cómplice—. ¿Qué puedes hacer? Muéstrame de qué eres capaz.

Intentó hacer fuerza con sus manos. Empujándome hacia la cama, o hacia el borde del colchón para tirarme, pero no me movió. Me quedé quieto, estático, aguantando su empujón con una expresión estoica. Él al principio se mostró divertido e impasible. Pero después alzó el rostro para mirarme, algo asustado. Era incapaz de moverme. Quise sonreír pero eso le habría molestado. Alzó las manos hacia el torso, y después hacia mis hombros. Por mucha fuerza que ejerciera, no me moví. Era peor que empujar una estatua de bronce. Creo que advertí en su rostro la decepción y el engaño por el que había pasado hasta entonces. Las veces que me había empujado, intimidado y golpeado, no habían sido más que una mascarada para darle el poder y el crédito que deseaba adjudicarse.

—¿De verdad eres más fuerte que yo, mocoso?

—No me llames mocoso, no lo soy.

Resopló divertido y se dejó caer con la cabeza en la almohada. Puso sus manos bajo la cabeza y me miró desde aquella distancia con picardía.

—Cuéntamelo todo. Cuéntame tu vida.

Le conté, groso modo, lo que había sido mi existencia. Le hablé, igual que he hecho contigo, de mi infancia en Borgoña junto con mis padres y mi hermana. O por lo menos los breves recuerdos que tengo de ellos. Seguro que entonces tendría alguno más. Omití la bestialidad con la que maté a la hija del conde, igual que el momento en que me convertí. Le describí a grandes rasgos lo incurrido, sin querer incidir en detalles que no pudiera comprender o que le pudieran parecer innecesarios. Le hable de mis años en el bosque, viviendo como una bestia, y del momento en que conocí a Bastian. Advertí cierta fascinación en su expresión cuando le describí a mi maestro, pero mucho más cuando le hable de la corte de Carlos V, y de sus hermanas y de los viajes que hicimos por Europa. Le hablé de lo hermoso que era Toledo, y de lo ocurrido con los fanáticos religiosos de Bolonia. Le hable del dolor de mi maestro por dejar al emperador, pero de la necesidad de movernos, dado mi eterno aspecto juvenil. Pasaron varias horas hasta que pude llegar al momento presente. Y desde luego no le hablé de mis emociones, de mis sentimientos ni de mis pasiones. Fui un mero narrador de mis aventuras sin indagar en mi propia psique. Bastante expuesto estaba sintiéndome haciéndole un resumen de toda mi vida. Para mi sorpresa, pareció creerme. Siempre con cierto atisbo de duda en la mirada, pero no me contradijo ni me recriminó nada. Tampoco se mostró escéptico. Estaba entretenido y divertido. De vez en cuando, detenía mi narración para hacerme preguntas que solo alguien de su propio siglo me haría.

—¿Cómo eran los uniformes de aquella época? ¿Con qué arma cazabas? ¿Era tan hermosa la esposa del emperador, como siempre se ha dicho? ¿Conociste a judíos y musulmanes en Toledo? ¿Aquellos fanáticos eran de la inquisición?

Pero sus preguntas parecían entonadas con un deje de escepticismo, casi divertidas.

—No te crees nada. –Afirmé, mientras él me sonreía

—¿Cómo pretendes que me lo crea? Es todo una locura.

—No habrá nada que te pueda mostrar para que me creas, supongo que encontrarías justificación para todo. ¿Una espada con el blasón del emperador? Una copia. ¿Un retrato mío firmado por Agnolo Bronzino? Una falsificación. No hay problema. Soy paciente. Cuando llegues a viejo y tengas 80 años, y te arrastres por el suelo, decrépito y moribundo, y yo esté como estoy hoy en día, y pensaras… Oh vaya, tal vez si tenía razón.

—No llegaré a los ochenta años. No creo si quiera que alcance los treinta.

—Llevas una vida demasiado conflictiva para eso. No habrías llegado al día de hoy si no es por mí. –Él asintió ante mis palabras y reflexionó en silencio.

