EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 38
CAPÍTULO 38 – Un fantasma
—Oye… —Dijo Hermes a mi lado, en el pasillo de la universidad, mientras esperábamos a que viniese el profesor o su ayudante a abrirnos el aula—. ¿Cuándo es tu cumpleaños, Marcus? No nos lo has dicho aun.
Yo lo pensé. Apenas lo recordaba. Hacía tanto tiempo que había empezado a perder la cuenta de los años. Tal vez lo pensé demasiado tiempo, el suficiente como para que Alexander se extrañase.
—¿No recuerdas tu propio cumpleaños?
Estaba sentado al lado de ellos, en un pollo de piedra contra la pared. Di varios golpecitos con mis dedos a la carpeta de cuero que tenía sobre las piernas.
—El trece, de febrero. –Dije, era verdad. O eso recordaba. No lo dije muy convencido porque ellos se extrañaron y me lanzaron una mirada suspicaz.
—¿Cómo es tu tierra?
Aquella pregunta me sorprendió. Lo cierto es que hacia muchísimos años que no pasaba por allí, y no estaba seguro de que lo que fuera a decirles sería cierto. Desde que habían pasado a dominio francés, el ducado de borgoña había dejado de interesarme y su política y sus guerras se habían vuelto una comidilla lejana que no me involucraba.
—Como todos los lugares. Con estaciones cálidas y frías, con mujeres feas y guapas, con buena comida y paisajes preciosos.
—Qué poético. –Dijo Hermes, en tono irónico. Yo me encogí de hombros. No deseaba decir nada más y me recliné con la espalda en la pared.
Al fin el ayudante del profesor nos abrió la puerta desde dentro y nos dejó pasar. Nos arremolinamos alrededor de la mesa de disección y ya preparábamos nuestras plumas cuando el médico y él transportaron un cuerpo hasta la mesa. Era un cuerpo pequeño, ligero y grácil. Era de mujer, todos lo supimos antes de verlo. La sutil protuberancia de los pechos, el cabello largo y negro, enroscándose en los miembros. Los pequeños pies y las delicadas manos. Sus manos…
Cuando lo plantaron delante de mí, inerte y muerto, me acometió un terrible pensamiento. Una idea de la que intenté deshacerme como si fuera una mosca rondando alrededor, pero que siempre volvía a molestarme. La explicación comenzó y todos ya rallaban en el papel con sus plumas. El olor intenso de la tinta, el acre de los cuerpos en descomposición. El salón olía a cera derretida y a óxido de los utensilios médicos. A paños húmedos, la humedad se colaba por todas partes. Era ella. La muchacha. Ella olía a cenagal y lodo. Olía al asqueroso río que cruzaba la ciudad.
Cuando la descubrió me incliné hacia ella, aunque hubiera querido apartar los ojos. Era ella. La gitana que me leyó la fortuna en la palma de la mano. La que me había robado y a la que había matado y arrojado al río. Un sudor frío me recorrió la espalda y las axilas. Recordando el frío de aquella noche, el frío en sus manos, que ahora estaban muertas. Sus ojos almendrados estaban blanquecinos y muertos, mirando inertes hacia el vacío. Habían empezado a pudrirse y uno de ellos estaba medio vaciado. Sus labios estaban mordisqueados, su vientre hinchado y sus miembros agarrotados, fríos y azulados.
—Como podéis comprobar lleva varios días en el río, pero el frío del agua la ha mantenido en un buen estado de conservación.
Las explicaciones del médico jamás me habían parecido tan repugnantes y frías. Jamás había podido observarlo desde aquel cariz tan humano. Hasta donde yo podía entender, aquellos cuerpos que diseccionábamos eran donados por hospital, pero estaba seguro de que ella no había tenido tiempo de pasar por uno. Si la habían encontrado, eso significaba que alguien la había llevado directamente al laboratorio de la universidad. ¿Nadie había reclamado su cuerpo? No era posible que su familia no la estuviese buscando…
Con el bisturí bien afilado practicó una incisión sobre su esternón y fue descendiendo. Habían dado por hecho de que se había ahogado. Su cabello húmedo, las pequeñas partes de su cuerpo que habían sido picoteadas por todo tipo de vida marina, el frío y la congelación.
—Es una muchacha gitana, de unos catorce años. –Seguía narrando el médico en dirección a su ayudante, y a la vez frente a todos—. No presenta golpes externos, ni magulladuras ni lesiones de agresión sexuales…
Me daba vueltas toda la sala. Las luces de las velas comenzaron a bailar a mi alrededor y hubiera jurado que durante un solo momento nos encontrábamos ella y yo solos en el aula. Sus humores purulentos de la descomposición me entraban por las fosas nasales y no podía creerme que yo mismo me la hubiera llevado a los labios. No era ella, no podría ser ella misma. Estaba rubicunda y lozana, era joven y tierna. Ahora estaba descompuesta, ligeramente amoratada. No era un ingenuo, había sido cazador, me había alimentado de mis propias presas toda la vida, pero aquello era demasiado para mí. Exponer ante el público mi obra, ya malograda y descompuesta, me aterrorizó hasta límites que no creí deber experimentar. No era justo, yo no me merecía todo aquello.
