EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 35
CAPÍTULO 35 – El sol y la sangre
Aquello fue más de lo que estaba dispuesto a conceder de mí. Bastian me necesitaba a su lado, y yo lo necesitaba a él. Quería ser mejor medico mientras estuviera a su lado y las clases de anatomía consumían parte de mis horas, así que me convencí a mi mismo de que aquella tontería debía acabarse. No conseguiría nada de él. No iba a matarlo y tampoco a convertirlo. Sucumbir a sus provocaciones solo me desequilibraban, me enloquecían hasta extremos en que hacía muchos años que no me sumergía. Creía que al fin, después de tantas décadas, había conseguido obtener el control de mi mismo. Que imprudencia.
Si hubiera sido un poco más agradable conmigo. Un poco más amable, más comprensivo. Era un matón, pero también era un ingenuo y un inconsciente. Si perdía el control y le mostraba de qué era capaz, él huiría. ¿Sería tan loco como para enfrentarme? Ni si quiera quería pensar en eso. No era capaz de mostrarme tal como era. Porque prefería mil veces que me enfrentase y no se acobardase, ganándose mi respeto, a que huyese, aterrado.
Ese domingo la sobrina del gobernador se puso de parto y nos llamaron para asistir al alumbramiento. Mi maestro me pidió que me quedase en la casa pero yo quise acudir. Ya habíamos ayudado a cientos de mujeres a dar a luz, pero siempre era bueno tener un par de manos más para ayudar en lo que fuera posible. Los partos son momentos muy complicados y peligrosos. Y dos ojos vampíricos podrían ser de mucha utilidad.
Ciertamente el niño nació con dificultades. Ambos lo supimos nada más que llegamos a la habitación. Ella había roto aguas hacia al menos diez horas pero las matronas no habían podido hacer nada por provocar el parto. El niño se ahogaría de un momento a otro, porque advertimos que nacía con el cordón umbilical enrollado alrededor del cuello. Aún le latía el corazón, porque el cordón no le estaba constriñendo las vías respiratorias, pero si el niño entraba en el canal de parto y tardaba en salir, entonces sí que se ahogaría.
Le preparamos una infusión con salvia, agradejo y poleo para estimular las contracciones, y en menos de una hora el niño había nacido. Lo pusimos rápidamente en unas toallas que habían calentado con un brasero y se lo pusimos a la madre sobre el pecho, aunque la pobre estaba medio desmayada por el esfuerzo.
Las matronas, cuando se hubieron ocupado de la madre, nos trajeron un balde de agua limpia para que nos aclarásemos las manos. Esta se tiñó rápidamente con sumergir las palmas. Mi maestro sumergió las suyas y entonces el agua acabó por volverse oscura y densa. Estaba terriblemente escarmentado. No era capaz de comprender porque toda aquella sangre no me había producido ningún tipo de sentimiento mientras que un par de gotas de la de Nikolás me había trastornado hasta el punto de temer por la vida de ambos. En medio de aquel pensamiento mi maestro agarró mis manos por debajo del agua y las frotó con las suyas. Después me pasó un paño limpio por las falanges y por las muñecas. Estaría adivinando lo que me pasaba por la mente. Y me pregunté si comprendería mis sentimientos. Si era capaz de entenderme.
De camino a casa, dando un agradable paseo, murmuró:
—Al principio a mí también me resultaba imposible. –Reconoció, puede que con más esfuerzo del que parecía—. Era médico antes de ser un bebedor de sangre, pero igual que a cualquiera, también me afectaba el sabor y el olor de la sangre. Una cosa era curar una herida pequeña y otra muy diferente asistir a una operación como esta…
—¿Cuánto tardaste en ser completamente inmune?
—Completamente inmune no es nadie nunca. –Dijo, encogiéndose de hombros—. Pero con el tiempo el autocontrol aumenta. Lo has hecho muy bien estos últimos años. Jamás has dado problemas. –Dijo, mirándome con una extraña mueca de orgullo que me hizo apartarle la mirada—. Pero todo influye. Si no me he alimentado o no he dormido bien, si tengo o no un vínculo con la persona…
—Aun siento que tienes tantas cosas que enseñarme… —Murmuré por lo bajo, negando con el rostro.
