EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 3
CAPÍTULO 3 – Un semejante
Si en una cosa tuve suerte a lo largo de mi vida inmortal, fue encontrarme al poco tiempo de mi conversión con un vampiro como Bastian. Un buen hombre, de corazón cálido y mente limpia. Aunque en un primer momento me pareciese una desgracia, encontrarme con otro de los de mi especie, otro loco como el que me había emponzoñado, no tardé en apreciar su compañía, y sus conocimientos. Y pensándolo en perspectiva, otro hombre mucho peor podría haberme hallado, y haberse alimentado de mí, o haberse aprovechado de mi ingenuidad.
Ocurrió una noche de otoño, en medio de un paraje que solía frecuentar. Igual que los animales, comencé a establecer mis propios cotos de caza. Ser un vampiro nómada no iba con mi carácter, y aunque me veía obligado a moverme, para no levantar sospechas en la población, cuando encontraba un buen escondite o una buena zona con abundante caza, solía establecerme, aunque fuera por unos años.
Era una noche de luna llena, poco ideal para cazar. Prefería las noches donde no había luna y era más difícil de ver. Pero llevaba días sin probar una sola gota de sangre y comenzaba a sentir que si no me saciaba, pronto perdería el control de mi mismo y acabaría, sin criterio, con la primera persona que se cruzase en mi camino. En uno de mis paseos oí el sonido de pasos de caballos. Eran tres, o cuatro. O puede que más. Estaban dispersos, se movían lentamente por uno de los caminos principales que conducían a la capital.
Me acerqué cautelosamente más por curiosidad que por hambre. Aunque si resultaban ser buenas presas, apetitosas, no me lo pensaría dos veces. Mi decepción me hundió en un profundo pesar al comprobar que eran gentes nobles. De muy buenas familias. Y todos iban acompañando a quien debía ser un gran señor, un duque como mínimo. Iban ataviados con gruesas pieles y sombreros variopintos. Con zapatos de pico de pato, como solían llevarse entonces, y los caballos en los que montaban estaban terriblemente adornados. Engalanados como no había visto nunca. El aire de magnanimidad y el porte de aquellos personajes estaban por encima de todo lo que hubiera visto anteriormente y yo mismo me sentí intimidado solo con aquello. Si quisiera, me dije para darme ánimos, podría cenármelos a todos. Pero mi ánimo seguía decaído y me limité a observarlos, paseando lentamente por aquellos parajes.
Parecían una visión, o un sueño. Un conjunto errante de almas perdidas, soldados que no han encontrado el camino a casa porque murieron en una lejana batalla. El que iba en medio de aquella cuadrilla, con un collar dorado y el toisón colgando, debía ser un gran señor, aunque se veía joven. Rubio de ojos azules, con una mueca perpetua de bobalicón, pero con ojos atentos y mirada curiosa. Al hablar, se le notaba toda la educación de una buena enseñanza. Por el contrario el hombre que iba a su lado, más bonachón y parlanchín que su compañero, no paraba de hacer divertidas bromas a costa de alguna juerga de la que regresaban.
El hombre que precedía a esta pareja miraba al muchacho con expresión dulce y paternal. Tal vez se compadecía del joven, por tener que soportar aquella cháchara, o tal vez simplemente tenía la mente en otro lado y recordaba algo que le agradaba. Iba erguido, pero no con el mismo porte orgulloso que el resto, sino algo más encogido, un poco ensimismado y…
Me había mirado.
No sabía cómo, ni por qué. Pero de súbito, como quien capta un sonido lejano, volvió el rostro y su mirada se posó en mí como si me hubiese encontrado al primer vistazo en medio de aquella oscuridad. Estaba por lo menos a cien metros, si no más. Pero me había aguijoneado con su mirada igual que yo debía haber hecho con ellos. No era posible, me dije. No había hecho ni un solo ruido, y tampoco me había movido como para captar su atención. Y a esa distancia, solo un búho o un águila podrían haberme encontrado. No solo miraba a la inmensidad oscura, me miraba a mí, y me seguía mirando a medida que su caballo avanzaba.
Se me había hecho un nudo en el estómago y toda la sed y el hambre que me habían atenazado se disiparon. Me quedé inmóvil como una estatua y por todo mi cuerpo me recorrió un latigazo de debilidad. Desde hacía mucho tiempo no me había sentido tan vulnerable, y mucho menos frente a la presencia humana. Todo mi cuerpo me pedía salir corriendo, pues el encuentro me había producido nauseas y mareos. Estaba decidido a volverme a mi escondrijo en cuanto aquellos hombres desaparecieran, pero no me dio tiempo.
Oír la lejana conversación.
—Avanzad, alteza. Yo ahora mismo os alcanzo.
—¿Bastian? –Preguntó el noble del toisón de oro—. No quisiera dejaros abandonado en medio de la noche. Os esperaremos aquí mismo.
