EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 2

CAPÍTULO 2 – Primeros pasos

 

Aquella fue una de las noches más confusas que puedo recordar. Por una parte mi cuerpo estaba acostumbrándose a aquella nueva vida, una vida sin vida, realmente. Libre del paso del tiempo. Y mi mente estaba anclada aún a los marcos de una vida humana, de una moral y una ética propias de un hombre. Y ahora se veía en la obligación de luchar contra una fuerza animal que la controlaba a ratos. Un instinto, más parecido a la predación que a la supervivencia. Si dijera que me sentía enfermo, mentiría. Lo cierto es que aquella nueva forma estaba dotada de una vitalidad que no había conocido antes, y sin embargo, no puedo pensar en aquello que me pasó sino como una infección. Una enfermedad, un contagio. La peste. Pero en vez de morir, me convertí en uno de los jinetes que la portan.

Estoy enfermo desde entonces. Condenado a tomar un remedio que provoca la muerte. Subyugado a sufrir ataques de hambre y sed prolongados, que acaban provocando la pérdida total del control que el hombre pueda tener sobre la bestia. No sabes lo identificado que pude sentirme cuando a finales del XIX leí la novela de Stevenson sobre el extraño caso del doctor Jekyll y el Mr Hyde. Al principio, creí que el hombre sabia mantener al monstruo a raya, pero el monstruo, con los siglos, se había refinado, había enriquecido su inteligencia, y el hombre se había apagado, presa del paso del tiempo, que le dejaba atrás. Antes de darme cuenta, el vampiro se había hecho con el control de todo, habiendo aprendido a fingir ser hombre, pero matando cuando lo necesitaba.

Debo agradecer no haberme convertido en un asesino que disfruta de una vida de muerte, como otros de mis compañeros. Por suerte, el vampiro que soy, se conforma con poco, y aún le duelen las heridas que el humano pudo causarle. Otros, menos conscientes, juegan a un peligroso juego de seducción y satisfacción que yo no comparto. La mayoría de nosotros aprenden desde el primer momento de su existencia a rendirse al vampiro con diligencia y sumisión. Pero para eso habría hecho falta que el maestro enseñe al alumno, que lo acompañe los primeros años de esta miserable vida de muerte. El tránsito habría sido mucho más sencillo, más fácil y natural. Igual que un padre enseña a caminar a su hijo. A mí, por el contrario, me dejaron abandonado en el día de mi concepción, y viéndome en aquel nuevo mundo, el humano que había en mí se resistió muchos años a abandonarme, siempre alerta. Siempre luchando contra la bestia que pugnaba por hacerse con el control de todo mi ser.

Mi primera noche como vampiro se sintió aún febril pero puedo recordarla, a fragmentos, pero nítidamente. Recuerdo el sentimiento de repugnancia que me daba a mí mismo, como un leproso, un apestado. No sabía lo que era pero eso en que me había convertido podría infectar a otros si me acercaba, estaba seguro de ello. O aún peor, podría dañarles, y eso era algo que mi yo consciente no hubiera permitido. Fueron largas horas de reflexión, pero cuando me puse en marcha, no sentí remordimientos por la decisión que había tomado: jamás volvería a ver a mi familia. Sentí pena, al principio, pero la idea de desaparecer, así sin más, no se me antojaba del todo desagradable. A veces había fantaseado con eso. Y era la forma más rápida de cortar con todo. ¿Qué otra alternativa me quedaba? Me había parecido una decisión adecuada. Presentarme allí no habría sino puesto en peligro sus vidas, o peor, la mía. Nadie me creería si les contaba lo que había sucedido, y tampoco tendrían compasión de mí sí me cazaban mordiendo a algún pobre animalillo. Algo que no tardaría en hacer.

No me costó demasiado hacerme a la idea de que de ahora en adelante, pasaría mi existencia en aquel bosque, imitando la vida monstruosa que llevaba mi creador. Asaltando animales que me encontrase, algún campesino desorientado. Me adentré en aquella espesura, a aquella tan alta hora de la madrugada, y mis pasos me condujeron probamente al último sitio en que había pensado: los jardines del palacio del conde. La muralla era alta, pero desde lejos conseguí atisbar el balcón de la joven Ginebra. Si me preguntas cómo lo hice, lo siento pero no lo recuerdo muy bien. Antes de darme cuenta estaba encaramado a uno de los muros de la muralla, y poco después me desplazaba entre las sombras del jardín que rodeaba su habitación. Había un poco de luz en ella, que se colaba a través de las vidrieras de sus ventanas. Como la de una lamparita de aceite o algo parecido. Aquella luz me llamaba como a una polilla. O puede que fuera el olor de ella, a causa de su pañuelo que siempre conservaba en un bolsillo sobre mi pecho. Fuera lo que fuese, me condujo allí, como a un muerto en vida, como a un sonámbulo. Para cuando tuve conciencia propia ya estaba poniendo un pie dentro de su habitación.

