EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 40
CAPÍTULO 40 – La prisión
Pasaron dos noches desde que arrestaron a Nikolás. Me debatí en si ir a verlo, o no. Si presentarme delante de él u observarle a través de la pequeña reja que daba luz a su calabozo. Tal vez hacerle llegar un mensaje o una misiva. Pero me contuve. No deseaba que supiese que estaba detrás de su liberación.
Fui a clases como de costumbre aquel lunes y después acompañé a mis compañeros a la taberna. Más que su compañía deseaba que me pusieran al día de lo que hubiera ocurrido. Ellos estaban inmersos en aquella sociedad, no tanto como yo, y se habrían enterado de muchos otros detalles. Sin embargo llegaron a saber que yo había estado en la fiesta, pues muchos de los invitados me reconocieron, y más que hablar, deseaban enterarse por mi propia boca de lo que había ocurrido. Tuve que desmentir aquello. Yo llegué para acompañar a mi maestro de vuelta a casa, no presencié lo ocurrido. Les llenó de decepción y tristeza saber aquello. Entonces empezaron las especulaciones.
Algunos afirmaban, erróneamente, que lo habían encontrado en la cama con la propia esposa del gobernador, pero la mayoría sabíamos que no era cierto. Sin embrago muchos no podían creerse que lo fueran a despedir solo por haberse acostado con la amante del gobernador. Pero era sabido que acumulaba ya muchas faltas, y todas ellas habían sido perdonadas. Desde faltas de respeto a sus superiores, hasta robos y peleas dentro y fuera del palacete del gobernador. Era un mal joven, peligroso y pendenciero. Por no hablar de su afición por el alcohol.
—Dicen que estaba borracho. Como una cuba. Tanto que no se defendió.
—¿De qué tenía que defenderse? –Preguntó otro—. Lo pillaron con los pantalones bajados y el miembro dentro del coño de la puta esa. ¿Qué defensa tiene?
—Seguro que sus compañeros están encantados de lo que ha ocurrido. Creo que lo delató uno de ellos.
—Seguro que lo encontró el gobernador.
—Yo creo que ella debió gritar tanto que los descubrieron…
Todos se reían de aquellas ocurrencias. Lo cierto es que a mí me repugnaba la forma en que estaban tan radiantes y felices. Parecían casi aliviados. Todos sabían que lo habían despedido de forma definitiva y que tendría que buscarse la vida de otra manera, lejos de la ciudad. Solo pensarlo se me desagarraba algo por dentro. Puede que fuera puro egoísmo. Ellos estarían mejor sin Nikolás, y puede que al muchacho le viniese bien un escarmiento de esa índole para madurar y darse cuenta de que su vida no tendría un final feliz si no encauzaba su camino con mejores decisiones. Pero mi maestro parecía abatido también con aquella situación y aunque podía estar tomándolo como excusa, eso me motivó para tomar cartas en el asunto.
Cuando llegué a casa después de haber estado un par de horas en la taberna mi maestro estaba atendiendo a un paciente que tenía una fea herida infectada en la mano. Parecía el trabajador de alguna buena casona al que hubiera recomendado su amo acudir a mi maestro para sanar la herida. Le estaba cosiendo el corte después de reabrirlo y limpiarlo y me lanzó una mirada que me decía “Lo tengo todo controlado, no necesito tu ayuda”, así que asentí, deje los apuntes en la biblioteca y salí de nuevo al exterior.
Oía las voces de mi maestro y su paciente a través de las ventanas. Me alejé a paso rápido y llegué hasta la casona del gobernador. Las luces estaban apagadas y todo estaba en silencio. La juerga debía haberse alargado el sábado y nadie querría trasnochar un lunes, teniendo una toda la semana por delante. Tenía la esperanza de que al menos el gobernador se hubiese quedado hasta tarde leyendo informes o firmando documentos, pero eso era tarea de sus secretario, no suya, así que no esperaba encontrado demasiado ocupado.
Me parapeté en la puerta hasta que uno de los guardias salió a recibirme. No deseaba aparecer como una pesadilla lúcida ni como un íncubo vengativo. El guardia, alarmado y algo confundido, me preguntó, qué deseaba. Me reconocía, pero miró alrededor en busca de mi maestro, por si yo no era más que un encargo de su parte.
—Vengo a ver al gobernador.
—El gobernador no espera visitas. ¿Viene de parte de su médico?
—No. Hágale llamar y déjeme pasar. –Dije, en su dirección, cosa que le llenó de pasmo. Al principio dudó, pero mi tono pareció ser más que convincente. Se apartó de la puerta y me dejó entrar. Cerró detrás de mí y me acompañó hasta el despacho privado del emperador, donde llevó un candelabro que dejó sobre el escritorio. Todo estaba en silencio y la casa entera, servicio incluso, dormían profundamente. Solo un par de guardias que hacían la ronda estaban pululando por ahí.