De todo lo que le conté de mi vida, lo que le dejó sin palabras fue el enfrentamiento que tuvimos con aquellos dos vampiros en Toledo, Blanca y Fernando. Pareció aturdido y casi contrariado. Cuando lo narré, simplemente se me quedo mirando, pensativo. Pero todo lo que vino a continuación parecía no calar en él. Su mente se había quedado en aquella parte del relato. Una vez le hube expuesto toda aquella fantástica aventura se atrevió a preguntar:

—¿Es que acaso los bebedores de sangre, como os llamáis, os matáis también entre vosotros?

—Igual que se matan los humanos. Por odio, por celos, por ambición. Tenemos los mismos pensamientos y las mismas pasiones. ¿O es que acaso por ser humanos, los humanos no se matan entre ellos?

—No sé por qué me he creído que, siendo una especie tan selecta, habría alguna clase de armonía y paz entre sus miembros… Algo así como un pacto no escrito.

—Muchos de nosotros somos más como animales de caza. No nos gusta que otros como nosotros se metan en nuestro territorio. –Él me lanzó una mirada de sorpresa pero yo me encogí de hombros—. No es cierto que seamos una especie selecta. Puede que reducida, y no estoy tan seguro de esto como me gustaría. Pero la mayoría de nosotros somos fruto de un afán por dominar el mundo a través de nuestra especie. Mi creador era un loco, puede que el de mi maestro también. Y en mi caso, no había sangre noble ni un gran espíritu de lucha que me haga más idóneo que cualquier otro.

—Sin embargo tú y el señor Cornelissen convivís en paz.

—Convivimos, pero no en paz. Es cierto que hemos aprendido a llevarnos bien y él me acogió, me dio una educación y una posición. Y le debo todo eso. Pero eso es probablemente lo que me ha refrenado muchas veces en enfrentarme con él. Yo no diría que haya sido una convivencia pacífica.

Aun así parecía fascinado ante la idea de que pudiera matar a otro vampiro. Eso significaba que un humano era más fácil de matar que un pez o un insecto. No era una cuestión física lo que le impresionaba, sino la cuestión moral. Había dado por hecho que yo me creía mejor que los humanos y que matar a otro vampiro era matar a un semejante. Yo me encogí de hombros.

—Un humano es tan semejante a mí como otro bebedor de sangre. Así me ha educado mi maestro y así pienso seguir viviendo.

—Pero matas humanos para alimentarte.

—Puede que si hubiera más bebedores de sangre, lo hiciera también con ellos.

El no estaba muy desencaminado con su idea del pacto no escrito. Mi maestro ya me había advertido sobre lo de matar otros vampiros y de lo horrible que resultaba aquello en ciertos círculos. Pero mi propia edad podía considerarse ya en sí un delito, por lo que me sentía parcialmente excluido de toda aquella pompa y etiqueta vampírica.

Miré al exterior. Eran más de las dos de la mañana. La historia se había alargado y la conversación nos había llevado a aquellas altas horas de la noche. Suspiré y le miré, apenado.

—Será mejor que me marche. Tienes que dormir. –Pero me agarró de la muñeca con su mano y tiró de mí. Me dejé arrastrar a su lado y me tumbé sobre el almohadón. Nos arropó con las mantas que habían estado debajo de mí y me abrazó por la cintura. Recuerdo aquello con el corazón encogido y la garganta doliente.

—Quédate. –Murmuraba mientras se acomodaba a mi lado—. Quédate. Pasa aquí la noche conmigo mientras yo duermo.

—No soy un íncubo. –Dije, con media sonrisa.

