EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 16

CAPÍTULO 16 – La noticia


Y así fueron pasando los meses, y los años. Reconozco que aunque al principio la convivencia se anunciaba desastrosa y amenazaba con romper todo tipo de expectativa de futuro, ambos nos acomodamos el uno al otro. Desde el momento en que él aceptó que yo tenía una parte indómita y rebelde, y yo asumí que él no me estaba encadenando a una vida burguesa y acomodada si no lo deseaba, las cosas fluyeron con mucha facilidad. Fue mucho más fácil para ambos aceptar el espacio del otro y nuestras diferencias de pensamiento frente a la vida.

Mucho tiempo después me confesó, aunque no hubiera hecho falta que lo hiciera, que al primer momento de conocerme y encontrarme en el bosque, había esperado hallar a un niño, una criatura recién creada, un neófito en plena confusión. Pero que al abandonar mi recelo y mi temor hacia él, mostrándole mis hábitos ya adquiridos, mi forma de ver mi propio ser, y las expectativas que tenía sobre mí, se desilusionó, temiendo que nuestros caracteres chocasen hasta destruirse. Podría haber sucedido, porque él era muy diferente a mí, pero mi amor por él ablandó mi carácter y me permitió admirar todas sus costumbres y defectos, como algo digno de ser y de existir, aunque no comulgase con ello.

Desde el principio le dejé claro que yo no deseaba ser médico, ni dedicarme a su profesión. Si iba a ser su discípulo, lo sería en el estudio, la investigación y los idiomas. Pero yo no tenía el talante para plantarme frente a un humano y decirle, dentro de mi inmortalidad, que le salvaría. ¿Salvarle de qué? ¿Durante cuánto tiempo? Disfrutaba alimentándome de ellos ¿y me dedicaría a curarlos? Era demasiado contradictorio para que yo pudiera asimilarlo. Bastian había encontrado la manera de hacerlo, pero para mí era imposible. Sin embrago le ayudé siempre que estuvo en mi mano. No tanto como un aprendiz sino como un ayudante. Era mi forma de agradecerle su tiempo y su cuidado. Era un pacto no sellado en el que le prestaba mi servicio pero en la que carecía por completo de vocación. Él lo asumió mucho antes que yo.

Por la consulta pasaron todo tipo de personas a lo largo de aquel tiempo que permanecimos en Flandes. No solo el rey y sus familiares o allegados, también iban por recomendaciones y a veces incluso atendimos a un par de campesinos que se habían herido cazando o trabajando. Mi maestro jamás mostró ningún tipo de inconveniente al respecto siempre que no le hiciesen levantar súbitamente de su sueño o causasen alguna trifulca en su hogar. Jamás pedía dinero, aunque a veces habían querido hacerle regalos y donaciones. El rey le pagaba un buen sueldo anual y a ello se le sumaban sus rentas por su título, que unos años antes el emperador le había concedido, como médico real. Por no hablar de los alquileres que cobraba por las diferentes casas que tenía por el continente.

Su patrimonio ascendía a más de lo que yo hubiera imaginado. Me lo confesó una noche, antes de que partiésemos de Flandes. Me dijo que tenía un castillo medio derruido en el norte de Inglaterra, heredado de su madre que había sido condesa, pero que hacía siglos que no lo habitaba nadie, y él había seguido heredando la propiedad, pues había seguido dejando herencias a sus alter egos, sus fingidos hijos y sobrinos, que siempre eran él. Tenía varias identidades, con diferentes apellidos. Era una locura burocrática que intentó mostrarme en una ocasión pero que no logré entender del todo. Ahora lo entiendo un poco mejor.

Poseía una pequeñita casa en Toledo que había alquilado a un conocido médico que había conocido en Salamanca, impartiendo clases, pero que ahora se dedicaba a ejercer la profesión en Toledo. También disponía de una casona en Madrid, de cuando el rey había estado viviendo en la capital, y también una finca en Nápoles, territorio también español. Me confesó, casi avergonzado, que había tenido un terreno en Jerusalén, pero que lo había vendido hacia siglos, y que había estado pensando comprarse algo en Francia, en el sur, pero que se resistía a ello por los problemas políticos que había en el país.

