EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 28
CAPÍTULO 28 – Los placeres de Florencia.
Pasamos aquellos días en Florencia con una tranquilidad que echaba de menos. Si es que alguna vez la habíamos conocido. Alejados del emperador y sin compromisos a la vista, fue una semana casi de descanso y ocio. A parte de las dos o tres horas que me dedicaba a posar para el pintor, el resto del día navegábamos por aquellas calles como peregrinos borrachos. Caminábamos sin prisa, sin miedo a ser reconocidos o descubiertos. Para mí todo aquello era una ilusión, casi un sueño que nunca había podido ser capaz de imaginar. En poco más de un año había conocido, viajado y vivido todo lo que en una vida entera no habría logrado. Y comenzaba a darme cuenta entonces de lo afortunado que había sido, no solo por mi inmortalidad que me permitía todos esos lujos y aventuras, sino también el apoyo y el cuidado de mi maestro, que me arrastraba con él a ese tipo de aventuras.
Pero lo cierto es que aunque yo estaba exultante y asombrado por todo aquello, mi maestro parecía mucho menos complacido que yo. Estaba igualmente sorprendido por las bellezas que ofrecían la ciudad y sus habitantes. Por las pinturas que veíamos y por toda esa nueva política que se estaba desarrollando allí. Pero no parecía tan impresionado. En sus trescientos años habría tenido tiempo de acostumbrarse a esos pequeños cambios del mecanismo humano. Lo que para mí, como para cualquiera que hubiera nacido en el sigo anterior, resultaba un tremendo impacto.
Nos colamos en La Capilla De Los Magos una noche, en el Palazzo Medici Riccardi, donde nos dijeron que había unas excelentes pinturas del cortejo de los reyes magos. Nada más penetrar a través del patio abierto que había en el edificio nos escabullimos hasta una pequeña capilla en uno de los laterales esquivando con agilidad al guardia nocturno que deambulaba por los pasillos del palacete. Portaba un peto y un espaldar metálicos y una lanza larga y fina. Nos escabullimos a través de las sombras hasta la pequeña salita y una vez dentro, mi maestro buscó una antorcha que encender. Él suspiró de encanto pero yo me enamoré. Me quedé embobado mirando toda aquella corte de personajes que desfilaban a través de las paredes como un enorme paisaje surcando la habitación.
Podría haber permanecido hasta ahora allí encerrado y no habría logado desentrañar todos de los detalles. La variedad de hombres y mujeres que acompañaban a los jinetes, que a su vez seguían las ordenes de sus reyes magos. Animales de todas clases volando, corriendo y flotando por el espacio sobrante. Y detrás de ellos, unos paisajes de una calidad imposible de imitar. El primer vistazo era cegador pero los detalles le volvían a uno loco, porque cuando descubrías un leopardo a los pies de un jinete, te sorprendía el hermoso bordado de un vestido, y más tarde descubrías un pequeño pueblecillo sobre una colina, en lo que parecía un paisaje desierto. Me hubiera gustado quedarme allí por horas, pero sabiendo que apenas teníamos unos minutos no pude evitar sentirme eufórico y triste. Me acerqué a las paredes, las toqué con mis manos y me sumergí en cada pequeño detalle de aquellas pinturas.
De los tres reyes magos, el más joven fue el que más llamó mi atención. Miraba directamente al espectador como si el propio modelo se hubiera quedado allí impreso. Tenía una flamante corona enjoyada, y unos bucles dorados que hubiera sido la envidia de cualquier persona. Pero era su expresión y su porte lo que le hacían parecer un todo un monarca.
—Esta pintura fue creada al poco de tu conversión. –Me dijo mi maestro, a lo que yo di un respingo y me devolvió una mirada llena de tristeza—. Ya hacían estas cosas entonces, tan sublimes y maravillosas. Supongo que aunque no lo creas, eres hijo de este nuevo siglo. –Murmuró, sabiendo que sus palabras me apenarían, llenas de contrariedad—. Aún estas sintiendo estos cambios desde una perspectiva humana. Tienes setenta años, pero no eres anciano. –Me dijo—. Tal vez un día lo seas.
