EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 29

CAPÍTULO 29 – Adiós Italia.

 

Dejamos Florencia tal como la habíamos encontrado, hermosa e imponente. Duraría muchos años así, incluso las guerras y las pestes no derrumbarían sus muros y jamás se perderían sus pinturas y su gente. Nos alejamos de allí sabiendo que pasaría mucho tiempo hasta que volviésemos a visitarla. Si es que alguna vez podríamos retornar. Regresamos de nuevo al lado del emperador en Bolonia. Marcharíamos a la costa en unos días y después nos sumergiríamos en el Mediterráneo hasta España. Mi maestro ya no albergaba ganas de seguir bajo las órdenes del monarca, algo en Florencia le había convencido, o tal vez ya se había hecho a la idea de dejarle y deseaba emprender cuanto antes esa nueva vida lejos de él. Pero sus responsabilidades le contuvieron a su lado un poco más.

Antes de marchar de Bolonia se reunieron a solas en el despacho del emperador. Yo escuchaba al otro lado de una puerta. Agradecí no estar presente. Estaba seguro de que el emperador me hubiera usado como excusa o arma arrojadiza. Tal vez el chantaje emocional hubiera causado algún efecto en mi maestro si me interponía. Así que me limité a apoyar la mejilla en la puerta y escuché la conversación, algo compungido.

—Has puesto la misma cara que sueles poner cuando vas a decirme que mi gota empeora o que debo tomarme algún remedio desagradable. –Dijo el emperador apenado, casi constreñido.

Mi maestro se había puesto frente al escritorio del emperador mientras cruzaba las manos a la espalda, jugueteando inquietamente con sus dedos.

—¿Está bien vuestro sobrino?

—Estupendamente. –Dijo, dando a entender que nada tenía que ver con eso.

—¿Entonces…? Mira que si ha pasado algo en Florencia…

—No conozco la manera adecuada de decirle a un emperador que dejo de servirle. –Murmuró, palabas que hicieron enmudecer a Carlos. Quedaron en un silencio terrible. Mi maestro suspiró—. Me he despedido de reyes, de príncipes y duques. Pero nunca he tenido que dejar a un emperador. No sé siquiera si me está permitido.

El silencio me mataba. Solo se escuchaba la respiración del emperador, algo intranquila.

—¿Cuándo?

—En un año o dos, como mucho. Deseo dejar las cosas arregladas y procurar que vuestra salud no empeore. Por no decir que buscaré un sustituto para mi labor. No pienso dejaros de la nada. Solo os comunico mis intenciones…

—Crueles intenciones. –Murmuró Carlos pero suspiró, comprensivo—. ¿Problemas familiares? ¿Algo que yo deba saber?

—No. No hay una situación de urgencia que me obligue a dejaros precipitadamente. Pero mi corazón me pide alejarme de la corte, por lo menos durante algún tiempo. También he considerado que mis costumbres y limitaciones son bastante incompatibles con una vida tan agitada como la vuestra, y prefiero que os atienda alguien a quien podáis tener a vuestro lado de continuo, sea de día o de noche. En España o en Bolonia…

—Yo acepté vuestras limitaciones desde el primer momento. –Le espetó, herido—. Y vos aceptasteis servirme. ¿Comprendéis que vuestro compromiso no era una cuestión de divertimento? ¿Acaso no jurasteis servirme durante mucho tiempo?

—Os he servido casi diez años. –Dijo mi maestro, algo compungido—. Y os serviré un poco más, hasta poner las cosas en orden.

El emperador no dijo nada. Sopesó aquellas palabras como si pensase en alguna contraoferta o reprimenda.

—Si queréis castigarme o hacerme pagar algún tipo de penitencia…

—¿Qué penitencia? –Preguntó el emperador—. No me habéis envenenado. Solo os estáis despidiendo. –Entonces soltó una risotada, tal vez un poco tensa e incómoda, pero que suavizó el agrio ambiente que se había formado—. Estoy decepcionado, y triste, pero eso es todo. Tenéis una vida aparte de la mía, y es lo más normal. Tenéis razón, a veces no me doy cuenta del paso del tiempo.