—¿Cuándo conociste al emperador? –Le pregunté en una ocasión en que parecía de buen humor, mientras limpiaba unos recipientes del laboratorio. Ya había ignorado mi pregunta en otra ocasión, así que decidí insistir.

—Como te dije, recomendaron mi servicio al rey. Yo llegué a España al momento en que Juana I de Castilla se iba a Flandes a vivir con su esposo Felipe el Hermoso. Y su hermana, Margarita, llegaba a la península para casarse con el heredero de castilla, que moría al poco tiempo. Me instalé en Toledo, en una gran ciudad, muy hermosa, donde se movía la corte de la reina Isabel a placer. Me puse entonces un apellido de esta zona porque quería transmitir cierta confianza pero también misterio. Nadie investigaría si yo era morisco o judío.

»Me instalé en una pequeña casita de dos pisos, con un pequeño patio con una fuentecilla. Un día te llevaré si te place. Tomé a tres ayudantes y un ama de llaves. No fue sencillo al principio. No sentó muy bien a mis clientes mis extraños horarios nocturnos. Los españoles son terriblemente desconfiados con las rarezas, y más viniendo de un extranjero. Pero como tampoco necesito desesperadamente clientes, dado el tipo de vida que llevo, me bastaba con curar de vez en cuando a algún enfermo.

»A principios de siglo ya había conseguido hacerme con cierta reputación. Contraté a dos parteras y me ayudaban con las labores de los embarazos. Mis remedios eran eficaces y mi trato mucho más humano que el de los peligrosos barberos que pululaban por la ciudad. Además, haberme establecido en una buena casa siempre transmitía cierta confianza. Y saber que cobraba dependiendo de la renta de cada uno, me permitió acceder a todo tipo de públicos. Muchos comenzaron a ofrecerse, a cambio de unas monedas, a hacerme de correos, informadores, divulgadores y mediadores. Los españoles son desconfiados, pero una vez te conocen, te integran en sus familias sin ningún tipo de resquemor.

»¿Cómo hacia para alimentarme? Igual que he seguido haciendo hasta ahora. Es cierto que una casa en el bosque, un poco apartada del tumulto de las ciudades, se presta a ser más discreta y a proporcionar mucha libertad. Pero en una ciudad se cometen muchos crímenes diarios y se organizan muchas fiestas. Y si uno sabe cómo adaptarse, es muy sencillo alimentarse. Por eso insisto a menudo en que puedas aprender otras formas de alimentarte, que no sea de un modo brutal y mortal. Aquí gozas de una libertad a la que estás acostumbrado, pero si nos desplazásemos a Roma, dios sabe que no tendrías escapatoria posible.

»En el 1517 pisó por primera vez el emperador España, y después de un par de años, cuando sus dolencias por los atracones y sus jaquecas le empezaban a perturbar, llegó hasta sus oídos la presencia de un médico en Toledo que, usando herramientas y avances modernos, había conseguido curar todo tipo de enfermedades. Me llevaron ante su presencia y desde entonces sirvo en su corte. Vivo con él, me desplazo con él, y aunque en muchas ocasiones me ha ofrecido vivir a su lado, entre los nobles que le acompañan, siempre he tenido que rechazarlo. No me atrevería a compartir casa con él, ni si quiera un palacio o un Alcázar. Jamás. Mi privacidad es el límite que le puse desde el primer momento, eso, y no verle durante las horas en que el sol estuviese en el cielo. Las aceptó, para mi sorpresa. No es el primer rey al que sirvo, pero ha sido sin duda el más complaciente. Eso me ha animado a seguir por el continente. Estamos aquí, a la espera para retomar el viaje hasta Bolonia, donde el papa le coronará oficialmente emperador, aunque lleva siéndolo ya muchos años.

—¿Conoces Italia?

