EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 30

PARTE 2

CAPÍTULO 30 – Un nuevo comienzo.


Tuve una buena vida. Lo reconozco. Fueron tiempos muy buenos para mí, mejores de los que merecía, pero siempre he sido un conformista. De lo contrario no me habría montado un anticuario para coleccionar mis recuerdos y me habría encerrado en él como Hitler en su bunker, momentos antes del desastroso final. Tal vez me he enclaustrado aquí porque he perdido la esperanza de vivir, o porque no hay nada ahí fuera que ansíe conocer. El mundo ya no avanza tan fantásticamente como solía pensar, o puede que yo ya no desee involucrarme en nada más. Mi maestro tenía razón, después de haber servido de cerca a un emperador, ¿qué más se puede pedir? Pero mi maestro era un hombre muy pragmático, casi tanto que resultaba idealista, valga la contradicción.

Podría quejarme, pero no tengo derecho. O al menos eso pienso. Pero en mi fuero interno me siento profundamente insatisfecho, amortajado por mis recuerdos, imposibilitado por mis limitaciones que en aquellos tiempos de juventud no me parecieron tan pesadas. ¿A mi maestro le parecerían tan complacidas? Siendo ahora mucho mayor de lo que mi maestro era cuando le conocí, me compadezco de que hubiera tenido que lidiar con alguien como yo por al menos un siglo de su existencia.

Me río ahora, pero debí de ser insufrible. Sobre todo al principio, cuando mi carácter aún no se había visto sometido a su yugo. Cuando yo aún era un fanático y un idealista. Él también tenía lo suyo pero, al fin y al cabo, supimos compartir nuestro espacio juntos, fomentar nuestra amistad en compañía y verla crecer y evolucionar como un ser vivo a parte de nosotros. Me instruyó con todo lo que sabía, me alimenté de él como él lo hizo conmigo durante décadas. Hasta mucho después yo no sabía qué le estaba proporcionando a él. Si tal vez alimentaba alguna clase de fantasía morbosa o si suplía su soledad con una amarga compañía, aunque fuera inestable y problemática. Debía quererme mucho para soportarme, y debía amarme más de lo que yo imaginaba para adorarme como lo hacía, con sus cuidados diarios, con su instrucción semanal y con sus consejos que, aunque a veces imposibles y perversos, eran verdades dolorosas.

Si hubiera tomado a otro bebedor de sangre como yo de la cuneta y lo hubiese acogido bajo el mismo techo, lo había matado. Los habría matado a ambos y después me habría expuesto al sol. No estaba dispuesto a compartirlo. Yo lo sabía, y él debía saberlo, porque aunque durante aquel siguiente siglo nos cruzamos con muchos otros descarriados y problemáticos vampiros, como lo fueron Blanca y Fernando, jamás sugirió acogerlos. Si yo ya era carga suficiente, no lo dijo. Si temía mi represalia, tampoco. ¿Lo hizo por respeto a mí? ¿Por no provocar mis celos?

Lo que ninguno de los dos vio venir es que sería yo quien sumara uno más a nuestra vida. Fui yo quien encontró a otro ser a quien adorar.

Ocurrió mucho después de haber dejado España, y después de haber dejado la casa de Amberes.

En el año 1551, cuando el emperador ya había abdicado y se encontraba en Yuste, descansando después de una larga vida al frente del imperio, nos remitió una carta que había llegado hasta España desde Venecia. Era una carta de Filippo Alidosi. Por suerte dio con nosotros, que aún seguíamos en Amberes:

 


Mi querido Marcus Cornelissenn, amigo mío.

No sabéis la decepción que sentí al enterarme hace unos años de que vos y vuestro maestro habías dejado al emperador. Ha debido ser hace más de lo que imaginaba. Visité España y fuentes cercanas al emperador me dijeron que hacía años que habíais dejado la corte y os habíais vuelto al norte. Me apena, de veras. Deseaba veros, y no he conseguido dar con vos. El emperador no me ha querido decir dónde estabais, como es lógico. Pues aún recuerda el terrible incidente ocurrido en Bolonia, así que espero que tras mi muerte, el emperador tenga a bien entregaros esta misiva.

