EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 36
CAPÍTULO 36 – La fortuna
Desperté varios días después. Mi maestro tuvo que excusarse por mí frente al profesor y la universidad asegurando que estaba en cama por una gripe, pero no hizo el amago de despertarme. Me dejó en ese estado de latencia hasta que yo mismo me incorporé en el ataúd medio abierto. La bodega estaba a oscuras, apenas iluminada por una vela que luchaba por mantenerse encendida en medio de un charco de cera derretida. Los inciensos se habían consumido y olía a una dulzona fragancia a vainilla. Ni si quiera me imaginaba que me había pasado más de cinco días durmiendo. Aquel letargo había sido como una larga noche de pesadillas y fríos sudores. Me había recuperado gracias a que mi maestro se alimentaba por mí y durante el día me hacia beber su sangre a la fuerza, aprovechándose de mis delirios y mis instintos.
Me había cambiado la ropa, me había aseado y peinado con cuidado. Y aunque levanté impecable, en mi expresión aún advertiría el cansancio y el arrepentimiento. Ni si quiera en mis peores empachos me encontraba tan sumamente embotado. Subí las escaleras de la bodega aún tambaleándome. Y cuando llegué a la primera plata lo encontré sentado en la biblioteca, consultando un par de viejos manuales. Me miró con cierto alivio y su sonrisa fue genuina. Pero no tanto como el ceño fruncido que le siguió después.
—Al fin despiertas. ¿Sabes qué día es?
—¿Martes?
—Es sábado. –Suspiró—. Ya pensé que no despertarías en mucho tiempo.
—¿He dormido toda la semana? –Pregunté, sintiendo que el embotamiento de mis sentidos se hacía aún más pesado—. Tal vez me empaché de tu sangre.
—No. Casi te fundes el cerebro, muchacho. –Dijo, con el tono de reprimenda que tanto odiaba. Pero por una vez no pensaba replicarle nada. Bien sabía yo que era verdad—. Para haberte quedado en el sitio. No sé ni cómo regresaste a casa.
—Corriendo. –Le dije, pero no pareció advertir el chiste en mis palabras. Volvió a su lectura, algo agotado—. He faltado toda la semana a clases. ¿Me reprenderán?
—Les he dicho que estabas enfermo. Eso es todo. El lunes regresa, como si nada, y se acabó. Si alguien te pregunta, diles que tenías gripe.
Yo asentí, y al recordar mi verdadera dolencia, me llevé las manos a la cara. Recorrí la casa buscando un espejo y al mirarme en él no noté ningún tipo de anomalía o diferencia a lo que estaba acostumbrado a ver. Me palpé los párpados y cerré varias veces los ojos. Todo estaba como siempre, aunque estuviera profundamente somnoliento y aturdido.
—Es más de media noche. –Me dijo, saliendo de la biblioteca para dirigirse con uno de los tomos al laboratorio—. En unos minutos estoy por salir. Tengo que atender a la sobrina del gobernador. Vino hace dos noches uno de sus pajes advirtiendo que deseaba una revisión, por su reciente parto. Será mejor que aproveches y vayas a cazar. Aún tienes que reponer mucha sangre.
Asentí, mirándole a través del reflejo del espejo.
—Si me hubiera muerto... ¿Lo habrías sabido? –Pregunté, aún estirándome la piel de los pómulos.
—Quien sabe. –Dijo, encogiéndose de hombros—. No quiero ni pensar en ello, Marken. –Exclamó, espantado. Con un tono severo y cortante.
Oí como armaba su maletín con los bártulos y cómo se metía el manuscrito bajo el brazo para salir del laboratorio. Se puso la capa, se enderezó el sombrero y me miró antes de salir por la puerta con un gesto de su mentón como despedida. No me salieron las palabras para agradecerle por lo que había hecho, me había cuidado cuando más indefenso me encontraba. Siempre lo hacía. Y yo no causaba más que problemas y quebraderos de cabeza.
