EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 43

CAPÍTULO 43 – Cal y arena


Salimos a gran velocidad de la casa. Estuve a punto de ponerme la capa y el abrigo pero Sebastián tiró de mí, haciéndome ignorar ese pequeño gesto tan humano que había adoptado. Corrimos a través del bosque bajo aquel frío tan gélido, y atravesando la espesa niebla que había comenzado a colarse entre los árboles. La despejamos con nuestro paso y llegamos hasta la rivera. Mi maestro se detuvo y miró hacia todas partes. Yo señalé el otro lado del río, cerca del comienzo del puente.

—Allí fue.

Mirando a todas partes, lleno de precaución y recelo, cruzó el puente y yo le seguí muy de cerca. Nuestros pasos sonaban fríos y cortantes en aquel silencio, únicamente roto por el rumor del agua. Llegamos al otro lado y él me dejó descender por el lodazal entre los arbustos y el follaje para indicarle el lugar donde había dejado los cuerpos. Uno de ellos, el primero al que maté, aún permanecía en su sitio. Estaba semihundido en el barro, con la casaca húmeda y sucia, con el rostro competente sumergido en el lodazal. La sangre se la había llevado el río y pronto se lo llevaría a él.

Lo cogí del cuello de la chaqueta y tiré de él para sacarlo de aquella tumba de barro y alejarlo de la ribera. Pero mientras lo hacía, buscaba con la mirada el otro cuerpo, que estaba completamente desaparecido. Cualquier otro humano se habría sentido perdido en aquella oscuridad, pero yo me jactaba de ver bien en la noche, sin embrago mi estado de nervios creció a medida que no lo hallaba por ninguna parte. Escarbé entre los arbustos, hundí las manos en el lodazal. Recordaba haberlo dejado al bore del río.

—Está allí. –Dijo Sebastián señalando un punto indeterminado del río, a unos veinte metros de distancia. Por suerte el cuerpo flotaba y se había quedado con la capa enganchada en unas raíces que sobresalían del agua. Aún así la corriente amenazaba con llevárselo con ella. No sé qué habría sido mejor.

Antes de que pudiese ir a por él, Sebastián se encaminó hacia el cuerpo y cuando el agua le llegó por la cintura se echó a nadar. Llegó hasta el cuerpo y lo desenganchó de un tirón. Arrastró con una mano el cuerpo y con la otra se ayudó a salir del agua. Yo hice lo mismo, arrastrando el cadáver hasta una zona menos empantanada para poder maniobrar con ellos con más facilidad. Pero cuanto más subiésemos la colina, más expuestos estábamos. Sebastián soltó su cadáver en el suelo y se sacudió parte del agua que había traído consigo. Aún así al caminar chapoteaba y la ropa se le había quedado pegada al cuerpo.

—¿Qué hacemos con ellos? –Murmuré, sintiendo como el pánico comenzaba a subirme por la espalda como un cosquilleo—. No podemos dejarlos aquí. Saben que iban en busca de Nikolás.

—Supongo que fingir una pelea entre ellos solo aumentará las sospechas sobre tu amigo. ¿No?

—Exactamente…

—Bien. –Asintió y se inclinó para cargarse el cadáver a la espalda. Yo hice lo mismo, a duras penas y con la complicación de que aquel hombre casi me doblaba el tamaño y el peso—. Sígueme. No me pierdas de vista.

Diciendo eso echó a correr. Siguió la rivera del río hacia el norte, durante por lo menos tres kilómetros. Los recorrimos en apenas unos minutos pero con el peso sobre la espalda resultó tedioso y complicado. Pasados los tres kilómetros, viró a la izquierda y se internó en un pequeño bosquecillo que acabó dando a un claro rodeado de cipreses altos y oscuros como esbeltas esculturas vivientes. Estábamos en el cementerio.