—No creo que nunca dejemos de aprender. –Pensó en algo mientras miraba las estrellas que se desdibujaban en el cielo—. Pero también es diferente cuando uno sabe lo que está haciendo. Mentalizarse es lo más importante. Saber que tu deber es salvar una vida, o dos, como en este caso. Y que los estímulos que pueda ofrecerte el olor o el aspecto de la sangre son algo secundario.
No quise decir nada al respecto. Sabía que lo estaba diciendo por mí, por lo que había ocurrido una semana antes. Admiraba el tesón que tenía para tratar conmigo de aquella manera, sabiéndolo todo sin decirme una sola palabra al respecto. Valoraba mi independencia y al mismo tiempo mi toma de decisiones. Pero estaba al tanto de todo, y pendiente, por si necesitaba de él para lo que fuera. Después de más de un siglo de convivencia había sabido hacerse a mis manía y costumbres mucho mejor que yo a las suyas.
De repente se rió, y se llevó la mano a la boca para intentar ocultarlo, con elegancia y vergüenza.
—Si no te he enseñado todo lo que sé en todo este tiempo, no creo que puedas aprenderlo por muchos siglos que estemos juntos.
—No digas eso maestro, por mucho tiempo que pase, tú eres mayor que yo, y siempre tendrás qué enseñarme.
—Te recuerdo que tienes casi dos siglos de existencia. –Me dijo, inclinándose en mi dirección con mirada pícara. Pero al erguirse, arrogante, le di un puntapié.
—Y tú casi tienes cinco siglos. ¡Eres una momia! –Dio tal respingo que me hizo reír.
✵
Cuando estábamos por llegar a casa, ambos notamos la presencia de Nikolás en la arboleda. Mi maestro, digno y sutil como siempre, me miró de reojo con gesto inquisitivo pero no dijo nada. Fue suficiente para que viese mi expresión de desconcierto e inquietud. Al principio me negué a atender aquella presencia, si nos estaba observando vería que no estaba solo. Así que no intervendría. Pero no iba a darle esa ventaja. Le entregué a mi maestro el maletín de material médico y le pedí que se adelantase. Asintió con media sonrisa y siguió camino adelante. Era una noche oscura, muy densa. Las nubes habían empezado a formarse en el horizonte y pronto no quedarían siquiera estrellas.
Si me estaba viendo, pensaría que era un loco por sumergirme de aquella manera tan descuidada e indefensa en medio de la espesura del bosque, pero ojalá pudiera haberle echo entender entonces que yo no era el que debía tener miedo. Me veía, porque retrocedía y se ocultaba. Me detuve en el claro y miré alrededor.
—¿No es muy tarde para que deambules por aquí, tú solo? –Pregunté, con un tono sincero. –Nadie me contestó, pero podía sentir su respiración y el latido de su corazón detrás de un gran roble. Estaba algo asustado por haber sido descubierto—. No hay luna, y los caminos son peligrosos a estas horas.
Ni si quiera provocando su orgullo me contestó. ¿Haría como que no estaba?
—Incluso si tienes una espada, hay animales salvajes, y algún que otro loco por ahí deambulando… Aparte de ti, quiero decir.
Caminé sigilosamente, fundiéndome con las sombras, hasta que lo tuve de frente. Él se espantó, descubriéndome plantado delante de él, cuando un segundo antes mi voz había salido de otro rincón del bosque. Se pegó con la espalda al tronco del árbol y me lanzó una mirada de vergüenza y recelo.
—Hoy solo traes una espada, supongo que no querrás la revancha. ¿O acaso has venido a devolverme la pomada? –Extendí mi mano hacia él pero no me dio nada. Por el contrario, asió con fuerza el mango de su espada y se puso a la defensiva, puede que por el susto.
—¿Cómo me has encontrado?
—Eres predecible. –Dije, ladeando el rostro. Su sombrero le ocultaba en sombras todo el rostro, pero aún atinaba a ver sus labios y su mentón. Aún así estaba seguro de que me estaba analizando con la mirada, de la misma manera en que yo estaba haciendo con él.
—Y una mierda, mocoso…
—Antes de vivir con mi tío, yo era cazador. –Le advertí, cosa que le hizo esbozar una sonrisa cargada de escepticismo. Chaqueó con la lengua y negó, lentamente.