—Y que lo digáis.

—Diez años ya están bien para un médico real. Si me prometéis que vuestro sustituto será la mitad de ingenioso y eficiente que vos, no tendré ningún problema en aceptarlo.

Mi maestro respiró al fin con algo de tranquilidad.

—Le dejaré todos mis remedios y mis recetas.

—¿Y bien? Si es porque os habéis comprometido con alguna dama, podéis decírmelo. Yo os pagaré la boda.

—No es nada de eso. Lo cierto es que deseo unos años de tranquilidad, eso es todo.

—También yo los deseo. –Dijo, algo compungido el rey y se removió en el asiento—. ¿Cuántos años tenéis ya? ¿Cuarenta y…?

—Oh señor… —Murmuró el médico avergonzado. O fingiendo vergüenza, para que no le hiciese soltar una mentira piadosa.

—Está bien, está bien. Os encuentro igual de maravilloso que el primer día que nos conocimos. Pero sí parecéis algo abatido. La vida en la corte a veces puede ser demasiado. Bien. No diremos nada más al respecto. –Zanjó, con tono autoritario—. Cuando deseéis marchar, hacerlo. Espero que al menos por algún tiempo trabajéis codo a codo con vuestro sustituto para que ambos os acomodéis a la nueva situación. Por lo demás, dejadlo en mis manos. Os pagaré todos los jornales que trabajéis y os compensaré gratamente a vos y a vuestro sobrino por mis cuidados. ¿O acaso el joven se queda, podría haceros de sustituto?

—No, vendrá conmigo.

—¿Volveréis al norte?

—Puede, aún no lo hemos decidido. Tal vez vayamos al este, de donde es su familia. Aún no lo sé.

—No os recomiendo ir al este, las cosas con el turco no están en su mejor momento.

—Dios quera que todo esto acabe pronto, antes de que los tengamos encima.

—Dios te oiga…

Volvimos a la península cuando empezaba la primavera. En Toledo nos sorprendieron buenas temperaturas y los deshielos inundaban sus fuentes de agua helada y fresca. En las calles se notaba el olor de las flores que comenzaban a despuntar en cada uno de los árboles y arbustos que rodeaban la ciudad. Nos instalamos de nuevo con Rodrigo durante una corta temporada hasta que nuestras cosas volvían del viaje y nos incorporábamos de nuevo al trabajo en la corte. Estaba claro que era a él a quien mi maestro sugeriría como médico real, pero Rodrigo rechazó la propuesta. Hubo una acalorada discusión durante una noche en la que nos habíamos reunido alrededor de la mesita baja del salón. Olía a té de menta e incienso de salvia. Lo que había iniciado como una amigable sugerencia se había subido de tono.

—No pienso meterme ahí, eso es la boca del lobo. ¿Cómo me propones algo como eso? ¿No se lo habrás dicho al emperador?

—No. Quería preguntártelo primero a ti. Él no sabe que…

—Mira, no sé como lo has manejado tú. Pero yo soy un humilde médico de pueblo. No quiero tener nada que ver con la corte, ni con el emperador. –Se levantó de la mesa, airado, y se condujo a una ventana que estaba abierta para cerrarla, puede que para perder el tiempo o para intentar cambiar de tema. Puede que en verdad no quisieran que desde afuera se escuchasen sus voces.

—Es un trabajo bien remunerado, y el emperador recompensa copiosamente el esfuerzo de sus allegados.

—Como si me regala un palacio de oro. Que no, que no… —Negaba, como en trance—. Ni de broma.

—¿Cuál es el problema? –Le pregunté yo, pero mi maestro parecía saberlo de sobra.