Antes de aproximarnos aún más al muro de piedra que rodeaba la propiedad, soltó el cuerpo que cargaba a mis pies y me indicó con un gesto de la mano que no me moviese de allí. Yo no lo pensé. Me quedé helado, quieto y bajo la sombra de uno de los árboles, a la espera de que regresase. Tardó en volver, por lo menos el tiempo suficiente como para comenzar a preocuparme por si regresaría o me dejaría allí con aquellos dos cuerpos muertos a mí cuidado por la eternidad.

Me indicó que le siguiese y ambos regresamos a cargar nuestros cadáveres a la espalda. Me llevó, saltando por la tapia de piedra, hasta una zona apartada del cementerio. A lo lejos nos observaban todas las cruces y lápidas que se alzaban tétricas y moribundas sobre aquella tierra infecta. Para cuando llegué yo, ya había hecho parte del trabajo. Había excavado un pequeño hoyo en la tierra de una fosa común y me esperaban dos palas y un saco de cal.

—Vamos, arrójalo ahí.

—¿No lo encontrarán?

—Espero que no. –Dijo, y con un suspiro puso el cuerpo con el que había cargado al borde de la fosa y de un empujón de su pie lo dejó caer dentro. Yo hice lo mismo, y el cuerpo se deslizó terraplén abajo hasta que chocó con su compañero en aquella mísera tumba.

—Si los desentierran, los reconocerán. –Dije, asustado de repente por aquella sugerencia—. No me extrañaría que los ladrones de cuerpos de la universidad hurgasen por aquí de vez en cuando…

Mi maestro se quedó mirando aquellos cuerpos con el rostro contraído en una mueca de profunda contrariedad y acabó gruñendo a modo de darse ánimos. Yo no imaginaba lo que haría. Se lanzó hacia el fondo de aquella fosa, y con los labios apretados y los ojos entrecerrados comenzó a descuartizar los cuerpos. Primero los brazos, y después las piernas. Lo hizo con la facilidad con la que desmontaría a un muñeco. Después, con la cabeza aún unida al torso, hundió los dedos en la carne de sus rostros y los desfiguró hasta que no quedaron más que masas de piel colgante y coágulos húmedos alrededor de un cráneo machacado.

Se limpió la mano con su ropa y salió de la tumba de un salto. Cuando llegó a mi lado, apenas me miró. Yo estaba paralizado por lo que había visto.

—Toma. –Espetó, golpeándome con una pala sobre el pecho. Cogí la herramienta y lo miré aún con pasmo—. Echa arena. Yo tiraré un par de paladas de cal. Procura que queden cubiertos.

Lo vi hundiendo la pala en un saco abierto de cal en polvo. Levantó una densa humareda blanquecina que nos rodeó. Su olor era ácido y terroso. Pero aún peor era el de los cuerpos que se pudrían bajo nuestros pies. Me llegó su aroma acre y pútrido, como el de champiñones pasados o huevos podridos. Me cubrí el rostro con el antebrazo cuando la palada de cal se diseminó encima de los cuerpos.

—Vamos, no te hagas el señorito a estas alturas. –Dijo, en un tono frío y disgustado—. Te recuerdo que los has matado tú.

Yo no dije nada. Tragué saliva y conseguí que sus palabras me reanimaran. Sobre el montón de tierra que él había sacado de la fosa yo clavé la pala y comencé a verter paladas de tierra al interior. El sonido de la pala al clavarse en la arena era lastimero, casi como una sentencia afilada. Me reconcomía por dentro todo aquello y sin embrago no estaba en mi peor momento. Sabía que unos días después estaría mucho peor que entonces. Los recuerdos me atormentaría, la idea de que los descubriesen me espantaba. Y no solo eso. Cuando comenzase la búsqueda de aquellos dos hombres, todo se volvería en contra de Nikolás. Mientras no hubiera pruebas del delito, no pasaba nada. No podrían inculparle. Pero no éramos detectives ni genios. Algo se nos podría pasar y condenarnos.

Mientras sus miembros desaparecían debajo de aquella tierra me martiricé pensando: recuerda bien donde los dejas, Marcus, volverás aquí en sueños. Regresaras en tus peores pesadillas para desenterrarlos, o para fundirte con ellos en esta tierra para mortales.

