EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 42

CAPÍTULO 42 – El ahogado


El punto de inflexión llegó una noche de finales de febrero. Salía de la universidad, ya habíamos terminado la temporada de exámenes y empezábamos el nuevo semestre. Tenía la carpeta repleta de hojas sueltas, de apuntes garabateados y de dibujos a medio terminar. Recorrí el centro de la ciudad yendo directamente a casa después de haber dejado a mis compañeros en la taberna y me dispuse a cruzar el puente. A mitad de él, bajo una media luna fría y plateada escuché voces.

Unos murmullos y gruñidos como los de un par de bestias. Como los jabalíes que solía cazar, o como un perro mordisqueando un hueso seco y quebradizo. Me detuve a mitad del puente buscando el origen del ruido. Dos hombres salieron de la maleza que rodeaba la ribera y se acercaron a la orilla, arrastrando un cuerpo con ellos. Eran dos hombres adultos, mayores, de mediana edad. Iban vestidos de negro, con gruesas capas de lana oscura y anchos sombreros.

Dos maleantes deshaciéndose de un cadáver. Eso ya me lo conocía. Aquellos debían ser mis competidores, con los que yo luchaba para infestar el río de muertos. O tal vez fueran los mismos que se encargaban de surtir el laboratorio de la universidad de especímenes nuevos cada semana. Pero por lo que observaba, no estaban llevándose el cuerpo, sino arrastrándolo hacia el río.

Reconocí el blasón que el joven portaba en su uniforme, y la espada que colgaba al cinto. Sus brazos inertes, y el rostro descubierto, inconsciente, con la cabeza colgando del cuello como si estuviera enganchada por un par de hilos. Me acerqué al borde del puente hasta poner una mano sobre la piedra fría y húmeda. Me asomé al precipicio para observar mejor la escena.

Nikolás se revolvió bajo el agarre de aquellos dos hombres y estuvo a punto de escaparse. Parecía que recobraba la conciencia y se desgañitaba por huir. Le arrastraron por la ropa, le tiraron al suelo, en aquel lodazal de la rivera. Le molieron a patadas y a golpes. Yo presencié todo aquello lleno de espanto y decepción. Estaba seguro de que habría podido hacer algo bueno de él. Pero aquello demostraba que había vuelto a meterse en líos y me costaba asimilar que era un pobre sin remedio. Si lo mataban a golpes, era lo que se merecía.

Aquellos dos hombres murmuraban insultos y amenazas. Se estaban desquitando con él y lo matarían si alguien no intervenía. Pareció que se cansaban de apalearlo. Nikolás aún se revolvía en el suelo, encogido por el dolor y cubriéndose el rostro con sus brazos para protegerse. Toda su ropa estaba embarrada y revuelta. Le habían tirado de la capa hasta quitársela, y del uniforme hasta desgarrárselo. Una de sus mangas colgaba de su brazo.

Cuando pensé que se irían, volvieron a cogerlo de los brazos y a tirar del él ahora sí dentro del agua. Lo metieron hasta que el agua les llegó por las pantorrillas y hundieron el rostro del muchacho bajo el agua. Tal vez se hubiera podido defender de uno, si es que no estaba borracho. Pero mientras que uno de aquellos le sujetaba los brazos y le empujaba la espada, el otro hacia peso con todo su cuerpo para mantenerle la cabeza bajo el agua. Lo estaban matando. Lo matarían y yo me lo encontraría al día siguiente en la clase de anatomía.

Cuando llegué hasta la orilla ellos no me oyeron acercarme. Cogí al primero y le hinqué los dientes en la garganta. Conseguí ahogar su grito con mi boca pero no fue suficiente. Su compañero se volvió a mí por el susto y por el chorro de sangre que salió del mordisco. Apenas bebí nada de él. Lo arrojé al suelo cuando el otro hombre se me echó encima y yo lo recibí con los brazos abiertos. Su fuerza no era comparable a la mía, así que cuando mis manos le frenaron, se vio sujeto como por unas cadenas de hierro. Mordí su cuello y a este sí lo vacié de sangre hasta dejarlo en nada más que un contenedor vacío.

