EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 33
CAPÍTULO 33 – La fiesta del gobernador
Al día siguiente, pasada la una de la mañana me puse mis mejores botas, el jubón más elegante que tenía, con los botones en dorado y la camisa con el cuello más almidonado. Me calé un sombrero de ala estrecha negro con una pluma blanca sobre la cinta y saqué a uno de los caballos de la cuadra. Mi maestro llevaba al menos tres horas en la fiesta, pero por fin me había animado a presentarme allí. En parte por la curiosidad que me daban las personas de las que Bastian tanto me hablaba y también porque algunas de ellas habían movido hilos para que yo pudiese entrar en las clases nocturnas, así que como mínimo tenía que agradecerles.
Cabalgué dejando atrás la casa y en dirección al claro donde supe que Nikolás volvía a estar esperándome. Merodeaba por detrás de unos robles, dando puntapiés a una piedrecilla con la que se había enemistado y cuando el caballo se detuvo con un relincho a su lado dio un paso atrás. Pero al levantar el rostro y reconocerme, el susto se tornó enfado y valentía. Sé que estuvo a unos segundos de decirme algo, de provocarme con algunas palabras de rabia y desafío, pero no le di el tiempo necesario. Azucé al caballo y seguí camino adelante. Si no hubiera sabido que me esperaba a mí, habría jurado que esperaba a su compañero de esgrima.
Para desgracia de ambos, iba a verlos a los dos aquella noche.
Llegué al palacete y me salió al encuentro uno de los hombres de las caballerizas para recoger el caballo. Mi maestro estaba en el salón principal, orillado en uno de los laterales tras una larga mesa llena de convites y jarras de vino. Sujetaba una copa, gallardo y coqueto, mientras hablaba con una dama. En el centro, varias parejas bailaban al son de una música estrambótica y disonante.
Mi maestro se volvió a mí en cuanto puse un pie dentro y me lanzó una mirada suspicaz, advirtiéndome que estaba ocupado y que le abordase en unos minutos. Yo suspiré y deambulé por el salón mirando de reojo la comida amontonada en fuentes y las manchas por el vino derramado. Era tarde ya, y muchos de los invitados estaban borrachos. Por desgracia no todo el palacio estaba disponible para los invitados. Muchas de las salas estaban custodiadas por guardias y otras simplemente cerradas a cal y canto. En las habitaciones de la esposa del gobernador se habían reunido muchas mujeres a charlar y debatir en su pequeño círculo social.
Recorrí los pasillos hasta dar con el salón de las damas y un joven guardia esperaba en la puerta, ataviado con su uniforme, pulcramente vestido, con el rostro hacia delante y la mirada perdida en algún punto del infinito. Su mano estaba sujeta al pomo de la espada y su sombrero se había calado hasta ocultarle parte del rostro. Pero cuando sintió mis pasos aproximarse se puso a la defensiva y me cortó el paso. Le costó reconocerme a las luces de las verlas y antorchas pero cuando lo hizo, no tuvo palabras para dirigirse a mí. Yo di un paso atrás.
—Buenas noches. –Le dije, quitándome el sombrero y saludándole—. ¿Me permites? Quisiera ver a la esposa del Gobernador.
Henry se me quedó mirando de arriba abajo sin saber qué decir. Pero a los segundos recobró su compostura y me volvió a negar la entrada.
—Es la sala privada de la gobernadora. No puedes entrar…
—Dígale a la gobernadora que estoy esperando aquí.
—¿Tiene cita con ella? No me han dicho nada.
—No, no tengo cita con ella. Solo he pasado a saludarla. –Señalé con la mirada el interior.
—¿Y se puede saber quién diablos eres?
El alboroto debió despertar la curiosidad de alguna de las damas que había dentro y salieron a comprobar qué ocurría, pero cuando la mirada de la esposa del gobernador cayó en mí, se deshizo en alabanzas y cumplidos.