—Vaya cuento. Tendrías que verte, solo eres un ratoncillo empollón.
—Me miras con demasiados prejuicios. –Suspiré y retrocedí un paso—. Bien, ¿vas a quedarte aquí en el bosque a pasar la noche o vas a volver a tu casa?
—Haré lo que me venga en gana. ¿Vas a decirme tú a mí lo que tengo que hacer?
—Puedo obligarte a marchar. –Reí, cosa que le heló la sangre—. O también puedo hacer que me sigas, hasta que te pierdas en el bosque.
De un salto le quité el sombrero y lo puse tras mi espalda. Pasmado y ofendido, se aproximó un par de pasos pero yo los retrocedí.
—¡Ah! ¿Con que esas tenemos? –Pensé que me perseguiría, que tontearía conmigo y acabaría quitándome el sombrero de las manos. Pero en vez de eso, desenvainó su espada y me apuntó con ella. Aquello ya no me pareció tan divertido. Iba a hacerle pagar el bochorno que me había causado en la taberna.
—Te has quedado sin sombrero. –Le advertí—. A ver cómo le das explicaciones a tu general por su pérdida.
Me di la vuelta y estuve a punto de salir corriendo para alejarme de él hacia el interior del bosque cuando el olor de su sangre me detuvo en seco. Me volví, presa del pánico y atisbé a ver el filo de su espalda recorriendo la palma de su mano izquierda. Se estaba cortando la mano, y su mirada estaba atenta a cualquiera de mis reacciones. Me sonreía, como quien sabe que ha descubierto un buen truco de magia. Me quedé paralizando en el sitio. Estático y enloquecido. No estaba creyéndome lo que ocurría ante mis ojos.
Cuando el filo de la espada había recorrido toda su mano me mostró la palma bajo aquel claro de luz y me la extendió, como una ofrenda de súplica o un pacto con el diablo.
—Esto es lo que me faltaba por ver. –Dijo, divertido—. Un médico al que le asusta la sangre. ¡Vas a llegar muy lejos, mocoso…!
Se acercó un par de pasos y la brisa me trajo su olor hasta mí. Oh Dios. Si quería matarme que lo hiciera, pero aquello era lo más cruel que me había ocurrido nunca. Se acercó a mí con su mano ensangrentada y me la extendió hacia el rostro, esperando de mí tal vez una mueca de asco o un ademan de repulsión. Se reía, el maldito, pensando que todo aquello me desagradaba. Y efectivamente me estaba carcomiendo por dentro, pero no como él lo imaginaba.
Llegó hasta mí y plantó su mano en mi cuello. Sentí la humedad cálida de su sangre mancharme la piel y la ropa, y sus dedos escurridizos se cernieron sobre mi garganta como las fauces de un animal. Me levantó el mentón para mirarme el rostro y si lo hubiera querido me habría levantado del suelo. Pero yo cerré los ojos y le aparté la mirada. Con su mano libre me quitó el sombrero y se lo caló, sumergiéndonos a ambos en un mar de sombras.
—Un cazador que le asusta la sangre… ¿Te crees que soy tan ingenuo?
Al abrir los ojos me topé con su mirada, de un azul tan claro y penetrante que me removió todos mis sentimientos. Se me entrecortaba la respiración por momentos y aunque rodeé su muñeca con mis manos, apenas tenía fuerzas para apartarlo. La sangre seguía manando de su herida y oía el latido de su corazón vertiendo aquel líquido por mi garganta.
Perdí el control por unos segundos, los suficientes como para empujarlo al suelo y caer sobre él. Su sombrero cayó lejos y se golpeó la espalda con la raíz de un árbol. Recuerdo su quejido y el susto que le causó la impresión de mi fuerza sobre él. Contuve sus manos a cada lado de su rostro, inmóviles. Pensó que con revolverse me dominaría pero no lo dejé incorporase. Cuando empezaron a pasar los segundos y se veía impedido, el enfado comenzó a dar paso a al miedo y la impotencia. Pero lo ocultó bajo una máscara de burla.