Cayó a la orilla con un estruendo que hubiera podido oírse desde el otro lado del río. La sangre del primero manaba por la arena hasta llegar al agua y esta se teñía poco a poco del tinte carmesí de su sangre. De ese cenagal de lodo, sangre y agua, emergió Nikolás, resucitando después de haber estado a punto de ahogarse. Se levantó, casi de forma instintiva, y se arrastró por la orilla hasta que sus manos palmearon tierra seca. Para entonces sus ojos ya habían captado los dos cuerpos que habían quedado varados a cada uno de sus lados. Reptó por el agua mirando a ambos lados con aquella expresión primero de susto y luego de horror. Si hubiera estado borracho, ahora estaba completamente despejado. Y si le habían dejado sin sentido, lo recobraba a pasos agigantados.

Para cuando llegó al pie de mi bota, levantó la mirada y me encontró allí con una expresión indescifrable. Con los labios manchados de sangre, con el líquido aún caliente y rojizo cayendo por mis comisuras hasta mi barbilla. Evitó seguir adelante, y se petrificó como una estatua. Volvió a mirar a sus dos captores y los analizó con una mueca de terror en la mirada. Uno flotaba en la orilla con el rostro boca abajo y el otro tenía el cuerpo medio hundido en el barro. Con la sangre formando un reguero hasta el agua. Aún borboteaba de su cuello.

Cuando Nikolás volvió a mirarme, vi el horror y el miedo en su cara. Me arrepentí de salvarlo justo en aquel instante. No pude soportar el terror que sentía. Tendría que haberlo dejado estar. Lo habrían matado y el río habría hecho su trabajo. Habría sido el escarmiento definitivo que necesitaba. Pero ahora me temería para siempre.

Un fuerte ataque de tos le hizo doblarse. Tosió durante un buen rato hasta que vació toda el agua de sus pulmones y a grandes bocanadas intentaba remplazarla por aire nuevo. Frío, de aquella noche helada. Yo me acerqué al agua y me limpié el rostro de la sangre que se me había derramado. Tenía salpicaduras en los párpados y las mejillas. Pero aquella agua no era la más limpia. Acabé pasándome el antebrazo por el rostro y regresé al lado del Nikolás. No se recobraba del susto ni del terror.

Cuando le extendí mi mano para que la aceptase y poder ayudarle a ponerse de pie se espantó y retrocedió, acobardado.

—Tú…. Tú los has… —Miró alrededor y volvió a toser. Yo suspiré.

—Vamos, sal de ahí. –Agarré su muñeca, gesto que no repudió, y tiré de él fuera del lodazal.

Se puso de pie a duras penas, cojeando y seriamente dolorido. Tiré de su uniforme hasta arrástralo fuera de la ribera y después subimos hasta el puente. Caminaba como un demente, como un sonámbulo. Se dejó arrastrar porque aún no entendía lo que había pasado, o estaba tan aturdido que no ofrecería resistencia. Si me temía de verdad, se estaba dejando llevar al infierno, no opondría resistencia si intentaba matarlo. Era un desastre.

Se pasó la mayor parte del camino en silencio, a excepción de algún suspiro o quejido. Se iba tropezando, caminaba a trompicones. Juro que estuve a punto de tirar de él o cargarlo en mi espalda, pero seguí adelante.

—Te voy a llevar a mi casa, para que te vea esas heridas y te cambies de ropa. ¿Entendido? –Le pregunté, pero no recibí ningún tipo de contestación.

Sabía que nos dirigíamos a mi casa, así que no esperaba otro tipo de aclaración. Sin embargo su silencio me estaba poniendo de muy mal humor. Estaba comenzando a irritarme, sobre todo conmigo mismo por hacer todo aquello.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué esos hombres te han querido ahogar en el río?

No dijo nada, sin embrago. No me daría ningún tipo de explicación porque sentía que me había fallado. O puede que pensase que no me debía ningún tipo de explicación. Mucho menos después de lo que había hecho.

Llegamos a la casa. Subí delante de él los peldaños de la enterada y lo arrastré dentro. Sebastián estaba en el laboratorio y nos vio llegar. Puso sus ojos como platos cuando vio entrar a Nikolás en aquel estado, pero aún más al mirar mi expresión de remordimiento y advertir mis pensamientos. No dijo nada, sin embrago. Se quedó allí quieto como una estatua esperando que yo me encargase de la situación.