—¡Pasa, pasa muchacho! ¡Oh! Que gusto verte de nuevo… —Me abrazó, como a un hijo, rodeándome con sus manos las mejillas y plantándome un beso en la frente. Pasa, pasa. ¡Les he hablado de ti a todas mis amigas!
Henry se quedó patidifuso, pálido y avergonzado. No supo donde meterse. Se volvió a quedar rígido como una estatua al lado de la puerta, como si fuera una decoración más de aquellos pasillos exquisitamente adornados.
Estuve allí dentro departiendo con las mujeres durante al menos media hora. Conocía a dos de ellas, por haberlas atendido en la consulta de mi maestro, pero sobre todo a la gobernadora, a la que habíamos atendido personalmente allí mismo en el palacete. Sufría grandes dolores de cabeza que mi maestro aliviaba con infusiones de manzanilla y menta y con baños de agua tibia en los pies.
Cuando salí todas me despidieron con candor. Era una de las ventajas de ser eternamente un jovencito, no suponía para ellas ningún tipo de amenaza y la intromisión en aquellas alas privadas era más una alegría que una molestia. Se regodearían de mi belleza, de mis modales y mis conocimientos. Muchas de ellas fantasearían conmigo y con mi maestro, estaba más que seguro. Pero mientras yo siempre agachase la cabeza con modestia, solo me verían como uno más de sus entretenimientos.
Cuando salí cerraron las puertas detrás de mí y me quedé mirando al soldadito que seguía allí plantado con gallardía. Me planté a su lado, le miré, y volteé para tenerlo de frente. Me siguió con la mirada sin mover un solo músculo y después me ignoró, volviendo el rostro a un lado. Le sonreí, altanero, y me reí en su cara. Pareció avergonzado, y temía más mis palabras que mis gestos.
—Lo siento, caballero. No sabía que erais el médico de la gobernadora.
—Bueno, bueno. –Dije, con modestia—. El aprendiz del médico. –Asintió, bajando la cabeza—. Además, yo tampoco me he presentado. Aunque me parece que el otro día tampoco os impostó demasiado...
Dio un respingo, y acobardado se encogió de hombros.
—Mis disculpas. No volverá a suceder.
—No estoy yo tan seguro. De camino al palacete he visto a tu compañero esperándome, igual que hizo la noche pasada…
Se produjo un silencio cómplice. Le vi tragar saliva y sus ojos se fijaron en los míos con algo más de valentía de la que se merecía.
—Le advertiré de que no vuelva a hacerlo.
—Pareces tener más seso que tu amigo. No creo que siga tus consejos. De todas maneras inténtalo, y dile que el fantasma de biblioteca le envía una advertencia. Si vuelvo a encontrármelo, avisaré a las autoridades para que lo encierren un par de noches en el calabozo.
Asintió con un gesto brusco y sincero, más formal de lo que me hubiera gustado. No me quedó claro si le transmitiría mi aviso, o por el contrario se limitaría a dejarlo hacer. Cualquier de las dos cosas me daban igual. Comenzaba a perder la paciencia con aquella situación.
✵
Mi maestro me recogió en sus brazos cuando el hallé de nuevo en el banquete. Tenía las mejillas ruborizadas y los ojos brillantes, ya se había alimentado. Dios sabe cuántas veces, y me estrecho, con cariño, presentándome a una de las mujeres con las que hablaba. Me presentó como a su sobrino y aprendiz y la dama a su vez hizo llamar a su hija. Siempre era lo mismo. Me pregunté si mi maestro estaba realmente convencido de que alguna de ellas me satisfacía lo más mínimo, o si se planteaba la idea de que quisiera convertirme en el amate o compañero de alguna de ellas. Lo de regalar flores y dar largos paseos por el río no era lo mío.
