EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 41
CAPÍTULO 41 – Capitulación
Le conté a mi maestro lo que había ocurrido. En vez de enfadarse o reprenderme, casi pareció divertido. Recuerdo que me miró al principio con incredulidad y después sonrió ladino, presa de la risa.
—¿Hasta ese punto estás dispuesto a someterte?
—¡Someterme!
—A la voluntad fluctuante de un humano. –Chasqueó la lengua. Su risa no era de gracia, sino de burla—. Verdaderamente eres un mártir. Debías haber nacido en la época de los primeros siglos. Te habrían canonizado como a san Sebastián.
—Confío en que sabrá comportarse a partir de ahora.
—Tienes demasiada fe, me temo. ¿Viste? Tal vez si seas un mártir.
—Un santo, por aguantar tus críticas.
—¡De santo nada! –Me dijo, volviendo a su tarea—. Eres un diablillo, que juega con los demás poniéndose siempre como excusa. Ahora lo harás con ese pobre muchacho. –Resopló,
—Por lo menos ahora las cosas se calmarán en el palacete. –Le recordé, esperando esperanzarle.
—¿Qué harás si no cumple con su trabajo? –Me preguntó, volviéndose a mí con un brazo en jarra. Parecía realmente curioso por mi respuesta, pero eso era algo en lo que yo no había pensado. Es más, él supo ver esa duda en mi expresión y se rió—. Ya veo, no has pensando en nada. No tienes miedo de nada. Desde que estás conmigo no has sentido miedo real. Si te detienen, tendré que ir yo a buscarte a la prisión. Y si te apalean, da igual, no te dolerá. Si te expulsan de la ciudad. ¿Qué? Te irás. ¿Me arrastrarás contigo? Mi reputación también está en juego, eres mi sobrino. ¿Recuerdas?
Suspiré y bajé la cabeza. Tenía razón.
—Ahora tienes la excusa perfecta para observarle todo el tiempo. ¿No es eso? ¿Qué harás durante las horas de día? ¿También irás detrás de él hasta que te derritas como una vela?
Le fulminé con la mirada.
—Si no me queda más remedio… sí.
✵
Hacía días que no debían encontrar nuevos cadáveres para las clases de anatomía, por lo que el profesor, en un intento por repasar todo lo aprendido, se dedicó a hacer estupendos dibujos en la pizarra para las horas muertas que pasábamos allí. Anunció las fechas de los exámenes y durante los días previos le freímos a preguntas. Empezaron a resultarle repetitivas y aburridas y muchas veces nos despachaba con contestaciones vanas. La mayoría de mis compañeros habían dejado las horas perdidas en la taberna para mejores épocas. Entre el frío y los exámenes semestrales tan próximos no querían perder el tiempo allí, pero yo, y algunos más como Alexander, no sentíamos la presión por ellos. Muchas noches a la semana aún así seguíamos acudiendo a la taberna.
Una noche de jueves, que habíamos alargado más nuestra conversación en la tasca, salimos para vernos sorprendido por el frío, el viento y por la presencia de Nikolás, que estaba apoyado en la esquina del edificio, con los brazos cruzados sobre el pecho y la capa cubriendo parte de su rostro, a causa del frío. Había estado resguardado bajo los soportales, pero al verme salir, se aproximó:
—Mocoso… —Murmuró, llamando mi atención, pero ya no habría sido necesario. Habíamos cruzado la mirada en cuanto salí por la puerta. No solo llamó mi atención, también la de mis compañeros.
—No puedo creer que te hayan devuelto el trabajo, Nikolás. –Le espetó Alexander, que parecía airado y ofendido. Para mi sorpresa Nikolás lo ignoró y me fulminó con la mirada, suplicándome que le siguiera, o que me alejase de ellos. Había venido a buscarme a mí y yo no iba a decepcionarle.
—Me voy a casa, chicos. Nos vamos el próximo día.
—Ni se te ocurra. –Me dijo Alexander, sujetando la tela de mi capa para evitar que me marcharse solo, con la presencia de Nikolás a nuestro lado, esperando por mí.
—No sé a quién se la has chupado, pero te funciona, malnacido. –Le dijo otro a Nikolás.
Este sí se volvió a mi compañero y estuvo a punto de echar mano de su espada, pero me interpuse y sujeté el brazo de Nikolás, con la fuerza suficiente como para volverlo de espaldas.
