EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 14
CAPÍTULO 14 – Urgencia en la corte
Después de que Sebastián recogiese algunos de sus bártulos y los cargase en su maletín, nos subimos ambos a un carro que había mandado el emperador y nos condujeron a través de los caminos del bosque. Entre aquél traqueteo y el sonido del viento en el bosque, me atreví a decirle:
—Vivir tan desplazado tiene sus inconvenientes. Si al emperador le surgiese una verdadera urgencia, no llegaríais a tiempo. Menos si es de día. ¿Acaso tus sirvientes pueden bajar a avisaros en caso de extrema necesidad?
—Solo si la casa se incendia. –Me respondió, con una sonrisa, pero después se tomó mi pregunta más enserio—. Sí que es un poco incómodo, pero es la forma más segura de compaginar mi seguridad con mi profesión. Así le expliqué que debía ser al emperador, y así aceptó desde el primer momento.
—Vivir en la corte sería demasiado.
—Sí, yo no podría compaginarlo. Además, tengo buenos ayudantes en la corte, que le asisten siempre que es necesario. Son mis manos y mis ojos cuando yo no puedo estar con el emperador. Tanto para lo bueno como para lo malo.
—¿Me contaréis algún día como lo conocisteis? ¿Cómo acabasteis sirviendo para él?
—En algún momento te lo contaré.
Cuando llegamos yo cargué con el maletín mientras mi maestro entraba a palacio y saludaba al servicio y a los nobles que le salían al paso. El ayuda de cámara del rey nos esperaba en la antesala del dormitorio del emperador, para ponernos al día e introducirnos a los aposentos del emperador con toda la pompa necesaria.
El emperador estaba sentado en un escritorio, leyendo algunas cartas mientras se mecía el bello que le crecía en las patillas. Sumamente concentrado. Incluso cuando el ayuda de cámara nos presentó, no levantó la mirada de los papeles. Solo cuando Sebastián llegó a su altura, levantó la carta en alto para mostrársela.
—Me ha escrito mi esposa. Han llegado noticias del nuevo continente, y se le ha concedido la concesión de mercedes a varios conquistadores.
Eso es una gran noticia.
—¿Qué nuevo continente? –Pregunté en dirección a mi maestro, pero por suerte para ambos, solo él me había oído. El emperador volví a dejar la misiva en su lugar.
—Ven, acércate. Tengo que hablaros de mi confesor. Es para él para lo que os he llamado.
—Antes de nada. Ya no os veo con la pierna en alto. ¿Ha remitido la gota?
—Si sigue así, en unos meses partiremos al sur
—Eso es una excelente noticia. ¿Y bien? ¿Queréis que ausculte a vuestro confesor?
—Es un hombre mayor, no más de lo que es mi ayuda de cámara, pero no ha tenido una vida fácil. Lleva semanas tosiendo, y en sus últimos esputos he podido apreciar manchas de sangre. Así que os pido encarecidamente que le echéis un ojo.
—Por vuestro tono advierto que no le habéis puesto sobre aviso de mi presencia. –Advirtió Sebastián.
—Así es. Se lo comenté hace una semana pero se le salía el demonio por la boca solo de pensar en médicos y boticarios. Me recordó que había entregado su vida a Cristo y que no deseaba prologar su vida si Dios le reclamaba. –El emperador negó con el rostro, profundamente conmovido—. Que Dios ni qué tontería. Si estuviera en mi mano aliviar sus dolencias, yo mismo le curaría. Pero solo os tengo a vos. –Y de forma casi teatral posó una de sus manos sobre la de mi maestro, a modo de súplica.
—Hacedle llamar, pues. Veremos qué le sucede. Y si tiene remedio, haré lo que esté de mi mano…
El emperador nos dejó unos segundos a solas en lo que salió a avisar a su ayuda de cámara para que trajese al confesor. Yo cargaba el maletín pacientemente mientas Bastian miraba, casi eclipsado, al emperador a lo lejos. A veces si lo deseaba podía convertirse en una figura de piedra, hierático e inerte. Advirtiendo mis pensamientos posó su mirada en mí y me lanzó una sonrisa que me erizó el vello.