—La corte es como un nido de víboras. ¡Sabe Dios lo que uno se puede encontrar ahí dentro! Quien no quiera envenenarlo, puede que me lleve a mí por delante. ¡Y eso sería lo ideal! Si el emperador se muriese bajo mi cuidado, sabe Dios lo que me harían a mí. ¡No volvería a trabajar en la vida! ¡Que no, hombre! Díselo a otro. Yo no quiero saber nada.

—He pensado en ti el primero, porque no tienes cargas familiares que te frenen si tienes que irte de viaje…

—Y así quiero seguir. Con mi libertad y mi tranquilidad. ¿O acaso no es por eso por lo que vas a dejarlo? –Preguntó, algo más inquisidor de lo que pretendía. Mi maestro le apartó la mirada. Su vaso pareció repentinamente interesante—. ¡Ah! Más bien parece que me ofreces un regalo podrido.

—No es eso. No te escondo nada. Me has visto hacer este trabajo los últimos años. Sabes de sobra los quebraderos de cabeza que produce. Pero no quiero dejar que pases la oportunidad de servir al emperador. Sería algo memorable que exponer. Después, en unos años, tal vez puedas ir a la universidad de Salamanca a impartir clases. El emperador te podría dar un puesto allí…

—No quiero dar clases… —Dijo, arrugando la nariz—. Me gusta ser un médico de ciudad, servir a la gente que viene a mi consulta…

—Lo comprendo.

—Pago mis deudas, el trato es sincero y amable, no tengo sobresaltos de ningún tipo. No creas que no comprendo las ventajas de trabajar para Carlos, pero… No, no. Nada de eso. –Vimos un atisbo de duda en su semblante y mi maestro y yo cruzamos una mirada suspicaz.

—Puedes pensarlo el tiempo que quieras. Yo aún estaré algún tiempo más con él.

Pasado un rato Rodrigo se marchó a descansar y mi maestro y yo nos quedamos recostados en los cojines del salón. Él parecía distraído, con la mente profundamente sumida en complejos pensamientos. Pero al rato no pudo evitar murmurar:

—Creo que he pasado por alto muchas cosas que pueden preocuparle a un humano corriente.

—¿Cómo qué?

—No había pensado que he podido correr peligro siendo médico real. Entiéndeme, miedo a represalias o a condenas. Uno se acaba olvidando de ciertas cosas…

—Siempre hubieras podido huir o esconderte. Nadie te habría podido encontrar.

—En una noche podría estar en Francia, en dos, en Amberes. –Murmuró, pensativo—. No, ese tipo de cosas no me han preocupado. Pero claro, comprendo que no sea lo mismo. Y tiene toda la razón, mis motivos para dejar al emperador son los mismos por los que él decide quedarse aquí, así que es injusto que intente convencerlo.

—No es injusto mientras le muestres las dos caras de la moneda. Él es libre de elegir lo que tú no deseas para ti mismo.

—Ag… —Se quejó, poniendo las manos sobre sus ojos—. ¿Qué opinas? ¿Qué debería hacer?

—¿Tú o él?

—Ambos.

—Creo que él debería considerarlo. Tú puedes permitirte dejar el trabajo una temporada, o incluso para siempre. Pero él tiene que pagar un alquiler, y tiene que comer y comprar material… tal vez le proporcionase unos ingresos durante una época…

—¿Y yo? ¿Qué debería hacer?

—¿Conoces a otros médicos?

—Sí, pero no tan capaces…

—Pues habla con el siguiente más capaz e instrúyelo durante un tiempo…

Se incorporó, con el ceño frunció y la mirada cansada.

—No me des buenos consejos. No lo soporto.

Yo me reí, no pude evitar burlarme de su enfado.

Rodrigo no tardó ni una semana en aceptar la oferta de mi maestro. Lo había sopeado y consideró que durante una temporada podría dedicarse por entero a ser médico de la corte. Supongo que su forma de ver las cosas cambió. Valoró mucho más su reputación y su ambición profesional que el miedo a sufrir las consecuencias de un mal ambiente en la corte. Su ánimo mejoró mucho cuando se le presentó al emperador y este le recibió con los brazos abiertos, mucho más por ser recomendación de Sebastián.

