EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 37
CAPÍTULO 37 – La biblioteca del gobernador
Continué yendo a las clases con normalidad, y siempre que podía evitar pasar por la taberna, iba directamente a casa. Se había vuelto un lugar de refugio y descanso. Apenas salía durante las horas nocturnas, prefería quedarme allí, aunque fuera en un estado melancólico y semivegetativo, antes que atreverme a volver a cruzarme a Nikolás por la ciudad. Hacía semanas que no me buscaba, pero no era una ciudad muy grande, y frecuentando los mismos sitios, no era difícil coincidir. Pensé en ello como en una gripe o un catarro. Si me aislaba el tiempo suficiente en casa, todo se me pasaría. Pero solo me engañaba a mí mismo.
Me sumí, como medio de ocupar mi mente, en las labores de ayudante de mi maestro. Pasé a limpio todos los apuntes que le iba trayendo, traduje varios textos que había conseguido de la biblioteca del gobernador y apunté nuevas recetas que había creado y había garabateado en pergaminos sucios. Empezó a bromear sobre si deseaba convertirme en escriba, en vez de en médico, pero no me molestaba ocuparme de todas aquellas tareas de las que él tanto renegaba si eso me ocupaba las horas muertas.
Salí a cazar al bosque en un par de ocasiones, pero apenas encontré un par de aves. Llegué a casa una noche suplicando a mi maestro que me dejase morderle. Asintió casi complacido, le encantaba que hasta cierto punto siguiese dependiendo de él. Aunque aquel favor no me salió gratis. A la noche siguiente, después de haber reposado el empacho que me produjeron sus cuidados, me entregó un maletín con los tres libros que había sustraído de la biblioteca del gobernador.
—Llévaselos de vuelta. –Me pidió. Yo levanté una ceja, iracundo.
—¿No tienes correos que te hagan ese trabajo? Podrías ir tú mismo, y comentar con el gobernador sobre su contenido… —Me quité esa responsabilidad de encima y me senté en un taburete de su laboratorio mientras le observaba ir y venir. No parecía que estuviera pidiéndome aquel favor, más bien me lo había legado y yo ya no podía hacer nada más que replicar.
—Ve, es viernes y no tienes clases. Así te dará el aire.
—Suenas como un padre. –Dije, cruzándome de brazos, a lo que él sonrió, y algo abochornado me miró por el rabillo del ojo.
—Seguramente te haga colocarlos a ti. El bibliotecario duerme de noche, como todos los demás.
—¿No los podrá colocar al día siguiente?
—No seas malo, y ahorrarle el trabajo al pobre viejo.
Suspiré y me levanté, cargando con el peso del maletín.
—Devuélvelos a la sección de botánica. Segunda balda.
Yo le escuchaba ya desde el recibidor donde me estaba poniendo un grueso sobretodo de paño negro.
—¿Esa es toda la indicación que vas a darme?
—No es la biblioteca de Alejandría. –Se rió—. Ve, no seas rezongón.
Estábamos a principios de diciembre. El frío era gélido y húmedo. Ese frío que se extiende por las zonas de costa y que se instala en los huesos hasta destrozarlos. Por suerte yo era un vampiro y aquello no suponía más que un ligero desajuste de mi temperatura. La ropa era más una forma de ocultarme y ajustarme a los tiempos que una mera necesidad. Pero era curioso ver a los transeúntes, a aquellas horas de la noche, corretear por las calles heladas en busca de los hogares calientes de sus casas. Apenas eran las diez, pero parecía que el cielo estaba tan oscuro como si fuera de madrugada. Gruesos nubarrones cargados de aguanieve amenazaban con descargar de un momento a otro. No me extrañaba que mi maestro me hubiera mandado en aquella misión. Él odiaba la lluvia y el frío. Yo por el contrario estaba más que acostumbrado.
Me abrieron las puertas en cuanto me vieron. Ya me conocían de sobra en la casona del gobernador, aunque me advirtieron de que él no estaba en el palacete. Pecando de indiscreto, pregunté.
—¿A dónde ha ido?
—Tiene una cena privada. –Yo asentí, no necesitaba saber nada más. Uno de los guardias de palacio me acompañó con diligencia hasta la biblioteca y me haría de escolta durante ese tiempo. Supongo que para que no me robase nada o como medio de mantenerme vigilado y que no husmease por los pasillos.
Caminamos en silencio, seguidos del sonido de nuestros pasos y el tintineo de las velas y antorchas.
—El bibliotecario duerme. –Me dijo.
—Mi tío me ha dado orden de dejar yo mismo los libros.
—En ese caso, no hay problema.
Llegamos hasta las puertas de la biblioteca y rebuscó entre el llavero que colgaba de su cinto las llaves de la puerta. Estaba indeciso y entre la oscuridad y mi presencia, se le hicieron un lío entre los dedos. El pasillo describía un largo corredor a ambos lados de la puerta, a la derecha había una ventana que estaba cubierta con cortinajes, pero a la izquierda, otro corredor aparecía perpendicular mente, ocultando otra serie de habitaciones. Entre aquellas sombras, se escucharon unos pasos, y una prologada sombra se aproximaba. Los pasos eran fuertes, secos, e iban acompañados del tintineo de la punta de una espada contra el suelo.
