EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 4
CAPÍTULO 4 – El boticario
Había llegado hasta allí a caballo. Y trajo otro consigo, para mí. Estaba seguro de que le acabaría acompañando y, confiando en ello, había traído a mi encuentro una montura para mí también. Tiempo después me confesó que realmente no confiaba tanto en sus dotes persuasivas, no solía relacionarse con los de su propia especie, y por tanto él también se había sorprendido y asustado de aquel encuentro. Y mi reacción, aunque él fuera mayor y más fuerte, era imprevisible.
Cuando nos acercamos a los caballos, surgió mi primera pregunta, y desde entonces, ya no pude parar. Reconozco que al principio me había mostrado muy alegre y agradecido de que hubiese ido en mi busca, pero esa alegría no podía evitar tornare desconfianza y recelo a media que pasaban los minutos, las horas y los días. Hasta que pude acostumbrarme a él y mi confianza creció. Por eso mis primeras preguntas eran cautas, inducidas más por mi desconocimiento que por mi curiosidad.
—¿Por qué los caballos no se espantan, frente a nosotros? –Pregunté, cuando me pasaba las riendas de uno de ellos. Era cobrizo. El suyo era el negro que había visto la noche anterior.
—Se han criado conmigo, desde que eran potros de apenas un par de semanas. –Dijo, comprensivo, casi divertido por mi pregunta. Tal vez creía que solo intentaba romper el hielo o algo parecido, pero lo cierto es que se me agolpaban las preguntas en la mesa—. Se han acostumbrado a mí, a mi olor y a mi presencia. No creo que vean nada rato en ti tampoco. –Dijo observándome mientras me subía al caballo y me acomodaba en la silla. Hacía mucho tiempo que no me había montado en un caballo, y la última había resultado toda una faena. Encima del animal me sentía incómodo y asustado, mucho más que el animal que me cargaba.
—Agarra las riendas con más suavidad. –Me dijo, una vez había subido en su montura y alargó la mano para sujetar las mías—. ¿Nunca has montado?
Su pregunta me sorprendió. ¿Tan torpe me veía?
—Tenía un caballo—. Murmuré, orgulloso—. Yo era cazador. En otra vida…
—Entonces relájate, el animal no te tirará.
—No me preocupa que el animal me tire… —Suspiré y aquel caballero me devolvió una mirada cargada de sorpresa y al mismo tiempo de comprensión. Miró a lo lejos en el bosque y después me volvió a centrar en su atención.
—Si muerdes a mi caballo, te dejo en las ruinas de donde te he sacado. ¿Entendido?
—Entendido…
Él avanzaba delante de mí, guiándome por el sendero hasta su casa. Igual que la noche anterior, había una gran luna en el cielo. Iluminaba con plateadas caricias toda su vestimenta. Todo de negro era como una sombra que se deslizaba por el bosque. Con su capa ondeando con el movimiento del animal y su sombrero, oscureciendo sus rasgos. Sus manos enguantadas y sus botas con espuelas doradas. Era la muerte, estaba seguro de ello. Y antes si quiera de que él volviese el rostro hacia mí, yo ya me había convencido de ello. La noche anterior me lo había parecido, pero aquella vez, caminando a su lado, estaba seguro de que me arrastraría con él hasta el infierno, para eso había aparecido, acompañado de un séquito de ángeles caídos. Era mi hora y me llevaba consigo.
Pero cuando alzó el rostro al sentirse observado y volvió la mirada hacia mí, sus mejillas sonrosadas y su sonrisa traviesa me sobresaltaron. También sus ojos azules, plateados, con expresión seria y penetrante. No era la muerte, sino el diablo. Me compadecí de mi mismo unos minutos, pero después comprendí que ese era el lugar al que pertenecía, y resignado, me dejé arrastrar.
No dijo nada durante el camino, y aunque las palabras y las preguntas se me agolpaban en la garganta, morían ahí por respeto a su silencio, y por intimidación de su porte. Era un gran señor, estaba seguro. Y aunque había pasado años en el bosque, aún en mi conciencia albergaba la gran distancia que me separaba de otras clases sociales. Tenía botones de oro en el jubón, un jubón ajustado y de mangas acuchilladas. Sus medias negras, que sobresalían de unos pantalones bombachos, eran finas y dejaban entrever la forma de sus piernas. A ratos el disimulo con el que lo miraba daba paso a una profunda observación. Dos anillos adornaban su mano derecha, la única que tenía a la vista. Eran gruesos, y seguro que incómodos. Un broche dorado con un rosetón perlado ajustaba su capa de piel al hombro. Su sombrero de fieltro, parecido a una boina, tenía una pluma roja que bailaba y se mecía con el viento.
