EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 39

CAPÍTULO 39 – El baile y el detenido


Hacía mucho tiempo que Sebastián y yo no nos hablábamos. Solíamos tener fuertes discusiones a menudo, pero en aquella ocasión perdí todo el interés por dirigirle la palabra. No encontraba nada en él que pudiese aliviarme, nunca lo hallaba. Pero había comenzado a perder la esperanza de encontrarlo alguna vez. Me dolía, y estaba arrepentido por todo lo que ocurría, porque sabía que era todo culpa mía. Sabía que era un muchacho irreverente y mal acostumbrado. Y que pese a sus intentos de corrección, siempre había hecho lo que me había dado la gana. No era algo que a él pudiera sorprenderle a esas alturas, pero lo cierto es que cada vez tenía menos paciencia conmigo y yo menos ganas de subyugarme.

Tampoco yo sentía deseos por pasar tiempo con mi maestro después de las pesadas clases de anatomía, mientras seguíamos descomponiendo el cadáver de la muchacha gitana que cada día atormentaba un poco más mi conciencia. Me alimenté de animales, de bichos, de cualquier cosa medio salvaje que encontrase por el bosque. Estaba espantado y aterrorizado de que el siguiente cadáver que diseccionásemos fuera alguno de los otros que había tirado por el río. Aquello me quitaba el sueño. Había estado evitando meterme en el ataúd con mi maestro, incluso tras su insistencia. Prefería quedarme hecho una bola en algún sofá de la casa que compartir espacio con él. Mucho más después de haber tenido horribles pesadillas de las que me levantaba febril e inquieto.

Aún veía los ojos almendrados de la gitana posados en mí, a través de aquel frío, mientras sus manos sujetaban las mías. Aún resonaban sus palabras en mi mente, esas odiosas palabras de un futuro que ya no se materializaría. Había leído el futuro de mi yo humano, pero se habría tenido que detener en algún punto, porque mis yemas, mi palma y todas sus líneas estaban condicionadas por mi nacimiento humano. Lo que me esperaba desde la noche en que me convirtieron nada tiene que ver con lo que ella hubiera podido adivinar.

¿Si alguien la hubiera podido adivinar el futuro le habrían dicho que acabaría diseccionada por el mismo hombre que la había matado? ¿Que su cadáver flotaría durante unos días en un río y que sus restos se devolverían a la tierra sin que su familia supiese jamás el horrible destino que le había deparado la fortuna? Debí haberla advertido: estaba leyéndole el futuro al mismísimo diablo. Entonces tal vez hubiera contenido su mano y su lengua.

Pero me engañaba culpándola. Yo debía haber dejado que me robase. Solo eran unas cuantas monedas. Debía haberla dejado huir, o haberla dejado terminar sus predicciones. Tal vez nos hubiéramos podido reír juntos de aquello que hubiese encontrado entre las muescas de mis manos. Pero eso también era una mentira. Una fantasía. Porque volvía a encontrármela en sueños y nuevamente volvía a matarla y a arrojarla al río, aún sabiendo que la reencontraría en el laboratorio.

Pasaron varias semanas hasta que el cuerpo se volvió impracticable y nos deshicimos de él. Otro nuevo cuerpo ocupó su puesto, y me sentí aliviado cuando esta vez no reconocí al hombre. Parecía extranjero, mayor y borrachín. Tenía el hígado destrozado y una barba descuidada. Había muerto de frío, seguramente, por haber dormido a la intemperie. Cómo es de hipócrita el humano. Aquella muerte no me resultó ni mucho menos triste o desagradable. No la había causado yo, así que no me supuso ningún trauma. Lo cierto es que respiré aliviado cuando advertí que a él no lo había matado yo.

Después de varias semanas con aquella extraña convivencia con Sebastián él acabó perdiendo los nervios y me reprendió por no haber sabido gestionar mis propios temores. Me preguntó por qué no deseaba dormir con él y por qué apenas le dirigía la palabra. Sabiendo que él tampoco estaba haciendo nada por suavizar la convivencia. Yo le lancé una mirada fulminante.

—Estoy enfadado conmigo mismo, eso es todo.

Mis pablaras no le parecieron excusa suficiente, es más, parecía contrariado. Aún cuando me había visto con mal aspecto y me había ofrecido de su sangre, yo me había negado a beberla.

—No puedes martirizarte eternamente. Y tampoco puedes pretender mejorar culpabilizándome a mí también. Sumándome a esta ola autodestructiva. Mata, si te place, pero hazlo con cuidado y con cabeza.

Él había dejado el laboratorio limpio y la mesa despejada. Esperaba que la usase en su ausencia para pasar a limpio los apuntes de toda aquella última semana mientras él estaba fuera. Incluso de ser su copista me cansaba.

—Tienes suerte de que fuera solo una gitana. Si hubiera sido algún familiar del gobernador estaríamos en un lío.

—No creas que no lo he pensado. –Dije mientras él se acomodaba la capa sobre los hombros y rebuscaba los bolsillos de su traje. Se acomodó los volantes blancos de las mangas y me lanzó una mirada suspicaz. Casi llena de pena y constricción.

