EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 34
CAPÍTULO 34 – La pomada
Dejé que pasara toda la semana como un estricto castigo impuesto por mi imprudencia. Nada de hacerme el humano, nada de paseos a la luz de la luna. Aparecía en clase salido como de las sombras cuando fuera la hora y regresaba a casa amparado por la oscuridad. Me colaba por entre los árboles, evitando los caminos principales para no toparme con él. Ni con él ni con nadie. Cuando era bien entrada la madrugada salía a cazar. Y ni la sangre de los animales ni de los maleantes conseguía saciarme como antes. Y aunque me empachaba y me quedaba tirado por ahí un rato, no dejaba de pensar en que lo que realmente ansiaba era saber dónde estaba, si me estaría buscando, o me esperaba bajo algún claro de luna. A veces deseaba que me encontrase, aunque fuese en medio de una matanza. Tal vez ese fuera un buen remedio para la enfermedad que me acusaba. Porque me había convencido de que matarle no supondría un alivio, sino un trauma que me acompañaría el resto de mi miserable existencia.
Sabía que me había estado esperando en el claro, que me había buscado por los alrededores y que en una ocasión, mucho después de que yo regresar a casa se había plantado frente a la puerta y había golpeado con sus nudillos esperando una contestación. Di gracias de que mi maestro estuviese atendiendo a la esposa del gobernador. Porque de lo contrario no habría sabido qué decirle. O qué excusa ponerle. No tuve el valor de abrirle, porque tendría que hacerlo pasar y después… ¿Pero qué quería de mí? Ya me había retado, me había batido en duelo y había ganado. ¿Qué quería? ¿Una explicación? ¿Una disculpa? Si quería la revancha, que me rebanase el cuello y me dejase morir.
Pero cuando llegó el viernes y me desperté sin un propósito o un quehacer, surgieron todos mis demonios a la par. Atendimos a un paciente diligentemente a eso de las once de la noche y cuando se marchó me encerré en el estudio, pasando a limpio todos los apuntes que había tomado durante la semana. Pero igual que germina una flor, en mi interior nació una idea, una perversa sugerencia que iba en contra de todo mi rígido sistema de penitencia. Aquel día no me esperaría. Sabía que yo no iría a la universidad así que no lo noté cerca. Y puede que eso fuera la chispa que prendió mi entusiasmo.
Fui hasta el laboratorio y me hice con un pequeño frasco de pomada. Cuando mi maestro vio que lo cogía, me miró por el rabillo del ojo.
—¿Qué harás con eso?
—Un compañero de la… —Levantó una ceja. Estaba inmerso en mi mente. Sabía perfectamente lo que haría y lo que estaba pensando. Meneé la cabeza para sacarlo de mis pensamientos y él se volvió a su cuadernillo.
—No te demores. A las dos viene la sobrina del gobernador. Ayer tenía dolores de parto y viene a que la auscultemos.
—Bien. –Dije, asintiendo y saliendo de la casa cubriéndome a medias con la capa.
Corrí hasta el centro de la ciudad. Seguí su olor. Su presencia, y su pensamiento. Me guiaron los astros o los demonios. Llegué hasta la puerta de un edificio de tres plantas. Entré apresurado y me sorprendió la casera, que barría la entrada con una fea y estropeada escoba. Era una anciana, llena de arrugas y lunares.
—¿Don Nikolás?
—¿Eres compañero de la guardia? –Preguntó ella, casi acostumbrada. Yo negué.
—Su médico.
Eso no me lo creyó. Me miró de arriba abajo algo dubitativa pero creo que mi tono acabó por convencerla. De todas formas, si era una mentira, a ella le daba igual. Me dio el visto bueno y señaló las escaleras con el mentón, sin dejar de barrer.
—El último piso, la puerta de la derecha.
Asentí y subí las escaleras a paso rápido. Cuando llegué arriba me planté delante de la puerta pero antes de golpearla me detuve. No habría habido necesidad de usar mis sentidos de inmortal. Estaba con una mujer, y estaban divirtiéndose. Las risas eran llamativas, y las palabras intentaban ser susurros sin lograrlo. Yo retrocedí un paso. Ya había hecho de fisgón en otra ocasión, no me descubriría una segunda vez. Lo oí retozar entre sábanas unos segundos y cerré los ojos ante aquella impresión.
Bajé las escaleras para toparme de nuevo con la anciana. Me miró con una expresión de burla. Sabía que me había topado con la sorpresa.
—¿No está en casa? –Me preguntó, divertida.