Me llevó hasta un palacete asomado a una llanura. Era de construcción tardo medieval, pero se había hecho una reforma a finales de siglo y desde entonces él la habitaba. Era sobrio y de aspecto triste, lo reconozco, o tal vez fuera el silencio y la noche que lo volvían un edificio lúgubre y algo simplón. Pero reconozco que era mucho más de lo que yo jamás habría podido aspirar a habitar. Entramos por el jardín principal, donde una fuente circular hacia de rotonda para los carros y caballos. Las fachadas eran de ladrillo anaranjado y el tejado de pizarra, pero con ese aspecto puntiagudo que se estila en el norte del continente. Con ventanas pequeñas pero múltiples, repartidas por todas partes. A un lado parecían estar las estancias del servicio en un pequeño apartado del edificio. Pero el resto estaba a disposición del señor de la casa.
Cuando atravesamos el jardín con los caballos y nos detuvimos en la entrada, un joven mozo salió a recibidnos y yo palidecí. Era un mozo muy lozano, alegre y animado, que se acercó a nosotros para quitarnos las riendas de las manos y meter a los animales en las caballerizas. Estaba sano, irradiaba salud y jovialidad. Yo ya me había bajado del caballo y me interponía entre el caballo y él, a lo que alzó la mirada en busca de mi aprobación para que el diese las riendas. Pero en su gesto se interpuso el brazo del caballero, que se acercó a mí y tiró de mis hombros para alejarme de él.
—Vamos, vamos… —Murmuró con tono divertido y compasivo.
—¿Desea que encienda algunas chimeneas, mi señor?
—No, ya deben estar todos acostados. Mejor no molestarlos. Lo haré yo mismo.
—Mi hermana sigue despierta, señor. ¿Desea algo de ella?
—Dígale que prepare un baño caliente, y luego puede ir a acostarse.
Yo sentía la mano del caballero como un cepo sobre mi nuca. Como la garra de Zeus sobre Ganímedes.
—Vayamos dentro, tengo mucho que mostrarte, y apenas nos quedan un par de horas de oscuridad.
La entrada principal dio a un lujoso salón forrado en madera, con gruesas bigas sobre el techo, una larga mesa en el centro y gruesos cortinajes de terciopelo cubriendo las ventanas. Estaban todas corridas, ocultando el exterior. Sobre la mesa habían quedado candelabros encendidos, y a lo lejos, se reflejaban en una hermosa armadura medieval, muy antigua. El casco era casi cilíndrico, con pequeños agujeros en la visera. Y el cuerpo estaba recubierto de una malla metálica. Igual que los brazos y las perneras. Un escueto peto protegía el pecho y unas rodilleras las piernas. Colgada del cinto, una gruesa y pesada espada, en su vaina de cuero, adornaba un conjunto que más bien parecía un disfraz. Se notaba que habían intentado conservarlo en el mejor de los estados, pero los remaches habían comenzado a oxidarse y rezumaba un fuerte olor a oxido. Cubriendo aquel cadáver de hierro, una túnica blanca con una cruz roja indicaba que era la armadura de un templario.
—¿Qué es esta antigualla? –Pregunté mientras me volvía hacia él, que se había quedado apoyado en la mesa, mirándome. Sonrió avergonzado y sentí una punzada en el vientre, por haber podido decir algo inadecuado.
—Es una armadura de soldado. Las modernas armaduras de placas no pueden compararse, lo reconozco.
—¿Coleccionáis antigüedades?
—No, era mía. –Dijo, y tardé al menos unos momentos en entender lo que quería decir. Me volví hacía él y fruncí el ceño con pasmo, con el que me había golpeado la realidad. Se me secó la garganta. No sé por qué hasta ese momento había supuesto que no sería mucho mayor que yo, por lo menos aquella diferencia de edad que separaban nuestros físicos, pero me había cegado a mí mismo.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por la presencia de una muchacha que se asomó al salón por una portezuela.
—Mi señor, el baño está listo.
—Muy bien, vaya a dormir, que es muy tarde. –Y volviéndose hacia mí, casi a punto de volver a asir mi brazo para guiarme aún más dentro de la mansión, dijo—: Vamos, te quitaremos esos harapos que llevas y la mugre que te cubre…
No dejé que me tocase. Me espantó toda aquella familiaridad repentina, y todo aquél esplendor. Pero sobre todo su disposición. Lo más cerca que había estado yo de grandes señores había sido cuando me había colado en la habitación de la hija del conde, para comérmela. ¿Debía hacer una excepción con él por ser un vampiro? ¿Acaso todo aquello eran disfraces y máscaras? ¿Nada de todo eso le importaba lo suficiente como para meter a un intruso en su casa? Uno que pudiese cenarse a sus sirvientes. ¿Acaso era tan fuerte como para no temerme en absoluto? Hubiera dado lo poco que quedaba de mi humanidad por haber desentrañado sus pensamientos como hacía con el resto de hombres. Aunque fuera por unos instantes.
