EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 31

 CAPÍTULO 31 – Primera clase.


Una semana después pude ir a la universidad a llevar mi inscripción para las clases nocturnas de anatomía, un justificante de mi tutor advirtiendo de mi condición en la piel y un pago por adelantado de la matrícula y las clases. Mi maestro ya se había buscado el medio de dar con el rector de la universidad y ponerle al tanto de mi presencia. Fui aceptado de inmediato. Dios sabe que si no hubiera sido por él puede que yo no hubiera tenido el carácter para haber asistido.

El primer día de clase me puse tan nervioso como la primera vez que mi padre me llevara a cazar, con una ballesta del mismo tamaño que yo, para cazar aves y liebres que me podrían haber hecho frente. Bastian me colocó el cuello de lechuguilla, a modo de recomendación para que me lo cambiase pero yo me negué. Me puso una capa sobre los hombros pero también la rechacé. Sin embrago acepté que me diese un blog de notas vacío y una pluma y tinta. Coloqué todo bajo mi brazo y hundí el rostro en su pecho.

—Si tienes cualquier dificultad, siempre puedes volver aquí. No pasará nada…

—No te preocupes. No sentiré aprensión. No lo creo…

—¿Qué aprensión? –Preguntó, separándome de él con sus manos en los hombros—. Digo con el profesor o con los compañeros de clase. ¡Ni se te ocurra formar un alboroto!

Rodé los ojos. Aunque ni si quiera yo estaba seguro de que pudiera controlar mi genio con una provocación como aquella.

Llegué pasadas las doce menos cuarto y me colé por entre los pasillos sin demasiada dificultad. Era sencillo cuando uno es capaz de percibir el espacio de otra manera por ser un bebedor de sangre. Llegué hasta una de las salas que usaban como morgue. Una especie de laboratorio improvisado, frío, con la humedad cayendo a goterones por las paredes, con velas por doquier para permitirnos apreciar el cuerpo desnudo que se extendía bajo una fina sábana de algodón en medio de una mesa negra como el carbón. Ya había allí más alumnos esperando al profesor. Reconozco que cuando todos se volvieron en mi dirección les debí parecer un muerto que hubiera vuelto a la vida. Con aquella luz mortecina y en presencia de un cadáver, cualquier pequeño sobresalto resultaría de lo más espeluznante.

La verdad es que la mayoría se conocía entre ellos, asistían juntos a las clases de medicina y química de por las mañanas y aquello eran unas meras prácticas extracurriculares. El olor a secretismo y oscurantismo brillaba en cada una de las expresiones de esos jóvenes estudiantes. Pero por una vez me encontraba en un contexto aduanado para mi edad, puede que también para mis modales y mis conocimientos. O eso pensaba al principio. La verdad es que hacía mucho tiempo que no me sentía tan incómodo. Puede que el perfil montañoso de aquel cadáver bajo la sábana vaporosa que caía como las lomas de una montaña nevada, hiciera de todo un escenario estrambótico y pesadillesco.

Uno de ellos, el que parecía el delgado de la clase, o puede que el ayudante del profesor, intervino ante mi presencia. Mira que intenté mantenerme en una esquina, refugiado en la oscuridad, pero no funcionó.

—¿Eres el nuevo?

—Sí. –Dije, con un hilo de voz—. Encantado. Soy Marcus.

Algunos hablaron entre ellos, murmurando alguna cosa. El joven que me había interpelado era alto, moreno, de piel olivácea y ojos oscuros.

—Yo soy Tadeo. El profesor vendrá enseguida. Soy su ayudante. ¿Vienes solo a esta clase?

—Sí. –Dije, y al instante sentí que no deseaba tener que dar ningún tipo de explicación. Podría haberlo mandado a freír espárragos. Me contuve.

—¿Cómo te has enterado de que impartimos clases de anatomía y disección? –Preguntó, inquisitivo. Yo contuve un gesto desagradable con la mirada.

—Soy el aprendiz de Sebastián Cornelissen. –Dije, esperando que lo conociese o hubiese oído hablar de él. Para suerte mía, su gesto cambió y pareció algo menos contrariado. Asintió, conforme—. Él se ha enterado y me ha conseguido una plaza.

—Enchufado. –Murmuró uno por ahí, ignoré el gesto y esperé pacientemente en mi esquina a que apareciese el profesor. Minutos que me parecieron eternos.