—Bien, procederemos a la extracción de los pulmones anegados.
Intenté asir mejor la pluma y fingir que garabateaba, pero me era inútil. No podía apartar los ojos de ella. Me resultaba imposible. Sus manos, esas manos que emergieron de las gruesas capas de lana para leerme el destino, ahora estaban siendo abiertas y diseccionadas. Las destrozaríamos durante los próximos días como un puzle, para desmontarlo y volverlo a montar. Para conocer su funcionamiento como el de una máquina. Recordé al emperador Carlos, montando y desmontando sus relojes. ¿Qué diría el médico cuando supiera que una de los engranajes no encajaba?
—Es extraño. Mirad esto, chicos. Los plumones no están llenos de agua. ¿Eso qué significa?
—Que murió antes de caer al agua. –Dijo Hermes, cerca de mí. Su sentencia me supo como una daga en el pecho—. Por eso no respiró el agua y sus pulmones no se encharcaron.
—Muy bien. Si hubiera dado tiempo a que pasaran más días, puede que el agua se hubiera introducido naturalmente en el cuerpo, pero por suerte no llevaba más que un par de días en el río.
—¿Cómo sabe que estaba en el río? –Pregunté, algo aturdido. Intentando hacerme el listillo. Recibí del médico y de su ayudante una severa mirada de escarmiento.
—Por el tipo de líquenes y vegetación que la joven tenía enchanchados en el pelo, y debajo de las uñas. –Dijo el profesor como si fuera lo más natural, pero lo cierto es que ella traía el pelo limpio, aunque húmedo y había sido mantenida con frío durante estos últimos días. ¿Cómo la habían encontrado? ¿Quién se la había dado? ¿Nadie la buscaría?
—No hagas esa clase de preguntas. –Murmuró Alexander a mi lado, dándome un codazo. Yo parpadeé, incrédulo—. No somos inspectores, solo médicos.
Que ironías del destino, me dije, algo más asustado si cabe. El círculo se cerraba a mi alrededor y nadie se daría cuenta. No de momento. Yo había creado el cuerpo, y volvía a mí para ser diseccionado bajo mi responsabilidad. Debía fingir extrañeza, susto, pasmo… Pero solo sentía miedo y terror.
—¿La han asesinado? –Murmuró uno, al fondo del aula, pero lo suficientemente alto como para que todos nos volviésemos en su dirección, valorando la ocurrencia. El médico sin embargo estaba dubitativo.
—No hay signos de lucha ni violencia. –Movió su rostro y rebuscó en sus brazos. Yo rezaba por qué no se me hubiera olvidado borrar las marcas de mis dientes como estaba acostumbrado a hacer. Pero al asomarme a su cuello lo encontré grácil y pálido como la primera vez. Sin rastro de ningún tipo de signo o marca—. Tendremos que seguir con la autopsia.
Sacó su estómago, su hígado, sus riñones. Ninguno mostraban signos de envenenamiento ni de enfermedad. El médico, cuando ya pasaron las cuatro horas de su clase, acabó con una declaración sumamente fúnebre:
—Seguramente sea alguna peste extraña que no está documentada y que no deja rastro de síntomas evidentes. –Se encogió de hombros—. En el hospital ya ha encontrado dos cuerpos con el mismo aspecto durante este último año. Quién sabe. Puede que muriesen de alguna dolencia del corazón. Una muerte súbita. No es frecuente pero tampoco imposible.
Sentí que vomitaría, y no tenía nada en el estómago desde hacía días. Sentía todos mis órganos constreñirse y retorcerse dentro de mí. Si no hubiera suscitado aún más confusión, me habría marchado en cuanto la reconocí debajo de aquella sabana. Pero quedarme hasta el final de la clase me supuso un shock tremendo. Y saber que la volvería a ver al día siguiente, y al siguiente de ese, me daban ganas de llorar. Abriríamos su corazón, y después desencajaríamos sus vértebras. Haríamos un rompecabezas con sus huesos hasta dejarlos limpios de carne, nervios y cartílagos. Nunca me había parecido aquello tan inhumano. No cuando aún podía oír el tono de su voz, y el tacto de sus manos en las mías.