A mediados de año ya estábamos instalados en la corte y el pequeño piso lo usábamos para pasar ratos libres o para reuniones privadas. Yo solía escurrirme allí cuando deseaba alejarme de mi maestro. Sus estancias me hacían sentir en un lugar lejos, exótico y silencioso, con sus olores árabes y su aspecto cálido. Aún recordaba con nitidez la violenta escena que representamos con Blanca y Francisco, pero me vanagloriaba en ella. Recordaba los detalles con nitidez y me hacía gracia pensar que hubieran ocurrido allí mismo y yo me encontraba allí repanchingado entre los cojines, victorioso de aquella lucha después de tanto tiempo. No había nada más animal que aquello. Regodearme en el lugar de mi crimen, para que todos supieran que yo era el más fuerte.

Pasado un año desde que regresamos a Toledo, o puede que año y medio, cuando los deshielos facilitaron el camino y el verano despuntaba trayendo altas temperaturas y brisas asfixiantes, dejamos la corte de Carlos V. nos despedimos de todos durante días. El rey presidió una cena como forma de agradecernos nuestros servicios. Nos pagó las jornadas trabajadas y nos dio sendos regalos. A mi maestro le ofreció la propiedad de una casa en Oviedo, pero la rechazó. Se contentó con una carta de recomendación, en caso de tener que usarla. Solo podríamos tenerla a mano las próximas décadas. Después no sería más que un recuerdo, una carta de amor olvidada. A mí me concedió el título de caballero y me regaló algo mucho más honorable: una de sus espadas. La acepté encantado a pesar de la mirada pérfida de mi maestro. Creo que a él le hubiera gustado más eso que su palacete en el norte. Sin embargo no iba a arrebatármela. Era una preciosa espada de cestillo, de acero toledano, con florituras en la guarda y un precioso pomo de oro con un águila bicéfala en su extremo, repujada como si de uno de sus sellos se tratase. La agarré con fuerza y le sonreí, gesto que le ruborizó.

A mi maestro le costó mucho más despedirse de su amigo. Lo hizo entre falsas promesas de que volverían a verse y de que le escribiría a menudo, sobre todo para que le consultase si necesitaba alguna sugerencia con el emperador. Pero me rompía el corazón saber que todas esas vanas esperanzas se desvanecerían a lo largo de unos años. Y sobre todo saber que todo ese esfuerzo lo estaba haciendo en parte por mí. A mí me entristeció dejar la casa y también España. Me había acostumbrado a ella y a su gente. Sobre todo a su idioma y a la forma en el país nos había acogido, pese a que siempre habían sido muy reticentes con los extranjeros. Pero el imperio de mi señor era enorme y fuera a donde fuéramos siempre nos encontraríamos con españoles, y al final, siempre regresaríamos a España de una forma u otra.

El rey nos regaló un carro de viaje, y nos prestó parte de su servicio para que empaquetásemos todas nuestras pertenencias. La decisión no habíamos tenido que discutirla. Lo cierto es que tanto Sebastián como yo teníamos en mente el mismo refugio al que acudir, después de tanto tiempo: Su casa en Amberes. El emperador quedó complacido y nos pidió que mantuviésemos el contacto, pero esta vez ambos sabíamos que no era posible, que todos estaríamos lo suficientemente ocupados como para mantener aquella relación.

—Pasaremos una temporada allí, pero después solo Dios sabe a dónde iremos.

—La vida es corta. –Nos dijo el emperador, cosa que me enterneció—. Disfrutadla vosotros que podéis. Vivid holgadamente y si alguna vez os falta cualquier cosa, pedídmela. Por la labor que habéis hecho conmigo, os debo mi vida.