Si hubiera tenido la fuerza para buscaros, lo habría hecho pero apenas me quedaban para regresar a mi querida Venecia y sucumbir a mi estado. Os he buscado porque me estoy muriendo, muchacho. Os digo así porque aún os recuerdo joven y lozano, y aunque ya erais mucho mayor que yo, imagino que debéis seguir siendo un jovencito apuesto y gallardo. No sé muy bien qué esperaba encontrar en vos, tal vez unas palabras de alivio, o un remedio para mi mortalidad. Aunque creo que veros nuevamente habría sido suficiente consuelo para mi alma, corrompida y destrozada.

Desde que nos conocimos, te he adorado como a un dios personal, una deidad particular a la que acudir en momentos de debilidad. Pero me he engañado pensando que he podido veros el rostro antes de mi último momento. Mi salud ya no me permite viajar, ni apenas comer o beber. Me levanto de la cama como un muerto y deambulo por mi palacio como un prisionero. Los médicos ya no hallan remedio, me han dado varios meses de vida. Pero ¿qué vida es esta? Cuando envíe esta carta exhalaré mi último aliento y me colgaré de la barandilla de la escalera. Espero romperme el cuello al primer salto. Si me quedo medio vivo, maldeciré a dios hasta que me lleve con el diablo.

Espero que mis palabras no te molesten. Es la sinceridad de un moribundo. Pero no creas que te escribió para desahogarme. Esta carta es un testamento. Espero que el emperador te remita el resto del papeleo. No he tenido hijos, o bueno, al menos no he querido reconocer a ninguno de los que algunas mujeres han engendrado. Mis primos tienen sus propias pretensiones y el resto de mis familiares me han repudiado. Han considerado mi vida disoluta y desvergonzada como un pecado gravísimo. Y mi suicido les convencerá de que hasta mi último momento he hecho con mi vida lo que me ha dado la gana.

Te lego mi palacete, muchacho. El Palazzo degli angeli. Te lego mis posesiones, y lo poco que contiene. No tengo ya demasiados muebles, me temo que mis deudas han sido más grandes que mis ganas de buscar fortuna. Desde que muriera mi padre me he visto obligado a vender algunas de mis colecciones, pero los cimientos de la casa son sólidos, y está en el mismo centro de Venecia. Si gustas, es tuya. Para ti. Para quien han pertenecido mis pensamientos estas últimas décadas. Ojalá me hubieras dado un par de gotas de su sangre diabólica. Te habría seguido hasta el fin del mundo.

Me despido aquí, te deseo una vida larga, tanto como te sea posible.

Tu amigo, Filippo Alidosi.

 

Me quedé bastante estupefacto. Yo casi me había olvidado de Filippo y él sin embrago había atesorado mi recuerdo como otra de sus reliquias. Me emocioné por su muerte y me sentí terriblemente mal por haber huido de mi pasado de aquella manera tan imprudente. Pero recapacité, siendo consciente de que no lo habría convertido, y mucho menos estando al borde de la muerte. No me daba pena, pero me sentí algo conmovido por su gesto. Le conté a Bastian lo sucedido y me preguntó si deseaba que fuésemos allí, pero nuestra aventura Italiana estaba aún muy reciente en mi mente y aunque no lo descartaba, no deseaba moverme de Amberes por mucho tiempo. Acepté la herencia, pero pasarían por lo menos dos siglos hasta que pudiese ir allí.

Unos años después nos enteramos de la muerte de Carlos y pasamos los siguientes días con un gran disgusto, pero para entonces el imperio ya pertenecía a su hermano Fernando y España era de su hijo Felipe. La política avanzaba y nosotros nos quedábamos atrás en la historia. Terminamos el siglo en Amberes, aunque habíamos recorrido parte de esa zona, solo por placer. Conocimos Brabante, Colonia, dimos con un nido de vampiros fanáticos en Luxemburgo y nos amistamos en Hamburgo con una pareja de mujeres que, como nosotros, se movían por el continente buscando un mejor lugar donde asentarse. Las guerras con el turco y el avance del protestantismo tenía a todo el mundo revuelto.