El emperador regresó a nuestro lado.
—Cuando venga, por favor, mostraos persuasivo. No deseo causarle una gran molestia, es un hombre mayor, y es un buen amigo desde que llegué por primera vez a España. Sed gentil con él. Y si no desea, fervientemente, ser atendido, dejadle marchar.
—Siempre podéis usar vuestra autoridad como emperador para obligarle.
—No desearía tener que hacer eso. No, no lo haré. Puede que en su situación, yo también me mostrase esquivo. Además, me ha criado como a un hijo, no creo que ni toda la autoridad del mundo fuesen suficiente.
—En mis tiempos, —murmuró Bastian en mi dirección—, los reyes eran más respetables que ahora.
Me hizo contener la risa.
En unos minutos el emperador invitaba a su confesor a entrar en sus aposentos, pero el hombre parecía resabiado ya antes incluso de poner un pie dentro. Cuando nos halló en aquella oscuridad, casi se vuelve contra el emperador, pero se contuvo y le lanzó una mira de decepción.
—Os dije que no necesito médicos, alteza. Mi señor… no deseo molestaros, ni a vos ni a este respetable estudioso, por mis dolencias.
—Solo será una consulta, nada más. El médico os reconocerá y podrá recetaros algo para aliviaros esa tos. No quiero interponerme entre los designios de Dios, pero si pudiera haceros la vida un poco más confortable…
—La vida no siempre es confort, alteza. A veces Dios pude ponernos trabas y pruebas para recordarnos que debemos estar pendientes de la limpieza de nuestra alma…
—Y aún así, con mi gota y mis problemas estomacales, siempre acudo al médico para que pueda aliviar mis dolores, porque con tantas dolencias no podría gobernar un imperio.
—Padre… —Murmuró mi maestro, adelantándose—. Le pido que haga caso al rey y me regale unos minutos de su tiempo. Solo será eso y nada más. Quede por descontado que no le realizaré ningún tipo de prueba dolorosa o molesta.
—¿Harás suplicar a tu emperador? –Le preguntó Carlos con tono lastimero, a lo que el sacerdote no pudo por menos que resoplar, tragándose su orgullo.
✵
Nos cedieron una sala para la consulta. El confesor no quiso que el emperador estuviera delante pero aceptó mi presencia con resignación. Era una pequeña habitación, casi un vestidor, donde sentamos al sacerdote y le desvestimos la parte de arriba del cuerpo. Con aquel extraño cono de metal mi maestro escuchó su interior con atención. Yo pude sentirlo antes de que le diese ningún diagnóstico, sus pulmones estaban dañados, infestados con pus y sangre. No le quedaban más que unos meses de vida. Duros y dolorosos meses de tos y fiebre. Sin embrago mi maestro siguió con su teatrillo, tomándole el pulso, observando el color de sus ojos y su lengua. Y por último le pidió que hiciese un esfuerzo y tosiese sobre un pañuelo blanco que le entregó. Al principio el sacerdote apenas hizo el amago de toser, pero por culpa de ese fingido esfuerzo, una tos mucho más real y sebera le acometió y tuvo que escupir en él. Un par de manchas de sangre impregnaron la tela, para disgusto de todos.
—He visto a otros morir de lo mismo. –Dijo el confesor, cuando observó la mirada que mi maestro y yo cruzamos. Era un hombre barbudo y cano, pero fuerte. Sin el hábito parecía un viejo pescador—. No es algo que tenga remedio, ¿verdad, hijo?
—Me temo que tenéis razón. Es una enfermedad que afecta a los pulmones, los anega en sangre y enflaquece el cuerpo.