El joven había detenido su caballo pero el otro se mostró inflexible.
—Avanzad. No tardaré más que unos minutos. Por favor, alteza.
—Bien. –Dijo el joven y volviendo a azuzar al caballo, retomaron la marcha.
Mientras, aquel hombre al que había llamado Bastian, tiró de las riendas de su caballo y lo sacó del camino. No podía estar creyéndome lo que mis ojos veían. Conducía al caballo directamente a donde yo estaba agazapado detrás de un tronco caído bajo un saliente en el terreno. No solo me había visto, ahora se encaminaba hasta donde yo estaba y si se plantaba frente a mí, me dejaba acorralado. Pero a pesar de aquellos pensamientos, tal vez a causa de mi ingenuidad, no pude moverme de allí. Aún incluso cuando volvía a clavar los ojos en mí, a menos de diez metros, seguía teniendo la esperanza de ser invisible para él, como lo había sido para el resto de humanos con los que me había encontrado, solo apareciendo en el momento final del asalto.
Rodeó el tronco con su caballo y se plantó a un metro de distancia. Yo retrocedí, arrastrándome por el suelo sin darle la espalda hasta que con ella me topé con el tronco caído. Su caballo se veía imponente, negro como la noche, con crines espesas y onduladas. Las patas del animal arañaban el suelo, con una mezcla de impaciencia y excitación. Y el hombre que lo montaba me miraba con ojos penetrantes. Tanto como para ponerme el vello de punta y hacerme temblar.
A la luz de la luna su expresión era terrible, los labios apretados y los pómulos afilados. El cabello corto y rubio, con destellos pelirrojos, salía de un pequeño sombrero de fieltro negro. Igual que toda su ropa, de un negro riguroso. Sus manos estaban enguantadas y lo único que se iluminaba a luz de la luna era su rostro, con mejillas rosadas y ojos brillantes.
No lo supe hasta que no se puso a mi altura, era un vampiro, como yo. Me habían cegado su gallardía y su ropa, igual que su temple y su sonrisa. Pero era un ser como yo, semejante a mí pero con una envoltura complemente diferente. Un súbito horror me dominó cuando se me ocurrió pensar que tal vez esta noche sería yo la cena de una bestia más grande. Aquel pensamiento me doblegó y antes de que pudiese bajarse del caballo me había levantado y había salido corriendo. Él no hizo el amago de detenerme, aunque hubiera podido alcanzarme sin necesidad del bajarse del caballo. Por el contrario me dejó correr. Sabía que había cierta excitación en darle un poco de ventaja a una presa, pero yo mismo estaba aprovechándome de eso para huir de nuevo a mi escondrijo.
Me interné en una pequeña ermita abandonada que había encontrado unos meses atrás. Con deterioradas pinturas apenas conservadas en las paredes, donde recientemente debían haber estado guardando ovejas o algo similar. Y ahora se había convertido en mi pequeño refugio, lejos de curiosos por ser un santo lugar y de la luz del sol, pues su único vano lo había cubierto con una tabla de madera. Esperé en aquella soledad, en medio de aquel silencio, a que apareciese por la puerta. Podía sentirlo, en las vibraciones del suelo, en el olor que el viento me traía. Estaba acercándose. Una parte de mí lo ansiaba, dar un final a aquella miserable vida errante. Pero el hombre que tenía dentro, aunque moribundo, no iba a rendirse sin presentar batalla.
Cuando la puerta se abrió y su figura se recortó en el paisaje nocturno, me puse en pie y me alejé de él hasta posar mi espalda contra al fría piedra. Le miré directamente y él me devolvió una mirada de curiosidad.
—No os acerquéis más. –Dije, o más bien amenacé—. Vuestro señor os debe estar esperando, volved con él.
—Mi señor tendrá paciencia. –Dijo, y se llevó una mano al sombrero. Se lo quitó y lo puso sobre su pecho, levantando su otra mano a modo de mostrar que no tenía malas intenciones, aunque potaba una espada al cinto. Pero no era su espada lo que me preocupada. Tampoco el puñal que tenía escondido en su pecho, del cual ya me había percatado. Era capaz de leer su exterior, pero su mente y su interior estaban vedados para mí como no había estado ningún humano desde mi conversión.
—Sé lo que eres. –Murmuré, a lo que él pareció dubitativo.
—¿Qué soy? —Preguntó, con una sonrisa que se asomaba por su comisura de dientes perlados.
—Un monstruo. Un apestado… como yo.