Le aparté la mirada, lleno de resquemor, pero él se compadeció de mí.
—Tampoco yo me considero anciano, muchacho. Aún me quedan muchas épocas que ver. Y a ti también.
—¿Cuándo llega un vampiro a considerarse anciano? –Le pregunté, alejándome de la pintura para verlo a él retratado también en ella. Si era de otro siglo, no me lo pareció.
—Supongo que cuando te canses de ver los años pasar y cada época te parezca la misma que la anterior. Cuando no veas diferencias, y te sumerjas en tu propio mundo de recuerdos. –Me miró, con ojos brillantes dentro de aquella oscuridad—. Supongo que puedo considerar que te rescaté de las garras de la vejez. Aún no era tu hora.
✵
Muchas noches de las que permanecimos en florecía regresé a la capilla de los magos, yo solo. Me escabullía por unas horas y me metía allí dentro. Me sentaba en el suelo y observaba desde aquella distancia aquel infinito cortejo. Y cada vez que iba, descubría incluso con mis ojos vampíricos, nuevos detalles que me había pasado desapercibidos hasta el momento. A veces encendía una antorcha, pero otras me conformaba con ir arrastrando una vela a través de la pared para enfocar los detalles más nimios. Me sumergía hasta el punto en que me parecía estar recorriendo aquellas colinas escarpadas y oler el ácido aroma de los pinos de esas estepas. Me alejaba de allí y sentía que me arrancaban de un recuerdo o un sueño. Los primeros días me gustaba fijarme en las ropas, en las joyas y las coronas. Pero después solo quería sumergirme en los paisajes, sentir la tierra bajo mis pies, las copas de los árboles moviéndose con el viento. Deseaba escalar aquellas montañas y hundirme en sus bosques. Cuando alejaba la vela y todo se sumergía en la oscuridad parecía que se hacía de noche en aquellos parajes. Y entonces mi corazón se sentía en paz. Me tumbada allí en el suelo aún con la vista fija en esos bosques oscuros y dejaba pasar los minutos. Hasta que sentía que mi maestro me llamaba desde allí donde estuviera y acudía a su llamada con un ánimo renovado. Aunque con el alma dividida.
No me costaba encontrarlo. Siempre estaba hablando con alguien. Le encantaba hablar con desconocidos, era un hábito que yo no era capaz de adquirir, y que a veces se transfiguraba en manía. Porque tenía que hablar con todos, saberlo todo, informarse a través de esas personas sobre el mundo, sobre lo que acontecía, sobre los nuevos músicos y los últimos monarcas. Todo. Entonces no lo comprendía pero era su forma de mantenerse vivo, al tanto de todo, de no perderse en el tiempo y de seguirle el paso a la historia. Incluso si tenía que hablar con artesanos, pescaderas y taberneros. Todos eran parte de la historia y todos estaban más que inmersos en su tiempo.
Pero yo lo detestaba. Nadie tenía nada interesante que decirme a mí, y la conversación, cuando lo intentaba, nunca llegaba a ser del todo fluida. Siempre parecían más preocupados de que no fuera un rufián que fuese a robarles el saquito de monedas o un estudiante perdido que recién se hubiese levantado para seguir con la juerga de la noche anterior.
—Todas las edades tiene sus ventajas. –Me dijo, mientras un día le compartía mi molestia—. Si te ven como un estudiante, ya tienes un personaje con el que identificarte. Si pareces un juerguita, pues habla con juerguistas…
—No quiero hablar con juerguistas ni con estudiantes. –Dije, con un mohín en los labios.
—Has hablado con reyes y emperadores. –Me reprendió.— ¿Qué más quieres? No seas tan poco modesto.