—Eso mismo le he dicho al emperador hace unas semanas, pero no atiende a razones.
—Es un muchacho joven. –Dijo Bastian, conmovido, con una perpetua sonrisa de condolecía en su rostro—. Entended que no quiera perderos y haga lo imposible.
—Tal vez de vuestra boca sea capaz de entenderlo mejor.
—Podéis vestiros, no hay nada más que decir.
El hombre se puso en pie y comenzó a abrocharse el hábito. Bastian llegó hasta mí y hurgó dentro del maletín, sacando un pequeño estuche con frasquitos en su interior.
—¿Ya está? ¿Y no hay nada que se pueda hacer? –Pregunté, francamente conmovido por el talante y la templanza con la que ambos asumieron la muerte.
—No, me temo que no. Es incurable.
—Con la mujer del otro día…
—Nada tiene que ver esto con aquello. –Sentenció Bastian cortando de raíz toda clase de esperanza. Asentí y le vi seleccionar uno de los frasquitos.
—Tome, ponga dos gotas en una taza de leche caliente antes de acostarse si siente grandes molestias. Mándeme el pedido cuando se le acabe, y yo le prepararé más. A medida que pasen los meses, irá a peor la cosa…
—Sí, lo sé. –Dijo el confesor, pero aceptó el frasquito, casi aliviado. Lo ocultó en algunos de los bolsillos entre los pliegues de su túnica.
✵
Cuando regresamos a la casona dejé el maletín sobre la mesa de su laboratorio y él se sentó a tomar unas anotaciones de lo ocurrido.
—Voy a cazar. –Le anuncié, mientras él escribía atropelladamente sobre el papel—. Esta noche no me sigas.
—Bien, no te preocupes. Yo tengo cosas que hacer aquí. Así que no te obsesiones con eso.
Salí al exterior y me recibió una fría bocanada de aire. Casi la agradecí. Pero nada más poner un pie fuera tomé súbitamente la decisión de no regresar aquella madrugada a la casa. No deseaba estar allí, ni atender a los estudios, ni leer, ni si quiera compartir el mismo techo que mi maestro. Echaba en falta un poco de mi autonomía, o de mi libertad. Y caminé hasta que me topé con un pequeño claro y me senté allí, apoyándome en el trono de un árbol. Me dejé mecer por los sonidos de la oscuridad y por la presencia de todos los animales, pequeños y grandes, que me rodeaban. Hundí mis dedos en la hierba, sobre las hojas caídas y apoyé mi mejilla sobre la corteza musgosa. Respiré su humedad y me sentí un poco más reconfortado.
Cuando hallé en mí mismo la conciencia de mi propio ser me levanté y camine hasta una pequeña población cercana. Una solitaria comunidad que ya había visitado en alguna ocasión años antes con el mismo motivo que entonces, alimentarme. Era muy tarde, demasiado como para que alguien hubiera rondando por los bosques de alrededor y demasiado pronto para que los madrugadores salieran de sus casas. A diferencia de todo mi método anterior, estaba decidido a aventurarme un paso más allá de mis propios límites.
Rondé por las sombras hasta que me detuve en una casita diminuta. Dentro había un hombre con sus dos hijos. Eran leñadores. El más pequeño de ellos apenas alcanzaba mi edad, pero su hermano mayor tendría veinte o veintidós años. Era fornido y voluminoso bajo las mantas que compartía con el pequeño. El padre dormía en un camastro en la habitación de al lado.
Me encaramé a la ventana y la abrí silenciosamente. Puse un pie dentro, viendo como mi sombra alargada se extendía a través de los dos cuerpos cubiertos con mantas como el signo de un ángel exterminador. La brisa removió las corinas y el serrín que había extendido por el suelo. Un cuervo intentó alertarles de mi presencia con un graznido muy a lo lejos, peor ya nada les libraría de mí.