Me fui de la fiesta pasadas las tres. Reconozco que me decepcionó no encontrar a Nikolás aún aguardando en aquella arboleda, pero habría sido un ingenuo si se hubiera quedado esperándome toda la noche. Hubiera podido encontrarlo en cualquier lugar de la ciudad, pero me contuve. De haberlo hecho, probablemente hubiera acudido a su encuentro. Y al pensarlo, me asaltó el deseo de encontrar su casa, y colarme en su dormitorio. Beber su sangre bajo su atenta e impotente mirada y abandonarle allí, para que me temiese como a un íncubo pesadillesco.
✵
El lunes nos esperaba un cuerpo diferente en la clase de anatomía. Casi esperaba hallar el mismo rostro al que ya me había acostumbrado a ver. Aquella mujer de mediana edad había acabado hecha pedacitos, como un puzle, y después de más de una semana es lógico que se hubieran tenido que deshacer de ella, por muchos tratamientos que le hubieran aplicado había comenzado a descomponerse y el olor hubiera sido ya insoportable.
Se presentó un anciano, con aspecto de extranjero y vagabundo, con las plantas de los pies curtidas y machacadas, con el pelo y la barba largos y descuidados. Aquella tarde diseccionamos el cráneo. Cuando antes ninguno de nosotros hubo mostrado aprensión, fue el efecto de cerebro gelatinoso y brillante lo que produjo en algunos de mis compañeros un rechazo instantáneo. Dos de ellos se apartaron y le dieron la espalda por unos momentos al instructor. Se recuperaron rápidamente, pero no consiguieron recomponerse del todo hasta el final de la clase. El sonido de la oquedad del cráneo, cómo se desmoronaba el cerebro fuera de su cápsula, el fuerte olor a carnaza y el brillo de la fina tela que recubría el órgano fue demasiado para algunos. Incluso yo me vi espantado al principio. Nunca había llegado a este punto en mis matanzas. Era muy diferente la casquería muerta después de un asesinato que la pulida técnica de disección, pero en el fondo, el cuerpo se comportaba igual. Los órganos se desprendían, se resbalaban, y los huesos se quebraban, produciendo ese extraño chasquido intensivamente perturbador.
Al salir del aula me acerqué a Alexander y este me recogió con su brazo sobre mi hombro.
—¿Qué te ha parecido la clase de hoy, pequeño?
—Estimulante. –Dije, mirándole con media sonrisa—. Pero no sé hasta qué punto útil. Si uno de mis pacientes viene con dolor de cabeza no pienso abrirle el cráneo para ver qué anda mal ahí dentro…
Se rió de mis palabras y caminamos a través de los pasillos hasta salir al exterior, donde el aire frío nos despejó las fosas nasales de aquella peste a químicos y descomposición. Temí que ese olor quedase impregnado en mi pelo y mi ropa.
—¿Te importa que vayamos a tomar una cerveza? Tengo la mente embotada. –Me dijo—. Pero esta vez yo invito.
—Bien, vayamos. Pero preferiría algo de vino.
Regresamos a la misma taberna de la última vez pero esta vez sí pusieron una vela sobre la mesa. Aprovechamos para comparar los apuntes y él me mostró sus dibujos. Era un buen artista y había sido capaz de esquematizar muy bien con un par de trazos, todas las partes del cerebro que habíamos analizado. No era Zurbarán o Da Vinci, pero no tenía nada que envidiarles.
—A mi maestro le encantan esta clase de dibujos. Tiene algunas litografías en su consulta. Pero ni él ni yo sabemos dibujar.
—Hace dos años escogí una asignatura de dibujo. Así que algo he sacado de bueno en ello…
Él apuró la copa y se sirvió un poco más de la jarra que nos habrían servido. Yo bebí un trago que me supo a veneno y disimulé una expresión de disgusto. No bebería más. No era una práctica a la que debiera acostumbrarme.
—He oído decir que el sábado fuiste a la fiesta que daba el gobernador. ¿Te invitaron?
—Invitaron a mi maestro, y yo le acompañé.
—Qué envidia. Seguro que había mujeres muy guapas. –Me dio un codazo—. Te codeas con lo mejor de la ciudad, que suertudo.