—Sí, conozco Roma, y algunos pueblos aledaños. Pero hace mucho de eso. Entonces Venecia, Florencia y Nápoles o Milán, no tenían el esplendor que deben tener ahora. Eran pequeñas ciudades que nacían de las ruinas de un imperio desmembrado. Aún son ciudades ruinas. Pero sus artistas y sus políticos han hecho que renazcan de sus cenizas. Cuando vayamos, ojalá podamos fugarnos una noche y recorrer las ciudades a nuestro libre albedrío.

—¿Los bebedores de sangre tenemos de eso? –Pregunté, casi divertido—. Pensé que eso era una concesión puramente humana.

—Lo tenía cuando era humano, y lo heredado desde entones. Y Dios no parece furioso conmigo… así que supongo que sí, también nosotros tenemos eso. Aunque siempre con toque de queda.

Una noche llegó de la corte y me avisó de que en un mes se reanudaba el viaje a Italia. El rey ya había terminado todo el papeleo y había acudido a todos los actos que le requerían en Flandes y se había recuperado parcialmente de su gota. Los últimos días había salido de caza y a montar y había regresado de muy buen humor, por lo que había dado luz verde para que se reanudasen los preparativos.

Reconozco que al principio me sentí muy atemorizado. Una cosa era vivir en aquella casa y otra muy diferente viajar junto con la corte a países extranjeros, muy lejos del clima y del lugar que me había visto nacer. Sí me había desplazado hacia el norte las últimas décadas, en una trashumancia lenta y voraz, pero dejar aquella casa a la que ya me había acostumbrado me dolía. Él lo sabía, a pesar de que en ningún momento me dio esperanzas de que nos pudiéramos quedar y establecer. Incluso yo mismo sabia que aquello era temporal, pero no sé por qué me había hecho a la idea de que nunca saldríamos de allí, y de que aquellas paredes que nos habían servido como refugio y hogar, ahora las dejábamos atrás.

Yo medité en silencio durante horas después de aquella noticia. Cuando Bastian me lo anunció, parecía feliz, casi radiante. Pero al ver mi expresión se ensombreció su faz y pude apreciar que mi sorpresa y mi temor le calaron como un balde de agua fría. Sin embrago no se mostró autoritario, ni mucho menos. Me dejó rumiar la noticia por unos días. No fue hasta que no me hice a la idea que no acudí a él, en busca de consuelo o ánimo. Pero para entonces su mente había ido por otros derroteros, temiendo un posible caos en mi conciencia.

Había acudido a una fiesta en la corte. Pero era una fiesta privada, sin el emperador que estaba de viaje a una localidad cercana. Varios amigos: el secretario del rey, su tesorero, las esposas de ambos, la hermana mayor del emperador y algún otro noble. Decliné su oferta de acompañarle cuando me lo propuso. Jugarían a las cartas, beberían licor, y mi maestro aprovecharía el despiste de sus compañeros para acerarse a alguna damita y beber su sangre. Me atemorizaban aquellas reuniones tan comedidas, cuando la atención podía centrarse fácilmente en uno. Mi maestro estaba hecho para la galantería y la conversación, pero yo no. Así que cuando le había hecho de acompañante, siempre me había quedado en el más estricto mutismo, a no ser que me preguntasen. Y entonces, me debatía en contar verdades o mentiras. En revelárselo todo. O en sellar mis labios para siempre. Sebastián tenía un don para ser narrador de cuentos. Yo no. Odiaba los cuentos.

Fue sin embrago a mitad de la noche, en aquella silenciosa y oscura casa, viéndome rodeado de todos mis pensamientos, en que apareció el arrepentimiento por no haberle acompañado a la corte. Me reconcomía mi soledad y mi desespero. Los minutos se hacían eternos, y aún a la distancia, si me esforzaba, podía sentirlo. A él, y después de a él, a los demás, a través de sus propios sentidos. Era capaz de llamarlo si lo deseaba. Lo veía, a través de los ojos de los demás, sentado en una mesa redonda, con el jubón sobre el respaldo de la silla. El licor había afectado ya a todos, menos a mi maestro que no bebía. Pero estaba desinhibido, desgarbado, con el cabello revuelto y sintiéndose como si no le importase perder el control.