Pasados diez minutos de espera en aquella tenue luz parpadeante apareció el gobernador poniéndose un batín sobre su ropa interior, extrañado y con el ceño fruncido, lleno de enfado por haberlo levantado de la cama y de aprensión por tener que enfrentarse a mí.
—¿Qué ocurre, muchacho? –Me preguntó, desacreditándome completamente con aquel despectivo “muchacho”— ¿Le ha pasado algo a tu tío?
—Nada. No vengo por mi tío.
—¿Entonces? –Aquello le congeló antes de llegar a su escritorio. No se imaginaba nada más urgente y parecía ciertamente enfadado.
—Siéntese si lo desea. No será una charla rápida. –Mis palabras le disuadieron. Miró la puerta del despacho y su escritorio alternativamente y decidió sentarse.
—Bien. Dime, ¿qué quieres? Si vienes a pedir la mano de alguna de mis sobrinas, podrías haber venido en otro momento…
—Tengo mi horario muy limitado, y lo cierto es que no he encontrado un mejor momento. Es algo acuciante.
—¿Hum? –Parecía somnoliento. Se le había pasado el susto y ahora entrecerraba los ojos con cansancio.
—Va a readmitir a Nikolás bajo su servicio.
Mis palabras le dejaron pensativo. Más que por lo dicho, por el tono que empleé. No estaba acostumbrado a recibir órdenes, y mucho menos de un niño. Yo no me moví, no expresé miedo o confusión. Alcé el mentón, desafiante. Esperaba encontrar el modo de hacerlo por las buenas, pero si debía ser por las malas, no dudaría.
—¿Cómo las dicho?
—Readmitirá a Nikolás. Es lo mejor para todos.
—¿Vienes para hablar por él?
—No, vengo por mí mismo. Le valoro mucho, es muy importante para mi tío, y le tenemos gran aprecio. Considere esto el consejo de un amigo. ¿No sabe lo que dice todo el pueblo?
—¿Qué dice todo el pueblo? –Preguntó, inclinándose sobre el escritorio con pasmo y susto.
—Todos dicen que esa mujer con la que le han encontrado es su amante. La amante de usted, gobernador.
El hombre se echó para atrás, avergonzado. Era vox populi, es cierto, pero nadie jamás se lo había reconocido en su cara. Y él era tan tono como para creer que nadie en la ciudad lo sabía. Era así de ingenuo.
—¡Vaya tontería! Estoy felizmente casado con…
—Pues parece esta la revancha de un hombre despechado. ¿No cree? –Me acerqué a la mesa y me incliné un poco hacia él, murmurando—. Nikolás ha creado mayores altercados. Ha herido a compañeros, ha desobedecido órdenes de superiores… ¿y van a despedirle por acostarse con una muchacha mayor que él, incluso? Es joven, y lleno de vitalidad. Es normal que caiga en esos placeres…
—Estaba de servicio. ¡Y es una gran amiga… de la familia!
—Incluso usted ha sido joven antes, y sabe lo que se siente. –Sonreí, en su dirección, intentando encandilarlo lo mejor posible—. Ahora todo el mundo pensará lo que es evidente. Que cualquier falta es perdonable menos acostarse con la amante del gobernador. –Eso le puso las mejillas encendidas—. Perdóneme que lo diga, pero eso le hace ver como un envidioso y un vengativo.
—¿Y dices que vienes en calidad de amigo? –Preguntó, ante aquella retahíla de insultos. Yo me encogí de hombros.
—Mi maestro tiene más vergüenza y reparo que yo, pero a mí me parece injusto que hasta los estudiantes más jóvenes estén murmurando que es usted un viejo verde. Que sea cierto o no que esa mujer sea su amante, a mí me trae sin cuidado. Pero yo vengo de una tierra donde los hombres de poder deben ser respetados, y para ello, deben esforzarse en formase una fachada ejemplar. En la intimidad todos pecamos, señor. Pero hay que saber lucir puros cara al público.
Mis palabras le dejaron pensando unos segundos. Meditó aquello dentro de su somnolencia y su recelo.
—¿Y qué sugieres? ¿Qué le devuelva a su puesto, como si nada hubiera ocurrido? Otros son los que intentan darme consejos, muchacho, y ya me han advertido que ese joven Nikolás va a seguir causando muchos otros problemas. Es un chico problemático. Se presenta a las guardias borracho. Hiere a compañeros… Si le perdono, ¿qué imagen estaré dando? Si aún le mantengo a mi servicio es por el cariño que profesaba por su padres. Pero si se hubiera comportado ejemplarmente desde el primer momento, hoy ya sería comandante y jefe de la seguridad de mi palacio. ¿Acaso este discurso no deberías dárselo a él, y no a mí? Lo de las apariencias y el saber estar…
—Lo haré, se lo aseguro.
