EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 15
CAPÍTULO 15 – Una confesión
Cuando desperté lo hice aturdido y dolorido. Nada más tomar conciencia de mí supe que había dormido por días, pero era incapaz de adivinar cuántos. Me incorporé mirando alrededor y me alegré de que una manada de lobos que habían rondado alrededor me hubieran alertado. Si no, habría dormido por meses. Salí al exterior y el frío me estremeció por entero. Estaba aturdido, sucio y de un humor extraño.
Regresé a paso humano hasta la casona de Sebastián y me adentré por la puerta trasera. Casi hubiera deseado no encontrarlo allí, por no tener que darle ningún tipo de explicación, pero me alivió hallarlo en el laboratorio, donde lo hube dejado cuando me marché días antes. Parecía que no hubieran pasado más que unos minutos desde que me fuese. Para cuando me colé en el laboratorio él ya había percibido mi presencia desde hacia varios minutos, cercándome a la casa.
Me senté en un taburete, al otro lado de la mesa donde él trituraba en un mortero unas semillas, y a la par, leía algo en un legajo a su lado. Me senté con un pie sobre el asiento y el otro colgando, con desgana. Me abracé a mi rodilla y posé la frente en ella. Seguía algo amodorrado.
Bastian murmuraba para sí, leyendo en voz alta.
—Prometo ponerme al día con las tareas. –Le dije, casi en tono de súplica. Él no me contestó. No parecía enfadado, sin embargo. Y me parecía extraño—. ¿Cuántos días he estado fuera?
—Semana y media. –Dijo él, medio divertido con mi pregunta.
—¿Tanto? –Exclamé—. Pensé que habrían sido como mucho tres o cuatro días.
—Once.
—Bueno… —Murmuré, volviendo a ocultar mi rostro entre mis brazos—. He estado…
—Sé dónde has estado. –Dijo él, queriendo ahorrándome las explicaciones—. La primera noche que no regresaste no me preocupé, pero la segunda fui a buscarte a la ermita. Estabas allí, dormido como un lirón. Te dejé allí. Parecías exhausto.
—Estaba cansado. –Dije.
—Y empachado. –Advirtió.
—Sí. Empachado también.
—Los bebedores de sangre joven admiten mucha sangre de una vez. –Me instruyó—. Pero a medida que nos hacemos mayores, Marken, no es necesario llegar al empacho. Sé que te has visto forzado a sobrevivir por muchos años y que cualquier presa es digna de ser un buen festín, porque uno no sabe cuándo podrá volver a cazar. Pero ahora que tienes muchas más presas a tu disposición, no es necesario que hagas esto. A no ser que sea justo lo que quieres hacer. En ese caso no tengo nada que reprocharte.
—No, no es lo que quiero. –Murmuré, en un gemido lastimero—. Esta vez no fui brutal. Di una muerte digna, si es que eso es posible.
Él no dijo nada. Sabía que seguía estando desconforme con ello, pero esperaba que pudiera admirar aunque fuera un poco, el esfuerzo que había puesto en no crear un desastre y no ceder a mis impulsos.
—Cuando me fui el otro día, estaba enfadado contigo. –Le dije, casi como una confesión.
—¿Conmigo?
—Sí, contigo. Y con todo esto que haces. Esta vida que llevas. No sé cómo puedes soportarlo. –Alcé la cabeza para mirarle, aun a riesgo de tener enfrentar su mirada—. Me parece todo un poco absurdo. Bastante absurdo. Casi como un chiste.
—¿Qué te parece absurdo?
—Consagrar una vida inmortal a curar humanos, que están todos irremediablemente condenados a morir. Tarde o temprano. Más temprano que tarde. ¿Encuentras alguna clase de satisfacción morbosa en ello? Curar humanos, siendo inmortal. Anunciándoles la muerte con tanta hipocresía.
—No es hipocresía, sino compasión. Me compadezco de ellos porque sus días se acaban. Pero no te creas tan arrogante. –Me señaló con un dedo acusador—. Que incluso tú y yo podemos morir. Nuestros días también están contados por Dios, incluso si un cuchillo no nos daña, o el paso del tiempo no debilita nuestros huesoso o arruga nuestra piel. Aún pertenecemos a Dios y a sus designios, y al sol. Aunque nos ocultemos de él y no queramos reconocerlo.
—¿Pero acaso esto no es una pérdida de tiempo? Visto con ojos que han vivido desde hace siglos, ¿no ves que es solo un pasatiempo? A todos los que ayudes a llevar una vida más saludable, o más larga, morirán. Los verás morir a todos. Verás morir a tu emperador, igual que a su padre, y al padre de este. Todos mueren, porque así es la vida. Pero nosotros permanecemos, permaneceremos siempre, y dedicas todo este tiempo infinito en hacer la corta vida de unos mortales en algo levemente más placentero.