Salí poco después que él. Me puse una capa sobre los hombros y un ancho sombrero. Casi me sobresalto al salir, durante mi letargo había nevado y parte de los caminos se habían helado. Había pequeños montículos de nieve aglomerada por allí y por allá. Era muy hermoso verlo a la luz mortecina de aquella noche. Pero reconozco que eso me preocupó. Era difícil encontrar buenas presas en una noche fría. Era de lo peor.
A pesar de todo, el frío del exterior y el viento me despejaron la mente, más de lo que hubiera imaginado. Y mi instinto de cazado se fue despertando poco a poco, apagando todos los demás estímulos que llamaban a mi cuerpo. Si no disfrutase del acecho y la matanza, probamente me hubiera vuelto al féretro para dormir una semana más. Pero ansiaba la caza tanto como la sangre que se extraía de ella.
Me moví entre las sombras del bosque, pero por aquella época era difícil la caza de animales, tanto como la de humanos. Pro un momento me tentaba la idea de ir a la ciudad, pero intenté deshacerme de aquello. Moverme entre las personas, en mi condición, no sería lo más adecuado. Pero cuando dieron las dos de la mañana y aún no había conseguido nada para llevarme a la boca desistí y me acerqué al río. Crucé el puente y para mi sorpresa, del otro lado, caminaba una muchacha ataviada con una gruesa falda y varias capas de lana cubriéndole la cabeza y el pecho. Apenas se le veían unos ojillos a través del agujerito entre telas. Me miró, ya desde lejos, y me ignoró. Siguió adelante, continuando por la ribera del río hacia el norte. La seguí unos metros hasta que le di alcancé y la sorteé. Solo era una adolescente, apenas tendría catorce años.
—¿Quiere que le lea la fortuna? –Preguntó, agarrándome de la muñeca cuando la hube sobrepasado. Me hizo dar tal respingo que ella se sonrió debajo de su bufanda. Sacó la carita de aquella capucha de lana y me miró con una radiante expresión lastimera. Era una gitana, una buscadora de fortuna. No me soltó la mano incluso si intenté deshacerme de su agarre.
—¿Lees las manos? –Le pregunté, a lo que ella asintió y sacó su otra mano de debajo de las capas de ropa para sostener mi palma boca arriba—. ¿Eso acaso no está penado, muchacha?
Ella se rió, intentando disipar mi reticencia.
—¡Qué tontería! Cuando la fortuna sorprende a un muchacho tan apuesto, no puede ser delito comunicárselo. La quiromancia es una ciencia antigua, y vos tenéis aspecto de erudito. Seguro que valoráis todas las ciencias. ¡Mirad! –Señaló un punto indeterminado de mi mano—. Aquí lo veo, sois todo un estudioso. ¿Verdad? De buena familia y con grandes ambiciones.
Sus manos temblaban por el frío. Yo suspiré.
—Con ver que no tengo callos en las manos es bastante para decidir que no trabajo con ellas. ¿No es cierto?
—Hay mucho más de lo que parece a simple vista en las líneas de la mano, señor. –Volvió a marcar un recorrido imaginario con su índice. Era preciosa, de ojos almendrados y oscuros, con los carrillos sonrosados y el cabello oscuro y lacio escapándose de las ataduras de su capucha—. Aquí dice que vuestras aspiraciones se convertirán en realidad: un día llegareis a tener el título de caballero.
—Ya tengo el título de caballero. –Ella se sorprendió y me miró con duda. Yo aún parecía muy joven y un caballero a mi edad no era habitual. Sin embargo se lo llevó a su terreno.
—¿Veis? Puede que las líneas me hablen más del presente que del futuro. Vayamos más adelante. Aquí dice que seréis un gran estudiante y conseguiréis trabajar para un gran señor que os conceda grandes favores. Las líneas me advierten de que debéis tener cuidado con los celosos de vuestra profesión. Alguien os querrá quitar lo que tanto amáis. –Su rostro se ensombreció, no sé si con una actuación bien ensayada o por algo que parecía haberla disgustado—. No sois afortunado en el amor, por lo que veo. ¿No es cierto?