La guerra que Inglaterra mantuvo durante aquel final de siglo con España nos alejó de la idea de establecernos en ninguno de los dos lugares. Pero en 1618 estalló la guerra de los treinta años, que implicaba a todo el imperio romano germánico. Ya se había calentado demasiado el ambiente las últimas décadas y era cuestión de tiempo que aquello se formalizase en una gran guerra.

Aunque comenzó como una disputa religiosa entre católicos y protestantes, se transformó en una lucha política por la hegemonía europea. Los borbones franceses ansiaban el poder que los Habsburgo habían adquirido durante los últimos siglos, así que no quedó un solo lugar seguro en ninguna parte de la Europa central en donde poder asentarnos. Pese a lo mucho que mi maestro odiaba el país, nos establecimos al sur de Francia. Recorrimos varios pueblos en los que estuvimos cinco o diez años. Los suficientes como para vivir un poco de aquella gente y proporcionarles un poco de nuestra ayuda médica. Recorrimos parte de la costa mediterránea, Saint-Tropez, Tolón, Arlés…

En el año 1642 acabamos en Montpellier. La guerra ya había pasado por allí y se había iniciado un periodo de restauración católica que fomentó el rey Luis XIII. La ciudad estaba en pleno auge, y se movían todo tipo de comerciantes y burgueses. Pero sobre todo, estudiantes. La universidad de Montpellier era de las más importantes del país, después de la Sorbona en París. Ya habían derribado la muralla medieval que tanto empezaban a aborrecer en el continente y sus límites se configuraban a cada momento.

Mi maestro se enamoró de la ciudad, yo no.

Mi maestro compró una casa a las afueras. Nada más verla supe que sus intenciones no eran pasar unos años en ella, sino establecerse. Quedarse allí por lo menos unas cuantas décadas. Las suficientes como para llamar a aquello su nuevo hogar. Lo adiviné por el mimo y el cuidado con el que escogió nuestro nuevo lugar de residencia. Era una casa a las afueras, al otro lado del río Lez. Teníamos unas vistas preciosas y unos parajes estupendos alrededor y sé que pensó en mí cuando escogió aquella finca. Era una casona simple pero muy hermosa. De techos altos, de paredes de piedra. Con un extenso jardín y un camino empedrado que rodeaba el terreno. Estábamos apenas a media hora del centro de la ciudad, pero suficientemente aislados como para conservar la intimidad que tanto apreciábamos.

Cambiamos nuestros apellidos durante las últimas décadas pero volvimos a adoptar el apellido Cornelissen para aquella prolongada estancia en la que nos acomodaríamos. Seguí siendo su sobrino pero nuestro pasado ya no era el mismo. Mis padres, originarios de Borgoña, murieron durante un brote de peste unos años antes. Y mi tío, apiadándose de mí, me había adoptado bajo su tutela y me había tomado como aprendiz. Reconozco que a esas alturas teníamos bastante superados esos roles. Yo me había instruido en la medicina tanto como él y dejé de ser su ayudante muchos años atrás. En muchas ocasiones había atendido a pacientes por mi cuenta, sobre todo en casos leves y sencillos, por lo que hasta cierto punto ya me consideraba un compañero de trabajo, y no tanto un aprendiz al que guiar. Él sabía que no era una profesión que me entusiasmara, pero invertir mi tiempo en aquellas tareas me hacia la vida mucho más agradable, y más si era a su lado. En más de una ocasión me había dicho…

—Cuando me dejes, seguro que no vuelves a atender a ningún paciente.

—No tengo el carácter como para llevar una consulta. –Dije, y era verdad—. Pero si puedo salvar una vida o dar algún consejo médico, siempre puedo decir que lo he leído en algún libro o algo así…

Poco tiempo después de que nos instalásemos mi maestro ya estaba sumergido en la vida pública de aquella ciudad. Había descansado el tiempo suficiente del mundo y ahora deseaba sumergirse de nuevo, como quien se da un chapuzón después de haber tomado el sol un tiempo. El gobernador de Languedoc vivía en un palacete medieval en medio de la ciudad. Yo no lo conocí hasta mucho tiempo después, pero me encantó. Era lo ideal para cualquier vampiro. Un palacete de piedra, propio de una familia noble o burguesa, con patios interiores, escaleras monumentales y sótanos profundos. Una pena que estuviera en el casco antiguo. Nuestra modesta residencia solo contaba con una bodega que habíamos transformado en cripta. Por suerte no necesitábamos internos que nos hicieran la limpieza y no temíamos un escándalo. Con un par de mozos que cuidasen de día las cuadras e hicieran de correos, era más que suficiente. No trabajar para la corte le daba a mi maestro el tiempo para dedicarlo a la casa, igual que a mí.