Contén al cazador. –Me dije, en un murmullo interno, puramente meditativo—. Hazlo con determinación.
Llegué al borde de la cama y me arrodillé al lado del hermano mayor. Descubrí su rostro, tirando de la manta. Era pelirrojo, con el cabello ondulado, corto, con las mejillas rubicundas y llenas de pecas. Tenía las facciones marcadas, firmes y seberas. No era un niño en absoluto. Sus labios estaban fruncidos en alguna clase de meditación delirante y le daba la espalda a su hermano que, hecho un ovillo, respiraba torpemente por la boca.
Cuando descubrí su brazo a través de las mantas, así su muñeca y palpé su pulso, y su calor. Sentí su cuerpo derritiéndose como mantequilla bajo el tacto de mis dedos y mi garganta se secó. Comencé a sentir esa nausea previa al deseo y ese cosquilleo propio del descontrol.
El joven abrió los ojos como platos, mi tacto no era el roce de una pluma y me sintió al poco de que le sostuviese el brazo. Estuvo a punto de gritar pero yo le cubrí la boca con una mano firme y posé un dedo sobre mis labios, pidiéndole silencio. No en tono de súplica, tampoco de amenaza. Le prometí, con aquella profunda mirada, que no tenía que temer nada de lo que estaba sucediendo. Puede que fuera la elegante ropa que llevaba puesta, o que en mi mirada hubiera algo más que mera convicción, pero lo cierto es que no se revolvió y tampoco gritó. Pero por si acaso yo no me atreví a levantar mi mano de su boca.
Su hermano seguía dormido y su padre roncaba en la habitación de al lado. Así que bajo su atenta mirada volví a acercarme su mano a mi boca y mordí su muñeca. Cuando la sangre brotó no pudo contener un espasmo y eso me hizo ceñir más mi agarre con los dientes. Pero no le perdí de vista, tampoco él a mí. Bebí su sangre pausadamente mientras nos mirábamos, en un perverso gesto de seducción emponzoñada.
Un par de minutos después ya no tenía fuerzas para resistirse y cuando estaba a punto de desfallecer, sumiéndose en un profundo sueño que tiraba de él hacia la inconsciencia, soltó una lágrima que brilló en medio de aquella oscuridad. Su respiración se pausó hasta detenerse y yo bebí los últimos tragos que quedaban en él. Incluso así no me atreví a levantar mi mano de su boca por miedo a que recobrar su espíritu. Antes de separar mi boca de él, mordí mi lengua y cubrí con mi sangre el mordisco, que cicatrizó al instante. Solo entonces encontré el valor para descubrir su rostro que había quedado sumido en un profundo sopor eterno. Le cubrí de nuevo con las mantas, como quien se despide de un amigo muerto en batalla y me alejé de allí todo lo silencioso que pude, comprobando, antes de marcharme, que todo había quedado tal y como yo lo había encontrado al entrar.
De nuevo en el bosque advertí que quedaba menos de una hora para el amanecer y me escabullí hasta la antigua ermita que me había servido durante algún tiempo como refugio. Cuando la divisé allí sola y a lo lejos me sentí terrible nostálgico. Como regresar a casa de un amigo o encontrar un juguete perdido desde hacía mucho tiempo. Apenas habían pasado dos meses desde que me había instalado con Bastian, pero muchos días seguía echando en falta aquella vieja independencia en la que me había desarrollado.
Todo estaba como lo había dejado. La vieja ventana cubierta con tablones, el sucio camastro de mantas en una esquina del pequeño recinto y alguna de mis viejas prendas esparcidas por ahí. Me hinqué de rodillas sobre las sucias y polvorientas mantas y me quedé dormido casi al instante, saciado y completamente exhausto. Me dormí con la sensación del cálido amanecer rodeando la ermita y ese sopor me trasladó durante días y noches a una especie de sopor perpetuo, un dulce baile con Morfeo, lleno de sueños y recuerdos.
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