—Entonces no tengo nada de lo que preocuparme. –Dijo, pero él no estaba entendiendo nada. Yo era aún peor que un diablillo nocturno. Sin embrago, era yo era que estaba equivocado. Él podría ser mucho más cruel de lo que hubiera deseado. Se abrió el cuello de la camisa para exponer su piel y me acercó a él, en un intento por que me alimentase de él. Como un masoquista que ruega por un poco de dolor a cambio del placer de complacer a su señor. Yo me aparté de su agarre e interpuse mis manos. Aunque en un intento por evitar que el gesto pareciese demasiado brusco, no separé mis manos de él y le acaricié el cuello y la nuca con mis dedos.

—No voy a beber de ti.

Mi sentencia le dejó sorprendido.

—Pero tienes que alimentarte…

Aquello casi logra enfurecerme. Parecía que estaba dándome unas migajas de su sangre con gesto compasivo y altruista. Como si no pudiera conseguirlos de otra manera, como si estuviera haciendo un acto divino y misericordioso al ofrecerse como víctima de un sacrificio. Fruncí el ceño para hacerle ver mi descontento pero él era incapaz de imaginarse lo que pasaba por mi mente. Y es que si me la ofrecía, no me resultaría tan dulce como si se la arrebataba, pero me contuve. Ni estaba sediento ni deseaba darle el placer de poder dominarme con la excusa de poder beber su sangre.

—No, no tengo que hacerlo ahora. No tengo sed. Puedo pasar días y semanas sin beber. Y no hay problema en ello...

Pareció comprender que no me dejaría subyugar por su ofrecimiento así que se limitó a encogerse de hombros y cerrar los ojos para lanzarse a la búsqueda del sueño. Me estrechó en sus brazos y hundió su nariz en mi cuello. Respiró mi aroma hasta que se quedó profundamente dormido y yo me quedé allí con él hasta que empezó a despuntar el sol. Tenía que levantarse en unos minutos y yo debía irme a toda prisa antes de que me encontrase la luz del día.

Cuando llegué a casa me vencía el sueño. Había estado unas cuantas horas disfrutando de su calidez, de su olor. Del tacto de su cabello y de la fuerza de sus manos alrededor de mi cintura. Me preguntaba si soñaba o qué era lo que pasaba por su mente inconsciente. Si se sumergiría en profundas pesadillas o en livianas ensoñaciones. Pero aunque me devoraba el cansancio, no era capaz de bajar a la cripta. Hacía días que no lo hacía. Y me había acostumbrado a dormir en la cama del segundo piso, que había comenzado a usar entonces y no antes. Sebastián no decía nada al respecto y aunque me atormentaba saberlo solo en su ataúd, yo no era capaz de bajar. Mucho menos aquella noche en la que habría estado fantaseando con que el cuerpo que me abrazaba era otro y no el de él. Cuando aún olía a su sudor y a su jabón. Y a su ropa de cama y a su cabello. Él lo habría sabido y le habría resultado horrible.

Me metí en la cama y me imaginé que él aún estaba a mi lado, aunque aquella cama estaba fría y las sábanas tensas. Era la cama que yo me merecía, y no otra cosa. Era la cama ideal para un muerto.

Varios días después, cuando nuestro profesor de anatomía nos liberó de las clases un poco antes de la hora, me pasé por el pabellón de entrenamiento de los soldados del gobernador. Ya había asistido antes como espectador a alguno de sus entrenamientos y lo cierto es que cada vez me resultaba más entretenido. La esgrima era una actividad que me resultaba lejana y demasiado caballeresca para que yo pudiera aprenderla, pero como espectador, me dejaba embaucar por ella. En aquel pabellón tenían unas pequeñas gradas donde sentarse. Aquella noche no había apenas nadie: Nikolás, cuatro de sus compañeros, y tres espectadores. Dos mujeres y otro soldado que no estaba de servicio.

Cuando me senté Nikolás pudo notar mi presencia y me saludó con un gesto de su mano. No estaba luchando en ese momento, estaba presenciando como dos de sus compañeros se enfrentaban. Dejé mi carpeta de apuntes a un lado y me recliné, observando cómo se desarrollaba el combate.

Pero a los pocos minutos se me acercó Henry, el compañero de Nikolás. También estaba de observador y se dejó caer a mi lado con una sonrisa galante. Me señaló el combate.