Tendrías que haber visto su expresión, cargada de compasión y ternura. Se sintió profundamente herido de que yo pudiera pensar así, tanto de él como de mi mismo, y advirtió con ello todo el desconocimiento que me había sido dado en herencia el día de mi concepción. Mientras que durante aquellos años me había creído una bestia suelta en un pobre bosque, con victimas a mi alcance, frente a él me mostré como un cachorro al que habían abandonado, eso fue lo que él vio en mí y como yo me sentía. Estaba tan confuso con él ahí, que era incapaz de ordenar mis pensamientos. Había dicho que era como yo, pero ni si quiera estaba seguro de eso. Estaba bien vestido, con ropas a la moda, rodeado de humanos, con una actitud propia de quien se relaciona entre ellos con frecuencia. Me pareció de otra especie, una más sofisticada y subyugada. Pero a la vez, mucho más peligrosa porque había perfeccionado el arte de matar, camuflándose entre sus víctimas.
—Sí, así es… —Dijo, avanzando en mi dirección, haciéndome dar un respingo—. Soy como tú. También a mi me crearon, a partir de un hombre humano, que ahora vive de apetitos brutales. –Su forma de hablar, y su carácter estaba muy bien ensayados. Yo debía verme como un campesino, incluso si ambos nos habíamos convertido en bestias, seguían habiendo diferencias sociales.
—Vete… —Murmuré, frunciendo el ceño en su dirección, imitando a un cabestro a punto de embestir—. Vete, y déjame. Olvida que me has visto. Y no haré daño a tu señor y a sus amigos.
Rió, con candor.
—No dejaría que lastimases a mi señor. –Aseguró, pero no a modo de reto, sino como una verdad, forjada en una vieja alianza—. Me iré si es lo que quieres. –Dijo, más calmado—. No pretendía perturbar tu soledad. –De nuevo volvió a mostrar las manos en alto, y se puso el sombrero con desánimo—. He creído… Bueno he pensado… –Dudó—. Hace muchos años que no veía a otro hermano, y me parece que por tu parte, soy el primero que ves desde tu creación. ¿O me equivoco?
Fruncí los labios a modo de respuesta, él asintió.
—Ya de por sí, esta es una vida de soledad. No la conviertas en un martirio si puedes evitarlo.
—No necesito un amigo. –Dije, a modo de forzar la despedida pero él comprendió y asintió nuevamente, dando por concluida la conversación, y por tanto el encuentro. Lo vi montarse de nuevo en su caballo y marchar al trote.
Cuando se había alejado lo suficiente me sentí mucho más aliviado. Todo mi cuerpo cedió al susto y me desmoroné hasta quedar sentado en el suelo. Aún oía su voz taladrando mi cerebro y sus ojos perforándome, como flechas por todas partes. Hacía muchos años que tales sentimientos no me dominaban, y si no eran aquellos sentimientos humanos, no sé qué clase de hipnosis o control mental había usado conmigo, pero no pude dejar de pensar en ello por horas. Me comprimía el pecho y me faltaba el aire. Había sido traumático. Hasta entonces me consideraba heredero de aquel ser medio animal que me había creado, pero no se me había ocurrido pensar que pudiera haber más seres como yo, y mucho menos en aquellas condiciones tan diferentes.
Cuando salió el sol dormí, pero fue un duermevela febril. Las dudas y los remordimientos comenzaban a hacer mella en mí. A medida que pasaban las horas, se me iban ocurriendo más y más preguntas que hacerle, algunas tan curiosas e infantiles como saber qué clase de sangre prefería, si su alimentación se parecía a la mía o si por el contrario había encontrado alguna alternativa a esta condenada sed que me mataba. Quería saber cosas más trascendentales, preguntas que me había hecho cientos de veces. ¿Qué éramos? ¿De dónde procedía esta enfermedad? Si existía alguna cura… pero cuando el atardecer fue cubriendo el cielo, mi curiosidad fue tomando otros derroteros. Quería saber su nombre, si le seguía algún apellido importante a ese Bastian con que le habían llamado. A qué se dedicaba en ese mundo de hombres al que yo ya no pertenecía. Si le gustaba apreciar los atardeceres, como a mí, justo después de la puesta de sol.
Llegué a pensar, ingenuo de mí, que tal vez su amistad no fuese solo un ofrecimiento amigable, sino un compromiso. Alguna deuda que saldar consigo mismo acogiéndome bajo su protección y su conocimiento. Ahí fue cuando el arrepentimiento llegó a su punto álgido y me comprometí a salir en su búsqueda cuando el sol terminase de esconderse.
Para mi sorpresa, cuando anocheció y salí de mi ermita, él estaba acercándose, a paso lento y distraído, como quien busca una segunda oportunidad en un mal comienzo. Me sonrió desde la distancia, dubitativo y yo le devolví la sonrisa con grato agradecimiento. Aligeró el paso, viniendo a mi encuentro con emoción, y yo corrí hasta él, siendo recibido por un cálido abrazo, cargado de emoción, la misma que le ofrecería un amigo a otro, que no ve desde hace tiempo.
%20(2).gif)
.gif)
.png)


Comentarios
Publicar un comentario