—Bah, no te escuchará. ¿Acaso sois amigos? –Preguntó, inclinándose en mi dirección, inquisitivo.
—Apenas hemos cruzado un par de palabras cuando nos hemos encontrado en palacio. Creo que no le caigo en gracia.
—Bah. Nadie le cae en gracia. –Se encogió de hombros y me analizó una segunda vez con la mirada cargada de inquietud—. Nadie viene aquí y me exige nada sin dar algo a cambio. –Yo fruncí el ceño en su dirección.
—¿Está proponiéndome un trato?
—Más bien una garantía. Un aval, por decirlo de otro modo.
—¿Qué clase de garantía?
—Bien, ya que tú has venido pidiéndome que lo libere y lo restituya en su puesto de trabajo, tú responderás por sus acciones.
—¿Qué quiere decir eso? –Pregunté, levantando una ceja.
—Que si vuelve a cometer algún delito, o a propasarse con algunas de mis… —pensó la palabra—, invitadas… compartiréis celda en el calabozo. Si roba, o si hiere a alguien, la pena no será tan laxa. Y piénsalo dos veces, muchacho. Cualquier clase de delito, hará que te expulsen de la universidad. Me costó mucho convencer al decano de que te admitiese a las clases nocturnas. No quiero tener que retractarme…
Me alegré de que aquel trato dejase a mi maestro fuera de cualquier responsabilidad, pero cualquier tipo de castigo le pondría en evidencia y se avergonzaría. Aún así estreché la mano del gobernador, encantado de su propuesta. Me arrepentí casi al instante. Si lo hubiera pensado dos veces, habría usado otros medios para convencerle de que sacase a Nikolás de la prisión. Tal habría sido más fácil esperar a que saliese y ofrecerle un puesto de trabajo en nuestra casa. Aunque fuera como limpiador. Pero él no hubiera aceptado, y mi maestro tampoco. Por desgracia, ahora me tocaría vigilarlo, estar pendiente de sus actos e intentar que no volviese a meterse en ningún lío. Aunque me costase admitirlo, si había aceptado aquella propuesta, es porque muy en el fondo, estaba entusiasmado por aquella idea. Pero rápido me arrepentiría.
—Bien, trato echo pues.
Señaló la puerta con un gesto del mentón para que me largase.
—El miércoles sale de prisión. Mandaré que le devuelvan el uniforme y la espada. Más vale que cumplas tu promesa. Pareces un joven persuasivo. Espero que te tenga en más estima que a mí.
✵
Lo soltaron el miércoles a las diez de la noche. Yo tuve que dejar la clase de ese día de lado por asistir a su liberación. El propio carcelero me dio a mí la casaca del uniforme de Nikolás y su espada para que yo se las entregase en mano. Estaba advertido de mi presencia y de mi trato con el gobernador, para que en caso de que Nikolás volviese a las andanzas, conociesen mi rostro para meterme a mí también en el calabozo. Cruzamos un par de palabras cuando me entregó las pertenencias de Nikolás.
—Pareces un buen chico. ¿Eres nuevo en el pueblo? Mejor no te involucres con desperdicios como este…
No quise decir nada. Asentí sin más y dejé que me cargara con aquello. Parecía un buen hombre, y parecía un buen consejo ese que me había regalado. Pero sentía defraudarle. Esperé al menos media hora hasta que lo trajeron a mí. Las paredes estaban frías y húmedas. El corredor estaba parcialmente bajo tierra y en aquel mes del año estaba helado. Me Pregunté si Nikolás habría pasado frío, si le habían dado de comer. No habría podido dormir en días. Y aún así temía que no me quisiese recibir. Estaba aterrorizado.
Lo trajeron de nuevo a rastras, como si estuviese nuevamente detenido. Tal vez no tenía fuerzas, o no estaba consciente. Parecía derrotado, completamente hundido. Pero en verdad solo estaba dejándose arrastrar porque lo harían de todas formas, lo habían detenido tantas veces que ya ni si quiera se resistía. Aún pensaba que había sido despedido de forma definitiva.
Lo lanzaron a mis pies como si fuese un trofeo para mí. Como si yo fuera el ganado de alguna batalla y me entregasen al líder del bando enemigo, que había sido capturado. Yo suspiré. Miró el negro del cuero de mis botas algo aturdido y cuando levantó los ojos y me atisbó, su ceño se arrugó como si le hubiese escupido.
—¿Vienes a reírte de mí, mocoso? –Espeto, lleno de resentimiento. Yo miré al carcelero, que aún estaba a mi lado, custodiándome.
—Deberías darle las gracias a este caballero, que te ha sacado de la prisión y te ha devuelto el trabajo. –Le arreó una patada en el costado, tal que le hizo encogerse. Yo estuve a punto de dar un respingo—. Malagradecido.