Pero cuando me sintió, cuando sintió mi anhelo y mi llamada, su sonrisa se congeló unos instantes y volvió su atención del revés, mirándose a sí mismo y a mí a través de él. Y me sonrió entonces a mí.

No lo pensé mucho más. Salí con un par de caballos y me dirigí hacia el palacio. Cuando llegué estaba en el jardín, paseando con una de las damas de compañía de la hermana del emperador. Era muy joven, rubicunda y de cabello pelirrojo. Mucho más que el de él. Paseaban como viejos amigos, con una conversación animada y algo febril. Yo los seguí a una distancia prudencial para que ella no me viese u oyese, pero no le negaría a mi maestro que estaba allí, observando. Caminaron durante bastante tiempo hasta internarse detrás de un remolino de árboles que hacían de muro para separar el jardín de los terrenos colindantes.

Él la besó. Para sorpresa de ambos. Sujetó su mentón y lo alzó, y accedió a sus labios con una sed casi brutal. Y aunque quise apartar la mirada, no lo hice. Si esto era una lección, yo no me la quería perder. Y si era una provocación, vive Dios que la recordaría.

—Permíteme que me alimente de besos. –Dijo él, en tono suplicante, algo a lo que ella ya no se negaría. Estaba ida, con la mirada turbia y las manos flojas. Si se agarraba de él era de milagro. Si no la estuviera sosteniendo, se caería.

Besó su cuello, y bebió de ella. Solo un poco. Cuando se separó cubrió sus labios con un pañuelo blanco y se limpió de los restos de sangre que le hubieran quedado. Suyos o de ella, porque cuando se volvió a mí, no atisbé a ver nada más que un fino y blanco cuello enmarcado en una transparente tela de seda. La miró con intensidad, toda la que yo no había recibido nunca, y ella despertó poco a poco de aquel sopor delirante en el que se había inmerso. Si él era capaz de hacer eso, ¿yo podría? ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo intentarlo? ¿Y por dónde empezar? Si bastaban palabras, yo no las encontraría, y si era necesario algo más que experiencia, tal vez algo de talento innato, estaba claro que yo no lo poseía. Sebastián parecía empeñado en que todos éramos capaces de hacerlo, pero por mucho que insistiera, yo era incluso incapaz de hablar en sociedad con los ademanes y la soltura que él tenía. ¿Cómo iba a poder desequilibrar de aquella manera un espíritu humano?

Después de unas dulces palabras, él la despidió y mientras se encaminaba de nuevo al palacio torció el gesto y me vio, en la entrada trasera del mismo. Se abochornó toda y se cubrió la boca con un guante, intentando disimular una sonrisa o tal vez ocultando las pruebas de su delito. ¿Hasta qué punto era aquello moralmente correcto? Era mejor que matar, pero… ¿Ellas se arrepentirían de lo que hacían, después de salir del delirio? ¿Las estaría conduciendo contra su voluntad a un deseo que era impropio de ellas? Si no tenía cuidado, podría buscarse poderosos enemigos en la corte. Cuanto más lo pensaba y más indagaba en sus métodos para obtener la sangre, más peligrosos me parecían. Eran unos constantes malabarismos a los que yo no estaba acostumbrado.

Caminó por el mismo sendero que había recorrido ella y me alcanzó, con las manos a la espalda y una mirada pícara y juguetona.

—Al final has venido, ¿eh?

—Queda poco para el amanecer. He venido a buscarte.

—No hacía falta, muchacho. –Pasó por mi lado y me revolvió el pelo, como acariciando a un cachorro, gesto que yo desdeñé, arrugando la nariz.

—Siempre os ponéis de un humor extraño cuando os alimentáis. Me ponéis de los nervios, maestro. –Le dije, cosa que le hizo reír, más por las palabras que por el tono.