—¿Sabes esgrima?

—No mucho. –Reconocí—. En verdad vengo a pasar el rato después de las clases.

—No verás los mejores combates de Francia aquí. –Dijo, en tono de disculpa—. Pero te echarás unas risas cuando veas que alguno de los menos aventajados hace una pataleta cuando le hieran en la mano.

—¿No tenéis instructor?

—Solo viene por el día. El resto de las horas practicamos por nuestra cuenta. Los mayores como Nikolás, más aventajados, suelen hacer el papel de instructores. –Rodó los ojos—. Siempre que estén en condiciones de adecuarse al papel. —Se quedó unos segundos en silencio, pensativo. Sabía que lo estaba rumiando dentro de su mente, solo esperé pacientemente a que encontrase las palabras adecuadas—. Nikolás me contó lo que hiciste por él.

Su tono había cambiado. Fue más humilde y sentimental. Casi fue un susurro.

—Me imagino que no te habrá dado las gracias, así que yo te las doy en su lugar. Aunque reconozco que me hubiera encantado que lo expulsasen de la ciudad. Le habrían dado su justo merecido. –Me miró algo apenado y arrepentido de sus propias palabras—. Cuando apareció al día siguiente de su liberación de nuevo con el uniforme puesto y a la hora de siempre, pensé… genial. No ha aprendido la lección. Pero aunque me contó lleno de rabia como habías convencido al gobernador para que le liberase, veo que ha tomado otra actitud frente a su situación.

—¿Tú crees? –Pregunté, agradecido de su sinceridad.

—Lo creo de veras. Puede que sea por tu estricta vigilancia. –Señaló el combate—. No me engañas diciéndome que vienes aquí por la esgrima. O puede que sea porque realmente se ha sentido al borde del precipicio. Sea lo que sea, ahora bebe algo menos, ya no se mete en problemas y evita las discusiones. No se le puede pedir más, me temo.

—Con que no le dé más excusas al gobernador para reprenderle me doy por satisfecho. –Dije, suspirando y reclinándome en mi asiento. Crucé los brazos sobre el pecho y comencé a pensar en que tal vez aquella estrecha vigilancia, como Henry había supuesto, era algo más que control. Tal vez deseaba verle, pasar tiempo con él, o a su lado aunque no fuera en su compañía. Lo miraba y pensaba en mí como en un espectador de su vida mortal. Un dios que, impasible y contemplativo, es testigo de las guerras entre los mortales. Cuando él muriera, yo aún seguía contemplándole en mi recuerdo, seguía volviendo a esta ciudad y recorriendo sus calles buscándole entre las personas, sin poder volver a hallarlo. Que ingenuo fui.

—Es una indiscreción por mi parte, pero… ¿puedo preguntarte por qué te comprometiste con el gobernador por él? Te habrás ganado algunos enemigos por lo que hiciste. Todos lo quieren fuera de esta ciudad.

—Supongo que por compasión. –Dije, encogiéndome de hombros—. Compasión y esperanza.

—Más que un médico pareces un filósofo. –Dijo, algo divertido por mi respuesta. Me miró, y aún siendo mayor que yo, me miró con la edad que yo merecía de ser tratado. Sonreí en respuesta a su sugerencia y él me devolvió el gesto.

—¡Henry! –Le llamaron desde el centro del pabellón—. Vamos, es tu turno.

Henry me miró con una expresión pícara y una idea en mente. Yo atisbé su triquiñuela y me espanté.

—Sugiero que el caballero Marcus Cornelissen me sustituya en este duelo.

Nikolás se rió allí abajo y yo me ruboricé. Mi contrincante era uno de los soldados aventajados de la edad de Henry y sin embrago este parecía decidido a dejarme en evidencia. Me dio un empujón en el hombro y me hizo levantar.

—Vamos, prueba una vez aunque sea. De tantas veces que vienes por aquí, algo debes haber aprendido.