Capté su olor antes siquiera de ver su perfil desdibujado en las sombras. Nikolás apareció por aquel corredor, puede que paseando, o puede que haciendo la ronda. Se nos quedó mirando con recelo, propio de su ejercicio y al reconocerme me sonrió. Con esa mueca ladina y soberbia del gato que ha encontrado un ratoncillo en medio del pasillo y lo tiene acorralado. Le miré con esa expresión de quien suplica que no desea problemas, pero estaba a punto de volverse en nuestra dirección, sabe Dios con qué motivos, cuando que el sonido de la llave entrando en la cerradura de la biblioteca le despejó la mente. Nos despertó a ambos. Miré al mayordomo que me había acompañado y respiré con alivio cuando abrió la puerta para dejarme pasar.
En un último vistazo vi como Nikolás retomaba su camino y desaparecía por el pasillo.
—¿Sabe dónde...?
—Sí, no se preocupe. –Le dije al mozo que me había acompañado. Yo mismo busqué con la mirada la sección de ciencias naturales y encontré la estantería de botánica. Me costó algo más encontrar el lugar indicado para cada librillo, pues estaba ordenado alfabéticamente y como muchos eruditos que no se preocupan por los libros que tienen, estaban todos con el canto hacia la pared, así que demoré más de lo que me hubiera gustado. El suficiente como para que alguien llegase a la biblioteca y mandase al mayordomo fuera.
—¿Cómo puedes ves en esta oscuridad? –Preguntó una voz femenina a mi espalda. Yo me di la vuelta con cortesía y la saludé.
—Tengo buena vista, señora. –Le dije, advirtiendo a la esposa del gobernador, con un grueso batín ocultando su vestido, que se aproximaba sujetando un candelabro. Se quedó a mi lado unos segundos mientras su luz iluminaba los libros que había traído conmigo. Coloqué uno en el lugar que mejor me pareció, y el siguiente justo al lado. Deseaba salir de allí cuanto antes. Que el bibliotecario se encargase de ordenarlos.
—Pensé que sería tu tío. Cuando me avisaron de que había venido el médico a traer unos libros al bibliotecario…
—Espero no haberos decepcionado. –Murmuré, avergonzado. Si no hubiera sido porque mi maestro era muy cuidadoso, habría advertido las marcas de sus dientes en el cuello de ella. Apuntaba muy alto, más de lo que yo estaba dispuesto a arriesgar. También es cierto que se lo había ganado con su cuidado y precaución.
Ella se agarraba el batín, algo cohibida, pero como yo no representaba ningún tipo de amenaza o elemento de seducción, parecía incluso cómoda y divertida.
—Tendréis que disculparle, me ha mandado a mí porque se encuentra muy ocupado en el laboratorio. –Ella asintió, complacida de mi disculpa, pero yo levanté una ceja, en su dirección—. Aún así le haré saber vuestro disgusto por su ausencia, si vos me lo permitís…
—Os lo permito. –Exclamó, resabiada—. Es más, decidle que hace varios días que no nos visita. ¿Tanto tiene que hacer en su laboratorio?
—Siento defender a mi tío en esta ocasión. Tenemos entre manos varios pacientes que nos están ocupando todas nuestras horas libres…
—En ese caso, no pasa nada.
—Tal vez podríais hacerlo llamar por alguna leve dolencia… —Murmuré, aunque ella se encogió de hombros, divertida por mi ocurrencia.
—Esa excusa ya está muy banida. Las fiestas siempre son efímeras y las enfermedades continuadas son una gran fuente de sospecha. –Su mirada revoloteó por los libros que teníamos alrededor y después, cuando yo así el asa del maletín, ella se espabiló, como despertando de un sueño—. Mi marido no parece necesitar ninguna excusa para sus amoríos. ¿No crees que es injusto?
—Eso es porque la finalidad de la seducción femenina es la seducción en sí, no tanto la culminación. –Ella me miró, airada, y después me analizó con una mirada de arriba abajo—. Por eso las mujeres siempre le ponen empeño e imaginación a sus aventuras, porque es lo único que les queda cuando todo ha pasado.
Se quedó callada unos segundos. Supuse que lo que había dicho no era propio de mi posición ni de mi edad, pero no dejé que me importase. Señalé la salida con un ademán de la mano y ella caminó conmigo hasta la puerta de la biblioteca. Salió primero y me esperó hasta que estuve a su lado para cerrar la puerta y candar con las llaves que habían quedado colgando de la cerradura. Parecía escarmentada y ofendida, aunque supo disimularlo con ademanes corteses y agradables. Me pellizcó la mejilla a modo de despedida, casi como un castigo, y evité apartarle la cara y lanzarle una mirada asesina, pero atisbó a ver mi enfado.