Dejé la pala sobre el montón de tierra cuando hube cubierto bien los cuerpos y me quité el barro de las manos. Sebastián se volvió. No vi venir su mano. El golpe resonó como un disparo. La bofetada que me había dado me había hecho tambalearme y a punto estuve de perder el equilibrio y caer dentro de la fosa. Él no dijo nada. El silencio que se produjo fue mucho más hiriente que la picazón que comenzaba a recorrer mi mejilla.

Se alejó de mí, dándome la espalda, y tiró su pala junto con la otra. Se me saltaron las lágrimas mientras lo veía desaparecer, saltando la tapia de piedra. No miró a atrás, y tampoco me esperó fuera. Regresó a casa y yo me quedé allí unos segundos, intentado recobrar el aliento. No había necesitado palabras para decirme todo lo que me odiaba por lo que le había obligado a hacer, todo le dolor que le había provocado y la indignación que sentía porque no fuese capaz de hacerme cargo de mis propias acciones.

Cuando regresé a la casa él ya se había cambiado de ropa y deambulaba por la biblioteca rebuscando algo entre los libros. Había comenzado a pensar que solo fingía trabajar para no tener que lidiar conmigo, porque era presa fácil de mis acusaciones si lo hallaba ocioso. Así que se dedicó a mover algunos libros y después llevarse dos o tres al laboratorio. Lo seguí con la mirada mientras hacía todo esto, a pesar de que tenía la cabeza gacha y el cuerpo temblando. Se sentó en su taburete, de cara a mí, y abrió uno de los libros por una página aleatoria.

—Ya no tengo nada más que enseñarte. –Me dijo, presa del rencor. Pero con un tono tan superficial que parecía que estaba dándome una nueva clase de medicina—. Has aprendido de mí todo lo que sé. Y has agotado hasta la última gota de mi paciencia.

Tenía un fuerte nudo en la garganta, tan apretado y seco que me costaba mover la manzana de Adán.

—Si voy a permitirte quedarte aquí es por el aprecio que te tengo, pero no vuelvas a pedirme nada más, nunca.

Asentí. Hacía mucho que esperaba esas palabras. Él ya deseaba concedérmelas. Había sido un mal discípulo y un mal compañero de vida. Le quería tanto o más de lo que él me quería a mí, pero ya no nos necesitábamos. Él ya no podía seguir retorciendo su vida por mi causa y yo no podía seguir cargando con su conciencia como un peso muerto sobre mis hombros.

Me alejé de él, y de su laboratorio. Aún tenía la ropa empapada, llena de sangre y barro. Pero apenas pesaba sobre mi cuerpo. Lo que me arrastraba las piernas era el duelo por todos mis sentimientos heridos y muertos.

Llegué hasta el saloncito de la segunda planta y entré en él. El fuego crepitaba y Nikolás dormía hecho una bola bajo las mantas en uno de los sofás. Estuve tentado de despertarlo pero no podía hacerlo. Dormía plácidamente y deseaba que cuando se despertase recordase toda aquella noche como una pesadilla, solo un mal sueño de esos que se deshacen a lo largo del día. Pero no sería así.

Me senté en el suelo, con la espalda apoyada en el reposabrazos y mirando directamente al fuego. Estaba exhausto, mareado y terriblemente triste. Con una de esas tristezas profundas, de las que desgarran el alma. Estaba hundido en mi miseria. En una montaña de terrible vaticinios. Debía haberme quedado en la fosa común, con los cadáveres, y que me cubriesen de cal y arena para pudrirme junto a ellos.

Me quedé dormido con el olor del cabello de Nikolás a mi espalda.