Ante mi negativa a seguirle se mostró ofendido y algo perturbado.
—¿Os ocurre algo?
—¿Vais a darme un baño? Después me alimentaréis y me daréis buenas ropas…
—Si te he ofendido en algo, muchacho… —Murmuró con un tono casi paternal.
Pero yo fruncí el ceño y di un paso atrás. Con aquellas escuetas frases yo ya había hablado más que en las últimas décadas, y al darme cuenta comprendí que había ya más de animal en mí que de hombre. Solo tendría que haberme visto la noche anterior, refugiado en una esquina de la ermita, rabioso y mostrando los dientes, ante una mano amiga.
—No os habéis presentado. No conozco vuestro nombre, ni vuestro apellido. –Dije, intentando volver en mí, y mostrando una cautela más humana—. Sois un hermano dentro de esta maldición, pero ya que habéis optado por llevar la vida de un hombre, y rodearos de hombres…
—¿Vais a exigirme el honor de un hombre? –Aquello le hizo gracia. Y mostró una sonrisa perlada y dulce, pero en sus ojos se descubría la verdad de sus sentimientos. Estaba precavido contra mí. Por si saltaba, por si echaba a correr o algo peor…
Ante mi silencio, suspiró.
—Tenéis razón. Os arranco de vuestra madriguera, os invito a entrar en una casa extraña, y ni si quiera sabéis mi nombre.
—El señor al que servís os llamó Bastian.
—¡Vaya! Tenéis buen oído. –Asintió—. Sebastián. O Bastian, para mis amigos. He adoptado recientemente un apellido de la zona, Cornelissen. Aunque cuando nací, me dieron otro. He tomado muchos apellidos, para facilitar las cosas allá donde he ido a parar. No es una ciencia complicada.
—¿Vuestros padres os nombraron Bastian? –Asintió—. Bien, Bastian, así os llamaré. ¿A qué señor servís?
—Al nuevo emperador del Sacro Imperio. –Dijo, más solemne de lo que esperaba.
—¡Nuevo! –Exclamé—. ¿Ha muerto Maximiliano?
—Sí, hace catorce años. Acompaño a su nieto, Carlos I de España, quien ha heredado también el impero, y todos los condados que dejara su padre a su muerte. Estás en tierras españolas, muchacho. El rey está de visita aquí durante unos meses, antes de que hagamos un viaje Italia para que sea oficialmente coronado por el papa…
—¿Cómo Españolas?
—Es nieto a su vez de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Se han unificado los reinos de la península…
Yo por entonces no sabía mucho de política, como ya te he mencionado, pero aquello me dejó de piedra. Si yo había nacido un año después de la abuela de Carlos de España…
—Pero… Espera. –Mi expresión de súplica le llenó de sorpresa—. ¿En qué año estamos? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde…?
—Estamos en el año mil quinientos veintinueve.
Aquello me calló como un balde de agua helada. Nunca me pareció que, dentro de mi castigo terrenal, fuera necesario contar el tiempo. Contaba las lunas llenas los primeros meses, pero después perdí la cuenta y el paso del tiempo se desvaneció como un sonido que deja de molestar. Habían pasado cincuenta y cuatro años desde mi conversión. Yo tenía setenta y un años.
Aquello pudo conmigo, y palidecí aún más si era posible. Lo suficiente como para que Bastian me sujetase por los antebrazos, precavido ante un posible desmayo. Noté el frío de sus manos a través de las capas de tela de mi abrigo, y podía notar la presión que sus dedos ejercían sobre mí. No pude evitar pensar en mi familia. Probablemente todo lo que existiera de ellos, ya habría desaparecido. Estarían muertos. Y si mi hermana se había casado y había tenido hijos, puede que estos también hubieran desaparecido. El vértigo que me sobrevino me dejó temblando.
—¿Cuántos años tienes, muchacho? –Preguntó, más por devolverme al presente que por verdadera curiosidad. Seguro que era capaz de calcular mi edad, mucho mejor que yo la suya—. Setenta y uno.
—Ah, bueno, eres más joven de lo que imaginaba. –Aquello me hizo levantar la mirada y al encontrarme con esos ojos pensativos y profundos, acabé por abandonarme a sus deseos—. Vamos, te darás un baño y tomarás algo de sangre.

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