—Vámonos, no montes un escándalo aquí.
—¿Le has oído? –Me preguntó, inclinándose hacia mí—. ¿Eso piensan de mí?
—No hagas caso. Vamos, camina.
Mis compañeros siguieron murmurando y diciendo cosas a nuestra espalda y con la mano aún en el brazo de Nikolás podía sentir la tensión que se iba a cumulando. Lo arrastré conmigo hasta que estuvimos fuera del alcance de su vista y entonces pude soltarlo y ralentizar el paso. Para entonces ya estaba algo más sereno. Se caló el sombrero y se encogió en sí mismo, aterido de frío.
—¿Has esperado fuera mucho tiempo? Si es algo importante, podrías haberme hecho salir…
—No, no es nada importante. –Dijo, pensando las palabras con mucho cuidado.
—Yo deseaba disculparme. –Dije, a media voz—. Te saqué de la prisión y te devolví el trabajo sin saber si realmente era lo que deseabas. –Aquello le produjo más sorpresa de la que esperaba. Se volvió a mí mientras caminábamos y me miró fijamente, con ojos brillantes—. Tal vez debía haber ido a hablar contigo antes, y consultarte acerca de ello…
—Hiciste lo que creíste correcto. –Dijo, en tono regio y conforme—. Está bien así. Supongo que hiciste bien. ¡Pero no eres tú quien debe disculparse! En verdad… bueno, a eso he venido yo. Quería pedirte disculpas.
—¿Por qué…? –Pregunté, esperando que tuviera la imaginación y la elocuencia para soltar un breve discurso cargado de emoción, pero se limitó a encogerse de hombros y hacer un mohín con los labios. Apartó la mirada hacia algún lugar del cielo y después siguió caminando a mi lado, como si nada. Dando por resuelta la pregunta—. Acepto tu disculpa.
—Bien. –Asintió.
Después de aquello, como no parecía tener intención de tomar su propio camino y viendo que nos desviábamos fuera de la ciudad, hacia el río, le lancé una mirada suspicaz.
—¿No vas a tu casa?
—Te acompañaré. –Dijo, en tono severo—. No sé cómo se te ocurre volver tan tarde a tu casa. La una, las dos de la mañana. Por estos caminos desiertos. Cualquiera que te salga al paso…
Se dio cuenta de la ironía de sus palabras y se ruborizó apartándome la mirada. Yo sonreí, y se me escapó una risa que contuve con un gesto de la mano.
—Desarmado… —Siguió, frunciendo el ceño—. Y siendo tan joven. Parece que estés buscando que te asalten, mocoso.
—No tienes que preocuparte por mí, se apañármelas.
—Ya, claro. –Dijo, en tono soberbio y me lanzó una mirada desafiante—. ¡Ah! Ya, se me olvidaba. Que resulta que eras cazador. –Soltó una risotada tal que se tuvo que agarrar el vientre—. ¡Oh! Vamos, dime la verdad. Era una trola, ¿no es cierto? –Me agarró una de las manos y me arrancó el guante de cuero para exponer mi palma a la luz de la luna. Se rió de mí y de mi aspecto—. Nah, no es posible. Tienes las manos de un estudiante.
—De eso hace ya mucho tiempo. –Dije mientras arrancaba el guante de entre sus manos y volvía a meter mi mano dentro. Por un momento me hizo recordar a la gitana lectora de fortunas. Él resopló.
—Ya, lo que tú digas. Aunque he de reconocer que tienes buen manejo con la espada. Y eres fuerte, para lo que aparentas… —Me pellizcó el brazo con sus dedos, gesto que me hizo golpearle con el codo en el costado, lo que le hizo encogerse.
—Ya te he dicho, que sé defenderme solo.
—He dicho que sabes manejar la espada, no que seas mejor que yo, ni tampoco más fuerte. Además, parece una tontería pero el uniforme impone autoridad. –Se pasó la mano por el blasón—. De más de una pelea me ha librado este estúpido escudo.
—Ya, deberías dejar de meterte en peleas. No creas que no voy a tenerte vigilado.