✵
—Esta ciudad ya no es la que era. –Decía un hombre con el que había encontrado a mi maestro en una taberna. Mi maestro mojaba sus labios en una copa de vino dulce y yo los observé primero desde lejos, apoyado en la barra, cerca del tabernero. Mi maestro se inclinaba hacia atrás, cómodo y repanchingado. Cuando dejaba su copa sobre la mesa se cruzaba de brazos, como si estuviese en su propio laboratorio, hablando conmigo. Verlo allí, tan tranquilo, en compañía de humanos me hacía temblar. Parecía un juguete fuera de su sitio.
—¿No me diga? Ahora que por fin he venido a conocerla…
—¡La época de Lorenzo sí que fue importante! –Dijo otro hombre que estaba sentado en una mesa cercana y se había vuelto para intervenir—. Mi padre me lo ha dicho toda la vida. Cuando él era joven, la ciudad estaba llena de comerciantes, de pintores y de grandes pensadores. Los Médici gobernaban muy bien.
—Hasta que llegó el Savonarola. –Advirtió el compañero de mi maestro, negando con el rostro—. Menos mal que lo mandamos a la hoguera.
—¡Yo estuve ahí! –Dijo el otro hombre—. Sus discursos al principio removieron las conciencias de los gobernantes. Pero después se puso a perseguir al pueblo con su radicalismo. Que si esto es pecado, que si aquello y lo otro es sodomía… ¡Déjanos vivir hombre!
Mi maestro me lanzó una mirada suspirad desde su asiento y yo volví el rostro, ruborizado.
—Ahora uno ya no sabe ni quién le gobierna. –Dijo el primero—. ¿Es esto una república…? Vuestro emperador amenaza con poner al pobre Alejandro como gobernante.
—Como duque. –Dijo mi maestro, asintiendo con los brazos cruzados.
—Eso eso… ¡Ya veremos cuánto dura! Es solo un muchacho de… ¿Cuánto?
—Veinte años.
—¡Ya ves! –Le dice a mi maestro su acompañante en la mesa—. Ya puede tener buenos consejeros. Yo con veinte años aún ayudaba a mi padre en la carpintería y si me dejaban solo, siempre se formaba un lío con los ayudantes.
—¡Porque eras un raquítico! –Le espeta el segundo—. Paulo, no podías ni cargar con un par de maderos tú solo. Así que no te sabias hacer respetar. Los ayudantes se te subían a las barbas. Pero para ser buen gobernante no hace falta saber cargar un par de maderos.
—Pero estaremos de acuerdo que con veinte años, es difícil llevar las riendas del…
—¿Qué riendas? Si lo pondrán como un títere del emperador y el Papa. Hará lo que ellos le digan que haga y punto. –La conversación se zanjó con aquellas palabras y el compañero de mesa de mi maestro hubo de darle la razón al otro. Terminó su copa de cerveza y se levantó, airado y algo beodo.
Me tomé ese gesto para adelantarme y acercarme a mi maestro, pero este se levantó también, dando por terminada la charla. Se despidieron entre ellos y después puso sus manos sobre mi hombro y salimos afuera.
—¿Para qué me has hecho llamar? –Le dije—. Parecías entretenido.
—Ya me estaba cansado de fingir beber vino. –Murmuró poniéndose la capa sobre los hombros al salir. Corría el aire y de vez en cuando caían un par de gotas de lluvia—. Y quiero alimentarme. Por lo menos para quitarme este desagradable sabor de la boca.
—Para eso tampoco me necesitas. –Dije, murmurando algo airado. Hice un mohín con los labios pero él se rió, como un muchacho travieso.
—Oh, vamos. Pasemos un buen rato juntos. ¿No te parece?
—Uy, que mal me suena eso.
Paseamos hasta que se puso a llover. El aguacero nos sorprendió no solo a nosotros. Los pobres hombres y mujeres que estaban trasnochando se fueron rápidamente a sus casas y los pocos que quedaban por las calles se habían refugiado debajo de los soportales que les hubieran salido al paso para esperar a que la lluvia se parase. O al menos, mitigase su fuerza. Igual que nosotros. Nos escondimos debajo del saliente de un balcón cuando estábamos ya llegando al Arno y desde allí contemplamos las vistas del río en todo su esplendor.