—Bueno, mocoso, Vaya fuerza tienes. Vamos, goléame. Veamos de qué eres…
Me levanté de un salto en cuanto tomé conciencia de mi mismo y salí corriendo. Debiera haberme ido a casa pero me colé por entre los árboles, alejándome de él y del camino. De mi maestro y de cualquier otra cosa. Me dolían las mandíbulas y sentía que la cabeza me iba a estallar, como al borde de un vahído. Me subió por la espalda un cosquilleo conocido y las piernas me fallaron al rato. Caí de rodillas y me cubrí la boca con una de mis manos. La mordí, imaginándome que era la suya, que era su sangre la que brotaba hasta mis labios y me sentí parcialmente consolado. Me revolví como un insecto sobre una capa de hojas caídas, con el barro y la humedad calándome hasta los huesos. Me mordí hasta romperme alguno de los huesos, pero solo sentí alivio, nada más. Se me recompusieron al momento y cuando la rabia y el descontrol se evaporaban, empecé a avergonzarme de todo aquello.
Regresé a casa temblando y abochornado. Me quité toda la ropa y me preparé un baño de agua caliente. Me sumergí en ella para que se apagasen las voces y los recuerdos. Para que nada de lo que hubiera fuera pudiese encontrarme. Dios sabe que no era lo más bajo que estaba dispuesto a llegar.
✵
Pasaron los días y aún podía sentir como de vez en cuando su presencia rondaba los alrededores de la casa. Pero al cabo de una semana o semana y media se detuvieron. Ya no regresó. Yo no quise volver a encontrarlo, incluso cuando sabía que estaba a unos pocos metros de mí. Incluso cuando sabía que en alguna ocasión había deambulado por la taberna por la que me dejaba caer o había preguntado por mí a algunos compañeros de clase. Nada. Hice oídos sordos a su búsqueda y huí de su presencia todo lo lejos que pude.
Pero no podía engañarme pensando que alejándome estaba evitando mis propios sentimientos. Se intensificaban con el tiempo igual que si después de haber estado expuesto a un fármaco, ahora me veía doblemente perjudicado por el dolor. Lo busqué en mi memoria cuando tenía ganas de él y lo imaginé cuando la memoria no era suficiente.
A las dos semanas él había desaparecido definitivamente. Ya no deambulaba por el bosque, ya no me buscaba ni me seguía. Se había esfumado como el humo y llegué a preguntarme si alguna vez había sido real o por el contrario todo había sido un delirio de mi pobre mente perturbada e inmortal. ¿Era esto a lo que los bebedores de sangre llamaban enloquecer? ¿Acaso me jugaría el tipo por un humano?
Un domingo por la noche estuve pasando los apuntes de toda aquella semana a limpio pero mi mente divagaba y era un amasijo de confusión y desesperanza. Mi maestro me avisó de que se iría a dormir, que en media hora salía el sol y que me esperaba en la cripta, pero le dije que me quedaría un tiempo más terminando los bocetos. Como toda la casa estaba cubierta y no había forma de que entrase el sol no temíamos desvelarnos, así que asintió y bajó a la cripta. Le oí meterse en el sarcófago y quedarse quieto y profundamente dormido. Yo tragué en seco y dejé los apuntes a medio hacer.
Enloquecido y perturbado me vestí con una larga capa y me calé un ancho sombrero negro. Era invierno y el aire era gélido. Cortaba en los pulmones y las mejillas, así que nadie se espantó al verme caminar apresuradamente por la calle cubierto hasta los ojos con aquella capa. Aún era de noche, una profunda noche de invierno. Los campos habían empezado a helarse y el rocío se había transformado en escarcha.
Pero yo busqué a Nikolás como si se tratase de la única antorcha encendida en aquella fría madrugada. Un hogar donde calentarme. Me sorprendió saliendo apresuradamente de su casa, con el uniforme a medio poner y el sombrero bajo su brazo. Caminaba a prisa, sabiendo que llegaba con el tiempo justo al palacete del gobernador. Yo lo seguí desde lejos, apreciando su expresión tan adormilada y abatida. Parecía recién levantado de un pesado sueño.