Como iba diciendo, mi maestro acudió a la primera fiesta que celebró el gobernador. Era una fiesta privada, mucho más de las que el emperador solía dar, a la que acudían todo tipo de eruditos y conocidos. Mi maestro se coló, sabiendo que había una reunión privada con los personajes más importantes de la ciudad y se integró en el primer paso que dio al interior de la edificación. Encandiló a todos con sus maneras y sus ademanes. Con esa forma de hablar que tiene de convencer a todo el mundo de que es un santo enviado por Dios. La ciudad ya contaba con médicos y con todo tipo de físicos, como los llamaban, pues la universidad de Montpellier era conocida justamente por sus clases de medicina. Pero se supo ganar la confianza de muchos de los invitados. Sobre todo diciendo que era nieto y heredero de nada menos que el médico real de Carlos V el emperador.

En menos de un mes ya comenzamos a recibir las visitas de aquellos nobles y adinerados que deseaban atención privada por parte de mi maestro y de su aprendiz. Yo, mientras veía esos resultados a tan gran habilidad me preguntaba cómo era posible que en su cabeza recordase las cábalas que hacía de sí mismo y de sus supuestos ancestros. Cómo era capaz de marcar la diferencia nada más que llegaba a una nueva ciudad. Su desparpajo y su poca vergüenza. Y su predisposición siempre a obrar como creía que era lo correcto. Le admiraba en silencio mientras me reconcomía la vergüenza por no poder ser más como él. Aunque no me hubiera perdonado ser diferente a lo que yo mismo era.

Al contrario de lo que solía hacer en Amberes, atendía a todo tipo de personas que estuvieran dispuestas a ir a su casa, pero también a todo el que le llamase por una urgencia. Salía despedido si era necesario, pero ya todo el mundo sabía que solo atendía durante las horas nocturnas. El resto del día, había suficientes médicos en Montpellier como para poder atender a cualquiera.

Antes de darme cuenta ya recibía visitas y las paseaba por la planta baja sin ningún tipo de cuidado. Nos trajimos muchas de las pertenencias que teníamos y era imposible evitar que los curiosos preguntasen por la armadura de templario o por la infinidad de libros que poseía, así como por los tapices que decoraban el salón. Aunque reconozco que la curiosidad se les esfumaba en cuanto entraban en su sala de consulta, donde había enmarcado todas las litografías de medicina que había conseguido en Amberes. Cuerpos desmembrados, cabezas diseccionadas, unos dibujos muy preciosos que hacían que a cualquiera se le fuera la sangre de la cabeza.

Me dejó la planta superior toda para mí, como compensación por aquella invasión de nuestra privacidad. Teníamos un solo dormitorio, ¿para qué más si no íbamos a usarlo? Habíamos acomodado una habitación entera como estudio donde habíamos subido todos los libros que no nos habían cabido en la biblioteca de abajo, con una gran mesa y una pequeña chimenea, conectada a la del piso inferior. Amuebló una habitación contigua para hacer una salita de reunión muy coqueta, con varios juegos de mesa, el ajedrez que le había regalado su amigo Rodrigo, y varios mazos de cartas. Por último había dejado una de las salas a modo de vestuario para ambos donde se apilaban los arcones con nuestra ropa, el calzado y las armas. El desván lo dejamos para los trastos y como he dicho antes, acondicionó la bodega para que fuera nuestra cripta. Se deshizo del ataúd de madera, ambos nos habíamos acostumbrado a compartir el suyo de mármol y no pensamos en nada más. Rodeó la estancia de candelabros, de inciensos y velas aromáticas como hiciera en Amberes y allí nos asentamos.