—Está ocupado, no quiero molestarlo. –Suspire—. ¿Podría hacerme un favor? He traído una pomada que debo entregarle. ¿No tendrá papel y pluma, para dejarle una nota…?
La señora, más hastiada que compadecida, desapareció hacia una salita y regresó con un trozo de papel y una pluma con un pequeño tintero. Escribí rápidamente:
Es una pomada de aceite de romero. Cuando la
herida cierre, aplícatela dos veces al día. Cicatrizará mucho mejor.
Pensé en muchas otras cosas que decirle. Que no había querido molestarle, o que no volviera a acercarse a mi casa. Pero nada de eso me pareció oportuno, tampoco suficiente. Deseaba decirle que me arrepentía de haberme detenido la primea noche a observarle, y que ojalá no se hubiera cruzado en mi camino. Me limité a firmar con mi nombre, y le entregué la nota y la pomada a la anciana, junto con un real de oro por las molestias.
Para mi desgracia me quedé a esperar al otro lado de la calle para comprobar si la anciana le daba el recado antes de que yo tuviera que marcharme. Me imaginaba que la muchacha se iba, que ella le entregaba la pomada, y que él se vestía a prisa para encontrarse conmigo en el camino del río. Pero no ocurrió nada de eso. Dieron las dos y tuve que salir corriendo de regreso a casa.
✵
No volví a saber nada de él hasta mediados de la semana siguiente. No hizo por buscarme, y me alegré profundamente de ello porque aunque al principio me resultó muy doloso saber que aquel presente no le había resultado una ofensa, tampoco había hecho nada por agradecerme o por recompensarme. Mejor así, me dije... Aunque comencé a pensar en si la vieja le habría dado la pomada. Tal vez se la hubiera quedado ella. ¿Se arriesgaría a eso? Deseaba comprobarlo por mi cuenta, pero si Dios había querido apartar a Nikolás de mi camino de aquella absurda manera, no haría nada por perturbar sus planes.
Por desgracias para mí, Dios tiene un sentido del humor terriblemente amargo.
El jueves salimos de la universidad a las once. El profesor había terminado su lección y dio por terminada la jornada. Parecía tener asuntos más urgentes que atender y ninguno de nosotros puso ninguna pega. A las once y diez ya estábamos un grupo de nosotros reunidos en la taberna en la que solíamos refugiarnos después de las clases. Me sirvieron un poquito de vino y como éramos unos cinco, nadie se percató de si bebía de más o no. Hermes se había sentado a mi lado, ambos de espalas a al entrada. El resto se habían ido distribuyendo en taburetes alrededor de la mesa.
Sacaron un juego de cartas y uno de ellos empezó a hacer trucos que nos dejaron a la mayoría de nosotros embelesados. Hablaron de las clases, de los apunte. De lo impertinente que había estado hoy el profesor. Vanagloriaron a Alexander por sus dibujos y a mí por mi caligrafía.
Pude sentir como se aproximaba. No me daba tiempo mortal a evitarlo. Lo oí entrar en la taberna y hablar animadamente con sus dos compañeros. Nikolás se aproximó a la barra donde el tabernero limpiaba unos vasos y le pidió una jarra de vino. Sentí sus ojos vagar por el local, buscando donde sentarse, pero en su desesperado intento por encontrar tres taburetes, dio conmigo. El bar estaba a oscuras, era de noche y solo nos alumbraba una vela. Pero sentí su mirada clavarse como una aguja en mi nuca. Se me secó la garganta y se me aguaron los ojos. Estuve a punto de levantarme y poner alguna excusa tonta.
Para cuando quise incorporarme una mano se cernió sobre mi hombro y me sentó de nuevo en el taburete.
—¡Mocoso! Pero bueno… No sabía que te gustaban este tipo de sitios. –Levanté la mirada para encontrarme con su expresión despreocupada y divertida. Excitada por hacerme rabiar. Miro a mis acompañantes, todos estudiantes, y se vino arriba, con su otra mano posada en el pomo de su espada—. Vaya grupillo de fantasmas de biblioteca tenemos aquí reunidos.
—Venga Nikolás, no empieces… —Dijo Alexander, con la mirada baja y expresión cansada—. Deja al pobre chico.
—¿Pobre? De pobre no tiene nada. Es todo un señorito. ¿No lo ves? –Tiró del cuello de mi camisa, revolviendo los volates y riéndose con una mueca de burla.
—¿Os conocéis? –Pregunté, mirando a Alexander, que evitaba devolverle la mirada al soldado.
—Sí, llevo lo bastante aquí en Montpellier como para saber quién es.