—¿Vas a vigilarme de cerca? –Preguntó mientras se aproximaba a mí, con aire seductor—. ¿Y cómo lo harás, si durante el día duermes y durante la noche tienes clases? Y el tiempo que te resta, lo pasas en la taberna o en tu casa con tu maestro…
—Muy perspicaz. –Dije, algo sorprendido de que conociese mi rutina—. Supongo que no me quedará de otra que hacer hueco en mi apretada agenda.
—Será un placer ser objeto de interés del fantasma de biblioteca. Aunque hasta ahora ya me has tenido bien echado el ojo. –Me dio un empujón—. Fisgoneando por los pasillos del palacete del gobernador. Eso no está bien.
Enrojecí hasta las orejas. Pensé que no sería capaz de hablar de ello en persona, y de que tendría la suficiente vergüenza como para avergonzarse de lo ocurrido. Pero estaba visto que yo era más modesto y puritano que él. Evité su mirada a toda costa y pensé en algo que decirle, pero él se me adelantó.
—Pero bueno, supongo que tu infracción no era tan grave como la mía. Eres un mirón y un pervertido, pero me temo que yo no estoy en posición de juzgarte.
No dije nada. Me había justificado él mismo, así que me encogí de hombros y suspiré. Habíamos llegado al río y atravesábamos uno de sus puentes.
—Déjame ver. –Dijo, alcanzando mi cuaderno y arrancándomelo de las manos. Lo ojeó ante aquella luz nocturna y frunció el ceño, contrariado. Estaba algo sorprendido por los dibujos, no tanto por su calidad sino por la representación de un cráneo vaciado. Casi parecía asqueado. Me lo devolvió sin mostrar demasiado interés. Estaba buscando un pretexto para acercarse a mí, para entablar una conversación.
—Tus compañeros no saben que tú me sacaste de prisión y convenciste al gobernador para que me devolviese el trabajo. –Murmuró al rato, después de haberle dado vueltas en la cabeza. Lo dijo casi como un suspiro, acertando de pleno en su sugerencia.
—Así es. No les he dicho nada.
—¿No son tus amigos?
—Son mis compañeros de clase. Hay muchas cosas que no les cuento.
—Lo que no quieres es que te dejen de hablar. Si lo supieran, te mirarían de otra forma.
—Supongo. –Dije, encogiéndome de hombros—. Pero si te soy sincero, me trae sin cuidado lo que piensen ellos.
—Hum… —Murmuró, pensativo. No se lo creía del todo. Era un tópico, a todos en cierta manera nos importa lo que piensen los demás de uno. Pero en mi caso era un poco diferente. Ellos no eran como yo, y había sabido mantener las distancias. No como con Nikolás, al que había abierto mis puertas sin cuidado—. ¿Qué otras cosas no les cuentas?
—Vaya, que entrometido. –Suspiré. Y como no dije nada más, acabó por rendirse.
—Lo siento. Tienes razón. Tampoco yo soy tu amigo.
—Cierto.
—Y sin embargo, has cuidado de mí y me has ayudado. ¿Por qué? ¿A ti que más te da? Y no me digas que lo haces por el gobernador. No te conozco demasiado pero sí lo suficiente como para saber que ese gordinflón te trae sin cuidado.
Quise reírme, en verdad me hacía gracia, pero aquella era la razón por la que me había esperado en la taberna y me acompañaba a casa. Necesitaba una explicación para aquello. Yo sin embrago no se la podría facilitar. ¿Qué podría decirle? No estaba preparado para decirle nada, y él mucho menos para escuchar lo que yo tuviera que expresar. Me limité a encogerme de hombros. Si a él le había servido de disculpa, a mí también como explicación. Pero no le pareció suficiente. Tiró de mi brazo para encararme.
—Hablo enserio. ¿Ahora qué? ¿Querrás que te deba la vida? ¿Qué te haga de guardaespaldas? –Eso me hizo reír aún más y él se enfureció—. Si vas a pedirme algo a cambio, más vale que lo hagas ahora.
—Solo te pido que te comportes, que no causes altercados.
—¿Pero qué te importa a ti eso? Ahora estas comprometido conmigo a causa de haberte entrometido.
—Eso queda bajo mi responsabilidad.
—¿Qué responsabilidad? Solo eres un mocoso…
—¡Ya basta! –Le dije, quitándome su mano de encima. Seguí mi camino. Me ponía la sangre hirviendo cada vez que me llamaba mocoso. Él me siguió a un par de pasos de distancia. Parecía mi sombra, con el chasquido metálico del pomo de la espada contra el cinto constante a mi espalda.