—Ya te enamorarás muchacho… y entonces me contarás otro cuento. –Dijo, dando por finalizada la conversación—. Supongo que conoces bien la salida…
Y sin más, se llevó consigo el candelabro y desapareció por el corredor de la derecha. La vi marcharse, con el vuelo del batín ondeando por encima de la alfombra. Estuve tentado de marcharme y volver rápidamente a casa, pero ya antes de entrar en la biblioteca sabía que no lo haría. No estaba de humor para acobardarme, y mucho menos para seguir fingiendo que era un muchachito pusilánime.
Me desvié por el pasillo contrario y seguí la estela de olor y calidez que Nikolás había dejado. Era aquella una caza extraña, en la que la presta estaba supedita a un recorrido definido. Y no hacía ni quince diez que había pasado por allí. Podía sentirlo a medida que avanzaba. Lo olía, y aunque su aroma se mezclaba con los otros, el sabor de su sangre aún perduraba en mí como un recuerdo marcado a fuego en mi lengua. Mis pasos no hacían ruido por los pasillos, y mi presencia apenas era sentida. Ni las velas se inmutaban con mi persona.
Lo encontré al otro lado de una puerta. Se me secó la garganta al oír sus palabras acalladas por besos y el roce de unas sábanas. Había sido demasiado imprudente porque ya había abierto la puerta que había estado candada desde dentro y había asomado mi mirada al interior, sujetando el pomo con cautela. Apenas una vela iluminaba la estancia pero yo no tuve dificultades para reconocerle y encontrarle entre aquellas sombras. Era un amasijo de ropa a medio desvestir. Su pelo revuelto, sus ojos incendiados en pasión y las mejillas encendidas.
Embestía con ardor a su pareja, una muchacha rubia, de cabellos sueltos y bucles dorados. Con las horquillas desparramadas, con los ojos cerrados y los labios descuidadamente cubiertos de carmín. Su escote se había abierto y dejaba al aire sus clavículas y su esternón. Igual que sus piernas desnudas brillaban con calidez alrededor del cuerpo de su amante. Los empellones resultaban casi descuidados y ambos se revolvían en medio del placer.
Ella no oyó la cerradura abrirse, pero Nikolás si, y alzó la mirada con sorpresa, no sin algo de desvergüenza, y al encontrarme allí, presa del susto, sonrió como si le volviese loco la idea de encontrarme a mí, más que a nadie. Su sonrisa, de dientes blancos y colmillos protuberantes me espantó. Esperaba, hubiera creído, que aquello le avergonzaría. Pero se deleitó de tenerme durante unos segundos como público de sus placeres privados. Si le hubiera hallado matando a un hombre no le hubiera resultado tan gratificante. Pero sumergirme con él en aquellos delitos, eran por demás. Porque aquella mujer no era otra sino la amante favorita del gobernador.
Él notó cerca el clímax y se corrió, con la mirada clavada en mí. Con las mejillas rubicundas y los ojos brillantes, con la frente perlada de sudor y los cabellos pegados a las sientes. Me sonrió, culpándome a mí de mi propia desvergüenza por haberme quedado allí petrificado, espectador de aquel crimen tan imprudente. Después del clímax, calló sobre la muchacha, exhausto y cubrió sus mejillas con besos. Aproveché ese momento para retroceder y cerrar la puerta lo más sigiloso que pude. Si ella no notó nada, fue por pura casualidad porque me temblaban las manos y cualquiera un poco avispado habría podido oír mi respiración agitada. Cuando me quedé al otro lado de la puerta, en medio de aquella oscuridad, me llevé una mano al pecho, lleno de angustia y solté el aire que había estado estrujando mis pulmones. Estaba ahogado en mis propios celos. Por él, o por ella. No lo sé. Pensé que lo encontraría para mí y lo había descubierto de la forma más desagradable posible.
Si hubiera tenido un poco menos de autocontrol la habría matado a ella y después a él. Pero no me quedaba de otra que marcharme y comerme mi vergüenza y mi orgullo herido. Nada saldría bueno de todo aquello. Estaba preso de mi obsesión, pero era malsana y tóxica. Él era cruel y desvergonzado. Y no habría nada en el mundo que pudiera hacer para que se doblegase, para que se mostrase humano conmigo, incluso si se lo suplicaba, él se vanagloriaría de mi súplica. Por primera vez me planteé enserio matarle. Mientras salía de aquel entramado de pasillos pensé que nadie sufriría su falta. Sus compañeros lo temían, sus conocidos lo odiaban. Sus señores le toleraban. Había causado disturbios, era peligroso y problemático. Si aparecía por casualidad en el río, nadie lo lamentaría.
Ay, pero yo sí. Yo sí lo haría. Y es que no podía hacerle eso. No podía robarle toda la vitalidad que poseía. El fuego que había en su interior, la chispa de imprudencia y de desvergüenza que lo conducían, tal vez al infierno, pero por un camino puramente humano. Matándolo, le quitaba todo eso, y convirtiéndolo, lo destruiría. Deseé que pasasen los años. Que envejeciese, que muriese y empezase a formar parte de un pasado lejano del que hablase en tono soñador, como una anécdota triste y profunda. Prefería que se lo llevase el tiempo, porque yo no sabría qué hacer con él.

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