✵
Entré en casa y me quité el abrigo. Estaba helado de frío pero cubierto de sudor. Estaba angustiado, corrompido, sumamente aterrorizado. Sebastián estaba fuera, recogiendo un poco de agua del pozo para algún trabajo en el laboratorio. Lo vi a través de la ventana de la cocina y salí al exterior junto a él. Al verme se sorprendió, pero aún más cuando me lancé a su encuentro y lo abracé. Al principio le salió una risa encantadora, me recogió entre sus brazos, conmovido por mi gesto, pero después, con el rostro hundido en su pecho, se extrañó. Recogió mi mentón en su mano y lo alzó, para que nuestros ojos se encontraran.
—¿Qué ha pasado, Marken?
Yo negué con el rostro, restregando mi nariz por la tela de su jubón, que estaba cálido y suave como si fuera nuevo.
—No puedo más. Vayámonos de aquí. –Murmuré, lo que le espantó. Se quedó callado unos segundos y acto seguido recogió la jarrita de porcelana que había traído consigo repleta de agua y me separó de él con una mano sobre mi hombro.
—Venga, vayamos dentro. Hablemos un poco… ¿Sí?
—No quiero, no quiero hablar. –Dije, aunque me dejé arrastrar con él al interior. Llegó hasta el laboratorio y me soltó para dejar la jarra al lado de unos tubos de ensayo. Después se volvió en mi dirección y me señaló el taburete. Yo dejé allí delante de la mesa el cuaderno de apuntes.
Antes de que pudiera decir nada, lo abrió por la última página pero solo alcanzó a ver un par de garabatos inútiles. Caí derrotado en el taburete que me había ofrecido y me incliné sobre la mesa, con las manos sujetándome ambos lados de la cabeza. Había esbozado una mano, blanca y frágil, con uñas largas, con roña debajo de ellas, con los nudillos agrietados y las yemas rugosas.
—No vamos marcharnos aún. –Dijo, tajante, haciendo a un lado mis esperanzas—. Ambos tenemos compromisos aquí que cumplir. Puede que dentro de unos años…
—Claro que nos marcharemos dentro de unos años. –Dije, frunciendo el ceño en su dirección—. Mi forma nos obliga a vagar por ahí, indefiniblemente. Ya llevamos un año aquí. Como mucho en tres o cuatro tendremos que irnos.
—Puede que cinco o seis. –Se apresuró a decir, sonriente, pero su expresión era desastrosa. Estaba seriamente conmovido y no intentaba ser brusco. Sin embargo yo estaba deseando una reprimenda. No era capaz de vocalizar aún lo que había sucedido. No sabía ponerle las palabras.
—¿Por qué no ya? ¿Qué más da? A nadie le importaría. Nuestros compromisos no son como los que tuvimos con el emperador. No somos nadie aún aquí. –Suspiré—. ¿Qué me importa la universidad, o el gobernador? Seguiremos viviendo cuando esta ciudad caiga presa de alguna guerra y sus cimientos se hayan derrumbado. ¿Qué me importan un par de clases?
—No esperaba ese comportamiento de ti, Marken. –Suspiró, decepcionado. Yo respingué.
—Pero sabes que tengo razón.
—No, no la tienes. Estás suponiendo que viviremos eternamente, que seremos como las montañas o como el sol. Pero no es cierto. No le des importancia a las clases si no quieres, a tus conocidos aquí. Es una forma fría y solitaria de llevar la existencia, te lo aseguro. Pero yo sí tengo compromiso con estas personas, y soy un hombre honrado. Me debo a ellos y a sus padecimientos.
Ante mi silencio sepulcral, se volvió hacia la mesita de trabajo y comenzó a verter el agua en los tubos de ensayo.
—A no ser que una casusa de fuerza mayor nos haga huir, sabes que mi plan es quedarme aquí una temporada.
Fruncí los labios con rabia.
—Lo que pasa es que te has enamorado de la esposa del gobernador. ¿No es eso?
Me miró por encima de su hombro, con ojos cargados de una soberana advertencia.
—No creo que seas el más indicado para echarme en cara algo como eso.
Mis mejillas se tiñeron de rojo y escondí el rostro de nuevo entre mis manos.
—Tal vez debería irme yo. –Murmuré, casi en un susurro. Eso le hizo detener su trabajo. En más de cien años no había tenido en cuenta aquella posibilidad, pero en aquel momento no se me ocurría una idea mejor. Yo no era tan magnífico y encantador como él, no era ni mucho menos cuidadoso, aunque me esforzaba por serlo. Él se merecía una compañía mejor que la mía. Una que le permitiese vivir tranquilamente, sin sobresaltos, que no le privase del tiempo con sus seres queridos.
—¿Quieres marcharte?
—Sí, pero contigo. Quiero irme, pero… no puedo…
Se sentó sobre la mesa apoyándose con la cadera a mi lado y puso su mano sobre mi cabeza, en actitud regia. Acarició mis cabellos y le oí suspirar.
—Si deseas marcharte, sabes que tienes las puertas abiertas. Pero no puedes arrastrarme contigo a tus propios infiernos. ¿Qué ha ocurrido? Explícamelo.