—Mal día para buscar a nadie. –Le dije y suspiré.
—Si me topase con el maldito Claúde du Fresne y con su botellita de sangre, me los bebía a los dos. –Dijo, con la mandíbula tensa. No había bebido desde que habíamos llegado a la ciudad, y aunque yo era menos selectivo podía aguantar más sin beber. Pero él, con sus escuetas dosis, tenía que consumir más a menudo.
El agua del río bajaba a gran velocidad y con el sonido de la lluvia, había un estruendo importante alrededor. Mi maestro pensaba, buscaba alguna alternativa. Parecía más contrariado que hambriento.
—¿Por qué no esperamos a que deje de llover?
—No creo que deje en toda la noche. –Suspiró mirando al cielo como si pudiese ver la cantidad exacta de nubes y el tiempo que permanecerían allí—. Hay un burdel al otro lado del río. Vamos…
—No me gustan los burdeles. –Dije, apoyándome aún más en la pared. Él dio un paso adelante pero rápido retrocedió, mirándome—. Además, no tengo hambre.
—Ven conmigo. Igual puedes hacerme compañía.
—No voy a ir. –Me crucé de brazos—. Te cobrará el doble y me harás pasar un mal rato. Las señoritas de la corte son una cosa, pero los asquerosos burdeles… —Señale el otro lado del rió con la mirada—. Ya lo veo. Ni si quiera es uno bueno. Dios nos ha bendecido por no pillar ninguna enfermedad por beber su sangre.
Sebastián suspiró, rodando los ojos ante mi discurso y se cubrió con su capa.
—Bien, quédate aquí. No tardaré.
Lo vi desaparecer a gran velocidad a través del puente que se extendía delante de mí. Pero cuando lo vi meterse en el burdel me fui. No pensaba esperarle y mucho menos seguirle. Paseé sin demasiada prisa por las estrechas calles aledañas al río, donde los edificios me resguardaban parcialmente de la lluvia. Pasada la media hora de deambular como un sonámbulo, jugando con los pequeños charcos y asustándome cuando el aguacero se intensificaba de repente, topé con dos hombres que caminaban hacia mí por aquella calle. Con un ancho sombrero sobre la cabeza, con las capas alzadas sobre sus cabezas.
Pasaron por mi lado, apresuradamente pero sin quitarme los ojos de encima. Eran malos hombres, acababan de robarle a un hombre todas las monedas que tenían encima y lo habían dejado con la muñeca rota unas calles más arriba. Podía oírlo gimotear. También una cartera de cuero y uno de los sombreros que aquellos llevaban. Cuando pasaron por mi lado y me dejaron atrás, se detuvieron y se miraron entre ellos. Sopesaron una resolución y se dieron la vuelta. Comenzaron a seguirme, cosa que me facilitó mucho la situación. Los conduje hasta el río y ellos me siguieron como idiotas. Me volví al tiempo que ellos me alcanzaban y me asían por un brazo. Me zarandearon y uno de ellos sacó una pequeña navaja del bolsillo. Brillaba a medias, repleta de óxido y sangre seca. Supuse que el filo de la navaja debía espantarme lo suficiente como para no moverme, o al menos, no intentar enfrentarles. Pero las manos de uno de ellos ya hurgaba en mis bolsillos sin hallar nada y el otro me miraba, completamente absorto en su asalto.
Lo que no esperó es que sostuviese el puñal con la mano y cerrando los dedos sobre la hoja, la doblé. Viendo la navaja rota, echaron a correr puente a través. Alcancé al primero a los pocos segundos. Bebí su sangre como si tirase de su alma hacia fuera, apretándole con mis dedos para exprimir hasta la última gota. Lo tiré por el borde de la piedra del puente y el chapoteo hizo que el segundo asaltante se diese la vuelta y esperase encontrar a su compañero de pie allí, pero se horrorizó al verme. Mi figura negra recortada en el puente, durante aquella tormenta, no podía ser tan espantosa. Pero el hombre palideció y su expresión se deshizo como la cera sobre su rostro. Dejó de correr, paralizado. Le alcancé y lo maté con el primer mordisco. No iba a hacerlo sufrir. No necesitaba eso en ese momento. Bebí su sangre hasta empacharme y su cuerpo siguió al de su compañero, puente abajo y río a través.