Lo primero que hicimos fue instalar contraventanas de madera y colgar gruesos cortinajes de cada una de las ventanas para no llevarnos sustos. Al principio todos los que nos conocían nos preguntaban por nuestra curiosa enfermedad pero con los meses la curiosidad y el pasmo fueron dando paso a la indiferencia. Todo el mundo admiraba a mi maestro por sus remedios y su carácter. Estaba seguro de que en otra ocasión, lo habrían quemado en la hoguera por excéntrico y hereje. Pero por suerte sabia convencer con sus poderes. Yo no habría tenido la paciencia.

El mundo había cambiado mucho desde que viviéramos bajo el gobierno de Carlos V, ahora gobernaba en España su bisnieto, Felipe IV, y aunque el negro seguía siendo santo y seña de los Habsburgo, ahora vivíamos en una Francia borbónica. Hacía unos años que había llegado al torno Luis XIV y toda la vestimenta estaba influencia por su despilfarro y su ostentación. Todo era colorido, brillante y pomposo. Mi maestro, algo herido en su orgullo, se compró ropa más clara, aún austera, pero de tonos ocres y marrones. Le sentaban bien, mucho mejor que el negro. Pero yo me negué. Me gustaba seguir vistiendo de negro. No por los Austria, sino por los borgoñones, de los que habían heredado su luto perpetuo. Me hice con unas botas altas, como las que se llevaban entonces, y unos pantalones largos. Pero el resto no había cambiado mucho más. Comenzaron a ponerse de moda las valonas, pañuelos triangulares horroroso que me recordaban a asquerosos baberos. La época de las gorgueras quilométricas la habíamos evitado con sutileza y modestia. Pero lo de los baberos gigantes no era de mi agrado. 

Mi maestro temía que me confundiesen con un hugonote, de los que Montpellier se había librado hacia poco, pero no me importaba tener que escandalizar un poco para hacerme respetar.

—Creerán que eres un protestante. Los tiempos cambian, y nosotros tenemos que cambiar con ellos…

—Si no me pongo esto… —Murmuré pasando las manos por mi pecho—. Me compras un traje de cazador. Como con el que me encontraste hace dos siglos.

Me miró mostrando los dientes en una mueca de asco.

—Mira que eres cabezón.

Otra cosa a lo que me costó acostumbrarme, para mi sorpresa y la de mi maestro, fue el idioma. Bastian ya había vivido en Francia y hablaba francés con fluidez, lengua que hablan las personas acomodas de la ciudad que tenían contacto directo con París. Pero el pueblo llano solo conocía la lengua d’òc. El occitano. Y pensando que se parecería a mi borgoñés, me equivoqué. Creo que nunca lo llegué a dominar del todo. Era una mezcla tan extraña entre el catalán que había conocido en España, o al provenzal de Italia, incluso al portugués, que muchas veces confundía palabras y desordenaba las frases. Acabé por acostumbrarme, como siempre, pero se notaba mi acento a la legua.

Huelga decir que Bastian no se molestó si quiera en aprenderlo. Le bastaban el francés y el latín para hablar con quien quisiera y me usaba a mí como traductor siempre que era necesario. Pero incluso yo me hastiaba de tantas lenguas, de tantos dialectos, y eso que el occitano era de los más importantes por entonces, otros cientos de ellos recorrían el país.

El primer año pasó sin pena ni gloria. Yo me había aficionado a cultivar diferentes hiervas aromáticas y medicinales en el jardín y mi maestro se pasaba muchas noches que no tenía citas médicas con el gobernador y sus amigos. Yo rehusaba siempre que podía, aprovechando sus salidas para ponerme al día con mis lecturas o merodear por los bosques que rodeaban la ciudad. Ahora que no había murallas salir de la ciudad resultaba terriblemente sencillo. A veces me sentaba cerca de un riachuelo que había cerca de nuestra casa, me descalzaba y sumergía los pies en su fría agua cristalina. Como solía hacer cuando era cazador en los días de verano, después de una larga caminata.