Las ventanas cedieron con inusitada facilidad y puse mis pies primero en su escritorio y después sobre el suelo de piedra. No debí ser tan ágil o silencioso como me creía porque ella, acostada ya, abrió los ojos alertada por algún ruido y me descubrió allí, recortado por el marco de la ventana gótica. Pude matarla solo con aquel susto, porque vi como sus ojos se desorbitaban y se llevaba la mano al pecho, cubierto con sábanas blancas. Incorporándose a medias intentó alejarse, con las mantas enrollándose entre sus piernas, gimió, presa del pánico y si gritó, yo no la oí.

Su dormitorio era lujoso, tanto como me lo había imaginado, rebosante de alfombras y tapices, con una cama de doseles tallados. El fino velo que cubría la intimidad en la cama apenas podía camuflarla. Me reconoció, supe que lo hizo porque en sus ojos había ese brillo del conocimiento. Y poblanamente eso le había asustado mucho más. Saber que ella misma había alentado el asalto de un mero cazador en su dormitorio.

Fui yo quien no la reconocí a primera vista. Supe que era ella, pero mis ojos parecieron ver otra realidad diferente. Estaban más enfocados, o puede que más atentos. Pude ver en ella todo lo que mi corazón enamorado no había podido entrever. Era flacucha, mucho más de lo esperado, con las caderas duras y el cuello demasiado largo. Sus ojos carecían de la viva emoción de la vida, ahora aterrorizados, y sus labios estaban contraídos en un rictus de terror. Pero mis ojos captaban mucho más que su cuerpo. Podía ver sus pensamientos, podía ver alrededor de ella todas sus emociones, y sus pecados. Sobre sus hombros cargaban una pesada vanidad, y un ego desmedido. Había jugado conmigo, como había estado jugando con otros muchos campesinos y trabajadores con los que se había cruzado en sus idas y venidas. Poetas, pintores, músicos, cocineros… unos ojos brillantes, y un rubor virginal que no lo era tanto. Muchos otros tendrían sus pañuelos guardados como oro en sus alforjas, o bajo sus almohadas. Y ahora se enfrentaba con la realidad de que un hombre pudiera tomarla, justificado por una sonrisa traviesa.

Pero yo ya no tenía amor para ella, y tampoco era su virginidad lo que deseaba. Yo ya no podría darle a nadie más mi cuerpo igual que los humanos hicieran. El olor de una gota de sudor, o el tacto de una piel ajena, eran suficientes para despertar a la bestia dormida, que aguardaba el menor estímulo para dar rienda suelta al hambre.

Una de las ventajas de rendirse al vampiro, y refinar a la bestia, es que ella misma encuentra un modo más limpio y rápido para saciar completamente su hambre. Pero al resistirme, el animal que había dentro de mí encontró en aquella muchacha un juguete para una sed que quemaba mi interior. Sería deshonesto por mi parte no asumir lo que hice, o fingir que no lo recuerdo. Pero estuve allí, y lo vi, y lo sentí. Lo hice.

La tomé por el tobillo cuando intentaba saltar de la cama y la atraje, como si fuera un muñeco de trapo. Mordí el muslo que se asomaba a través de su ropa interior. Lo mordí, haciéndola soltar un grito tal que perturbó el silencio de todo el castillo. En ese momento me pareció bien jugar con el tiempo, apurar hasta el último segundo. Y también quería oírla gritar. De lo contario le habría mordido el cuello primero. Pero seguí mordiendo sus piernas, a pesar de su pataleo. Sus manos, cuando me alcanzaron, también las mordí. Su vientre, de piel tan fina, dejó al descubierto sus órganos. Para entonces ella ya se había desmayado. Sus pequeños pechos, y su cuello, largo y fino como el de un ave. Cuando pensaba en penetrarla, en medio de toda aquella excitante vorágine, la sed me era aún más acuciante, y solo bebiendo su sangre conseguí calmar ese ardor que me consumía.