Eso fue demasiado para él. Se levantó de un salto y rodeó la mesa hasta ponerse a mi altura. Su sola presencia me hizo dar un salto y retroceder un paso, pero me asió por la pechera del jubón para que no pusiese distancia entre ambos. Y aunque su tono fue serio y pausado, podía ver toda la tensión acumulada en los tendones de su mano.
—¿Y tú? ¿Qué has hecho tú con tu inmortalidad? ¿Qué has hecho con el más de medio siglo que llevas viviendo? Tienes más edad que el anciano que visitamos el otro día y no eres más sabio ni más humilde.
Me soltó con un empujón que me hizo caer en el taburete. Temblé, pero no de miedo sino de ira.
—¿De qué te ha servido a ti todo este tiempo? Por lo menos yo he dedicado mi vida a facilitar la de los demás. Puedo dormir tranquilo por las noches sabiendo que aunque ellos vayan a morir, sus vidas serán más placenteras. He traído al mundo bebés, he salvado a madres de la muerte para que puedan ver crecer a sus hijos, placeres que ni tu ni yo probaremos. He dado muertes dignas a hombres honorables que sufrían terribles dolores en su vejez. Remedios que no existen, ni para ti ni para mí.
Me agarré con fuerza al asiento de madera y clavé mis uñas allí. Si me incorporaba, estaba seguro de que me abofetearía. De nuevo me señaló con su dedo, apuntando directamente entre mis ojos.
—¡Cometes el mismo error que muchos bebedores de sangre, jóvenes y engreídos, que se piensan que esto que tenemos es un don! No lo pensabas antes de que te trajese aquí, pero viéndome a mí, y viendo las ventajas que ofrece una vida de inmortalidad cerca de la nobleza, te atreves a pensar que eres mejor que cualquiera. El paso del tiempo te ha dado una perspectiva perversa y egocéntrica de tu situación. Sí, las personas se mueren, pero el mundo permanece. Y estará aquí mucho después de que el tiempo nos haya convertido en polvo a ambos. No te creas por encima de eso, porque entonces estarás perdido. Así es como muchos se vuelven locos, Marken. Así empiezan, creyéndose dueños del tiempo y el futuro.
Y en un gesto de profunda humildad, hincó la rodilla delante de mí y me sujetó los brazos, zarandeándome.
—Si hago lo que hago es para no volverme loco. Para fundirme con el mundo, con el presente en que vivo y disfrutar de ello. Sí, con una careta de hipocresía, porque sé que sobreviviré a mi rey, y a mis amigos, pero antes de que eso suceda, les habré servido, les habré ayudado y ellos me habrán enseñado a mí, a vivir en esta época. No creas que siempre me quedo a ver como se destruye mi mundo. El tiempo es inmisericorde, y tú más que nadie deberás entenderlo. Porque yo puedo pasar por un hombre saludable unas cuantas décadas, pero cuando mis amigos envejecen y yo me mantengo en mis treinta, comienzan a hacerse preguntas. Nunca puedo quedarme demasiado tiempo. Y tú mucho menos. Si en diez años sigues a mi lado aquí en la corte, empezarán a pensar que algo extraño ocurre. Un joven nunca aparenta diecisiete años mucho tiempo.
Soltó un suspiro lleno de frustración. Temía que no le comprendiese, y que no quisiese aceptar sus enseñanzas. Que llegase a ser un problema para él porque no quisiese colaborar con su filosofía de vida. Pero después de aquel momento de pausa, me soltó y me miró a los ojos, lleno de emoción.
—No me lo dijiste, pero sé en lo que pensabas cuando diagnostiqué al confesor del emperador. ¿Por qué no comparto mi sangre con él? ¿Cómo puedo aceptar que amigos y conocidos mueran si tengo el remedio de hacerlos inmortales?
Le aparté la mirada. Si no se lo formulé entonces es porque ya sabía la respuesta, pero a él pareció ofenderle aquella propuesta.
—¿Qué pasaría si compartiera mi sangre con todo el que se muere? Forma parte de la vida humana el morir. Podría darle solo unas gotas de mi sangre, y se restablecería. Sí. Incluso una dolencia tan grave, incurable, creo que podría curarla solo con un par de gotas. Pero si tuviera que darle mi sangre a todo el que se muere… ¿Qué sería de mí? ¿Y es que acaso esto que somos no es otra forma de morir? Nunca le he deseado a nadie esta vida, esta eternidad. He admirado demasiado la mortalidad en mi profesión como para comprender que eso que tenemos, es simplemente, una desgracia. Si he convertido a otros ha sido por puro egoísmo. Y me duele reconocerlo, pero así ha sido.