✵
Esperé unos minutos a mi maestro en el lugar acordado, pero como no regresaba me di la vuelta y me adentré de nuevo en la ciudad volviendo a nuestro apartamento. Estaba empapado, con la ropa chorando y el pelo encrespado. La capa no me había servido de mucho y más que protegerme era ahora un peso muerto. Me metí en una de nuestras habitaciones y dejé la capa extendía en el respaldo de una silla. Aún quedaba mucho tiempo para el amanecer así que me deshice de los zapatos y rebusqué algún libro que leer. Di con los apuntes de mi maestro y los ojeé por encima acompañado únicamente de una vela.
Me sentía empachado y disgustado por el clima. Sentado frente al escritorio sentía como mi cuerpo se aplanaba y se fundía a con el mobiliario mientras pasaba las páginas del diario, hasta que una fría y húmeda ráfaga de viento movió las hojas a su libre albedrío, llevándose consigo también la luz de la vela. Las gotas de lluvia irrumpieron en la habitación y al volverme vi a Sebastián acuclilladlo en el quicio de la ventana, sujeto en el borde y mirándome a través de la noche. Me levanté de un salto, presa del susto y el miedo.
—Te dije que te quedases allí. –Murmuró, amenazante mientras daba un salto dentro y las contraventanas se cerraban a su espalda, dejándonos si era posible en una oscuridad aún más densa. Solo entraba la luz de la luna a través de los resquicios de la contraventana.
—Tardaste mucho. –Murmuré—. ¿No puedes entrar por la puerta, como una persona normal?
—¿Persona normal? –Murmuró, con una risa seca y cortante que me paralizó. Me sujeté del respaldo de la silla y me apoyé con la cadera en el escritorio, temiendo que me saltase encima.
—¿No has bebido sangre?
—No. Estaban todas ocupadas en el burdel. He ido a otro más lejos. Pero estaba cerrado por un problema de goteras.
—Deberías buscarte una muchacha humana que llevarte por ahí, así siempre tendrías sangre fresca y a tu disposición. –Dije, echando más leña al fuego. La profundidad de sus ojos era aun más oscura que la noche que no había consumido y podía sentirla como una daga posada en mi pecho.
—La matarías. –Dijo, casi como un reproche y yo fruncí los labios. Le observé quitarse la capa y dejarla sobre la mía, y después desabotonarse los primeros botones del jubón—. Veo que tú si has bebido sangre…
—Sí.
—¿No dijiste que no tenías apetito?
—Se ofrecieron a mí, y no pude negarme. –Sonreí maliciosamente, cosa que le horrorizó—. Si te hubieras quedado conmigo habríamos tenido uno para cada uno.
Llegó hasta mí con rabia. En otro caso me hubiera dejado hacer lo que quisiera pero no estaba de humor para mostrarme sumiso. Mucho menos si aquella había sido su intención desde el momento en que se asomó a la habitación. Me agarró los antebrazos e intentó derribarme pero yo le aguanté el empujón y clavé mis talones en el suelo. Forcejeamos unos minutos. Caímos la vela apagada, los libros, la silla y el maletín. Temíamos ambos despertar al resto de inquilinos, o peor aún, al dueño. Pero su enfado y mi rabia nos cegaban hasta el punto en que me mordió la mano con la que estaba empujando su hombro. Me aparté al instante pero tuve que tirar de él y me dejó un feo desgarro sobre la piel.