Éramos unos doce. Todos de entre dieciocho y veinticinco años. Yo era el más joven de todos, —de forma figurada, claro—. El profesor llego. Era un hombre mayor, con grandes entradas en la cabeza, de piel rosácea y mejillas sonrosadas. Unos pequeños quevedos adornaban su nariz, pequeña y achatada. Era bajo y regordete. Pero su tono de voz era firme y claro, como el de un soldado en un día de buen ánimo. Nos saludó a todos con una formula general y comenzó, en su mejor latín, a dar las primeras directrices. Nos ignoró con una elegancia casi espeluznante durante las tres siguientes horas mientras descubría el cuerpo, el de una mujer de mediana edad, de pechos flácidos, de vientre abultado y extremidades demasiado largas para ser agradable a la vista, y comenzaba a separar las extremidades para que viésemos las uniones de los huesos en cada una de sus articulaciones.

Mis compañeros, contrariamente a lo que yo pensaba, eran jóvenes curtidos y acostumbrados a esas prácticas. La mayoría de nosotros soportó con talante y paciencia todas aquellas descripciones e imágenes. Creo que muchos de ellos estaban más aturdidos por las enseñanzas que revueltos por la impresión de aquellos huesos al desnudo. Yo por el contrario contuve mis ganas de acercarme aún más, de meter mis dedos en aquella carne y preguntarle qué había hecho con la sangre que le faltaba al cuerpo. Estaba blanco, casi como si no fuera real. No estaba descompuesto pero tampoco había vida desde hacía mucho. Olía a químicos y a pudrición, o puede que fuera el espacio alrededor.

Tomé los mejores apuntes que pude para el poco tiempo que tuvimos y la incomodidad de mantenerme de pie las tres horas. Algunos de nosotros habían acercado unas sillas, pero me imaginé que eran hijos de abogados, políticos y nobles. A mí no me dejarían una silla. Ya no tenía botones de oro en el jubón, sino de latón. Mis guantes no eran de algodón con cuchilladas para los anillos, sino de cuero negro, algo desgastados ya. Casi era mejor así. Aunque los interrogatorios seria más continuos, y mi palabra tendría menos autoridad.

Cuando terminó la primera clase el instructor me retuvo mientras el resto se marchaban y me felicitó por mi atención, y me dio la bienvenida. Tenía buenas recomendaciones de mí y esperaba mucho, más teniendo en cuenta que contaba con un médico en la familia. Si supiera que hacia eso por entretenerme más que por labrarme un futuro tal vez no me habría animado de aquella manera. Yo le vendaba las piernas plagadas de las ulceras de gota al emperador Carlos V cuando tú aún no habías nacido, me gustó decirle. Pero eso me hizo sentir peor.

—Sé paciente con los muchachos. –Me dijo, a modo de despedida. Yo levanté una ceja, escéptico—. Los extranjeros siempre causan algo de inquietud.

—¿Más que un cadáver sobre una mesa? –Pregunté, con media sonrisa.

—A ver cadáveres están acostumbrados, pero a los extraños no tanto…

Su advertencia no era en vano. Cuando salí, cuatro de ellos mes estaban esperando en uno de los corredores del claustro. Me despedí de ellos con una inclinación de cabeza pero uno ellos me cortó el paso, posando un cuaderno de apuntes sobre mi pecho y haciéndome detener en seco.

—¿De dónde eres? ¿Del norte?

—De Borgoña. –Dije, para mi desgracia con un curioso acento que no era ni borgoñés ni castellano ni italiano. Se miraron entre ellos y me sonrieron son curiosidad.

—¿Cuántos años tienes?

—¡Cual es tu nombre completo? –Preguntó otro.

—Marcus Cornelissen. Tengo, —pensé, demasiado—. Diecisiete años.

—Dicen que estás enfermo. Por eso no vienes a las clases de día. Pero no pareces enfermo. –Dijo uno de ellos, el más alto, poniéndose delante de mí y mirándome directamente al rostro. Su rostro estaba por encima de mi cabeza, por no me amedrenté.

—Sí, tengo una enfermedad, pero no se muestra sino me expongo al sol. –Le hice a un lado de un empujón y cayó al suelo. Creo que no debí hacer eso pero por lo menos no se volvió a incorporar. Si querían ser amables conmigo, no tomaron las mejores formas, y no pensaba contenerme si lo que deseaban era pelear. Eran jóvenes, llenos de vitalidad y hormonas. Recelosos por un extraño en su círculo de hermetismo y pecado.

Cuando llegué a casa le pasé mis escasos apuntes a Bastian que acababa de despedir a una paciente y él miró aquellos papeles con el ceño fruncido.

—Mejor te hubieras apuntado a clases de dibujo. No sé si esto es una rodilla o un codo.

—¿Qué más da? Si es prácticamente lo mismo…

—¿Te tal el profesor? –Preguntó—. ¿Mejor que yo?

—Más ágil en sus lecciones. Puedo seguirle el ritmo, pero de milagro. Dudo que el resto puedan. Sin embrago parece sumido en sus lecciones, apenas nos ha prestado atención.