—Ah, ya entiendo. –Dijo al fin—. Te sientes culpable por el corte en el brazo. ¡No tienes que preocupe por eso! Ya apenas tengo una marca.
Seguí ignorándolo. Reconozco que su forma amable y detectivesca me ponía los pelos de punta. Era forzado y desagradable, como un perro de presa luchando consigo mismo para no morder a su víctima.
—Déjalo. –Murmuré—. Y vuelve a casa, que es tarde y hace frío. Puedo seguir el camino yo solo desde aquí.
Ya nos habíamos internado en el bosque que rodeaba la ciudad y seguíamos la ruta del sendero hasta mi casa pero él pareció mucho más alerta.
—¿Justo aquí? De eso nada.
—No necesito un caballero a mi lado. –Le dije cuando volvió a ponerse a mi altura. Eso le hizo sonreír.
—Te engañas pensando que soy un caballero. –Me sonrió, galante—. Piensa en mí más como un perro guardián.
Aquella ocurrencia me sorprendió. Hasta el punto en que le miré y le sonreí con vergüenza.
—¿Me darás la pata si te lo pido?
—No te pases. –Murmuró, volviendo a su tono serio y enojado. Me hizo reír nuevamente. Era evidente que su intento por acercarse a mí era forzado y antinatural. Mostraba una sumisión y una amabilidad que no le iban nada. Era todo furia y adrenalina dentro de él. Si le pedía la pata me la daría, pero después me mordería la mano.
Llegamos a mi casa y se detuvo en cuanto la divisamos al final del camino. Había luces dentro, y eso puede que le espantase. Enfrentarse a mi maestro era más de lo que él podría soportar. Así que con un gesto de su mano sobre el ala de su sombrero dio por terminada la compañía.
—Supongo que ya nos veremos por ahí. –Dijo, a modo de despedida.
—Supongo. Más vale que cuides de la promesa que le hice al gobernador.
—¿No has pensado en qué ocurriría si no fuese así? –Me preguntó, con un aire de desafío en su voz pero parecía seriamente preocupado.
—Sí. –Dije—. Si vuelves a meterte en líos, no le daré tiempo al gobernado a que te eche el guante. Yo mismo me encargaré de ti.
Se rió alzando el rostro, para verme por debajo del ala de su sombrero. Sus ojos azules brillaron en aquella oscuridad y casi se le saltan las lágrimas.
—Claro, mocoso. Lo que tú digas.
—Buenas noches, Nikolás. No te enzarces en ninguna pelea de camino a casa.
—Adiós, Marcus. –Dijo, y mi nombre en sus labios revoloteó unos segundos en mis oídos. Después el revoloteo se instaló en mi pecho y me acompañó a casa. Nunca me había llamado por mi nombre, pues yo nunca se lo había dicho.
✵
Los próximos días me dediqué a los trabajos en el laboratorio de mi maestro con un ánimo que no había tenido desde mucho tiempo atrás. Me gustaba quedarme solo allí y hacer pomadas, mezclas herbales para infusiones y sales de baño. Ahora que había pasado el verano y todas las plantas que había recogido durante el otoño se habían secado las iba trabajando como podía. El huerto hacia un mes que había quedado completamente abandonado y hasta la nueva estación de primavera no podríamos volver a sembrar nada. Pero yo no vería las nuevas plantas nacer. Era el último año que me dedicaba a aquellos menesteres junto con mi maestro.
Los sábados me pasaba por el pabellón que los soldados de la guardia del gobernador usaban para entrenar y apreciar desde la distancia como Nikolás entrenaba la esgrima. Era un lujo verlo y aprender de sus movimientos. Jamás había sentido interés por el arte de la esgrima, pero entonces me pareció una danza macabra muy hermosa. La primera vez no me dejé ver, pero la segunda sí. Me colé entre los habituales espectadores, la mayoría compañeros de la guardia de Nikolás, y dejé que él me viese allí. Era un aliciente sentirse vigilado. Quería que supiera que a pesar de mi trabajo y mis estudios, aún tenía un ojo que echarle, y que aunque confiaba en él, no me había olvidado de nuestro compromiso mutuo.