Me desperté impulsado por un terrible dolor en la mano. Sentí el despertar como un aguijón que me movió todo el cuerpo como por un resorte. Me arrastré hacia la oscuridad de la habitación para enfrentar la mirada de sorpresa que Nikolás me lanzó desde la distancia. Se había levantado y en un natural impulso de su espíritu humano había descorrido parte de la cortina de la habitación para cerciorarse de que ya era de día. Estaba amaneciendo. Y el sol me había encontrado tirado en el suelo, hecho un ovillo. Por suerte solo mi mano había sido alcanzada, no le dio tiempo a más. Pero el olor de mi piel quemada se distribuyó por toda la habitación como un incienso de mirra.

—Lo olvidé. –Murmuró, en tono de disculpa desde aquella distancia, aún sujetando la cortina. Me miraba con ojos adormilados e hinchados. Con la expresión confundida. Rápido volvió a cubrir la ventana con la cortina y nos sumimos en una semioscuridad tétrica y triste. El fuego se había apagado. Solo entraba cierta calidez que las cortinas permitían del exterior.

Me garré la mano con fuerza, ocultándola de su vista y conteniendo un gemido de dolor. Apenas era una quemadura superficial, pero no era una imagen agradable de ver, ni si quiera para mí.

—Tengo que irme… —Murmuró, a modo de aviso. O puede que pidiéndome permiso para marchar. Yo asentí. No deseaba detenerle.

Me incorporé apoyándome en la pared y me tambaleé antes de poder alejarme de la puerta para dejarle el paso que necesitaba. Según me acercaba a una butaca me observó. Me siguió con la mirada lleno de curiosidad y pasmo. El barro se había secado y se me caía de las botas y la ropa como escamas.

—¿Te has… deshecho de ellos? –Murmuró, sin haberse movido de su sitio. Aún podría haber descorrido del todo la cortina y haberme matado allí. Si lo hubiera hecho, puede que esta vez, más consciente, no me hubiese movido del sitio.

Me dejé caer en el butacón y asentí de nuevo, con la mandíbula apretada y los ojos llorosos. Solo si dormía me recuperaría la herida de la mano.

—Aun así, si no regresan, pensarán que yo he tenido algo que ver… —Suspiró, pensando para sí. Pero poniéndome al tanto. Yo me encogí de hombros y tragué en seco, esperando encontrar la fuerza para contestarle.

—Eso ya lo dejo de tu mano. –Mi voz sonaba ronca y temblorosa—. Yo ya no puedo hacer más.

—Mi ropa… —Murmuró.

—Cuando esté limpia y seca te la devolveré. O puedes llevártela tú. Está abajo, en la cocina.

Asintió, y miró hacia la puerta, pero no parecía tentado de marcharse. No tanto como de seguir observándome. Parecía verme como un animal cansado y vulnerable. Ya no me temía, no tanto como durante la noche. Así que, haciendo acopio de todo su valor y temeridad se acercó a mí hasta quedar al límite que le marcaban las punteras de mis botas y me miró desde aquella distancia con toda la gallardía que solía poseer. Yo me apreté con más fuerza la mano. Sentía que se me iba la cabeza por el dolor y el sueño.

—¿Qué eres? ¿Eres un asesino?

—¿No te dije que soy cazador? –Murmuré a lo que él esbozó una siniestra sonrisa y puso sus manos en jarras.

—¡Ah! Así que no era una broma. Y yo que no te había creído…

—Pues ya lo has visto. –Señalé la puerta con el mentón—. No vayas a decírselo a nadie. Me lo prometiste…

—No se lo diré a nadie. –Asintió, y miró la puerta detrás de él, pero después volvió a mirarme, esta vez con las cejas en alto y los ojos como platos. Parecía compadecerse de mí. O preguntándose qué hacer conmigo.

—¿Eres un diablo?

—No, no lo soy. Aunque tal vez lo parezca.