—Si dejase que los alumnos tomasen las riendas de la clase, acabaría por perder el hilo… —Se rió—. ¿Y los alumnos?

—Unos críos. –Murmuré, lo que le hizo reírse a carcajadas—. Son unos inmaduros.

—¿Y qué esperabas?

—No lo sé… –Dije, encogiéndome de hombros—. Supongo que no esperaba que me hiciesen un interrogatorio.

—No te conocen de nada. Estas demasiado acostumbrado a no tener que dar explicaciones. –Dijo, haciéndome entrar en razón—. Me temo que la vida funciona así. Los demás querrán saber de ti. Tú cuentas con la ventaja de que puedes leer en ellos, pero los demás no tienen esa capacidad.

Suspiré y me senté a su lado. Estaba recogiendo unas vendas manchas de sangre que le había quitado a una paciente. Le observé con gesto abatido.

—¿Quieres que vayamos a beber algo de sangre o el cadáver te ha quitado el apetito? –Se rió, con una maliciosa expresión divertida.

—Creo que por hoy he tenido suficiente. Me voy a leer un rato. Tú puedes salir. Yo me quedo a cuidar de la casa.

Los siguientes días fueron mucho mejores. Acudía antes de tiempo para no hacerme esperar y siempre encontraba a otros estudiantes que eran tan madrugadores como yo, —entiéndase el desfase horario— y aunque fuera a la fuerza, conseguía cruzar un par de palabras con ellos, hasta que para cuando llegó el jueves, ya no había tensión entre nosotros, no al menos con la mayoría. El ayudante del profesor seguía mostrándose reacio y el chico que se interpuso delante de mí en la salida el primer día aún me guardaba rencor, pero nada fuera de lo común entre jóvenes. El jueves a última hora, volvió a esperarme a la salida. Esta vez acompañado solo de otro de los muchachos. Me volvió a cortar el paso, esta vez más entusiasmado y con mirada maliciosa.

—Acompáñanos, iremos a tomar algo. –Miró a su compañero, expectante—, Tómalo como una ofrenda de paz. –Me estrechó la mano a la fuerza y yo la sostuve, sonriendo.

—Bueno, pero tengo que estar antes de la una en casa. –Le advertí, como un crío. Lo cierto es que no deseaba beber nada, mucho menos vino. Y si pasaban las horas y no veían bajar el contenido en mi copa, podrían matarme.

Puso una mano sobre mis hombros y caminó conmigo pasillo adelante. Se llamaba Alexander, y su compañero, con el que siempre solía ir y volver a casa, era Hermes. Ambos hijos de padres comerciantes que les pagaban cómodamente los estudios de medicina. Vivían una juventud disoluta, compartiendo piso en una bohardilla del centro de la ciudad. Lejos de sus padres, con toda la vida por delante, lo extraño es que a esas alturas no se hubieran extraviado. Solo les quedaba un año de estudios antes de especializarse y eran muy buenos estudiantes. Pero se conformaban con notas mediocres que les permitiesen tiempo de sobra para el libertinaje. El más alto de los dos, Alexander, era rubicundo, de pelo pajizo, de ojos oscuros y almendrados. Parecía un extraño icono bizantino. Su compañero era de mi altura, con la cara llena de pecas, bañado en un rubor perpetuo, que el cubría hasta el cabello.

Nos sentamos al fondo de una oscura taberna mohosa y sin pedir nada nos trajeron una jarra de cerveza y tres vasos de madera. La madera estaba pegajosa, tanto de la mesa como del asiento. Todo el lugar olía acre y amargo, como la orina después de una gran temporada sin mear. Como a los jugos de la cerveza que se había derramado filtrándose por la madera del suelo. Ni si quiera nos habían acercado una vela a la mesa, gesto que agradecí. Me desenvolvía mejor en la oscuridad. Brindamos. El sabor del vino era más que tolerable, pero yo odiaba la cerveza. Se me revolvía el estómago solo de acercarla a mis labios pero me contuve. Fingí beber unos segundos y después dejé el vaso sobre la mesa. Para mi sorpresa, mis compañeros no lo soltaron hasta no vaciar el contenido. Me revolví unos segundos y después los escruté, con susto.

—¡Que buena está! –Exclamó uno de ellos.

—¡Pero si está horrible! Pero es barata… —Se excusó Alexander, con gesto conformista—. Si alguna vez nos buscas, siempre estamos aquí metidos. Solemos reunirnos unos cuantos aquí los fines de semana o después de las clases.

—Los demás no han venido porque mañana hay una prueba para la clase de ética. –Suspiró Hermes—. Espero que no sea nada del otro mundo. Aunque repasaré luego al llegar a casa

—¿Luego? Yo me voy a meter en la cama y no quiero saber nada de nadie hasta mañana.