—Bueno, no es especialmente interesante. Las personas son interesantes por sí mismas, no por el estrato social al que pertenecen. Te sorprendería lo idiotas que pueden llegar a resultar algunos gobernantes y lo divertidos que son sin embrago algunos campesinos…
Me lanzó una mirada como si yo hubiese enloquecido.
—¡Pero esa gente debe ser genial! El gobernador pasa mucho tiempo en París. Y va a grandes fiestas que da el Rey Sol. ¡Deben ser espectaculares! –Yo fruncí el ceño.
—No te imagino en una de esas fiestas, con todos esos hombres vestidos como papagayos y flamencos.
—¡Es la moda, muchacho! –Yo rodé los ojos y aparté la copa de vino de delante. Suspiré—. Dicen que los bailes son espectaculares.
—Yo odio bailar.
—¿Y qué haces tú para divertirte, si puede saberse? –Me preguntó, cruzándose de brazos en gesto desafiante.
—¿Yo? Pues no mucho. No suelo divertirme demasiado. –Miré a otro lado, a las vigas del techo y a la pintura desconchada de la pared—. No soy una persona muy interesante.
—Muy modesto es lo que eres. –Alexander se inclinó y me pellizcó la mejilla, como hubiera hecho un anciano con un crío. Yo me toqué la mejilla donde me había pellizcado y me aparté, espantado. Pero mi reacción le hizo reír—. ¡No seas tan aburrido!
Hermes entró por la puerta, cargando con la carpeta de apuntes y a paso rápido. Al vernos al fondo del local se acercó apresurado y se dejó caer en una de los taburetes.
—Lo siento mucho. El rector me ha entretenido. –Me miró con gesto noble—. Soy parte del consejo estudiantil, y nos ha reunido hoy. Voy a pedir una copa.
—Toma mi vaso. –Dije, extendiéndoselo y mirando al exterior. La noche era cerrada y oscura. La luna ya evidenciaba su decrecimiento—. Tengo que estar antes de la una y media. Tenemos un paciente que atender.
—¿Alguna dama de la corte? –Preguntó Alexander, con una mirada inquisitiva pero yo puse mi dedo sobre los labios.
—Secreto profesional. ¿Lo recuerdas?
—¡Sí que eres un aguafiestas!
Emprendí el camino de vuelta dando un paseo. El aire era fresco y reconfortante, sobre todo después de haber colapsado mis pulmones con los vapores de la morgue y con los pestilentes aromas de la taberna. Tenía el estómago del revés, y lo acusé a la impresión de la clase de aquel día, pero cuando estuve cerca de la rivera del río, mi estómago tomó el control de mi cuerpo y me hizo hincar la rodilla en el suelo y devolver el vino que había tomado. Salió de mí como una espesa gelatina negruzca con olor ácido y afrutado. Me tembló la mandíbula y las manos y la respiración se me aceleró. Los ojos se me enjugaron en lágrimas y me lamenté por haber sucumbido a algo como eso. Una cosa era mojarse los labios y otra muy diferente hacer caso o miso a todas las señales que daba mi cuerpo y tragar un buen sorbo de vino. Me limpié los labios con el dorso de la mano y me recompuse como pude, retomando el regreso a casa. Si Bastian era capaz de advertí lo que había ocurrido se reiría de mí. Y casi lo deseaba, para que luego me consolase con dulces palabras.
Para mi sorpresa, antes de llegar al claro donde supuse que ya no me esperaría Nikolás, si había atendido a las advertencias de su amigo, ya podía olerlo. Y sentirlo. Si me esforzada, podría adivinar con facilidad sus pensamientos. Estaba bastante sorprendido, sobre todo por el hecho de que sabía que se había escondido. Estaba por algún lugar, entre los árboles, esperando y aguzando el oído para verme pasar. Estaba solo, enfundado en su traje y con una espada al cinto y otra de la mano. Sentí escalofríos, cuando en verdad todo mi cuerpo rogaba porque estuviese tranquilo. Yo no era la presa, aunque él quisiera fingir lo contrario. Era una oveja acechando al lobo, completamente irracional. Pero aún así, sentí el vello de mi nuca erizarse y las manos tensarse.