Hicimos todo el camino escondidos en el interior del carro, como solíamos hacer a veces. Y cuando llegamos al palacete de Amberes todos los recuerdos de aquellos tiempos, que ahora parecían tan lejanos, me golpearon como un mazazo entre los omoplatos. Se me saltaron las lágrimas, lagrimas de sangre y sal que se agolpaban en mis ojos. El húmedo olor del bosque floreciendo, la tierra removida, los animales alrededor. El olor inconfundible de la madera de su casa, que había absorbido todos los perfumes químicos que destilaba en su laboratorio, el de la humedad de la cripta y el ácido gusto de la madera de sus estanterías. Lloré como un crío frotándome los ojos con angustia. Él se rió, y me dejó allí en medio del recibidor mientras metía las cosas dentro de casa. Me quedé al lado de su armadura de templario y me hice una bola en uno de sus sofás. El olor de los sofás, el tacto de aquella tela bordada.

Recordé la noche que me había llevado por primera vez allí, y cómo aquella armadura me había mirado en medio de la noche con una expresión amenazante como una gárgola protegiendo sus torres. Hoy me recibía como a un viejo amigo. Toda la casa me acogía con calidez, cuando un día me había parecido una tumba en vida.

—Vamos, vamos, muchacho. –Me dijo Bastian mientras palmeaba mi brazo—. No te pongas así. ¿Tanto echabas de menos la casa? ¡Bien que solías huir los primeros días, maldito! –Estalló en risas y yo me hundí aún más en los cojines.

Cuando cerró la puerta del recibidor los cocheros se marcharon y nos dejaron allí solos. Mi maestro se pasó horas yendo de un lado a otro colocando sus pertenencias hasta que dio con un cuadro envuelto en papel y gruesas telas. Lo descubrió, para mi vergüenza y me lo mostró.

—¿Dónde debería colgarlo? –Me preguntó. Yo alcé la mirada y me ruborice hasta el extremo. No lo habíamos visto acabado y tampoco lo habíamos desenvuelto desde que lo hubiéramos recibido unos meses antes en Toledo. Me espanté al reconocerme en aquella pintura, aunque aquel porte gallardo y ese brillo humano en la mirada no me representaban. Escondí de nuevo el rostro en el almohadón

—Deshazte de eso. Qué vergüenza…

—Si no te portas bien, lo colgaré en mi despacho, y le haré un altar. ¡O en la cripta!

Lo miré por el rabillo del ojo y lo observé fascinado, con el cuadro delante de él, sus brazos extendidos y sus manos sujetando el hermoso marco labrado. Inclinaba el rostro para mirarlo desde diferentes ángulos, disfrutando de cada nueva perspectiva.

—Qué talento. Incluso se nota el castaño de tus ojos. –Se acercó entonces a la pintura y besó el rostro allí plasmado, mirándome de reojo para observar mi reacción. Me ruboricé hasta las orejas.

—¿Sabes lo que voy a hacer? –Le dije, poniéndome en pie, e ignorándoos—. Voy a salir al bosque, y voy a beberme la sangre de cualquier cosa que se me cruce hasta quedar saciado por meses. Voy a volver y me voy a meter en el ataúd. –Me puse la capa—. Me dormiré durante semanas hasta que se me pase el empacho.

Dejó el cuadro en el suelo, pensando en lo que había dicho y se sonrió.

—Me parece una buena idea. –Suspiró—. Hace muchas décadas que yo no me pego un buen festín. No hay mejor forma de festejar que hemos vuelto. ¿No es cierto?

Me quedé pasmado viendo como se ponía la capa sobre los hombros y me acompañaba fuera. Estaba dispuesto a complacerme hasta en eso. Jamás supe valorar la suerte que tuve, hasta que me separé definitivamente de él. Pero eso fue mucho, mucho tiempo después.



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*La pintura de Marken es una modificación con un programa de IA de este original:

"Retrato de un joven" (1530) de Agnolo Bronzino 

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