EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 32

 CAPÍTULO 32 – El soldado del gobernador


Era una noche de luna menguante. Pero aún estaba rellena y hermosa como el primer día de luna llena. Los caminos estaban más o menos iluminados. Las antorchas y las luces de las casas alumbraban a medias los caminos pero al llegar al rio la ribera se volvía un cenagal y los puentes eran más o menos perceptibles. Yo no necesitaba luz pero a aquellas horas ya era un lugar peligroso para cualquiera. Salteadores y asesinos podrían resultar mortales.

Sin embargo pasando el tío la zona estaba tranquila. Había varias casas, como la nuestra, que se desperdigaban por aquellos caminos llenos de vegetación. Caminé aún con el sonido del riachuelo en el que solía detenerme a veces sonando de fondo cuando el cruce del acero de dos espadas retumbó en la oscuridad. Estaban más adelante. Oía sus quejidos y jadeos, el sonido de las botas hundiéndose en el barro y el de los pasos, en una danza mortal con espadas de por medio.

—¡Ten cuidado, hombre! –Se escuchó, como un alarido quejumbroso.

Caminé hasta dar con ellos, apartados del camino pero aún a la visita, en un pequeño claro entre varias encinas. Dos soldados de la guardia del gobernador se habían enzarzado en una pelea con espadas. Estaban practicando, o divirtiéndose. Pero era evidente que estaban ebrios. Me llegó hasta donde estaba el olor de la tierra húmeda, empapada por el vino y el de su sudor y sus alientos. Los aceros brillaban con plateados destellos lunares cada vez que se esgrimían y sus cuerpos eran parpadeos de claridad que danzaban entre las sombras. Vestían los uniformes de soldaditos, de color crema, con el escudo del gobernador bordado en el pecho, y en la espalda. Los guantes de cuero oscuro estaban manchados y desgastados. Las botas llenas de barro. Tenían valonas blancas, arrugadas por el esfuerzo del combate y los pantalones arrugados, como si hubieran estado sentados en la hierba mucho tiempo. El jubón descolocado, los cabellos húmedos y sudorosos.

El más alto de los dos esgrimía con energía y talento, mucho más que el de su compañero que apenas podía mantenerse en pie y desviaba las estocadas de milagro. Era rubio, de cabello largo, ondulado, brillaba con luz dorada incluso bajo la influencia de la luna. Los ojos azules, las facciones dulces y suaves. La sonrisa era encantadora, incluso ebrio parecía chiflado. Se reía, incluso cuando estaba a centímetros de ser ensartado en un mal cálculo de su espada.

—¿Eso es todo lo que tienes? –Le preguntó a su compañero, que se tambaleó y se apoyó en el tronco de un árbol para no caer—. Vamos, vuelve aquí. ¿Qué estás haciendo? Solo te has bebido una botella. ¿Y estás así?

—No es justo. –Dijo—. No veo un pimiento…

—¡En ese caso te ensartaré en el árbol! –Amenazó, con un tono más severo, pero aunque parecía divertirse con aquello, no creo que supiera lo peligroso que era aquello.

Me quedé observándoles el tiempo suficiente como para sentirme fuera de lugar. No creía que pudieran verme, pero me pregunte, si ellos me alcanzan a descubrir, si les infundiría el mismo miedo sobrenatural que Bastian me infundió a mí la noche que le conocí. Un terror primordial, casi prehistórico. Me equivoqué. El terror lo sentí yo mismo, de nuevo en mis carnes, cuando aquel joven se volvió en mi dirección y fijó su mirada en mí como si hubiese podido oír mi aliento. Clavó su mirada en mí y me ensartó con su expresión de pasmo y enfado.

—¡Eh! –Dijo, volviendo su espada en mi dirección, lleno de susto—. ¿Qué diablos miras tú, renacuajo?