—Anímate. ¿Seguro que no quieres venir conmigo al baile?

—Sabes que odio los bailes. –Repetí. Le había dicho aquello más de trescientas veces en el último siglo. Pero él siempre volvía a preguntarme, por si deseaba acompañarle. A veces, rara vez, accedía, y eso le daba ánimo para volver a preguntarlo unas cien veces más.

Se encogió de hombros y salió por la puerta. Por primera vez en mucho tiempo me pregunté si aquella pregunta era su forma de pedirme disculpas, y de suplicarme que fuera porque deseaba mi compañía, pero solo era una excusa para que me rodease de su círculo social, que bebiese de su copa de vino y riese sus chistes.

Así que aquella noche me quedé en casa, como era habitual. No tenía hambre y me pasé la siguiente hora copiando los textos. Ya hacía rato que había terminado así que me recorrí el taller buscando algo mejor con lo que pasar mi tiempo. A eso de las dos de la mañana me puse a calentar al baño maría manteca y vertí en ella cera de abeja, romero, tomillo, caléndula y lavanda para hacer una pomada herbal.

La había dejado en el fuego durante dos horas y cuando estaba colando la manteca derretida por una gasa para retirar las hiervas, acudió a mi mente la voz de Sebastian. Nítida y acuciante. Colándose por cada uno de mis sentidos. Había acudido a mí a través del espacio, rápida como un rallo. Y me habló en tono severo:

Ven aquí, hay algo que tienes que ver.

Mis manos soltaron el cazo y el embudo con estrépito y descuido. Parte de la mantea cayó encima de la mesa de madera y uno de los tarros de cristal se cayó y volcó. El ruido que se produjo me acompañó durante el segundo que tardé en el alcanzar la puerta y salir pro ella a toda prisa. Nunca solía usar ese truco, no era algo que le gustase hacer. y su tono me había preocupado lo suficiente como para poner todo mi cuerpo en tensión. Recorrí el campo y atravesé el río en menos de un minuto.

A aquellas horas de la madrugada, con la oscuridad recorriendo cada rincón de la ciudad, no era difícil pasar desapercibido. Casi no lo pensaba. La gente ni me vería, nadie sospecharía nada. Él me había pedido que acudiera cuanto antes, y yo no iba a negarme. Dejé edificios atrás, parques y zonas arboladas. Me adentré por las callejuelas de la zona más vieja y cuando alcancé la plaza principal, frente a la fachada del palacete del gobernador, no tuve que correr más. Allí estaba lo que yo debía ver. Por suerte llegaba a tiempo.

Dos hombres de la seguridad del palacete, de alto rango, sacaban a rastras a Nikolás, que colgaba de sus propios brazos, tirado por los otros dos. Bajaron los escalones de la entrada a trompicones mientras el reo se revolvía en sus brazos. Alternaba la sumisión y la rabia, la indignación con el silencio. Parecía consciente pero estaba algo borracho. Estaba de servicio, llevaba su uniforme, con su gruesa casaca militar y la espada colgando del cinto. Si se hubiera revuelto y hubiera echado mano de ella, habría resultado en un feo altercado. Pero se limitó a dejarse llevar. Lo arrastraban, plaza a través, hasta el cuartel.

—Siempre igual, Nikolás. –Le dijo uno de sus superiores, sin mirarle a la cara—. Mira que te lo advertimos. Ya no tienes remedio.

Me quedé allí plantado, con un gesto de incredulidad en el rostro. Igual que los que salían por la puerta del palacete, y se agrupaban alrededor de las escaleras, mirando en la misma dirección que yo. Murmuraban entre ellos, exclamaban y se revolvían.

—¿Podéis creerlo?

—Ay, pero si era cuestión de tiempo…

—¿Y ella? ¿Dónde está?

—Se habrá escondido…

—Ese joven es un peligro.

Los vi desaparecer por la puerta de la prisión, un pequeño edificio de piedra con horribles y fríos calabozos. Estaba tentado a ir a buscarle, a sacarle de allí, pero mi orgullo era tan grande como mi vergüenza y no me moví ni un solo paso. La gente incluso comenzó a mirarme con recelo por estar en plena noche allí pasmado sin capa ni sombrerero. Al rato salieron los dos guardias con la espada y la casaca del uniforme de Nikolás bajo el brazo, y ambos se metieron de nuevo dentro del palacete. Yo los seguí, haciéndome paso a través de las personas que se habían acumulado alrededor de la puerta. La mayoría de ellos se me quedaron mirando con espanto, como una sombra que ha sido arrancada de la noche y se cuela a través del espacio entre ellos.

Alcancé el gran salón y encontré al fondo, sentado en una larga mesa repleta de platos con restos de viandas, a mi maestro, mirando distraído el fondo de una copa de vino. Parecía sereno y pensativo, al contrario que la mayoría que estaban revoloteando por todas partes, murmurando y exclamando. Aullando de emoción por lo que acababan de presenciar. El gobernador no estaba en su asiento como de costumbre. Tampoco su esposa.