Suspiré y le desvié la mirada a lo que ella se sonrió.
—Amáis a una joven rubia, ¿no es verdad? Hermosa y de muy buena familia. –Chasqueó la lengua, algo confundida—. ¿Tal vez alguna condesa? Aquí, en estas líneas, me aseguran de que os encontrareis, que vuestros caminos se cruzarán en la vida. Pero que el amor no se llevará a término. Ella morirá joven.
Aparté mi mano de ella, casi como un espasmo y la encaré, ofendido.
—A ver si aprendes a hacer tu trabajo, gitana. ¡Nadie te dará una moneda de oro por unos augurios tan horribles!
—¡Oh! Pero aún no os he hablado de…
Yo me palpé los bolsillos. La bolsita con mis monedas había desaparecido. Colgaba de mi cinto y ahora la cuerda estaba rota. Le así de la muñeca cuando advertí que se me escapaba. Ella se desgañitó y pataleó. Supuse que gritaría y pediría auxilio así que no la dejé con vida. Mordí su cuello con fuerza y murió a los poco segundos. Bebí toda la sangre que contenía, aún caliente y la tiré al río con la más absoluta decepción, no sin antes recuperar mi bolsita de monedas. Vi su cuerpo caer a las aguas heladas y el chapoteo que se produjo me puso en alerta para escapar. Pero no pude por menos que admirar, lleno de desdén, como flotaba levemente mientras el río la arrastraba hacia el sur, llevándosela consigo a trompicones y envuelta en una gruesa manta que, una vez húmeda, se la tragaría como un peso muerto.
✵
El lunes me presenté en clase como si nada, pero ya esperaba la réplica de mis compañeros. Todos me preguntaron por mi salud, algunos incluso se aventuraron a decir que me veían algo desmejorado. Puede que mi físico estuviera igual que siempre, pero mi ánimo había decaído muchísimo desde que me quemara los ojos. Pero estaba seguro de que todos ellos se estaban engañando a sí mismos. Alexander me pasó el brazo por los hombros como si no hubiera pasado una semana y me apretó contra él, divertido.
—Te hemos echado de menos, aunque no lo creas.
Otros se limitaron a preguntar, con conocimiento de causa, qué clase de enfermedad me había atacado. Algunos habían especulado que podía haberse debido a mis condiciones alimenticias o a mi problema en la piel. Pero yo les aseguré que simplemente había sido una gripe por las bajas temperaturas y había estado resfriado, con un poco de calentura, nada más. Pero que mi tío había decidido tenerme en cama hasta estar restablecido para no infectar a mis compañeros.
—Teniendo un médico en casa, no hay de qué preocuparse. –Dijo uno de ellos.
—Y que lo digas. –Advertí, suspirando.
La clase fue extraña y algo apresurada. El maestro me dio de nuevo la bienvenida después de mi convalecencia y nos limitamos a copiar unos textos que nos iba dictando, como una lección teórica.
—Hoy no hay cuerpos, muchachos. –Dijo, mientras se encogía de hombros.
Hablamos de los usos antiguos que tenían para las disecciones, de un par de casos recientes de autopsias y sobre un caso práctico de algún conocido rey de las tierras escandinavas en el que habían encontrado sus riñones negros y su estómago el doble del tamaño normal para un hombre adulto. Cuando faltaban unos minutos para las once llamaron a nuestro profesor por una urgencia en uno de los laboratorios y nos despidió con indicciones apresuradas. Salimos al frío exterior con una mueca de satisfacción por haber terminado antes las clases.
Alexander no tardó en poner su mano en mi hombro y preguntarme si, aún después de mi convalecencia, estaba de ánimo para ir a la taberna. Le dije que los acompañaría, pero que no bebería nada. Mi tío no me dejaría.