No me reconocí a mí mismo. No me creí que estuviera hablándome a mí. Pensé que aún era espectador de aquel teatrillo, pero me equivocaba. Cuando el filo de su espada se dirigió a mí supe que tenía que retroceder o avanzar, pero mis miembros estaban rígidos y paralizados. No fue hasta que él no avanzó en mi dirección que yo no pude recobrar el conocimiento y dar dos o tres paso hacia atrás, para regresar al camino de tierra. Salieron a la senda, primero él y después su compañero. Ambos se me quedaron mirando, analizándome, con cierto descaro hasta el punto en que yo enrojecí.

—¿Nos estabas espiando, fantasma de biblioteca? –Pregunto, alzando una ceja en dirección a mi cuaderno de notas. Era un poco más alto que yo, pero de espalda ancha, con más fuerza de lo que aparentaba. Era joven, lozano, veinteañero. Y aunque su rostro era dulce, estaba ebrio y su carácter era recio y malhumorado.

—Veamos que tienes aquí. –Dijo el otro, quitándome la carpeta y mirando dentro. No había luz suficiente como para entender nada, así que la cerró de nuevo y la tiró por el suelo. Los papales se esparcieron por el camino, manchándose de barro. Yo no podía dejar de mirar al muchacho que tenía delante. Observando cada uno de sus gestos, de su expresiones. Por unos segundos había pasado de la ira a la risa y de la diversión de nuevo a  la ofensa. Se sentía incómodo ante mi mirada, como era lógico y acabó por enfurecerse.

Cuando me dirigí a recoger los papeles, me empujó y caí al suelo, manchándome el jubón de tierra.

—¿Qué hacías ahí escondido?

—Solo… observaba. –Dije desde el suelo, recogiendo los papeles. Pero me di por vencido cuando su compañero pisó dos de ellos con una bota embarrada. Solté el resto y me resigné a ponerme en pie. No comprendía lo que estaba ocurriéndome. Podría haberlos descuartizado ahí mismo, y poner en práctica mis nuevas clases de anatomía. Pero una parte de mí estaba deseoso de saber hasta dónde eran capaces de llegar esos muchachos solo por molestarme. Quería verlo rabiar de ira, y reírse de placer.

—¿Así que observando, eh? –Su mano sujetó mi jubón y tiró de mí para que me pusiera en pie. Me quiso golpear con el pomo de su espada pero yo lo esquivé. Se sintió contrariado y su compañero le miró, riéndose.

—Estáis borrachos. –Les recordé, casi como si me hablase a mí mismo, advirtiéndome que eran buenos chicos, pero solo estaban ebrios—. ¿No será mejor que os vayáis a casa…?

—¡Dale tu espada, Henry! –Le dijo, a su compañero, mirándole con recelo y ofensa en el rostro.

Yo los miré a ambos, alternativamente.

—¡Yo no pienso darle mi espada! ¿Y si me la rompe o me la roba?

—¡Dásela, veamos quien es mejor!

—No sé esgrimir una espalda. –Le advertí, levantando el mentón, cargándome de paciencia—. Y sería una falta de honradez luchar contra un beodo.

—Listillo. –Murmuró Henri, rabioso, pero al advertir la mirada que le lanzó su compañero, todo su enfado, junto con el alcohol, descendieron—. ¡No, espera Nikolás!

Para entonces fue inútil que intentase aferrarse al brazo de su compañero para hacerlo retroceder. Nikolás apuntó su espada en mi dirección y con el extremo clavado en mi jubón me hizo retroceder a paso rápido hasta dar con mi espalda en una pared de piedra, viejos restos de la antigua muralla medieval. Sujeté la espada con mi mano, sintiendo el filo clavárseme en la piel apenas unos milímetros. Si no la hubiera sujetado, tal vez en su estado, no habría sabido si me estaba perforando la piel o no. Pero es gesto bastó para que su compañero se alarmase.