¿Debía detenerme? ¿Hacerle saber que le estaba oyendo, o sintiendo? ¿O debía continuar como si nada, pues tal vez se conformase con verme pasar? Tal vez quisiera seguirme para averiguar dónde estaba mi casa. No, eso sí que no.
Estuve a punto de detenerme cuando lo oí salir al camino y cortarme el paso. Lo hizo rampante y soberbio. Con ambas espadas de la mano y el sombrero calado. Parecía un crío jugando a los soldados.
—¿No te gustó lo de fantasma de biblioteca, mocoso? –Preguntó, sonriendo. Yo sonreí de vuelta, más sorprendido que ofendido. No me estaba creyendo que fuera capaz de volver a molestarme, después de la advertencia que le debió dirigir su compañero.
—Reconozco que fantasma de biblioteca me molesta menos que lo de mocoso.
—Así que el aprendiz del médico. –Me examinó con sus ojos, como si no me hubiese visto nunca, pero pareció agradarle lo que veía. Pareció disfrutar de la idea de poder intimidarme, mucho más si era alguien que podría llegar a suscitarle algún problema. Avanzó un paso pero yo retrocedí. Eso le hizo reírse, cómodo en aquella intimidación.
—Tu amigo parecía tener dos dedos de frente, pero tú estás jugando con fuego. –Le advertí. Él se desternilló.
—¡Oh! Vamos… ¿Crees que me importa una mierda quién seas?
—Podrías tener un poco de prudencia, solo eso…
—No me gusta que me espíen. ¿Te divertiste viendo como entrenábamos? Bien. Me debes un combate. –Me lanzó una de las espadas. Estaba envainada y con el cinturón aún enganchado a la funda. Rebotó con un chasquido metálico y levantó una ligera nube de polvo.
—No pienso hacerlo. ¿Para qué? No voy a darte la satisfacción de perder y querer una revancha.
Mis palabras le escocieron.
—Vamos, una estocada. Solo una. ¿O tienes miedo de mancharte las manos?
Yo ignoré la espada, saltando por encima de ella y me dirigí camino adelante, pero él desenvainó su espalda y la interpuso entre ambos, apuntándome al cuello. El extremo el acero estaba hundido en los volantes de cuello de mi camisa.
—No voy a dejarte pasar. Tendrás que hacerte camino luchando.
Hoy estaba algo más sobrio, pero su aliento seguía exhalando un ligero toque afrutado. Su mirada era clara y fija, y su sonrisa se ensanchaba a medida que la provocación avanzaba. Oí el sonido del cuero de su guante crujir, apretando con más fuerza el pomo de la espada. Yo me debatía en si matarlo de una vez, y tirar su cuerpo al río, o aceptar su duelo, dejarle en ridículo, y marcharme a casa. Si me hería o me humillaba, probablemente acabaría muerto igual.
—Te dije que no sé manejar una espada. ¿Vas a jugar con esa ventaja?
—Sería injusto dejarte marchar sin remediar tu ofensa.
—Elijamos pues otras armas. ¿Qué te parecen los puños?
Se desternilló hasta el punto en que bajó el extremo de su espada y se agarró el vientre. Era más alto, y estaba más desarrollado que yo. Estaba entrenado, desde luego. Y no era rival para mí dentro de su mente. Y hubiera sido así, si no hubiera tenido la fuerza y la velocidad de un vampiro. Pero derrotarlo a golpes habría sido casi más humillante que con la espada.
Cuando terminó de reír cogió el pecho de mi jubón con su puño cerrado y me acercó a él, y con la voz aún quebrada por la risa, me preguntó:
—¿De verdad quieres hacerlo así? No me hagas reír, mocoso.