—Yo repasaré. Me han dicho que será un examen oral.

—Puf, en ese caso ni pienso molestarme. –Alexander se reclinó y dando el tema por zanjado me lanzó una mirada llena de curiosidad—. Cuéntanos algo de ti. Siempre tan correcto y acertado en clase… ¿Cuánto tiempo llevas siendo aprendiz de tu tío?

—Dos años y medio. Casi tres. Desde que murieron mis padres.

—Lo siento mucho. –Dijo Hermes, algo compungido—. No sabíamos que eras huérfano. –Miró a su compañero, apurado.

—No pasa nada. Eso fue hace tiempo… Ahora estoy con mi tío, y me trata muy bien. Estoy muy contento.

—¿Venís de Borgoña?

—Yo sí. Mi tío es de Amberes. Me acogió una temporada allí y luego nos mudamos al sur.

—Sí, las cosas andan raras por ahí. ¿Eh? ¿Y te gusta esto de la medicina? Mi padre es médico. Yo no creo que sea lo mío, pero no me desagrada…

—Tampoco creo que sea lo mío, pero me parece interesante y tener una profesión que aprender es un lujo.

—¿Erais pobres? –Pregunto Hermes, atinado. Yo fruncí una ceja.

—No, humildes… —Me mordí el carrillo—. Mi padre era profesor en una escuela y mi madre se encargaba de una pequeña biblioteca. –Mentí, descaradamente. ¿Qué me creía yo? ¿Haberles dicho que eran cazadores habría sido tan malo?

—Ah bueno. Entonces te educaron bien. –Dijo Hermes, inclinándose sobre la mesa y sirviéndose más cerveza. Yo bebí un poco, y sentí mis sentidos constreñirse contra ese gesto—. Ahora entiendo el negro. ¿Vas aún de luto?

Yo los miré. Hermes tenía un jubón granate y pantalones marrones. Alexander por el contrario tenía un jubón crema y azul, con mangas blancas y unos pantalones beige. Yo pasé inconscientemente mi mano por mi jubón negro. Su pregunta había sido solemne y agradable. No me salieron malas palabras.

—Sí, es por eso…

—Ah… –Dijeron a la vez y se miraron, comprensivos. Yo suspiré. ¿Cuánto me duraría la excusa y el cuento? ¿Debía decirles que no tenía dinero para mejor ropa? Tanto colorido me dañaba los ojos y me hacía sentir terriblemente llamativo. No era natural en mí, menos en un vampiro.

La tabernera se acercó a dejarnos otra jarra de cerveza. Yo suspiré, apenado.

—Para llevar aquí tanto tiempo, ¿un año, dices? No te hemos visto por aquí…

—Me he dedicado a las labores del laboratorio de mi tío, y si os habéis cruzado conmigo, seguro que no me habéis prestado atención.

—Hum. –Se encogió de hombros Hermes pero Alexander se me quedó mirando con suspicacia.

—Yo no estaría tan seguro. Eres un chiquillo bien plantado.

En el campanario dieron las doce y media. Fue una buena excusa para ponerme en pie despedirme.

—Vivo al otro lado del rio y tardo media hora en llegar a casa.

—Qué faena. –Dijo Alexander, asomándose al interior de mi copa— Apenas has bebido nada.

Yo saqué un par de reales y los dejé sobre la mesa. Ambos se sobresaltaron con susto.

—Hoy invito yo. La próxima podré quedarme algo más de tiempo, lo prometo. –No dijeron nada, se me quedaron mirado con ojos relucientes y chispeantes—. Hasta el lunes, nos vemos en clase…

Según me marchaba ellos se daban de codazos, divertidos y entusiasmados de tener alguien que les había pagado toda una noche de cervezas. Me sentí aliviado al marchamare, aunque hubiera deseado con toda mi fuerza ser humano y poder acompañarles en la bebida durante noches y días enteros. Pero una parte de mí, la más inmortal, se revolvía ante esa ofrenda. Deseaba llegar a casa y descalzarme. Y dejar por ahí tirados los apuntes para ir a cazar. Hacía más de dos semanas que no probaba una gota.

Así qué, resignado, emprendí el camino de vuelta. Pero nadie podría haberme advertido de lo que me encontraría de camino. No sería un vampiro, ojalá Dios me hubiera aconsejado ir por otro camino. No, no hubiera servido de nada. Nos habríamos encontrado igual, porque el destino tiene esos pequeños juegos irónicos y crueles de la vida.




⬅ Capítulo 30                                          Capítulo 32 ➡

⬅ Índice de capítulos


Comentarios

Entradas populares