—¡Vámonos! Es inútil. No merece la pena. No sabemos quién es… —Nikolás hizo oídos sordos a las advertencias de su compañero. Me penetró con una mirada cargada de odio y curiosidad. La misma que yo debí dirigirle. Me estaba mirando en un espejo de juventud y descontrol. Si soltaba la espada, puede que me atravesase con ella. Y si lo hacía, no me quedaba más remedio que matarlos. Pero no deseaba hacerlo. Por una vez, no quería matar a quienes se me ofrecían tan gratuitamente. Podría haberle doblado la espada con un par de dedos, haberle derribado al suelo y destrozarlo. Beberme toda su sangre, llena de vino y adrenalina. Pero deseaba, muy en el fondo de mi corazón, que me atravesase con la espada y me dejase allí crucificado.

Ocurrió en un instante. Me sonrió, con aquella malicia y soberbia que le concedía el tenerme al otro extremo de su espada y yo le devolví la sonrisa. Nuestras miradas se encontraron. Suena a cliché, pero fue así, un pensamiento mutuo, una provocación que yo aceptaba. Él ofrecía ese desafío y yo estaba dispuesto a concederle lo que desease. Pero su compañero tiró de él y lo separó de mí. Sentí esa lejanía como un calor que se apaga, la leña que se consume y desaparece en un fuego que pasa a ser nada más brasas frías en una chimenea llena de cenizas. Desaparecieron por el camino de vuelta a la ciudad con el sonido apresurado de sus botas contra el suelo de tierra. Me hubiera gustado perseguirlos, como a conejos, y darles caza. Pero me fallaron las piernas y me deslicé por la piedra hasta el suelo. Si me había pinchado, ya no sangraba, pero dentro de mí se debatían las ideas y las emociones. Si era capaz de sentir algo, dentro de mi inhumanidad, era como la chispa que renace después de años de un invierno gélido.

No sé como llegué a casa. Recogí los papeles que se habían embadurnado de barro en el suelo y la carpeta con la pluma y la tinta. Me colé en la casa con toda la discreción que pude pero Bastian me esperaba en su laboratorio. Se asomó al salón para descubrirme lleno de barro, con los apuntes emborronados y hechos un estropajo. Yo mismo estaba hasta el cabello de barro y con la ropa desordenada y la expresión descompuesta.

—¿Qué ha pasado? –Me preguntó, casi culpándome de haber creado un deseaste, pero no le contesté. Le lancé una mirada llena de vergüenza e indignidad y dejé los apuntes sobre una de las mesas del laboratorio. Me despedí de él con un gesto del mentón y me colé en la bodega.

Sé que le dejé preocupado y atenazado, con la mente revuelta y el alma dando saltos dentro de su cuerpo. Pero no deseaba hablar. Se me habían acabado las palabras y las ideas. Solo podía sentir la ropa alrededor de mi cuerpo y mis propios remordimientos dando botes en mi mente. Me tumbé en el suelo, de lado y me dejé acunar por el descanso de la oscuridad y el olor de la madera y los inciensos.

Cuando desperté al día siguiente me encontraba hambriento, como hacía mucho tiempo que no estaba. Salí del féretro cuando aún el sol no había terminado de esconderse y me preparé para salir a cazar. Salté por una de las ventanas nada más que la oscuridad comenzó a fundirse con el paisaje y atravesé el bosquecillo que colindaba con el río, salí de la ciudad, y a toda prisa me interné en la espesura de los caminos hasta dar con una pequeña piara de jabalíes. Hubiera preferido un cordero o incluso un caballo salvaje. Pero no pude pensarlo demasiado. Atrapé uno de ellos entre mis dientes y mientras chillaba, agónicamente, el resto huyeron despavoridos.

Me quedó un olor espantoso en la ropa. Me había salpicado de sangre el cuello de la camisa y las mangas. El animalillo me había arañado la ropa con sus pezuñas y me había dejado barro salpicado por todas partes. Pero no estaba satisfecho. Sin embrago me contuve. Si me empachaba no me despertaría hasta el lunes. Así que regresé a paso rápido de vuelta a la casa, para toparme a Nikolás merodeando alrededor. Me escondí detrás de un árbol, por suerte no me había visto. Estaba deambulando, probamente esperando a su compañero de esgrima. Estaba en el mismo claro donde lo había encontrado el día anterior, recostado en el tronco de un árbol, bebiendo de una pequeña petaca de cuero llena de vino. Se olía desde donde estaba. Igual que su sudor.