—Estaba triste hoy, pero la muchachita ha conseguido restaurar mi ánimo.

—Vayamos a casa, maestro. Despedíos. Os espero en la entrada con los caballos. Y recoged el jubón. Que lo habéis dejado tirado dentro.

—Sí, señor. –Se burló de mí, entrando en el interior del palacio. Yo rodeé la mansión y me subí a mi caballo, esperando a Bastian. Reapareció un cuarto de hora después y se subió a su montura. Yendo al galope no tardamos nada en regresar a la casa. Para entonces parecía que su humor había vuelto a ennegrecerse. Dejó al caballo en la cuadra y se metió en la biblioteca. Recogió las tareas que me había dejado y las revisó de un vistazo.

—¿Por qué estabais triste, Bastian? –Pregunté, sentándome en el butacón y apoyándome en uno de los reposabrazos.

—No hace falta que me hables de esa forma. No aquí.

—¿Qué te ha tenido triste?

—Si te esfuerzas, podrás leerlo en mi mente. Igual que te has colado antes en ella…

—No pretendía inmiscuirme.

—Me apena tu tristeza. –Se volvió a mí, dejando los papeles sobre la mesa y apoyándose con la cadera en ella. Se cruzó de brazos, y me miró, dejándome acobardado, hecho un ovillo en el butacón.

—¿Mi tristeza? Ya no estoy triste. Tal vez algo melancólico. Pero no triste.

—¿Ya no?

—No.

—No voy a arrástrate conmigo si no lo deseas. –Me dijo, casi como si hubiera tomado una resolución—. Te quedarás aquí en esta casa. De todas formas no tengo a quien alquilársela y pensaba seguir pagando al servicio para que la mantuvieses en orden.

—¿Quedarme aquí?

—Claro. Conoces bien estos bosques, tienes alimento de sobra. Y podrás quedarte con los libros, si lo deseas. Estudiarás, dormirás, cazarás…

Fruncí los labios como toda respuesta a lo que me había dicho.

—En un par de años volveré. No temas.

—¿Pero qué estás diciendo? –Le cuestioné, levantándome de la butaca y poniéndome a su altura—. ¿Quieres que me quede atrás?

—Tú no quieres venir conmigo a Italia, no creas que no sé que tienes miedo…

—¿Y qué? No importa si tengo miedo. ¡Qué tontería! Yo que he ido a buscarte a palacio para hacer las paces, para decirte que iré contigo encantado allá donde vayas. –Me avergoncé nada más lo solté. Tuve que ruborizarme en extremo porque él me apartó la mirada y volvió a prestar atención a los papeles que había sobre la mesa. Me pasé la mano por el cabello, alborotándolo—. Aunque si decides ir solo, ten por seguro que no me quedaré aquí. Sin ti, no soporto estar en esta casa, solo. ¿Qué haría aquí? Me volvería loco.

—¿Si decidiera ir solo? Sabes que no deseo otra cosa que me acompañes.

—¡Y yo quiero acompañarte! Ya lo he decidido. Iré. –Hizo el amago de hablar pero le corté antes de pudiese empezar—. Sé que tengo otras opciones. Siempre puedo ir por mi cuenta, o buscar alguno otro sitio donde quedarme… Pero no. Deseo acompañarte. Me Preocupa nuestra seguridad y los problemas que pueda llegar a causarte, pero confío en que sepas lo que haces. Y yo haré lo posible por ser un buen discípulo.

Profundamente conmovido llegó hasta mí y tiró de mi brazo hacia él, rodeándome con sus brazos y apretándome contra él. Tenía mucha más fuerza que yo, pero me encantó sentir su cuerpo rodeando el mío, pegándome a él como si quisiera fundirse conmigo. Hundí mi nariz en su ropa, impregnándome de su perfume y de su calor. Aún recuerdo su fragancia, incluso a día de hoy y cada vez que viene a mi memoria me estremezco de ilusión.




⬅ Capítulo 15                                          Capítulo 17 ➡

⬅ Índice de capítulos

Comentarios

Entradas populares