—Alguna vez hemos cruzado espadas por alguna muchacha.
Rodé los ojos y me deshice del agarre de su mano sobre el hombro. Para entonces Henry había aparecido a nuestro lado y tiraba del brazo de Nikolás con insistencia.
—Vamos, compañero. Ya tenemos unos asientos allí al fondo. –Al posar la mirada en mí, bajó el rostro a modo de saludo—. Buenas noches.
—Ahora mismo voy. –Dijo, deshaciéndose de su agarre y me fulminó con una mirada que no pude apartar—. Tengo algo para ti, mocoso.
Introdujo su mano en el interior del jubón y pensando que sacaría el puñal, muchos de los presentes se apartaron o se irguieron, pero lo que sacó fue el pequeño frasquito con pomada. El color verdoso y el aroma a romero era inconfundible. Lo posó con un golpe sobre la mesa, justo delante de mí.
—No quiero tus estúpidos ungüentos.
La ofensa que sentí no se puede describir con palabras. Me ardieron la cara, y cada una de las venas de mi cuerpo. Sentí mi estómago darse la vuelta y el corazón hecho pedazos. Aparté la vista, incapaz de seguir viendo aquel frasquito solitario en la mesa y me levanté de un salto. Recogí mis apuntes y me marché. Escuché las voces de mis compañeros llamándome, y después discutiendo con Nikolás. Para entonces yo ya me había alejado lo suficiente y eché a correr hasta sumergirme en los oscuros caminos que daban al río.
Tiré mis apuntes al suelo, pateé las piedras que me encontré, me dejé caer apoyado en la corteza de un árbol y rompí a llorar. Estaba rabioso y enfadado, pero sobre todo ofendido y humillado. Si no me hubiera marchado, lo más probable es que lo hubiera matado allí mismo. Pensando que me aliviaría, cacé un par de animales, pero no me sentí más calmado. Regresé a casa hecho un desastre y le entregué los apuntes a mi maestro. Me enjuagué con agua el rostro pero aún con el traje manchado y la expresión descompuesta me escondí en mi estudio.
Comenzaron a pasar los minutos, y después las horas. Pero mi estado de nervios y enfado no se disipaba. Todo lo contrario, cuando más lo pensaba más herido me sentía y más hondo era el daño que me causa, como no dejar de hurgar en una fea herida hasta llegar al hueso. Pasadas las cuatro de la mañana no me aguaté más y salí de casa. Corrí hasta situarme bajo la ventana de la habitación de Nikolás, y allí envuelto en una capa oscura observé con mis sentidos si alguien más le acompañaba o si estaría despierto. Podía oír su respiración pausada y rítmica. Estaba convencido, tenía que matarlo. Lo mataría, y allí nadie sabría qué habría ocurrido. Se lo habría llevado Dios en medio de su sueño, como cualquiera quisiera terminar sus días.
Me encaramé hasta la ventana y la abrí. Pero al contemplar su rostro allí plácidamente dormido, no tuve el valor de hacerlo. Lo supe antes de poner un pie dentro de la habitación. Cerré detrás de mí para que el frío no lo despertase y deambulé a su alrededor como una pesadilla a punto de atacarle. Para entonces ya no había nada que sopesar, no podría matarlo. Y mucho menos alimentarme de él. Había ido solo a tortúrame un poco más.
Me acerqué al borde de la cama y me arrodille justo a su lado, mirando su rostro desde aquella corta distancia. Era dulce como un caramelo, y precioso como un ángel. Acaricié los mechones de cabello rubio que cubrían sus párpados y posé mi mano sobre su frente, ayudándome a mantenerlo en ese estado de inconsciencia. Estaba cálido y suave. Su hombro brillaba como si fuera de mármol y su brazo extendido en mi dirección era armónico y escultórico. Su mano estaba abierta, boca arriba. Posé mi mejilla en ella, dejándome acunar por su tacto y cerré los ojos. Me sumergí en ella. Oculté mi rostro entre sus dedos y tomé una profunda inhalación.
Su olor era profundo y afrutado. Un poco acre, pero también floral. Y a romero. Olía a romero y aceite.
Volteé su brazo y descubrí la cicatriz del pequeño corte que ya había cerrado y antes de acostarse había aplicado una fina capa de mi pomada sobre la piel. Si no hubiera temido despertarle, le habría zarandeado. Maldito.
Me incorporé y besé su frente. No debió sentir más que un ligero suspiro en su piel. Porque para cuando abrió los ojos yo ya me había marchado.
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