Jugaba con la punta de la espada en el suelo, describiendo círculos y dibujos aleatorios, haciendo tiempo. Estuve tentado de sorprenderle, de empujarlo al suelo y morderle. Me agarré con fuerza a la corteza del árbol donde me escondía y me contuve. Si lo mataba, nadie lo encontraría nadie lo sabría. Estaba solo, podía desquitarme con él por lo del día anterior. Tal vez suplicase misericordia cuando partiese la hoja de su espada con una mano. Puede que llorase.

Envainó su espada con un sonido seco y frío y se volvió hacia el camino. Su compañero apareció dando zancadas.

—El gobernador está montando una fiesta para mañana. Me han entretenido recordándome lo de las medidas de seguridad y blah blah… —Se disculpó el muchacho cuando estuvo a su altura y el otro no dijo nada. Le pasó la petaca de cuero y bebió de ella para recobrar el resuello.

—Bueno, bueno, no te lo termines. –Espetó Nikolás, arrebatándole la petaca al ver que el joven apuraba el contenido.

—Hoy tenemos la sala de esgrima libre, ¿por qué no nos reunimos allí? Me haces venir hasta aquí, pues claro que tengo sed…

—Estarán los demás, no me apetece tener que practicar con ellos delante.

—Lo que quieres es provocar un accidente. Bebiendo vino y jugando con la espada. ¡Al final conseguirás sacarme un ojo!

—¡Vamos! Desenvaina. –Exclamó Nikolás mientras su compañero se posicionaba unos metros más lejos en el claro y se quitaba la capa, dejándola colgada de la rama de un árbol. Después se deshizo del sombrero y lo colocó en el suelo.

Desenvainó pero su contrincante acometió antes de que pudiera sacar por completo la espada de la vaina y entrechocaron los aceros con torpeza. Henry cayó al suelo, intentando huir de su adversario, pero este le clavó un puntapié.

—¡Hay que estar más rápido!

—Eres un malnacido. No has esperado ni a que saque la espada. –Murmuraba— Dios santo, vaya cruz…

—Eres muy lento, eso es todo. Vamos, levanta y embiste.

Estuvieron cruzando los aceros mientras yo los observaba. Por suerte esta vez me había quedado lo suficientemente lejos como para no ser percibido pero podía verlos y oírlos más que de sobra. Incluso desde la casa podría sentirlos si los buscase. Mi idea se había frustrado con la llegada de Henry pero no deseaba marcharme aun. Era divertido verlos, casi entretenido. La sangre que había bebido ya comenzaba a absorberla y mi sensación de saciedad aumentaba. Mis nervios desaparecían y dejé de lado la voracidad de la caza para presenciar aquel teatrillo. Si alguno de los dos salía lastimado no sabía qué haría. Si la sangre era más poderosa que yo, los remataría. Pero si conseguía contenerme, tal vez, podría…

—¿Pero qué miras tanto? –Preguntó Henry, al rato. Bajó su espada y dio un paso atrás.

—¿Eh? –Preguntó el otro, fingiendo extrañeza.

—Sé que soy malo con la espada, pero por lo menos podrías prestarme atención…

—¿Qué dices? Vamos, levanta la espada…

—¡Ah! –Exclamó Henry—, Ya veo, Ya sé por qué me has traído aquí hoy otra vez. Estás esperando al muchacho de ayer, ¿Eh? ¿Fantasma de biblioteca lo llamaste?

Su risa se extendió como la niebla por entre los árboles y rebotó en cada pequeña hoja caída en el suelo. Yo me espanté y me erguí. Estuve a punto de salir corriendo.

—Pues sí, si lo veo le pienso…

Pero la risa de su compañero se volvió a alzar por encima del sonido de la voz de Nikolás.

—Tiene pinta de que es el hijo de un señorito. Yo no me la jugaría eh...