Nada más verlo supe que había merecido la pena, fuera de su provocación y despejado del vino, parecía solo un joven soldadito madrugador dispuesto a cumplir su tarea, si no se le echaba el tiempo encima. Apuró el paso y yo lo seguí amparado por la sombra de los soportales de los diferentes edificios que me iba encontrado, hasta llegar a la plaza central, donde estaba la fachada principal del palacete del gobernador. Yo me escondí al otro lado de la plaza, apoyado en una gruesa columna de piedra en el interior de un soportal. Detrás de mí, un negocio de tapices estaba a punto de abrir, ya oía a los artesanos preparando el material.
Llegó a la puerta del palacete donde dos compañeros ataviados como él se habían quedado esperando fuera, refugiados bajo sus gruesas capas. De sus alientos salían densas nubes de vaho que se elevaban entre ambos. Oí su voz desde lejos, que me pareció melodiosa y podía sentir su corazón acelerado por la carrera bombear en mis oídos.
A la luz del amanecer era mucho más hermoso de lo que hubiera podido imaginarme, y es que el sol confiere cierta divinidad a todo ser que se exponga bajo sus rallos. Su cabello apareció en aquel frío día de invierno, como una cascada dorada de bucles cobrizos. Sonrió con dientes perlados, con mejillas sonrosadas y algo cálidas, en contraste con el frío del exterior.
Después de dos siglos pude ver de nuevo el sol cayendo sobre un ser vivo, y era el hombre más hermoso que había podido admirar nunca. Agradecí que hiciese de prisma para el mismísimo sol, refulgía en su persona como si todo el conocimiento alquímico se hubiese transfigurado en su persona.
Pero el sol no era inmisericorde. Sus rallos llegaron hasta mí con su velocidad y su precisión y me dieron de lleno en la mirada. La misma que se había visto tentada. Interpuse mi mano enguantada a tiempo de no fundirme hasta los sesos pero era tarde para mis ojos, a los que había conseguido cegar. Me escondí bajo mi capa y me calé el gorro hasta que tuve oculto todo el rostro. Tras la columna de cara a la oscuridad, intenté recobrar al aliento mientras la cara me ardía como si me hubiesen vertido ácido. Temblé debajo de mi manto, lloré lágrimas de piel derretida. Y aguanté un aullido por temor a ser descubierto.
Conseguí recomponer mi postura y salir corriendo, aún ciego, era capaz de usar el resto de mis sentidos para encontrar el camino, aunque fuera por el aire, o atravesando la espesura del bosque. Me colé dentro de casa cuando el sol ya daba de lleno en la fachada. Caí al piso de aquella oscuridad, recobrando el aliento que comenzaba a fallarme y me quedé tendido unos minutos. No veía nada. Estaba completamente desfigurado y lógicamente ciego. Palpé lo que quedaba de mis ojos pero no era más que un amasijo de piel derretida que había comenzado a dejar de fundirse. Me olí los dedos, que se habían impregnado de un aroma a cenizas y cuero quemado.
El dolor era tal que me llegaba hasta lo más profundo de mi cerebro. Sentía como rebotaba y se retorcía dentro de mi mente. Alcancé el laboratorio a tientas mientras me arrastraba por el suelo y me incorporé hasta una estantería donde sabía que mi maestro guardaba algunas petacas con sangre fresca que solía administrarse en caso de necesitarlo. Quedaban solamente dos, pero me las bebí y las vacié hasta la última gota.
Sentí cierto alivio, pero solo momentáneo. Tardó mucho tiempo en comenzar a hacerme el efecto deseado. Me quedé adormilado, apoyado en una de las paredes del laboratorio, recogido en mi mismo, con el rostro hacia arriba, sintiendo que el poco aire que había allí aliviaba un poco el dolor. Dormí un par de horas, y desperté aturdido, con mucha sed y una incipiente fiebre por el dolor. Me palpé con los dedos libres de guantes el rostro, esperando encontrarme al menos una mínima mejora, pero la decepción fue brutal. Había recobrado parte de mi estructura ósea alrededor de los ojos, pero estos seguían siendo un par de coágulos húmedos y calientes.