—No bebes o comes nada. No te expones al sol… —Murmuró, pensativo—. ¿Seguro que no estás maldito o algo así? –Como única respuesta yo me dejé caer sobre el respaldo del butacón y cerré los ojos, exhalando un suspiro—. Menos mal que tu tío es médico. Tal vez te cure de esto…

Entreabrí un ojo para mirarle. No podía ser tan ingenuo. Pero mi expresión de burla fue todo cuanto necesitó para darse cuenta de que mi tío tampoco comía ni bebía nada y tampoco se exponía al sol. Se mordió el labio inferior y miró a su espalda, precavido.

—No es mi tío. –Murmuré—. Pero sí, también es como yo.

—¿Y cómo eres? –Se acuclilló delante de mí. Parecía divertido—. ¿Qué eres? ¿Tu tío te hizo así…? Quiero decir… el médico Cornelissen…

—No.

—¿No? Hum… —Pensaba en cómo fastidiarme. Como provocar a la bestia. Estaba completamente demente. Si me había visto matar a dos hombres la noche antes, esperaba un poco de intimidación. Pero me había encontrado medio adormilado, con una mano herida, lleno de sangre y barro. No podía dar una imagen más lamentable—. ¿Te alientas de la gente? ¿Cómo lo haces?

—Déjalo. –Dije, volviendo el rostro.

—¿Qué clase de monstruo eres? ¿Naciste así? ¿Te engendró una bestia? –Le fulminé con la mirada, cosa que le hizo sonreír. Había conseguido enfadarme y eso le alegraba.

—Nací humano, como cualquiera, pero me convirtieron. –Suspiré, nunca había tenido que explicar esto e incluso a estas alturas, era difícil encontrar las palabras—. Soy un monstruo, pero vivo lo más humanamente que puedo. Me alimento de la sangre de victimas, humanas y animales. No me importa. Puede quemarme el sol, pero no envejezco.

—¿No te haces mayor? –Cuestionó. De todo lo que le había dicho, era lo único que parecía haberle sorprendido. Yo tragué saliva y me encogí aún más en mi mismo—. ¿Siempre serás así?

—Siempre. El resto de mi vida. Hasta que el fuego o el sol acaben conmigo. Mis palabas le hicieron pensar, y al hacerlo, palideció ante una idea que debía haberle surgido antes. Se inclinó un poco hacia mí. Pude sentir su olor y su calidez.

—¿Has sido así por mucho tiempo?

—He cumplido ciento ochenta y cinco años. –Mis palabras le sorprendieron y se sonrió como si le hubiese contado la mejor historia del mundo—. Nací cuando Borgoña aún era libre del yugo Francés, cuando aquí aun no gobernaban los borbones, cuando el protestantismo aún no se había inventado y da Vinci aún estaba aprendiendo a leer y escribir.

No se lo creía. No le culpaba, incluso después de todo. Yo mismo no me lo hubiera creído de no estar en su lugar. A veces incluso ni yo mismo era capaz de creer la vida tan antinatural que mi maestro y yo estábamos llevando. Suspiré y cerré los ojos. No deseaba darle más explicaciones.

—Déjame ver tu mano. –Murmuró mientras acercaba sus manos a las mías. Lo hizo con tanta candidez que me dejé arrastrar a su misericordia. Sus dedos sujetaron los míos y extendió la palma boca abajo para ver el dorso quemado y oscuro. Tenía la piel en carne viva, y aún emanaba ese olor tan desagradable de la carne quemada. Mis dedos temblaban a causa del dolor sobre su mano y los retuvo con fuerza, apretándolos entre sus dos manos—. ¿Te duele?

—Horrores. –Dije—. Igual que te dolería a ti.

—¿Un monstruo que siente dolor…? –Me preguntó una mirada pícara y a modo de disculpa se mordió el labio inferior y suspiró—: Ha sido culpa mía…

—Sí. Pero no importa. Mañana estará bien. Es superficial.

—¿Mañana? –Exclamó—. ¿Tan buenas son esas pomadas que hacéis?

Yo sonreí. Eso le hizo esbozar una mueca de calidez.

—No, esas pomadas no surten efecto en mí. Beberé sangre, y dormiré profundamente. Eso curará la herida.