La sangre manó al instante empapando la manga de mi camisa y todo lo que hubiera alrededor. El olor de la sangre le puso frenético, mientas que a mí me dio un vuelco al estómago. La herida se cerraba por momentos pero me dio apenas tiempo de dar un paso atrás antes de que me derribase al suelo. Escurrí mis manos, pues intentaba inmovilizarme a toda costa, pero le costó hacerse conmigo. Terminó perdiendo la paciencia y dándome la vuelta y me aplastó contra el suelo con una sola mano entre mis omoplatos. Sentí el aire escapándose de mis pulmones y un fuerte dolor en uno de mis mulos. Me había mordido por encima de la media. Sentí sus colmillos profundizar en aquella zona tan sensible y me retorcí, gimoteando. Bebió un poco antes de poder recobrar el sentido y para cuando se separó para tomar aire le empujé lejos, con una patada en su costado.
—Si bebes a través de mí está bien, pero si no, ¿te parece inmoral matar para conseguirla?
Retrocedí hasta apoyar la espalda en la pared y me tapé la mano que aun sangraba.
Mis palabras parecieron hacerle reaccionar. Puede que fuera el hecho de haber conseguido saciar un poco su sed. Volvía en sí y se frotaba la frente con el dorso de la mano, aturdido. Yo suspiraba y tragaba saliva, que bajaba como una lija por mi garganta seca. Asintió, dándome a entender que yo tenía razón pero que no pensaba discutir, y se incorporó dándome la espalda. Yo me abalancé, casi como por un impulso, y le sujeté las manos a la espalda. Cayó con su mejilla contra el suelo y me miró por el rabillo del ojo. Abrí mi boca, le amenacé con mis colmillos como haría una bestia que intenta poner freno a una presa. Él me observó, expectante. Era insufrible pensar que tenía más fuerza que yo y no podía más que amenazarle y provocarle. No es que no quisiera hacerle daño, desde luego que a veces deseaba acabar con él, pero su fuerza sobre mí era intimidante.
Nos quedamos mirando así unos segundos que parecieron horas. Teníamos la respiración agitada, los ojos acuosos, nos habíamos manchado la ropa de sangre por ser descuidados. Pero lo cierto es que yo había perdido todo interés en enfrentarle. Mucho más cuando lo tenía tan sumisamente contorsionado debajo de mi peso. Me habría dejado morderle, arrancarle una oreja si hubiera querido. Me lo había imaginado muchas veces. Eran redondeadas, exactamente como la espiral de una caracola.
Me desplomé a su lado, perdiendo todas las fuerzas. Él se quedó allí a mi lado y me miró mientras levantaba el rostro, curioso. Verdaderamente pensaba que le iba a quitar lo poco que hubiera bebido de mí, pero no deseaba hacerle eso.
—A veces te odio. –Le dije, mientras me desabotonaba le jubón—. De veras lo digo.
—Yo también. A veces te bebería entero, como un sorbo de agua. –Murmuraba mientras se acercaba a mí y posaba sus labios sobre mi cuello descubierto. Le abracé la espalda y los hombros y dejé que me estrechase en un abrazo lleno de firmeza.
Yo besé su frente mientras bebía, y acariciaba su cabello. No podía enfadarme mientras bebía de mí. Era como darle un poco de mi vida, de mi alma, para que él volviese a brillar. Incluso si me lo arrebataba me enternecía.
—No podría imaginar una muerte mejor. –Se me escapó de entre los labios a lo que él se despegó de mí y me miró a los ojos, que se llenaban de lágrimas por momentos.
Con media sonrisa y una gota de sangre resbalándose por sus labios, saco la lengua y con un sonido húmedo y divertido se la bebió, imaginándose que era yo quien se sumergía por entero en su boca. Me hizo reír con aquello. Besé sus labios, sosteniendo su barbilla con mi mano y él se dejó besar, derritiéndose con ese gesto.
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*La Cappella dei Magi ("capilla de los Reyes Magos" en italiano) es una estancia del piano nobile ("planta noble") del Palazzo Medici Riccardi, en Florencia. Sus muros están cubiertos por un ciclo de frescos de Benozzo Gozzoli (entre 1459 y 1461). En el siglo XVII se destruyó parte de la superficie pictórica para abrir una nueva escalera, que es el acceso actual a la capilla.
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