Nikolás subió conmigo a la primera planta y al entrar en el saloncito se quedó aterido y dubitativo. Encendí el fuego con un ademan de mi mano, ¿Ya qué más daba? Y él observo el crepitar de la chimenea como si se hubiese obrado un milagro allí mismo, delante de él. Lo llevé con una mano sobre su hombro hasta el frente de la chimenea y salí a buscar unas mantas limpias. Se las entregué mientras él se arrodillaba frente a la chimenea.

—Quítate la ropa. Y sécate con esto. –Dejé las mantas a su lado—. Yo iré a buscar agua tibia y algunas curas. —Cuando lo dejé a solas sentí algo de temor porque saliese corriendo, pero si lo hacía, ¿qué más daba?

Sebastián aún estaba allí plantado en el laboratorio, mirándome con ojos expectantes y curiosos. Los mismos que pone una bestia antes de zamparse una suculenta comida.

—¿Qué ha pasado? –Preguntó—. ¿No ha podido mantener su promesa?

Yo no le contesté. Si estaba echando sal en la herida, no funcionaría. Era mi propia promesa la que no había sabido mantener. Él estaba colándose en mi mente, averiguando todo lo que hiciera falta, porque estaba atemorizado de que algo realmente serio hubiese ocurrido. Pero no tuvo que indagar demasiado. Yo estaba temblando. Se me estaba pasando el efecto de la adrenalina y corría por mi cuerpo un terrible estado de nervios que luchaba por dominarme. Puse una olla de agua al fuego y cuando comenzó a evaporarse vertí parte de ella en una jarra y otra poca en una copa. En esta última añadí melisa para un sueño profundo.

Subí con todo eso hasta el dormitorio y me encontré a Nikolás envuelto en las mantas, de cara al fuego. Parecía que había recobrado el color en sus mejillas aunque había comenzado a tiritar de frío. La ropa la había amontonado como un colgajo muerto sobre la alfombra a su lado y miraba con ojos radiantes las llamas que se revolvían delante de él. Me oyó entrar y se volvió ligeramente, apuntado su oído en mi dirección. Desde que crucé el umbral, no me perdió de vista. Estaba asustado de mí.

Antes de poder acercarme, cuando estaba vertiendo el agua en un balde para poder meter una pequeña toalla en él, me miró por encima de su hombro y me lanzó una expresión rabiosa.

—¿Qué es lo que eres?

Aquello me dejó helado. En todos mis años nunca había tenido que enfrentar esa situación. Pero yo había estado más o menos en su lugar y me aterraba que sintiera el mismo pavor que yo sentí entonces. Intenté imitar a mi maestro cuando me rescató del bosque. Pero no podía asemejarse. Yo ya era un monstruo entonces. Ahora, yo seguía siéndolo, pero él estaba libre de esta maldición. Y me miraba como un humano mira a un ser diabólico y fantasmal. Suspiré y escurrí la toalla sobre el agua tibia.

Me acuclillé a su lado e hice el amago de coger su mentón para limpiar su rostro de los restos de lodo y barro que le quedaban pero se libró de mi contacto.

—¿Los has matado tú? Los has matado a los dos. –Sus palabras jamás sonaron tan asustadas. Había perdido todo su porte y gallardía. Sonreí de lado.

—¿Dónde está el Nikolás que me retó a un duelo de espadas? –Pregunté, pero él abrió sus ojos con sorpresa.

—Aun tienes su sangre en la boca.

Aquella afirmación me avergonzó. Pasé la toalla por mis labios y justo en el surco debajo de mi nariz había restos de sangre. Suspiré e intenté esbozar una sonrisa, pero me salió una mueca extraña.

—¿Ya?

No me contestó. Pero esta vez sí se dejó limpiar el rostro. Le limpié la frente y las mejillas con cuidado. Después pasé la toalla por el cabello y vertí parte del agua sobre su coronilla, para que arrastrase los restos de suciedad. Él mismo se limpió el resto del cuerpo con las mantas y me dejó auscultarle el costado, donde le habían dado un par de puntapiés. No tenía nada roto, por suerte, pero le saldría un feo hematoma. Igual que en la mejilla y en la cadera. Estaba empezado a amoratarse y el dolor debía resultarle asfixiante.

—Eres un monstruo. –Soltó, cuando yo le estaba dando la espalda. Si intentaba provocarme, estaba consiguiendo lo contrario. Suspiré y le extendí la infusión.

—Tómala. Te traeré ropa seca.