Me había dejado sin palabras. No atiné a decir nada, mucho menos a enfrentarme a su mirada. Bajé el rostro y me disculpé. Una escueta disculpa que me aliviase un poco el nudo en la garganta.
—No pretendo convencerte de nada. –Dijo al fin, incorporándose de nuevo y pasándose la mano por el cabello, algo revuelto—. Solo espero que así me entiendas mejor. Estoy preocupado por ti, eso es todo. Doy gracias de haber dado yo contigo antes de que lo hiciera alguien peor.
—¿Peor?
—Alguien que se hubiera aprovechado de tu juventud para manipularte, y de tu fuerza para someter a otros. Te sorprenderías si te dieses cuenta, pero yo con setenta años de edad desde mi conversión no era ni la mitad de fuerte o perspicaz de lo que lo eres tú. Y eso me frustra. Pero a la vez te admiro, y te temo. Temo que nos separemos y que dentro de un siglo o dos nos reencontremos y te halle corrompido e irreconocible.
—Me avergonzaría mostrarme así frente a ti. –Reconocí pero él negó.
—No, te mostrarías orgulloso de poder remover toda clase de emociones dentro de mí, sobre todo las peores. No creas que no te he conocido durante este tiempo que has estado conmigo.
Me levanté y plantado delante de él recobré el valor que me había arrebatado al intimidarme.
—¿Acaso no ves que ya estoy abochornado, tan solo por haber sugerido algo tan horrible?
—Si te abochornas es porque te ves capaz, y lo crees posible...
Apreté mis puños con fuerza. Y cerré mis ojos, presa del enfado más terrible que había tenido en mucho tiempo, mas del que recordaba. Era incapaz de enfrentarlo, era como un muro piedra, una muralla que se erigiese alta y soberbia, pero que imponía el respeto suficiente como para no poder ser avasallada.
Llevé una de mis manos a su jubón con intención de zarandearlo, de empujarlo o de estrecharlo contra mí, lo que más le doliese. Estaba dispuesto a pelear, si eso es lo único que le hacía callar. Pero se desembarazó de una de mis manos con facilidad pasmosa y apretó mi muñeca con fuerza, levantándome el brazo y fulminándome con la mirada.
—¿Vas a pegarme, muchacho? Ni se te ocurra…
Me solté de él y salí corriendo de laboratorio. Y a cada paso que daba, mi enfado se evaporaba como agua hirviendo y me quedaban unos amargos posos de vergüenza y desconsuelo. Quise esconderme en su féretro y esperar a que me encontrase, y pudiese haber formulado para entonces unas palabras de súplica y perdón. Pero en vez de eso me encerré en la biblioteca y me hice un ovillo en el butacón que ya había agenciado como mío. Ni una sola vela iluminaba la habitación, solo el tenue brillo del cielo nocturno. La oscuridad seguía pareciéndome reconfortante, pero mi corazón palpitaba desbocado, él podría estar oyéndolo desde el laboratorio. También mis pensamientos, aunque supe que me daría una digna intimidad.
Deseaba morderlo, partirle algún hueso con mis dientes. Y después llorar amargamente sobre su pecho, y besar sus labios suplicándole que él me hiciese lo que quisiera, para aplacar su sentido de justicia.
✵
Cuando estaba a punto de amanecer me encontró dormitando en el butacón. Se cruzó de brazos y nos miramos unos instantes. Al verle supe que había llorado. Tenía los ojos enrojecidos y las mejillas arreboladas. Eso fue suficiente para mí. Aquella era una línea que no iba a poder cruzar. Me levanté y le alcancé en un par de pasos, rodeándole el cuello con mis brazos. Me recogió con dulzura y me cogió en su regazo. Besé una infinidad de veces su rostro, sus párpados, sus mejillas y la comisura de sus labios. Esperaba que mis besos fueran para él como gotas de fría lluvia después de un día caluroso, o como dulces palabras que no pudieran llegar a ser pronunciadas.
Me llevó consigo a la cripta y me metió dentro de su féretro. Después se acomodó a mi lado y cerró la tapa por encima de nosotros. Pensé que me abrazaría como de costumbre y se dormiría a mi lado, pero para mi sorpresa recogió mi rostro entre sus manos y me devolvió los besos que yo tan genuinamente le había regalado. Uno por uno. Hasta que me quedé dormido apoyado en sus labios.
.gif)
.gif)
.png)


Comentarios
Publicar un comentario