En esta ocasión, casi como motivo para celebrar mi recuperación, no solo fuimos a la taberna Hermes, Alexander y yo. Nos acompañaron otros tres compañeros, entusiasmados por la idea de terminar temprano las clases. Reconozco que yo mismo estaba entusiasmado de poder pasar tiempo con ellos, y volver a una normalidad a la que me había acostumbrado, después de lo ocurrido la semana anterior. Casi podía volver a sentirme humano, haciendo cosas de humano. Desparramarme en un delirio demoníaco solo me enloquecía.
Llegamos y nos acomodamos en la misma mesa donde solíamos. Al fondo, entre tinieblas, suciedad, la escalara al piso de arriba y rodeados de barriles vacíos de vino y cerveza. Nos acomodamos unos cuantos contra la pared y otros de espaldas a la puerta. Nos sirvieron cerveza a todos pero yo no bebí apenas. Mis compañeros me disculparon y comenzaron a hablar de temas del todo banales. Uno de ellos se iba a prometer a finales de la primavera, otro viajaría durante la semana santa a España, de donde era su familia. Nos pusieron unos tacos de queso para acompañar la bebida.
No me llevó más de unos minutos darme cuenta de que Nikolás estaba también en la taberna. Estaba al fondo de la sala, entre otro grupo de gente. Compañeros de trabajo, igual que siempre. Sentí un fuerte nudo en el estómago al sentir su olor, su persona. Estaba allí al fondo, a menos de veinte pasos de mí. Separados por varias mesas vacías, por taburetes mohosos y cojos. Sus voces también se escuchaban, como las nuestras, se formaban unas cacofonías oscuras y siniestras. Oía su latido, y el líquido a través de su garganta. Fingí indiferencia hacia su persona, interés por las conversaciones que tenía alrededor. Lo último que deseaba era una escena, o un escándalo. Volver a ponerme en ridículo delante de mis compañeros de estudio era intolerable. Deseé que no me avistase, que no se diese cuenta de que estaba allí. Todo estaba tenebroso, con suerte, y estando a tanta distancia…
Pero cuando volví el rostro en su dirección, allí estaba, mirándome. Completamente hierático, de la misma forma en que yo le devolvía la mirada. Sus ojos estaban fijos en mí, no de forma desafiante, sino aburrida y pensativa. Estaba de cara a mí, no parecía tener interés en mí más que en el resto de sus compañeros, pero no me apartó la mirada hasta que yo no lo hice. Mis compañeros no se habían enterado de nada, ni del rubor en mis mejillas, ni de mi corazón desbocado. Si hubiera sido humano habría roto a sudar, me habrían temblado las manos y me habría echado a llorar. Pero me mantuve quieto y silencioso como una estatua, rezando por no volver a ser visto. Por no fomentar ninguna clase de burla o reto hacia mi persona. Si decidía levantarse y venir hacia mí, yo saldría corriendo.
Pero el estoicismo me duró apenas un minuto. Sin darme cuenta, con la mejilla apoyada en la palma de mi mano, volví a desviar la vista en su dirección. Esta vez estaba prestando atención a su compañero que le hablaba directamente y le decía algo en tono severo. Sin ganas de escucharlo, llevó su mano a la jarra de madera que tenía delante y bebió de ella. De nuevo clavó los ojos en mí mientras alzaba la bebida y bebía sin apartarme los ojos.
Varios de mis compañeros recayeron en mi mirada y la siguieron a través de la taberna. Justo cuando estaba seguro de que Nikolás y yo hallaríamos la manera de comunicarnos con solo un vistazo, alguien me tiró del brazo.
—No le hagas ni caso. –Dijo, Alexander, negando con el rostro, casi abatido—. Es un provocador, siempre lo ha sido. Está esperando a que te pongas de los nervios y le increpes.