Volví a recostarme en la pared y me obligué a dormir un poco más. Desperté con el sonido de pasos precipitándose hacia mí. Ya era de noche. El sol se había ocultado ya y Sebastián se había despertado, y al notar mi estado desde la distancia se había levantado precipitadamente. Apareció por la puerta, sorprendido y alarmado. Y pude verlo, me alegra decir que al menos pude diferenciar su silueta en medio de aquella oscuridad. Vi el destello de su cuello blanco, las hebillas metálicas de sus botas. Sus blanquecinas manos sujetándose al marco de la puerta. Me miró como si se hubiera topado con mi cadáver. Yo alcé la mirada, con ojos blanquecinos y gelatinosos y le busqué en medio de aquella neblina. Agradecí no poder ver su rostro, su expresión me habría matado.
—¿Pero qué has hecho? –Preguntó, lleno de horror. Era un horror profundo, que salía de la más solitaria de las criptas de su corazón.
Mi respiración estaba entrecortada. Aún me dolía horrores y tenía la boca y la garganta secas. No podría pronunciar una sola palabra. Me dio tanta vergüenza sentir como sus ojos me recorrían con la mirada que volví el rostro y lloré amargas lágrimas de sangre.
Murmuró varias maldiciones mientras se inclinaba a mi lado y me recogía en un abrazo firme y sincero. Temblaba, tanto o más que yo. Delante de mí advertí a ver como su mano desabotonaba la camisa de su muñeca y me empujó su brazo sobre los labios. Clavé mis dientes en él como si fuera el elixir más delicioso que hubiese probado. Gemí de placer al sentir la sangre colándose por mi garganta, fresca y dulce como el néctar. Me retorcí en su firme abrazo. La sangre se expandía por mi cuerpo sediento y dolorido elevándome de nuevo a la vida. Apoyó su mejilla en mi frente y me retuvo allí incluso cuando ya me había saciado y no me dejaría beber nada más. Sentí como la sangre se dirigía a mis ojos y poco a poco fui capaz de sentir la regeneración que se obraba en mi rostro. Era lenta, pero en cuestión de horas habría obrado su efecto.
Estuvimos allí recostados por al menos una hora. Yo ya no podía más con su silencio. Parecía haber aceptado que yo estaba demente, completamente desquiciado. Lloré cuando mis ojos al fin pudieron hacerlo, me acurruqué en su pecho y me hice pequeño, todo lo que era capaz de ser, encogido y hundido en su ropa. Él me rodeó con todo el amor que tenía para darme.
—No ha sido lo que piensas… —Le dije, al fin, roto por el llanto. Adiviné su pensamiento en el momento en que me había visto por primera vez—. No he intentado quitarme la vida, exponiéndome al sol.
Él me apretó fuertemente y ocultó mi rostro en su cuello.
—Ya sé lo que ha pasado, tranquilo…
—No, no me digas eso. –Apreté mis manos sobre su ropa—. ¡Grítame! ¡Dime que eso está mal, que no vuelva a hacerlo!
—No sabes el dolor que siento por lo que has hecho… —Murmuró, con la voz rota—. Que puedas querer tanto a alguien como para quedarte ciego solo por verlo a la luz del sol. Si yo te hubiera dado el don de las sombras, me hubieras matado de arrepentimiento.
Le miré con ojos blanquecinos.
—Pero… ¿Qué voy a decirte? ¿Qué culpa tengo yo? ¿Qué hubiera podido hacer para evitarlo? –Me apretó contra él, para que no le mirase—. Deja de fustigarte por cada error que cometes, o por cada acción desesperada propia de tu naturaleza. ¿No tienes bastante con el dolor que sientes en tu cuerpo, y en tu alma? ¿No te vale con eso? ¿Quiere que yo te martirice?
Negué, pero se me volvieron a saltar las lágrimas.
—Cuanto me alegro de que después de tanto tiempo siga habiendo algo de humano en ti. –Me acunó—. Eso me hace sentir orgulloso. Y no puedo enfadarme contigo. Estoy asustado, eso es todo.
Se levantó y me llevó con él, en sus brazos. Pocas veces me había cargado así y yo me dejé arrastrar. Me llevó a la cripta a pesar de que era de noche y me metió en el sarcófago. La tapa estaba caída y volcada. La recompuso y me besó la comisura de los labios antes de cubrirme con ella para dejarme dormir y recobrar mi aspecto y mi fuerza.

.png)


Comentarios
Publicar un comentario