Para cuando entraron en la habitación, alertados por los gritos, los ayudas de cámara se encontraron una escena grotesca, peor que la más horrenda carnicería. Los órganos quedaron esparcidos por las sábanas, todas teñidas de un tinte oscuro y espeso. Uno de los muslos estaba a la mitad y sus brazos estaban mordisqueados por todas partes. Faltaban varios dedos. Su cuello estaba roto, el mordisco que le había infringido le había partido la yugular como a una gacela. Para que no sufriese, pensé, pero antes bien que me habían deleitado sus gritos.

Una vez estuvieron dentro, yo ya me había marchado. Tardaría aún un tiempo en aprender a ser más cauto a la hora de matar. A domar al monstruo que me controlaba y saber seleccionar mejor mis victimas. Pero hasta entonces, en el pueblo donde vivía cundió el pánico. El caso de la hija del conde supuso un antes y un después en la mitología de aquella ciudad. Algunos habían jurado verme escalar hasta su habitación como una sombra negra y endemoniada. Otros afirmaban que un lobo se había colado en palacio, pero los médicos desmentían aquellas teorías. Un hombre lo había hecho. Las mordeduras, aquellas en las que solo habían quedado las marcas, eran mordeduras de hombre.

Cuando aparecieron dos o tres campesinos más con las mismas señales de tortura, todo el mundo ya se había formado a la idea de que estaban lidiando con algo más grande que ellos mismos. Llamaron a sacerdotes a bendecir el bosque, e incluso mandaron una carta al duque Carlos para que hiciese traer desde Roma algunas reliquias que ahuyentasen a la bestia, pero todo aquello quedó en un mal sueño cuando unos años después, el duque falleció.

El duque Carlos de borgoña murió en el año 1477. Yo era joven, o tal vez ingenuo para saber de política. Y después de aquellas muertes en el pueblo me refugié una temporada en el bosque, alejado de toda comunicación con el mundo. Pero me gustase o no mientras formase parte material del mundo, todo acababa por influirme. Las cosas se habían complicado para todos. Con la muerte del duque, la única heredera era su hija, María. Ese mismo año, condicionada por la urgencia de su situación, la desposaron con Maximiliano I de Habsburgo, el emperador.

Pero aunque ella intentó luchar por su derecho sobre las tierras que heredara de su padre, el rey francés, Luis XI, escudándose en que sin heredero varón no era posible esa gobernanza, se anexionó los territorios. Aunque no todos, gracias a su matrimonio con el emperador ella consiguió mantener algunas zonas restantes, como Los Países Bajos, Luxemburgo o el franco condado.

No estoy dándote una lección gratuita de historia, es importante que sepas esto para poder comprender cómo he acabado hoy en España. Y es que llevo en este país desde hace más de cinco siglos, aunque te parezca mentira. Yendo y viniendo, como es lógico. Viviendo algunas temporadas fuera, pero siempre regresando. Pues el pueblo donde yo nací, pertenecía a lo que hoy son los Países Pajos. Y por tanto, heredados por la corona española gracias al hijo de María, Felipe el hermoso, las tierras donde yo nací, pertenecieron durante unos cuantos siglos al reino español.

Pero retomemos mi propia historia. Tenía diecisiete años cuando me convertí. Era una edad temprana, pero los diecisiete años de entonces no son los mismos que ahora. Yo era casi un hombre, y hubiera estado a punto de desposarme si la vida no me hubiese dado tal revés. Sin embargo siempre he considerado, sobre todo comparándome con hombres de mi alrededor, que tal vez me hubiera llevado cinco años más formar por completo mi cuerpo. Ganar un poco de volumen en los brazos, o en la espalda. Soy imberbe, no mido más de metro setenta, y aunque no es algo que desprecie, uno siempre queda algo consternado cuando piensa en lo que pudo llegar a ser, y nunca será.

Mi belleza, y mi juventud, no fueron cosas que me preocupasen al principio. Son vanidades que a uno le surgen cuando se rodea de personas vanidosas y envidiosas. O vampiros. Pero eso lo dejaremos para más adelante.