Aquella observación me dolió más de lo que esperaba. Él le había entendido mejor de lo que yo había sido capaz. Él había leído en sus gestos sus intenciones. Me devoró por dentro aquella ocurrencia.
—Si caes en sus juegos, al final ganará él. –Advirtió Hermes, pero otro de nuestros acompañantes le rebatió aquello.
—No te lo tomes como un juego. Es muy serio. Es un pobre alborotador. Si le sigues el rollo al final acabarás en problemas.
—¿Qué clase de problemas? ¿Cómo es que le conocéis tan bien? –Pregunté, evitando mostrar alguna clase de celos en mi tono.
—Es de aquí, de la ciudad. Nosotros llevamos un par de años en la universidad. Nos ha dado tiempo de sobra a conocer su fama. Es un alborotador. –Dijo Alexander, cruzándose de brazos. Todos habían adoptado un tono siniestro, murmuraban para no ser oídos, pero estaba claro que hablábamos de él. O al menos, intentaron fingir que no era así.
—Su general lo reprende cada dos por tres. –Dijo uno—. No sé por qué no lo han expulsado del cuerpo…
—Es huérfano. –Dijo otro—. Seguro que sienten pena por él. Eso es todo.
—Es ya mayorcito para saber buscarse la vida. Que trabaje en el campo. –Espetó Hermes—. Se cree mucho en ese uniforme. Es bueno con la espada. Pero nada más.
—Que se aliste a la guerra. –Murmuró otro—. Nos libraríamos de él en la ciudad.
—¿Tantos problemas causa? –Pregunté.
—Todos los meses acaba alguien herido por su culpa. Se emborracha y va por ahí retando a cualquiera. –Yo rodé los ojos.
—Solo espero que tú no caigas en esas provocaciones. –Dijo Alexander, en tono protector, poniendo su mano en mi hombro—. No tendrías nada que hacer contra él.
—Procuraré evitarlo. –Dije, apesadumbrado. Me hubiera reído por dentro si la escena que monté por ver derramada su sangre no hubiera sido una clara derrota.
—Se ha acostado con varias muchachas del servicio del gobernador, y que yo sepa aún no lo han pillado infraganti. –Dijo Hermes, inclinándose en mi dirección para susurrar—: Pero como lo cacen, puede darse por muerto.
—El año pasado acabó en el calabozo una semana. –Dijo Alexander, entusiasmado por haberse acordado de ello—. Mató a un tipo. Se retó a duelo con un tipo y le hirió. En el momento no murió pero la herida se infectó y la familia quiso tomar acciones legales contra el muchacho.
—Creo que sus padres eran cercanos del gobernador, sino no se explica el trato preferencial.
—¡Dicen que es hijo bastardo del gobernador! –Aventuró uno, pero Hermes y otro chico negaron rotundamente ante esa idea.
—Yo conocí a sus padres. Murieron hace unos siete u ocho años. Eran amigos del gobernador, pero nada más. –Se miraron entre todos unos segundos—. Aunque quién sabe si la madre tal vez…
—No me extrañaría. –Murmuró Alexander—. Puta la madre y bastardo el hijo. Así tiene el carácter ahora. Es un maldito…
—Ya vale. –Murmuré, agachando la cabeza—. Ya está bien. Nos oirá.
—¿Y qué? –Aventuró uno—. Es cuestión de no seguirle el juego, pero tampoco hay que pasarse la vida temiéndole. Es un matón, pero no somos parte del servicio del gobernador, no tiene autoridad sobre nosotros.
—Llamarle bastardo es motivo más que suficiente como para que decida ensartarte en una espalda. –Le advertí—. Yo lo haría.
—¡Vaya, con el valiente! –Exclamó Alexander, zarandeándome—. Si que tienes arrestos, mozo. Tan joven y tan orgulloso.