Su hubiera sabido que me quemé los ojos por verle a la luz del día, no se lo habría creído. Eso era algo que nunca le dije.

—¿De dónde sacarás la sangre? –Preguntó, vacilante.

—De cualquier lado. Procuraré no matar a nadie más en una temporada. Bastantes cargos de conciencia tendré por lo de esta noche…

Se levantó como un resorte y miró por todas partes. Encima de la mesita, por los estantes del mueble, sobre las consolas. Incluso se palpó el cuerpo en busca de algo, pero no encontró lo que estuviera buscando.

—¿Qué buscas? –Pregunté.

—¿No tienes un abrecartas? No tengo mi puñal encima…

Yo sonreí.

—Si vas a matarme, un puñal no te servirá de nada…

—Bueno saberlo. –Dijo, sonriendo—. Pero no es para eso, mocoso. Voy a darte un poco de mi sangre. Considéralo en agradecimiento por lo que hiciste por mí anoche.

Abrí los ojos como platos. Lo que me estaba ofreciendo estaba más allá de mis expectativas. Cuando creía que no podía estar más demente, siempre me demostraba que era capaz de llegar mucho más allá de mi imaginación.

—Estás mal de la cabeza. –Murmuré, a lo que él se encogió de hombros. No creía estar poniendo su vida en peligro más de lo que yo temía por ella. Siguió mirando a todas partes en busca de algo que le ayudase pero yo enrojecí. Jamás me había sentido tan tentado por él—. No me hace falta un abrecartas.

Se volvió a mí sorprendido. Y me sonrió, ladino. Se acercó porque yo extendí mis manos para que lo hiciera y cuando llegó hasta los pies de la butaca se arrodilló.

—Muéstrame como lo haces, mocoso.

Estaba ofreciéndome una de sus manos, para que la mordiese, pero yo no le daría el placer de verme hacerlo. Desabotoné el cuello de su jubón, y después deshice el nudo de su camisa. Se sorprendió cuando posé mi mano en su nuca y le atraje hacia mí.

—Piensa que es solo un beso. –Le pedí, para tranquilizarlo. Aunque se mostraba valiente su pulso estaba desbocado.

No podía creerme lo que estaba sucediendo. Lo tenía en mis manos, estaba ofreciéndose como un regalo para mí y yo solo quería rogarle que se marchase, que no se sumergiese más en todo aquello, porque no habría salida. Pero para cuando clavé mis dientes en su cuello y su sangre llegó a mi lengua, ya no había nada más en el mundo más que su sabor. Todo su cuerpo sufrió un espasmo de susto y dolor y yo me agarré más a él, tirando de su ropa hacia mí. Tragué un par de sorbos. Eran densos y calientes. Sentía que no había bebido sangre desde hacía meses, de lo sediento que me encontraba.

Cuando me separé de él, haciendo acopio de todo mi autocontrol, lo encontré con los ojos vidriosos y asustados. Pero me miró intensamente. Después me mordí la yema del dedo y posé ese par de gotas de sangre sobre su cuello. La herida desapareció al instante. Él mismo se llevó la mano al cuello para ver obrado el milagro. También mi mano se recomponía a velocidad de espanto. Para dentro de una hora, estaría como nueva. Él observó todo aquello con una mezcla de fascinación y espanto.

—Si te soy sincero. —Murmuró—. Tenía la esperanza de que me matases.

Le sonreí con candidez y me dejé caer en el butacón, exhausto.

—Lo sé. No voy a darte esa satisfacción. –Ante mis palabras se puso en pie y se cruzó de brazos.

—Vaya, mocoso. Ya no sé que más hacer para tocarte los nervios. –Yo me encogí de hombros y me levanté detrás de él. Verme de nuevo en pie, recobrando fuerzas, pareció atemorizarle un poco.

—Te acompañaré a la salida. Ya es tarde y yo tengo que dormir.

—Bien. –Asintió, recobrando la compostura. Y recordando, más que nada, que debía volver a su trabajo, al que ya llegaba tarde.






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