Me puse en pie aunque no deseaba ser el centro de atención. Por suerte aquel día apenas había testigos del ridículo que pudiera representar. Nikolás me alcanzó al pie de las gradas y me puso una mano en el hombro, conduciéndome a una mesa improvisada con varias cajas de madera donde había varias prendas de ropa. Me pasó unos guantes y mientras me los ponía, él me colocó un chaleco de cuero que me anudó a cada costado.

Se reía mientras me veía ajustarme los guantes. Aunque por su mente pasaba la misma histeria y diversión que Henry había provocado, en su fuero interno estaba sumamente entusiasmado y curioso por lo que ocurriría. No era un secreto que podría derrotarlo si quiera, pero quería verme jugar con la dualidad de mostrarme novato y al mismo tiempo evitar las estocadas, como había hecho con él anteriormente.

—No estés nervioso. –Me dijo, casi en tono de burla—. Nadie espera que ganes el duelo.

—¿Soléis hacer esto? ¿Invitar a los espectadores a luchar?

—Cuando no está nuestro capitán, sí.

—Tienes suerte de no ser mi rival esta vez. –Le murmuré, mientras me ajustaba el cuello de la camisa por encima del borde del chaleco—. Te dejaría en ridículo delante de tus compañeros.

Se desabrochó el cinturón de la espada y me la empujó contra el pecho, ofendido.

—No seas ingenuo. –Murmuró—. Tengo mis trucos para hacerte perder, aunque te creas invicto. –Me reí, ocultando una carcajada—. ¿O acaso podrías lidiar conmigo si vuelvo a cortarme y a exponer mi sangre…?

Le lancé una mirada de advertencia pero él se engrandeció con mi expresión.

—Ahora lo entiendo. Entonces no lo entendía. –Sonrió—. No era aprensión. Sino hambre.

—Basta de cháchara. –Apremió mi contrincante—. Si vas a darle consejos, que lo oigan todos.

Yo me volví hacia el grupo que esperaba a que regresásemos a su lado y desenvainé la espada devolviéndole la vaina y el cinturón a Nikolás. Ya conocía su peso y su distancia. Los guantes me iban un poco anchos pero apreté con fuerza la empuñadura, sintiendo el veteado de su relieve en mis yemas. Se parecía a la espada que le emperador me había regalado, pero actualizada al siglo en el que estábamos, en vez de cazoleta, como era la moda entonces en España, esta tenía una hermosa construcción de gavilanes que protegían mi mano.

—Protégete el rostro con el guardamano y los gavilanes. –Me dijo Nikolás, a punto de comenzar el duelo. Su tono había cambiado a uno de instructor serio y responsable. Asentí ante sus palabras—. La espalda recta, tiendes a encorvarte. –Puso una mano en mi espalda, con sus dedos apretando mis vertebras dorsales—. Y no te limites a protegerte de los golpes. Aunque no quieres que te hieran, estaría bien si intentas lanzar alguna estocada.

—Bien. —Asentí, convencido de que sus consejos no habían servido para nada. Una vez comenzase el duelo, mi cuerpo iría por su cuenta.

—No lo hagas mejor que yo. –Murmuró, más cerca de mi oído—. O pensarán que te he dado clases en privado.

—Eres un mal instructor. –Dije, recordando el modo en que, ebrio y enfurecido, hacia lo imposible porque Henry le plantase cara—. Nadie creerá eso.

El duelo comenzó. El muchacho que tenía delante de mí era alto y de espalda ancha. Si no era mayor que Nikolás, no andaría muy lejos. Sus manos eran fuertes, manejaba la espada como si no fuera un peso muerto en su mano. La levantaba y la dejaba caer contra mí como si no fuera una espada para el combate de esgrima, sino una de hoja ancha y gruesa, de esas medievales que los caballeros usaban, inútilmente en sus combates, tan ruidosas y torpes que lo mejor era sacar un pequeño puñal y buscar un hueco en la armadura.