Me empujó hacia atrás, y si no hubiera retrocedido yo, no me habría podido alejar de él. Usó la fuerza suficiente como para tirarme de espaldas al suelo pero yo no se lo permití. Retrocedí hasta que mis pies chocaron con la espada y la recogí del suelo. Estaba empezando a ponerme ansioso. Si no me lo quitaba de encima, esta escena se repetiría cada noche hasta que aceptase un medio de batirme con él. Era orgulloso y estaba bebido. Puede que también aburrido y desesperado por atención. Desenvainé la espada y tiré la funda al suelo. Eso le entusiasmó hasta el punto en que todo su cuerpo reaccionó, tensando sus músculos y quitándose el sombrero, para tener una mejor visión.
—¿Cuándo te darás por satisfecho?
—A la primera sangre. –Dijo, apretando la mandíbula. Hasta que alguno de los dos se llevase un corte no daría por finalizada la disputa. Yo suspiré.
—Bien.
—Lanza una estocada, macocos. Veamos de lo que eres capaz.
—No. –Le dije—. Embiste tú. No conseguirás llegar a mí.
Aquello fue provocación suficiente. Levantó la punta de su espada y se puso en posición. lanzó un ataque pero estaba lejos, y yo retrocedí. El segundo fue algo más directo, apuntando a mi brazo, pero yo desvié el ataque. Era más rápido que él, y más fuerte. Si interponía mi espada a tiempo, desviaría cualquiera de sus ataques. Frustrado, se aproximó a grandes zancadas y lanzó varios cortes al aire, yo los detuve todos, menos el último del que me aparté. Era evidente que no tenía formación como espadachín, no tanta como él, pero era capaz de superarle porque no me conseguiría cortar.
Yo sin embargo no encontraba el momento de devolver los ataques. Estuvo a la defensiva la mayor parte del tiempo y me enfoqué en repeler todas sus estocadas. Una de ellas perforó el hombro de mi jubón y se enganchó con la tela. Se sintió victorioso pero al sacar la espada notó que no había sangre en ella, solo un par de fibras de la tela de mi traje. Miré el agujero con un mohín.
—Tranquilo, que tu maestro te compre otro, mocoso. Que te lo pague la esposa del gobernador.
—Demos por terminado esto. –Dije, sujetando la espada por el pomo y con el acero hacia abajo—. Me rindo. Has podido darme en le hombro.
—No vale. –Dijo, aunque algo confiado—. No has hecho más que defenderte.
—¿No te vale con eso?
—No. Vamos, levanta la espada.
Sin darnos cuenta nos habíamos internado en la arboleda. Seguíamos peleando, el acero sonaba por cada rincón del bosque. El choque del metal y nuestros quejidos era todo lo que se oía en un radio de cientos de metros. Dieron las dos de la mañana. Lo oí en una de las campanas de la ciudad.
Él se despistó con ese sonido y yo aproveché para lanzar una estocada hacia su mano. Le hice un corte a mitad del antebrazo, justo por encima de la línea del cuero de su guante. Soltó la espada casi al instante y yo avancé para pisar el metal. Él estaba dispuesto a enarbolarla de nuevo pero el peso de mi pie sobre ella se lo impidió.
Estaba sangrando. El corte no era muy profundo, pero el blanco de su camisa se tiñó rápidamente de un color carmín que ni siquiera la luna era capaz de disimular. Se ocultó el corte con su mano enguantada y me miró, irguiéndose con orgullo.
—No voy a concederte la revancha. –Me adelante, porque advertí su pensamiento. Tiré mi espada al suelo y levanté el pie de la suya. Si quería empuñar ambas y cortarme en pedacitos, que lo intentase.