En alguna ocasión lo esperé hasta la salida y le acompañe a la taberna a beber una cerveza. Cuando me preguntó si yo no deseaba otra, el dije que no debía.
—Tengo una dieta muy estricta.
—¿Tu tío es así de fanático?
—No es por mi tío. Él también la tiene. Es por la enfermedad que padecemos. Entre otras cosas, también afecta al estómago. –Aquello le extrañó uno segundos pero acabó encogiéndose de hombros. Ni lo entendía ni precisaba de explicaciones.
—¿Ni si quiera una cerveza?
—A veces bebo un poco, pero ni si quiera es de mi agrado…
—Me sabe mal beber solo. –Dijo, por primera vez constreñido ante mi negativa, pero acabó por ceder. Fue un error haber ido aquella noche a la taberna. Dos de mis compañeros de clase habían decidido pasarse por allí y se sentaron en una mesa lejana, pero nos observaban a cada rato con una mueca de incredulidad y recelo. Nikolás lo notó después, pero evitó cruzar miradas. Se concentró en hablar conmigo y en mantener una actitud tranquila.
—Podría presentarte a alguna chica, si quisieras. En el palacete hay unas cuantas mozas muy buenas.
—No me gusta llevarme las sorbas de nadie. –Le dije, alzando una ceja mientras fingía un asco que en verdad me daba tristeza.
—¡Vaya! No quise decir eso. –Suspiró—. Solo te lo comentaba. Viviendo a las afueras y con estos horarios tan nocturnos, es difícil entablar relaciones con la gente.
—Sé buscarme mis propios pasatiempos.
El lunes siguiente fui presa de un interrogatorio por parte de Alexander y Hermes. Ambos me acorralaron en el pasillo antes de entrar en clase y me miraron como si no me hubiesen visto en la vida. Yo les bufé.
—¿Ahora te has hecho amiguito de ese pendenciero? –Preguntó Alexander, fingiendo una traición en la voz casi teatral.
—¿Es que no tienes sentido de la supervivencia? Te meterá en toda clase de líos…
Su teatro perdió consistencia a medida que yo los fulminaba con la mirada. Se miraron entre ellos y se alejaron un poco, dejándome espacio para respirar.
—Lo cierto es que lleva varias semanas sin involucrarse en nada. –Dijo Hermes, algo pensativo.
—¿Será que el valeroso e inteligente Marcus ha obrado un milagro?
—Supongo que soy buena influencia. –Les dije, a Hermes parecí convencerlo pero Alexander me lanzó una expresión de incredulidad y me señaló, acompañando el gesto con una advertencia.
—Esperemos que no sea él el que suponga una mala influencia para ti. Este mes ya te has saltado dos clases. Más vale que no acumules más faltas…
El invierno se desarrolló con su quietud habitual, el mundo entero parecía haber vuelto a su cauce y después de unas semanas desde que sacara Nikolás de prisión, me sentía mucho mejor con todo, conmigo mismo, con él, con todas las personas que me rodeaban a diario. A mediados de febrero por el cumpleaños de gobernador hubo una gran fiesta que duró varios días, con grandes mercados repletos de comida, antigüedades, juegos y espectáculos. Por la noche se hizo una gran hoguera en la plaza y hubo bailes hasta bien entrada la madrugada. En pocos días también sería mi cumpleaños y me sentí conmovido por toda aquella algarabía. Cumpliría 185 años desde mi nacimiento. Casi dos siglos. Era algo que aún me costaba asimilar. Y me preguntaba si a mi maestro le resultaría igual o si habría algún momento en el que llegaría acostumbrarme.
Aquella noche hubo mucha música, el vino corrió por las calles. Las muchachas, ataviadas con gruesas faldas de colores se decoraron la cabeza con coronas de flores de tela y joyas que brillaban a la luz de la hoguera. Yo pude ver a Nikolás bailar incansable con varias mujeres durante aquella noche. Resultaba fascinante y exultante disfrutar de su alegría como si fuera la propia. Y mucho más teniendo en cuenta que mi papel era el de protector y vigilante. Creo que no me vio. O por lo menos no se fijó en mí durante todo el tiempo que deambulé por ahí. Me hubiera gustado acercarme, y pedirle que bailase conmigo. Estaba tan borracho que hubiera accedido. Hubiera sido mi última oportunidad de que me viese aún con mi máscara de humano puesta.

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