Yo por mi parte repelía y huía sus estocadas. Aunque el peso de la espada no era un problema para mí, hacerme con la distancia y el corte era algo complicado. Tenía la velocidad para evitar que me cortase, pero puede que no la técnica necesaria para herirle. El sonido de nuestras espadas encontrándose fue la música que acompañó a aquel duelo. Los espectadores estaban pendientes, divertidos, y casi sorprendidos de que pudiese sostener la fuerza y el manejo de la espada de mi contrincante. Nikolás se había apoyado en la mesa improvisada y me miraba con ojos atentos, propios de un instructor que espera lo mejor de su alumno.

En un momento crítico del combate, mi contrincante se me abalanzó y yo interpuse mi espada, pero intentó derribarme con su fuerza. Puse mi mano en el canto de la espada, haciendo de tope para su fuerza, y soporté el envite. No me movió los pies del sitio y le contuve unos segundos hasta que sentí que no se apartaría y lo derribé con mi pie, haciéndole la zancadilla. Perdió el equilibro y se cayó de costado. Antes de que pudiera levantar su espada, yo ya había apoyado la punta de mi hoja sobre su pecho.

En la gradas todos chillaron sorprendidos y divertidos. Algunos me acusaron de que aquello no era juego limpio.

—¡No se pone la zancadilla! –Dijo uno de ellos, pero yo me sentí satisfecho con lo que había hecho. ¿O se pensaban aquellos que si alguien quiere matarte estarán batiéndose en duelo con unas normas de señoritos con ínfulas de caballeros?

—Para no tener ni idea, no lo hace tan mal. –Me defendió Henry, aplaudiéndome desde la grada. Yo suspiré. Aunque me sentía satisfecho no estaba orgulloso. Aquello no tenía ninguna clase de mérito y si había ganado después de un intenso debate es porque había estado alargando el juego para animar a los espectadores. Si lo hubiera querido derrotar, no me habría hecho falta espada. Nikolás lo sabía, y tampoco estaba contento con el resultado del duelo. Se acercó a mí y me quitó la espada de la mano. Estaba incluso más decepcionado que yo.

—¿Qué esperabas? –Le pregunté mientras me llevaba aparte para quitarme el chaleco—. ¿Qué le saltara al cuello?

—En realidad deseaba ver cómo te ensartaba en la hoja. Pero no ha habido suerte.

Le devolví los guantes con un gesto de enfado.

—No tienes remedio.

Me alejé de él y me despedí de sus compañeros. Cuando salí al exterior me recogió el frío de la noche. Pero cuando regresé a casa me reconfortó el calor el hogar. Sebastián estaba en la sala de consultas. Tenía una paciente y la estaba ocultando. Una mujer con problemas de desmayos frecuentes. Los dejé allí y me encerré en la biblioteca para pasar a limpio los apuntes pero no podía concentrarme. No era capaz de abandonar mis pensamientos. Una terrible conclusión me estaba comenzado a rondar: él no me quería. No del modo en que yo lo hacía. No había dejado de ser un pasatiempo. Un entretenimiento con el que divertirse, incluso si era a mi costa. Antes era un mocoso y ahora era un diablillo. Pero siempre para su placer. No sentía miedo ni respeto. No había nada en mí que le hiciese poner el freno. No tenía miedo de mí, porque en verdad no temía a nada. Ni a la vida ni a la muerte. No deseaba los placeres de la existencia más de lo que ansiaba la muerte. Estaba roto por dentro, tanto o más que yo. Y jamás me amaría. No del modo en que yo podía llegar a quererlo.

Mi maestro, el que tanto me idolatraba estaba abajo, preguntándose por qué no le estaba ayudando en aquellos momentos con aquella paciente. Por qué mi mente vagaba lejos. Por qué pagaba su cariño y afecto con esta fría condescendencia. Me estaba bien empleado. Estaba alimentándome de mi propia medicina. Me hubiera gustado haber tenido más seso para encauzar mi vida. Pero jamás había estado del todo cuerdo.





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