—No quiero tu estúpida ropa ni nada de ti. –No cogió la copa y tampoco me miraba. Se había quedado sumido en sus pensamientos mientras contemplaba el fuego. Para no querer nada de mí, estaba muy cómodo en mi salón. Puede que estuviera aterrorizado hasta el punto en que pensase que no le iba a dejar marchar por lo que había visto. Ciertamente era una posibilidad, pero no era lo que deseaba.

—¿No quieres volver a tu casa? –Le pregunté—. ¿Vas a irte con la ropa mojada o como Dios te trajo al mundo?

Por la forma en que me miró advertí que se sorprendía ante mi caridad. Me apartó la mirada y supe interpretar que se pondría la ropa que le diese. Era más alto que yo, y más ancho. No me quedó más remedio que coger prestada algo de la ropa de Sebastián para él y cuando se la entregué la miró con recelo. Sabía que no era mía, pero no le cabría mi ropa. Asintió como única respuesta y me marché para dejarle intimidad. Pero no me fui muy lejos, me quedé apoyado en la puerta, con el rostro compungido y sus palabras resonando en mi mente. Era un monstruo. Ciertamente. Pero ahora me odiaría y me temería. Todo lo que había hecho por él se desvanecía entre mis manos como un puñado de arena. Me cubrí el rostro, a punto de llorar, por temor a ser oído, bajé las escaleras en busca de un mejor sitio donde esconderme pero me topé con Bastian, que subía en mi busca.

Nos detuvimos allí a mitad del tramo y nos quedamos mirando, cómplices de lo ocurrido.

—Le he prestado algo de tu ropa. –Murmuré, casi en tono de disculpa.

—Bueno. –Asintió, consciente.

Se instaló un tenso silencio entre nosotros, pero duró solo un instante.

—Me ha visto matar a dos hombres.

Aquello no lo sorprendió pero oírmelo decir le hizo fruncir los labios. Miró el final de las escaleras y después me miró a mí.

—¿Qué piensas hacer?

—Él no dirá nada.

—No estás seguro de eso. –Dijo, a lo que yo negué.

—No le queda otro remedio. Ahora me teme. No será capaz de ir contando nada por ahí. Y si lo hace, te prometo que yo mismo acabaré con él. Te doy mi palabra.

Aquello pareció convencerle, aunque fuera solo superficialmente.

—Los que nos temen, tarde o temprano acaban abandonándonos. –Soltó, como si no me hubiera atravesado el pecho con aquellas palabras. Yo apoyé mi espalda en la pared de las escaleras y suspiré.

Estuvimos allí unos minutos hasta que consideré que había dejado suficiente tiempo a Nikolás como para cambiarse y regresé al dormitorio. Se había cambiado y se había bebido la mayor parte de la infusión. Entrecerraba los ojos con cansancio y apretaba la mandíbula por el dolor. Cuando me vio aparecer, me lanzó una mirada de recelo.

—Tienes que prometerme que no le dirás a nadie lo que ha ocurrido. –Le pedí, aunque él parecía bastante tranquilo en ese sentido. Recogí su ropa húmeda mientras me recorría con la mirada.

—De cualquier forma, nadie me creería. –Dijo, apesadumbrado—. Pero cuando encuentren los dos cuerpos en la ribera, pensarán que he sido yo.

—¿Vas a contarme que ha ocurrido?

—Antiguas deudas pendientes. –Dijo—. He intentado darles esquinazo este último mes pero hoy me los crucé. Yo había bebido de más y ellos también. Me han apalizado entre los dos.

—¿Deudas de juego?

—Deudas de honor.

Yo suspiré. Me erguí cargando con su ropa y él me miró de soslayo.

—Algunos me han visto siendo perseguido por ellos. Me alcanzaron antes de llegar a las afueras.

—Yo me encargaré de los cuerpos. –Le dije, serio y confiado—. Tú procura descansar.

Salí del dormitorio con el corazón palpitándome con fuerza. Me sentía mareado y a punto de vomitar. Mi maestro me esperaba al otro lado de la puerta con los brazos cruzados y una expresión de pocos amigos en la cara. Le enfrenté con susto y pánico.

—He dejado los cuerpos en la rivera. –Murmuré, en tono de súplica—. Tienes que venir a ayudarme. Tengo que deshacerme de ellos antes de que los descubran y se los lleven. Pero no sé cómo hacerlo…





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