—¡Tú cállate! Vendría de la universidad. Seguro vive por esta zona…

—Ayer lo asustaste de lo lindo. Seguro que toma otro camino.

—¿Qué otro camino? Esto es una arboleda. De milagro somos capaces de ir y venir por el camino trazado.

—Bah, mira, aquí te quedas… —Murmuró Henry, envainando su espada y dando por finalizado el combate. Se acercó a su sombrero y se lo puso, pero Nikolás le tiró de la capa antes de poder enganchársela de nuevo al hombro.

—¿No me dejarás aquí?

—Tú decides. Yo me marcho.

—Aun no son ni las doce y media.

—¿Y qué? Quédate aquí a esperarlo tú solito. A ver de lo que eres capaz… —De un tirón le arrebató la posesión de la capa y salió del claro para alcanzar el camino de tierra y volver de nuevo a la ciudad.

—¡Eres un aguafiestas! –Le espetó, gritándole desde la distancia, posando sus manos enguantadas alrededor de su boca para que sus palabras llegasen hasta su compañero. De lejos se oyó:

—Si te metes en un lío, yo no quiero saber nada.

Estuve a punto de echarme a reír. Aquello resultaba terriblemente patético y me alegró haberme quedado a observarlo. Me debatí en si salir y sorprenderlo, aún manchado de sangre y barro, o por el contrario dejarle allí solo durante el tiempo que estimase oportuno. Decidí marcharme. Si me quedaba a contemplarlo acabaría acercándome, así que regresé a casa, para evitar cualquier tipo de conflicto y me quité toda la ropa para lavarla. Mi maestro aún seguía en su cripta cuando yo ya había limpiado mi traje y lo había colgado de unas cuerdas en el patio. Me encontró hecho una bola en uno de los sofás, en camisa de dormir y con las piernas desnudas, contemplando una partida a medio jugar de ajedrez.

—¿Me has estado esperando? –Dijo, al ver mi expresión taciturna frente al tablero.

—Hoy has tardado en despertar. Me ha dado tiempo a cazar.

—Lo siento. En verdad me he decepcionado la no encontrarte al lado… —Miró mis piernas desnudas y se sentó a mi lado en el sofá—. ¿Te manchaste la ropa?

—Sí. –Con un solo vistazo movió uno de los caballos y yo me incliné sobre el tablero para ver qué había hecho—. Pero ya he lavado la ropa.

—Sí que he dormido… —Se estiró y se reclinó en el sofá.

—¿Hoy no tienes pacientes?

—No, a no ser que venga alguien de improvisto. Cosa que espero que no suceda. No tengo ganas hoy de…

—Jaque. –Dije, al mover un alfil, pero él escondió de nuevo el rey, detrás de una torre—. Mañana el gobernador dará a una fiesta. ¿Irás?

—¿Cómo te has enterado? –Asintió—. Sí, me ha invitado. ¿Quieres venir?

—No, me quedaré por aquí. –Aunque lo pensé mejor y me mordí el labio inferior—. Aunque puedo cambiar de idea en el último momento…

—Ya, como siempre. Pues si te decidieras a aparecer, ya sabes… —Se incorporó y movió la reina, comiendo mi alfil.

—Jaque mate. –Murmuro. Yo me escondí en mi rincón de sofá—. Voy a salir, estoy hambriento.

—Supuse que esperarías a mañana. –Me incorporé, sorprendido. 

—Tengo hambre, mejor no esperar…

Suspiré y me recliné de nuevo mirando cómo salía del saloncito y pasaba por el vestidor para coger su capa y su sombrero. Al verlo así ataviado me recordó algo.

—Hay un joven de unos veinte años ahí afuera. A unos cuatrocientos metros en dirección a la ciudad. –Se volvió a mí con una expresión indescriptible en el rostro, mezcla de confusión y curiosidad. Alzó una ceja.

—¿Hum?

—A ese no. Es mío.

Se rió con algo de vergüenza. La que me faltó a mí para advertirle.

—Bien, como quiera, su majestad.




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