Nikolás no dijo una sola palabra más. Gimió por el golpe y se quedó con la mano pegada al costado, temiendo una segunda patada. Los guardias se alejaron y el carcelero me lanzó una mirada cargada de pena.
—Es todo tuyo. Puedes llevártelo.
Yo asentí, pero no estaba seguro de que fuera mío, y mucho menos de que fuera a seguirme como un cachorro hasta la salida. Al contrario, cuando Nikolás se puso en pie me arrancó su uniforme y la espada de las manos y salió dándome la espalda. Fui yo quien siguió sus pasos de cerca.
Salimos al exterior, por suerte era tarde y aunque había transeúntes alrededor no parecían fijarse en nosotros. Tuve tiempo de observarle. Iba con los hombros rectos, con el rostro alto y vuelto a los lados, mirando a todas partes o vigilando que yo le siguiese. El pelo sucio, el rostro amoratado. Tenía un corte en el pómulo y el labio cortado. Caminaba a paso rápido pero le dolía el costado. La ropa estaba hecha un desastre, sucia y húmeda. Estaba helado. Podía sentirlo desde donde estaba. Podría correr todo lo que quisiera, no se libraría de mí.
—¿No vas a cansarte de seguirme? –Me preguntó, casi como si hablase con el viento, lanzando la pregunta hacia un costado.
Yo no dije nada. Supuse que mi silencio le molestaría más que una respuesta cualquiera. Comenzó a meterse por callejones y recovecos, esperando perderme. Pero yo supe que se dirigía hacia su casa. No me perdería. Para mi sorpresa, comenzó a aceptar la distancia y cuando llegamos al portal que daba a su vivienda, se volvió, me cogió de la pechera del jubón y me empujó contra la puerta. Había dejado caer su espada y su uniforme al rellano del portal.
—¿Qué ha querido decir el cerdo de la prisión con eso de que tú me has sacado de allí?
—Justamente eso.
—¿Y qué es eso de que me han readmitido?
—Eso mismo. Mañana puedes volver a tu puesto de trabajo.
—¿Qué tonterías estás diciendo? ¿Es que acaso le has hecho una felación al gobernador?
Yo intenté deshacerme de su agarre pero él me empujó aún más contra la puerta y se acercó peligrosamente a mí. Pensé que juntaría nuestras frentes.
—¿Qué has hecho?
—Hablé con el gobernador. Le dije que se ponía en evidencia despidiéndote, dándole la razón a las murmuraciones sobre su amante y…
—¿Qué coño te importa a ti eso?
—Ah, eso es lo que te interesa saber. –Dije, alzando una ceja, pero él apretó los dientes—. El por qué te he ayudado.
—¿Crees que me has ayudado? Odio este trabajo, y odio esta vida. ¿Qué no entiendes de eso, fantasma de biblioteca? ¿Ahora eres un samaritano? Vete a la mierda.
—Si no te gusta el trabajo, déjalo. Busca algo mejor.
—No hay nada mejor. Tú tienes una vida fácil, ¿verdad? Mis padres murieron, no tengo a nadie…
—También los míos. –Dije, suspirando—. Tengo a mi tío, sé que no es lo mismo pero…
Levantó el puño cerrado como para golpearme pero se quedó en el intento. Yo volví el rostro esperando recibir el golpe pero nunca llegó.
—Dame una razón, —Murmuró, apretando la mandíbula—. Dame una razón para no matarte. Aquí mismo. Me encantaría hacerlo, de veras.
—Haz lo que creas. Pero la siguiente vez, no serán tan indulgentes…
—Tal vez no merezca otra cosa. –Murmuró.
—Hablas como un borracho. O tal vez justamente eso necesites, una cerveza. ¿Estás en plena abstinencia? –Mis palabas le provocaron. Su puño aún en el aire temblaba—. Más vale que no vuelvas a formar ningún altercado. Sacarte de la cárcel y devolverte a tu trabajo no me ha salido gratis.
—¿Qué quieres decir?
—Le he prometido al gobernador que respondería por ti. Si algo hicieses, yo me llevaré la misma condena. A la mínima, harán que me echen de la universidad y…
Su puño se estampó con un estruendo en la puerta, al lado de mi cabeza. Yo apenas me moví, pero el ruido retumbó dentro de mi cráneo por unos segundos. El tiempo suficiente como para que se separase de mí, recogiese sus cosas del suelo y se adentrase en el edificio. Me quedé allí unos segundos, con las piernas temblando. Hubiera deseado que no se fuese tan precipitadamente pero si aquellas palabras le habían sorprendido lo suficiente como para marcharse sin más puede que en algo le influyesen. Aunque no tenía demasiadas esperanzas.
⬅ Capítulo 39 Capítulo 41 ➡

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