Se acercaba el otoño. Las hojas de los árboles estaban a punto de cometer su descenso. Se habían oscurecido y muchas de ellas ya amenazaban con caer y dejar desnudas las ramas de sus árboles. La albahaca que había plantado se había comenzado a secar, igual que el orégano y la menta. Por suerte el roble que había plantado cerca de la casa perduraría todo el invierno grande y orgulloso. Fue una de esas noches de otoño en que mi maestro llegó a casa después de un baile que se había celebrado, algo alborozado y saciado y me encontró sentado en la entrada, disfrutando del aire fresco y húmedo del jardín.

—La próxima vez tienes que venir conmigo. –Me dijo, entrando en casa. Estaba toda iluminada, con el fuego ya encendido y un dulce aroma a incienso de sándalo—. ¡Tendrías que ver los vestidos de esas mujeres! Parecen payasos. ¡Vaya cuellos! Si los viera nuestra pobre Isabel de Portugal… Malditos ingleses. Seguro que ha sido la reina de Inglaterra que los puso de moda. Vaya locura. –Me dio un golpecito al pasar por mi lado, dejando la capa colgada de un perchero—. Y vaya escotes. A mi pobre Carlos le habría dado un ataque al corazón.

—Se habría arrancado los ojos. –Dije, a lo que él rió, divertido. Venía borracho de sangre. Yo suspiré. Esperé a que sentase en algún lado después de seguir despotricando del baile que había presenciado y, una vez exhausto, me miró con ojos divertidos.

—¿Y tú que has hecho?

—He paseado por la ciudad.

—Veo que te has alimentado. –Abrió sus brazos y me senté a su lado en el sofá, con una de mis piernas sobre las suyas y acurrucado en su pecho—. Cuéntame, ¿qué has visto? ¿Algo interesante?

—He visto el baile en el que has estado, pero desde lejos, desde las ventanas del palacete.

—¡Ah! ¿Me has visto bailar?

—No me he detenido. No quería tener que presenciar eso. –Le miré, pícaro pero él arrugó la nariz—. No, me he paseado por la catedral y he visitado la universidad. –Saqué de mi bolsillo un papel y se lo entregué.

—¿Qué es esto?

—Dan clases nocturnas, maestro.

—¡Clases nocturnas! ¿Y se puede saber de qué? –En vez de leer el papel me miró directamente a los ojos para adivinar si mis palabras escondían alguna intención oculta. Para averiguar si mi confesión era un mero comentario o estaba pidiéndole permiso para asistir a esas clases.

—De anatomía y disección, maestro.

Entonces sí que leyó el papel, horrorizado. Se irguió y me apartó a un lado, dejándome caer a un lado en el sofá. Aún con mi pierna en su regazo leyó detenidamente el papel

—Ya no estamos en la época oscura. –Dije, para hacerle entrar en razón—. Y si las imparte la universidad…

—Nocturnas. –Repitió—. Es seguramente algo clandestino. ¿De dónde has sacado este papel?

—De un estudiante que salía de la universidad. Se lo dejó caer del bolsillo.

—Ah, ah. –Negó—. Se lo has robado.

—Se le ha caído. –Repetí, aunque no me creyese—. De nueve a doce de la noche. De lunes a jueves. ¿Qué opinas?

—¿Quieres ir?

—Creo que me vendrá bien. –Dije—. Creo que es la práctica que me falta. ¡Creo que es una idea que me llama la atención!

Me miró, mordaz y yo levanté una ceja, curioso.

—¿A qué viene esa mirada?

—¿No te parece muy arriesgado que un bebedor de sangre se pase las noches en un laboratorio entre cadáveres?

—Son cadáveres. –Dije, arrugando la nariz y sacando la lengua—. Esos ya no tienen sangre potable que beber.

Pensó en mis palabras durante unos segundos y acabó por reclinarse de nuevo en el sofá, con una mano sujetando mi rodilla.

—Haz lo que creas. –Dijo, encogiéndose de hombros—. Supongo que no es una mala idea del todo. No estaría de más aprender algo que no estuviese en los libros.

—Después te pasaré mis apuntes. –Prometí, casi a modo de chantaje, mientras le giñaba un ojo.

—¡Pues claro que me los pasarás! –Se levantó, airado y yo me reí—. Más te vale, o no irás a ninguna parte.




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