—Han encontrado un cuerpo en el río. Uno de los que yo he dejado.
Noté su tacto sobre mí volverse rígido y tenso. Pensativo. Alcé el rostro y miraba hacia el interior de la casa con aire meditabundo.
—La hemos diseccionado en el laboratorio. ¡Ha sido horrible!
—¿Dejaste marcas?
—No, nunca lo hago. Ya lo sabes.
—En ese caso, ¿qué ha dicho el médico?
—Que ha sido por una enfermedad o por un ataque repentino. Ya estaba muerta cuando cayó al río.
Me puso la mano sobre el hombro, pero en vez de consuelo, lo que me transmitió fue una dura reprimenda. Estaba dispuesto a volver a repetirme todos los discursos y frases que solía usar conmigo, pero le pareció mucho más acertado quedarse en silencio y encogerse de hombros. Si estaba deshaciéndose de la responsabilidad, no me preocupaba. Pero si estaba dando por sentado que aquello no tenía importancia, me helaba el alma.
—Te he dicho que tengas cuidado, que no seas tan brutal. –Comenzó a decir, como si las palabras se le desbordasen de la boca. Siguió vertiendo agua en los tubos de vidrio—. Y si no puedes evitarlo, deshazte mejor de los cuerpos.
—No sé como la han encontrado. Yo la tiré al río.
—¿Acaso no has pensado que tal vez se enganchó con alguna rama y quedó varada en la orilla? –Suspiró, negando con el rostro. Yo me levanté y me acerqué a él. Sujeté su túnica, la que se ponía a veces para trabajar en el lavatorio, y tiré de ella, haciéndole derramar agua fuera de los tubos de ensayo.
—¿De dónde han sacado los cuerpos? Su familia era gitana. Jamás la habrían donado para diseccionarla… —Me miró, sorprendido—. ¿De dónde sacan los cadáveres, Bastian?
—No puedo creer que seas tan ingenuo. ¿De verdad no te has dado cuenta? ¿A caso crees que la gente dona los cuerpos de sus familiares a la ciencia? Eso es un pecado brutal.
—Pero los mendigos… y los…
—Es una práctica prohibida. Nadie hace eso. –Cortó aquello con un gesto de su mano—. Nadie dona sus cuerpos. Rara vez un hospital dona los cuerpos a la universidad. Puede que uno de cada cien muertos. O de cada quinientos…
—¡Diseccionamos un cuerpo a la semana!
Bastian negó con el rostro, como si aquello no pudiera creérselo.
—Los roban, muchacho. Por eso las clases son nocturnas. No por un pudor religioso ni moral. El ayudante del médico, el muchacho Johanes, se dedica, con algunos pendencieros, a saquear tumbas recién escavadas. Lleva los cuerpos a la universidad, los disecciona, y en menos de una semana los ha devuelto en trocitos como un puzle, de nuevo al cementerio.
Yo aún agarraba su delantal.
—¿El párroco del cementerio…?
—La universidad le paga bien por cada cuerpo. Así nadie sospecha nada. Si alguna plañidera quiere acercarse a llorarle al muerto, el cura la disuade con excusas de que hay alguna plaga o que están en pleno entierro. –Me aparta de un empujón para que le suelte y alcanza una bayeta para limpiar el agua derramada—. Que vayas dejando cadáveres es como darle caramelos a un niño. En cuanto lo hayan visto se lo han llevado a la universidad.
Me pasé la mano por el pelo, algo sofocado.
—¿Tu mentalidad medieval no te permite aceptar esto que te estoy diciendo? –Me preguntó, casi socarrón—. No te creas que es una práctica nueva.
—¿El gobernador…?
—Qué le importa al gobernador. –Suspiró—. A ese solo le importa llenarse el buche y dormir acompañado cada noche. –Tras decir aquello me lanzó una mirada suspicaz—. Bueno, pues como a ti.
Le empujé contra sus cacharros y derramó la jarra de porcelana, que se quebró contra la mesa.
—Si esperas que te reprenda por lo de la muchacha, no pienso hacerlo. Estas mayorcito para que te ande dando sermones. ¿No crees? Vete de mi vista. –Señaló con una mirada la puerta del laboratorio y le fruncí el ceño, arrugando la nariz—. Ve a alimentarte, o a dormir. Lo que te venga en gana. Pero no me andes con lloriqueos a estas alturas. Así te sirva de lección. –Me señaló con el dedo mientras me alejaba—. Espero que esto suponga una buena lección de vida, mejor de la que yo puedo mostrarte con mis monsergas. Si no quieres seguir viendo más restos de tus cenas en el aula de clase más vale que seas cuidadoso a partir de ahora. He tolerado muchos años tus descuidos, pero si vamos a establecernos aquí, ya va siendo hora de que seas consecuente.
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