—¿Qué? –Le pregunté, plantándome a su lado mientras ponía mis brazos en jarra—. ¿Esto era lo que querías que viera con tanta urgencia?

—Me ha parecido bastante instructivo. –Dijo con todo el descaro del que era capaz. Estaba burlándose de mí, y de mis sentimientos hacia Nikolás. Lo había comprendido en cuando lo vi salir arrastrado por la puerta del palacete.

—Instructivo. –Repetí mientras miraba alrededor. Todos parecían ahora deliciosamente entretenidos. Jamás habían presenciado nada parecido—. ¿Qué ha ocurrido?

—Lo han pillado en una de las habitaciones con la amante del gobernador. –Aquello lo soltó precedido de un gesto de expectación, esperando la reacción que aquella revelación pudiera surgir en mí. Pero no me supuso ninguna sorpresa. Me limité a mirar alrededor.

—¿Quién los ha pillado?

—¿Eso importa? –Preguntó, casi decepcionado.

—Depende. –Le dije—. Si ha sido cualquier otro, no me importa. Pero sí se te ha ocurrido a ti delatarle… —Aquella respuesta le dejó pasmado. Yo le amenacé con un dedo acusador y casi palidece ante mi ofensiva. Me lanzó una mirada carada de rencor.

—No, no he sido yo. Aunque reconozco que he disfrutado viendo el alboroto. –Rodé los ojos.

—Como no…

—Así que ya lo sabías… ¿Eh? Vaya, esperaba ser yo quien te diese la sorpresa.

—No solo se acuesta con ella. Se acuesta con muchas otras. Pero disfruta peculiarmente con ella por ser la amante del gobernador. No por nada más.

—¿Qué clase de intimidades te ha contado el muchacho? –Preguntó, casi de forma retórica—. Que mala educación. De esas cosas no deben hablarse.

—No me ha contado nada. Lo he visto en su mente. –Le lancé una mirada suspicaz—. Y estoy seguro de que tú has hecho lo mismo con todos los demás aquí. Así que no te pongas quisquilloso.

—No sé si creerte… —Dijo, algo enternecido.

—No es un secreto para nadie que Nikolás es un mujeriego. Ya lo han amonestado en múltiples ocasiones por cosas parecidas. Solo os han dado el espectáculo. Mañana estará readmitido.

—No, no lo creo. –Dijo Sebastián con tono de sabelotodo—. El gobernador le ha expulsado de cuerpo y de la casona. No volverá a pisar el palacete. Lo que ha hecho no es un delito, pero sí que está muy feo. Lo mantendrán un par de noches en el cuartelillo y después lo expulsarán de la ciudad. Tendrá que buscarse la vida en otro lado. Sin carta de recomendación y sin posibilidad de poder volver a servir como soldado o militar.

Aquello me reconcomió por dentro durante unos segundos, como un enjambre de xilófagos devorándose mi carne y mis huesos. En mi mente oía su zumbido y sentía la garganta seca y rasposa. Me sentí impedido y completamente indeciso. Pensaba en matarlos a todos allí. A aquellos monigotes engalanados con feas y gigantescas plumas, con esas horribles faldas anchas y con aquellos colores tan chillones. Eran muñecos hechos persona. Los podría reducir a cuerpos sin vida que poder diseccionar. Al parecer no importaba. Nadie se quejaba de eso. Mi maestro advirtió mis pensamientos y se atrevió a murmurar…

—No causes más problemas. Ya han tenido suficiente diversión por esta noche. Hablarán de esto durante el resto de la semana.

—Tu amiguita la gobernadora estará relamiéndose. –Dije, fulminándole con los ojos—. La amante de su esposo encontrada en la cama con un mozo treinta años más joven y lozano. Disfrutando delante de todos de los placeres que su marido no es capaz de mantener limitados a su propio disfrute.

—Eres un idiota. –Murmuró, ofendido—. Ahora el gobernador se desquitará con ella. Justamente porque se siente avergonzado por lo que ha ocurrido. –Me miró con los ojos en llamas—. Tu querido Nikolás no ha arruinado el juego a todos.

—Estas mayorcito para juegos. –Le espeté, porque sus palabras me dolieron. Pero él ignoro mi comentario. Parecía más entretenido en mirar el fondo de aquella copa vacía o desplazar su mirada a lo lejos, entre los espectadores de aquel escándalo.

No creo que me hubiese llamado para hacerme rabiar o para mostrarme algo desagradable sabiendo que me heriría. Lo hizo porque no le hubiera perdonado que no me hubiese puesto sobre aviso. Me estaba dando la elección de entrometerme y hacer algo o no hacer nada al respecto. Al darme cuenta de aquello, y pese a su tono de sabiondo, suspiré.

—Lo solucionaré.

Me lanzó una mirada cargada de sorpresa, pero no dijo nada. Se quedó mirándome con los labios fruncidos y la mirada brillante.





⬅ Capítulo 38                                          Capítulo 40 ➡

⬅ Índice de capítulos

Comentarios