Aquellas palabras despertaron la atención de Nikolás, que volvió a clavar su mirada en mí. La sentí como un hierro al vivo amenazando desde el rabillo de mis ojos. No pude evitarlo, mi mirada iba a parte de mi control. Le miré, alcé los ojos y allí estaba, de nuevo, clavando sus ojos en mí, puede que atento a lo que decíamos, o puede que no. Entre ellos también hablaban. No podía soportarlo. No lo soportaba mirándome, sintiéndole al otro lado de la sala y al mismo tiempo tan distante. Su mirada fija en mí, tan penetrante y fría era mucho peor que mirar directamente al sol. Y pude que yo fuera la única persona que realmente supiera lo dolor que eso resultaba.
Cuando perdieron el interés por Nikolás hablaron de otras cosas pero yo no me lo sacaba de la cabeza. Creía muy dentro de mí que después de varias semanas desde que hablamos y aún más después de quemarme los ojos por verle, habría aprendido la lección. Pero hubiera jurado que estaba dispuesto a volver a mirar al sol con tal de que al menos se dignase a acercase, a mirarme desde una más corta distancia y pusiese su mano sobre mí. Aunque fuera para amenazarme, o provocarme. Su indiferencia era mucho pero que cualquier otra cosa que hubiera experimentado.
Me despedí al rato y me marché de la taberna. Esperé unos segundos fuera, colocándome la capa rezando por que él me siguiese afuera. Porque supiese que me iba a casa y le daba la oportunidad de encontrarnos a solas. Pero ya no había nada en mí que le inclinase a tomar aquella resolución. Hacía semanas que no sabía nada de mí, yo había huido de él en dos ocasiones. No sabía nada de lo que sentía o de lo que estaba dispuesto a hacer por él. Caminé a paso lento, cada vez más decepcionado y desanimado. En medio de la oscuridad de la noche me derrumbé y lloré lágrimas de sangre. Él se había quedado allí y yo me había marchado porque era incapaz de soportar su mirada, pero su ausencia era incluso peor. Había perdido, me había arrojado yo solo a aquella soledad.
Regresé a casa cuando mi maestro estaba leyendo, sentado en sofá. Me miró sorprendido.
—Es pronto. ¿Acabaste más temprano las clases?
—Sí, reclamaron al profesor.
—Bueno. –Se levantó y con un gesto de su mentón me llevó hasta el laboratorio.
Me senté en la mesa y dejé allí los apuntes. Los observó unos minutos, curioso y atento. Después me miró. Me encontró con los brazos cruzados sobre la mesa y el rostro escondido entre ellos. Me acarició el cabello.
—Tus bocetos han mejorado.
—Un compañero me ha ayudado…
—¡Ah! Qué bueno. –Dejó el cuaderno a mi lado y se desplazó hasta la cocina. De la escueta vajilla que teníamos trajo una copa de plata y se mordió la muñeca para verter sobre el recipiente unos cuantos dedos de su sangre. Después me la ofreció, casi como una recompensa por mi trabajo—. Bébela, aún no te has restituido por completo.
—¿Cómo lo sabes? –Le pregunté mientras me acercaba la copa a los labios.
—Bueno, son cosas que sé. Dejémoslo ahí.
—Seguro que encuentras cierto morbo en darme de su sangre como si fuera el tributo a una bestia.
—No eres una bestia. –Advirtió—. Aunque siento algo de pena, lo reconozco.
—¡Pena! –Exclamé, cuando me terminé la copa.
—Pena, por lo que sientes por ese joven. Por cómo lo estás gestionando.
—Haces bien en sentir
pena. –Le dije, apesadumbrado, mirando hacia el fondo de aquella copa manchada
de su sangre—. Nunca había sentido esta miseria antes. Negarme a él cuando me
ha buscado tan desesperadamente, pensado que era lo correcto. Ahora yo le
busco, esperando que se me pase esta angustia que yo mismo me he provocado.
⬅ Capítulo 35 Capítulo 37 ➡

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