No dijo nada, sin embrago. Se quedó allí mirando las espadas en el suelo y yo me alejé, dándome la vuelta y regresando al camino. Recogí mis enseres, que habían caído al lado de la funda de la espada, y emprendí el camino de regreso, pero Nikolás apareció de nuevo, esta vez corriendo en mi dirección y me empujó, tirándome al suelo. Se puso encima de mí, aplastándome con su peso y sacó un puñal que tenía guardado en el interior del jubón. Lo posó sobre mi cuello, con una mano firme y furiosa. Sus ojos estaban iracundos, y su cabello rubio enmarcaba una expresión de profundo enfado.
—Dijiste que no sabías esgrima.
—Tal vez tú no seas tan bueno como crees. –Dije, atemorizado de que pretendiese cortarme el cuello. El filo de su cuchillo me presionaba la manzana de Adán. Si me cortase y viese como sana al momento, ya no habría vuelta atrás.
—Eres un bufón, mocoso. Un ratoncillo insignificante. –Con su mano libre tiró del cuello de mi camisa—. Ya nadie viste así, fantoche.
—Vuelve a casa, Nikolás, y que te curen la herida. –Le dije, apretando mis dientes mientras me cargaba de paciencia.
—¿Debería ir a tu maestro y decirle lo que su aprendiz anda haciendo por ahí?
La amenaza me sonó tan desagradable que no tuve palabras para contestarle. Así con mi mano su antebrazo y apreté mis dedos contra su herida, lo que le hizo aullar de dolor. Solo pensé en defenderme, no en lo que implicaría. Cuando se separó de mí, cayendo entre mis piernas, yo me levé la mano al cuello para comprobar que no me había cortado en su desespero, pero me encontré con los dedos impregnados en sangre fresca. Caliente y húmeda. Me había manchado los labios con ella, el mentón y el cuello. Demasiado tarde. Mi lengua fue por libre, saboreando las gotas que se habían posado en mis labios y me revolví desde dentro.
Rápidamente me pasé el antebrazo por los labios para limpiar cualquier resto de su sangre sintiendo aún el sabor de ella entre mis papilas gustativas. Después del infecto vino, aquello era ambrosía. Sentí el fuego en mi estómago, y después el cosquilleo en cada una de mis extremidades. Hacía mucho tiempo que no era capaz de controlarme, que no me cegaba el hambre como en aquel momento. Retrocedí alarmado y a punto de romper a llorar.
—Tranquilo muchacho, que no te he cortado el cuello. –Dijo, con un tono más de preocupación que de enfado. Yo me arrastré por la tierra del camino hasta dar con la fuerza para ponerme de pie y salir corriendo a la casa.
Sorprendí a Bastian atendiendo a un paciente. Oía sus voces en el consultorio, pero yo me desvié hasta la cocina y salí al patio. Con suerte no me pediría que le asistiera aquella noche. Cogí un cubo de agua fresca del pozo y me enjuagué las manos y el rostro con ellas. Estaba en pleno trance, repitiéndome a mi mismo como un mantra que no debía darme la vuelta y regresar a por Nikolás, que yo era mejor que eso. Que este último siglo había sido un gran avance para mí, para mi hambre y mi entrenamiento. No iba a echarlo a perder. No pondría en peligro a mi maestro por una chiquillada. Me enjuagué la boca con agua, lo que me provocó unas nauseas terribles. Después me cambie de ropa y bajé al laboratorio. Para entonces el paciente ya se había ido.
Mi maestro me lanzó una mirada inquisitiva, llena de dudas y de recelos. Seguramente habría sentido el estado en el que había entrado en casa, pero no estaba dispuesto a recriminarme nada. Por el contrario señaló mi cuaderno de notas con la pluma y el tintero y alzo una ceja, casi divertido.
—Han dejado esto en la puerta. Cuando acompañé al señor P* estaba colocado al pie de la escalera. ¿Se te ha caído de camino?
—Sí. –Dije, lo que no le pareció suficiente respuesta.
—Si no fueras lo que eres, pensaría que venías ebrio.
—Más o menos. –Atiné a decir, abochornado—. Algo así…
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