Mis primeros años de esta nueva vida los pasé oculto, siempre solitario y lleno de remordimientos. En una lucha constante conmigo mismo. Aprendiendo cada día sobre lo que era, y lo que necesitaba hacer para sobrevivir. En cuanto salió el sol al día siguiente de mi conversión, cuando aún me estaba limpiando en un riachuelo la sangre seca que me había empapado los miembros, sentí la urgente necesidad de esconderme. Como el animal que se refugia en una madriguera tras el aullido de un lobo. El sol comenzó a brillar al final de aquel claro y lo miré con ojos esperanzados, como si hubiese en el sol, o en su luz, algo curativo para esta enfermedad que me estaba aquejando. Pero más que medicina, era veneno lo que contenía. 

Al primer haz de luz que se posó en mí, salté como un condenado a refugiarme bajo alguna sombra. El sol me había repelido y quemado como una plancha al rojo vivo. Mis mejillas se habían fundido y el olor a carne quemada me llenó de espanto. El dolor era intento pero el miedo era lo más aterrador. No esperé a que el sol terminase de salir y borrase las sombras donde me refugiaba. A velocidad de vértigo me oculté en un pequeño establo, el lugar más cercano que hallé. Estaba abandonado, hacía décadas que no llevaba nadie ahí a sus ovejas o cabras. El techo estaba medio en ruinas aunque una gran capa de nieve había conseguido tapar el cielo. Esperaba que la nieve no se fundiera mientras yo estaba ahí oculto, y antes de darme cuenta y después del suplicio de la noche anterior, caí profundamente dormido en un rincón apartado.

Cuando desperté volvía a ser de noche. La luna estaba prácticamente llena y era agradable pasear por aquellos bosques. Por primera vez apreciaba lo que aquella nueva forma podía traerme de bueno. No me sentía para nada en peligro y todos esos miedos humanos que alguna vez me atenazaron, estaban disipándose. Me avergonzaba admitirlo pero allí, en medio de aquella noche, en pleno bosque, yo podría ser la bestia más peligrosa de entre todas las que hubiera. Pero hasta ahí llegaba mi entusiasmo. Yo no sabía cómo de inmortal sería ante una flecha o un buen garrotazo. Si una horda de hombres me atrapaba y me torturaba, sabe Dios que podía ser tan humano como cualquiera.

Cuando llegué al riachuelo donde me había encontrado el sol a primera hora de la mañana, la luna me esperaba reflejada en aquellas aguas. El reflejo me devolvió mi rostro tal como yo lo conociera. Me llevé las manos a las mejillas y no noté ninguna diferencia sustancial. Me había curado mientras dormía, era cierto, pero ahora mi sed estaba redoblada por ese esfuerzo inconsciente. Al contrario que muchos otros vampiros, yo alternaba una alimentación a base de animales y humanos. Cosa que a mí me pareció de lo más natural, pero que la mayoría consideran una abominación. Y puedo entenderlo, al final la sangre de animal no era tan nutritiva, no resultaba tan sabrosa y desde luego que a la bestia eso nunca le parecía suficiente. Pero no todos los días pasaban por el bosque cazadores o granjeros. Y el hambre apremia.

Habiendo aprendido estas pequeñas cosas, pasé el resto de mis primeras décadas como vampiro de esa manera. Algo que creí que sería de por vida. Un castigo eterno, como si me hubiesen trasladado a uno de los círculos del infierno de Dante. Un castigo personal, por algo muy malo que hubiese cometido. A veces me torturaba con esa y otras ideas similares. Lo típico. ¿Por qué a mí? ¿Qué mal he hecho yo en esta vida, o en la anterior? ¿Dios me estaba poniendo a prueba como a Job? ¿O todo esto era un sueño? Pero todas esas dudas estaban regadas con la sangre de pobres gentes que se cruzaban en mi camino, día tras día, año tras año.

Yo apenas me mezclé entre la gente, si podía evitarlo. Seguí hacia el norte por caminos invisibles a través de los bosques. Cuando encontraba alguna pequeña aldea me dejaba llevar por aquellos pobres que Dios había puesto en mi camino y dejaba detrás de mí decenas de cuerpos que me habían alimentado por semanas. Había épocas en las que me las pasaba hibernando. Una especie de hibernación o de muerte temporal, en la que apenas me movía nada y mi cuerpo apenas necesitaba sustento. Pero de nuevo, una pequeña alma descarriada que se aproximase a mi escondite alertaba todos mis sentidos y me levantaba de mi agujero con el hambre más voraz. Y una vez alimentado, tenía que seguir cazando.

Pasé décadas en esa clase de penitencia hasta bien entrado el siguiente siglo, cuando me topé, como por casualidad, con otro vampiro.




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